Capítulo 8: El eco de la supervivencia.

La sala estaba sumida en penumbras, iluminada apenas por un rayo tenue de luz que se filtraba por la rendija de la ventana. El amanecer intentaba colarse en el ambiente cargado de tensión, como si la luz misma dudara en atravesar el lugar.

La cuchilla que apuntaba al globo ocular, falló. El arma cruzó rozando el área, y aunque esquivó lo peor, el acero cortó la piel de Sakura desde la sien, trazando un surco ardiente que descendió por su mejilla como una línea de fuego. La sangre brotó de inmediato, dibujando un rastro oscuro en su rostro. El arma no se detuvo hasta incrustarse en el hombro de Sakura, arrancándole un grito desgarrador, uno que reverberó en el silencio opresivo de la casa. El dolor era abrasador, como si mil agujas perforaran su carne al mismo tiempo. La fuerza del impacto le hizo temblar las piernas al punto de tambalear. El aire se llenó de un hedor metálico, mezclado con el aroma terroso de las prendas de Junko.

Este desacierto se debió, a que Sakura logró reaccionar con un movimiento instintivo. Tan pronto como vio el arma ascender, la adrenalina se acumuló y en un arrebato de valor, empujó a su tutora con ambas manos, sintiendo la fuerza de su pequeño cuerpo contra la mujer al hacerlo. El impacto fue torpe, pero cargado de desesperación y una fuerza inesperada.

Junko no esperó que Sakura pusiera resistencia, ya que siempre había sido dócil y fácil de controlar. Esa falta de anticipación le costó caro. Se tambaleó por el empuje y su cuerpo cayó atravesando la mesa de vidrio que se encontraba entre los sillones. El estruendo de los cristales al romperse llenó la habitación, resonando en el aire frío y pesado de la madrugada.

Entre los restos, su chaleco táctico diseñado para protegerla de cortes y golpes, apenas mitigó el daño de los fragmentos incrustados en su espalda. Uno de ellos, particularmente grande, se había hundido justo debajo de su omóplato izquierdo, causando que su respiración se volviera irregular. Intentó girarse para aliviar la presión del vidrio clavado en su carne, pero un ínfimo movimiento la llenó de un dolor lacerante que se extendió por todo su cuerpo. La sangre fluía con rapidez, manchando el suelo alrededor de ella en un charco oscuro que reflejaba la luz mortecina.

Sakura jadeaba, su respiración entrecortada y temblorosa, como si cada aliento tuviera que luchar para escapar de su pecho. El kunai incrustado en su hombro, irradiaba un dolor ardiente que la hacía querer derrumbarse. Y aunque su cuerpo permaneció erguido, su mente no pudo despegarse de lo que acababa de hacer.

Sus manos temblaban incontrolablemente mientras miraba el cuerpo caído frente a ella. La sangre se mezclaba con el reflejo de los fragmentos de cristal en el suelo, creando un escenario brutal que la aterrorizaba. No era una kunoichi entrenada, solo una niña. Una niña que nunca quiso hacer daño a nadie.

Y aun así… Junko había intentado matarla.

El filo incrustado en su hombro era prueba de ello. Pero eso no hacía más fácil soportar lo que acababa de hacer. No era como en las historias que había escuchado: no había valentía ni gloria, solo miedo.

Lo peor era que, si quería sobrevivir, debía acabar lo que había comenzado. No podía darse el lujo de dudar, aunque todo en su interior suplicaba detenerse. El peso de las lágrimas le nublaba la vista, pero un instinto creciente la empujaba a moverse.

No era el coraje lo que la guiaba. Era algo más crudo, más básico: la necesidad de vivir. A pesar de la gravedad de las heridas de su tutora, seguía siendo una amenaza.

Observó los fragmentos de cristal esparcidos, ninguno se adaptaba a lo que necesitaba. Entonces, recordó el jarrón que había estado mirando más temprano.

Su cuerpo avanzó con decisión, aunque cada paso temblaba bajo el peso del terror y la adrenalina activada que corría por sus venas. Al llegar junto al jarrón, extendió su único brazo libre, sintiendo el frío del material bajo sus dedos.

El otro brazo le ardía como si lo hubieran incendiado; pero el kunai seguiría allí para evitar desangrarse. Cualquier movimiento de su hombro hacía que el dolor se expandiera en oleadas. Sakura jadeó, intentando ignorarlo.

Con un esfuerzo titánico y la mandíbula apretada, empujó el jarrón. Era más pesado de lo que esperaba. Sus piernas temblaron bajo la presión, pero finalmente el objeto cedió, cayendo al suelo con un estruendo que rompió el silencio de la habitación.

Fragmentos de cerámica y piedras de distintos tamaños, volaron por todas partes. Sakura retrocedió instintivamente. Unos cuantos vidrios le rasgaron la piel de los brazos y las piernas, pero no reaccionó a pesar de sentir el dolor de sus nuevas heridas.

Su mirada descendió al suelo, recorriendo los fragmentos diseminados de lo que alguna vez fue el jarrón. Entre los pedazos, uno llamó su atención: un fragmento de cerámica con una punta prominente.

Lo tomó con su mano, sintiendo el frío del material contra su piel. El borde irregular amenazaba con cortarla, pero aún así no lo soltó. El jarrón que antes había sido un simple elemento decorativo, ahora era un kunai improvisado en sus manos. Aunque rudimentario, era suficiente para lo que debía hacer.

Se levantó lentamente, el mundo alrededor parecía ralentizarse mientras regresaba hacia su tutora. Sus pasos eran torpes, pesados, y cada uno resonaba en la habitación con el crujir de los cristales bajo sus pies. El sonido se le clavaba en los oídos, como un recordatorio constante de lo irreversible de sus acciones.

Delante de Sakura yacía el cuerpo aparentemente abatido de Junko. Su silueta ahora inerte era un contraste inquietante con la amenaza que había representado solo instantes atrás. Pero Sakura sabía que no podía bajar la guardia.

El silencio que rodeaba la escena no era de paz, sino de incertidumbre. Junko había demostrado ser peligrosa, calculadora, y aunque su cuerpo no se movía, Sakura sentía el peso de su mirada, incluso cuando sabía que sus ojos estaban cerrados.

"No puede terminar así." pensó Junko, tratando de aferrarse a la realidad. Sin embargo, su cuerpo no respondía como debía, ya que estaba perdiendo mucha sangre y la sorpresa de encontrarse tan herida por una caída que debería haber sido insignificante, comenzaba a convertirse en una incertidumbre aterradora.

Junko podía sentir cada latido de su corazón amplificando el ardor y la presión que irradiaban desde su herida. Era como si el dolor la mantuviera consciente, anclada a la realidad, incluso mientras su visión comenzaba a oscurecerse en los bordes.

El sonido de los cristales quebrándose bajo el peso de unas pisadas rompió el silencio, arrancándola de un letargo que no podía permitirse. Su cuerpo estaba debilitado por la pérdida de sangre, pero su mente, entrenada para sobrevivir, se aferraba a un único pensamiento: defenderse.

Con un esfuerzo que le hizo apretar los dientes, comenzó a reunir chakra, canalizándolo hacia sus extremidades en un intento desesperado de prepararse. Sabía que ponerse de pie con celeridad sería imposible, pero al menos podría contraatacar.

El crujido de los cristales bajo los pasos de Sakura, resonaba cada vez más cerca, como un tambor que marcaba el compás de su propio destino. Junko lo oyó, cada sonido parecía perforar su mente. Necesitaba ponerse de pie, rápido, quebrar la pequeña chispa de valentía que comenzaba a arder en la niña antes de que se convirtiera en una llama incontrolable.

Con cada fibra de su ser, comenzó a reunir fuerzas, un esfuerzo desesperado por levantarse y recuperar el control. Su respiración era irregular, y el chakra que intentaba canalizar parecía escurrirse como arena entre sus dedos. Pero antes de que pudiera moverse, un nuevo y punzante dolor atravesó su cuerpo, robándole el aliento.

No necesitó mirar para entender lo que había sucedido. Un filo desconocido, había encontrado su objetivo, y el agarre tembloroso que lo sostenía no dejaba lugar a dudas. Junko supo quién era su atacante, pero más que la herida, lo que la golpeó fue la idea de que esa niña, a quien había subestimado, había encontrado el coraje para atacar.

Tras el impacto, Junko giró lentamente la cabeza hacia Sakura, cada movimiento cargado de esfuerzo y agonía. Sus manos temblaron al palpar los pequeños cristales rotos, sintiendo el calor espeso de su propia sangre extendiéndose por el suelo.

Con un movimiento repentino, su mano ensangrentada se extendió y atrapó el brazo herido de Sakura, el mismo que llevaba el kunai incrustado. La niña soltó un jadeo ahogado, su rostro contrayéndose en una mueca de dolor que la hicieron parecer aún más pequeña.

Los ojos entreabiertos de Junko, empañados por el agotamiento y la pérdida de sangre, se fijaron en ella. La claridad era casi inexistente, pero su mirada brillaba con algo más que sufrimiento; era incredulidad, o quizá un destello de orgullo retorcido. Un macabro reconocimiento de lo que Sakura había logrado.

Su voz, apenas un susurro rasgado, se deslizó entre el peso de la tensión:

—¿Así es como decides sobrevivir, Sakura?

La mirada de la niña mostró asombro, pero Junko no pudo decir que fuera por comprender la acusación implícita puesta sobre esas sílabas. Esbozó una sonrisa débil, dejando al descubierto sus dientes manchados de carmesí. La sangre parecía teñir no solo su boca, sino también el significado de sus palabras. Cuando aflojó su agarre, susurró:

—No eres diferente de él…

El nombre no fue pronunciado, pero Sakura sintió que no necesitaba escucharlo para saber a quién se refería. Su corazón dio un vuelco al pensar en Itachi.

—…o de mí.

Las últimas palabras de la oración apuntaron como una daga camuflada en la calma de su tono, insinuando algo más hiriente.

Junko estaba compararando a Sakura con Itachi, alguien que admiraba, y con ella misma, alguien a quien temía. La implicación no pasó desapercibida, aunque Sakura no alcanzara a comprender del todo su profundidad.

"¿A que quiere llegar?", pensó Sakura con desconcierto. El vacío aterrador en los ojos de Junko, se ancló en los suyos.

Había algo inhumano en ese mirar, un juicio silencioso que parecía atravesarla. Sakura sintió cómo su respiración se aceleraba, y aunque no podía entender del todo lo que Junko intentaba decirle, sintió que esas palabras estaban destinadas a quedarse con ella, como un veneno que se filtra lentamente en la sangre.

Sakura apretó los párpados con fuerza, intentando bloquear no solo lo que estaba a punto de hacer, sino también el eco de las palabras de Junko. No quería pensarlo demasiado. Su única prioridad era asegurarse de que Junko dejara de ser una amenaza y salir de allí para cumplir con su propósito.

El fragmento de vidrio se mantenía firme en su ensangrentada mano, y el dolor de su hombro ardía como un recordatorio constante de lo que estaba en juego. "Es ella o yo, es ella o yo…" se repitió, aferrándose a ese pensamiento como una tabla en medio de un mar embravecido para ayudarse a no flaquear. Su corazón latía con fuerza, casi dolorosamente, mientras el fragmento descendía rápidamente hacia su tutora.

Junko, en un intento desesperado por defenderse, liberó el chakra que había estado acumulando con dificultad, enviando una descarga eléctrica que recorrió el cuerpo de Sakura. El dolor fue inmediato y paralizante, haciéndola temblar de forma violenta, como si sus músculos no le pertenecieran. Un grito desgarrador escapó de lo más profundo mientras el mundo se volvía un borrón de sensaciones insoportables.

Sin embargo, su mano, aferrada al fragmento de vidrio, no se detuvo. En un acto de pura voluntad, alimentado por la adrenalina y el instinto de supervivencia, continuó descendiendo. La electricidad la debilitaba con cada segundo que pasaba, pero su cuerpo parecía actuar por cuenta propia, impulsado por el miedo y la determinación.

Todo transcurrió en segundos.

Cuando el filo del cristal encontró la carne de Junko, Sakura sintió una resistencia inicial, pero la superó con un empuje tembloroso pero decidido. La electricidad que recorría su cuerpo comenzó a desvanecerse, como si la conexión entre ellas se hubiera cortado.

Junko dejó escapar un leve gemido antes de que su mente se sumiera en la inconsciencia, y su mano, que había estado sujetando a Sakura, perdió toda fuerza, liberándola. Ya no se movía, ni de sus manos salían chispas eléctricas. Sakura respiró entrecortadamente mientras veía a la mujer inmóvil, su cuerpo en una postura antinatural sobre los restos de la mesa.

El silencio que siguió fue ensordecedor, roto solo por los jadeos entrecortados de Sakura, que aún temblaba, no solo por la descarga, sino por todo lo que acababa de suceder.

Su brazo dolía como si el fuego lo hubiera consumido, dudaba que sus piernas pudieran sostenerla si intentaba levantarse. Pero había sobrevivido. Su voluntad, su miedo, y su necesidad de seguir adelante la habían llevado hasta este punto.

Con gimoteos y lágrimas amontonadas corriendo por su rostro, Sakura retiró lentamente el fragmento ensangrentado del cuerpo de Junko e intentó ponerse de pie, pero como anticipó anteriormente, se tambaleó hacia atrás, hasta caer. Las piernas le temblaban; todo el cuerpo en realidad, y sentía un dolor inmenso que nunca antes había experimentado. Su cuerpo estaba al límite, casi al borde del desmayo.

Permaneció así un tiempo, ya que sus extremidades dolían. Sus ojos se negaban a cerrar, a pesar de la pesada bruma. Todavía podía recordar porqué estaba haciendo todo eso.

"Lo siento… lo siento mucho…" clamó en su mente, aunque no sabía si esas palabras iban dirigidas a Junko, a Itachi, o a sí misma. Sakura miró sus manos temblorosas. El peso de lo que había hecho comenzó a caer sobre ella como una montaña. La niña apretó los ojos, queriendo borrar el recuerdo, la imagen, el ruido, pero sabía que nunca desaparecerían.

Tenía que irse. Tenía que encontrar a Itachi.

A su mente llegó la imagen de su mirada serena en el mirador. No podía dejarlo solo. Quería devolverle de algún modo, lo bien que la hizo sentir todo ese tiempo con su compañía. Se limpió las lágrimas con el dorso de su mano, dejando un rastro de sangre en su rostro.

Aunque su cuerpo le gritaba por un descanso, su mente solo tenía un objetivo: salir de esa casa y rezar por no llegar tarde.

Con dificultad, se dio la vuelta y puso de pie. Apretó los dientes para ignorar el dolor, y comenzó a moverse con torpeza hacia la salida. Cada paso la acercaba más a su objetivo… y al abismo desconocido que la esperaba del otro lado.

Mientras se dirigía hacia la puerta principal, su mano se aferraba al fragmento que había sacado del cuerpo de su tutora. Su instinto le dictaba llevarlo consigo para estar preparada. No sabía si lo necesitaría otra vez, pero rechazaba la idea de estar desarmada y vulnerable.

Al llegar a la puerta, intentó abrirla, pero el pestillo estaba asegurado. Sus dedos, temblorosos y manchados de rojo, resbalaron sobre la cerradura. Un nudo de pánico se formó en su pecho, y sus ojos jade brillaron con preocupación mientras miraba desesperadamente a su alrededor, buscando una salida alternativa.

El suelo era un caos de huellas y fragmentos. Las sandalias de Sakura, empapadas de sangre, habían dejado un rastro que delataba cada uno de sus pasos. El camino carmesí parecía gritar los detalles de lo que había sucedido.

No podía salir por donde había entrado, porque la ventana del baño, estaba ubicada en la parte superior de la pared. Intentar subir hasta allí era impensable si lo que quería era escapar rápidamente. Pensó en la cocina, pero la puerta seguramente estaría asegurada, igual que la principal.

Sakura tragó saliva. No tenía más opciones. La única salida que se le ocurría estaba en la planta alta.

Con el corazón martilleándole en los oídos, corrió hacia las escaleras. Su cuerpo temblaba, pero sus piernas se movían sin detener.

Subió las escaleras a grandes zancadas, ignorando el dolor. Cada paso dejaba tras de sí un rastro oscuro; su propia sangre marcaba el camino que había recorrido.

Al llegar al primer piso, Sakura avanzó por el pasillo, sus ojos recorriendo desesperadamente cada rincón en busca de una puerta abierta. Subió el dorso de su mano para limpiar torpemente su frente mojada, pero se detuvo en seco al escuchar una voz que heló su sangre.

—¡Sakura!

Su nombre en la voz de Junko resonó desde la planta baja, agotada pero impregnada de una severidad que hacía que cada palabra pesara como una amenaza.

Sakura sintió cómo el aire parecía desaparecer de sus pulmones. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía haberse levantado después de todo lo que había ocurrido? Un nudo de alarma y confusión anidó en su interior, y su mano tembló aún más alrededor del fragmento de vidrio que seguía sujetando.

Debía salir cuanto antes.

Su mente repetía la misma idea una y otra vez: Si no salgo de aquí, esta vez sí moriré.

Respiró hondo, obligándose a mover las piernas, aunque el pánico hacía que cada paso a dar se sintiera imposible.

Se repitió: ser valiente.

Era su única oportunidad de escapar de esa prisión.

Un fuerte estruendo resonó desde la planta baja, como si un jutsu eléctrico hubiera sido ejecutado. El sonido la obligó a agacharse rápidamente, cubriéndose los oídos con ambas manos. El movimiento repentino le recordó cruelmente el kunai aún incrustado en su hombro. Una punzada de dolor la atravesó, obligándola a apretar los dientes para tragarse el grito que pugnaba por salir.

Entre el eco del impacto, oyó cómo algo grande se rompía, tal vez un mueble. Sakura se estremeció. Junko la estaba buscando, y pareció creer que ella se había escondido dentro de algún mobiliario. O al menos, eso le pareció. De otra manera, su tutora no hubiese gastado chakra imprudentemente.

El ruido caótico cesó de repente, sumiendo el ambiente en un silencio que era aún más aterrador. El corazón de Sakura comenzó a latir con más fuerza, su respiración agitada se mezclaba con el dolor punzante de su hombro.

Comenzó a gatear por el suelo, cuidando cada movimiento para no hacer ruido. Su avance dejaba gotas de sangre en el suelo, un rastro oscuro que parecía burlarse de sus intentos de ser sigilosa.

El dolor era agonizante, extendiéndose por su brazo y espalda como un fuego implacable. No sabía qué estaba sucediendo abajo, y la incertidumbre la consumía.

—Sakura… — repitió su nombre. Esta vez, su tono era diferente; aunque seguía sonando severo, había en él una nota que Sakura no lograba descifrar, algo entre la calma forzada y la velada amenaza. — Sakura…

La niña apretó con más fuerza las piernas contra su pecho, su pequeño cuerpo temblando ligeramente. Tuvo cuidado de no aplicar presión sobre el brazo herido.

Se había escondido debajo de una pequeña mesa esquinera, su refugio improvisado. Un mantel beige, ligeramente arrugado, colgaba alrededor de ella, ocultándola parcialmente.

Su expresión estaba cargada de ansiedad, sus ojos jade observando las sombras que se movían más allá del mantel. Sin embargo, su respiración, aunque agitada, aún mantenía un ritmo casi normal, como si su cuerpo intentara desesperadamente mantenerla en calma.

No respondió al llamado aparentemente calmado de la kunoichi. Sus labios permanecieron sellados, y aunque todo en su interior le decía que debía mantenerse en silencio, no podía evitar preguntarse cuánto tiempo más podría resistir antes de ser descubierta.

Una gruesa gota rodó lentamente desde su frente hasta su mejilla. Sakura levantó la mano para limpiarla, esperando encontrar sudor por la celeridad con la que corrió y el esfuerzo que venía haciendo. Pero al acercar los dedos a su línea de visión, su respiración se cortó: era sangre.

Había creído que solo era el calor del momento, pero ahora entendía que el daño se extendía más allá de su hombro y manos. Su corazón comenzó a latir más rápido, pero se obligó a no pensar demasiado. No podía permitirse hurgar en qué otro lugar más sangraba. Si lo hacía, el miedo la consumiría.

Con movimientos cuidados para no alertar a Junko, se limpió la sangre de sus manos contra su ropa, dejando manchas oscuras que se extendían por el tejido. El olor metálico parecía impregnarse en el aire, haciéndole sentir náuseas.

—Sakura… ¿Dónde te escondes?

La voz de Junko resonó desde la planta baja. Sakura intentó discernir su ubicación exacta, pero fue imposible hacerlo.

Conteniendo la respiración, Sakura levantó cuidadosamente la tela que la acogía momentáneamente. Sus ojos jade buscaron desesperadamente algo que pudiera ofrecerle una salida. Al final del pasillo, pudo ver la redija de una puerta apenas abierta que llamó su atención. Su mente se aferró a la posibilidad de que ese fuera su refugio o, con suerte, su escape.

Con movimientos lentos y calculados, intentó prepararse para moverse. Una sensación ominosa, le hacía sentir como si cada acción fuera una apuesta.

Volvió la vista hacia la escalera, sus ojos escaneando las sombras en busca de Junko. Pero en lugar de su tutora, se encontró con algo que la hizo contener el aliento: el camino de sangre que había dejado al pasar.

Había olvidado ese detalle crucial. Un rastro tan obvio, era como un mapa directo hacia ella. Su corazón latió con fuerza. Para Junko sería demasiado fácil encontrarla si seguía las marcas hemáticas que manchaban el suelo.

Volvió la mirada al frente, obligándose a concentrar. La puerta seguía allí, su única esperanza en ese momento.

El silencio reinante, era uno opresivo que parecía crecer con cada segundo. Aunque estaba aterrorizaba, Sakura sintió cómo una chispa de valor se encendía en su interior, suficiente para impulsarla a actuar.

Un crujido cercano a la escalera llegó hasta los oídos de Sakura, helándole la sangre. Su tutora estaba muy cerca. Era ahora o nunca.

Llenó sus pulmones de aire, como si llenara su cuerpo con determinación, y salió de debajo de la mesa con un movimiento rápido. Sin dudar, corrió hacia la puerta entreabierta, sus piernas impulsándola con todo lo que le quedaba de energía.

Solo tenía esa oportunidad. No podía fallar.

El sonido de sus pasos sobre la madera resonaron en la casa completamente en silencio. Cada golpe resonaba como si fueran martillazos sobre cemento, reverberando en cada rincón. Esto alertó a Junko, que reaccionó al instante.

Como si fuera un depredador al asecho, Junko acortó la distancia con una velocidad aterradora. Se le notaba el esfuerzo extremo que estaba poniendo en cada movimiento, así como el peso de sus heridas luchando contra la voluntad férrea que la impulsaba. Pero estaba usando todo lo que le quedaba: su chakra, su fuerza, su instinto, para terminar con eso antes de que su cuerpo colapsara.

Sakura alcanzó la habitación y, con un movimiento desesperado, cerró la puerta tras de sí, girando el seguro con manos temblorosas. Sin detenerse, se precipitó hacia la ventana, su única vía de escape. Su respiración era errática, su visión borrosa por las lágrimas y el miedo que la perseguía, pero su deseo de vivir y de encontrar a su amigo, eran más grandes.

Esa esperanza, era la que mantenían sus pies en movimiento. Se negaban a detener, incluso cuando cada fibra de su cuerpo gritaba de dolor y agotamiento.

Los golpes contundentes sobre la puerta no se hicieron esperar, cada uno resonando como martillazos que hacían temblar la madera. Sakura sintió el pánico crecer.

Soportando el dolor abrasador en su hombro, abrió la ventana rápidamente. Con respiración errática, dejó el trozo de vidrio del lado de afuera para poder usar ambas manos y apresurar su escape.

El sonido del jutsu eléctrico de Junko, llenó el aire de repente, el zumbido amenazante la obligó a mirar atrás, petrificada. La puerta comenzaba a ceder, astillándose bajo la fuerza de los ataques de Junko.

Volvió su vista al frente, y con un movimiento desesperado, atravesó la parte superior de su cuerpo por la ventana. Cada centímetro era un suplicio, el dolor en su hombro arrancándole lágrimas que no podía contener, pero se obligó a mover con la mayor velocidad posible.

Solo le faltaban las piernas. El aire fresco del exterior le dio un atisbo de esperanza, pero el tiempo corría en su contra. Justo cuando estaba a punto de deslizarse completamente hacia afuera, algo la detuvo en seco.

Giró la cabeza nuevamente hacia atrás, con los ojos abiertos de par en par. Observó con asombro y terror la mano firme, fría y ensangrentada de Junko, que se había cerrado como un grillete alrededor de su tobillo.

Sakura soltó un grito ahogado, su cuerpo temblando mientras forcejeaba desesperadamente, tratando de liberarse. Pero el agarre era implacable, como si toda la voluntad de Junko estuviera concentrada en ese último acto.

De repente, pequeñas chispas de energía eléctrica comenzaron a formarse alrededor de la mano de Junko, brillando con un resplandor amenazante. El jutsu recorrió nuevamente el cuerpo de Sakura. Aunque la potencia era menor a la descarga anterior, el dolor era suficiente para hacer que su cuerpo se debilitara, dejándola suspendida sobre la ventana.

Sintió un líquido tibio deslizarse desde su nariz hasta sus labios. Tal vez era sangre, pero no se atrevió a confirmarlo. Sus fuerzas flaqueaban, y un gemido de dolor escapó de sus labios al sentir cómo la presión en su tobillo aumentaba.

—Entra de una vez… — susurró Junko, su voz cansada pero cargada de molestia. A pesar de haber llegado hasta allí, de haber ejecutado jutsus con éxito y detenido la salida de Sakura, sentía cómo su cuerpo le fallaba. La visión de Junko oscilaba entre la claridad y la niebla, como si el mundo se estuviera alejando poco a poco. Las sombras de la habitación parecían alargarse, retorciéndose en los bordes de su conciencia. Cada movimiento, cada esfuerzo, disparaba un dolor que le robaba el aliento, pero no podía rendirse.

—Déjame ir… — gimió, su voz apenas audible entre el jadeo de su respiración irregular.

A pesar de no tener la energía suficiente para mantener su Jutsu sobre Sakura, por culpa de sus heridas, clavó en la extremidad de la niña sus uñas y la rasgó sin piedad mientras arrastraba su cuerpo hacia adentro. Su mano fue hacia su bolsa de armas con la clara intensión de buscar algún arma.

El dolor era insoportable, pero el miedo a quedarse atrapada era aún más grande. Cada segundo que pasaba, la ventana, el exterior y la posibilidad de libertad parecían alejarse más para Sakura. Pero no podía dejarse vencer, no ahora que estaba tan cerca.

Existan muchas cosas que Sakura no entendía del mundo ninja, pero había algo que sí sabía: Junko estaba más herida que ella. La sangre que cubría el cuerpo de su tutora era un recordatorio de que, por muy fuerte que fuera, también estaba débil. Eso le daba una pequeña esperanza al pensar en una ventaja, y tenía que aprovecharla.

Volviéndose más agresiva, Sakura levantó su pie libre y golpeó la cara de Junko con todas las fuerzas que pudo reunir. El primer impacto la hizo tambalear, pero no soltó su agarre, de hecho lo apretó más mientras sacaba un shuriken. Con un grito de esfuerzo y desesperación, Sakura volvió a golpear, esta vez con más fuerzas y repetidamente. Junko gimió de dolor y finalmente soltó su pierna, cayendo al suelo con un ruido sordo. Lamentablemente alcanzó a cortar la piel de su pierna con el shuriken.

Aprovechando el momento, Sakura terminó de atravesar la ventana, su cuerpo arrastrándose torpemente al otro lado. Su mano buscó el fragmento de vidrio, aún manchado de sangre, y lo encerró en sus dedos rápidamente.

El aire fresco del exterior parecía darle un pequeño respiro, pero no podía detenerse. El peligro no había terminado.

Fin del capítulo 8.