Entiéndeme.

Todos saben quién soy,

pero ese Soy

es además un hombre

para ti.

El daño, Pablo Neruda.

Capítulo 1 Beta

Tiempo

Escuchaba a medias. A su parecer una hora de consejo era excesivo, según Tarble, era poco tiempo y debería aumentarse ¿Qué sabía él, de tiempo? El saiyajin se la pasaba leyendo y estudiando, sus minutos se veían reflejados en el conocimiento que adquiría, para él no era más que una pérdida de tiempo. El rey fingía estar atento-actuaba-disimulaba su aburrimiento y fingía con su mejor cara de concentración que todo lo que sus súbditos decían, le importaba. Hace mucho que dejó de importarle. Miraba el líquido ámbar de su vaso de vidrio negruzco, observaba los cubos de hielo quebrajarse y ni así le parecía apetitoso. Pero bebió de todas formas, y asintió a lo que dijo su hermano sin saber qué decía realmente.

Tarble organizaba y lideraba esa reunión, como todas las anteriores y probablemente las venideras, y no le importaba qué pasaba realmente en esas cuatro paredes, donde los consejeros y él, como Rey, se supone que debatían temas controversiales y de suma importancia para su planeta y sus demás colonias. El Rey de los saiyajin, como últimamente le pasaba, estaba retraído mentalmente, en un debate sobre qué hacer después de su reunión, dormir o entrenar ¿Debería ejercitarse un poco antes de decidir la siguiente misión que lideraría o debería dormir primero? Para el saiyajin de noble estirpe, eran ese tipo de situaciones que lo mantenían cuerdo, lo que le ayudaban a soportar su realidad, su rutina, lo que lo distraía de sus fantasmas y sentires más profundos.

Su fantasma seguía más presente que nunca, más real, como la primera vez que la vio; simulaba no verla en esa esquina del mesón, donde jugueteaba con las fichas que representaban los planetas que tenían conquistados de la galaxia Sur. Pero sus ojos negros no podían evitar perderse de vez en cuando en su figura, en sus colores y sus movimientos. Y entre su vaso de alcohol, y ella, su concentración se iba al carajo y su presencia no servía de nada en aquella reunión.

―El Canciller del cuadrante 28 X, lo dirá en el próximo Comité―aseguró Bardock―es el principal opositor al OIC.

― ¿Y tiene alguna relevancia este Canciller?―preguntó con un tono despectivo, el padre del Rey.

―Nate, su nombre es Nate―respondió su hijo menor―y sí, resulta que es muy amigo del Rey Galáctico―comentó sin dejar de mirar una tableta digital.

― ¿Y?―contestó con la voz golpeada su padre―ni el Rey Galáctico es un oponente para nosotros, nadie puede oponérsenos. No tenemos rival―sonrió soberbio.

―No todo se resuelve con violencia―gruñó en respuesta el joven príncipe, bajó la tableta y dejó en la mesa, giró hacia su padre y suspiró―y no estamos en la era de tu abuelo.

―Tarble tiene razón―concordó Bardock―no podemos seguir creciendo si no conseguimos buenos contratos, y purgarlos no es el método más efectivo para ello. Las grandes potencias están de acuerdo en que debemos disolver el OIC, y claro, con nuestra fuerza militar podemos someterlos pero la organización y prevalencia de una nación no se basa solo en fuerza militar ¿Cómo podríamos mantener en funcionamiento más colonias, sometiéndolas de ese modo sin organizarlas como es debido?

»Actualmente tenemos cinco colonias, los planetas purgados del OIC, y está siendo costoso mantenerlos. No me malentiendan, no quiero que nos deshagamos del OIC, pero tendremos que buscar planetas fuera de este sistema solar y de los otros cuadrantes, y de allí conseguir los minerales que necesitamos. En lo posible, deshabitados.

― ¡Qué absurdo!―exclamó el antiguo Rey―podemos hacer lo que nos plazca ¿Qué importa que un grupo de líderes estén protestando en nuestra contra? Arrasemos con nuestro poder. Ni siquiera deberíamos estar conversándolo en este momento.

―Padre―murmuró Tarble, notoriamente cansado―tienes que admitir que no podemos hacernos con el control de todo si no podemos organizarnos como corresponde, no todo se tra―

― ¡¿Qué estás diciendo?!―exclamó molesto el antiguo Rey―claro que podemos ¡Somos los más―

―Oh por favor―fue el turno del menor de interrumpirlo―ya exhibimos nuestro poder, ahora debemos exponer nuestro intelecto y capacidad de liderar, la fuerza y el liderazgo son aspectos distintos ¿Lo sabías? ¿No? Pues te lo digo ahora, que seamos capaces de gobernar nuestro planeta y las colonias, y el OIC; es una muestra suficiente de lo que podemos seguir creciendo como Imperio pero ¿Lo somos? ¿Hemos podido gobernar como corresponde? No. Ahí está la evidencia que necesitas, padre. De nada nos sirve ser los más fuertes si fallamos en organizarnos y liderar.

―Mocoso engreído…―susurró derrotado― ¿Y qué propones?―Tarble sonrío complacido, no se trataba solamente de haber hecho entender al terco de su padre, también el haber conseguido hacerse oír. En el último tiempo, las cosas habían cambiado, volteó hacia su hermano que observaba su vaso medio vacío y contuvo el suspiro. Desde la muerte de la humana que ya nada era igual en su hermano, y aunque su título era de Rey, no se comportaba como tal; él era la fuerza del Imperio, pero como le había hecho entender a su padre, sólo con fuerza no podrían seguir expandiendo su nación.

―Creo que tenemos que escuchar a los opositores―asintió mirando hacia su hermano, esperando la reacción del Rey, pero no hubo nada―oír todas las opiniones y opciones.

―Qué ridiculez…―gruñó su padre― ¿Tú piensas igual, Bardock?

―En esta ocasión, sí. Tarble tiene un punto de vista más sereno y es lo que necesitamos. Hemos estado dos años asumiendo el control del OIC, y los problemas parecen no acabar…―giró hacia el Rey y carraspeó su garganta, intentando llamar su atención―Alteza, ¿Usted qué cree que es lo más pertinente?―en ese instante, el grupo de saiyajin giró hacia el Rey, atentos a su respuesta. Quizá si hubiera estado prestando atención a la charla entendería esas miradas, pero no fue así. Imposible con ella sonriéndole a unos cuantos metros; volvió a mirarla y luego al grupo de consejeros.

A pesar de estar rendido a su fantasma, no podía dejar de odiarlo. Una parte de él siempre lo odiaba, corrección, la odiaba. Si se comportara como un saiyajin normal, no estaría pensando en alguna excusa que lo salvara de ese bochorno. Habían pasado solo un par de minutos, tiempo razonable para que el resto creyera que pensaba en una respuesta o solución eficiente para la situación, pero el Rey no lo veía de ese modo. El joven monarca no podía evitar avergonzarse de sí mismo, aunque quizá nadie más que él lo notara, lamentablemente su vida había dado un giro de 180° y no parecía cambiar. Aunque tampoco lo estaba intentando con determinación… miró a su hermano y asintió en su dirección, no le importaba lo que había dicho Tarble o el resto, prefería hacerlos pensar que estaba analizando la situación con sumo cuidado y Tarble era el candidato perfecto que siempre tenía una postura inteligente frente a cualquier conflicto, debía inclinarse por él.

El padre del príncipe y Rey se sorprendió, creyó que está vez su primogénito estaría de acuerdo con él. Bardock asintió por su cuenta y sólo Tarble desvió la mirada, evitando demostrar que estaba molesto. Porque él lo conocía, sabía que su hermano no había puesto atención y como siempre, le derivaría toda la responsabilidad de la situación. No le molestaba solucionar conflictos y apoyar el Reino de ese modo, con su intelecto; lo que si le molestaba y más que nada, preocupaba, era que su hermano no parecía el mismo de antes. En ningún sentido lo estaba, él lo conocía y podía meter las manos al fuego, su hermano no estaba bien y aunque fuera el único que lo notara, estaba seguro de ello.

―Tarble―giró hacia el Rey, observó el semblante serio e indiferente de su hermano mayor y asintió―te quedas a cargo. Que nadie me moleste―sentenció mientras se ponía de pie; los tres saiyajin se levantaron al unísono y lo reverenciaron antes de que saliera del salón. Tarble se quedó viendo la capa de su hermano mayor unos segundos, para luego agachar la mirada. Se sentía tan extraño sentir que su vida privada estuviera en su mejor momento cuando la de su hermano no eran más que cenizas.

"Lo ha vuelto a hacer" pensó el príncipe.


(…)


Las puntas de su cabello golpeaban sus hombros al compás de sus pasos sonoros, pero no le importaba. Tenía prisa y rabia, era difícil controlar su temperamento en ese momento. La base de su cola le cosquilleaba, sentía los pelos erizarse y la punta sacudirse de lado a lado dando golpecitos en su armadura. Creía que estaba sonrojada de rabia, no lo sabía y no se detendría a mirar en un espejo pero lo suponía y eso bastaba para sentirse peor. Incluso ella se sorprendía de que su menudo cuerpo contuviera tanta ira e impotencia, creía que si daba un paso en falso explotaría por lo rabiosa que estaba y no sería agradable para nadie. Su furia crecía con cada paso que avanzaba, ya podía escuchar el sermón de su tía y eso la desquiciaba todavía más.

"Eres la Reina… compórtate" se repetía mentalmente; rápidamente esa idea se le venía abajo ¿Era realmente la Reina? No se sentía como tal. Estaba decepcionada, de ella misma y de la situación, tenía rabia contra él y contra ella; en ese momento odiaba a todo el mundo y lo único que quería era asesinar algo. Pero no había tiempo para ello, primero debía intentar-nuevamente-en cambiar sus condiciones. Sentía que nada de lo que hacía o decía, le traía frutos; y se la acababan las ideas, las ganas y su honor se masacraba y su vergüenza crecía.

Cuando los soldados de turno la vieron, se apresuraron en reverenciarla y salir rápidamente de allí. Como siempre, Riander no les prestó atención y golpeó fuertemente el portón de roble que resultó abollado, trozos de madera cayeron al suelo y ella los pisó sin consideración, ingresó al dormitorio sin pedir permiso y lo primero que hizo fue darse vueltas en medio de la alfombra, buscando a la saiyajin para descargar su rabia.

―Última vez que entras así, Riander―oyó la sombría voz a sus espaldas. Giró rápidamente y la encaró, frunciéndole el ceño y arrugando su nariz, demostrándole lo furiosa que estaba mientras sacudía su cola de lado a lado―guarda ese rabo, niña―exclamó rodando los ojos, sin soltar las pesas de veinte kilo que sujetaba en cada mano―eres una Reina, compórtate como tal.

― ¿Reina?―preguntó con ironía, mirando de pies a cabeza a su tía― ¿Realmente lo soy, tía?―Keel la miró de soslayo, suspiró y soltó las pesas.

―Si tienes que recordarlo a cada plebeyo, y preguntártelo a cada momento, probablemente no.

― ¡Estoy harta de tu hijo!―gritó―si él no me considera Reina, nadie lo hará.

―Eres un fracaso―murmuró sin mirarla, tomó una toalla y la pasó por su cuello secando el sudor―ni siquiera se han encamado, porque, que estés reclamando y gritando ahora me hace pensarlo o ¿Ya se acostaron? ¿Seré por fin, abuela?

―El fracaso es tu hijo―respondió con sorna―él no me toca, no ha sido capaz de engendrarme un heredero ¿Por qué la culpa es mía?

―Eres una saiyajin―dijo seria girándose hacia su sobrina―eres de mi sangre. Y me estás avergonzando. Eres débil―escupió con desprecio; Riander agachó la mirada y mordió su mejilla interna. Sabía a qué se refería y no hablaba de poder de combate ¿Qué podía decir en su defensa? Todo su ego se había ido al demonio debido a los constantes rechazos de Vegeta, se sentía incapaz de hacer algo bueno.

―Ya no sé qué hacer, tía―susurró derrotada―no me avisa cuando sale ni cuando llega. Nunca lo he podido esperar en el aeropuerto espacial como dicta el protocolo. Mi dormitorio está un piso más abajo del suyo… no me ha tocado hace más de cinco años, incluso ahora siendo pareja. Él no me toma en cuenta.

―No es un problema tuyo―susurró desganada, observó el semblante deprimente de su sobrina y suspiró. Se desplomó en una butaca y apoyó su sien en el dorso de su mano derecha―no ha tocado a ninguna hembra desde que se unió a la humana hasta hoy. Es Vegeta el del problema.

―Pero somos una pareja… aunque él no lo asuma. Si no funcionamos, el imperio no funcionará―murmuró cabizbaja.

―Esfuérzate.

―Ya lo he hecho, él no me quiere en su cuarto―reclamó con rabia sin mirarla.

―Mírame―ordenó, la mujer joven no tardó en obedecerla. Sus ojos negros tan iguales y a la vez tan diferentes se cruzaron en un pacto silencioso, Riander tragó en seco al mirar sus orbes tan distantes y frías, tan iguales a las de su hombre y que hace tanto tiempo que no veía porque la rechazaba―esfuérzate. Sedúcelo, persíguelo, debes preñarte. No están muy jóvenes para seguir aplazándolo.

Riander guardó silencio. No quería pensar en lo que decía su tía, pero tenía razón. Y aunque no lo dijera, lo tenía presente, se había hecho exámenes médicos con regularidad, todo funcionaba aun. No estaba segura por parte de él, pero prefería asegurarse de que por su lado al menos, nada fallaba. Ambos tenían la misma edad, se llevaban por unos cuantos meses de diferencia en que ella había nacido antes; cuando eran críos no eran muy unidos, Vegeta no era unido a nadie ni siquiera a su madre. Era la imagen de su padre y la personalidad de su madre, y su tía era una perra fría sin sentimientos que solo le importaba su sangre y su prestigio, títulos y poder. En la adolescencia fue fácil acercarse, siempre que le propusiera pasar un buen rato en el plano sexual, el ahora Rey, no tenía problemas con compartir con ella y con muchas más, pero ambos sabían que eso pararía cuando se unieran. La situación cambió por completo cuando llegó la humana, al enterarse que su compromiso con Vegeta había terminado, se marchó del palacio y nunca los vio pero si le llegaron muchos rumores sobre la relación que mantenían. Y la preocupación de su tía era lo más curioso.

Ahora que estaban juntos lo comprobaba, Vegeta no era el mismo. Era más serio, más apático y no le interesaba el resto-como siempre-pero ni siquiera reinaba como era debido, si no fuera por Tarble y el consejo, el Reino habría caído hace mucho. Ya no tenía los mismos pasatiempos, solo uno: entrenar. Y todo el pueblo temía que siguiera entrenándose, era lo único que los unía a obedecer y respetar a su Rey, el miedo colectivo. Para nadie era un secreto que era el saiyajin más fuerte y la fama de cruel siempre estuvo de su lado, nadie quería enfrentársele ni compartir la misma sala con el Rey.

Pero ella era su mujer, debía estar a su lado y no era así. Los rumores la tenían desesperada, la única solución para silenciarlos era que se preñara pero ¿Cómo conseguirlo si él no la tomaba en cuenta ni siquiera para los protocolos? Debía esforzarse como había dicho su tía. Debía seducirlo.


(…)


El agua le limpiaba el sudor, veía como la sangre seca y el agua sucia se drenaba y una idea fugaz pasó por su mente: ¿Por qué algunos pensamientos y sentimientos, no podían irse así de fácil?

Se sentía agobiado, más allá de que no hacía ningún intento por cambiar su situación, a la vez sabía lo mal que le hacía todo eso. No era el mismo, era consciente de ello, a esas alturas de su vida debería estar liderando un imperio, no derivando la responsabilidad en un consejo. No estaba funcionando en ningún sentido de su vida, sólo el entrenamiento lo distraía, las misiones lo desconectaban y si fuera por él, se la pasaría de planeta en planeta, asesinando, destruyendo y haciendo estallar cosas. Pero no podía ser de ese modo, ya era hora de que centrara cabeza y se comportara como el Rey que era.

Cada vez que tenía esa misma idea, aparecía ella y lo hundía en su miseria sentimental. Era como si supiera, como si la bruja se diera cuenta que quería olvidarla, avanzar, seguir con su vida y entonces "¡Hey! ¡Sigo aquí, mírame!" Y cualquier idea de seguir adelante se guardaba en un baúl secreto bajo siete llaves en las profundidades de sus pensamientos y se dedicaba a contemplarla, como ahora, él con la toalla en su cintura en el umbral del baño, observándola a ella en su cama, estirada como un gato, leyendo una revista de ciencias.

Lucía el camisón lila traslucido; podía ver su piel lechosa debajo de la tela suave al tacto. Su garganta se secaba de solo imaginar poder tocar su cuerpo ¡Era un maldito suplicio! Verla era tormentoso, porque su mente le jugaba malas pasadas, creía que podía tocarla y hacerla suya como tantas otras veces y ella ya no estaba allí. Lo había entendido a la mala manera, cuando tantas veces cayó en la trampa de acercarse, pedir un beso, rozarla, palparla… sentirla. Y no había nada. Ilusiones vacías, crueles y despiadadas que le hacían sentir más miserable que nunca, más patético, más humano.

Y se daba asco por eso.

Si antes, el vivir con ella le hizo darse cuenta que sentía algo más que atracción física y fue toda una revelación difícil de asumir y que le apenaba, ahora, seguir con esos sentimientos y no poder superarla le hacía sentir peor. El meollo del asunto era que todos esos sentimientos no eran normales en su especie, y él, el Rey, el más fuerte de todos, el ejemplo a seguir de los más jóvenes y la envidia de los veteranos, era un fiasco. No podía ser el ejemplo de saiyajin para nadie, se avergonzaba de sí mismo, se odiaba por eso. Y él jamás se odió, él siempre fue el mejor, él nunca cometía errores, él era perfecto ¿Cuándo se dio cuenta de que era real? ¿En qué momento supo que cometía errores? ¿Cuándo se percató de que sentía… de que amaba? Sabía la respuesta.

Ella había despertado en él toda clase de sentimientos, pensamientos e ideas, contradicciones y un mar de emociones que lo confundieron, que lo confundían. Y lo principal que se anteponía a todo ello era la rabia y la vergüenza, y porque no decirlo, el odio. La odiaba tanto… ese odio crecía cada vez que aparecía frente a él, cuando despertaba las mismas reacciones de antes cuando vivía, cuando la anhelaba más que antes y entendía que no podía tenerla. El Rey sufría por su ausencia y lo sabía. Lo sabía más que nunca.

Se sentó en el borde de la cama, para no molestar a su fantasma. Podía imaginar el calor de su piel, y el dolor en su pecho se hacía presente otra vez. Olfateaba el ambiente con disimulo-como si ella pudiera darse cuenta de lo que hacía, evitando avergonzarse aún más frente a su presencia imaginaria-ya no había rastros de su aroma, y aquello lo deprimía; su aroma ya no estaba allí, su fragancia era un recuerdo más que le dejó de su tiempo juntos, un peso más para su tragedia. No quería averiguar si su habitación seguía conservando aquél delicado olor, no se atrevía a entrar. Aunque lo anhelaba, a la vez se repetía que era lo mejor, que así como su olor había desaparecido, sus recuerdos, sentimientos y pensamientos e incluso su fantasma, en algún momento también lo harían. Le hubiera gustado que aquello sucediera pronto, ya no creía poder seguir aguantando todo ello.

Por las noches se producía un miedo amigo, que odiaba, pero a esas alturas ya era recurrente y no le había quedado otra opción que acogerlo-de mala gana-y seguir con su vida. De pronto se daba cuenta que el "seguir con su vida" era simplemente comer, dormir y respirar, lo que no le resultaba muy alentador. Su miedo amigo era extraño, había aprendido a temer desde que se había enamorado de ella, ahora no había nada ni nadie que pudiera aterrorizarle, pero seguía sintiendo escalofríos por las noches cada vez que sentía un peso extra a su lado de la cama, como si su cuerpo siguiera ahí. Lo peor era que aunque su mente por unos segundos le hiciera creer que nada había pasado, que si se volteaba ella estaría allí, aterrizaba en su realidad rápidamente y entonces, el miedo lo invadía. Porque aunque sentía alguien a su lado, sabía que no había nadie allí, que estaba solo en esas cuatro paredes y le aterraba girarse y encontrarse con ella, con su cuerpo… no, con su cadáver, con su cuerpo en descomposición. Y la culpa se lo carcomía por dentro.

Dormir tampoco era muy alentador… sus sueños estaban invadidos de ella, de momentos vividos, de algunos que él le hubiera gustado vivir. Y todo se tornaba de calor, pasión, besos y porque no asumirlo, felicidad. Pero había otros más oscuros, otros en que eran llanto, dolor y miseria. Pesadillas, pesadillas en que a ella le hacían daño, donde la veía en la nave insectoide minutos antes de estallar. Soñaba con algo que no había visto directamente: su muerte. Su inconsciente le jugaba malas pasadas y le mostraba cosas que no vio, que le herían. Escenas de su cuerpo explotando, otras donde veía al desgraciado de Zarbon abusando de ella y él no podía defenderla, solo ser un testigo de ese horror. Y esas pesadillas no eran las peores… las que se quedaban con el primer lugar eran en las que eran sólo ellos dos, y ella lloraba, ella sufría, ella maldecía… y era él quien lo ocasionaba. Cuando era él quien la maltrataba, la abusaba y despreciaba. Lo más irónico de todo era que, aquellas pesadillas no lo eran como tal, eran recuerdos.

Y el dolor punzante en su pecho cuando ya no podía soportar más ver aquellas escenas, el calor intenso que lo hacía sudar, su garganta seca y las lágrimas por asomarse, lo hacían despertar, y no sabía qué era peor, dormir y soportar esas imágenes o despertar y vivir con la culpa, con la culpa de todo el daño que le había hecho y que no podía olvidar. En ese punto de su vida, no sabía qué era mejor, anhelarla, sufrir por su ausencia o sufrir por la culpa, por sentirse incapaz de haberla salvado, por arrepentirse de todo el horror por el que le hizo pasar.

El arrepentimiento era pan de cada día para el Rey, iban desde el no haberla llevado a ese viaje, desde que nunca debió tratarla como lo hizo al principio de su relación y lo más triste, que no debió elegirla a ella como su mujer. Si le dieran la oportunidad de volver a empezar, le gustaría poder corregir todos sus errores, se decía que si pudiera, no la elegiría. Pero su egoísmo inherente le susurraba "pero puedes tenerla… es tuya, ya sabes qué hacer y qué no. Es tuya" y caía, era tan débil cuando se trataba de ella que caía, una y otra vez, de todas las veces que imaginaba como debió ser su vida. Siempre la elegía, no tenía la fuerza para dar un paso al lado, y eso implicaba que ella viviera insegura otra vez, rodeada de enemigos viviendo en un planeta hostil que no era ideal para ella, porque ella merecía lo mejor, lo bueno, la paz, tranquilidad y felicidad, y él no podía darle nada de eso. No podía hacerse a un lado para hacerla feliz ¿Por qué era tan miserable?

Ellos eran tan opuestos ¿Cómo es que un ser de luz como ella, se cruzó en su camino tan siniestro y cruel? No lo comprendía, si es que había un dios, ese dios era cruel. Cruel con ella y con él; con ella por dejarla caer en sus garras, por exponerla a la bestia que era, y con él por arrebatársela cuando había encontrado lo más hermoso y puro de la vida. Cuando había aprendido a amar… dios era cruel o quizás era lo que se merecía. Después de haber hecho tanto daño, conocer la felicidad real y luego la tragedia ¡Estaba pagando por todo el daño que hizo a seres inocentes incluyéndola a ella! pero entonces ¿Por qué ella debía ser la víctima de aquél despiadado karma? No era justo para ella

Giró hacia atrás, lo primero que vio fueron sus pantorrillas blancas, siguió hasta sus muslos redondos y tentadores, se detuvo unos segundos en su bien formado trasero, frunció el ceño, admiró su cintura y descansó en su espalda. Perdió más tiempo que el programado en su cabello, observó sereno la caída de sus mechones sedosos, su color tan llamativo que siempre lo cautivaba y que cuando la follaba se enredaba entre sus cuerpos, que a veces tomó con fuerza para que no los incomodara y ella se quejaba de que fuera tan rudo. Su libido se prendió de solo recordarlo. Desvió la mirada rápidamente, restregó sus manos en su sien, intentando borrar esas imágenes, forzándose a olvidar esos recuerdos y que su erección se apagara, y que su vergüenza disminuyera.

―Algún día se irá―susurró en voz baja y casi al instante en que soltó esas cuatro palabras, el peso extra en la cama se esfumó. Giró rápidamente hacia el lado y efectivamente, ella ya no estaba allí. Más que sentirse aliviado, irónicamente extrañó de inmediato a su fantasma.

Su fantasma era Bulma. Era como vivir con ella… la odiaba, la amaba, la extrañaba y la quería lejos. Se avergonzaba por lo que le hacía sentir y a pesar de eso no quería separarse de ella. Había depositado todos sus sentimientos y frustraciones en su fantasma, el fantasma que no le respondía, el que no lo miraba siempre. El que no poseía calor, con quien no podía follar ni acurrucarse por las noches. Su fantasma estaba más muerto que ella, y aun así era su única compañía, era quien le daba luz a sus días sombríos y lo animaba a continuar, a no rendirse a la vida y a la vez lo torturaba. Era una perra desconsiderada que no lo quería abandonar y él tampoco quería que se fuera, él era un patético Rey que sufría por ella, que se excitaba con recuerdos y su presencia fantasmagórica y no era capaz de follar con carne viva.

La buscó por toda la habitación, sin moverse de su cama, claro. Pero ella ya no estaba allí. Tragó saliva con dificultad ¿Dormiría esta vez sin verla antes de cerrar sus ojos? No le gustaba la idea. Dejó caer la tela que cubría su pelvis al suelo, elevó su poder unos grados demás y la humedad se evaporó por completo. Apagó todas las luces, levantó las cobijas y se metió entre sus finas sábanas. Su respiración era pesada, de espaldas a la colchoneta sabía que no lograría dormirse sin embargo apenas se diera media vuelta, sentiría ese peso extra que lo asustaba. Una parte de él le obligaba a hacerlo, no tenía por qué temer a un "algo" que no existía, que era creación de su mente, de sus miedos y culpas y anhelos ¡Era un saiyajin! Debía afrontar sus miedos y es más, ni siquiera temer. Era el ser más fuerte del universo ¿Y le temía a algo desconocido como una presencia cargada de culpa y arrepentimientos? Estaba siendo infantil. Además, no podía dormir en esa posición y era más que consciente de ello. Dio una inhalada de aire profundamente, sus pectorales se elevaron unos centímetros y luego, lentamente, bajaron a su altura habitual. Volvió a tragar saliva, cerró sus ojos y con un movimiento brusco, se volteó. Dándole la espalda al lado que antes ella usaba cuando compartían cama.

Y que seguía usando. Fue casi de inmediato que sintió el peso extra en la colcha; el sudor frío fue apareciendo de modo paulatino y el Rey solo pudo cerrar con más fuerza sus ojos. Pero en el negro de su consciencia, su imaginación tomaba el timón de sus pensamientos y que daban como resultado imágenes sádicas, repugnantes y turbias incluso para él. O quizás era que imaginarla a ella, siempre tan perfecta en su imperfección, tan bella y pura, en ese escenario que lo descompensaba y lo hacía retorcijarse en su misma posición. Su rostro terso no debía estar nunca demacrado, con la piel cayéndose y su cabello sucio y enredado. Su piel suave y blanquecina no era verduzca con tonos negros y morados, ¡Ese cuerpo que su imaginación creaba era falso! Apretó las cobijas con fuerza, intentó pensar en algo más y al final, cayó en un dormir tortuoso. Como todas las noches.

Más esta vez, su sueño empezó agradable, quizá con un toque algo melancólico. Se vio en medio de una llanura viva, llena de vegetación saludable, arbustos florecidos, la brisa cálida y el cielo despejado. Podía sentir la calidez del sol golpear en su piel bronceada, pero para él era más interesante la mujer que tenía a unos metros en frente de él. La distancia no era mucha, pero no lograba verla con claridad. Comenzó a caminar en su dirección, mientras aplastaba la hierba no dejaba de pensar en la hembra a lo lejos, no sabía quién podía ser y su consciente no daba ningún nombre, pero en su subconsciente el nombre era claro: Bulma, se decía, se repetía y gritaba. Deseaba que fuera ella. Aceleró el paso, y cuando la tuvo a dos metros no pudo seguir avanzando. Peleó con sus piernas, pero estas no se movieron. Entre sus maldiciones, la frustración era más que palpable y poco a poco el paisaje cambió de colores. La brisa se volvió más fuerte, levantaba piedrecillas y el cielo despejado degradó de un celeste a un azul, luego pasó a morado y finalmente a un rojo escarlata. Miró hacia la mujer y notó que ella ya no estaba allí; se maldijo y lamentó en voz alta. Pero su sufrimiento no duró demasiado, sintió una mano afectuosa en su hombro, giró rápidamente y allí estaba. Sonriéndole como sólo ella sabía hacerlo, enamorándolo como nadie lo había hecho antes y seguramente nadie lo haría.

Se perdió en sus ojos tan azules que lo ahogaban, su mirada oceánica lo tranquilizó tanto como ese mar sereno de sus orbes zafiro. Entre abrió la boca para hablarle, para decir cuánto la había extrañado y necesitaba, a esas alturas no se percató de que el paisaje había vuelto a ser agradable como en un principio, el Rey sólo se fijaba en su mujer. La joven llevaba su cabello trenzado como pocas veces vio antes, algunos mechones se movían libres a merced de la suave brisa, engatusándolo incluso en un movimiento carente de provocaciones. Sus ojos negros miraron sus tiernos labios que dibujaban una sonrisa amable, no se fijó en su ropa o cuerpo, el deseo sexual estaba apagado en ese momento. El saiyajin sólo podía admirar a la mujer cerca de él y en su profundo inconsciente, gritarse que no se confiara, que ella no debería estar ahí. Que era un sueño. Pero era imposible que no se ilusionara, para él, no había otra cosa en mente que atesorar ese momento. Posó su mano con temor sobre su mejilla, sintió sus ojos humedecerse cuando piel con piel se tocaron ¡Era su calor! su garganta estaba seca, y sus ojos húmedos, su corazón latía tan fuerte que creía que se escaparía en cualquier momento.

Antes de siquiera pensar en besarla, ella lo sorprendió con un beso apasionado. Todas sus emociones se fueron apagando para dejar salir sus instintos más primales. Sin dejar de mirarla respondió su beso, creyendo que si cerraba sus ojos ella desaparecería. Rodeó su cintura con sus manos grandes y la apegó a su cuerpo, suspiró sintiendo sus curvas. La mano de ella bajó a su pelvis y fue cuando se separó de ella; no estaba acostumbrado a esa iniciativa de su parte. La miró confundido y abrió sus ojos de par en par cuando observó sus ojos. Ya no eran serenos, eran felinos y misteriosos, su sonrisa ya no era amable había cambiado por una coqueta, su trenza se había desarmado y ahora su cabello estaba suelto y su cuerpo, desnudo. A pesar de semejante apariencia, no pudo descontrolarse porque ella, esa Bulma que le sonreía felinamente, no era su Bulma. La miró con cuidado, un poco alerta a cualquier jugarreta. La mujer volvió a besarlo y él respondió, porque besaba como ella. Sus manos se movieron solas, subían por su espalda y bajaban por su cintura hasta sus nalgas, las agarraba con firmeza y la apegaba a su pelvis, intentando amainar con el roce de su cuerpo su caliente erección. Ella soltó sus labios, y besó su barbilla, luego su mejilla y siguió hasta su oreja izquierda, la mordisqueó y lamió, y él suspiró derrotado―te odio―susurró ella, y quiso alejarse, quiso preguntarle, quiso pedir explicaciones e incluso rogar por su perdón, sin embargo despertó casi al instante después de oír aquella horrible oración.

Jadeó bruscamente, su pecho subía y bajaba ajeno a su entorno. Tardó unos segundos en aterrizar en su realidad, en notar que estaba en su habitación, a oscuras y con compañía. Minutos más tarde sintió su erección, culpó a su sueño, y en cosa de segundos notó la atención extra en su miembro. Asombrado y confundido, quitó las sábanas con rapidez al mismo tiempo que comprendía que la atención, no era otra cosa más que sexo oral.

― ¿Qué mierda…?―susurró entre su asombro, y apenas pudo ver el cuerpo descubierto identificó al intruso― ¡¿Qué mierda haces, Riander?!

― ¿Necesita que se lo explique, alteza?―preguntó escondiendo los nervios. Vio al Rey alejarse de su atención e intentó conservar la calma, si quería que aquello resultara, debía actuar con cuidado.

―Lárgate ahora mismo―gruñó sin dejar de mirarla a los ojos, podía sentir su cuerpo caliente y su erección palpitar, exigiendo más de las caricias que la saiyajin le había brindado y se sentía asqueado.

―Pero… parecías disfrutar―susurró y movió su rabo lentamente, intentando seducir al saiyajin más fuerte.

Vegeta frunció el ceño ¿Qué podía responder a ello? Era cierto, lo disfrutó pero no estuvo consciente de ello, en su cabeza fue Bulma quién despertó su erección y ahora estaba confundido ¿Había cambiado su sueño de algo emocional a sexual, por culpa de Riander? ¿Era Riander quién lo había provocado? ¿O buscó en Bulma, una respuesta para poder atender al estímulo de la saiyajin? Estaba tan confuso… sus ojos negros viraron a su cola, luego a su desnudo cuerpo que podía vislumbrar a pesar de la oscuridad del cuarto gracias a sus agudos sentidos.

―Lárgate―volvió a repetir.

―Debemos consumar nuestra unión―murmuró con calma que no sentía. Intentó acercarse pero la mirada fría del Rey le impidió moverse un centímetro más. Vegeta no necesitaba hablar para demostrar autoridad, y le encantaba eso de él.

―Lárgate―reiteró―estoy perdiendo la paciencia, Riander.

―Es nuestro deber―dijo segura, intentando que por el ámbito de las obligaciones que debían cumplir, le ayudaran a que cediera.

― ¿Eres tonta o qué? ¡Te dije que te largues!―gritó furioso. Su prima abrió la boca presa del asombro pero no tardó en recuperar la compostura y demostrar seguridad frente al titán que intentaba seducir.

―Vegeta―el Rey frunció el ceño incómodo al oírlo, nadie lo llamaba por su nombre de pila salvo excepciones, su hermano y ella― ¿Sabes lo que dice tu pueblo de nosotros?

―No me interesa lo que digan―gruñó y la verdad era que no tenía idea. Estaba tan centrado en sí mismo que no sabía detalles ni nada de actualidad, iba a las reuniones de consejos literalmente a calentar el asiento.

―Creen que eres impotente―soltó y tuvo que contenerse para no reír al ver la mirada de asombro del Rey―que por eso no pudiste preñar ni a la humana ni a mí.

―Al león no le importa la opinión de la oveja―soltó serio e imponente. Riander mordió su mejilla interna, era un dicho extranjero. Esos animales no existían en sus tierras pero se comió la indignación, prefirió enfocarse en lo que sucedía entre ellos.

A pesar de haber soltado aquello, en el fondo le inquietó el rumor que Riander comentó ¿Cómo podían siquiera pensar en esa absurda idea? Su orgullo varonil se vio manchado de solo pensar que esa blasfemia circulaba entre la población que gobernaba. Él sabía que no era así, había embarazado a su mujer en un descuido aunque al final habían perdido al cachorro, el punto era que estaba consciente de que no era un error en su sistema, él estaba sano y funcionando.

―Cumplamos con nuestro deber… Vegeta―repitió su prima, llamando su atención. La vio gatear hacia él con lentitud y tardó en reaccionar, sus movimientos lentos y femeninos lo desconcentraron más de la cuenta―callemos esos rumores…

―No me interesan esos rumores―respondió firme―yo no tengo ningún problema.

―Lo sé―se apresuró en responder―soy consciente de tu virilidad―susurró sugerente. Sus ojos negros vieron con claridad como las manos de la saiyajin se dirigieron a sus muslos trabajados, pero no lo impidió.

Se dejó tocar, y en su interior despertó una horda de sentires y pensamientos que luchaban por dominar su cuerpo. La terquedad fue lo primero que habló, la de no dejarse llevar por una treta como aquella, treta porque su terquedad desconfiaba de todo. Su ego le gritaba que era él quien debía iniciar el encuentro, su orgullo apoyaba a Riander, debía demostrar que no había nada malo con él pero a la vez, su vanidad le exponía que no debía demostrar nada, él era el Rey. Lo que dijeran no era su problema, tal como había dicho "al león no le importa la opinión de la oveja", él era superior ¿Por qué debía actuar por lo que opinaran un montón de ovejas débiles e inútiles? Pero era su instinto el que gritaba más fuerte, el que poco a poco se hacía notar más y más, con cada caricia sutil que Riander le daba a su pierna. Su bestia interna tiraba las cadenas y los eslabones estaban oxidados.

Habían sido dos años y medio de abstinencia sexual y parecía que su cuerpo se lo cobraba. Cuando la mano de Riander subió desde su rodilla hasta su ingle, se encontró ansiando por una caricia más atrevida y fue allí, que notó que quería follarla, quizá no a ella, simplemente follar. No lo sabía, el punto era que su cuerpo estaba resentido, quería sexo y recién ahora lo notaba. Las erecciones nocturnas y matutinas siempre las atribuyó a los recuerdos íntimos que compartió con Bulma y pensó que era debido a estos que su cuerpo respondía. Pero ahora estaba dudoso. Tal vez su problema tenía una solución más simple de la que pensó, al estar allí mirando a Riander, lo pensó.

Debía volver a ser quién era, y una parte de ello era retomar sus costumbres. Su fantasma pronto se iría si volvía a ser él mismo, a actuar y pensar como lo hacía antes de conocerla. Una luz de esperanza avivó su llama interna, parecía una buena solución.

―No tienes que hacer nada―susurró Riander, rompiendo su trance mental―déjamelo todo a mí―no respondió, pero la dejó seguir con su atención de antes.

Sus ojos no se perdieron de ningún paso que dio la saiyajin, observó con calma como sus manos acariciaban de arriba abajo su miembro para luego llevárselo a la boca, cerró sus ojos en ese momento. Había olvidado lo bien que se sentía la lengua de una mujer sobre su erección; mientras Riander succionaba y acariciaba su virilidad, él sujetó las cobijas con fuerza, intentando controlar las reacciones de su cuerpo, cerró su mandíbula para no dejar escapar ningún jadeo.

El calor fue creciendo, y su placer de la mano con él. Su pecho subía y bajaba al compás de sus suspiros ahogados, la lengua de la saiyajin se enredaba en su erección caliente, sus labios y sus manos hacían presión y su orgasmo amenazaba constantemente con culminar gracias a los movimientos experimentados de su compañera. Abrió sus ojos mirando hacia el cielo artificial de su cuarto, mordió su labio inferior siguiendo el plan de mantener oculto el goce que sentía. Pero no era necesario esconderse, Riander no era tonta y tenía bastante práctica en las artes amatorias, podía reconocer la satisfacción en un hombre y su Rey no era la excepción.

Vegeta estrechaba sus ojos cada vez que el palpitar de su miembro caliente y húmedo lo amenazaba con liberarse, sentía su placer próximo y hubiera preferido que ella acelerara el ritmo pero no hizo nada, simplemente esperó. Casi por intuición, giró hacia el lado y se sobresaltó al verla. A dos metros, su fantasma presenciaba su traición. Sintió un sudor frío recorrerle, apagando la calentura física que el sexo oral de Riander le había provocado. La vio sentada en un taburete, apoyando el codo derecho en un mueble y su rostro en el dorso de su mano mirando hacia el ventanal. Su largo y sedoso cabello se movía por una brisa ligera que no lograba saber de dónde provenía ¿De sus respiraciones agitadas, quizás? Ella parecía ajena a lo que ocurría, era como un cuadro de arte que estaba pegado en la muralla, inerte y a la vez lleno de magia. Se quedó viéndola, admirando su perfil perfecto, su pequeñita nariz respingada se veía graciosa entre los tonos oscuros de la habitación, su piel blanca se veía de un gris lindo, lucía un vestido largo que se ajustaba en su pecho y caía libremente desde su cintura, era perfecta, una obra de arte magnifica que lo dejaba pensando, que quería descifrar. Entre las succiones de Riander, y la indiferencia de su fantasma, el Rey alcanzó su orgasmo, susurrando con un hilo de voz el nombre de ella. La saiyajin no lo oyó, estaba más pendiente de la semilla del Rey dentro de su boca y celebrando mentalmente que había conseguido hacerlo reaccionar.

Desvió la mirada mientras respiraba agitado y avergonzado. No podía creer que incluso bajo esa circunstancia ella lo hostigara. Secó con su mano el sudor de su frente y con rabia volvió mirar hacia su fantasma; ocultó bajo una máscara de indiferencia el asombro que sintió cuando sus miradas se cruzaron. Ella ya no parecía indiferente, había dejado de prestarle atención a la ventana y ahora lo miraba fijamente. Sus rasgos eran serios, su cabello seguía meciéndose y sus labios en una escueta línea inexpresiva le inquietaron. Parecía que algo le afectaba y una parte de él se conmovió, quiso acercarse y pedirle perdón. Rogarle por su error, y abrazarla a la vez que le pedía que olvidara lo que había visto, entonces entraba en cuenta de lo enfermo que estaba.

¿Realmente pensaba en pedirle perdón a un fantasma? ¿Realmente se sentía culpable por dejarse tocar por su actual y legal mujer? ¿Por qué?... ¿Por su primera esposa que lo había abandonado hace tantos días atrás? ¡Era absurdo! Lo sabía y se sentía más tocado que nunca ¿Cómo era posible que la culpa recorriera cada centímetro de su cuerpo cuando no había hecho nada malo? ¡Debía avanzar por el amor a dios! Entró en cuenta de que había tocado fondo. No era normal su situación y sobre todo, no podía sentirse orgulloso por ello. Ella y su fantasma lo estaban hundiendo, lo querían matar en vida como ella lo estaba realmente. Pero él pertenecía al mundo de los vivos, a lo real, a lo tangible. Ella ya había perdido su oportunidad en esa realidad, él no podía hundirse con ella.

No se merecía ese martirio, no era una blanca paloma, lo sabía pero él no era cualquiera, era el saiyajin más fuerte en toda la historia de su raza, él era superior en todos los ámbitos, no podía seguir en el pasado y sufriendo por ella y casi al mismo instante en que pensó eso, su fantasma le sonrió. Su corazón se detuvo unos segundos, el sudor frío volvió y su pulso se tornó lento y doloroso, su sonrisa era esquiva, casi burlesca y la vergüenza invadió su cuerpo. Sintió sus mejillas sonrojarse, al mismo tiempo que los labios de Riander se apegaban a su cuello y comenzaba a mordisquearlo. Los ojos de su fantasma no se despegaban de la escena, burlesca admiraba lo que hacía o se dejaba hacer y el Rey sintió que moría. Pero una muerte simbólica, decidió allí que sería la última vez que sería la burla de ella.

Sujetó con fuerza los hombros de la saiyajin, ella exclamó asustada, seguramente pensando que él la atacaría. Pero el Rey no la dañó, simplemente la empujó de espaldas a la cama y se subió sobre su cuerpo. Riander no tuvo que preguntar para entender que follarían, lo recibió gustosa.

Decidió seguir con su vida, pero no solo lo pensó, no solo lo decidió. Esta vez actuaría, esta vez lo intentaría con fuerzas. Mientras tocaba el cuerpo de Riander, sus ojos se desviaban sin darse cuenta, buscando a su fantasma. Cuando la penetró, sus orbes negras no dejaron de mirar las azules de ella, sin dejar de mirarse, fornicó con otra.

Para que al final, fuera su nombre el que susurró al llegar al clímax y su fantasma sonriera triunfante, haciéndolo sentir miserable.


(…)


Los rumores ya se habían esparcido por todo el palacio y no podía borrar la sonrisa victoriosa de sus labios. Se sentía orgullosa de sus logros, aunque a momentos su mente le jugaba malas pasadas y le recordaba todo el tiempo que le había costado que Vegeta cediera o los rechazos constantes de su parte, pero no importaba cuanto había tardado porque al final lo había conseguido y habían follado. Era cuestión de tiempo para que se preñara.

No hubo necesidad de ir a contarle la buena noticia a su tía, pues la servidumbre ya había esparcido el rumor de que habían compartido el lecho. Se había dormido en su cuarto, a la primera luz del alba una criada ingresó creyendo que el Rey ya se había levantado a entrenar-como acostumbraba a hacer-grande fue su sorpresa al verlo acompañado esa mañana. A pesar de su sonrisa presumida, una idea rondaba en su mente y no dejaba de incomodarle. Tener sexo nuevamente con él fue como si lo hubieran hecho por primera vez, el saiyajin que la folló había cambiado. No pudo evitar pensar si a ella la trataba igual… y era extraño pensarlo porque antes nunca se lo preguntó, no se imaginaba a su prometido con las putas del palacio y tampoco le preocupaba ¿Por qué con la humana era diferente? Ah claro, porque él mismo actuaba diferente cuando se trataba de ella, el más claro ejemplo era el que no dejara que nadie entrara a su dormitorio… ¿Qué tipo de relación habían tenido? Él había sido brusco, mecánico e incluso salvaje, cosa que le encantó pero no lo vio concentrado, le pareció incluso que tal como ella lo había planteado antes, era su deber y él solo estaba cumpliendo con su responsabilidad. Y la idea le hería profundamente su ego femenino.

Cuando ingresó a los aposentos de su tía, ésta la esperaba con dos copas de vino de alta calidad. Sonrió complacida y se sentó a su lado.

―Te ves feliz―dijo sin borrar la sonrisa de sus labios, la hembra mayor le regaló una sonrisa torcida, como las que antes Vegeta solía exhibir.

―Y tú radiante―concordó su tía―te felicito, al fin conseguiste que ése tonto de mi hijo entrara en razón.

―Fue más fácil de lo que creí―susurró pensativa―quizás debí enfrentarlo cuando estuviera con la guardia baja…―tomó la copa libre y le dio un sorbo, saboreo con calma el líquido fermentado.

―El principal enemigo era su terquedad―concordó Keel―supongo que sabes que no debes desistir hasta que te preñes ¿No?

―Por supuesto que lo sé―asintió, bebió el contenido de su copa de un trago y lo dejó con suavidad sobre el mesón al mismo tiempo que se ponía de pie―no es ningún sacrificio tampoco…

― ¿Ya te vas?―preguntó curiosa.

―Quiero ir al consejo. Nos vemos en el almuerzo―se dio media vuelta y caminó hacia la salida, al final solo había ido para decirle de frente que había tenido éxito con el Rey.

Ahora se sentía más segura en cuanto a su posición, no se trataba sólo de sexo. Después de dos años y medio habían consumado su unión civil y podía llamarse Reina sin burlarse ni bajarse los ánimos ella misma. Por ende, se creía capaz y estaba en su total derecho, de ser parte del consejo y estar al tanto de todo lo que implicaba liderar el Imperio Saiyajin. Podía hacer uso de su poder sin ser juzgada ni puesto en duda su rol, nadie podía despreciarla ahora. Caminó con seguridad por los pasillos del palacio, miraba su reflejo en cada vitral y se sonreía, su tía tenía razón… estaba radiante. Preguntó a un soldado en qué sala estaban llevándose a cabo las reuniones y siguió con su camino. Subió las escaleras principales y antes de llegar a la segunda planta detuvo su paso al ver a Laurel bajar en su misma dirección, solo que la saiyajin miraba el suelo distraída de su presencia.

―Laurel―saludó para llamar su atención. La joven saiyajin levantó la mirada hacia ella y quitó su mano de su vientre abultado con disimulo, pero Riander lo notó de todas formas y se quedó viéndole el abdomen. No sabía si la hembra lo hacía para evitar demostrar debilidad o por consideración con ella, pero le molestaba de todas formas ya fuera por cualquiera de ambas razones. La fama que tenían las hembras de cambiar una vez que eran madres no le agradaba, creía que las menoscababa y comprobarlo con Laurel, una de las hembras más fuertes de la elite le incomodaba. Por otra parte, estaba el hecho de que Laurel-de quien menos se lo esperaban-estaba preñada de cuatro meses y ella, quien debió haber dado un heredero a la corona hace años, no había ni siquiera señales de ello. Había envidia, lo reconocía abiertamente. Laurel era más joven que ella y estaba preñada y encima, su embarazo era un peligro para su posición.

―Riander―respondió la hembra, sin ocultar el desagrado de verla tan temprano―tengo prisa…

―Alteza―corrigió entre dientes.

―Lo siento―sonrió con burla camuflada―es la costumbre, Alteza.

―C-claro―volvió a mirar su vientre y trató de borrar los rastros de recelos― ¿Cómo va tu embarazo?

―Bien. Me canso más rápido que antes en los entrenamientos, y como más de la cuenta, pero todo bien―asintió a sí misma―mi bebé crece fuerte. Será un guerrero formidable, como su madre―sonrió orgullosa mirando ensoñadora su panza.

―O guerrera―murmuró incómoda.

―No―negó Laurel―Iris nos confirmó que será un varón―y Riander ya no pudo ocultar su indignación, la futura madre lo percibió con claridad por lo que prefirió irse de allí―bien, me iré. Tarble saldrá pronto del consejo y no quiero que me retenga―suspiró y la reverenció con rapidez.

Riander no autorizó su marcha, ni se despidió según el protocolo, se quedó ensimismada y la frase "será un varón" se repetía una y otra vez, opacando su felicidad matutina. Si no se preñaba, sería el hijo de Tarble el heredero a la corona y eso no lo podía permitir por nada en el mundo. Tragó saliva en seco y reanudó su camino. No dejaba de pensar en porque no se había enterado antes de esa noticia ¿Sería acaso que tanto Tarble como Laurel, preferían mantener todo bajo perfil por respeto a ella y al Rey? Seguramente… no querían acrecentar los rumores que los rodeaban ni avivar los chismes y malos comentarios hacia los reyes. Contuvo el suspiro, su alegría se había opacado radicalmente con todo ello ¿Qué tenía que hacer para sentirse segura en su posición y dejar de creer que era el hazmerreír del imperio? Sabía que los rumores se los tomaba demasiado en serio, pero le era difícil no hacerlo. Quizás debía pensar como Vegeta… "Al león no le importa la opinión de la oveja"; con eso en mente, llegó a la sala privada del consejo. Los guardias que custodiaban la puerta al verla la reverenciaron con rapidez y le abrieron el paso. Así era siempre, la trataban como lo que era, una Reina ¿Por qué dudaba tanto de su posición? La inseguridad se comía sus entrañas todo el tiempo, estaba pensándolo todo demasiado.

Entró con seguridad al salón, los consejeros al verla se pusieron de pie y no tardaron en reverenciarla, entre ellos vio a su tío político, a Bardock, que en su opinión ambos estaban demasiado viejos para seguir siendo participes del consejo, pero el Rey parecía confiar en ellos y no tenía planes de alejarlos de sus cargos. Miró de soslayo a Tarble, quien intentó sonreírle con falsedad, así como lo hizo Laurel. Lo entendía, sabía que no le agradaba a muchos saiyajin por su petulancia pero lo que le molestaba era que esa petulancia en Vegeta la respetaran y en ella la denostaran "machistas de mierda" pensó.

―Alteza―habló Bardock― ¿Se nos une a la reunión del consejo?

―Sí, continúen―dio una rápida repasada al salón comprobando que el puesto del Rey estaba vacío y no habían señales de que él hubiera asistido a esa jornada.

―Bien―recapituló Tarble―entonces, iré yo al Comité de relaciones interplanetarias―los saiyajin adultos asintieron conformes pero la Reina frunció el ceño confundida al oírlo.

―Son los líderes de los planetas quienes asisten a esas reuniones―comentó con rapidez al mismo tiempo que posaba su barbilla en el dorso de su mano derecha, mirándolo con desconfianza. Ahora más que nunca prefería ser parte de la organización del Imperio, a su parecer Tarble tenía mucho poder cuando no era más que el príncipe y ahora, que pronto tendría un cachorro y encima varón, era una amenaza para su linaje. En ese momento, Riander no consideraba que era sangre de su sangre.

―Sí―asintió de acuerdo el príncipe―pero mi hermano no ha asistido a ninguna desde que se coronó ¿Quieres acompañarme? No tengo problemas. ―la hembra frunció el ceño, ella no veía una invitación cordial, su mente le jugaba malas pasadas y lo único que veía era la actitud desafiante de Tarble, la cual no era así.

―Por supuesto que no deberías tener problemas―murmuró rechinando los dientes―iré, pero con el Rey. Como debe ser―Bardock agachó la mirada, y el antiguo Rey contuvo el suspiro y las palabras de apoyo a su sobrina y nuera, pues consideraba que Riander tenía razón pero a la vez, no quería seguir afirmando los rumores, no quería reconocer que Tarble tenía un motivo válido para no querer decirle nada a su primogénito sobre el Comité.

―No creo que sea pertinente―comentó tranquilo―el Comité este año será en la Tierra.

― ¡¿Y qué mierda importa?!―gritó sorprendiendo a los tres saiyajin. Recuperó la calma cuando vio sus rostros sorprendidos pero ¿Qué más podía hacer? El tema "tierra" y "humana" era delicado para ella, estaba harta de los putos comentarios sobre ella, la Reina estaba segura que eran chismes mal fundamentados. No reconocería nunca-por su ego-que el Rey seguía pensando en la mocosa muerta.

―…―Tarble tragó saliva en seco, más allá de que le pareciera desatinada la reacción de su cuñada, la entendía. La entendía en muchos sentidos, porque él era más consciente y de los pocos que reconocía que si Vegeta había cambiado, era por Bulma y para Riander, debía ser humillante e incluso doloroso―no es que importe…―dijo inseguro―pero no tiene caso, no irá. Vegeta no sale del planeta a menos que sea a purgas complejas, y el Comité dura una semana solar.

―Hablaré con él, iremos a ese maldito Comité―aseguró alzando la barbilla.

―Eso sería ideal―habló por fin el padre del Rey―es hora de que actúen como los líderes del Imperio, que demuestren que somos una nación consolidada y poderosa.

―No te preocupes, tío―asintió la Reina―el Rey me escuchará.

―Estás bastante segura―susurró Tarble, y se maldijo internamente al soltar aquello sin pensarlo.

―Por supuesto―respondió conteniendo su gruñido y el control de su cola para que no se sacudiera― ¿Cuándo hay que partir?

―Mañana―respondió Bardock.

La Reina no contestó nada y se puso de pie, el grupo de saiyajin la imitó y reverenciaron al verla salir del salón. Tarble alzó ambas cejas y rodó los ojos, detestaba a su prima pero esperaba que tuviera razón y pudiera convencer a su hermano, él más que nunca esperaba que actuara como el verdadero Rey que debía ser.


(…)


Nunca fue muy bueno para la lectura, cuando niño solía quejarse de las horas de estudio pero ahora ya adulto, sabía lo importante que era el ejercitar la mente. Encerrado en su oficina, el Rey leía los últimos reportes de las colonias. Había tomado una decisión: avanzar. Y ahora debía actuar según su determinación, el primer paso había sido cumplir con sus deberes maritales, ahora actuar como Rey. Para ello debía ponerse al día con todos los tratados e informes del Imperio, los cuales eran bastantes en los dos años y medio que llevaba "reinando".

Bebió un sorbo de café amargo y siguió con su lectura, antes de dar vuelta la siguiente página la puerta se abrió bruscamente, frunció el ceño y levantó la cabeza del reporte. Alzó una ceja al ver a Riander en su oficina, volvió a concentrarse en las hojas del informe pero no lo consiguió. Al verla recordó casi de inmediato que habían follado, y el drama no era que se sintiera avergonzado con ella por haberlo hecho, se avergonzaba sí, pero consigo mismo por haber susurrado y pensado en su ex esposa mientras la follaba y no quería preguntar si lo había oído, si se había dado cuenta que estuvo fornicándola sin dejar de mirar a su fantasma que se burló de él durante toda la noche.

―Disculpe la intromisión, mi Rey―comenzó diciendo mientras cerraba la puerta. Le gustó verlo allí estudiando los informes, y fue imposible no sentirse orgullosa de sí misma. Porque verlo actuar como Rey coincidía con que lo estaba haciendo justo después de haber compartido el lecho ¿Cómo no atribuirse los cambios positivos del Rey?

―Habla―soltó con desprecio.

―El Comité de relaciones interplanetarias está próximo, debemos ir―dijo calmada mientras caminaba hacia el escritorio.

―Tarble es quien asiste a esas mierdas―susurró levantando la vista―ve con él si estás interesada.

―Iré, pero es contigo con quién debo ir―concordó sentándose sobre el escritorio―debemos actuar como los Reyes que somos.

―Cualquier Rey que se denomina Rey, que tiene que recordarle a sus súbditos que es el Rey, no es ningún Rey―murmuró desviando la mirada y Riander parpadeó sorprendida al oírlo, su tía le había dicho algo parecido el día anterior.

―Claro…―asintió de acuerdo―pero debemos ir. Hemos dejado pasar mucho tiempo y no nos hemos comportado como lo que somos ¿No?―le sonrió coqueta y lo sorprendió al subirse por completo a la mesa del escritorio y comenzar a gatear sobre la madera― ¿Sabes dónde será?

―No―respondió atento a sus movimientos. La vio sentarse en el borde de la madera de frente a él, sobre los documentos. Sus piernas largas y firmes se abrieron a la par de su asiento y sin esperar respuesta suya, se sentó sobre su pelvis. Su cuerpo respondió, junto con la culpa y la rabia que una vez más, se hacían presente en él. Pero su orgullo era más fuerte que cualquier débil sentimiento, y prefirió olvidar la culpa y sujetarse de la rabia, quien sería su amiga para avanzar. Con la rabia como compañera sería más sencillo obligarse a olvidar, a actuar como un real saiyajin.

Riander movió sus caderas sobre su regazo y no le fue difícil sentir su erección, sonrió triunfante ¡Por fin lo tenía! La seguridad y su ego eran los más beneficiados. Pero había un detalle que no la dejaba tranquila y sabía que debía corroborar para sentirse con absoluto poder.

―Será en la tierra―susurró en su oído y el Rey se paralizó― ¿Hay algún problema, con que sea allí?―preguntó seria al mismo tiempo que alejaba su rostro del de él para poder verlo, sin dejar de mover sus caderas.

― ¿Debería?―preguntó su orgullo y a la vez dejándole ver que había ganado, que irían al maldito Comité, para demostrarse a sí mismo más que al resto, que aquello no le afectaba; y la tomó de las caderas para subirla al mesón nuevamente. No hubo juegos previos, ni muchas caricias, fue mecánico. Riander lo ayudó a desvestirse y en menos de tres minutos estaban copulando sobre el escritorio.

A medida que sus cuerpos se movían, el Rey se concentraba mirando detrás de la saiyajin. Sentía las uñas de Riander por su torso, su espalda y cuello pero él estaba mirando hacia el estante, donde el vidrio los reflejaba meneándose con fiereza. Cerró sus ojos con fuerza cuando un tercero apareció en el reflejo, evitó a toda costa mirar a su fantasma que participaba como testigo. Se desconcentró cuando oyó un ruido extra a los gemidos de la saiyajin y el rechinar del escritorio, sin dejar de moverse miró hacia abajo, cerca de sus botas y lo vio: el primer regalo que le hizo su mujer en su luna de miel, la cadena de oro con el dije de su emblema familiar se había caído. Notó un eslabón de la cadena roto, seguramente Riander lo hizo mientras lo rasguñaba.

Por un momento quiso detenerse y agacharse, recogerlo y guardarlo, pero una parte de él lo prefirió dejar ahí, donde pertenecía. En el olvido. Frunció el ceño y lo pisó con su bota, para evitar verlo y así centrarse en su placer egoísta, volvió a mirar sus reflejos en el vitral y esta vez no pudo cerrar sus ojos y desviar la mirada de su fantasma que miraba hacia fuera, con una sonrisa en sus labios, ajena a los intentos de su parte por olvidarla.

Ajena a su sufrimiento, cuanto la odiaba por eso.

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N/A: ¡PERDÓN POR LA DEMORA! en serio que lo lamento! pero he tenido muchas trancas para escribir, partiendo por la inspiración, el tiempo e incluso los deberes x-x realmente lo siento y espero que no me odien :C

*les aviso que hasta medio año me demoraré con las actualizaciones, porque tengo otros fic y deberes que cumplir :/

**respecto al cap... bueno, odiénme xD pero intenté hacerlo real, ósea, ¿Qué hombre haría un celibato opcional de dos años y medio? ah! por cierto, para el tercer cap se verá que pasó un poco de tiempo en la tierra, por eso puse dos años y medio xD por lo que Trunks tendrá dos añitos pero como siempre lo hago, lo mencionaré dentro del mismo fic para no confundirlas.

**me gustó escribir sobre el fantasma de Bulma xd las escenas eran tan claras en mi mente, espero que haya podido traspasarlas bien en el cap :)

***La frase "Al león no le importa la opinión de la oveja", la robé al personaje Tywin Lannister de la serie Game Of Thrones.

Respondí los rws anteriores y se los agradecí a cada una, y ahora lo hago aquí, muchas gracias por acompañarme con la secuela :) estamos recién empezando y pasará cada cosa.. xD me odiarán, lo sé xD

*Para LOL: gracias por tu ánimo e insistencia! dejaste muchos rw! y la verdad, sería agradable que te hicieras una cuenta para poder contestarte personalmente :D

Gracias otra vez por leer, espero que mi sufrimiento haya valido la pena y les guste este cap xD! perdón por los errores gramaticales y de ortografía! cualquier cosa me avisan :C

Nos leemos y gracias! bonita semana! :D