Este capítulo transcurre el Lunes, 17 de enero de 2005 (Día de Martin Luther King) en el que no hay instituto por ser un festivo federal tanto en el estado de Washington como en el de Arizona por lo que se correspondería con parte del capítulo «Primer encuentro» de la novela original. Todo el principio es casi idéntico hasta el párrafo que he marcado con asteriscos (*).
CAPÍTULO 1:
Agobiada – Burdened
Mi madre me llevó al aeropuerto con las ventanillas del coche bajadas. En Phoenix, la temperatura era de veinticuatro grados y el cielo de un azul perfecto y despejado. Me había puesto mi blusa favorita, sin mangas y con cierres a presión blancos; la llevaba como gesto de despedida. Mi equipaje de mano era un anorak.
En la península de Olympic, al noroeste del Estado de Washington, existe un pueblecito llamado Forks cuyo cielo casi siempre permanece encapotado. En esta insignificante localidad llueve más días seguidos que en cualquier otro sitio de los Estados Unidos. Mi madre se escapó conmigo de aquel lugar y de sus tenebrosas y sempiternas sombras cuando yo apenas tenía unos meses.
Me había visto obligada a pasar allí un mes cada verano hasta que por fin me impuse al cumplir los catorce años; así que, en vez de eso, los tres últimos años, Charlie, mi padre, había pasado sus dos semanas de vacaciones conmigo en el soleado estado de California.
Y ahora me exiliaba a Forks, un acto que me aterraba, ya que detestaba el lugar.
Adoraba Phoenix. Me encantaba el sol, el calor abrasador, y la vitalidad de una ciudad que se extendía en todas las direcciones.
—Bella —me dijo mamá por enésima vez antes de subir al avión—, no tienes por qué hacerlo.
Mi madre y yo nos parecemos mucho, salvo por el pelo corto y las arrugas de la risa. Tuve un ataque de pánico cuando contemplé sus ojos grandes e ingenuos. ¿Cómo podía permitir que se las arreglara sola, ella que era tan cariñosa, caprichosa y atolondrada? Ahora tenía a Phil, por supuesto, por lo que probablemente se pagarían las facturas, habría comida en el frigorífico y gasolina en el depósito del coche, y podría apelar a él cuando se encontrara perdida, pero aun así...
—Es que quiero ir —le mentí. Siempre se me ha dado muy mal eso de mentir, pero había dicho esa mentira con tanta frecuencia en los últimos meses que ahora casi sonaba convincente para el resto de la gente.
—Saluda a Charlie de mi parte —dijo con resignación.
—Sí, lo haré.
—Te veré pronto —insistió—. Puedes regresar a casa cuando quieras. Volveré tan pronto como me necesites.
Pero en sus ojos vi el sacrificio que le supondría mantener una promesa como esa.
—No te preocupes por mí —le pedí—. Todo irá estupendamente. Te quiero, mamá.
Me abrazó con fuerza durante un minuto; luego, subí al avión y ella se marchó.
Para llegar a Forks tenía por delante un vuelo de cuatro horas de Phoenix a Seattle, y desde allí a Port Angeles una hora más en avioneta y otra más en coche. No me desagrada volar, mientras que no fuera en un asiento de ventanilla donde viera rodar la pista, pero me preocupaba un poco pasar esa hora completa en el coche con Charlie.
Lo cierto es que Charlie había llevado bastante bien todo aquello. Parecía realmente complacido de que por primera vez fuera a vivir con él de forma más o menos permanente. Ya me había matriculado en el instituto y dijo que me iba a ayudar a comprar un coche.
Pero estaba convencida de que iba a sentirme incómoda esa hora en su compañía. Ninguno de los dos éramos muy habladores que se diga, y, de todos modos, tampoco tenía nada que contarle. Sabía que mi decisión lo hacía sentirse un poco confuso, ya que, al igual que mi madre, yo nunca había ocultado mi aversión hacia Forks.
Estaba lloviendo cuando el avión aterrizó en Port Angeles. No lo consideré un mal presagio, simplemente era lo inevitable. Ya me había despedido del sol al despegar del Sky Harbor International.
Charlie ya me esperaba en el coche patrulla, lo cual no me extrañó ya que era el único coche que tenía. Para las buenas gentes de Forks, Charlie siempre era el «Jefe de policía Swan» a su servicio. Uno de los pilares de la comunidad. La principal razón de querer comprarme un coche propio, a pesar de lo escaso de mis ahorros, era que me negaba en redondo a que me llevara por todo el pueblo en un coche con luces rojas y azules en el techo. No hay nada que ralentice más la velocidad del tráfico que un poli.
Charlie me abrazó torpemente con un solo brazo cuando bajaba a trompicones la escalerilla del avión.
—Me alegro de verte, Bella —dijo con una sonrisa al mismo tiempo que me sostenía firmemente—. Apenas has cambiado. ¿Cómo está Renée?
—Mamá está bien, te envía saludos. Yo también me alegro mucho de verte igual, papá —no le podía llamar Charlie a la cara.
Traía pocas maletas. La mayoría de mi ropa de Arizona era demasiado ligera para llevarla en Washington. Mi madre y yo habíamos hecho un fondo común con nuestros recursos para complementar mi vestuario de invierno, pero, a pesar de todo, era escasa la cantidad de ropa de abrigo adecuada que pude encontrar en las tiendas de Phoenix. Todas cupieron fácilmente en el maletero del coche patrulla.
—He localizado un coche perfecto para ti, y muy barato —anunció una vez que nos abrochamos los cinturones de seguridad.
—¿Qué tipo de coche?
Desconfié inmediatamente de la manera en que había dicho «un coche perfecto para ti» en lugar de simplemente «un coche perfecto». Siempre se me ha dado bien captar las matizaciones y leer entre líneas. O quizá es que sencillamente soy muy quisquillosa.
—Bueno, es una camioneta, un Chevy para ser exactos.
No hablaba la jerga de Car and Driver, pero bien pude reconocer la marca. Tanto podía tratarse de un «clasico», es decir un dinosaurio extinto, o un modelo algo más moderno.
—¿Dónde lo encontraste?
«¿En una subasta de decomisos? ¿En un desguace a punto de ser convertido en un cubo de acero? ¿En el fondo de un barranco?», por el mohín ligeramente agrio de Charlie y su pobre intento de poner cara de póquer, mis expectativas iban cayendo en picado.
—¿Te acuerdas de Billy Black, el que vivía en La Push?
La Push es una pequeña reserva india situada en la costa, al oeste de Forks.
—No.
—Solía venir de pesca con nosotros durante el verano —me explicó.
Por eso no me acordaba de él. Se me da bien olvidar las cosas dolorosas e innecesarias. Charlie usaba el plural mayestático a pesar de que la única vez que había pescado con él casi le arranqué una oreja con un anzuelo debido a mi torpeza supina al tirar la caña. Un recuerdo que es obvio que él también había reprimido.
—Ahora está en una silla de ruedas —continuó Charlie cuando no respondí—, por lo que no puede conducir, y su mujer Sarah, propuso venderme su camión por una ganga.
—¿De qué año es?
Por la forma en que le cambió la cara, supe que era la pregunta que no deseaba oír.
—Bueno, Billy y su hijo han realizado muchos arreglos en el motor. En realidad, tampoco tiene tantos años.
Esperaba que no me tuviera en tan poca estima como para creer que iba a dejar pasar el tema así como así.
—¿Cuándo lo compró?
—En 1984... Creo.
—¿Y era nuevo entonces?
—En realidad, no. Creo que era nuevo a principios de los sesenta, o a lo mejor a finales de los cincuenta —confesó con timidez.
—¡Papá, por favor! ¡No sé nada de coches! —Mirar el nivel de aceite y rellenar de agua el circuito de refrigeración era lo máximo que había podido aprender en Phoenix—. No podría arreglarlo si se estropeara y no me puedo permitir pagar un taller.
—Nada de eso, Bella, el trasto funciona a las mil maravillas. Hoy en día no los fabrican tan buenos.
«El trasto», repetí en mi fuero interno. Al menos tenía posibilidades como apodo.
—¿Y qué entiendes por barato?
Después de todo, ése era el punto en el que yo no iba a ceder.
—Bueno, cariño, ya te lo he comprado como regalo de bienvenida.
Charlie me miró de reojo con rostro expectante.
Vaya.
Gratis.
—No tenías que hacerlo, papá. Iba a comprarme un coche —alcancé a decir asombrada.
—No me importa. Quiero que te encuentres a gusto aquí.
Charlie mantenía la vista fija en la carretera mientras hablaba. Se sentía incómodo al expresar sus emociones en voz alta. Yo lo había heredado de él, de ahí que también mirara hacia la carretera cuando le respondí:
—Es estupendo, papá. Gracias. Te lo agradezco de veras.
Resultaba innecesario añadir que me resultaba imposible estar a gusto en Forks, pero él no tenía por qué sufrir conmigo. Y a caballo regalado no le mires el diente, ni el motor.
—Bueno, de nada. Eres bienvenida —masculló, avergonzado por mis palabras de agradecimiento.
Intercambiamos unos pocos comentarios más sobre el tiempo, que era húmedo, y básicamente ésa fue toda la conversación. Miramos a través de las ventanillas en silencio.
El paisaje era hermoso, por supuesto, no podía negarlo. Era digno de una postal, que es lo más próximo a este lugar que podía haber soportado en el pasado. Todo era de color verde: los árboles, los troncos cubiertos de musgo, el dosel de ramas que colgaba de los mismos, el suelo cubierto de helechos. Incluso el aire que se filtraba entre las hojas tenía un matiz de verdor.
Era demasiado verde, un planeta alienígena.
(*)
—Creo que te has equivocado de camino —exclamé cuando finalmente divisamos la fachada de una vivienda que no me resultaba familiar. La calle parecía exactamente la misma de mis recuerdos, de cuando estuve la última vez en Forks, aquel agosto de 2001 en el que decidí no regresar. Pero una residencia extraña había sido plantada en donde antes estaba el vetusto y malhadado hogar que me esperaba. Charlie esbozaba una sonrisa modosa cuando, con un giro de volante, aparcó el coche en el patio delantero.
Era la misma casa, al menos en sus proporciones, pero tan alterada que casi parecía otra.
En lugar del revestimiento de tablillas amarillentas y ajadas hasta convertirse en un gris sucio, había tableros y tableros de madera de un suave tono acaramelado. Y, por si fuera poco ese cambio, las ventanas parecían mucho más espaciosas y elegantes, con un toque victoriano, incluyendo la de mi dormitorio, si es que todavía seguía ubicado en el mismo lugar, que había sido sustituida por una gran luna circular dividida en dos desde la que se podía divisar con facilidad toda la carretera por la que habíamos llegado. Asomándose por el borde de la fachada sur, una celosía de barras de acero servía de soporte a alguna planta trepadora que no esperaba que pudiera florecer en este clima tan sombrío, pero que parece que había crecido una barbaridad con la perenne humedad.
Había pasado de ser un escenario listo para rodar una película de terror, la típica casa solitaria, que da repelús, del asesino en serie que vive con los cadáveres momificados de sus hámsteres, a convertirse en un remake remozado de La Casa de la Pradera.
—Te dije que hice reformas —repuso Charlie tras soltar una breve risita ante mi cara de pasmo y a las preguntas que no lograba formular. Me debía de haber quedado con la boca abierta de par en par porque no lograba acomodar la mandíbula de nuevo en su sitio, ni tampoco la sentía, como si estuviera anestesiada con la novocaína del dentista.
«Sí, recordaba esa conversación». Como tantas otras que manteníamos una o dos veces por semana al teléfono, en las que hablamos de muchas cosas triviales (la meteorología, curiosamente, era nuestro único tema tabú) durante los pocos minutos en los que ambos simulábamos ser una familia común y corriente. Charlie comentó que había realizado unos cuantos arreglos y sugerido, antes de que comenzasen las vacaciones del instituto, que fuera este año a verle a Forks en el puente del Día de la Independencia.
¡Incluso había intentado renegociar nuestro tiempo reduciéndolo a tan sólo una semana!
Pero yo simplemente había supuesto que habría cambiado el linóleo de la cocina, puesto una alcachofa en condiciones para la bañera o reparado de una vez ese odioso escalón que siempre chirriaba de la escalera.
Nada de relevancia.
Así que me había cerrado en banda ante su proposición y acabamos viajando a un pueblecito de California llamado Santa Mira al norte de San Francisco. No quería una semana de sombras lejos del sol… Me mordí la lengua para reprimir unas pocas lágrimas de rabia por la ironía de ese día, y recobrarme de la impresión, antes de salir del coche patrulla y tomar la maleta más pequeña que había dejado delante de la puerta.
Tenía que haber intuido que Charlie, al igual que yo muchas veces con mi madre, le había restado importancia de una manera malsana. Seguro que para no presionarme. Y se había plegado a mi capricho por temor a que le dijera que no quería volver a verle. Se me revolvieron las tripas al pensar en cuánto debían de haberle costado conjuntamente todas aquellas reparaciones y las vacaciones a pie de playa.
—¡Vamos, ven rápido! —me urgió animadamente Charlie desde la entrada, mientras acarreaba el resto de mis maletas, que ya había sacado adelantándoseme por mi tardanza—. ¿Qué te parece? —añadió encendiendo las luces del vestíbulo.
Mis ojos parpadearon deslumbrados, tal vez intentando retener durante ese brevísimo instante la imagen que tenía todavía en mi memoria de aquel lugar que había tenido por inalterable, pero la realidad me golpeó con la dura intensidad de los nuevos halógenos.
Todo parecía mucho más grande de lo que las dimensiones exteriores podían abarcar. O quizás es que en mi estado de estupefacción me sentía extrañamente reducida de nuevo a la altura mental que tenía a los trece. No quedaban muchos de los tabiques en su ubicación original, supongo que sólo algunos de los pilares principales y muros de carga habían sobrevivido a la escabechina. Charlie también se había deshecho de la mayoría de las puertas ampliando el quicio con un óvalo en forma de medialuna. Las paredes, los suelos de madera e incluso la alfombra de bienvenida eran de diferentes tonalidades de castaño, ocre, naranja suave y amarillo tostado, en lugar del horrendo papel pintado verde pistacho que se acababa despegando con la humedad.
Seguí desconcertada a Charlie cuando no pude localizar el tramo de escaleras de ida y vuelta que siempre había formado parte de la columna vertebral de la casa. Mi corazón dio un vuelco al comprobar que las había cambiado por una de caracol, en el extremo más meridional del edificio, añadiendo más ventanales que alumbraban las zonas que habían estado en la penumbra durante casi dieciocho años.
Me achanté un poco al pensar en todos los traspiés y caídas que me iba esperar, así que me agarré con firmeza al pasamano de bronce que había en el borde exterior y que, afortunadamente, parecía lo suficiente recio para aguantar a una treintena de Bellas.
Subir hasta el primer piso requirió un viaje más corto del que precisaba para sosegarme. Por suerte seguía teniendo el dormitorio de la cara oeste, el que daba al patio delantero, pero cogí aire antes de cruzar el umbral que Charlie me señalaba con la mano. Conocía bien la habitación; había sido mía desde que nací. Todo aquello formaba parte de mi infancia y ahora no podía reconocerlo. Dos tonos diferentes de color siena, pintados en paredes contrapuestas, habían sustituido a la deprimente pintura azul y el techo a dos aguas brillaba de un purísimo blanco de la pintura nueva, que aún podía olerse e incluso paladearse, iluminado por un línea de luces que lo cruzaban como una red de pescar.
—Espero que te guste, Bella —dijo Charlie mientras me quedaba prendada de la nueva cama, había cambiado el viejo pequeño catre de muelles flojos por un tres cuartos. Incluso había sustituido las cortinas de encaje amarillentas y pasadas de moda por un biombo estampado de seda de colores ambarinos con un motivo de dientes de león. Unas persianas venecianas de aluminio lacadas en blanco, que ahora estaban totalmente recogidas, me ayudarían en los escasísimos días de fulgurante sol del verano.
Sólo dos cosas parecían permanecer exactamente igual que antes de mi despedida.
Una era el escritorio que ocupaba el lugar anterior de mi cuna y en el que había un ordenador de segunda mano: Un IMac de forma ovoide color mandarina, muy parecido al que tenía en Phoenix, y que no había podido traerme conmigo porque nunca superaría el checking del aeropuerto, aunque éste tenía pinta de estar mucho menos traqueado. Adosado en un costado asomaba el cable del módem grapado al suelo hasta la toma de teléfono más próxima. Mi madre lo había estipulado de ese modo para que estuviéramos en contacto con facilidad.
La segunda cosa que había sobrevivido, más o menos, a esa vorágine de reformas había sido la vieja mecedora que me había pertenecido desde niña y que aún seguía fielmente en el mismo rincón. Pero la habían lijado y dado varias de capas de barniz de tal manera que, aunque parecía una pieza de anticuario con un siglo de antigüedad en su pátina, encajaba como un guante en la nueva atmósfera de la habitación…
Una atmósfera que mirase a donde mirase me perturbaba, no sólo era la luz y el color.
Como, por ejemplo, en el detalle del gran cuadro al óleo que había sobre el cabecero de la cama y en el que podía verse una panorámica del Parque nacional del desierto de Sonora con sus minúsculas montañas púrpura en el horizonte. Todo me evocaba mi pequeño rinconcito de Arizona que había abandonado hacía apenas unas horas, un trozo de mi hogar que anegaba mi corazón de morriña.
«¡Esto es demasiado!» mi cabeza daba vueltas, era casi como si alguien se hubiera metido subrepticiamente en los rincones más hondos de mi mente para encontrar mi secreto lugar feliz.
No me lo merecía.
—No tengo palabras —tuve que recurrir al eufemismo más socorrido de la historia, cuando noté el anhelo sordo que emitía el silencio expectante de Charlie. Entre nosotros siempre ha habido una extraña comunicación no verbal que con mi madre nunca he llegado a compartir—. ¡Es magnífico! —añadí, medio mintiendo, intentando recomponer un semblante alegre de compromiso.
Una de las cosas buenas que tiene Charlie es que nunca se quedaba revoloteando a tu alrededor. Salió de mi cuarto al notar que necesitaba algo de espacio personal y me dejó sola para que deshiciera las maletas y me instalara, una hazaña que hubiera sido del todo imposible para mi madre, pues estaría zumbando todo el rato junto a mí, entusiasmada.
Cerré la puerta, arrojé con una pizca de furia mi mochila al esponjoso colchón y me senté rauda en la mecedora. Casi esperé que se sintiera diferente pero me reconfortó que, mientras mis pies temblorosos me sacudían adelante y atrás de los nervios, con los tics propios de una demente internada en un psiquiátrico, pudiera recobrar algo de mi misma en ese punto que parecía el epicentro desde el que comenzar mi nueva vida.
Podía hacerlo.
Un año y medio.
Dieciocho meses.
Luego, si Dios quería, alguna Universidad del sudeste, o tal vez Hawai, me ofrecería una beca. Concentré la mente en playas soleadas y palmeras mientras imaginaba que me balanceaba en una hamaca con el rumor de las olas de fondo y el calor sobre mi piel…
Charlie inesperadamente quebró en mil pedazos mi breve burbuja de serenidad.
—Llevaré mis cosas de afeitar al cuarto de baño de abajo —pronunció cuando advertí un traqueteo de botes de plástico y metal chocando con la porcelana—. Puedes quedarte con éste para ti sola por las mañanas, Cariño.
Dejé de mecerme y cerré los ojos con fuerza por culpa del vértigo. Tuve que meterme el puño en la boca para evitar el gemido y el grito subsiguiente.
«¡Pero es que ahora tenemos dos», me abrumé, mortificada una vez más por ese sentimiento de aborrecimiento hacia mí misma.
No me merecía tanta consideración de su parte. No…
Convivir con Charlie en mis vacaciones siempre había sido rocambolesco y una de las principales razones había sido ese pequeño cuarto de baño en lo alto de las escaleras, que tuvimos que compartir a la fuerza. Si ya era extraño que apenas nos conociéramos, despertarse todas las mañanas, temiendo algún «momento embarazoso» por nuestras respectivas partes, lo convertía en surrealista. Fue a peor a medida que abandoné la infancia y alcancé la adolescencia, con todas sus complicaciones, evidentes para cualquier mujer, pero no para Charlie.
Poner un cerrojo nunca había solucionado el problema de fondo.
Respiré profundamente e intenté no darle más vueltas al asunto. Racionalizar se había convertido para mí en un deporte mental con muchísimas horas de práctica.
«Aceptaré todo lo que se me eche encima», reconsideré abriendo los ojos después de sosegarme. Charlie puede que estuviera sufriendo la crisis de los cuarenta y alguna tarde, tras hacer zapping en la televisión entre sus partidos favoritos, diera con algún programa reality de reformas y decidiera por impulso que ya era hora de arreglar su casa y convertirla en algo medio decente. Bien mirado, no había sido como otros de su edad que se untaban de autobronceador, se blanqueaban la dentadura y se compraban un deportivo para presumir delante de jovencitas en la playa.
Pero, en realidad, él sí que se había comprado un coche...
Por supuesto ese fue el preciso momento en que tuve que escuchar un bocinazo. Intuí, en una especie de premonición torticera, que era el preludio de mi siguiente tormento:
El trasto.
El mote prometía lentitud, plácida y bienvenida lentitud.
Salté de la mecedora de un rápido brinco que casi me descalabré, y estuve a un pelo de romperme la nariz cuando plegué de mala manera el biombo con las prisas.
Me llevé una sorpresa, no tan apabullante como las anteriores. Venían dos vehículos en caravana por la calle Fern Hill, el primero era una viejísima furgoneta Volkswagen de color azul turquesa en la que ya había motando durante mis viajes a la playa de La Push. De pequeña siempre me recordó a la Máquina del Misterio de Scooby Doo, aunque con bordes mucho más redondeados. Pertenecía a otro de los viejos amigos de Charlie, de cuyo nombre no había querido acordarme, por supuesto.
Seguidamente, en realidad a bastante distancia, estaba la que supuse que sería mi nueva camioneta, bueno, nueva para mí. El vehículo era de un rojo desvaído, con guardabarros grandes y redondos y una cabina de aspecto bulboso. Para mi enorme sorpresa, me encantó lo destartalada que estaba. Parecía el contrapunto idóneo en este momento irreal, podía imaginarme al volante de esa tartana cuyo motor se oía desde esa distancia. Era uno de esos modelos de hierro sólido que jamás sufren daños, la clase de coches que ves en un accidente de tráfico con la pintura intacta y rodeado de los trozos del coche extranjero que acaba de destrozar.
Ahora, el día de mañana parecía bastante menos terrorífico. No me vería en la tesitura de elegir entre andar tres kilómetros bajo la lluvia hasta el instituto o dejar que el jefe de policía me llevara en el coche patrulla.
Charlie ya había salido para saludar a la comitiva, así que bajé lo más rápido que pude por las escaleras de caracol para presentarme como era debido. Eran seis. Todos venían de la reserva india y, aunque intentaba hacer memoria de sus nombres, asociándolos a esos semblantes de piel oscura con los destellos de mis recuerdos, sólo pude fijarme en el rostro sonriente de Sarah Black, a la que reconocí por sus grandes hoyuelos que siempre lucía al verme, mientras el chaval más joven sacaba una silla de ruedas de la parte trasera del Chevy y la desplegaba.
—¡Cuánto has crecido, chiquilla! —profirió Sarah antes de darme un abrazo de oso al ponerme descuidadamente a su alcance—. ¡Qué bien que estas aquí!
Sí, ella siempre había sido así de efusiva. Pero me sentí un poco aliviada de poder recordarla tal y como había sido.
—Hola a todos —emití discretamente con un amago de saludo con la mano, cuando logré liberarme y los examiné más detenidamente. Pude ponerle nombre, al fin, a los que habían salido del Volkswagen, el matrimonio formado por Harry y Sue Clearwater, iba acompañado de una joven que supuse que era su hija mayor y de la que estaba muy segura de que sólo la desconocía de oídas.
No se parecía a las gemelas de largos cabellos negros, que eran las hijas de los Black, con las que intenté entretenerme durante los veranos que estuve en Forks, y de las que también sólo recordaba que tenían nombres a juego o aliterados. Era hermosa a un estilo exótico, con una piel cobriza perfecta, cabello corto a la altura del cuello, de un negro centelleante como el plumaje de un cuervo y esas pestañas largas como plumeros; parecía mucho más preocupada e inquieta que yo. Pero mientras que yo deseaba que me tragara la tierra si me equivocaba con alguno de sus nombres, ella estaba claramente disgustada por esa breve reunión social.
No dejaba de echar indiscretas miradas de fastidio a su reloj.
—Por fin estás aquí, Bella —exclamó Billy cuando tomó finalmente asiento y pudo verme de arriba abajo.
A pesar de los años transcurridos, reconocí con facilidad la voz retumbante de Billy. Su sonido me hizo sentir repentinamente más joven, una niña. Tenía el mismo aspecto que recordaba, con sus amplias mejillas que parecían llegar hasta los hombros y las arrugas surcaban su piel rojiza como las de una raída chaqueta de cuero. Los ojos parecían, al mismo tiempo, demasiado jóvenes y demasiado viejos para aquel ancho rostro. Me resultó desconcertante tener que agachar la mirada, puesto que siempre había sido tan alto como Charlie.
—Charlie no nos ha hablado de otra cosa desde que supo que venías —añadió de manera guasona, para ponernos en un compromiso.
—No exageres —murmuró él poniéndosele un poco las orejas de color escarlata, mientras yo notaba que mis mejillas se iban insuflando de sangre caliente. Era otra de las cosas que teníamos en común, siempre habíamos sido el objetivo de los chistes malos que nos avergonzaban.
Hubo algunos comentarios más entre los adultos a mi costa, recordando las visitas que había realizado a la reserva en los viejos tiempos y algunos de mis descalabros más sonados, pero toda la cháchara y las risas se enfriaron cuando comenzó a chispear y la hija de los Clearwater se impacientó:
—¡Venga, mamá, Sarah! —les apremió dando unos golpecitos con el pie al suelo y cruzándose de brazos a la defensiva—. Tenemos que darnos prisa, la madre de Sam ya debe de haber llegado al taller de Beth Crowley, para ver si los arreglos del vestido han quedado bien.
«¿Vestido? ¿EL vestido», un escalofrío me recorrió el cuerpo entero al intuir qué tipo de vestido sería el que la tenía alterada. Todavía tenía síntomas de estrés postraumático por culpa de las cinco semanas de preparación de la boda de mi madre y Phil.
—Leah, no seas tan maleducada —la reprendió Sue Clearwater—. ¿Te apetecería venir con nosotras? —añadió dirigiéndoseme con toda su buena intención, creyendo que un plan de chicas me animaría. Pero yo ya tenía empacho de asuntos nupciales para la próxima década y no sabía cómo salir de ese incómodo aprieto. La mirada de la futura novia, que pude atisbar por encima de su hombro, me dejó claro que no estaba invitada.
—¿O prefieres que te enseñe cómo funciona este montón de chatarra? —pronunció jocosamente el chico joven al verme tan abrumada, dando un sonoro golpe al costado de la carrocería. Casi esperé que alguna pieza, uno de los tapacubos o el retrovisor lateral, se cayese de lo machacado que parecía «el trasto». Pero todo se mantuvo en su sitio.
—Sí, sí, por favor —medio balbuceé, agradecida con la excusa de poder refugiarme en el Chevy ya que la lluvia amenazaba con hacerse más intensa.
Charlie, Billy y Harry estaban hablando del partido de baloncesto que se jugaba mañana entre los Nuggets y los Sonics, no tenía ni la más pajolera idea de con cuál se supone que iban ellos, y me dejaron pasar entre risotadas sin prestarme casi atención.
Yo nunca, jamás de los jamases, me meto en coches con desconocidos, pero si Charlie le daba su beneplácito es que el chaval debía de ser completamente de fiar.
—Gracias, ehh… —murmuré cuando tomé el asiento del conductor y él cerró la puerta.
—No te acuerdas de mi nombre, ¿verdad? —aclaró lo que era más que evidente con una media sonrisa y arrugando levemente el ceño.
Tenía una voz amable y ronca. A juzgar por su aspecto debería tener catorce, tal vez quince años. Llevaba el brillante pelo largo recogido con una goma elástica en la nuca. Tenía una preciosa piel sedosa de color rojizo y ojos oscuros sobre los pómulos pronunciados. Aún quedaba un ápice de la redondez de la infancia alrededor de su mentón. En suma, tenía un rostro muy bonito que se parecía mucho al de su madre.
Pero era un rostro al que no llegaba a ponerle nombre.
—Lo siento, lo tengo en la punta de la lengua —me sinceré juntando las manos en una pobre señal de disculpa—. Probablemente debería acordarme de ti.
No quise añadir que tampoco recordaba los nombres de sus hermanas.
Era de lo peor.
—Bueno, tal vez si te refresco la memoria —dijo llevándose la mano a la barbilla, en un ademán pensativo claramente fingido—. Una vez me ayudaste a hacer un castillo de arena y piedrecillas en la playa, cuando tenía nueve años.
Recordaba el castillo y cómo éste se había deleznado en un montón de chorritos de lodo cuando comenzó a llover. Recordaba también cómo me había hecho sentir triste y cómo lo había considerado una alegoría de mi estadía en Forks. Deprimente y sinsentido, por mucho que me esforzase. Pero no recordaba a ese chaval ni tampoco pensé que le habría provocado alguna impresión después de tanto tiempo.
Me encogí levemente de hombros, abochornada.
—Como soy el benjamín, nunca me hacíais caso... —musitó alicaído entre dientes—. Deberías acordarte mucho mejor de mis hermanas mayores.
—Rachel y Rebecca —recordé de pronto—. Y tú eres Jacob, ¿no?
Su semblante se iluminó con una sonrisa de oreja a oreja, que excavó unos profundos hoyuelos en sus mejillas, al confirmarlo.
«¡Claro! ¡Nombres bíblicos!», casi estuve a punto de decirlo en voz alta. Pero habría resultado muy ofensivo que hubiera utilizado un truco mnemotécnico para asociar sus nombres con el de su madre, como si se tratara de un examen del instituto o de un concurso de la televisión.
—¡Vaya, cómo ronronea! —emití en voz muy alta, para hacerme oír por encima del traqueteo, cuando arranqué a la primera el motor con la llave de contacto. Era un alivio que funcionara—. ¿O debería de decir, cómo ruge? —añadí con una sonrisa comedida por aquel escándalo. Bueno, una camioneta tan antigua debía de tener algún defecto.
—Más bien, está tuberculoso —me contradijo Jacob, poniendo los ojos en blanco. E inmediatamente señaló con la mirada a mi izquierda—. Tiene truco, debes de pisar dos veces muy seguidas para meter las marchas.
Inmediatamente encendí la calefacción tal como me indicó y un tenue olor a tabaco, gasolina y chicles de menta inundó la cabina al calentarse. Era obvio que Sarah o Jacob debían de haberlo limpiado a conciencia, pero la tapicería estaba hecha un desastre.
Dado que la novia, Leah, daba signos de impaciencia di marcha atrás, recorrí un corto tramo y dejé que pudieran marcharse en el Volkswagen. Como la mayoría de las veces había ido de pasajera en coche no me conocía las calles de Forks y realmente no sabía de ningún sitio al que quisiera ir. Así que, como siempre, tomé la decisión más práctica:
—¿Me indicas por dónde se va al instituto, por favor? —le pregunté a Jacob cuando casi salíamos de la serpenteante calle Fern Hill. Al fin y al cabo, ése sería el trayecto que más veces iba a tener que realizar en los próximos meses.
—Errrrrrrr… —se le quedó pegada la vibrante consonante en el paladar. Luego añadió un poco cohibido—. Creo que se va por… la derecha.
No lo dijo muy convencido.
—Yo voy al instituto de la reserva, me pilla mucho más cerca —se excusó esta vez él.
—Vaya, lástima, habría preferido conocer de antemano a alguien allí mañana —exclamé insólitamente sincera, mordiéndome el labio inferior de los nervios.
Fue fácil localizar la entrada del instituto pese a que ninguno de los dos habíamos estado antes. Como casi todo lo demás en el pueblo, estaba situado junto a la carretera principal o en una de sus calles aledañas. No resultó obvio que fuera una escuela, sólo nos detuvimos delante del cartel que indicaba que se trataba del instituto de Forks porque pudimos distinguirlo a tiempo.
Eché un ligero vistazo en la distancia a la que sería mi parcela de infierno personal el próximo año y medio:
Se parecía a un conjunto de esas casas de intercambio en época de vacaciones construidas con ladrillos de color granate. Había tantos árboles y arbustos que a primera vista no podía verlo en su totalidad. ¿Dónde estaba el ambiente carcelario de un típico instituto?, me pregunté con nostalgia. ¿Dónde estaban las alambradas y los detectores de metales?
Seguí avanzando hasta la gasolinera lentamente, a paso de una sana tortuga galápago, para llenar previsoramente el depósito, probando todas las cosas que iba viendo en el desvencijado panel de mandos, como haría una niña pequeña con un juguete nuevo. La anticuada radio funcionaba, un añadido que no me esperaba.
I just can't get you out of my head
Boy, it's more than I dare to think about
Después ajustaría las presintonías a mi gusto, o mejor dicho a mi falta de gusto en concreto, pero por ahora podía conformarme con una emisora de pop convencional.
There's a dark secret in me
Don't leave me locked in your heart
Jacob permanecía en un silencio apagado con una expresión confusa en su rostro y los hombros caídos.
—No te molesta que Charlie me haya comprado esta camioneta, ¿verdad? —pregunté al verle extrañamente aturdido, con la mirada fija sin parpadear en el aparato de música.
Set me freeeee
Feel the need in meeee
Tal vez estuviera desconsolado porque pensaba que le había usurpado su futuro medio de transporte. Si era así debería de hablarlo con Charlie y Billy para que cambiaran de idea, soportaría que me llevara en coche patrulla como una vulgar delincuente.
Seguro que daría de qué hablar de una forma u otra.
Set me freeeeee
Stay forever, and ever, and ever, and ever
—¿Estás bien? —insistí, inquieta por su parálisis.
Mi pregunta le sacó de su trance y dio un respingo en el asiento, al regresar al presente.
La-la-la, la la la la la
La-la-la, la la la la la
—No, no te preocupes, Bella —rompió a reír—. En serio, respiré aliviado cuando Charlie lo compró. Papá no me hubiera dejado ponerme a trabajar en la construcción de otro coche mientras tuviéramos uno en perfectas condiciones. Es sólo que…
La-la-la, la la la la la
La-la-la, la la la la la
—Sólo que, ¿qué? —me intrigó que se mordiera la lengua, en sentido figurado, no me daba la impresión que fuera tan circunspecto y diplomático como yo.
La-la-la, la la la la la
La-la-la, la la la la la
Jacob sacudió la cabeza levemente como si estuviera quitándose una idea de la cabeza. Permaneció en ese silencio un tanto ominoso hasta que terminó aquella ñoña canción y otra mucho más cañera comenzó a hacer vibrar la cabina.
—Me parece que he tenido una de esas cosas francesas —al ver mi expresión atónita se aclaró, inexcusablemente—. Eso raro de que recuerdas algo del presente como si ya lo hubieras soñado o visto.
—¿Un déjà vu? —tampoco estaba muy segura que fuera la palabra correcta.
Now I feel like breaking laws
Go on start a civil war
—Debe de ser porque anoche no dormí hasta muy tarde, estuve intentando poner a punto esta antigualla —dio una breve carcajada seca sin humor.
Here's my fist, where's the fight?
Your world is collapsing tonight
Sonreí al ver que le había quitado hierro al asunto y lo había puesto a aquella camioneta.
I wanna make some noise, alright, alright
I wanna drop some bombs, alright, alright
Bajé el volumen de la música casi al mínimo al advertir que Jacob creía reconocer la siguiente canción, abriendo los ojos como platos. Lo más probable es que no fuera más que una lista de grandes éxitos que se repetía en un bucle todos los días.
—Así que fabricas coches... —comenté, impresionada.
No intentaba ser condescendiente, ni sarcástica. Pero no estuve muy segura de cómo debió de sonarle mi observación a sus oídos. Era un desastre intentando comunicarme con las demás personas. Mi madre me había aconsejado que practicara grabando mi voz en un casette, pero me daba grima escucharme luego decir cosas en voz alta.
—Cuando dispongo de tiempo libre y de piezas —admitió Jacob más centrado—. Ahora estoy metido en faena con un Volkswagen Rabbit del ochenta y seis —volvió a sonreír.
—Pero, ¿ya tienes carné de conducir? —bromeé, esta vez a sabiendas de que era un poco más joven que yo.
Puso tal cara de haberse tragado un sapo, con verrugas y todo el fango de una ciénaga, que no pude evitar animarme más.
Resultaba muy entretenido.
—Acabo de cumplir quince —confesó susceptible—. Pero soy muy alto para mi edad.
—Yo es que soy una enana para la mía —admití suspirando de forma teatral.
Rompimos a reír escandalosamente mientras detenía el trasto justo debajo de la marquesina de la gasolinera. Me agradó comprobar que Jacob no había escatimado con los frenos, nos pararon tan de sopetón que si no hubiéramos tenido puesto el cinturón nuestros dientes estarían incrustados en el viejo salpicadero de madera.
Miré a través de la luna de cristal para cerciorarme de que las nubes y la lluvia seguían tiñendo de gris los cielos, porque por alguna increíble razón notaba el día más luminoso. Normalmente me habría costado entablar una conversación tan desahogada en Phoenix, incluso con los compañeros de instituto que conocía desde hacía años, pero con Jacob me sentí extrañamente a gusto, como si se tratara de alguien entrañablemente familiar.
Una suerte de primo lejano al que hacía mucho tiempo que no veía.
Debía de tratarse de su parecido con su madre, Sarah Black, que siempre había sido para mí el único rayo de sol de este lugar. Fue lo que más lamenté de dejar de venir a Forks.
Yo no tenía tíos, mis padres eran hijos únicos y mis abuelos estaban muertos… No, me equivoco, debería de tener aún un abuelo materno en algún lugar de Nuevo México que jamás había conocido y del que no sabía siquiera su nombre. Por lo que los tres amigos de la infancia de Charlie, que también hicieron de testigos en su boda, fueron como un sucedáneo a mano. Mi madre no tenía amistades tan arraigadas, porque por su carácter extrovertido y atolondrado solían quedarse en conocidas temporales, que iban y venían por nuestra vida como si fuera un desfile.
Jacob me avisó, cuando apagué el motor y entramos para pagar el combustible, de que a la batería le quedaban dos telediarios y que no dejase la radio puesta mucho tiempo o podría quedarme tirada en la carretera.
—Perdón que vaya tan lento —se lamentó con una mueca de mortificación, apoyándose en el capó y jugueteando con una piedra que había en el suelo para distraerse—. No he podido hacerlo mejor.
—No es tan lento —repuse en un tono deferente y luego añadí, para descargo de su culpa—. Me encanta tal y como está. Va muy bien.
—Eso es porque aún no has ido a más de cien kilómetros por hora —murmuró Jacob cabizbajo, mientras yo encajaba la manguera en el depósito—. El motor hace unas cosas muy locas cuando le metes la última marcha.
—Puedo sobrevivir sin ponerlo en cuarta —atajé.
—Y el circuito de refrigeración no funciona bien, así que si vas a algún sitio en el que haga calor se te va a freír… —Jacob sonaba como un apenado pecador confesando en una iglesia todas sus faltas. No habría servido como vendedor de coches seminuevos.
—¡Eh, eh! —le hice que parara gesticulando con las manos con varios aspavientos—. Me gusta que sea lento, Jacob. De veras —de pronto tuve un arranque de sinceridad—. No me va la velocidad, ya sabes, las montañas rusas, los aviones y los deportivos. Prefiero ir a un ritmo con el que me pueda manejar. Así que, muchas gracias.
Jacob se animó y soltó un suspiro de alivio, enderezándose por el halago.
Quería cortar de raíz aquella conversación, porque no sabía si él insinuaba de alguna manera que me largaría de Forks en medio de la noche como hizo mi madre. Tampoco tenía porqué saber que mi mayor temor era perder la consciencia en una atracción de feria y salir disparada como un cohete del asiento.
Me resultaba bochornoso admitir mis debilidades a la gente, como que no soportaba que me pincharan con agujas o que el olor de la sangre me produjera náuseas. No porque tuviera alguna clase de sentido de la vanidad desmedido para mantenerlas ocultas.
Es que, simplemente, debían de parecerles terriblemente aburridas e insignificantes.
—Celebré mi cumpleaños el pasado viernes —comentó Jacob cuando terminamos de repostar y volvíamos a casa de Charlie—. Te habríamos traído un trozo de tarta, pero mi padre se la comió —añadió sin percatarse de mi cara de póquer. Los cumpleaños no eran mi tema favorito—. Y eso que mamá le dice que se corte un poco con el azúcar…
—¿De qué era? —fingí hacerme la interesada, aunque mi voz me sonaba tirante.
—Un trifle de arándanos con crema pastelera y gelatina de limón.
No quería babear en los asientos pero no pude evitar salivar un poco al imaginármelo.
—El año que viene no me lo pierdo —dije de una manera tan poco convincente que Jacob me miró de soslayo con su ceja enarcada. No es que pensara en irme de Forks, no tenía realmente otro sitio, pero hacer y recibir regalos me suponía un mal trago.
«Siempre puedo darle un sobre con algo de dinero, como en un Bar Mitzvah», decidí pragmáticamente, recomponiendo mi sonrisa para que abandonara su incredulidad.
Cambió de tema de inmediato, quizás sospechando que había pinchado en hueso, y empezó a explicarme qué había sido de sus hermanas mayores con las que habíamos compartido muchas tardes en la playa, mientras Charlie y Billy pescaban. Nunca había podido hacer muchos progresos en nuestra amistad porque éramos demasiado tímidas y también porque creo que ellas me consideraban una carga, como si tuvieran que hacer de niñera esas largas horas.
—Rachel tiene una beca del Estado de Washington y Rebecca se casó con un surfista samoano que conoció en First Beach —comentó haciendo rodar los ojos de fastidio—. Ahora vive en Hawai.
—¿Está casada? Vaya —estaba atónita.
Las gemelas apenas tenían un año más que yo.
—Sí, parece una epidemia o una de esas películas malas de ciencia ficción en las que les lavan el cerebro —rezongó con un resoplido resignado—. A todo el mundo les ha dado por casarse, en cuanto tienen dieciocho, y marcharse de aquí a toda pastilla —Jacob parecía ligeramente indignado por algo en concreto—. Por cierto, por si no lo habías adivinado, tú también estás invitada a la boda de Sam y Leah. Será a finales de marzo, aunque nos caiga un diluvio. Y no, no hay forma humana de rechazarlo —añadió en cuanto vio que se me descompuso bruscamente el gesto y después dio una carcajada.
—¿No son demasiado jóvenes? ¿quiero decir…? —vacilé sin querer parecer grosera.
Pero Jacob no se fue por las ramas.
—No, no hay nada cocinándose en el horno —bufó como si ya lo hubiera oído antes—. Ya se veía venir desde hace mucho, han sido novios formales durante todo el instituto. Pero ya se gustaban desde primaria y en secundaria… ¡Ja! Si Sam no le hubiera pedido la mano estas navidades, te juro que Leah le habría hecho hincar la rodilla y metido un anillo por… bueno, por donde amargan los pepinos.
—¡Sí que tiene determinación! —prorrumpí, mientras aparcaba enfrente de la casa de Charlie, claramente impresionada por ver a una mujer que sabía bien lo que quería.
Por el contrario, la boda de mi madre había sido tan precipitada y desorganizada que no dejaba de estresarme la posibilidad de que ella decidiera, en el último segundo, echarse para atrás y dejar plantado a Phil en el altar. Desde que le había conocido en la primera cita hasta el «sí, quiero» apenas habían transcurrido quince meses. Yo pensaba que era muy poco tiempo para que dos personas pudieran llegar a ese nivel de compromiso y temí que fuera una repetición del desastre que la hizo marcharse de Forks.
Nos reunimos con Charlie, Harry y Billy que salieron a recibirnos al oír el traqueteo del trasto, para despedirse de regreso a La Push. Con todo el aturdimiento de la primera impresión al ver la fachada de la casa, no me percaté de que en un lateral del porche había construido una larga y suave rampa, hasta que vi bajando a Billy Black con su silla de ruedas por su propia cuenta.
Charlie había pensado en todo y en todos.
—Ha sido un placer volverte a ver, Bella —se despidió Jacob con una gran sonrisa, ayudando a su padre a entrar al coche patrulla.
—Lo mismo digo —me fui por la tangente, con una respuesta puramente protocolaria.
Habría preferido que ese anecdótico reencuentro hubiera sucedido en otro lugar más cálido, lejísimos de Forks. De inmediato me remordió la conciencia ser tan fría, porque su cálida sonrisa no flaqueó, pero yo ya no tenía más ánimos para el resto del día.
Tras despedirme de ellos cerré la puerta usando la llave de repuesto que Charlie siempre escondía debajo del alero que había encima de la puerta… Al menos no había cambiado también en ese pequeño detalle.
Resultaba estupendo poder estar a solas por fin en la casa, no tener que sonreír ni poner buena cara ante las visitas ni ante Charlie; fue un respiro momentáneo que me permitió derramar algunas lágrimas que tenía represadas desde Phoenix. No estaba de humor para la gran llantina. Eso podía esperar hasta que me acostara y me pusiera a reflexionar largo y profundo sobre lo que me aguardaba al día siguiente:
El aterrador cómputo de estudiantes del instituto de Forks era de tan sólo trescientos cincuenta y tres, ahora trescientos cincuenta y cuatro. Solamente en mi clase de tercer año en Phoenix había más de setecientos alumnos. Todos los jóvenes de por aquí se habían criado juntos y sus abuelos habían aprendido a andar juntos.
Yo sería la chica nueva de la gran ciudad, una curiosidad, una intrusa, un bicho raro.
Tal vez podría utilizar eso a mi favor si tuviera el aspecto que se espera de una chica de Phoenix, pero físicamente no encajaba en modo alguno con el patrón esperado: Debería ser alta, rubia, de tez bronceada, una jugadora de voleibol o quizá una animadora, todas esas cosas propias de quienes viven en el Valle del Sol.
Por el contrario, mi piel era blanca como el marfil a pesar de las muchas horas de sol de Arizona, sin tener siquiera la excusa de unos ojos azules, un pelo rojo o una tez pecosa. Siempre he sido delgada, pero más bien flojucha y, desde luego, no una atleta. Me faltaba la coordinación, la velocidad y la fuerza suficientes para practicar deportes sin hacer el ridículo o dañar a alguien, a mí misma o a cualquiera que estuviera demasiado cerca de mí.
Subí esas retorcidas escaleras del infierno para recoger el neceser de entre mi equipaje y poder asearme de una vez por todas tras el largo día de viaje. Más por costumbre que por temor a que Charlie regresara pronto, eché el pestillo tras entrar en el baño.
Como no, también habían realizado reformas en este cuarto, era obvio que Charlie debía de haber contratado a algún, carísimo, decorador profesional porque mi pobre sentido para combinar ropa y colores lo había heredado de mi madre y de él. En lugar de los suelos de linóleo y los muebles con dibujos de florecitas, había azulejos del suelo a la pared y estanterías minimalistas de acero inoxidable lacadas en pulcrísimo blanco. La bañera de porcelana maciza seguía siendo la misma, pero ya no parecía desentonar como antes. Un gran espejo en forma de media luna creciente encima del lavabo y otro de cuerpo entero, situado en la pared perpendicular, parecían atrapar la escasa luz para que no se escapase.
El único cambio realmente impactante del baño era que habían abierto un tragaluz con una gran ventana inclinada en el techo que dejaba vislumbrar el cielo de Forks, en el que comenzó a chispear, por supuesto.
Le dirigí una mirada ceñuda a las nubes.
No tenía que temer que nadie me viera cuando me desvestí, a menos que hipotéticamente se encaramara en la copa del abeto que había más cerca. Comencé a ducharme con el agua del calentador fluyendo a chorros. Pero por mucho que escaldara no notaba que me sintiera reconfortada.
Contemplé mi rostro en el espejo mientras me cepillaba el pelo enredado y húmedo. Tal vez se debiera a la luz natural que se filtraba por la cristalera de arriba, pero ya tenía un aspecto más cetrino y menos saludable. Puede que tenga una piel bonita, pero es muy clara, casi traslúcida, por lo que su apariencia siempre depende del color del lugar y en Forks no había color alguno.
Mientras me enfrentaba a mi pálida imagen en el espejo, tuve que admitir que me engañaba a mí misma. Jamás encajaría en Forks, y no sólo por mis carencias físicas. Si no me había hecho un huequecito en una escuela de tres mil alumnos, ¿realmente qué posibilidades iba a tener aquí?
No solía sintonizar bien con la gente de mi edad. Bueno, lo cierto es que no sintonizaba bien con la mayoría de la gente. Punto. Ni siquiera con mi madre, la persona con quien mantenía mayor proximidad, estaba en armonía conmigo; no íbamos por el mismo carril. A veces me preguntaba si veía las cosas igual que el resto del mundo. Tal vez la cabeza no me funcionara como es debido.
Pero la causa no importaba, sólo contaba el efecto. Y mañana no sería más que el comienzo del desastre que sería mi vida.
Tenía los nervios a flor de piel desde que había llegado a esa casa… La nueva casa de Charlie, la que tendría que ser de ahora en adelante mi hogar.
Estaba tan desubicada de mi zona de confort que cuando entré en mi cuarto a oscuras tras regresar de la ducha pegué un gritito ahogado, uno lo suficientemente alto que habría logrado asustar a Charlie si hubiera estado presente, al enfocar brevemente con la mirada la vieja mecedora.
Seguro que había sido un algún efecto óptico extraño de las últimas luces del crepúsculo sobre esa ventana redonda o mi reacia mente siempre predisponiéndome en contra de Forks y jugándome una mala pasada. Pero habría jurado que una sombra, más oscura que el resto de la penumbra de la habitación, estaba sentada observándome fijamente.
«¡Basta! ¡Ya lo tengo decidido!», me tuve que reprochar mi brote de irracionalidad. «¡No soy una rajada!». No iba a volver a Phoenix a las primeras de cambio.
Nunca había creído en fantasmas, ni en lugares encantados, ni en monstruos del saco.
Mi madre me había llevado de visita a varios pueblos abandonados de Arizona: Alma, Jerome, Cooper Creek, Weaver, Domes… en los cortos viajes que realizábamos durante los fines de semana y nunca habíamos visto nada semejante.
Por supuesto, ella decía que se debía a que yo era demasiado escéptica y los asustaba… aunque quizás es que fuera a mi madre a quién eludían.
Aquella noche no dormí bien, ni siquiera cuando por fin dejé de llorar.
Tampoco ayudó para tranquilizarme el siseo constante de la lluvia y el viento sobre el techo que no aminoraba jamás, hasta convertirse en un ruido de fondo desafinado. Me tapé la cabeza con el esponjoso edredón y luego añadí todas las almohadas, pero no conseguí conciliar el sueño antes de medianoche, cuando al fin la lluvia se convirtió en un fino sirimiri. Además me empeñé en no volver a abrir los párpados en medio de la oscuridad, apretándolos fuertemente, como si fuera una niña de cinco años asustada.
No quería ver de nuevo algún fortuito brillo provocado por los faros de un coche o la luna creciente, refractados en esa ventana redonda y confundirlo como una boba con ese par de insidiosos ojos plateados que había imaginado.
Continuará…
Déjà vu: Expresión francesa que significa «ya visto».
Trifle: postre típico de las cocina anglosajona elaborado con varias capas que pueden incluir frutas confitadas, compotas o jaleas, masa de bizcocha, gelatina y nata montada. Algunas recetas pueden contener alcohol en forma de jerez, vino de oporto o anís.
Bar Mitzvah: llamado también Benei Mitzvah (o Bat Mitzvah para las niñas), rito judío de la madurez, a los 13 años, en el que se lee una cita de las escrituras (la Torá) dentro del templo y pasan a ser considerados, según la ley judía, tan responsables de sus actos como los adultos.
Nota sobre Sarah Black: He añadido este personaje secundario al fic porque hace muchos años, cuando leí «Amanecer», tuve la peregrina teoría de que el miedo tan atroz que tenía Billy Black hacia los fríos proviniese de la trágica muerte de su esposa, enmascarada como un accidente de tráfico (de ahí que fuera un funeral a féretro cerrado). En aquella época no habría ninguno descendiente de Taha Aki apto para convertirse en protector, pues todos eran o muy viejos o demasiado jóvenes. En ninguna fuente oficial se aclara las circunstancias de su muerte más allá de la versión que da Jacob en su narración, así que consideradlo una licencia artística que me he tomado.
Nota sobre Charlie y los deportes de la saga «Twilight»: Los equipos de baloncesto nombrados son los Denver Nuggets y Seattle Supersonics. En los libros de Stephenie Meyer a menudo se menciona que Charlie es aficionado al baloncesto, al béisbol, al hockey sobre hielo y al fútbol americano (que no confundir con el rugby, ni con lo que el resto del mundo llamamos «fútbol» de verdad y que ellos denominan «soccer»), pero lo hace de una manera muy indefinida. Los únicos equipos que se nombran son: dos de béisbol profesional (en Luna Nueva), los Seattle Mariners (que también aparece en Amanecer) y los Chicago White Sox (aunque inexplicablemente el traductor en español, José Miguel Pallarés, los convierte en los Fox); los universitarios Washington State Cougars (en Sol de Medianoche) y Florida Gators (en Amanecer) de fútbol americano; además de dos equipos de béisbol de la liga menor llamado Tucson Sidewinders de Arizona (nombrado como alternativa para fichar de Phil en Crepúsculo) y los Central Florida Suns. Por cierto, los Seattle Supersonics fueron vendidos en 2008 y pasaron a llamarse Oklahoma City Thunders.
Disclaimer musical: Las canciones que suenan en la radio del Chevy son Can't get you out of my head de la cantante Kylie Minoge y Alright, Alright (here's my fist, Where's the fight) del grupo Sahara Hotnights. En el saga original nunca aparecen las letras o títulos de las canciones (hasta «Sol de Medianoche» en que Stephenie Meyer ha suplido algunos huecos) y sólo se mencionan los playlists que la autora utilizó para inspirarse en algunas escenas. Aquí procuraré ponerle letra y personalidad a la radio de Bella.
Nota sobre el árbol genealógico de Bella: Stephenie Meyer obviamente redujo a cero la línea familiar de Bella porque como escritora novata no debió de darle importancia a algo que tiene un trasfondo clave. En la guía oficial ilustrada se indica que la única abuela que Bella conoció en vida fue Marie Higginbotham, pero se desconoce si éste era su apellido de soltera (que pudo haber retomado tras su separación). Curiosamente aparece una tal Molly Swan en el árbol genealógico de los Ateara, casada con el Viejo Quil Ateara III. Podría tratarse de una prima de Geoffrey Swan. Lo cual convertiría a Quil Ateara IV (amigo de Billy y Harry) en un primo segundo (¿o tercero?) de Charlie Swan. Y además serviría para explicar el inicio de la extraordinaria amistad entre los cuatro. Es decir, que Quil Ateara V, sí sería familia (muy) lejana de Bella.
Nota sobre la velocidad máxima del Trasto: En la traducción que leí del libro, Jacob le decía a Bella que no fuera a más de sesenta en el capítulo «Cuentos de miedo». Pero resulta que el traductor, José Miguel Pallarés, cometió una errata. Un lector hispanoparlante puede sobrentender que se refería a sesenta kilómetros por hora, pero en la versión en inglés nunca se utilizan kilómetros, kilogramos o centímetros. Únicamente emplean el sistema anglosajón de millas, libras y pulgadas. Por lo que los sixty a los que se refiere Jacob en la versión en inglés son en realidad sesenta millas por hora. Es decir, unos cien kilómetros por hora.
Nota sobre los términos «friki» y «bicho raro»: En inglés el vocablo «freak» es peyorativo y a menudo asociado a los «freakshow», los llamados «fenómenos de feria». En casi toda la saga de Twilight la traducción se equipara con la expresión en castellano «bicho raro». De hecho, Bella lo utiliza a menudo consigo misma en tono despectivo y sólo en una frase de Jacob, en Amanecer, se emplea el falso amigo «friki». Cuando aparece el término «friki» en palabras de Abigail, lo hace para describir a Burns y su conducta con respecto a otras almas, debido que es «estrafalario», en lenguaje clave. Habéis de saber que en inglés sería «geek», igual que el Día del Orgullo Friki (Geek Pride Day) que desde 2006 se celebra todos los 25 de Mayo.
