Por eso busco en ti la firme piedra.
Ásperas manos en tu sangre clavo
buscando tu firmeza
y la profundidad que necesito,
y si no encuentro
sino tu risa de metal, si no hallo
nada en qué sostener mis duros pasos,
adorada, recibe mi tristeza y mi cólera,
mis manos enemigas
destruyéndote un poco
para que te levantes de la arcilla,
hecha de nuevo para mis combates.
El daño, Pablo Neruda.
Capítulo 3
Enfrentamiento
Recordaba-como todo lo que tenía que ver con ella-el agradable sabor del vino terrano. Degustó de un par de copas en ese poco lapsus de tiempo que llevaba sentado, junto a un grupo de seres que no le interesaban más sin embargo, allí estaba. Compartiendo. No se había propuesto estar pendiente de algo más que no fuera la comida ni el vino, no ponía atención a la parlanchina mujer rubia o al nerviosismo que había en el aire y sobre todo, al temor. Estaba acostumbrado a causar aquello. Ignoró la mirada fija del padre de familia o la atenta de Riander que no se perdía movimiento suyo, a esas alturas nada le importaba al Rey saiyajin. Simplemente existía.
Su apatía era inmensa, por eso cuando oyó los pasos acercarse al comedor no les prestó atención. Vio entreojo entrar al patrullero y siguió sin prestarle atención a lo que ocurría a su alrededor; bebió otro trago y se terminó todo el líquido de un sorbo, dejó la copa al lado de sus cubiertos para que rapidamente fuera llenada otra vez por la servidumbre, un acto tan simple como el servir vino le pareció interesante y mientras la copa se llenaba oyó esa simple pero impactante oración. Frase que le quedaría grabada en su memoria con sangre, aquella combinación de palabras marcaría un antes y un después para el monarca.
―Hija, ¿Qué haces allí parada? Ven a sentarte―fue inercia. O quizás intuición, llámese como sea, fue ese preciso instante que hizo al Rey reaccionar. No podía hablarse de fortuito, porque para él se volvió un tormento.
Pensó que soñaba o que su fantasma había llegado demasiado lejos hasta torcer su realidad. Siempre supo que estaba dañado, que ella lo había dejado inútil en más de un sentido aunque no quisiera reconocerlo abiertamente, no era idiota y sabía que no era el mismo. Se odiaba por eso tanto o más que a ella por ser la culpable. Verla ahí de pie no hizo más que sacar a flote esos sentimientos que intentaba cada día olvidar para continuar existiendo, pero el cofre nunca se cerraba y siempre quedaba entreabierto con la llave en la cerradura, esperándolo pacientemente hasta que decidiera deshacerse de él o cerrarlo para siempre. Y el bahúl siempre estaba allí, cuando la vio se levantó un poco más la tapa más no completamente. El Rey sabía que si la ignoraba, nadie se daría cuenta de su demencia pero no podía hacer como si nada, fingir que no estaba entrando al salón porque ella no era su fantasma.
Lo podía ver, lo podía notar. No tenía que ser demasiado observador para darse cuenta pero él si lo era, él se fijaba en todo y sobre todo si tenía relación con ella. La joven que había entrado al salón no era su Bulma. Lo desconcertó, no supo como reaccionar. Entreabrió sus labios para decir algo pero su voz no salió, se quedó contemplando a la joven al igual que ella a él. Sus ojos zafiro y sus orbes oscuras como el carbón, no había nada más en el salón que ambos. Vegeta no asumía lo que veía pero su cuerpo sí, su cola reconoció a aquella mujer que lloró y extrañó. Su aroma era el mismo y aun así Vegeta no podía creer que ella estaba allí, ella no era Bulma. Tenía que haber perdido por completo la cordura ¡Sí! Era lo que tenía sentido, el haber vuelto a la tierra donde todo había iniciado lo había desquiciado, le había pasado la cuenta ¡Eso tenía que ser! Su nivel de locura se había desbordado y ahora tenía un segundo fantasma, un fantasma que lucía tan... tan distinta y a la vez tan igual en esencia. Su cabello turquesa reducido hasta la mitad de su cuello níveo, estaba más delgada o sus prominentes senos hacían que su cintura cubierta por su overol se viera más pequeña. Y eran esos cambios que lo hacían creer que ella era un segundo fantasma. No podía hacer otra cosa más que observarla boquiabierto.
La incredulidad no era protagonista por parte de ella. Bulma sabía que lo que veía era real y que el panorama más desalentador que podía ocurrir estaba pasando. Dos días, dos días habían bastado para que su pequeña burbuja reventara. Sus ojos zafiro no se quedaban fijos, no podían. Viraban desde los saiyajin hasta el resto de los presentes, intentando buscar una explicación ¿Cómo es que era posible aquello? ¿Por qué las promesas de protección para con ella y su hijo, las habían roto? ¿Qué significaba lo que estaba viendo? Sus ojos lo veían, pero su cuerpo lo sentía. Sentía el miedo recorrer cada célula, el espacio se había vuelto pesado y el ambiente parecía confuso, todo giraba, giraba y giraba y no sabía si ella era quien se balanceaba o todo a su alrededor daba vueltas y vueltas.
Quería vomitar.
En ese momento le hubiera gustado oír su latir, comprobar que estaba viva le habría ayudado a salir del trance u obligado a reaccionar, que su sangre se volviera caliente para que dejara de temblar ¿Estaba temblando o era su imaginación? Quizá lo era, porque sentía que estaba tiesa como una estatua y a la vez no, pero cuando sus ojos negros se fijaron en ella sintió que todo se detuvo. Su latir, su sentir, su respiración, el tiempo, su mundo, su todo. No fue consciente de nada, sólo podía mirarlo, intentando asumir que ya estaba, que ya había pasado. Que ahora todo se iría al diablo, como siempre pasaba cuando él estaba cerca, desde que lo había conocido. Y sabía que esta vez no sería distinto ¿Por qué lo sería? Aunque se intentara convencer de que nada pasaría, que habían muchos factores que harían la historia diferente ahora, no era estúpida. La única salvación o lo que haría que terminara bien para ella-el encontrarse con él-era que para Vegeta, ella no fuera tema de relevancia. Pero su rostro hostil, sus ojos invadidos por la conmoción y sus manos empuñadas sobre la mesa, temblando de ira-suponía-le decían lo contrario.
―¿Qué significa esto? ―la voz femenina que no conocía la hizo reaccionar, mirar algo más que esos amenazantes ojos negros pero se encontró con otros ojos iguales de negros y fríos. Más estos decoraban un rostro perplejo y pintado con el asco y la sorpresa. No había visto antes esa cara, ese cabello ni ese cuerpo. Supo quien era, tenía una enorme etiqueta en su frente que era imposible de obviar. La esposa y Reina del que una vez fue su marido no dejaba de mirarlos, a ella y a él. Fue el motor que la impulsó a moverse, a hacer algo más que quedarse de pie abatida. Debía demostrar que estaba bien, que nada pasaba y que nada pasaría, que estaba confiada y tranquila. Debía mentir. Porque todo estaba mal, sentía estragos en su interior y eso no era algo que quería compartir con nadie, mucho menos con esa mujer. Esa mujer. Ya no era la Reina de él, se había convertido automaticamente para ella en esa mujer. No quería darle vueltas al asunto, por lo que prefirió dejarlo para después, lamer sus heridas después... odiarse en otro momento por sentir aquello.
― ¡Quiedo comeeeed! ―sus ojos giraron hacia su hijo, lo vio entre los brazos de su madre, ajeno al peligro que corrían. Su pecho se oprimió, su bebé estaba tan cerca de aquél monstruo, unos cuantos metros los separaban y lo que ella siempre quiso fue que esos metros se volvieran años luz, y estaban en la misma sala ahora. Respirando el mismo aire... ¿Se daría cuenta? ¿Notaría el color de su piel como el suyo? ¿Su semblante? ¿Sus pobladas cejas? ¿Su pésimo carácter? El nido que le había costado construir para su hijo se había vuelto una red de telaraña, pegajosa y enredada, que con cada paso que daba no hacía más que atraparla y hundirla más en su miseria. Ella misma la había construído, y ella misma la había vuelto peligrosa.
―Buenas tardes―saludó fingiendo calma, que todo estaba bien y era normal. Su voz no titubeó, sus pasos tampoco. Caminó con naturalidad hacia la mesa, ignorando la mirada del saiyajin y de los presentes. Estaban todos atentos al encuentro y no era menor, cualquier cosa podía ocurrir.
No alcanzó a dar más de tres pasos cuando un fuerte estruendo se hizo sentir, ella tembló y giró bruscamente hacia él. Vegeta contenía su rabia con pequeños espasmos que lo delataban y con los puños sobre la madera, la loza quebrada por el golpe a su alrededor, cada plato y valija sacudida, copas acostadas vertiendo el contenido en el fino mantel, levantó la mirada hacia ella, y no pudo seguir caminando y fingiendo que nada pasaba.
― ¿Qué mierda... significa esto? ―dijo entre dientes el monarca saiyajin.
Sus peligrosos ojos negros se lo gritaban, no podía escapar. No había escondite, debía enfrentarlo pero decirlo era más sencillo que hacerlo. Recordó lo terca que fue con su hermana mayor, bien le habría ido si simplemente hubiera reconocido que estaba aterrada y que su presencia le afectaría y que quería esconderse debajo de la cama. Pero era tarde, su terquedad le pesaría por el resto de sus días, ahora lo veía y entendía. Tragó saliva con dificultad, el nudo en su garganta la obligaba a guardar silencio. Aún así su terquedad-u orgullo-la hizo alzar la barbilla, demostrando confianza que no sentía.
Miró a su madre que sostenía a su hijo, sabía que era mejor dejarlo allí con ella. No quería involucrarlo en lo que podía pasarle... lo que podía pasarle ¿Qué planeaban esos ojos negros rabiosos para ella? ¿Qué destino imaginaban? ¿De qué manera la volverían una muñeca inerte? Relamió sus labios nerviosa, volvió su vista hacia el saiyajin al borde del colapso y le dio la espalda. Sin decir una palabra, caminó hacia la salida del salón. Sus pasos eran lo único que podía oír, su cuerpo se sentía pesado, o era el aire que respiraba. De pronto su entorno estaba más lúgubre, más acorde a lo que la invadía. El horror. Sus ojos veían cosas que no eran reales, su cordura estaba peligrando. Miraba pero no veía realmente, el corto pasaje hacia la escalera se había vuelto un enorme pasadizo, las paredes perfectamente pintadas eran ladrillos sucios y oscuros cubiertos de polvo, veía arlequines danzando por doquier, siguiendo sus pasos. Burlándose de su estúpido actuar y de su inquietante destino. Aún con lo desalentador que se veía su ambiente imaginario, era más ameno que saber que él la seguía.
Las risas de los arlequines se habían vuelto más ruidosas desde que sus pasos se hicieron escuchar en el pasillo. Él la seguía, podía sentir su escudriñadora mirada sobre su espalda y la retorcida danza de los payasos la alertaron, el fin de su historia había comenzado. Sus extremidades se sacudian de manera averrante al ritmo de una melodía irrisoria que la hacía estremecerse al preguntarse si las suyas podían llegar a doblarse así, una vez que él terminara con ella ¿Estaba exagerando?
¿Sería él capaz...?
(...)
Lo deliciosa que se veía la comida servida en la elegante mesa pasó a segundo plano cuando ella entró. En primera instancia no comprendió la importancia de la humana o su identidad, pero al ver el rostro pálido y estupefacto de su primo, lo comprendió. Por más que hacía memoria hacia atrás, no recordaba haber visto antes así, al orgulloso saiyajin; sus ojos negros se veían expresivos, no fríos ni despiadados, tenían una chispa que no supo reconocer. El cuerpo entero del Rey le alertaban que la presencia de la humana no pasaba desapercibida para él. Entonces solo le quedó ir atando cabos sueltos, la Tierra era un planeta que tenía significado para el Rey aunque lo quisiera negar... y cada minuto que pasaban allí se lo confirmaba. Y tenía que aparecer ella. Riander se quedó muda unos segundos, se tomó un poco de su tiempo para sacar sus conclusiones. Observó con ojo crítico a la joven en el umbral, lo primero que pensó fue que era muy frágil, su cuerpo al menos.
Era delgada, menuda, pálida, vestía ropa sucia y holgada. Era horrenda, pensó. Los ojos negros de la Reina miraron reacios a la humana, no iba a asumir nada respecto a su apariencia, el hacerlo era menoscabar su propio ser y eso jamás, podía ser igual o más de orgullosa que Vegeta.
― ¿Qué significa esto? ―preguntó en voz alta, al oír a la mujer rubia invitarla a entrar. Hija. La Reina madre tenía tan sólo dos hijas, una que era la monarca de la Tierra y la que se había vuelto polvo espacial. Eso siempre supo y creyó, como todos. De pronto, saber que la que una vez fue la mujer de su hombre, estaba viva, le quitó el aliento; su respiración se aceleró y su pecho le oprimía. Sentía que su armadura se había encogido dos tallas. Los pelos de su cola se habían erizado y no podía dejar de mirar a la humana.
―Buenas tardes―saludó. Y Riander supo que todo se había ido a la mierda. Giró rapidamente hacia su Rey, no pasaron más de dos segundos para que el saiyajin colapsara. Lo vio y oyó golpear la mesa, supo que se contenía... hubiera destrozado el mueble si dejaba salir lo que realmente sentía. Lo podía notar, lo podía ver y no tenía que conocerlo lo suficiente para saberlo. El Rey era una bomba a punto de detonar y eso le hería, le dolía y humillaba. No era indiferente a la mentira de ella, fuese lo que fuese que sentía el Rey, sentía. Y eso bastaba para herirla profundamente.
Cada rumor de pasillo fue tomando fuerza, cada chisme que le dijeron sobre su primo y su ex mujer se hizo real. El temor de su tía tenía fundamentos. Ella. La joven de pelo turquesa, la humana, la hembra débil y escualida... había embrujado a su primo. Era peligrosa. Era un demonio con forma de mujer. Era su enemigo.
― ¿Qué mierda... significa esto? ―él ya no se podía contener. Lo veía, todos lo veían. Cualquier cosa podía pasar. Vio en sus ojos negros la desesperación, podía reconocerlo, sentimiento que tantas veces vio en sus víctimas, pero no en él. Nunca en él. Ahora lo veía, ella le hacía mal. Le hubiera gustado saber qué pasaba por su mente, que pensaba... que quería hacer, en qué le afectaba que ella estuviera allí. ¿Era su orgullo porque le mintieron? ¿Era rabia porque le mintieron? ¿Era dolor... por su traición? ¿Dolor por su abandono? ¿Qué sentía? Hubiera querido preguntarle, hubiera querido gritarlo.
Pero se quedó en silencio. En silencio presenció como ella se iba, y como él la siguió. Él la siguió... él fue tras ella. Él quería explicaciones o ¿Quería estar con ella? El fuego del miedo, inseguridad, dolor y odio, arrasaba en su interior con cada pregunta que se hacía. La angustia había dominado su cuerpo y aun así, no pudo hacer otra cosa más que ser testigo, como todos los demás, de la salida de ambos... de como se iban. Juntos.
Más ella no era como los demás. Ella era su mujer, ella era la Reina, él le debía respeto, todos le debían respeto. No podían dejarla en segundo plano, no debían y no se lo merecía. Debía demostrar y hacerse notar, que no dejaría que se burlaran así de ella. Intentaba convencerse. Pero sus pies no se movían. Su voz estaba seca en su garganta. Pero su rencor estaba vivo, más vivo que nunca y fue de ayuda en ese momento. La obligo a hablar, a alzar la voz, a hacer valer sus derechos, a reaccionar.
Se puso de pie de un salto, frunció sus cejas y trató de disimular su torbellino de sentimientos, pero costaba. No estaba acostumbrada a sentir tantas cosas y en tan poco tiempo, ella le había arruinado, al igual que a él. Era una desgracia para su especie... no podía dejarla sola con su Rey, era su Rey, su hombre. Con más determinación, quiso ir detrás de ellos.
― ¿A dónde vas querida? ―la odiosa voz de la mujer rubia preguntó, Riander dudó en responder, pero lo hizo. No tenía porque ocultar lo que haría pues estaba en su derecho.
― ¿Cómo que a dónde? ―soltó con desprecio, no pudo evitar que su voz sonara golpeada―a buscar a mi hombre.
―Déjalos―dijo sonriendo la mujer, como si no entendiera lo que ocurría o eso creía. Había algo en su sonrisa boba que le inquietó―tienen mucho de qué hablar.
―¿Que los deje? ¡Él es mi Rey y yo soy su Reina! ―y explotó. Demostró lo mal que se sentía, perdió los estribos y no le importó. Estaba en su derecho, se dijo, tenía que ir tras su hombre y nadie se lo impediría.
―No dejarás de serlo porque ellos hablen―respondió con la misma calma mientras mimaba al crío. Entonces reparó en el niño, y una idea punzante se clavó en lo más profundo de su ser. Miró fijamente al mocoso, pero el niño le daba la espalda, jugaba con la mujer.
―Debería comer, su alteza―habló Raditz.
Observó a todos en el salón, supo qué estaban pensando. Se burlaban de ella. La creían tonta, la miraban con lástima o eso creía la joven Reina. Meditó sus opciones, si iba tras él demostraría que se sentía insegura con ellos a solas, que se sentía inferior a ella por sentirse así. No podía dejar que pensaran eso. Se sentó nuevamente, miró el desastre que Vegeta había dejado y casi al instante de notarlo, la servidumbre se acercó a limpiar.
―... ¿Y bien? ―dijo sin mirar a nadie más que el vino esparcido en el mantel―¿Quién me explicará la mentira de la princesa? Los escucho. ―soltó con sorna. Y por primera vez logró borrar la sonrisa en la mujer rubia.
(...)
Veía su melena mecerse con cada paso que daba. A la distancia podía notar su suavidad, y era inevitable recordar las tantas veces que enredó sus dedos en su larga melena mientras la embestía o cuando la acariciaba al dormir. Rechinó sus dientes. Mientras caminaba, y oía sus pasos, se convencía de que ella era real. Que no era su fantasma atormentándolo. Todos podían verla, era real. Estaba viva. Estaba cambiada.
No era su Bulma.
Alcanzaba a ver su nuca expuesta, tan nívea... sin ninguna marca. Ya no estaba. Por más que buscó, su marca no estaba. El paso del tiempo la había borrado. A menudo se preocupaba de reforzarla, que la huella distintiva de sus caninos estuviera siempre presente, no verla ahora le devastó. En esos años que él sufrió su ausencia y partida, la cicatriz se desvaneció. Había algo que lo inquietaba, y no quería prestarle aún atención... su partida al final resultó no ser más que su abandono. Ella lo había traicionado, estaba viva en su planeta mientras él sufría por ella, volviéndose cada vez más desquiciado porque la había perdido. Y todo fue una farsa. Sentirla respirar a unos metros de distancia lo distraía, ella estaba viva... seguramente estaba caliente al tacto, realmente respiraba. Realmente estaba allí... a solo pasos de él.
¿Cuánta veces soñó con lo que estaba pasando ahora? Que ella volvía, que todo había sido un error. Que ella regresaba con él, estaban juntos y no se separaban nunca más. Pero ella no había vuelto. Ella nunca iba a volver, pensó en primera instancia. Lo veía ahora, en sus movimientos. Ella le estaba siendo indiferente, ella no volteaba hacia él. No le había sorprendido verlo allí, ella se había mantenido aparte de su vida por decisión propia. No podía entenderlo, no podía comprender, no lo podía asumir, no podía creerlo.
Lo había dejado.
¿Por qué?
Porqué, porqué , porqué, porqué, porqué, porqué. Era lo único que se preguntaba. Necesitaba una muy buena explicación para poder perdonarla, para poder dejárselo pasar y amarrarla a sus brazos como debía ser. El saiyajin lo único que quería oír era una explicación, poder llegar a entender sus motivos y luego, que todo volviera a ser como antes. Volver a sus brazos. Simplemente volver. Mirar su cuerpo lleno de vida lo aliviaba de algún modo, después de todo, podía tenerla otra vez. Podía sentirla otra vez.
Pero no todavía. Necesitaba oír sus motivos. No podía ser tan condenscendiente, debía demostrarle que ella no podía llegar y actuar como si nada, que no podía salirse como siempre, con la suya. Que sus actos habían tenido consecuencias, que él había pasado por mucho, que le debía disculpas. Luego, luego podrían volver. Volver... no había otro camino para él. No había más opciones para el Rey, ella explicaría lo que pasó, seguramente tenía una buena historia para contarle, y luego él la regañaría y la besaría y abrazaría y haría suya otra vez, como siempre debió ser. Como si no hubieran estado separados. Pero sí lo estuvieron, le susurraba su bestia interna, lo estuvieron y fue por culpa de ella. Había pasado los años más grises y desagradables de su vida por culpa de ella ¡Estaba volviéndose loco! La veía e imaginaba en todos lados, tenía una relación con un fantasma que lo atormentaba a diario y era su culpa. Había proyectado su presencia en un ser que no existía y que lo hería continuamente, que se burlaba de él cada vez que intentó tocarla, besarla o follarla y no podía hacer nada.
Lo había pasado mal. Y no podía perdonarla así como así, le repetía su bestia, pero Vegeta no quería pensar del todo en ello. Porque ella estaba allí, era mejor escuchar su historia, era mejor que hubiera una historia detrás que explicara cómo se había salvado, que le contara porque estaba viva, a que ese fatídico final fuera verdad. Tenía muchos sentimientos mezclados, estaba confundido. No sabía lidiar con tantas ideas en mente pero lo intentaba, quería ordenar sus pensamientos, darles algún sentido, estaba preparándose para poder enfrentarla.
¿Ella igual lo estaba haciendo? ¿También estaba confundida? ¿Pensaba en qué decirle primero? ¿Lo había extrañado como él a ella? Se sintió nervioso por la respuesta y no entendía bien porqué. Se estaba llenando de ¿Miedo? ¿Él sintiendo miedo? Ah, sí. Desde que la conoció que había aprendido a sentir diferentes cosas, y el miedo y el amor habían sido las más reveladoras. Estaba siendo ridículo, si su fantasma lo viera se reiría de él-como acostumbraba-al recordarla, se dedicó a buscarla. Miró hacia los lados, incluso volteó hacia atrás pero ella no estaba. Giró hacia la Bulma real, la que no era su Bulma. Sus ojos negros dieron una rápida repasada a su espalda, cubierta por una remera ajustada hasta su cintura, podía ver su piel hasta sus caderas donde empezaba el traje que usó tantas veces para trabajar en su laboratorio ¿Era de allí donde venía?
Ella llevaba una vida normal sin él. En su castillo, en su planeta, junto a su familia, alejada de él ¿Cómo podía ser tan cruel? ¿En qué había estado pensando para mantenerse oculta? No había idea ni explicación que le diera la respuesta, no lograba conciliar que ella había querido que las cosas terminaran así para los dos. No estaba esa opción en su cabeza ¿Cómo imaginarlo? Si estuvieron tan bien juntos. Pero el Rey no dejaba de sentir una daga imaginaria en su pecho, como si algo quisiera alertarlo, prepararlo para la verdad que él ignoró o que fingía ignorar. Que quizá sabía la respuesta más no quería asumirla, su intuición no hacía la vista gorda. Su intución notaba los desaires de la joven para con él, había algo en su postura distante que la delataba pero Vegeta no lo notaba.
Cuando la joven se detuvo en su habitación-que el saiyajin recordaba muy bien-abrió la puerta y entró sin invitarlo a pasar, pero él no necesitaba de algo tan trivial como una invitación. Compartió ese cuarto y cama muchas noches con ella, era casi tan de él como de ella.
Entró rápidamente, y cerró la puerta detrás de sí con un fuerte portazo. Las cosas en la habitación se sacudieron por el golpe, incluso la joven. Pero no le dio importancia, toda la confusión, lucha de sentimientos, mezcla de emociones, se manifestaban de una sola forma con él: violencia. El Rey necesitaba descargar sus sentires de alguna forma y algo tan simple como el golpear la puerta, era útil. Todas las piezas en su cabeza encajaban con un único fin, respuestas. Vegeta necesitaba respuestas, explicaciones, disculpas, un beso.
― ¿Cuánto más... debo esperar? ―ladró furioso, más no tuvo el efecto que quería en ella. Arrugó el ceño, la vio caminar hacia su tocador, mover algunas cosas-ordenar-como si él no estuviera allí. Como si no se alterara con su presencia y la idea lo desilusionó. Porque él estaba completamente desesperado con la situación y ella parecía tan tranquila... tan indiferente. Sintió rabia. Se llenó de rencor al notar esa apatía inusual, un rasgo que no vio en ella en el tiempo que compartieron.
― ¿Qué es lo que quieres saber? ―preguntó ella sin mirarlo. A percepción de él, estaba siendo indiferente con él y la situación, pero eso estaba muy ajeno a la realidad. Bulma no quería mirarlo. No podía mirarlo.
Estaba aterrada. Intentaba calmarse, rogaba a todos los dioses que el encuentro durara poco, no creía poder soportar estar a solas con él demasiado tiempo. Podía ver su ego herido, su orgullo quebrado y era lo que le preocupaba. Vegera era el orgullo mismo, si lo había humillado de alguna forma, no le saldría barato. Podía entender que se sintiera ofuscado por la mentira, quería creer que lo dejaría pasar. En sus sueños más fantasiosos, era una posibilidad pero se trataba de Vegeta. Lo conocía lo suficiente para entender que estaba en uno de los peores escenarios-por no decir que el peor, quería ser positiva de alguna forma-el peor era que supiera de Trunks y más terrible aún, que supiera que era el padre.
Incrédulo la observó. Quiso ver su rostro, saber qué expresión burlona tenía porque debía ser una broma lo que estaba preguntando pero ella le daba la espalda. No entendía cómo tenía el coraje de reírse de él, entendió entonces que era algo que él mismo había provocado. Siendo siempre tan permisivo, demostrandole que tenía poder sobre él, era lo que había obtenido. Se había advertido a sí mismo muchas veces, más no hizo caso. Su personalidad y atractivo siempre lo engatusó y terminó cediendo siempre a su voluntad, ahora se arrepentía, ahora veía las consecuencias. Pero no había tiempo para lamentos, respiró profundamente, buscando las palabras exactas y a la vez tratando de serenar sus sentidos. Quería estar al 100% para poder hacerle frente y guardar en su memoria ese momento ya que no era una situación cualquiera. Había un antes y un después, todo había cambiado de manera tan significativa para el saiyajin que sabía y sentía el peso de lo que implicaba que ella estuviera allí. Debía estar a la altura, no quería entorpecer nada con sus-a veces-impredecibles reacciones por culpa de ella. Porque sí, él era metódico y desde que ella había entrado a su vida que ya nada salía como él se lo esperaba.
Trataba de lidiar con el nudo en su estómago, ese dolor que no era más que la alerta de su intuición y que no quería entender. Se acercó dando pasos firmes, y ella no se movió, el dolor de su centro se ramificó hasta su pecho ¿Por qué ella se veía tan tranquila? ¡Habían estado separados dos años y medio! Podía entender que como ella estaba al tanto de todo no estuviera sorprendida al verlo pero ¿Es que no sintió nada al verlo? Recordó casi al instante las diferentes expresiones que ella le regaló, la joven siempre tan temperamental y vivaz, ahora lucía serena y distante. No era su Bulma, se repitió.
― ¿Por dónde crees? ―preguntó haciendo rechinar los dientes― ¡Desde el principio! ―ladró amenazante más ella no se inmutó. Vegeta siguió observando su espalda menuda, notó sus hombros subir y bajar, como si suspirara o tomara una profunda bocanada de aire ¿Era lo único que había conseguido? ¿Sólo eso pudo sacarle, un suspiro? Tragó saliva con dificultad, nada estaba saliendo como quería. En todos sus sueños en que ella volvía, el reencuentro era muy distinto al real pero en sus sueños había una diferencia inmensa, se dijo, ella era la que volvía. No era lo que estaba pasando ahora, no era como se habían dado las cosas. Se preguntó, ¿Si no la hubiera visto ahora, ella se hubiera acercado a contarle la verdad? Era simple la respuesta: No. Si Bulma lo hubiera pensado en algún momento, se hubiera presentado hace mucho tiempo. Su bestia no dejaba de llenarle la cabeza de ideas dolorosas que Vegeta intentaba pasar de largo de ellas pero cuando su bestia susurraba con sorna, el dolor en su pecho crecía y era más difícil ignorarlo, como si su intuición se pusiera de acuerdo con aquellas ideas dolorosas.
―Bien... ―dijo, relamió sus labios y giró hacia él. No estaba lista, no quería verlo, no quería hablarle ni enfrentarlo pero debía hacerlo. Por amor propio. No podía dejar que él siguiera teniendo poder sobre ella, no era la misma niña de antes, se repetía intentando convencerse, ya no era una niña. Era madre. Debía ser fuerte, debía ser capaz de superar-quizás-el momento más difícil de su vida, se venían muchas situaciones igual o más complejas que esa de ahora en adelante ¿Si no lo hacía ahora, cuando? ¿Cómo iba a ser capaz de criar a su hijo si no podía manejar el volcán que tenía en frente? Era más simple pensarlo que hacerlo, pero debía intentarlo. Tragó con disimulo, lo miró fingiendo calma y sus tripas se revolvieron. Ver sus ojos negros hostiles la paralizó, su cuerpo reaccionaba, su cuerpo recordaba. Ella también.
―No tengo todo el día, habla de una puta vez―murmuró sin despegar sus ojos de los suyos. Aunque Bulma estaba echa un manojo de nervios, Vegeta no lo notaba. Él veía una mujer segura y demasiado tranquila para su gusto, sentía que era el único idiota en la habitación y estaba en desventaja. Y él odiaba sentirse inferior, no estaba hecho para ello, no había nacido para ser inferior, él estaba en la cúspide de la pirámide. Debía ser él quien controlara todo, y esta vez, como siempre cuando se trataba de ella, no era así y odiaba volver a sentirlo. La vulnerabilidad no era una sensación que le gustara, con el tiempo había aprendido a controlarlo y volver a sentirlo-por ella-lo descompensó.
―Te dije―comenzó diciendo, mirándolo, correspondiendo su enfrentamiento―desde el comienzo, que no estaba de acuerdo con tu trato con Freezer.
― ¿Esa es tu excusa? ―preguntó sonriéndole ladinamente, un calosfrío recorrió su espinazo. Ahí estaba, esa faceta que tanto vio en sus pesadillas. Bulma la veía latente, ¿Si tuviera intenciones de matarla, ya lo hubiera hecho, verdad? Intentó calmar sus ideas, alzó su barbilla e intentó no demostrar miedo.
― ¿Puedo terminar? ―soltó con desprecio. Y Vegeta guardó silencio, no por obedecerla, no por querer oírla-no porque no lo quisiera-sino que por asombro. Ver a una Bulma con aires de adultez lo desconcertaba pero más aún al verla tan distante. ―No estaba de acuerdo con lo que querías hacer. Quería irme―fue inevitable recordar esos momentos, Zarbon y sus dichos.
A menudo pensó que fue gracias a él que había abierto los ojos, de alguna u otra forma, su retorcida manipulación había surtido efecto en ella. No era normal querer estar al lado de una bomba de tiempo, porque eso era Vegeta. Un ser impredecible que con cualquier palabra, situación o cosa podía ser el detonante que lo hiciera estallar y arrasar con todo a su alrededor. Pero lo más enfermo era fingir que nada malo había pasado entre ellos dos, el miedo que sentía ahora, el miedo que no la dejaba dormir por las noches, no había surgido de la nada. Tenía historia, tenía un origen y era él quien lo había alimentado. No podía seguir al lado de él, Zarbon se lo había hecho entender incluso después de haber llegado a la tierra. Estaba rota y Vegeta podía seguir quebrándola si regresaba, si la encontraba.
Y ahí estaba. A merced de él.
» Zarbon quiso ayudarme. Ya habíamos hablado de eso también, no le vi lo malo a lo que estaba por hacer. ―mintió. Porque incluso en las últimas instancias, quiso arrepentirse y volver a sus brazos, lo recordaba. Se había ido confundida, quiso regresarse pero no tenía importancia decirlo ahora y es más, sentía que agrababa la falta. ¿Qué falta?, pensó. No había falta, quizá para el saiyajin expectante que tenía en frente sí, pero ahora que ya había corrido tanta agua por el río, entendía que no había hecho nada malo y es más, que había sido lo mejor que pudo haber hecho, alejarse de él. Quizá no fue la forma, quizá no fue el momento pero ya estaba, ya había pasado y debía confrontar esos errores y lo estaba haciendo, era difícil pero lo estaba haciendo. Al menos no estaba a punto de llorar, cosa que era un logro para la joven madre ya que siempre que imaginaba el encontrárselo, las lágrimas eran protagonista y no por tristeza, por pavor.
― ¿No fue malo? ¿Irte sin decir nada, no fue malo? ―preguntó más para sí mismo que para ella. Tenía muchas preguntas, muchos reproches pero sabía que si no la dejaba terminar no entendería nada. Una parte de él estaba en calma escuchando y otra, la impaciente, quería lanzarse a gritarle y gritarle hasta que sacara toda la rabia, frustración y tristeza sobre la única culpable. Pero debía ser paciente, ya podría dejar salir todos sus sentires, se dijo.
―No pensé que las cosas terminarían así―respondió sin dejar de mirarlo, el saiyajin estaba de pie, a uno o dos metros, parado con actitud altiva. Observó su rostro unos breves segundos, lo vio diferente. Pero no quiso prestarle atención, quería y necesitaba que la plática terminara pronto―iba a ir a mi hogar. Te iba a contactar en el camino... Todo pasó muy rápid―
―¿Y en que parte de tu excusa, está el haberme mentido y traicionado? ―preguntó interrumpiéndola, con genuina curiosidad, tanto que la descompensó por un momento. Bulma relamió su labio inferior, otra vez, infló su pecho de fuerzas que no tenía y que le urgían y sin dejar de mirarlo, respondió.
―No son excusas. ―murmuró―es lo que pasó―dijo tajante.
―Lo que pasó... ―repitió asintiendo y Bulma tragó saliva con disimulo― ¿Hay algo más que debas decir? Porque sigo sin entender... ¡¿Qué mierda tenías en la cabeza al irte?! ―gritó, perdiendo por completo la calma. Ella se sobresaltó, respiró profundamente y dio un paso hacia atrás de forma sutil, retrocediendo a fin de cuentas pero intentando pasar desapercibida.
―Ya te lo dije. No me iba a quedar a ver como te hacías cargo del OIC―respondió firme, pero su respiración era más agitada y él lo notó. Bingo, pensó el saiyajin. Porfin veía una reacción en la humana, no como quería, pero era un comienzo. ―Cuando la nave se percató que nos seguían... ―intentó recordar, decir que Zarbon la había obligado a esconderse no lo sintió como un buen argumento porque él ya no estaba para desmentirla o corroborar su historia, pero decir que se había escapado sentía que era peor. Vio a Vegeta alzar una ceja expectante y hacer una mueca burlesca, su expresión sarcástica le molestó. Fuera cual fuera la historia, el final no cambiaba. Ella se había ido y no había vuelto. La historia a Vegeta no le importaba, creyó, lo que quería escuchar era cómo lo había traicionado, como se había burlado del gran saiyajin, pensó con ironía―preferí irme en las naves personales. Supe que nada bueno resultaría si estaba Freezer siguiéndonos. Y por lo visto, hice bien. ―sonrió sin ganas.
― ¿Es una maldita broma? ―se quejó frunciéndole el ceño, fue el turno de Bulma de mirarlo curiosa―tuviste la oportunidad de explicar todo y ¿Creiste que lo mejor, era irte? ¿Tus neuronas hicieron sinapsis en algún momento? ―y la joven enrojeció al escucharlo.
― ¿Cuál es el punto? Ya te expliqué porque me fuí. No tengo nada más que decirt―
―Oh no―la interrumpió―no te atrevas... no te atrevas a siquiera pensarlo―la amenazó. El saiyajin caminó hacia ella, pero Bulma no se movió ni un centímetro. Ahí estaba, Vegeta queriendo pasar sobre ella como tantas veces lo hizo, infundiéndole temor. Más no resultaría igual que antes, se dijo, no era una niña de 15 años. ―tienes mucho que explicar, y no haz dicho ni la cuarta parte.
― ¿Qué más quieres escuchar? ―preguntó llena de coraje y adrenalina, ya no medía sus palabras y tono de voz. Se explayaría como le naciera, la tapa de la botella se había expulsado con fuerza y el contenido se había vertido como un chorro lleno de fuerza, esparramandose sin medida y empapándolos. Vegeta la miró incrédulo, su desfachatez le sorprendió en un mal momento y no supo como reaccionar ante tal postura.
La joven que estaba viendo era como si la conociera por primera vez es más, como si la mujer con la que compartió alguna vez sus sábanas, no la hubiera conocido realmente. Buscó rapidamente con la mirada a su fantasma, comprobar que no estaba totalmente cuerdo le hubiera ayudado a lamer sus heridas, a excusarse sin embargo estaba solo. Sólo con ella. Y era como si estuviera sin su compañía, porque la joven que lo miraba con resentimiento estaba más distante que nunca, con fría indeferencia. El rencor de sus ojos zafiro lo encontraba desvergonzado, era él quien debía estar furioso pero la reacción de la joven le hacía pensar-fugazmente-que el culpablede todo era él. Como si los papeles se hubieran invertido, aunque sabía que todo ello era por el desconcierto que le provocó, la sorpresa de ver una faceta completamente nueva en ella, que apenas superara el asombro su ira y reproche-que tenía todo el fundamento-volvería arrasando con todo.
No sabía si seguir considerándola como su mujer y eso lo quemaba por dentro. No podía predecir sus pensamientos ni respuestas, era como conocer a una Bulma nueva y si antes le era complejo tratar con ella, lidiar desde 0 con la joven le espantaba. Sentía que estaba sobre un tejado de vidrio, que cualquier paso en falso podía hacer que ella cayera y que volviera a perderla, y aunque la Bulma que tenía en frente era una completa desconocida, seguía siendo Bulma. Y Bulma era suya, se repitió, se repitió mil veces intentando convencerse, tratando de buscar esa posesividad de siempre que ahora parecía más insegura por el abrasador carácter de la joven. Lo había opacado y se sentía fatal por eso. Él y la palabra apenado en una misma oración no iban juntas, y ahora era la única que podía explicar el lío de sentimientos del saiyajin. Enfrentarse a la mentira, ya había sido frustrante pero a eso sumarle una joven altiva y orgullosa, sin arrepentimientos y encima tan a la defensiva lo inquietaban de sobremanera. Pero eso no cambiaba nada, se reconfortaba. Bulma podía ser una mujer completamente diferente a la que conoció cinco años atrás, pero eso no quitaba que fuera suya. Eso no quitaba que lo hubiera traicionado y humillado, y lo seguía haciendo.
Vegeta respiró pesadamente, buscando ordenar sus ideas y palabras ponzañosas. Porque tenía mucho odio y rencor en ese momento, Bulma no era la indicada para despotricar indignación cuando el único afectado de toda esa mierda había sido él. Ella siguió su vida, llena de mentiras y él se había estancado. Ella había progresado, crecido y seguía haciendo cosas que le gustaban, él se había estancado, ella había cambiado de look y era más altiva, él se había estando. Y hundido. Él no estaba bien en ningún sentido, recién empezaba a dar algunos pasos adelante, a retomar su vida y obligaciones, y ahora volver a verla y descubrir su traición, era retroceder veinte pasos. Estaba en desventaja, y no se lo perdonaría tan fácilmente.
―Tienes la cara para preguntar―soltó con rabia contenida. La mirada oceánica con la que se enfrentó sin una pizca de arrepentimiento lo enfureció aun más― ¿Cuál es tu explicación a no volver? ―escupió con pausa innecesaria, queriendo que su pregunta quedara sin ningún espacio de confusión. Era precisa, y necesitaba una respuesta igual de clara.
― ¿Importa―Bulma no alcanzó a responder. Vegeta se abalanzó sobre ella y con fuerza la agarró de los hombros, interrumpiendo su altanería. Aunque su movimiento fue rápido y sorpresivo, la joven se lo esperó en algún momento. Por lo que sólo guardó silencio y alzó su barbilla sin dejar de enfrentarlo.
Sus rostros estaban a unos centímetros, había fuego entre ellos, pero no de pasión. Era rabia, cada uno con sus propios motivos, estaban envueltos en un poderoso rencor que les impedía pensar con claridad y actuar con calma. La situación no era sana para ninguno, y la reacción de ella era como vertir combustible en su hoguera. Su respiración era ruidosa, sus ojos negros no se perdían detalle del rostro femenino, estudiándolo, memorizándolo. Ella por su parte, estaba atenta a sus movimientos, alerta y a la defensiva. Como si pudiera defenderse de aquella bestia, pensaba, pero haría el intento. Moriría peleando, no se quedaría tranquila ni le dejaría hacer con ella lo que le plazca, tenía tal determinación que sus ojos brillaban de puro coraje. No tenía miedo. No en ese momento, lo había dejado ir hace unos minutos. Podía enfrentar cualquier cosa, estaba armada de valor y seguridad, rogó y buscó tanto por ellos y ahora simplemente la invadían desde la nada. De la nada no, los había creado con un único fin, proteger a su hijo. Si no podía hacerle frente a Vegeta, estaba perdida.
Al verlo de cerca, sus ojos negros llenos de odio no la intimidaron.«No eres tan temible a como te recordaba» pensó, y no estaba tan lejos de la realidad. Vegeta no podía ni le nacía, mostrarse como un vil ser delante de ella. El saiyajin no pretendía pelear con ella, necesitaba explicaciones, motivos, disculpas, más todo volvería a ser como antes una vez que las tuviera. Eso movía al saiyajin, no veía-no claramente-la enorme y distante pared que la joven había construído para defenderse de él. La notaba diferente, pero en ningún escenario estaba que ella no regresara a sus brazos. Estaba cegado de amor. Ella lo había arruinado, y lo sabía. «Pero... ¿Qué puedo hacer?» él sabía la respuesta. Nada. Vegeta tenía muy claro su desolador futuro, pero si era junto a ella, su orgullo podía esperar. A ese extremo lo había empujado.
―Suéltame―ordenó sin apartar su mirada.
―Responde―demandó sin prestar atención a sus exigencias, intentando descifrar sus orbes esquivas.
―Primero suéltame―exigió arrugando su entrecejo.
Ahí estaban, tan cerca y tan lejos. Peleando con sus miradas, desafiándose, intentando ganar una guerra que había surgido por mero capricho, malentendidos y orgullos heridos. Vegeta no quería dar su brazo a torcer, Bulma no quería perder, no estaba dispuesta a ceder. Tenía al protagonista de sus pesadillas a unos cuantos centímetros de distancia y aún así se sentía poderosa e inmutable. Tantas noches en vela la habían preparado para aquello, para diferentes resultados y el que tenía en frente de sus ojos no era el peor. Era firme en su decisión y él lo notó, podía ver la determinación materializada en sus pozos vibrantes. No quería soltarla, no quería flaquear y menos con ella pero sobre todo, no quería alejarse. Temía que al hacerlo, ella se escapara. Su inconsciente lo mantenía alerta, a no perderla de vista para no perderla otra vez y así, no volver a pasar por ese calvario. Prefería prevenir, y su calor era tal cual lo recordaba ¡Porfin algo que no cambiaba!
―No estás en posición de pedir nada―sentenció sin atisbo de duda―estoy hartándome ¿Me oyes? Tu actitud empieza a molestarme―advirtió con un tono amenazante en su voz, un tono que ella reconocía muy bien. A pesar de que su determinación no se opacó, no pudo evitar sentir como sus vellos se erizaban. Su cuerpo recordaba más de lo que quisiera ella misma rememorar, era como si hubieran quedado marcas imposible de cicatrizar.
Hastiada, suspiró con pesadez y levantó su barbilla, queriendo demostrar que a pesar de que esta vez, haría lo que él pedía, no estaba ganando aquella disputa. Aunque no habían héroes ni villanos, para la joven, Vegeta era la representación de lo malo, de lo que no quería en su vida, de lo negativo, era innevitable pensarse a sí misma como la heroína de su propia historia.
―Lo iba a hacer―reconoció de mala gana. Porque reconocerlo era vergonzoso, era asumir que había estado mal un día al punto de querer permanecer a su lado. Sabía que en el último tiempo su relación no era mala, pero tampoco era sana ¿Cómo serlo si se había formado sobre la base de una tóxica relación? Le apenaba, se sentía miserable al pensarlo, al recordar lo feliz que era cuando él le regalaba de su tiempo. Sus mejillas se sonrojaron al pensarlo, un sonrojo de puro pudor culposo. Tenía que ser cínica si negara esos sentimientos, lo amó una vez, fuera sano o no, había sido un sentimiento al fin y al cabo. Pero no quedaba nada de eso. ―apenas llegué.
―Pero no lo hiciste―murmuró con decepción en su voz. La sentía tan culpable... por más que oía sus explicaciones, no las podía entender ni aceptar. Por primera vez en la vida del saiyajin, pensó que la conversación era la mejor solución para todo, su escape, sus motivos, sus excusas... no tenían fundamento. Debieron conversarlo, debieron debatirlo. No llegar a ese extremo. Ella era culpable, le hubiera gustado hacerla pagar, castigarla de alguna forma, pero no se le ocurría ninguna idea que no fuera con violencia física y él había dejado atrás ese camino cuando se trataba de ella.
―No quise hacerlo―continuó, quiso desviar la mirada pero se obligó a ser valiente. La joven creía que lo que le molestaba al saiyajin era la mentira y la traición, en ningún mometo pasó por su cabeza el lío emocional que afectaba al Rey. ―no fue necesario hacerlo.
― ¿De qué mierda hablas? ―preguntó conteniendo su ira, aplicó un poco más de firmeza en su agarre, pero suavizó el toque cuando vio su expresión de incomodidad-por no asumir que de dolor-fue suficiente motivo para soltarla. Empezaba a sentir como el volcán de emociones quería estallar, tenerla así de cerca no era una buena idea en ese momento, su integridad física podía correr riesgo.
―Ya tenías pareja―dijo encogiéndose de hombros, y al hacerlo sintió su agarre más débil por lo que aprovechó de tomar alejarse unos pasos de él, no se dio cuenta que tomó distancia hasta que chocó con su tocador. ―me informaron apenas aterricé. Habías tomado una saiyajin y te coronaste. Yo sobraba en esa ecuación.
Vegeta frunció el ceño, más de lo normal, sus cejas apunto de tocarse, como si eso le ayudara a pensar con más claridad. Si lo que decía era cierto, tuvo que pasar un par de meses para que ella llegara a la Tierra. Su historia no tenía huecos argumentales, podía creerle pero eso no significaba que la perdonaba. No concebía en su cabeza la ocurrencia de su mujer, seguía pensando que no había sido la manera para expresar su disconformidad, no entendía sus motivos y sobre todo, no llegaba a imaginar el porqué lo había hecho pasar por todo eso.
Su luto lo mantuvo en un limbo siniestro y desolado. Había muerto con ella ¿Cómo le hacía entender que su partida había tocado lo más profundo de su ser? ¿Que existía un antes y un después de ella? ¡No podía explicarlo con palabras! Su muerte le había arrebatado el alma, se había cuestionado toda su mísera existencia con su partida. Su ausencia lo había vuelto loco, se había hecho amigo-amante de una Bulma que él mismo había imaginado, y que buscaba, que la añoraba y lo acompañaba. Había perdido la cordura, no era él mismo y ella pensaba que sobraba en su vida... ¿Cómo le explicaba cuán equivocada estaba? De nada servía tener su mente brillante si no podía comprender algo tan simple como el daño que le había causado. Pero no, allí estaba, altiva y orgullosa, mirándolo desafiante, como si el equivocado fuera él, como si el del error fuera él, como si él fuera el culpable de todo los males.
No entendía y no creía poder hacerlo alguna vez. Lo había destruído en muchos sentidos y aun así, aun así la quería en su vida. La miró, tenía la misma altura de la última vez que la vio, observó su corte de pelo, extrañó su larga cabellera pero no se le veía mal, ella nunca se veía mal. Había algo en su look que la hacía lucir como una mujer, porque antes era una niña con aires de mujer. Era distinto ahora, su rostro seguía teniendo algunos rasgos infantiles, pero su peinado, postura y actitud altiva, la hacía ver madura. Era como si en ese tiempo, ella hubiera dado grandes pasos en su vida, y él, hundido en su miseria deprimente. Su piel nívea seguía provocándole lo mismo que antes, era como un imán polarizado que lo llamaba, que le atraía profundamente. No quería reparar en su cuerpo femenino, no sentía que fuera el momento, necesitaba su mente clara. No supo cuanto tiempo pasó mirándola, buscando las palabras exactas para hacerle saber lo equivocada que estaba, finalmente pudo hallarlas y habló con completa seguridad. La joven estaba apoyada a un mueble, y él a no más de un metro de distancia y aún así podía sentir el calor que emanaba su piel, le era difícil mantenerse lejos pero era lo más sensato, debía darle tiempo a sus reproches, lo merecía.
― ¿Qué te hizo creer que podías decidir eso? ―preguntó con calma falsa. Bulma lo notó, lo vio en sus ojos, sus rasgos, sus ojos negros perspicacez que no se perdían de sus movimientos, de su respiración, de la sangre que corría por su cuello. Era un animal en cacería, y ella su presa. Pero la presa ganaría esta vez, estaba segura de ello. La mueca ladina de sus labios lo delataban, su cola con los pelos erizados lo delataban, todo en él se lo gritaban. Estaba por estallar. Prefirió quedarse donde estaba, como si cualquier movimient en falso pudiera desatar su ira, de pronto la habitación se sentía más fría que de costumbre. Sintió la necesidad de querer huir, era como si su fuerza ya se hubiera desgastado.
―Tengo derecho a decidir sobre mi misma―respondió, no tan desafiante esta vez―estabas con otra, no era necesario volver. Continuaste con tu vida, yo lo hice con la mía, sé que no fue la form―
― ¡¿Qué sabes tú?! ―la interrumpió con un grito lleno de energía, cargado de sentimientos― ¡¿Qué mierda sabes de mi vida? ―le salió del alma. Escucharla regocijarse sobre sus vidas le pareció una mala broma ¡Qué ironía! La única que había seguido, avanzado, dado vuelta la página, había sido ella. Él era el idiota que había sufrido, se había estancado e incluso, perdió la cordura ¿Qué derecho tenía de hablar tan libremente sobre él? ¡Ninguno! Más cuando ella había provocado todo ello, más cuando la única culpable de sus males era ella. No se pudo contener y no quiso hacerlo, debía dejar salir toda su rabia, expulsar toda su frustración― ¡No tenías ningún derecho, Bulma! ¡Ninguno! ―entre sus gritos, la joven no pudo evitar sentirse pequeña al oír salir su nombre de sus labios, era volver a lo de antes, como si nada hubiera cambiado. Toda su fuerza interior previa había servido poco si cuando más la necesitaba, la abandonaba. Afirmó sus manos al borde del mueble, como si eso pudiera darle más seguridad. Pero cualquier cosa servía si tenía a un saiyajin como Vegeta gritándole a un metro de distancia― ¡¿Qué mierda pasaba por tu cabeza?! ¡¿En serio esa es tu excusa?! ¡¿Es lo único que se te ocurrió decir?! ¡¿Qué rayos te pasa?! ¡¿Me crees imbécil?! ―y empezó a acercarse y ella no tenía a donde huir.
Lo vio caminar firme hacia ella, hizo su espalda hacia atrás como si eso pudiera salvarla, él seguía mirándola con rencor, estaba lleno de odio, lo podía ver. Imaginaba que era su orgullo herido lo que hablaba, claro ¿Cómo una simple humana había osado burlarse del gran Rey Vegeta?, quizás eso sería lo difícil de superar, lidiar con una raza arrogante y encima, la personificación de la soberbia hecha hombre, no sería fácil. ¿Qué consecuencias podía traerle? Una multa quizás... o tal vez su propia vida, una especie tan sanguinaria seguramente se quedaría tranquila con su cabeza en una estaca. Lo podía asumir... Trunks, sus padres podrían cuidar bien de él, cualquier cosa con tal de que no creciera con lo saiyajin, era doloroso pensarlo pero debía ir poniéndose en todos los casos, porque el saiyajin que se le aproximaba, con aires de odio y venganza, no se calmaría con cualquier cosa... no pararía hasta que limpiara su nombre, lo podía ver. No era necesario conocerlo-lo cual ella lo hacía-para saberlo, podía deducirlo simplemente con verlo.
― ¡No me grites! ―respondió tajante, pero no sirvió de nada. Él se acercó de todas formas y su respuesta no era algo que quisiera escuchar― ¡Entiende que no tenía sentido avisarte! Ya tenías otra pareja ¿Cuál es la diferencia?
―Ah claro, tú lo sabes todo ¿No? ―dijo con ironía al mismo tiempo que dejaba sus manos sobre el tocador, arrinconándola con su cuerpo― ¿Te divertiste?
― ¿D-disculpa? ―preguntó extrañada, no sabiendo si realmente era una pregunta. Miró sus ojos negros tan llenos de odio que casi se desbordaban de sus retinas, por poco y le gruñía, por poco y sacaba sus garras y la despedazaba. Lo veía muy claramente en su cabeza, comiéndose sus restos. Las náuseas hicieron lo suyo, el aire escaceó y sus latidos se aceleraron automáticamente.
― ¿Fue divertido? ―dijo alzando sus cejas― ¿Qué parte disfrutaste más? ―Bulma lo miró confundida, ladeó su cabeza un poco para hacerle énfasis a su pregunta pero le provocó más desesperación que nada al ver sus ojos furiosos y su sonrisa tétrica. ― ¿Escapar o fingir tu muerte? ¡Ah, ya sé! ¿Traicionar a mi raza? ―preguntó con falsa curiosidad, Bulma creyó que su juego estaba a punto de hacerla colapsar― ¿Traicionarme? ¡¿Ah?! ―gritó― ¡¿TRAICIONARME?! ¡¿MENTIRME?! ―rugió tan alto que la hizo sobresaltar, ah... por fin podía ver una expresión que le conocía, no le importó que fuera una de las que menos prefería presenciar, pero reconocer el miedo en ella fue como un salvavidas. Era un pequeño triunfo, la conocía después de todo. Seguía siendo la misma mujer que conoció. ― ¡Responde!
― ¡¿Qué quieres que te diga?! ―chilló perdiendo la calma― ¿Qué sentido tiene todo estos reproches? ―preguntó con indignación―las cosas ya sucedieron así, tus gritos no harán que cambien.
―Ah...ya sucedieron―asintió incrédulo, incomodándola. Su postura llena de sarcasmo y resentimiento la inquietaban―qué simple... ¿No? ―dijo entre dientes. Acercó su rostro al de ella, esperando descompensarla aún más, pero no lo consiguió. Bulma se mantuvo en su posición mirándolo fijamente, altiva y orgullosa. Lo que le molestó. A pesar de sus reproches y miedo, sentía que seguía sin ser el ganador de esa discusión y estaba harto de sentirse inferior, sobre todo con ella que no se merecía nada. No en ese momento al menos, siquiera le demostrara arrepentimiento ¡Sí!, si tan solo le mostrara un ápice de culpa, su rencor no estaría dominando su cuerpo, enterrándole punzadas de odio en su pecho, serían otros los sentimientos que lo dominarían. ―mientes, traicionas y ni siquiera lo sientes ¿Y pretendes que no me enoje, porque ya pasó? ¿Esa es tu respuesta?
― ¿Sólo yo soy culpable? ―preguntó indignada― ¡No te dije nada porque ya estabas con otra! ¿Pasaron cuantos meses de mi muerte? ¿Dos meses? ―preguntó rodando los ojos― ¿A cuántos meses de mi muerte tomaste a tu Reina? Tengo curiosidad―soltó sonriéndole con ironía y mirándolo con falso reproche. Falso. Falso a medias.
Falso porque no era su prioridad, no era algo que le acongojara ahora y sólo lo usaba de defensa por sus acusaciones, falso a medias porque cuando lo supo por primera vez, le afectó. Y ahí de nuevo jugaba en su contra la vergüenza que sentía al recordar que cayó en sus redes, que estúpidamente se enamoró de él una vez.
Vegeta abrió su boca para decir algo, pero nada salió. Le costaba creer lo que estaba escuchando, ¿Realmente lo estaba culpando? Para la mente saiyajin, lo que había hecho-el protocolo después de su muerte-no había estado mal, desde el punto de vista de sus costumbres, más allá de que hubiera querido o no hacerlo, el tema era que lo debió hacer y según su perspectiva, no había cometido un error garrafal. Lo que le dejó perplejo fue la actitud desvergonzada de la joven ¿Cómo era capaz de querer tergiversar la situación a su favor? En ningún ámbito ella era la víctima-a su parecer-quizás un tiempo atrás hubiera caído en su labia, pero no ahora, no ahora que estaba más atento que nunca a sus palabras, a la situación, a su explicación. Por más que la escuchaba, no tenía los medios para justificarla frente a sus propias críticas y mucho menos iba a caer en sus juegos. Para el Rey, Bulma estaba tanteando un terreno que no había pisado antes y eso le jugaba en contra. La actitud segura no iba de la mano de su defensa innecesaria y menos con sus intenciones de culparlo. La sorpresa inicial por su distante reacción se quedó en segundo plano al oírla y fue dando paso a su enojo, ese enojo que trató de contener al escuchar sus cínicos reproches salió a flote más potente que nunca sin embargo, más que enojo, el Rey se sintió indignado.
No había espacio para la culpa, no ahora al menos. No ahora que había escuchado sus motivos y explicaciones. Ella no había sido una víctima, ella se había ido porque tomó una mala decisión, una tras otra que al final al único que perjudicó fue a él mismo. Es más, era él el único afectado ¿Cómo osaba en querer embaucarlo? Su Bulma no era así ¿Era su fantasma acaso, la que tenía en frente?... una idea más retorcida surgió de pronto. ¿Y si realmente, su fantasma lo único que le mostró fue la verdadera personalidad de Bulma?, ¿Era acaso Bulma, una joven mal intencionada, cruel y manipuladora? Le costaba creer. Él creía que la conocía, pero la joven que tenía acorralada actuaba de una forma completamente diferente a la que recordaba. Muchas veces discutieron, pero sólo vio a una joven impertinente y orgullosa, ahora era diferente. Había algo en sus ojos que no reconocía, o que había olvidado y no supo identificar. Para el saiyajin, Bulma e Indiferencia, no iban en la misma oración. En algún momento pensó que la joven estaba siendo indiferente y fría con él, antes habían tenido cruces y malentendidos, pero ese "algo" que la hacía distinta lo mantenía alerta. Cuando pudo organizar sus ideas, terminó alzando la voz como de costumbre y acercando aún más su rostro al de ella, pero la princesa no se movió, lo enfrentó.
―No―comenzó diciendo con tono amenazador―intentes culparme de tus errores.
― ¿Errores? ―preguntó fingiendo curiosidad―no hay ningún error―negó meciendo sus cortos mechones que pasaron a rozar su mejilla y mentón con el movimiento―está hecho. Tú tienes una reina. Yo decidí quedarme en mi planeta, con mi gente. No tenemos nada más que discutir.
―Tú eres mi mujer―murmuró entre dientes―nada cambiará eso.
―Tú mujer está abajo―respondió con calma―en mi comedor. Comiendo junto a mi familia―terminó diciendo con una sonrisa triunfante dibujada en sus labios rosa pastel. Y Vegeta explotó.
― ¡No me vengas con mierdas! ―gritó perdiendo la calma―eres mi mujer, y nos vamos a ir ahora mismo.
― ¿Disculpa? ―se lo esperó. Sabía que había una chance en que Vegeta le saliera con esa opción-demanda-por lo que no la pilló desprevenida. Estaba muy segura de que las intenciones del saiyajin no eran bondadosas, que se la quería llevar para castigarla por la traición, no necesariamente con la muerte pero sí con cosas peores, como el obligarla a estar con él.
Conocía su situación mejor que nadie. Se había puesto en distintos escenarios y creía saber como salir de cada uno de ellos. La reina actual del saiyajin era el mejor impedimento para las intenciones de Vegeta, también estaba el hecho que legalmente, su matrimonio había terminado con su muerte y con la nueva mujer del saiyajin, eso había sepultado cualquier posibilidad de "reconciliación". El punto ciego era él. Porque una cosa eran las leyes, y que él las respetara, situaciones muy diferentes. Podía usarlas para librarse de él, pero si Vegeta tenía la firme determinación de llevársela, podía ser capaz de pasar por encima de cualquiera con tal de salirse con la suya, no sólo él, sino la raza saiyajin en sí. No sólo se había separado de él, también había roto el acuerdo con su planeta y aunque al pueblo saiyajin no le importó porque ya no tenían al OIC que los sometiera, era el honor de la especie lo que podía haber pasado a llevar, y lo veía como una remota posibilidad porque no se atriubuía tantos méritos. Quería creer, quería ser positiva y era lo más sano para ella pensar de ese modo.
Negó sin dejar de sonreirle, no pensó que eso lo molestaría más, no se estaba midiendo. Su terquedad se abría paso, y podía ser más o igual de orgullosa que él. No iba a ceder, no se iba a ir y saldría viva del encuentro. Se lo repitió mentalmente hasta creersélo.
―No―dijo seria. Lo vio confundido, quiso reír pero prefirió guardárselo para cuando estuviera sola. «El pobre tonto cree que puede hacer lo que quiere» pensó―No soy tu mujer. Tu reina esta abajo y no me iré contigo ¿Entiendes o debo ser más clara?
Rechazo. Sabía que lo estaba rechazando pero le costaba asumirlo, había conocido el rechazo por su culpa, nunca lo pudo tolerar y ahora no era la excepción. La palabra y su significado no era algo que pudiera asumir con facilidad, estaba acostumbrado a hacer y deshacer y no sería la última vez que se encontrara con un impedimento, sabía superarlos, por la razón o la fuerza, siempre lo superaba. Sin embargo ahora era diferente, su intuición se lo gritaba pero no quería escuchar, no quería entender y prefería hacerse como el que no sabía, trataba de pasarlo por alto. Prefirió actuar como siempre, arrasando con todo y saliéndose con la suya. Él siempre tomaba lo que era suyo.
―No te lo estoy preguntando―sentenció mirándola serio, sin dejar espacio a la duda―nos iremos. Vienes conmigo, y no volverás a pisar otra tierra que no sea Vegetasei.
Su determinación flaqueó. Tragó saliva con disimulo, no estaba dudando pero sí temió, las palabras del saiyajin la hicieron sudar frío. El solo hecho de imaginar el irse y no volver nunca más, y encima con él, le incomodó profundamente. No era un panorama alentador y la seguridad con la que transmitió su mensaje, le caló hasta en los huesos, dejando una sensanción difícil de ignorar. A pesar de que no tenía una respuesta clara, volvió a negar con su cabeza, meciendo su cabello. Movimiento que distrajo a la bestia que tenía casi encima.
―No puedes.
― ¿En serio crees que no puedo? ―preguntó con burla― ¿Crees que hay algo o alguien que lo pueda impedir? ―el aire poco a poco se hizo más pesado, Bulma sentía que sus fuerzas nuevamente le fallaban y dejaban a solas con su verdugo.
―No soy una criada que puedas esclavizar―dijo alzando poco a poco la voz, sacando energía que no tenía. En sus ojos azules se encendió una flama que los abrazó con su calor, llenándolos de vida y coraje que incluso Vegeta notó, un fuego especial, diferente al habitual que, podía convencer igual que con sus palabras― ¡Soy la princesa de la Tierra! No puedes llevarme así como así en contra de mi voluntad.
―Me ahorraré la discusión de explicarte en que posición están los terrícolas en la cadena de especies―comenzó diciendo con rapidez, queriendo contraatacar para no darle tiempo para armar ese escudo imaginario que la hacía lucir tan temeraria y que lo desconcertaba―no me importa las medidas que puedan tomar. Tú eres mi mujer, y te irás conmigo. Me cansé―dijo, genuinamente agotado―de tus excusas, de tu actitud. Te vas conmigo, Bulma. No hay más que discutir.
― ¿Qué parte de que no me quiero ir contigo, no entiendes? ―lo pensó, o eso creyó. Cuando se dio cuenta se le había escapado de los labios. Su deseo habló por sí mismo, no pudo filtrar sus pensamientos y cuando menos lo esperó, soltó aquella verdad que aunque no la había dicho directamente, creía que la había dejado inferida con su actitud y palabras. Pero su pregunta pilló a ambos por sorpresa, no era la situación indicada o la forma de decirlo. Sabía que Vegeta no iba a aceptar ese argumento por lo que debía buscar otra forma de decirle o exponer lo que realmente quería; entonces estaba armando un fundamento de peso contra él, usando excusas-pero muy validas-para dejar en claro que lo de ellos, lo que alguna vez tuvieron y representaron, la unión de los terrícolas y saiyajin, había terminado por uno u otro motivo. No pudo actuar con racionalismo, y fueron sus sentimientos los que afloraron, exponiéndola ante la persona menos indicada.
Entendió. Puso por fin atención a su intuición, a cada detalle que antes quiso ignorar, unió el rompecabezas y comprendió todo el panorama que se le avecinaba, lo que pasó y lo que estaba pasando. Pudo clasificar entonces, la actitud de la joven, su determinación y terquedad no era la misma que había conocido antes. Cuando se la llevó a su planeta, Bulma se demostró siempre orgullosa, caprichosa y de difícil acceso sin embargo, nunca se presentó como la veía ahora. Su instinto se lo dijo apenas cruzaron miradas en el salón del palacio, pero lo ignoró por pura neciedad o quizás, por mera negación. Quiso hacerse el ciego con lo que tenía en frente, con lo que la hacía distinta a sus ojos. La Bulma que llevó consigo a Vegetasei, era una joven resignada pero que a final de cuentas, acataba su destino, más no como la Bulma actual.
La joven tenía construído un muro de defensa imaginario, que hacía parecer que hubiera oceanos entre ellos de distancia. Toda ella tenía escrito que no era bienvenido, sus ojos se lo decían a gritos. No quería estar con él. Aquel rechazo dolió más que nunca, sintió como algo en su interior se quebró al entenderlo. Estaba confundido, de un momento a otro se enteraba que su luto y perdida de cordura había sido provocado por un fiasco, pero podía ver lo positivo de eso. Muchas veces entre su delirio pidió, rogó e imaginó que ella volviera, que le dijeran que había sido una mentira y que ella estaba viva. Lo había conseguido, fue mentira, ella no se había ido para siempre y entonces podía volver a tenerla, y podía recrear un futuro juntos muy ameno para ambos, como siempre debió ser. Y resultó ser así, había sido mentira y ella estaba viva, pero la posibilidad de que ella no quisiera estar nuevamente con él no se le pasó nunca por la cabeza ¿Cómo hacerlo? Estaba convencido de que él era de ella, y ella de él. La distancia o separación entre ellos no podía existir, y entonces esa fría e hiriente pregunta había brotado de sus labios, como un vómito verbal. La revelación lo dejó atónito y malherido, no sólo por el hecho de tener que procesar su rechazo, había algo más profundo aún. Y fue su bestia la que se lo recordó en un susurr, casi burleso e irónico, metiendo sus garras con alcohol dentro de su herida de pecho ficticia, jugueteando con sus víseras y restregando el filo por sus órganos vitales. Porque dolía, dolía más que vida misma «No se fue... me dejó. Me abandonó.» se dijo.
No necesitó más ayuda de su bestia para hacerse una idea, para tomar una postura, para comprener lo que sentía y quién lo había causado. Fue como si todo el sufrimiento que había sentido por su muerte, le golpeara de frente, humillándolo. No estaba bien. Todas las pesadillas, el dolor, su apatía e indiferencia, tantos pensamientos que le habían demacrado la mente, todo... por una farsa. Le había mentido, lo había traicionado, lo había abandonado... lo había herido. Creyó que ella había muerto, entendió que con su marcha, el único que había sufrido las consecuencias había sido él, físicamente respiraba, su piel era caliente al tacto, la sangre corría por sus venas, pero su alma. Su alma estaba en otro mundo, su alma estaba rota. No se había roto sola, había un culpable.
El único ser que había podido dañar su ego, su mente, su alma y su cuerpo, no había sido un temible adversario, no había sido Freezer... había sido ella. La única persona en la que más había confiado, se había expuesto-a su manera-había cambiado, había cedido, quiso alguna vez protegerla y se prometió tantas veces el hacerlo, ella se había convertido en su todo, y cuando lo dejó, él se había vuelto nada. Se sintió asqueado, avergonzado de sí mismo, por confiar, por ser débil ¿Qué ganaba con ser el ser más fuerte de la galaxia si tenía un punto débil? No era el más fuerte... ella amenazaba su título, en muchos sentidos, ella cambiaba todo, como siempre. Era un polo magnético que todo atraía, que podía causar calamidad o equilibrio, era era peligrosa. Ella era su talón de Aquiles.
Sintió, más que nunca, la necesidad de hacer real su fatídica separación. Se arrepintió tanto de querer que su muerte fuera mentira, se lamentó mil y una vez por desear que ella estuviera viva. Si las cosas hubieran seguido como antes, no estaría muriéndose por dentro, sintiendo como la verdad ponzoñosa recorría cada célula, pudriéndolo. Hubiera podido dar vuelta la página, liderar su imperio, dejar descendencia. Pero ella lo cambiaba todo, como siempre. Lo había arruinado, una vez más. Tenía ganas de llorar, por pura frustración.
Frustración por haber sido blanco de aquella mentira, por haber sido herido, por haber caído en sus redes, por haberse vuelto inútil frente a lo que sentía por ella, por amarla, por ser débil, por haberla elegido. Nuevamente se encontró allí, arrepintiéndose de haberla elegido, más esta vez, no por las mismas razones de siempre. El querer cuidarla de un destino fatal e incluso de sí mismo, fue el principal pensamiento que lo asaltó cada vez que se culpaba y lamentaba su muerte, sin embargo ahora era como si los papeles se hubieran invertido. Se sintió la víctima, entendió que al final, quien había sufrido las consecuencias reales, había sido él. Ella lo había herido más que nadie, si no la hubiera conocido, si tan sólo no la hubiera elegido... seguiría siendo el mismo, estaría bien mentalmente, no existirían esos sentimientos desagradables y confusos, no habría aprendido a amar a alguien más que no fuera él. Lo había hundido de muchas maneras, y jamás se lo perdonaría.
No se apartó, ni un músculo se movió de su fortalecido cuerpo pero sus ojos negros revelaron mucho, ella lo vio. Bulma notó en el silencio cargado de tensión y en sus ojos negros, el caos que había provocado. No pudo tragar ni respirar, se quedó expectante a su sentencia, él no abría la boca ni despegaba su mirada de ella, como si estuviera alerta, como si con cualquier movimiento en falso o intento de huída, él pudiera atraparla. Pero no había ni la más remota posibilidad de escapar, tenía casi encima a un ser infinitamente superior a ella físicamente, no tenía oportunidad. No supo cuántos segundos habían pasado, no podía saberlo pero sentía que eran más de 120, cada segundo que pasaba, sentía que el aire se hacía más pesado y que con cada respiración, acortaba su tiempo de vida. Entonces él hizo el primer movimiento.
«Me golpeará» se dijo con convicción, no tuvo tiempo de cerrar los ojos siquiera, como si eso pudiera amenguar el golpe porque supo, con solo ver sos ojos virar hacia sus labios, lo que él haría. Entonces, en vez de pestañear con rapidez para escudarse, giró su rostro alcanzando a evitar su beso.
Él no tuvo tiempo de indignarse con su evidente hostilidad, la puerta se abrió de golpe y los interrumpió para su desgracia y fortuna para ella. Vegeta giró bruscamente hacia el intruso, rompiendo su prisión y así, Bulma se escabulló como un gato asustadizo de su corral y guardó distancia a un par de metros. El saiyajin miró receloso a la joven, pero se centró en la pobre alma que había osado con interponerse en quizás el momento más dramático de su vida.
― ¡DESAPARECE! ―gritó tan alto que se escuchó en toda la planta. Bulma se estremeció al oírlo, agradeció con su alma a quien había entrado salvándola del monstruo que la tenía aprisionada. Pero cuando vio a su madre en el umbral, su mundo se detuvo.
―Ay hijo, sé que están ocupados―dijo profundamente comprensiva mientras tocaba su mejilla y lo miraba con culpa. ―pero el niño quiere a su madre.
Y el mundo se detuvo también para él. Vio al crío entre los brazos de la mujer, lo reconoció. Era el demonio de la mañana, el que se atrevió a golpearlo. Un sudor frío recorrió su espinazo, su rabo se soltó de su cintura y dio un fuerte y sonoro azote al aire. Giró lentamente hacia la joven, quien le daba la espalda. Pudo oler su miedo, su ansiedad e incluso su desesperación, volvió su vista hacia la mujer rubia. El niño se inquietó en los brazos de la Reina madre, la mujer se inclinó hacia delante y lo dejó bajar. Lo vio correr torpemente hacia SU mujer-en ese momento olvidó todo el rencor-miró perplejo como la joven se agachaba y lo recibía en su abrazo protector, y el mundo no solo se detuvo, sino que se le derrumbó.
―Mama―dijo con su vosecita infantil, Bulma lo abrazó con fuerza, lo hundió en su pecho y se paralizó.
Todo le daba vueltas, quería esconder a su bebé con su cuerpo, como si eso ayudara a esconder la verdad, como si pudiera con ello, encontrar una buena explicación para el saiyajin que tenía a su espalda.
― ¿Qué... Qué mierda... Qué mierda significa esto? ―lo oyó preguntar, e identificó en su tono de voz la contención, el como intentaba controlarse.
Cerró sus ojos, soltó un suspiro silencioso y besó la frente de su hijo. Probablemente era la última vez que lo tuviera en brazos, seguramente no volvería a sentir su olor, abrió sus ojos lentamente. Vio a su madre en el umbral, nunca había sentido tanto odio por alguien más que no fuera Vegeta. Ella lo notó, vio en sus ojos azules oscuros, la sorpresa.
Nadie habló en los siguientes minutos.
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N/A: Lamento mucho la demora. Quiero agradecer infinitamente el apoyo que me han dado siempre, tanto como con los fic como en muchas situaciones que les he contado en este tiempo que nos leemos. Me demoré bastante en escribir, el trabajo cansa mucho jejeje, y a veces el tiempo libre no es suficiente para terminar. Era otro fic el que debía actualizar por tiempo de Up-JAT- pero tenía ganas de avanzar este, como les mencioné otras veces, esta historia me tiene muy entusiasmada porque la escribiré como me nace, no me censuraré en nada xDD
No daré más vueltas en lo que fue este cap, para la próxima actualización. Ahora estoy cansada y debo despertarme temprano mañana :'(
Gracias nuevamente, por sus RWs y lecturas ;)
Nos estamos leyendo!
PD: de verdad siento si se pasa algún horror* ortográfico, mi Word no tiene la licencia activa y no me corrigió nada el muy maldito :´( cuando pueda lo editaré al ver los errores.
