"Siento mi cuerpo temblar. El frío gélido que se cola por la puerta cerrada de mi cabaña solo acrecienta el sentimiento de ansiedad, pues no ocupo invocarlos para saber que vienen en camino.

El crepitar de la madera en el fuego de la chimenea es lo único que acompaña el sonido de mis palabras siendo escritas en esta hoja. Aun con ello, el frío permanece en mi cuerpo. Pero no puedo darle culpa a aquella flama que calienta mi hogar e ilumina mi estancia, pues sé bien que este frío que cargo no es mas que el miedo que expresa mi alma por las circunstancias en las que me encuentro.

Sujeto mi pecho, sintiendo mi corazón latir. Un ritmo pausado e intermitente, señal que ellos están cerca. Y aun tragando grueso por el miedo que acrecienta en el corazón de mi alma, sonrío, porque sé que estoy a nada de mi último baile. Uno donde seré acompañado incluso en la soledad.

El viento sopla afuera, agitando las ventanas y haciendo silbar los huecos donde se filtra el poco aire frío que alcanza a entrar. Las flamas de la chimenea se mueven con frenesí. Y mi corazón vuelve a latir con ritmo. Lento, pero constante. Bajo y sutil, señal que el baile está por empezar.

El viento se agita al punto que la puerta se abre con un estruendo, chocando la madera hacia dentro. Colándose por la sala, sopla hasta apagar tanto mi vela como las llamas de la chimenea.

No pude evitar pegar un brinco del susto. Fue tan improvisto como el relámpago en una noche de lluvia tranquila. Y cuando giro la cabeza para ver la puerta, la veo. No la noto por completo, pues la oscuridad era tal que solo pude delinear su figura entre la gran sombra que regalaba tal noche turbulenta. Un canido le acompañaba, gruñendo desde la distancia. La mano de ella le acarició el lomo, tranquilizando su violencia. Y pude ver en ella una sonrisa. No una visible. Sino en una que puedes vislumbrar en tu mente. Un presentimiento de tranquilidad y pasividad.

Cuando dio un paso al frente, la tormenta había cesado. Los vientos se habían calmado. Y las nubes se habían disipado. Aun con ello, ninguna luz había filtrado mi hogar. Su andar era calmo, con una sinuosidad que rallaba en la atracción. Yo no me moví, porque sabía lo que vendría. Mi corazón empezó a entonar el ritmo que andaba esperando. Que ella había sentido. Y que su compañero había escuchado.

Él se sentó en la entrada, mirando hacia la distancia, como cuidando la entrada para que nadie pasase. Que nadie interrumpiese este momento.

Al estar frente a mí, me extendió su mano, invitándome. Yo, la miré un momento más, antes de volver a mirar la hoja con la que escribo a ciegas por la gran sombra que bañaba mi cabaña. Con un suspiró, rendido ante lo inevitable, sonreí. Y ella lo acompañó con una más ancha. Paciente, pues sabía que no renegaba de mi destino. Solo queriendo dejar un poco de lo que soy antes de partir.

Porque, por esta vez, no había prisa para la cacería. Una última danza mortal.

Porque si pude darme el lujo de cazar para sobrevivir, estaba seguro que podría bailar con la muerte antes de partir."

Diario de un artista mercenario.

Veigar cerró el libro al igual que sus ojos, saboreando el final y dejando que la calma de la noche acunase su silencio.

Habían pasado dos días (tres noches con esta misma) desde que aquella familia partió por los sucesos que estaban por ocurrir. Como compensación, y en cierto modo, un favor, les cedieron la cabaña a ellos para poder descansar. Sin llaves, pues no creían necesitar tal artilugio para cuando se fuesen de aquí y llegase lo inevitable.

Las chicas tomaron la habitación del padre y su familia, mientras él y Teemo tomaban la del abuelo. Mas pequeña, pero cómoda. O eso quisiera decir, pues el hecho que tenga que compartir cama con el explorador era tan placentero para él como acostarse en una cama de clavos.

Así que optó, esta vez, en pasar la noche en la sala, usando una vela para alumbrar el lugar y leer un libro pendiente que trajo con sus cosas.

Que bendito sea que les cedieron la cabaña a ellos, pues no habría tenido chance de terminar su lectura hasta mucho después. Y debía confesar que le había hecho falta ese placer, pues sentía su cabeza relajad y su mente tranquila. La típica sensación de satisfacción de terminar un libro.

–¿Veigar? – la voz vino desde la recamara conjunta. La de la familia. Lulu portaba su habitual pijama floja de color extravagante. Se tallaba su ojo con somnolencia y su cabello estaba alborotado –. ¿Qué haces despierto a esta hora? Es muy noche.

–… leo un libro.

–¿Y no puedes leerlo en la mañana? Te hará mal si – tiró un bostezo largo y tendido – te desvelas tanto.

–Nada que no haya hecho antes – dijo dejando el libro en la mesa. Lulu se acercó con una silla, mirando el objeto.

–Diario de un mercenario – miró al ex mago –. ¿Es una novela?

–Una que tenía pendiente. Llevo las noches de ahora leyéndolo. Al fin lo terminé.

–A mí me gustan más los libros que tienen dibujos. Pueden ser entretenidos. Incluso los dibujos que están plasmados en cuevas. Cuentan historias y uno se puede imaginar lo que están diciendo con sus trazos.

–Seguro viste algunas pinturas rupestres o algunos jeroglíficos.

–Igual estaban bonitos – sujetó el libro, ojeándolo con velocidad –. ¿De qué trataba?

–De un artista mercenario – alzó una ceja. Lulu le respondió con un golpecillo en su brazo.

–Hablo de la historia, tonto.

–… de la vida de un artista que se vuelve mercenario – dijo sobándose, mirándola con molestia –. Alguien que vivió con virtud en su infancia, hasta que por vicisitudes de la vida, cayó en las manos de gente mala. Adoptado para seguir el mismo camino que ellos. Un bailarín excepcional para después convertirse en un cazador de hombres – tomó el libro de las manos de Lulu y lo hojeó hasta un dibujo. En él, se miraba la imagen de un tipo barbudo con un abrigo y capucha que le cubría medio rostro. Su barba mal afeitada y las arrugas daban la imagen de un hombre mayor, mientras que sus ropas, daban imagen de ser un freljordiando. Grande, algo ancho por sus ropas, pero de complexión delgada –. Murió solo en su casa, alejado de todos después de toda una vida llena de muerte y violencia. Rememorando su vida y practicando su pasión en solitario. Hasta que la muerte tocó su puerta.

–Es… algo tétrico – Veigar se rio.

–Así es la muerte.

–Sabes… lo que le dijiste a Tristana. La excusa de tu ida con el vidente – miró que el ex mago le dirigía la mirada sin pestañear. Los ojos amarillos brillando en la oscuridad de la noche, aun con la luz de la vela alumbrando su rostro –, me sonó a una historia familiar.

Veigar tragó pesado su saliva.

–No sé de qué hablas. Seguro es porque recuerdas algo similar en tus viajes.

–Puede ser, pero reconozco una historia familiar cuando la cuentan – Lulu miró la flama de la vela –. ¿Le diste un diario o algo? Porque de todos modos no vi que cargases algún libro contigo en el viaje.

–No hay nada que decirte que te incumba – dijo cortante, desviando su mirada hacia la oscuridad de la sala. Mirando la pared con falso interés.

–Me incumbe desde que me prometí a ayudarte – escuchó a su lado –. No como un deber. Me preocupas – confesó –. Porque esa historia no la cuentas, ni aunque yo te transformara en ardilla – se detuvo un momento, contrayendo sus cejas –. ¿O debería hacerlo para que confieses? Bueno, igual dije que no funcionaría.

–¿Cuál es el punto de tu molesta insistencia? – ahora le miraba con reproche. Le incomodaba que la platica se sintiese personal.

–Genuina y entera curiosidad – aun con su sonrisa, sus ojos expresaban preocupación –. Pero tampoco quisiera incomodarte. Mas no dejaré de preguntarte. No al menos todas las noches.

–¿Todas las noches?

–¿Quieres que Tristana te vuelva a preguntar si me escucha preguntándote en el día?

–Quiero que dejes de preguntarme cosas tontas.

–Todo lo que tenga que ver contigo no es tonto para mí.

Eso ultimo hizo apretar sus labios. Y sus manos convirtiéndolas en puño. No de coraje. Mas bien impotencia. Le estaba dando en un punto débil, y odiaba que hiciese eso. Pero tampoco se sentía con el valor de reprocharle, pues el simple hecho de sentir su preocupación hacía de él un manojo de ansiedad emocional.

No debería responderle. Todo su ser le dictaba que se fuera hacia su habitación, darle un buen insulto a la loca de su compañera (¿o amiga?) e irse a dormir sin que nada pasase. Pero que fuese tan insistente al punto de querer recordárselo todas las noches… era cansado de por si tener que soportarlos a todos en las mañanas. No tener sus noches de tranquilidad sería, por seguro, la peor decisión de su vida.

Débil

Veigar alzó sus orejas, mirando con un respingo hacia la oscuridad de la cocina. Sus ojos buscaban el origen, pero no veía nada. Solo un piso solitario y una barra sin decoraciones, evidenciando la ausencia de los verdaderos dueños.

Lulu miró hacia la misma dirección que su amigo, extrañada por el cambio repentino de su actuar.

–¿Viste algo?

–… nada. No vi nada – se talló los ojos –. Creo que solo me dio el sueño.

–Te dije que deberías de dormir. No es saludable.

–¿Me lo dice quien lamió una roca ámbar pensando que sabría a miel?

–Pero si sabía a miel.

–Hiciste una mueca de asco.

–Sabía a miel rancia.

–La miel no se echa a perder.

–En mi mente si lo hizo.

–Ugh. No tienes remedio, hechicera demente.

–Y tú seguro lo tendrás, loco del báculo.

Juraba que quería gritarle, pero era tan irrelevante esta platica que solo atinó a seguir tallándose los ojos y hacer un ademan de risa. Igual, puede que en efecto él en verdad no tenga remedio. Igual, podría tomar como halago que le dijera loco del báculo. Igual, hacía mucho que no le catalogaban con algo negativo.

Alzó la vista al techo y tiró su aliento, destensándose y relajando su cuerpo. Bueno, ya que. Igual, tampoco es que ella no se haya ganado una pequeña parte de su confianza.

Igual, igual, igual.

–Promete que no harás un escándalo cuando te lo cuente.

–¡Claro! Además, mi boca estará sellada – el dedo de Veigar le tocó sus labios.

–Y no mal interpretarás mis intenciones. Incluso si aquellas consecuencias fueron solo para mí.

–Uy, ¿tan malo es? – para que le dijese eso, debería ser algo serio. Al menos así lo pensaba ella.

–Pues verás…

Y le contó lo que pasó aquella noche.

~0~0~0~0~

Se despertó estando en la misma silla en la que contó su historia. La luz se filtraba por la ventana de la sala, haciendo ver pequeñas partículas de polvo.

Miró a su derecha, notando que estaba recargado en la hechicera. Ella también dormía recargada en él, roncando sutilmente. Se aferraba a su brazo como si él mismo fuese un cojín y decía una que otra palabra inentendible, a la vez que se medio acomodaba en su asiento.

Sintió un dolor leve en su mejilla, recordando lo de anoche. Ese bofetón le había dolido bastante. Fue con fuerza y, a como pudo verlo en el rostro de Lulu, con un enfado brutal que rallaba en lo absurdo. ¿Qué había de malo que él se sacrificase con un poco de dolor para poder cumplir sus propios fines? Sin dolor ni sacrificio no hay ganancias. No hay avances. Pues parece que para Lulu lo que hizo fue algo inapropiado.

No dio chance de regañarle. Las palabras no hacían falta ante la mirada tan intensa que tenía sobre él. Se dijo a si mismo el no hacer un berrinche por eso. Llamar la atención de la artillera en la noche era la peor de las decisiones.

Pero lo que lo confundió, fue el abrazo que le dio a los segundos de haberle lastimado. No dijo nada en todo ese rato, y él no hizo nada para quitarla o alejarla. Que podría hacerlo, pero esa calidez había vuelto. Esa calidez que solo ella logra transmitir y lo deja como un extranjero en medio de un desierto: sin norte y sin saber que hacer.

Sus palabras fueron simples susurros, pero podía notar sus sentimientos que le llenaban de calidez y repugnancia.

–No vuelvas a rememorar esas cosas, ¿de acuerdo? No vale la pena lastimarte cuando hay más opciones.

Él seguía donde mismo, quieto y sin moverse.

–Era una de las mejores opciones. Desaprovecharla sería lo peor.

–¿En serio crees que vale la pena impartirte dolor con tal de lograr tus objetivos?

–Ya lo he hecho antes. ¿Cuál es la diferencia de hacerlo ahora?

–Que parece que no te das cuenta de quienes se preocupan por ti.

–No ocupo la lastima de nadie – aun con su reproche, seguía en su sitio, sin alejarse de ese abrazo.

–No hablamos de lastima – afianzó el abrazo –. Solo eres un tonto que no piensa más allá de su persona.

–¿Y eso es una sorpresa?

–No realmente – y le pellizco su cachete –. Pero sé más consciente de los demás. No me gusta decirlo de esta forma, pero lo diré de todos modos: estamos aquí por ti. Recuérdalo.

Eso lo dejó mudo. Debía admitir que, por su propia debilidad, metió a estos tres yordles en su búsqueda para recuperar sus habilidades.

Solo suspiró con fastidio, aun cuando ella lo volvió a abrazar. No se despegó incluso cuando ella se acomodó en su asiento, y tampoco lo hizo cuando empezó a darle sueño. Fue flojera, tal vez. Fue fastidio el tener que despertarla por necesitar moverse. O si era honesto, y no trataba de mentirse – como muchas veces lo ha hecho a lo largo de los días –, estaba cómodo a su lado y no quería quitarse de ahí.

Por eso siguió en su sitio cuando cerró los ojos. Por eso no se movió cuando Lulu empezó a roncar. Y tampoco hizo nada cuando sintió su brazo entumido por el abrazo de ella.

Su parte yordle, la saludable y aquella que estaba encerrada en un baúl, volvía a moverse para intentar salir.

Y cerca de iniciar su sueño, cuando estaba más lejos que cerca, una risa se escuchó a lo lejos. Era profunda y distante, reconocible en alguna parte de sus recuerdos. No lo lograba identificar. Pero no le importó, pues por un momento, se sintió cómodo. Incluso si estaba con las nalgas y el brazo entumido.

Con todo lo anterior, aun despierto con la luz de la mañana filtrándose en la ventana, podía decir que tuvo un buen sueño. Y para sorpresa de él, con pocas pesadillas.

Escuchó la puerta de una recamara abrirse. Tristana salió con una camisa grande que tapaba gran parte de su cuerpo. Tenía el cabello revuelto y su cara somnolienta. Miró a ambos por un momento, a la vez que el ex mago también la miraba.

–¿Qué hacen los dos ahí? – Veigar se rebanó la cabeza para una excusa.

–Me desvelé. Lulu me hizo compañía – o una media verdad.

–¿Y qué hacías desvelado? Se supone que debías estar durmiendo en el otro cuarto con Teemo.

–Tu conoces mejor a ese yordle que cualquiera – se excusó –. Y sabes lo problemático que puede ser tenerlo de compañero de cuarto.

–¡Oye! – se detuvo con la boca abierta, con media queja afuera – ¿Sabes? Por esta vez te doy la razón. A veces ronca como si fuese un oso.

–Aunque Lulu tampoco se salva – dijo señalando a su compañera de sueño –. Ella puede hacerle competencia – como corroborando lo dicho, Lulu soltó un ronquido que hizo estremecer al mismo Veigar en su sitio, aturdido por el sonido agrietado que salía de su garganta, para luego seguir abrazando su brazo y sonreír en sueños.

–Esto debe de ser un sueño. ¡Te estoy dando la razón por segunda vez! – y empezó a reír.

Él sonrió de vuelta, pero también con un suspiro de alivio. Su excusa sobre Teemo fue lo suficientemente convincente como para despistar su verdadera razón de desvelarse con Lulu. Sería una vergüenza tener que admitir ciertas cosas o dejar a la luz ciertas verdades. Y si podía evitarlas, pues mucho mejor.

Pero la risa de Tristana y los pensamientos de Veigar fueron interrumpidos por el sonido de una puerta abriéndose. No de la recamara, sino de la entrada de la cabaña. Al girar los dos la vista, se encontraron con Teemo. Estaba agitado y miraba hacia ellos con preocupación. Y no era solo eso: tenía una herida en el brazo, siendo en evidencia el pelo chamuscado cerca de su hombro.

–Parece que tendremos acción más pronto de lo que esperábamos – al momento, entró Dorrin por la puerta. También estaba algo quemado, pero se veía estable. Tenía sus ojos muy abiertos y una expresión de pasmado.

–Llegaron más magos – dijo. Y como acompañamiento, una explosión se escuchó a lo lejos. En dirección hacia la entrada del asentamiento.

–Me lleva – dijo el ex mago.

Lulu cayó al suelo por el susto.

~0~0~0~0~

Todo el lugar era un caos. Llamas, luces y explosiones mágicas eran el espectáculo mortífero de la mañana. Y Billy dudaba bastante que fuese solo una exposición de talentos. Mas dudaba cuando una piedra salió volando en su dirección, siendo rescatado por uno de sus compañeros al saltar sobre él y esquivar por nada ese proyectil gigante.

–¡Vamos! ¡Levántate! – dijo su compañero, tendiéndole su mano, él ya estando de pie – ¡Debemos de proteger a nuestros ciudadanos!

Billy no dijo nada. Extendió su mano para erguirse, para después ver como su amigo salía volando por una expansión de luz purpura a varios metros de distancia.

No tuvo tiempo de reaccionar. La conmoción era tal que no sabía cómo actuar en este momento. Había iniciado en la mañana con el cambio de turno de su compañero, bromeando sobre el desayuno tan pobre de ahora, como de algún atributo digno de mención sobre las mujeres que pasaban diario por ahí, cuando de la nada, una explosión de dentro de los bosques hizo saltar a ambos del susto, dejándolos en posición de guardia.

De repente, otra gran explosión hizo que todos retrocedieran en un salto, a la vez que la onda expansiva hacia remover todos los cimientos como si fuesen construcciones de cartón.

Se suponía que era petricita. Absorbía la magia. Pero entendió en medio de su aturdimiento que aquello no era por causa de la magia, sino el mismo poder de la explosión misma en el terreno. Levantó la vista hacia la arboleada, ahora extinta. De ahí, entre el humo y las llamas de color verde, un grupo de seis personas caminaban con intenciones nada agradables hacia ellos. La mirada que lanzaban era suficiente para saber que no se avecinaba nada bueno.

Magos. Y peligrosos, pues era fácil deducir que fueron ellos los causantes de las dos detonaciones.

¿Qué clase de magos hacen tal espectáculo para atacar un asentamiento como este? No fue difícil adivinar que eran seguidores de Sylas.

Se levantó con su lanza al frente, listo para hacerles frente. Pero de entre la distancia, vio como una luz incandescente no solo iluminó a aquellos magos agresivos, sino también los repelió. Una lluvia de luz unidireccional.

Al minuto, otro grupo de magos se abalanzaron sobre ellos, viendo cómo se atacaban entre sí.

Por su rabillo del ojo, observó como otros magos se colaban por encima de las murallas, volando y escalando, atacando a sus compañeros. Se colaban y él aún se encontraba ahí. Viendo las nubes pasar. Agitó su cabeza. Debía actuar.

Luego, otra explosión. La roca. Y su amigo inconsciente a varios metros. Era humillante.

Se volvió a levantar. Sus compañeros estaban también en medio de la batalla. Repeliendo y respondiendo a los ataques de los magos. Él también debía entrar en acción.

Pero no por fuera. Adentro había más enemigos. Y debía proteger a su gente.

Pero dentro era algo peor.

Los magos, por alguna razón, seguían peleándose entre ellos. Compartiendo tanto golpes, como hondas mágicas. Lanzas de luz azules y explosiones multicolores. Torbellinos de arena dorada y escudos con flamas expansivas que hacían quemar tanto las edificaciones como a los guardias. También civiles se encontraban en peligro en medio de la disputa.

Era la primera vez que se encontraba en una situación como esa. Y aun con su experiencia, entre tanto, solo una cosa tuvo en mente.

Justo cuando una ráfaga de fuego estaba por abrazar a un señor con su hija en brazos, Billy saltó frente a ellos y con su lanza repelió las llamas, golpeando la hoja con la tierra, levantando escombros y moviendo con velocidad su arma. El peligro disipó frente a él, pero no significó que no recibiera un poco de escozor en el cuerpo por el ataque.

Giró sus ojos hacia ellos.

–¡Váyanse! ¡Busquen refugio!

–Gracias, señor – fue la hija la que habló, llevando a su padre o abuelo de la mano hacia un lugar seguro. Algo valiente, para opinión de él.

Frente a él, aterrizó del cielo un tipo con barba ancha y canuta. Algo bajo de estatura, pero prominente en anchura. De aspecto algo desaliñado. Le miraba con una sonrisa, e iluminaba su cuerpo con un aura de color naranja mientras expandía sus brazos.

–¡Muere, soldado! – y con un estallido frontal, expulsó su aura hacia él. Billy saltó hacia su izquierda, esquivando por poco el ataque.

Cayó al suelo de lado sin soltar su arma. Sintió escombros caer en su cara, cabeza y hombro. Habiendo escuchado el estruendo tras él, pudo suponer que había destruido una casa completa. Al menos, esperaba que no hubiese nadie ahí en ese momento.

–Malditos magos – su exclamación llevaba por tono la molestia. ¿Odio? No lo creía. No le habían hecho nada malo a él. Pero si a los demás, como ahora mismo. Y en consecuencia, debía actuar como cualquier soldado de Demacia –. ¡Pagarán por sus crímenes!

–Ustedes los soldados no son mas que peones ignorantes ante la ciega mirada de tu rey – volvió a extender sus brazos –. Si vas a morir por la corona de un idiota, entonces muere como tal – y volvió al ataque.

Billy volvió a saltar, esquivando de nuevo, pero ahora rodando para caer en guardia desde la distancia portando su lanza al frente en forma horizontal. Una forma instintiva de defensa, aunque no creía que le fuese a servir para defenderse de esas hondas mágicas.

Corrió hacia él con la lanza en alto, listo para enfrentar esa batalla. La visión estaba clara: debía derrotar a ese sujeto y mantenerlo a ralla para que no causara destrozos en la ciudad ni lastimase a gente inocente. Si con solo un ataque como ese destruyó una vivienda de dos pisos, no quería pensar lo que haría con el suficiente tiempo como para crear más caos.

Saltó con aires de valentía. El filo de su arma preparada para caer en la yugular de su enemigo, aun cuando el derramamiento de sangre no era lo suyo, estaba dispuesto a derramarla en pos de su pueblo. De la gente de Demacia. Por el reino de Demacia. No importaba el costo. Aun con su propia vida, daría lo imposible para…

El mago cayó desmayado.

La lanza no atravesó a su enemigo, pero si casi a un pequeño animal peludo que pudo esquivar con rapidez la punta de su lanza.

–¡Oye, ten cuidado! – habló ese «animal» – ¡Esa cosa es filosa!

Billy parpadeo dos veces.

–¿El yordle?

–¡Teemo reportándose! – hizo su saludo de explorador, acompañado de otra explosión lejana –. Aunque debería reportarme en otros lados.

–Yo – agitó la cabeza, acomodando sus ideas –. ¿Qué hacen aquí? Deberían guardar refugio.

–Somos yordles de acción, compañero. Venimos aquí para ayudar.

–… no es por ofenderte, pequeñín, pero no creo que… – miró como el yordle le quitaba un dardo del cuello al inconsciente (y con espuma saliéndole por la boca) mago –. ¿Tu hiciste eso?

–Dardo paralizador. Le di una dosis extra de veneno, por si acaso – le levantó los parpados, verificando el estado de su víctima –. Uy, espero no haberlo matado.

–Eso sería lo mejor. No son más que causantes de problemas y violencia – dijo con ira contenida.

–Pero nosotros lo necesitamos vivo, compañero – se acercó a él, haciendo indicaciones que se agachase. Cuando lo hizo, lo siguiente le dijo en un susurro –. Mis amigos y yo lo necesitamos por un asunto personal.

–Esa gente no son otros amigos tuyos, ¿o sí?

–¡Claro que no! ¿Cómo crees eso? – otra explosión a la lejanía. Los dos giraron sus cabezas para ver a Lulu volando por los cielos, riendo de forma frenética mientras veía a otros magos volando tras ella intentando darle con sus rayos plateados y purpuras. Cuando él guardia lo volteó a ver, Teemo solo pudo sonreír nervioso –. Juro que ella está de nuestro lado.

–No puedo evitar desconfiar de ustedes – le apuntó con la lanza, haciendo que Teemo por instinto levantara sus brazos –. ¿Algo que decir para refutar mis acusaciones?

–Bueno… nosotros te ayudaremos a mantener el control de la situación. Ya lo hice con este grandulón – dijo señalando al mago del suelo –. Capturaremos a todos los magos y aprovecharemos para mantener en resguardo a los civiles – sintió la punta filosa de la lanza en su panza esponjosa –. Después que terminemos, te daremos todas las explicaciones del porque nuestro ofrecimiento, y el motivo de nuestra cooperación. Palabra de explorador.

Billy lo pensó, pero el recuerdo de Lupin llegando con ellos le hizo recapacitar un poco, suspirando y bajando su arma. Si ellos venían con él, significaba que seguro no eran los malos. Al menos, daría fe a ello.

–Les creeré. Te tomo la palabra. Pero más vale que la cumplan – dos explosiones fuertes llegaron desde adentro del asentamiento –. Por ahora hay que movernos. Nos veremos en la entrada cuando todo se calme.

–¡Enterado! – Billy corrió hacia el incidente, dejando a Teemo atrás con el barbudo a su lado. Teemo dirigió la mirada hacia el tejado de una de las casas aun intactas, viendo a Tristana con Boomer apuntando hacia su dirección. El explorador levantó su pulgar, en señal de estar bien. Tristana bajó su arma, respirando aliviada.

El plan era cuidarse las espaldas. Y por ahora, no ha habido necesidad de intervenir. Por muy imprudente que haya sido el capitán de los exploradores.


Continuará...