Habían pasado dos días desde que Sesshomaru se presentó en su habitación. Él no había dicho nada, solo salió justo como había llegado. La chica realmente se encontraba aburrida.
La puerta se abrió nuevamente, Mikato traía otra bandeja. Un plato con fruta, huevos revueltos, tocino y un poco de jugo. Observo la bandeja nuevamente sin hambre.
––– Señorita Kagome, por favor necesita comer ––– Intercambiando nuevamente la bandeja.
––– Si realmente no soy una prisionera, ¿Puedo irme cuando quiera? ––– Pregunto la chica sentaba el balcón de su habitación.
––– No puede dejar el castillo señorita, es muy peligro ––– la chica saco un kimono del closet, todos los días sacaba uno diferente ––– El día esta precioso, sé que le encantaran los jardines.
La Yokai todos los días ayudaba a la Miko a bañarse y vestirse, realmente era mucho más fácil si alguien la ayudaba. No eran como los que usaba cuando estaba de viaje con sus amigos, eran de seda y de muchas capas, ella sola tardaría casi una hora en hacer todo el proceso. El Kimono de hoy azul celeste, con detalles en plata en las mangas. Le ayudo a recoger su cabello en un moño recogido, sosteniéndolo con una peineta plateada. Mikato hizo el ademan de ponerle alguna joya, pero la miko lo rechazo.
La Yokai salió de la habitación sin decir nada. Se preguntaba contantemente si para la ella no sería extraño atender una humana. Nuevamente vio su desayuno. Aun no tenía apetito. Se apresuro a la puerta, no se había atrevido a comprobar si esta estaba cerrada o no. Abierta, primero saco la cabeza por la puerta, no había nadie. Con mucho valor decidió salir de su habitación, para recorrer el castillo.
De alguna manera, todo se sentía tan… familiar. Pensó la miko, hasta el momento no se había encontrado a nadie en el castillo, los pasillos eran muy silenciosos. Había muchas habitaciones cerradas. Otras simplemente vacías. Se encontró con unas escaleras. Miro hacia arriba y abajo. pensó por un momento y decidió bajar. Las escaleras de caracol eran estrechas, pero la chica pasaba sin problemas.
Llego a la parte baja, por la atrás del castillo, Kagome sentía como si ya hubiera recorrido estos pasillos y supiera exactamente dónde iba. Al abrir la puerta, el aire fresco dio directo en su cara, respiro ese aroma tan… familiar. Nuevamente esa sensación. Llego a los jardines laterales, justo los que veía desde su habitación.
Camino un poco, había diversos árboles, algunos con frutos, manzana, peras, mangos, limones y muchos rosales… todo esto era surreal para Kagome. La chica se topó con un pequeño jardín para conejos, estaban en un espacio grande, con agua y pequeñas casas. Ella no podía creer que esta era la casa del Yokai. Toda tenía un toque tan humano.
Kagome diviso un pequeño camino al fondo, un poco escondido entre los árboles más espesos, la chica avanzo un poco, pero siento un leve mareo, un dolor de cabeza agudo. No pudo más. Grito de dolor. Se tambaleo un poco, logro recargarse en un árbol. El dolor agudo ceso. Justo en ese momento Kagome se dio cuenta que tenía pocas energías, tal vez si debió comer algo. Cayó de rodillas al suelo. Le costaba respirar. Ya no tenía energías. Justo antes que sus energías bajaran por completo, las fuertes manos de un Yokai sostuvieron a la chica.
––– ¿Se encuentra bien señorita? — La azabache levantó la vista, esperando encontrar los ojos ambarinos que no la dejan en sus sueños — la llevaré a su habitación — error, ojos azules. El chico le era familiar.
––– Gracias — atinó a decir la chica, rodeándolo con los brazos, un poco sonrojada se acercó más al Yokai y aspiró su aroma, olía a canela. Ella disfrutó el aroma.
Nuevamente el camino al castillo fue solitario. Para ser un lugar tan grande, le parecía muy curioso que el fuera el único Yokai con el que se encontrara.
––– ¿Por qué luce tan vacío?
––– Solo Mikato tiene permitido acercarse a usted señorita.
––– ¿Qué? — preguntó la chica consternada aún en brazos del joven.
El Yokai dejó a la chica en su habitación, aún se sentía un poco mareada. El joven la dejó sobre la cama.
––– Espera — pidió la chica — dos cosas, tu nombre y podrías ayudarme con esto.
Dijo ella señalando la parte trasera del kimono. El Yokai tragó grueso. Sabía que su amo lo castigaría por haber interactuado con la humana, pero también sería castigado si no hiciera lo que la humana quería. Hizo lo que la chica le pidió.
––– Mi nombre es Daisuke, mienten de la corte privada de Lord Sesshomaru — dijo mientras aflojaba el kimono.
Salió tan rápido de la habitación que a Kagome tuvo otro mareo. Buscó con la vista y ahí encontró, la bandeja con comida. Un poco de fruta, un trozo de carne, champiñones y una copa de vino y un poco de jugo. Interesante menú, pensó la chica. Tomó un trozo de manzana y lo llevó a su boca. Comenzó a quitarse la parte baja del Kimono, se quitó los zapatos y caminó descalza sobre la alfombra de pieles que había en toda su habitación. Estas habían sido agregadas debido a que la chica se quejó constantemente del frío.
La chica estaba medio vestir cuando llegó un Daiyokai molesto, había regresado al castillo y había sentido el aroma de la chica en el jardín. Mezclado con el de uno de sus Yokais, la furia creció en su garganta. Siguió el aroma hasta la habitación de la chica. Por toda la habitación. En ella. Y ahí estaba ella, danzando mientras comía trozos de fruta.
Una vez que la chica observó al furioso Daiyokai, se quedó quieta en su lugar. Tal vez se había enterado de su visita al jardín.
— No estaba tratando de escapar — soltó la chica nerviosa.
Sesshomaru no dijo nada, pero se notaba molesto, tomó la copa de vino y comenzó a beberla. Los ojos de la chica no perdían movimiento. No estaba aterrada, sabía que, si el quisiera hacerle daño, no se tomaría tantas molestias para cuidarla. Pero aun lo lograba comprender porque el Daiyokai se comportaba tan extraño.
— Dime qué pasó hoy — frío, seco. Demandante.
— Mikato me dijo que podía salir al jardín si quería — hizo una pausa un poco nerviosa.
— Ujum — bebiendo más de su copa. Se acerco amenazante a la chica.
— Me sentí un poco mal — recordó el dolor de cabeza, hizo una mueca — casi me desmayo y… — la chica dudo.
— ¿Y qué? — el Yokai avanzó más.
— Un Yokai llamado Daisuke me ayudó, me trajo de regreso — sus mejillas se tornaron color carmín
El lanzó la copa al suelo, manchando la hermosa alfombra. Tomó a la chica de la cintura, presionándola contra su cuerpo. Los pies de Kagome estaban flotando, el Daiyokai besó y mordisqueó las orejas de la chica, provocando varios gemidos involuntarios de la chica.
— No sabes lo que provocas en mi cada que te sonrojas, eres mía Kagome, mía — El Peli plateado pudo sentir a la chica tensarse bajo sus manos, le encantó.
La había llamado por su nombre, en todo el tiempo que habían interactuado, el jamás la había llamado por su nombre, pensó que tal vez se había quedado dormida y nuevamente soñada con el chico. Pero supo que no era un sueño al momento que el Daiyokai la dejo caer sobre la cama y se marchó furioso. No volví a verlo.
A la mañana siguiente la chica lo tenía decidido, iba escapar. Mikato llego como todas las mañanas, le ayudo a vestirse, esta mañana era un Kimono blanco, con flores doradas pintadas en la parte baja. Dejo la bandeja del desayuno, Fruta, pan tostado y un poco de jugo. Ella tomo hizo un pequeño morral improvisado con algunas telas y se llevó lo que pudo. atravesó los pasillos del edificio, la sensación de familiaridad no desaparece.
La chica de lejos diviso el pequeño camino que descubrió ayer, casi oculto por la maleza, Kagome poso su vista por muchos lados, tratando de no ser vista y utilizando un poco de sus poderes de miko para ocultar su aroma. Se encamino por el lugar.
La chica camino unos cuentos metros, divisando a lo lejos una pequeña cabaña y se escuchaba una cascada a lo lejos, fue en dirección opuesta, lo más rápido que sus pies le daban. Había caminado por horas, al menos eso le había parecido, se sentía cansada y un poco hambrienta. Se detuvo un momento para engullir lo que había traído del castillo, a lo lejos pudo divisar un camino. Rogaba por encontrar a alguien que pudiera ayudarla, Pronto. A estas alturas ya se habrían percatado del escape de la chica.
––– Kagome ––– La chica dio un brindo, escucho su nombre a lo lejos, podrían ser sus ¿amigos?
Inuyasha fue el primero en encontrarla.
––– Kagome, ¿Estas bien? ––– Su tono de preocupación era evidente.
––– Inuyasha ––– La chica se desmayó.
A lo lejos, Sesshomaru había estado a segundos de llegar a la Miko, pero ese Hanyou con el que compartía sangre la habían encontrado primero. Decidió no iniciar una pelea para no poner en peligro a su hembra. Encontraría el momento de hablar con ella y explicar toda esta ridícula situación. Su bestia interna aulló de dolor.
Al abrir los ojos reconoció el lugar al momento, la cabaña de la anciana Kaede. Se incorporo y pudo ver a sus amigos preocupados.
––– Señorita Kagome, ¿Dónde estaba? ––– Monje Miroku la veía preocupado.
––– Nos asustaste mucha amiga ––– Ahora era sango.
––– No lograba encontrar tu aroma ––– Inuyasha se veía realmente afectado ––– Aun ahora, me cuesta detectarte al 100%.
––– yo… ––– Pero como iba explicar ella lo que había sucedido, no lo comprendía ni ella misma. El extraño comportamiento de Sesshomaru, únicamente haría que ellos pelearan y no podía permitírselo. ––– No recuerdo que paso, pero estoy bien.
––– Puede que sea algún tipo de amnesia temporal ––– Concluyo la anciana Kaede, veremos con el tiempo como va evolucionando.
––– El kimono que vestías era muy elegante y caro, puedo suponer que estabas con algún gran feudal de la zona ––– Miroku trataba de atar cabos.
––– No importa, si te lastimaron los acabare ––– Inuyasha había estado callado en una esquina.
––– Enserio chicos, estoy bien. Solo necesito descansar.
Había pasado casi un mes desde que Kagome y Sesshomaru habían tenido ese extraño encuentro, no lo habían visto por ningún lago, pero algo le decía a la chica que estaba cerca, lo podía… sentir. Se sonrojo un poco ante el pensamiento, no entendía como podía sentir al Daiyokai. Se encontraban cerca de una aldea, donde les habían avisado, existía la posibilidad que un demonio estuviera perturbando los sueños del pueblo entero.
La sensación de dos fragmentos de la perla aproximándose rápidamente la saca de sus pensamientos, Koga. El lobo se acercó a toda velocidad al campamento del grupo. Arrodillándose al momento a los pies de su amada.
––– Kagome mi cielo, ya deja a este pulgoso y únete a mi manada ––– Entregando un ramo de rosas a la chica ––– Tus favoritas.
La chica las recibió con una sonrisa, Inuyasha bajo al instante del árbol en que se encontraba, enfrascándose en una pelea como clásicos perros y gatos.
Un Daiyokai observaba de lejos, desde su último encuentro con la azabache no había intentado llevársela, le hervía la sangre quería destrozar a su hermano por estar cerca de la chica y también al maldito lobo que se atrevía a darle flores a su compañera. Nunca lo hubiera imaginado, la chica había estado todo el tiempo frente a él. Por eso su bestia interna se había despertado hace 3 años. Naraku pagaría por haber jugado con el gran señor del oeste.
Le gusta escuchar las conversaciones del grupo, siempre acosando a la chica preguntando si recordaba algo. Él sabía que lo recordaba, al menos esta última vez lo hacía. Tenía que haber alguna manera de hacerla recordar. Una de sus palabras favoritas salió de boca de la azabache.
— Abajo — Inuyasha se estrelló en el suelo al instante, una sonrisa apareció en el rostro del Daiyokai.
— Me preocupé mucho por ti — dijo Koga, tomando las manos de Kagome.
— Estoy bien — soltando las manos del lobo — Estamos en busca de una presencia maligna en el pueblo, ¿sabes algo?
— No he escuchado nada, nuestra manada va camino a las montañas, tenemos unos problemas con unos lobos rebeldes, pero volveré. — robándole un furtivo beso y haciendo gruñir al Daiyokai, estuvo a punto de perder el control y elevar su Reiki demoníaco. Se contuvo.
Observo como el lobo se marchaba, ya arreglaría cuentas con ese insignificante. El resto del grupo continuó con sus activadas cotidianas. La noche cayó y él seguía escondido observando de lejos a la chica. Casi todos dormían cuando divisó al idiota de su hermano marcharse a escondidas, seguro iría nuevamente con esa Miko que huele a muerte y barro. Como cada noche. Sin embargo, esta noche era su oportunidad.
La azabache dormía plácidamente hasta que una energía un tanto familiar se hizo presente. Salió despacio de la bolsa de dormir y se encaminó al bosque. Ella podía sentir como era llamada, mientras más se acerba al lugar sus piernas tomaban velocidad, apartó unos arbustos, sus piernas y su corazón se detuvieron al instante que esos ojos dorados chocaron con sus ojos. robándole el aliento.
