Capítulo 7: El precio del conocimiento.
Sintiéndose observada, Sakura giró la cabeza, escudriñando los alrededores con una mezcla de curiosidad y temor infantil. Su mirada inocente recorrió cada rincón con la esperanza de ver a Itachi, sin embargo, estaba sola en ese lugar. Sus pupilas decayeron a la par de sus ilusiones.
Respiró profundamente, intentando calmar la agobiante sensación de ansiedad que la perturbaba. Pensó en lo que había descubierto en la mañana y que ansiosamente quería contarle a Itachi.
Su corazón latía con la esperanza de verlo aparecer en cualquier momento, pero el tiempo transcurrió con una velocidad pasmosa y el cielo se hizo cada vez más oscuro. Las estrellas hace mucho habían aparecido y comenzado a brillar con intensidad en lo alto. Ella seguía esperando inmóvil, su mirada fija en el horizonte, su determinación no se debilitaba.
Luego de permanecer por horas allí, sus pies finalmente se movieron, llevándola con pasos lentos de regreso a su casa. La tranquilidad del barrio la envolvía, pero una parte de ella seguía sintiendo que algo no estaba bien.
Era momento de regresar y rendirse, sin embargo, en su interior aún bullía la ilusión de poder contarle lo que había escuchado a su amigo.
La niña frunció el ceño, su rostro reflejando la frustración que la consumía. Hacía tiempo que no veía a Itachi, y la incertidumbre la estaba devorando. Solo conocía su nombre, y esa carencia de información la hacía sentir desesperada, porque la dejaba con la única opción de esperar en el mirador, impotente. Un presentimiento oscuro se cernía sobre la aldea, y Sakura temía que su amigo estuviera en peligro, herido o peor.
La brisa de la madrugada soplaba con aire más frío y el rocío cubría los techos de las casas como una capa de cristal. En ocasiones, gotas pequeñas caían de los tejados, mojándola. Vestía ropas ligeras, porque al salir de la casa, el sol estaba en su punto más alto. Sin embargo, solo frotó sus brazos para calentarlos un poco. El frío era el menor de los problemas para su mente asediada.
En su cabeza, Sakura repasaba una y otra vez cada palabra, decidida a no olvidar ni un detalle.
En la mañana, se había escondido en un armario para evitar la reprimenda de su tutora, que la buscaba con insistencia. Sin embargo, su intento de evasión se convirtió en algo más cuando, por accidente, escuchó una conversación entre la Kunoichi y un shinobi desconocido que había llegado sin previo aviso.
Por miedo a que el regaño sea aún mayor, se quedó inmóvil en su escondite, para evitar cualquier sonido que pudiera delatarla. La voz masculina hablaba con autoridad, informando a Junko sobre una misión que requería su atención. Luego de un breve silencio, el hombre explicó cómo se dividirían en grupos para cubrir diferentes áreas.
Junko escuchó atentamente antes de hacer una pregunta que hizo que el corazón de Sakura se detuviera momentáneamente: — ¿Qué pasa si Uchiha Itachi es incluido en el Libro Bingo?
"¡¿Itachi?!"
Solo al escuchar ese nombre, Sakura prestó real atención a lo que estaban hablando e intentó comprender. La conversación que antes parecía lejana, ahora la concernía directamente.
—Arresto, juicio y ejecución; o deserción, persecución y ejecución. Ambos panoramas acaban en muerte para él. — respondió el ninja con voz glacial.
La niña sintió un escalofrío recorrerla. La palabra "muerte" resonó en su mente. Su corazón latió con ansiedad.
Aunque Sakura escuchaba atentamente, su edad y experiencia limitaban su comprensión. Sin embargo, estaba decidida a ayudar a Itachi. Decidió compensar la desventaja, memorizando cada palabra, cada frase dicha, con la esperanza de que algo fuera útil.
Su corazón se comprimía de angustia, mientras recordaba su visita al mirador, porque había esperado verlo y contarle todo lo que recordaba, y de ese modo, lograr ayudarlo aunque sea un poco. Pero por más que esperó por un milagro, no lo vió llegar.
Ellos lo llamaban criminal, pero a pesar de no tener certezas, Sakura decidió no creer en esas palabras. No le importaba, de hecho. Ella tenía su propio juicio acerca de él, y no iba a dejarse influenciar por las palabras de quienes seguían órdenes como canes entrenados.
Pero ya siendo de madrugada, lo más seguro era que su aviso fuera en vano. La idea de que podrían estar peleando contra él, surcó su mente, invadiéndola de preocupación. Los pasos de Sakura se detuvieron en seco, sacudiendo la cabeza de lado a lado para evitar pensar de forma negativa. Cuando se encontró más calmada, exhaló profundamente y observó hacia el frente. Contrario a ella, se alzaba la casona a la que se obligaba a llamar hogar.
Mientras observaba la fachada lujosa, Sakura pensó que hacer. Sentía el fuerte sentimiento de continuar y no dejar que las cosas terminaran del modo que ese hombre dijo.
Sakura se preparó para enfrentar dos posibilidades:
La primera, una fuerte y gélida reprimenda por haberse escapado sin permiso y vuelto en la madrugada. La segunda, una casa vacía a razón de la misión que recibió ese día su tutora y compañía.
Sakura desvió su mirada hacia un costado de la casa, su corazón latiendo con determinación. La idea de no rendirse la impulsaba hacia adelante. Tomó un profundo suspiro, aceptando cualquier destino que la estuviera esperando del otro lado.
Con sigilo, se dirigió hacia la pequeña ventanilla del baño en la planta baja. Habitualmente, utilizaba las ventanas del comedor o la de su habitación, pero esta vez, su instinto le dictaba cambiar de ubicación. Sin saber por qué, sintió la necesidad de obedecer ese impulso.
Se deslizó dentro con cuidado, evitando cualquier ruido que pudiera delatar su presencia. Con precisión, Sakura saltó desde la altura de la pequeña ventanilla, y aterrizó suavemente en el suelo del baño.
El aterrizaje fue perfecto.
Giró la cabeza, evaluando su maniobra con ojo crítico. No hubo sonrisa, ni gesto de triunfo, porque ese pequeño logro estaba muy por debajo del objetivo que ansiaba conseguir.
La meta de Sakura era clara: convertirse en ninja lo antes posible para escapar de esa opresiva casa que compartía con extraños. Decían que las misiones entrañaban riesgos constantes, pero estaba dispuesta a enfrentarlos para volverse fuerte, y dueña de sus decisiones y destino. Pero había algo más que la impulsaba: la esperanza de compartir alguna misión con su amigo. En ese tiempo creyó, que con algo de suerte, algún día podría suceder.
Al pensar en eso, los ojos de Sakura decayeron pensativos. La vida parecía empeñada en arrebatarle los pocos momentos de felicidad que lograba encontrar.
Se acuclilló para quitarse los calzados de los pies, pero sus manos se detuvieron en plena tarea. Apartándolas, dejó de lado la idea de quitarse las sandalias, y miró alrededor con una mescla de desapego y rechazo.
Esa casa era donde vivía desde que tenía memoria, pero no era más que un lugar para comer y dormir. Paredes vacías que veían circular agentes de distintos rangos como si fuese un cuartel más de la aldea.
—No es mi hogar. — susurró, su voz apenas audible.
Por ello, ¿Qué sentido tenía quitarse los calzados y seguir esa norma?
Dejándose las sandalias puestas, se puso de pie y apartó de su mente las trivialidades que la distraía. Ese no era su hogar, ni la gente de allí, su familia.
En este camino, Sakura había encontrado un respiro en la oscuridad. Una oleada de calma que iluminaba su vida monótona, rodeada de soldados distantes y personas con empatía fugaz.
"No quiero perder eso también."
No iba a lamentarse, ni permitir que las lágrimas la consumieran. En el pasado, su llanto no trajo de regreso el espíritu de sus padres ni conmovió a alguien. En cambio, expuso su debilidad infantil, provocando molestia y desdén entre los agentes que la rodeaban. Por mucho tiempo permaneció esperando y todo siguió igual. Pero ahora, era momento de dar un giro a su vida estancada y mostrar fortaleza.
¿Qué debería hacer primero?
Pensó mientras nacía la idea de ir a su habitación por una mochila grande, llenarla con cuánta arma encontrara en la casa y escabullirse de salida. Ella no sabía usar bien las armas ninja, pero estaba segura que Itachi sabría que hacer con ellas y le serían de mucha ayuda.
Con un objetivo claro, Sakura se giró para salir del cuarto de aseo. Tomó el pomo de la puerta mientras a su mente llegaba el recuerdo de haber escuchado de ese shinobi, mencionar el gran número de agentes convocados para la misión. Un destello de esperanza iluminó su rostro.
"Tengo que empezar por allí." pensó con entusiasmo renovado. Si encontraba a esos agentes, quizás también a Itachi.
La mente de Sakura quedó en blanco abruptamente, cuando abrió la puerta por completo. El sentimiento de alarma que había desaparecido momenteneamente, regresó intensificándose al sumergirse en la penumbra que la recibió del otro lado. Se inquietó con lo que veía, porque las luces siempre estaban encendidas en la casa, por ser un lugar concurrido. Sin embargo, ahora reinaba un silencio sepulcral.
Con las pupilas dilatadas, Sakura escudriñó hacia ambas direcciones del pasillo. La ausencia de ruido y movimiento la inquietaba. "Junko está en la misión", pensó, "Pero… ¿Dónde están los demás?" la pregunta resonó en su mente como un grito de alarma, y una sensación de desasociego se apoderó de ella. No encontraba posible, que todos hubieran sido convocados para la misma misión.
Sakura juntó valor para atravesar la distancia que la separaba de llegar a su habitación. Con paso cauteloso y con los sentidos agudizados, avanzó adentrándose en la oscuridad que parecía cerrarse sobre ella. Los ojos claros, comenzaron a acostumbrarse a la penumbra, pero eso resultó ser mas inquietante todavía, porque las sombras, cual serpientes negras, se deslizaban por las paredes, jugando con sus reflejos y haciéndole sentir mucho miedo.
Mientras avanzaba, podía sentir el golpeteo de su corazón, estaba tan acelerado que hasta le costaba respirar con normalidad, sus manos temblaron ligeramente mientras se aferraba a la determinación adquirida, su único refugio.
Al llegar al final del pasillo, Sakura se enfrentó a una disyuntiva: escapar por la puerta principal o adentrarse en la oscuridad de la sala para subir a su cuarto. La sala de estar, normalmente iluminada y concurrida, se había transformado en un mar de oscuridad y obstáculos. Los sillones y armarios se alzaban como sombras impenetrables, y la mesa de cristal brillaba como un espejo oscuro.
La disposición de la habitación no ayudaba: la puerta principal a la izquierda, la escalera a la derecha. Para subir, tendría que esquivar los muebles, y la oscuridad parecía multiplicar los riesgos.
Mientras se debatía internamente, Sakura se distrajo con el mechón rosado que cayò sobre su frente. Lo apartó con un movimiento automático, como si su mente estuviera demasiado ocupada en sopesar los riesgos que la rodeaban.
Los cortos cabellos de Sakura se mecieron, cuando comenzó a correr hacia el lado que la llevaría a la planta alta. A pesar de la intranquilidad que la consumía, se obligó a ser valiente.
Una voz conocida, resonó en la penumbra:
—Sakura.
El corazón le dió un vuelco y sus pies se detuvieron en seco. Se giró y buscó en la oscuridad, a la familiar voz que la llamaba.
Pudo ver mejor a Junko, cuando la mujer corrió un poco la cortina, dejando que la luz del exterior se filtre. Al revelarse su figura reposada sobre el marco de la ventana, Sakura pudo observar que vestía un traje inusual en tonalidades negro y gris. Sus ojos grises, que habían estado observando con desdén hacia afuera, se volvieron hacia Sakura con una expresión indescifrable.
El pie de Sakura retrocedió instintivamente al encontrarse con la mirada de Junko. La posibilidad de que la Kunoichi la hubiera estado observando desde su llegada a la casa la envolvió en un escalofrío.
Esa acción, no pasó desapercibida para Junko, quien estudió la postura cautelosa de la niña. Sus ojos grises descendieron y mostraron interés en un punto en particular.
—Sakura, ¿ya no muestras buenos modales? — dijo Junko con voz suave. Ese tono, no logró disminuir la ominosa sensación que flotaba en el aire.
Siguiendo la línea de visión, la niña bajó la mirada, fijándose en sus sandalias puestas. Su corazón latía con agitación, mientras su mente clamaba advertencias.
—¿Qué debes hacer cuando entras a un hogar, Sakura? —preguntó la kunoichi, su tono suave pero cargado de intención. Luego, sin esperar una respuesta, añadió con una leve sonrisa: —Mi niña, muestra respeto.
Junko estaba sentada con una actitud relajada, sin un atisbo de hostilidad en su rostro. A simple vista, no parecía una amenaza, pero para Sakura, su presencia era como una montaña inamovible. Sentía un peso invisible, aplastante, que parecía emanar de la mujer y recaer directamente sobre sus hombros, doblegando su voluntad sin necesidad de palabras duras ni gestos intimidantes.
Sakura bajó la mirada, incapaz de sostener el contacto visual. Su pecho subía y bajaba con respiraciones superficiales, casi temblorosas, como si el aire en la habitación se hubiera vuelto demasiado pesado. No era algo que Junko estuviera haciendo, sino lo que representaba: una fuerza imponente, una autoridad inalcanzable.
Cada segundo que pasaba frente a ella no hacía más que recordarle lo pequeño que era su mundo en comparación con el de la kunoichi. Se sentía débil, como si estuviera de pie al borde de un abismo que separaba sus habilidades, su experiencia, y su valor.
Sin esperar a que Junko le diera la orden, Sakura se movió y, con movimientos vacilantes, se inclinó hasta quedar sentada sobre sus rodillas. Sabía que era lo que Junko quería y esperaba que eso fuera suficiente para calmar la tensión en el aire. Su corazón latía con fuerza, como un tambor oculto tras un muro de piedra.
Mientras el frío del suelo le helaba las piernas, algo en su interior seguía resistiéndose. No quería quedarse allí, quieta y asustada, pero no sabía qué más hacer. Si podía ganar un poco de tiempo, tal vez encontraría algo que la ayudara a escapar. Sus ojos, apenas levantados, se movieron con cuidado, buscando entre las sombras algo que pudiera servirle. No sabía qué buscaba exactamente, solo que no quería estar allí más tiempo del necesario.
Decidió no quitarse las sandalias, a sabiendas que ese acto no apaciguaría el tono de la reprimenda. Además, necesitaba mantenerlas puestas; si surgía una oportunidad de escape, no podía perder ni un segundo.
Respiró lenta y cuidadosamente, llenando sus pulmones con el aire pesado de la habitación. Cerró los ojos por un instante, tratando de prepararse. No sabía qué esperar, ya que su desobediencia nunca había llegado tan lejos. Su mente era un torbellino de miedo e incertidumbre.
Junko, satisfecha con el acto de sumisión de su niña, dejó escapar una ligera pausa antes de continuar.
—Hay algo que necesito que me digas, Sakura. — su tono permanecía tranquilo, como si la pregunta no tuviera mayor peso, pero sus ojos brillaban con interés, como si pudieran atravesar cualquier mentira. — ¿Has entrado de este modo porque creíste que no estaría aquí?
Sakura permaneció inmóvil, con los labios sellados y las manos temblando apenas, como hojas sacudidas por un viento suave. Intentaba con todas sus fuerzas no traicionarse, ni dejar que el miedo que la invadía se reflejara en su exterior.
—En ocasiones, el silencio dice las cosas con mayor claridad. ¿Lo sabías? —comentó Junko, dejando flotar en el aire la sutil amenaza. Mientras hablaba, su mano se alzó y movió con gracia para apartar un mechón de su cabello corto detrás de la oreja, un gesto simple pero que parecía calculado, como si todo en ella estuviera bajo control.
El comentario de Junko se deslizó como una serpiente, enredándose en los pensamientos de Sakura. Cada segundo de silencio se sentía más pesado, como si estuviera cavando su propia tumba con cada palabra que no decía.
—Sé que esta mañana escuchaste a escondidas información clasificada. — afirmó Junko, con certeza. El leve respingo de Sakura, de apenas un movimiento en sus hombros, fue suficiente para confirmar lo que la kunoichi ya sospechaba. — Eres tan hábil escabulléndote… — murmuró Junko para sí, con un dejo de ironía, mientras su mente volvía al momento en que la niña había logrado evadirla no una, sino dos veces durante la mañana.
Eso era un problema grave. La información que aquel shinobi le había confiado era delicada y confidencial. Eran asuntos destinados a permanecer en las sombras. Y aunque Sakura fuera solo una niña, el riesgo seguía siendo inaceptable. El Hokage, aunque esporádicamente, solía visitar a Sakura como parte de sus obligaciones; y Junko no podía permitir que algún detalle de lo que había escuchado llegara a oídos equivocados, ya fuera por accidente o por ingenuidad, las consecuencias serían irreparables. Resolver este dilema, requeriría más que una simple advertencia.
Junko dejó escapar un leve suspiro, apenas audible, antes de romper el silencio:
—Al principio tenía dudas. Pero verte entrar con tanta confianza a la casa, y además con los calzados puestos, me confirmó que no me equivoqué. — se inclinó levemente hacia adelante, su sombra proyectándose sobre Sakura, como si intentara verla mejor a través de la penumbra. — Ahora, dime claramente, Sakura: ¿qué recuerdas de todo lo que escuchaste en la mañana?
Sakura no levantó la vista. Sus manos, pequeñas y tensas, descansaban sobre sus muslos mientras luchaba por mantener la compostura. Intentar descifrar el estado de ánimo de Junko era un juego peligroso. No hacía falta mirar para sentir el peso de su presencia. La mujer podía ser tan calmada como un lago al anochecer, pero esa calma solo servía para ocultar una tormenta en ciernes.
Su mirada, temerosa de cruzarse con la de su tutora, vagó por la habitación, escudriñando con cautela entre las sombras. Por un momento se detuvo en la línea de luz que se filtraba por una rendija de la ventana, trazando una franja perfecta sobre el suelo. Sus ojos continuaron hasta detenerse en un jarrón blanco, decorado con delicadas flores doradas, un contraste que parecía fuera de lugar en un ambiente tan tenso.
Sin darle tiempo a responder, Junko rompió el silencio nuevamente, reformulando la pregunta. Había algo con mayor importancia que saber. — Más importante aún… —su tono afilándose como una hoja oculta bajo su aparente calma. — ¿dónde has estado metida todo este tiempo? — la interrogante era más que una simple curiosidad: necesitaba saber si Sakura se había reunido con alguien, otro niño o incluso un adulto a quien pudiera haberle contado algo de lo que escuchó. Cada cabo suelto representaba un potencial riesgo.
—Fui al mirador. —la voz de Sakura era baja, casi un susurro, pero lo suficientemente firme como para resonar con sinceridad. — Estuve allí todo ese tiempo.
Junko ladeó ligeramente la cabeza, observándola como un halcón. Las palabras de Sakura eran honestas, pero sus ojos, transparentes como el agua, dejaban entrever algo más, una omisión. Había aprendido a leer a su niña; Sakura podía callar palabras, pero su lenguaje corporal hablaba mas de lo que deseaba.
—¿A qué fuiste y por qué te quedaste tanto tiempo? —La pregunta cortó el aire con precisión.
Sakura apretó las manos sobre la tela de su pantalón, su mirada fija en algún punto indeterminado del suelo. La cuerda invisible que las unía se tensaba más con cada segundo de silencio. Los motivos estaban claros en su mente, pero era algo que no quería compartir.
—¿Qué sucede, Sakura? ¿Por qué tienes esa expresión? — la voz de Junko suavizó apenas el filo de sus palabras, dejando entrever algo cercano a la preocupación. Sus ojos eran un enigma, oscilando entre un vacío opaco e inerte y una calidez aparente que resultaba inquietante.
Sakura tragó saliva. Su expresión no era otra cosa que un reflejo de su caos interno. Quería entender lo que estaba ocurriendo, deshacerse de esa frustración que la estaba devorando y, más que nada, encontrar la forma de ayudar a su amigo.
"Pero ellos tienen órdenes de perseguirlo." El pensamiento volvió a ella, un eco implacable que rebotaba en cada rincón de su mente.
—Solo responde, ¿Bien? — la instó con voz suave, tan delicada como una caricia. Su sonrisa, medida y perfecta, imitaba la ternura de una madre amorosa. Junko conocía bien el arte de disfrazarse: era una intérprete magistral, capaz de ocultar su verdadero propósito tras una fachada compasiva.
Pero Sakura apenas escuchó el eco de su voz. Los pensamientos dentro de su mente se arremolinaban como un torbellino, caóticos e inconexos, empujándola hacia el borde de un enojo silencioso. Era un enojo dirigido solo a sí misma.
¿Qué hacía allí, de rodillas, mostrando debilidad? ¿Dónde había quedado el valor que tanto deseaba tener?
Inspiró profundamente, tragándose el miedo como si fuera una espina que se negaba a desaparecer. Sus piernas temblaron, sin embargo, una pequeña, pero creciente decisión, comenzó a encenderse dentro de ella, como una chispa dispuesta a prender fuego a su cobardía. Comenzó a levantarse lentamente, cada movimiento era una pequeña rebelión contra la opresión invisible que sentía, un paso y afirmación hacia la kunoichi que deseaba ser.
Era solo una niña temerosa bajo la sombra de su tutora, pero buscaba encontrar su propia voz para trazar su camino.
Por mucho que el miedo le atenazara el pecho, por mucho que la voz suave de Junko ocultara amenazas que no lograba descifrar, Sakura sentía la necesidad de hablar. Era una necesidad que nacía del vacío de no saber, de la angustia que la mantenía despierta y el peso insoportable de su silencio. Si no encontraba el valor ahora, ¿cuándo? Si no lo intentaba, ¿quién lo haría por ella?
Su mente le gritaba que guardara silencio, pero su corazón martillaba con fuerza. No importaba cuán pequeña fuera su voz frente al muro que representaba Junko; tenía que intentarlo, necesitaba saber.
—¿Por qué quieren hacerle daño? — murmuró al fin, con un hilo de voz que, aunque débil, llevaba en su interior la firme voluntad de hacerse oír. — ¿Qué crimen cometió Itachi, para que raíz lo persiga hasta la muerte? — preguntó Sakura, sin rodeos. No sabía que era Raíz, solo estaba repitiendo lo que había oído en la mañana.
Por primera vez, el semblante de Junko mostró un pequeño atisbo de sorpresa. Su mirada, antes tranquila y calculada, se endureció por un instante, como si estuviera evaluando cada palabra, cada gesto de Sakura.
Con lo dicho, Junko confirmó, que ella había escuchado mas que suficiente. Pero había algo más que captó su atención: — ¿Conoces a Uchiha Itachi? — preguntó finalmente.
Sakura no respondió. Permaneció en silencio, con los labios sellados y la mirada fija. Su expresión lo decía todo: no pensaba decir una palabra más sin obtener su respuesta primero.
Junko la observó con una mirada indescifrable, evaluando la determinación con la que aquella niña se mantenía firme frente a ella. Era extraño, pero había en Sakura una fortaleza que sobresalía entre el miedo y la fragilidad de su cuerpo pequeño.
Luego de un momento, la kunoichi apartó la vista, soltando el aire lentamente, como si estuviera sopesando una decisión.
Un silencio pesado se instaló entre ambas, como si cada segundo midiera la distancia invisible que las separaba.
Finalmente, Junko habló. Sus palabras eran claras, directas, como el filo de una espada que corta sin compasión.
—Como escuchaste, es cierto que van a poner su nombre en el Libro Bingo, pero eso será solo si Itachi logra escapar de la villa. La realidad es que: todo fue dispuesto para que no lo consiga. Agentes de Raíz están esperando para asesinarlo apenas termine la misión que le fue encargada.
Junko no se anduvo con rodeos, pronunciando la verdad con una crudeza que solo una persona como ella podía manejar.
—Quizás no sepas lo que significa, pero tu amigo es un "genocida".
Sakura permaneció en silencio, el semblante pálido y rígido. No entendía el significado exacto de la palabra, pero sabía que se trataba de algo malo.
El rostro de Junko se volvió hacia la ventana, observando cómo el amanecer comenzaba a asomar. Ya era hora de ponerse en marcha.
—Esta noche, mucha gente murió a manos de Uchiha Itachi, pero a él no le importó.
Sakura seguía el movimiento de los labios de Junko mientras ella miraba hacia afuera con cierto interés.
—Pero aquí estás tú, intentando defender a alguien que no tendría problemas en blandir su espada en tu contra, si esa fuera su orden. — Junko se detuvo un momento, como si reflexionara sobre sus propias palabras. — Pero no puedo juzgarlo, porque es lo que hacemos en Anbu: aceptamos las misiones difíciles y las realizamos.
Soltando la cortina, se irguió y se puso de pie. Volvió sus ojos grises hacia Sakura.
—Has quedado muy impactada y lo entiendo. Realmente, quisiera que pudieras imaginar la gran desgracia que estuvo a punto de acaecer. — la actitud de Junko seguía siendo serena, pero ahora hablaba con una sinceridad y gravedad que reflejaba la importancia de lo que había sucedido. —Logres comprenderlo o no, esa es la respuesta que me haz pedido y te la entregué sin falsedades ni omisiones. La verdad es que esta noche, se detuvo una guerra civil. La sangre que se derramó fue necesaria para evitar un baño de sangre mayor. Fue un sacrificio necesario.
Incorporándose, Junko extendió su brazo izquierdo hacia Sakura y la invitó a acercar.
—Ahora, ven aquí. — le dijo, con expresión relajada y un tono suave.
La ansiedad de Sakura se disparó con esas palabras, y su cuerpo se tensó como la cuerda de un arco a punto de romperse. Sus piernas temblorosas amagaron con dar un paso hacia ella, impulsadas por el miedo, pero se detuvo. Frente a ella, estaba alguien capaz de hacerle mucho daño si quisiera, pero Sakura se obligó a permanecer firme: estaba decidida a enfrentar sus peores temores con valentía, a pesar de su debilidad.
Volvió a mirar a Junko. Ahora era ella quien acortaba la distancia entre ambas. Mientras avanzaba, dejó al descubierto el kunai que había estado sosteniendo todo ese tiempo en la otra mano, del cual Sakura nunca se había percatado.
La sensación de peligro se volvió verdadera, cuando los ojos de Sakura captaron el brillo metálico de la cuchilla. No sabía qué hacer para detener a esa kunoichi que la superaba en fuerza y experiencia. Sus labios temblaron, pero no emitieron sonido alguno, como si estuvieran cosidos por el temor y el estrés. Sabía que podía gritar por auxilio tanto como sus pulmones se lo permitieran, pero también entendía que en esa casa vacía, sus gritos no cambiarían el resultado.
Cuando los pies de Junko se detuvieron, Sakura pudo ver con claridad la frialdad que teñía su mirada, distante y vacía, como si estuviera mirando a través de ella. La mano libre de Junko tocó su mejilla infantil, suave y cálida al tacto, un contraste casi doloroso contra la frialdad de sus propios dedos. La tenue luz que se filtraba por la ventana iluminó el sonrosado natural de las mejillas de Sakura, una pincelada de vida y juventud que no pertenecía a ese lugar, a ese momento.
Los bonitos ojos verde jade de la niña, temblorosos y húmedos, parecían implorar respuestas sin formular palabra, como si aún no comprendieran por qué debía enfrentarse a algo tan oscuro y definitivo. Eran los ojos de una criatura que todavía creía en la bondad del mundo, en la seguridad de un hogar y en promesas que nadie cumpliría.
Junko respiró profundo. No tenía ningún tipo de resentimiento personal, solo el peso del deber sobre sus hombros. Sakura había escuchado lo que no debía, y cada cabo suelto debía ser resuelto. Así mismo, cuando estuviera hecho, tampoco albergaría arrepentimiento. Así funcionaba la vida en las sombras: limpia, precisa y sin lugar para errores.
—Lamento que así sea. — murmuró Junko, con voz suave.
El kunai se elevó hasta quedar a la altura del rostro de Sakura, reflejando la mirada afligida de la niña en su filo. Su inocencia era casi demasiado evidente: esos ojos grandes, incapaces de ocultar el miedo, aceptaban su destino sin rebelarse, como un cordero conducido al sacrificio.
—Pero así de cruel es el mundo ninja. —continuó Junko, sin levantar el tono. — No hace distinción, ni siquiera con los niños.
•
Fin del capitulo 7.
