Capítulo 6: Promesa.
Una vez que el cuerpo de Sugaru fue reducido a cenizas, las pupilas de Itachi desvanecieron su color carmesí. Con un movimiento lento y pesado, alzó su mano derecha hasta sus ojos, cubriéndolos horizontalmente mientras dejaba escapar una mueca de cansancio. El dolor en sus cuencas era cada vez más intenso, un recordatorio constante de la carga que conllevaba acceder a tal poder. Sin embargo, no había tiempo para lamentaciones, iba a tener que soportarlo; ya que necesitaba esos ojos para escapar de la aldea.
Cuando la sensación punzante disminuyó un poco, apartó la mano y la observó detenidamente. No paraba de temblarle. Sentía que no se debía solo al agotamiento físico ni a la adrenalina que aún corría por sus venas. Este temblor era diferente, nacía de un abismo más profundo.
Cómo pensó, la muerte de Sugaru no fue suficiente, pero nada lo sería. Porque incluso si segaba mil vidas y apilara cadáveres hasta construir una montaña que cubriera el horizonte, su interior seguiría vacío, deseando haber llegado a tiempo para salvar a Sasuke.
Una corriente de viento helado atravesó la escena, arrastrando consigo las cenizas de Sugaru. Itachi observó con desdén cómo lo que quedaba de ese hombre se dispersaba en el éter. Sin embargo, al hacerlo comenzó a llenarse de furia nuevamente. Antes de darse cuenta, sus ojos colmados de ese desagradable pero conocido sentimiento, encendieron nuevamente el carmesí del sharingan, reflejando la tormenta de emociones que lo consumía.
Cerró su mano en un puño con tal fuerza que sus uñas se clavaron en la palma, perforando la piel. El dolor era real, físico, pero comparado con el tormento interno que lo corroía, era casi insignificante.
Reconoció el grito de dolor resonando en su cabeza.
Deseó poder asesinar a Sugaru nuevamente, torturarlo durante meses, incluso años, hasta que la desesperación del ninja le diera algo de satisfacción. Pero el tiempo apremiaba, y lo que realmente deseaba ya no podía obtenerlo. Con el Amaterasu en su ojo derecho, le otorgó una muerte dolorosa, pero desgraciadamente, efímera. La agonía de Sugaru se disolvió en un instante, mientras la suya continuaba derramándose como sangre fresca de una herida que no cerraba. Tan efímero, tan frustrante, tan injusto.
¿Injusto?
La ironía no se le escapaba: él, que había arrebatado la vida a tantos inocentes dentro del clan Uchiha en la noche, ¿se atrevía a pensar en justicia? La hipocresía lo corroía por dentro, recordándole que su propia moralidad estaba manchada de sangre.
La lucha interna entre su moralidad y sentido de justicia eran evidentes. Se sentía atrapado en un ciclo de violencia y venganza.
Y mientras Itachi reconocía sus pecados, un pensamiento intrusivo, o quizás, una pequeña y lejana voz en su interior, le susurraba enfrentar el cinismo y no intentar engañarse, ya que nada ni nadie en este mundo, valía lo que esa vida para él.
Era egoísta, lo reconocía. Todo lo que hizo, todo lo que sacrificó y todo lo que estuvo dispuesto a entregar, lo hizo por Sasuke. Para que tuviera una buena vida, incluso si su familia llegara a faltarle.
Enfrentaba esa verdad y la aceptaba, sin intentar ocultarla. Porque él no estaba tratando de justificar sus acciones ni hacerlas parecer más nobles de lo que eran. En su lugar, estaba siendo honesto consigo mismo y reconociendo que sus motivaciones no eran siempre puras o altruistas.
Sobrellevar esa cicatriz, el tiempo que estuviese con vida, se iba a convertir en una pesada carga para él. Pero aún existían males que apartar de la villa. Si quería protegerla, no tenía más opción que recoger los fragmentos rotos de su alma, levantarse una y otra vez, y soportarlo. Este sería su karma y último aporte antes de sucumbir a su propia muerte.
¿Lograrían encontrarse en el más allá?
Probablemente no. Porque a diferencia de él, Sasuke seguía siendo puro. Nunca había manchado sus manos con la sangre de otros, ni visto la oscuridad que se escondía en los corazones humanos. Sasuke era lo que él ya no: inocente. Y por eso, Itachi sabía que no podía esperar que su hermano lo recibiera allí donde él iría al morir.
Contuvo el nudo en su garganta. Los dedos de Itachi se movieron lentamente y de a poco, su mano se movió, aflojando la presión que ejercía sobre su palma, unas gotas tibias de sangre cayeron, salpicando la hierba y dejando un pequeño rastro de carmesí sobre las hojas.
Su mirada vacía recayó sobre la máscara que había tomado del subordinado Uchiha que había asesinado antes de encontrarse con Danzo. Con un gesto mecánico, la colocó sobre su rostro, sumergiéndose de nuevo en la identidad de Gozu.
Antes de partir definitivamente de la aldea, tenía un asunto de importancia que resolver y una duda que despejar.
Giró en dirección opuesta y echó a correr mientras que en simultáneo sus manos se movieron con una velocidad precisa mientras creaban los sellos para un jutsu:
—Karasu: Bunshin no Jutsu. — murmuró Itachi, su voz en un susurro, cargada de concentración.
De su cuerpo surgió una parvada de cuervos, como emergiendo de la oscuridad que lo envolvía o como si hubiesen sido conjurados por la misma tempestad. Al principio, sus figuras eran sombras indistintas, pero a medida que se fueron alejando de Itachi, comenzaron a tomar forma clara y sustancia, volviéndose entidades bípedas que volaban en una sola dirección.
Las palabras dichas por Danzo, en su encuentro reciente lo impacientaban, retumbando en su mente como un eco persistente que no podía silenciar. Quería ignorar ese sentimiento que lo abordaba y terminar con todo de una vez, pero internamente sabía que no podría hacerlo. Esa impaciencia que no podía acallar, lo estaba empujando a actuar. Sabía que no podía seguir adelante sin antes comprobar con sus propios ojos, que sus temores eran infundados y que estaba sobre pensando las cosas. Necesitaba esa certeza, esa pequeña garantía de que no quedaba nada más en la aldea que perder.
Los cuervos que había enviado le proporcionarían la respuesta que necesitaba. Así se libraría finalmente de la incertidumbre que lo atenazaba. Una vez que eso sucediera, sabría con claridad que hacer.
A pesar de las inquietudes que surcaban su mente, Itachi continuó corriendo sin apartar la vista del frente, su objetivo era claro: llegar a la torre del hokage.
Salió del resguardo de los árboles en el bosque y atravesó las calles desiertas con velocidad, su entrenamiento permitiéndole moverse con precisión y eficacia. Pasó varias casas antes de que un grupo de agentes especiales lo interceptara en el camino, pero no se detuvo. Estos hombres no representaban una amenaza real; solo una molestia que necesitaba ser resuelta. Sin detenerse ni dejar de avanzar, fue ocupándose de cada uno con eficacia y precisión, su mano moviéndose con la frialdad de un cálculo meticuloso. Los shurikens y kunais que le lanzaban eran esquivados con la facilidad que los devolvía, gracias a la habilidad del sharingan que le permitía anticipar y reaccionar a cada movimiento.
Su traje, sus armas, sus manos, incluso su máscara, cada parte de él estaba salpicada de sangre. Su cuerpo se movió entre sus adversarios, sin mostrar ninguna señal de debilidad o vacilación. Sus ojos rojos, vacíos y sin emoción, reflejaban una calma aterradora, una objetividad impía que solo podía haber nacido de los entrenamientos más rigurosos. No había piedad ni compasión en su mirada, solo una fría determinación que lo impulsaba a seguir adelante, sin importar lo que dejara atrás.
Cuando el último agente cayó al suelo, sangrando por un amplio y profundo corte en el abdomen, intentó arrastrarse hacia su espada con un esfuerzo desesperado. Sus manos temblorosas se extendieron hacia la empuñadura, pero antes de que pudiera alcanzarla, el silbido de un kunai atravesó el silencio, hiriendo la espalda con precisión mortal y poniendo fin a su lucha. El sonido ahogado de dolor que escapó de sus labios fue lo último que se escuchó antes de que su cuerpo se relajara en la fría quietud de la muerte.
Itachi se acercó e inclinó sobre el cadáver, su mirada fría e implacable. Sin prisa, revisó el contenido de la bolsa de armas que el agente llevaba sujeta a la cintura, sus dedos moviéndose con la misma destreza y calma que demostraba en cada aspecto de su vida. Necesitaba reemplazar su propia bolsa, que ya se encontraba vacía después del combate. Encontró varias armas, además de sellos explosivos y bolas de humo, que podrían serle útiles en su futuro inmediato.
Mientras se ajustaba la nueva bolsa a su cintura, Itachi lanzó una mirada breve a la máscara del agente, que yacía en el suelo junto a su cuerpo. La máscara blanca con un triángulo verde en la parte superior y dos líneas negras atravesando verticalmente el orificio de los ojos, parecía un símbolo vacío, una ironía cruel. Un recordatorio de la identidad y la lealtad que el agente había defendido hasta el final.
Apartando la vista de la máscara, Itachi se puso de pie y saltó hacia uno de los techos, alejándose del lugar del combate. Sin un solo titubeo, continuó su marcha, desapareciendo de la escena con la agilidad de un fantasma.
No reconoció al agente, pero sí su máscara. Ese shinobi formaba parte de un grupo nefasto, y había sido uno de los muchos que murmuraban sobre su corta edad cuando Yamato le asignó un casillero dentro del vestuario de Anbu. Tenía apenas 11 años en ese momento, y su juventud fue objeto de dudas y comentarios. Sin embargo, Itachi no prestó atención a esos murmullos. No le interesaba ganar su aprobación.
Más tarde, en el campo de entrenamiento, Itachi había avanzado por la hierba con paso firme mientras el grupo de agentes, incluido aquel con la máscara de franja verde, le lanzaban kunais y shurikens en su camino. El objetivo era claro: poner a prueba su habilidad. Querían ver si era capaz de esquivar los ataques o si sería herido por alguno de ellos. Pero Itachi no se detuvo, ni un solo paso fue torpe. Siguió avanzando y evitó los ataques con tranquilidad inquietante, sin mostrar la más mínima señal de esfuerzo.
Ese hombre y su grupo parecían tener un gusto morboso por hablar entre susurros de los demás. Murmullos cargados de veneno y desconfianza. Sus comentarios furtivos y sus murmuraciones creaban un ambiente de tensión. De ese modo, nacían incontables rumores que dañaban y marginaban a quienes encontraran en el foco. Los rumores se extendían como un veneno, contaminando la mente de los demás y creando una atmósfera de sospecha.
Un blanco de estos rumores había sido Hatake Kakashi, su antiguo superior y uno de los ninjas mas sobresalientes de su generación. Itachi recordaba cómo Kakashi había sido el objetivo favorito por aquellos tiempos, dónde cuestionaban su rigidez y capacidad para liderar. Pero Itachi siempre los vió como lo que eran: comentarios meramente maliciosos que nacían de la envidia y la ignorancia. Kakashi era un ninja leal, e Itachi sabía que ninguno de los rumores malintencionados que circulaban sobre él lograrían desvirtuarlo.
Itachi había oído incontables murmullos sin sentido en torno a su comandante. Pero no fue hasta su primera misión dentro del Anbu, que este hombre y otro agente más, lo detuvieron para decirle directamente que tenga cuidado con Kakashi, ya que el ninja copia era capaz de matar a sus camaradas con tal de cumplir con alguna misión.
Se desvió del camino por una ruta menos transitada, mientras desechaba los pensamientos inútiles e innecesarios que estaba teniendo en ese momento. Ese shinobi, representaba todo lo que Itachi despreciaba: la mediocridad de principios y la falta de visión. No merecía más tiempo en su mente. De allí en adelante, no tuvo problemas para escabullirse, ya que conocía los puntos de vigilancia del Anbu sobre la aldea. Con sigilo cruzó por ellas avanzando con la seguridad de tener trazado en la memoria el camino.
Su figura se desvaneció de ese lugar, dejando atrás un rastro de cadáveres y un silencio pesado. La muerte parecía haberse apoderado del lugar, y el aire cargaba consigo un rastro de sangre que flotaba dispersándose en el éter.
Itachi había matado, pero a diferencia de hace un momento que se cuestionaba su hipocresía, ya no sentía nada, solo una fría indiferencia hacia las vidas que había segado. Lo hizo de manera mecánica, sin vacilación, piedad o remordimiento. No había emoción en su rostro, no había pasión en sus ojos, solo una sensación de vacío y la confirmación de que si fuera necesario, volvería a hacerlo. Su objetivo principal, era salir de la aldea y embarcarse en su nueva misión de unirse a Akatsuki. Una vez que la nube sobre la aldea se disipara, iría a ajustar cuentas con Danzo.
Debía ser fuerte y no sucumbir antes.
Ningún sacrificio personal, ninguna sombra de su humanidad, podría interponerse en el camino que debía seguir.
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El tercer Hokage, Sarutobi Hiruzen, esbozó una sonrisa que combinaba admiración y tristeza mientras miraba a Itachi. — Escabulléndote todo el camino hasta aquí sin que nadie te note. Realmente eres un ninja impresionante. — dijo, poniendo las manos detrás de la espalda en actitud solemne. Su voz era suave, pero llena de emoción, y sus ojos parecían querer ver más allá de la superficie que permitía Itachi, como queriendo descubrir la tormenta interna que guardaba para sí. — Así que, ¿Supongo que determinaste que nadie sería capaz de escucharnos?
—Si. — la respuesta de Itachi, fue fría y directa, mientras se arrodillaba a espalda de Hiruzen, su cabeza inclinada en un gesto de respeto. Su postura transmitía la tensión que lo embargaba.
Hiruzen observó el gesto, sin poder evitar una ligera mueca de dolor al ver la juventud de Itachi despojada de toda esperanza. — Podría decirse que, de alguna manera, defendiste el futuro de Konoha. Pero sigo lamentando que no hayas encontrado otra forma. — su voz se tornó más grave, cargada de melancolía, como si las palabras le costaran más de lo que quería admitir.
El silencio que siguió fue breve, pero lo suficientemente denso como para hacer palpable el peso de las decisiones que ambos sabían, no tenían marcha atrás.
—Lo siento. — dijo finalmente, con voz controlada, pero también vacía. La simplicidad de su disculpa, sin más justificación ni explicación, reflejaba la aceptación amarga de la responsabilidad de sus acciones. No había excusas, solo una verdad que lo perseguiría hasta el final.
—Soy yo quien debe disculparse. — los ojos de Hiruzen se cerraron brevemente al pronunciar aquellas palabras, como si el peso de la responsabilidad lo estuviera aplastando. Ellos siendo adultos, pusieron el peso del futuro de la aldea sobre hombros muy jóvenes. Cuando los abrió nuevamente, sus ojos se elevaron hacia el cielo, donde los primeros destellos del amanecer comenzaban a asomar. — Ya anoté tu nombre en el Libro Bingo como un criminal de rango S. No deberías ser capaz de infiltrarte en la aldea y mucho menos poder llegar hasta mí. ¿Puedes decirme sobre qué querías hablar conmigo para llegar a tales extremos?
—Es sobre mi… — Itachi comenzó a responder, pero fue interrumpido por el Hokage, quien creyó anticipar el resto de la frase.
—Hermano, ¿Cierto? — dijo con una confianza aplastante, como si estuviera resolviendo la última pieza de un rompecabezas.
Hiruzen decidió darle garantías sobre el cuidado del niño. Él en persona iba a encargarse de eso. No podía hacer menos por el joven que detuvo en una noche la guerra civil que emergía y que como pago iba a recibir persecución hasta la muerte. — No necesitas preocuparte. Ese niño no ha hecho nada malo. Cuidaremos de él. Irá a la academia como todos los demás y se le tratará como un ninja de Konoha. Pero… ¿Serás capaz de cargar con todo el odio que él sentirá por lo que hiciste?
Itachi quedó perplejo. De lo que había venido a hablar era sobre su entrada en Akatsuki. Hiruzen había interpretado su mensaje de manera tan diferente a la intención original que no pudo evitar una mueca de incredulidad. Las seguras palabras del Hokage, afirmando con seguridad una realidad completamente distinta, era como mínimo desconcertante.
¿Cómo podía el Hokage estar tan equivocado sobre lo que realmente sucedía?
Con una mezcla de frustración e incredulidad, Itachi levantó la vista del suelo y buscó la mirada del Hokage. Hiruzen que giró para hablar con él directamente, le devolvió una mirada sin la más mínima sombra de engaño.
Era triste para Itachi, comprobar lo que ya suponía. El Hokage recibía información, pero ésta le llegaba incompleta o manipulada.
Danzo, siempre calculador, se aseguraba de proporcionarle solo lo que era conveniente para él y sus intereses. Todo lo referente a los movimientos de Raíz, se iba diluyendo hasta llegar al líder de la villa.
Pero en algún punto, Itachi sintió que este razonamiento no le cuadraba del todo. La noticia de que él había acabado con el clan, así como el trato hecho que indicaba que Sasuke era el único que quedaría con vida, era algo de lo que Hiruzen estaba al tanto. El tercero no aprobaba la masacre del clan, pero en contraparte, estaba muy enterado del acuerdo hecho con Danzo, aceptándolo sin dudas ni cuestionamientos de por medio.
Una creciente molestia surgió dentro de Itachi, como un fuego que le quemaba las entrañas. Sintió una presión en su pecho, y sin poder evitarlo, su mano se cerró en un puño apretado sobre el suelo. De este modo, podría camuflar mejor su reacción, la incomodidad que lo invadía, para que el Hokage no notara lo que se escondía en sus ojos, lo que se retorcía dentro de él.
Hiruzen, como líder de Konoha, siempre trató de gestionar los asuntos de la aldea con diplomacia, buscando la paz a través del entendimiento y el compromiso. Danzo, por otro lado, operaba en las sombras, manteniendo esa paz a través de medidas drásticas y la eliminación de cualquier amenaza.
Ambos funcionaban como la luz y la oscuridad de la aldea, sin embargo, no existía equilibrio verdadero entre ellos. Mientras Hiruzen buscaba mantener el bienestar general, Danzo actuaba según su propio juicio, adquiriendo poder sobre las decisiones del mismo Hokage.
Los consejeros escuchaban las propuestas de Danzo y las aceptaban sin cuestionarlas, tachándolas como la mejor opción para la preservación de la aldea. Incluso Hiruzen, muchas veces, se veía obligado a seguir sus directrices, presionado por los funcionarios a su alrededor. Itachi había sido testigo de esto en varias ocasiones, especialmente cuando se discutían los informes de monitoreo sobre el clan Uchiha.
El interior de Itachi se sacudió ante el pensamiento.
Acabar con su propio clan y convertirse en criminal, fue el precio que eligió pagar por evitar una guerra civil en la aldea y protegerla de las amenazas externas. Pero ahora, se daba cuenta de que no podía marcharse en paz.
Aunque ahora era un criminal de rango S, eso no tenía importancia. En su corazón, siempre sería Uchiha Itachi de Konoha, y como tal, le inquietaba pensar que esa oscuridad seguía moviendo sus hilos en la aldea.
Era claro que Hiruzen no podía detener o controlar a Danzo. Entonces, ¿Qué sería de la aldea? El Hokage parecía más una hoja arrastrada por la corriente, incapaz de frenar el avance del viento nocturno. No obstante, si él no podía contra esa densa oscuridad, Itachi mismo se ocuparía de eliminarla.
La mirada de Hiruzen pasó del entendimiento a la tristeza en cuestión de segundos. Comprendió que sus palabras habían sido erradas.
—Asique… — el Hokage no se atrevió a decir lo que pensaba en voz alta, tragando amargamente mientras desviaba el rostro hacia el frente, luego, preguntó con cautela: — ¿Él dio esa orden? — por alguna razón, siendo amigo cercano de Danzo, no sintió correcto mirar a Itachi a los ojos.
—No. Un agente actuó por cuenta propia.
Hiruzen dio paso a un breve silencio, asimilando la revelación. Esa noche habían ocurrido muchas atrocidades y la firma de Danzo estaba marcada en cada una de ellas.
—Itachi, no creo que hayas venido hasta aquí a cobrar venganza conmigo. — dijo el Hokage, sosteniendo el gorro con las iniciales de fuego que se movió levemente con el viento. La brisa fría acarició su rostro, pero sus palabras no tenían la misma calidez que antaño. — ¿A qué has venido realmente? Tu visita no es para hablarme sobre Danzo, ¿Me equivoco?
Itachi se percató del inusual poder de percepción del Hokage, tan agudo como el mismo Sharingan. Pero, al mismo tiempo, esa habilidad le causó desprecio.
Si Hiruzen era tan dotado para leer los pensamientos de otros, entonces, ¿por qué no pudo haber encontrado una forma de cooperar con el Clan Uchiha? Realmente tenía la urgencia de presionar al hombre sobre el tema, pero sabía que no haría ningún bien seguir pensando en eso.
—No se equivoca. — respondió sinceramente.
Si bien era cierto que tenía asuntos sin resolver con Danzo, lo que realmente lo había llevado hasta allí, era transmitirle información sobre una nueva amenaza que comenzaba a gestarse en las sombras. Sin embargo, los pensamientos de Itachi fueron interrumpidos por la voz del Tercer Hokage.
—Hm, entiendo. Primero, déjame decirte que no necesitas preocuparte por Danzo. Ha sido formalmente despedido como concejal, y también le ordené disolver Raíz.
—¿Acatará órdenes dócilmente? — preguntó Itachi, conociendo perfectamente bien el tipo de persona que era Danzo. Que una orden detenga a ese hombre, era sencillamente imposible de pensar.
—Ya ha dimitido como concejal. Raíz será disuelta en la superficie. Pero no puedo negar la posibilidad de que la esté cultivando en secreto en algún lado. Le ordené a las unidades que estaban monitoreando al Clan Uchiha que ahora lo vigilen a él.
Ya no había ninguna necesidad de monitorear al Clan.
Hiruzen dijo esas palabras sin saber que ellas eran un recordatorio de la pesadilla que él mismo había creado.
Itachi asintió en silencio, pero las palabras del Tercer Hokage lo atravesaron como un filo inesperado. No era un dolor especialmente agudo, pero sí lo suficientemente frío como para desarmarlo por un instante. Nunca imaginó que el Hokage se expresaría con tanta soltura sobre el clan, casi con indiferencia.
—Siento que tengas que cargar con todo esto, eres tan joven. También lamento lo de tu hermano.
Itachi apretó los dientes y se tragó la molestia que le generaban esas palabras portadoras de lástima. Si estaba allí de rodillas para informar algo, era únicamente para proteger la aldea, no para ser objeto de consolaciones.
—¿Qué harás ahora? — preguntó directamente el Hokage, con la mirada fija en él.
—Hay una organización en la que estoy interesado.
—Entonces, ¿Te unirás a ellos?
—Si. Así estaré cerca de ese hombre, como prometí. Los vigilaré desde adentro y si parece que van a entrar en acción, haré lo que tenga que hacer para detenerlos.
—¿Esto era lo que querías informar?
—Si.
—Incluso al dejar la aldea, aún eres un ninja que ama la paz, ¿hm?
Itachi sintió que, a pesar de todo, aún era un ninja de Konoha, incluso en ese momento. La aldea era su hogar. Aún si quisiera abandonarla u odiarla por considerarse más valiosa que la vida de Sasuke, siempre quedaría una parte de él que amaría esa paz que había intentado proteger.
—Bien, vete ya. Dejaré la situación de la barrera tal y como está. Esa es mi promesa para ti. — el rostro del Hokage se ladeó, para mirar a Itachi significativamente. Confiaba en que el chico lograría leer entre líneas.
Itachi entendió claramente que eso significaba que podría entrar y salir de la aldea usando los sellos que ya conocía. La principal razón de esta promesa radicaba en hacer más sencillo el trabajo de proporcionarle información de la nueva organización criminal al Hokage. Sin embargo, Itachi no creyó que Hiruzen estuviese dispuesto a entregar a Danzo, aunque encontraba en este acuerdo una brecha tentadora y difícil de ignorar.
—Recuérdame una última vez, ¿Cuál era el nombre de esta organización?
—Akatsuki.
Itachi se levantó y giró para irse, sin embargo, dio unos pocos pasos antes de detenerse completamente. Algo lo había hecho vacilar.
El Hokage lo notó al instante, reconocía la incomodidad en la postura de Itachi. Ese comportamiento no era propio de alguien con la determinación de ese niño.
—Al parecer algo más está inquietándote, ¿Qué es?
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Fin del capítulo 6.
Quizás sea confuso el capítulo en la parte donde Itachi y Hiruzen hablan, por eso dejo este pequeño resumen:
Itachi ve al Tercer Hokage, con una mezcla compleja de sentimientos. No lo percibe como un villano, pero sí como alguien que representa las fallas sistémicas de Konoha.
Esto podría resumirse en los siguientes puntos:
1).Admiración y decepción combinadas:
Itachi respeta la experiencia y los ideales de Hiruzen, como su deseo de paz y diplomacia. Sin embargo, siente que estos ideales se ven socavados por su incapacidad para actuar con firmeza frente a las manipulaciones de Danzo y los consejeros. Este contraste hace que lo vea como alguien que, aunque bien intencionado, es incapaz de llevar a cabo sus propios principios en la práctica.
2).Hipocresía percibida:
Desde la perspectiva de Itachi, Hiruzen parece lamentar la masacre del Clan Uchiha y mostrar empatía por él y Sasuke, pero esa empatía no se traduce en acciones concretas que enfrenten la raíz del problema. Hiruzen acepta las decisiones de Danzo y los consejeros casi con resignación, y esto podría interpretarse como hipocresía: proclama querer paz y justicia, pero permite que las sombras de Konoha actúen con impunidad.
3).Falta de liderazgo y endeblez:
Itachi nota que Hiruzen carece del poder para controlar a Danzo y su influencia. Lo ve como alguien arrastrado por la corriente, incapaz de detener la oscuridad que se infiltra en la aldea. Esto debilita su figura como líder y lo muestra como una sombra de lo que debería ser un Hokage.
4).Tristeza y comprensión hacia Hiruzen:
A pesar de sus fallas, Itachi parece comprender la posición de Hiruzen. Sabe que el Hokage también está atrapado en las estructuras políticas de la aldea y que no siempre puede actuar como quisiera. Sin embargo, esta comprensión no mitiga su frustración, especialmente cuando ve las consecuencias de esa debilidad en las vidas que se han perdido.
En resumen:
Itachi en esta hostoria, ve al Hokage como un líder atrapado entre sus ideales y la realidad política de Konoha. Lo respeta, pero también lo percibe como endeble y, en cierto grado, cómplice pasivo de las tragedias que han sucedido. Esa mezcla de respeto, decepción y comprensión amarga define su visión de Hiruzen.
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Bueno, eso sería todo. Me gustaría conocer tu opinión al respecto, asique si lo deseas, me dejas un comentario para leerte y saber si te está pareciendo confuso, frustrante o te va gustando.
¡Nos leemos en el siguiente!
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