CAPÍTULO 4
SANANDO
Habían pasado dos meses desde que Izuku había llegado al hospital más muerto que vivo, convertido en una muñeca que habían ultrajado a su antojo, y al final, lo habían desechado como si se tratara de un inservible despojo. A Katsuki aún le costaba bastante trabajo controlar sus niveles de ansiedad para no incomodar a cualquier que decidiera acercársele con su presencia ante la carga pesada y amarga de sus feromonas. Cuando había leído el informe de Kirishima sobre cómo habían encontrado el cuerpo de Izuku, pensando que estaba muerto, se le revolvía el estómago. Lo habían dejado a su suerte en un depósito abandonado, encerrado en lo que había sido una hielera oxidada. Si Izuku no se había asfixiado, fue por pura suerte pues la hielera contaba con un agujero apenas oculto por la cubierta de plástico desgastada. Cuando el velador del depósito había reconocido rastros de sangre y abrió la hielera, debió llevarse el susto de su vida, después de todo encontrarse cadáveres no debe de ser algo demasiado habitual. Al llegar los forenses en primera instancia creyeron que se trataba de un asesinato, pero se sorprendieron demasiado cuando sintieron el corazón del peliverde latir, muy débil, agonizante, pero aferrándose a la vida con todas sus fuerzas.
En comparación a ese momento, el ver a Izuku dar sus primeros pasos inestables con la ayuda de las enfermeras, aliviaba el alma de Bakugo de una manera indescriptible. Izuku seguía sin poder ser capaz de soportar el peso de su cuerpo con su pierna, pero continuaba peleando contra todo pronóstico. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro al reconocer que Izuku siempre había sido así desde niño, no existía nada que no pudiera hacer porque se esforzaba al máximo para superar cualquier obstáculo. Katsuki solía decirle pequeño obstinado en el pasado, sobre todo cuando lo miraba con sus ojos llorosos lleno de frustración, pero justo ahora agradecía que el temperamento de Izuku fuera tan grande y fuerte como para continuar viviendo, aunque Izuku siguiera teniendo demasiadas dudas respecto a su futuro. Sí, había perdido la memoria y era muy probable que no pudiera recuperar del todo la movilidad de sus brazos y pierna, pero se mantenía firme en no darse por vencido. Bakugo no podía evitar sentirse tan orgulloso de aquel chiquillo, cualquier otra persona, incluso de más edad, en su situación se habría rendido a la primera.
— ¿Hoy no irá a hablar con él, detective? — Preguntó el doctor Himura al sentarse al lado del detective en unos lugares bastantes apartados, pero en donde podían apreciar a la perfección lo que estaba haciendo el peliverde. Para el doctor ya se le había hecho costumbre observar al detective cerca de aquel chiquillo dese que había conseguido despertar. Se estaba tomando muy enserio en ser partícipe total de la recuperación del peliverde.
Katsuki dio un respingo ante la presencia del doctor Himura que se había acercado a él con tanta sutileza que no se había dado cuenta de su presencia. Bufó con ligereza, tenía que aprender a controlarse más, si perdía la compostura con tan poco no iba a poder seguir adelante con el caso. — No. Parece estar bastante ocupado y no quiero que se distraiga de su recuperación. — Katsuki suspiró mientras se cruzaba de brazos en una pose claramente defensiva.
El doctor sonrió con sutileza, desde su punto de vista aquel agente se parecía demasiado a un gato arisco y mal humorado. — Su recuperación va bien, aunque aun así no creo que sea capaz de recuperar la movilidad al cien por ciento de sus extremidades.
— ¿A qué se refiere? — Katsuki frunció el ceño dirigiendo su atención al doctor.
— En estos momentos se está esforzando demasiado, lo puede comprobar en el sudor que recorre su rostro. Está poniendo todo su peso en la pierna que mantiene sana para poder apoyar un poco la fracturada, pero el tobillo que es el encargado de darle movilidad al pie no está cooperando. Sus ligamentos están atrofiados. Probablemente tendrá que usar bastón por el resto de su vida para poder apoyarse. — El doctor suspiró al mirar con compasión al peliverde. — Sus brazos son otra historia, sobre todo el derecho. El chico no puede ejercer ningún tipo de fuerza ni siquiera para levantarlo. Los tendones fueron destrozados. Al menos el brazo izquierdo parece responder más favorablemente.
— Así que por eso hay tantas enfermeras ayudándolo el día de hoy. — Mencionó el rubio dirigiendo su atención una vez más al pecoso que parecía bastante concentrado en dar tan solo un paso.
El doctor se permitió reír un poco ante la escena que se mostraba enfrente de ellos. — En parte sí, se debe a eso. Como no puede apoyar sus brazos para sostenerse de las barras, las enfermeras tienen que estar ahí para poder ayudarle. — Con cierta diversión el doctor observó de reojo al rubio. — Pero estoy seguro de que también están aquí porque se han encariñado mucho con él. Me atrevo a decir que es el paciente más consentido de todo el hospital. Su dulce carácter y amabilidad tiene encandilados a todos. De cierta manera resulta gratificante verle más relajado, y no como un animalillo salvaje todo temeroso cada vez que algún doctor o enfermera intentaba acercársele.
Katsuki se removió un poco incómodo, reconociendo la pizca de celos brotando desde lo más profundo de su corazón. Sabía que no tenía ningún tipo de derecho de sentirse así, pero la sonrisa del doctor no estaba ayudando demasiado. — Izuku siempre ha sido de esa manera. Parece un sol que es capaz de cubrir a todos con su calidez.
— ¿Se ha percatado si ha recordado algo que pueda serle de utilidad en su investigación? — Preguntó con curiosidad el doctor ya que el único que podía establecer si el chico había recordado algo significativo era el detective. Al menos algo que no se tratara de forma inconsciente.
— No. — Respondió con algo de cansancio el rubio. Desde que Izuku había despertado, Katsuki procuraba visitarle por las noches, cuando ya nadie entraba en su habitación. Aquel era un permiso especial que el doctor Himura le había otorgado pues había notado que el peliverde comenzaba a mejorar, sobre todo cuando recibía una visita del detective. — A veces detalles, cosas que a lo mejor no tienen importancia como que prefiera las cosas dulces, no le guste el picante en la comida o que haga a un lado los guisantes. Pero, son cosas que me permiten mantener la esperanza, aunque siga sin reconocerme o no pueda darnos algún indicio de quién es ese hijo de perra.
— Pueden parecer cosas sutiles detective, pero forman parte de su personalidad. Eso quiere decir que Izuku está intentando regresar. Solo es cuestión de tiempo y sobre todo tener paciencia. — Mencionó con calma el doctor, quien por lo regular procuraba no decir el nombre real de su paciente, pero debía aprovechar ahora que se encontraban sin nadie alrededor que pudiera darse cuenta de la identidad del paciente. — Por cierto, se le dará de alta en una semana. Su organismo está evolucionando bien y puede asistir a las terapias sin la necesidad de estar permanentemente aquí.
— Ya tengo todo listo para poder recibirlo en mi departamento. No se preocupe, haré todo lo que recomiende para que continue mejorando. — Respondió el rubio con tranquilidad sin perder detalle de cada uno de los movimientos que hacía el peliverde mientras continuaba con la terapia.
— Bien. Lo mantendré informado en caso de cualquier tipo de cambio en su recuperación, que tenga buen día, detective. — Con un ligero asentimiento en dirección del detective, se levantó de su asiento para después salir de la sala de fisioterapia.
Cuidar a Izuku se decía fácil, pero a veces Katsuki pensaba que tenía una vena masoquista demasiado desarrollada. Y definitivamente le preocupaba porque a esas alturas ya no sabía que parte de todo aquello era a favor de la investigación, y que parte era por ese fuerte deseo de querer proteger a Izuku de todo ahora que al fin lo había encontrado. Aquello era como jugar con un arma de doble filo, Kirishima se lo advirtió y aunque estaba de acuerdo con esa aseveración, no podía refrenar ese deseo de mantener a Izuku cerca, sobre todo si el asesino de omegas continuaba en libertad. Ahora que recordaba, nunca había visto tan molesto a su amigo, hasta esa noche en donde le reveló todo.
Katsuki no era el tipo de hombre que hablara demasiado, ese por lo regular era el trabajo de Eijiro, pero desde que Bakugo había llegado al hogar del pelirrojo y se habían sentado en la sala, había comenzado a explicar con lujo de detalle todo lo que sabía de Izuku, desde la primera vez que lo conoció cuando él tenía solamente seis años, la manera en la que Izuku siempre procuraba su compañía hasta aquel primer celo y como había decidido separarse gradualmente del niño en un vago intento de no lastimarlo. Cuando terminó de hablar de alguna manera se había sentido mejor, el estrés había desaparecido como si la carga pesada que se había instalado sobre su espalda se hubiera desvanecido al fin.
— Tienes que hablar con Aizawa de todo esto. Estos datos pueden ser clave para elaborar un posible perfil de los gustos de ese demente para elegir a sus víctimas, Bakugo. — Eijiro frunció el ceño un tanto inquieto por toda la información que su amigo había soltado de un momento a otro. Sí, ya tenía sospechas de que el rubio estaba ocultando algo, pero nunca pensó que sería algo demasiado importante.
— Si le cuento a Aizawa me echará del caso, lo sabes. No puedo hacer eso. — Katsuki se cruzó de brazos y se recargó por completo en la silla en donde se encontraba sentado, de frente al pelirrojo quien lo observaba con una creciente molestia.
— Entonces, ¿tu plan consiste en ocultarle a Aizawa tu relación con ese niño? ¿En serio? — Kirishima por lo regular no era alguien explosivo, por ello, que golpeara con sus manos la superficie de la mesa con enojo le había incomodado tanto a él como a la pareja del pelirrojo. — Llevamos años siguiendo a ese desgraciado, si la investigación se entorpece por esto, Bakugo…
— Eiji… —Susurró Denki que había estado junto al pelirrojo en todo momento en silencio para no interrumpir aquella conversación tan importante. Eijiro le había suplicado quedarse a su lado en aquella charla, pero tenía que admitir que se sentía de cierta fuera de lugar. — Cálmate. — Susurró dejando apoyada una mano sobre la pierna de su pareja. Las feromonas molestas de ambos alfa estaban comenzando a incomodarlo
— ¡La investigación no se entorpecerá porque yo no lo permitiré! — Katsuki se enfrentó también enfureciéndose. — Yo soy el más interesado en que se resuelva este caso. Ya investigué los perfiles de todas las víctimas una vez más, no tienen ningún tipo de similitud con Izuku, al menos no más allá de lo obvio, sus rasgos físicos y un perfil psicológico similar. No hay nada que nos conduzca ante ese imbécil.
— Te estás involucrando a nivel personal en este caso, Bakugo. Sabes que eso es bastante peligroso, no solo para ti, sino también para ese niño. — Mencionó Kirishima mientras sostenía la mano de su novio como si fuera un amuleto para no salirse de control pues había notado su malestar por su culpa. — Existe un motivo principal para que no se nos permita involucrarnos en casos donde estén relacionados nuestros familiares y ese es porque nuestro juicio puede verse nublado.
— Estoy consciente de eso. Créeme. He estado batallando para no volverme loco en el proceso, pero no me pidas que abandone el caso. Te estoy contando esto porque confío en ti. — Respondió el rubio mirando de reojo a la pareja de su amigo que se mantenía al margen, pero seguía buscando el contacto del pelirrojo después de que el lugar se saturara de las feromonas de dos alfas dominantes. — En los dos. — Corrigió después de un momento, Denki abrió los ojos con sorpresa. — Te estoy pidiendo que hagas una excepción y me ayudes. Por favor.
Bakugo salió de sus pensamientos al sentir la vibración de su teléfono celular ante la llegada de un mensaje nuevo de su superior. Chasqueó la lengua con suavidad, haber convencido a su amigo de que callara acerca de su relación con Izuku no había sido una tarea fácil, pero si su superior se enteraba estaría perdido. Dando una última mirada al peliverde que en esos momentos sonreía un poco ante los elogios de las enfermeras por su notable progreso, se marchó de aquella sala. Que Izuku pudiera sonreír, aunque fuera un poco a esas alturas después de haber pasado por un trauma de ese tipo, para Katsuki ya era suficiente avance. Y no le importaba si tenía que enfrentarse a su propio jefe, haría lo que hiciera falta para proteger esa sonrisa de ahora en adelante.
— ¿Todo bien, pequeño? — Preguntó Megumi, una de las enfermeras encargadas de ayudar al peliverde a sostenerse mientras intentaba apoyar su pierna lastimada.
— ¿Eh? Sí… perdón… sólo creí haber visto a alguien, pero me equivoqué. — El peliverde sonrió un poco en dirección de la mujer luego de haberse distraído al ver los asientos vacíos que se encontraban al fondo de la sala, junto a la segunda puerta de acceso. ¿Había sido su imaginación o alguien había estado sentado en aquel lugar mirándole? Quizás ya se estaba volviendo loco, pero también podía asegurar que podía percibir un sutil aroma a canela. Un aroma que le gustaba y al mismo tiempo le calmaba, aunque no supiera por qué, pero los asientos estaban vacíos.
El departamento de policía de Musutafu se encontraba en el centro mismo de la ciudad. Todos los ciudadanos se sentían seguros porque sabían que todos los policías los protegían. Algunos incluso los miraban como si se trataran de héroes. Sin embargo, que aún no pudieran atrapar al asesino de omegas tenía preocupados a todos y la confianza en el cuerpo de policía comenzaba a disminuir. Y aquel era el principal motivo por el que Aizawa estuviera tan molesto últimamente. Katsuki lo sabía y por eso debía ocultar su relación con Izuku a toda costa. Quizás Aizawa fuera un beta, pero sabía imponer muy bien su mandato.
— ¿Cómo se encuentra el chiquillo? ¿Ha conseguido recordar algo?
La ceja de Katsuki se arqueó con ligereza mientras cerraba la puerta del despacho de su superior Shota Aizawa. Estaba acostumbrado a la seriedad que siempre mostraba aquel hombre, sin embargo, no estaba acostumbrado a sus arrebatos malhumorados. Ni siquiera había esperado a que se sentara cuando ya le había soltado aquellas preguntas. Katsuki no respondió de inmediato, sino hasta que se sentó y estuvo enfrente de él.
— Está reaccionando bastante bien a los medicamentos. Va a tener algunos problemas de movilidad tanto en brazos como en su pierna, pero no, de momento no ha recordado nada que nos sea de utilidad para la investigación. — Mencionó el rubio resumiendo lo mejor que pudo lo que le había comentado el doctor Himura, sin entrar en muchos detalles. — El doctor que está llevando su caso está siendo demasiado optimista y le dará de alta la próxima semana.
Aizawa chasqueó la lengua, algo que por lo regular solo hacía cuando se encontraba demasiado ansioso. — Servicios infantiles se hará cargo entonces, aún es un menor de edad. — Los ojos negros de Aizawa se clavaron directamente en la figura de su mejor agente en todo el departamento, aunque prefería no mencionárselo para no elevar su ego. — Tienes que retrasar el momento de que el chico salga del hospital o no podremos continuar con total libertad con esta investigación.
El rubio se quedó en silencio por un par de minutos más. Si no escogía bien sus palabras, su jefe podría sospechar algo de sus planes y no estaba dispuesto a recibir cualquier tipo de negativa. — Ya he prevenido eso, jefe. — Comenzó con calma para después dejar escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo. — Firmaré como su tutor legal temporal y lo llevaré a mi casa para que continue con su tratamiento. De esa manera también nos aseguramos de que se mantenga a salvo en dado caso de que ese desgraciado se entere e intente atacarlo de nuevo.
El ceño fruncido de Aizawa le decía tantas cosas al rubio, como, por ejemplo, que no se estaba tragando para nada su mentira. Sabía que se trataba de una mentira demasiado débil, pero dentro de todo lo que se le había ocurrido, aquella era la mejor opción que se acoplaba a sus necesidades. Tan sencilla como efectiva. Sin embargo, si se equivocaba en el rumbo en el que quería dirigir la conversación, todo saldría bastante mal. — ¿Tutor legal? — Preguntó finalmente el pelinegro viendo con toda su atención al rubio. — Entiendo que esta es una investigación muy importante y que has estado involucrado en ella desde el primer asesinato, pero nunca te habías ofrecido de forma voluntaria para cuidar de un potencial testigo de forma tan directa. ¿Por qué?
Katsuki ya se esperaba esa pregunta así que simplemente se encogió de hombros. — Creo que no podemos darnos el lujo de dejar cabos sueltos con un caso tan importante como este. —Mencionó con calma mientras se cruzaba de piernas en una pose bastante relajada. — El médico ha comentado que la repentina buena recuperación del chico se ha dado desde el momento en el que me permitieron verlo, como si su omega hubiera reaccionado a mis feromonas de alguna manera casi instintiva en busca de protección. Por eso he ido a visitarle periódicamente, el doctor supone que es algo parecido al caso de los embarazos en donde son necesarias las feromonas del alfa para que llegue a buen término. Pienso que, si me mantengo cerca de ese chico, lo suficiente como para que pueda recuperarse del todo, su memoria también lo haga.
El ceño aún más fruncido de Shota Aizawa le provocó que un escalofrío le recorriera por completo y eso que Katsuki se consideraba el tipo de persona que no se dejaba intimidar por nada ni por nadie. Y aún así, mantuvo la calma ante el escrutinio al que estaba siendo sometido. — ¿Qué no me estás diciendo, Bakugo? Te conozco muy bien y sé cuando algo se está formando en esa cabeza rubia que tienes.
Katsuki chasqueó la lengua mientras apretaba sus manos en puños, abrió la boca para poder responder algo, aunque en verdad no tenía preparado nada. Sin embargó, volvió a cerrar la boca cuando la puerta se abrió de golpe dejando entrar a un alfa alto, rubio, de peinado extravagante y una gran sonrisa.
— ¡Shota! ¡Te traje el almuerzo!
Katsuki volteo por inercia en dirección a la puerta, sonriendo agradecido por la interrupción. Si iba a tener tiempo para desviar la conversación o escapar de aquella oficina sin revelar sus verdaderas intenciones, definitivamente era justo en ese momento. Así que levantándose de su asiento observó a su jefe con una sonrisa de costado.
— Le mantendré informado, jefe.
Con una reverencia hacia sus dos superiores, se marchó finalmente no sin antes escuchar un:
— ¡Ni creas que te has salvado de esta, Bakugo! ¡Te mantendré vigilado!
Yamada dio una última mirada a la puerta por donde había salido el rubio y luego a Aizawa con bastante curiosidad. Sabía que el caso del asesino de omegas mantenía a Aizawa a un nivel alto de estrés, pero no entendía qué era lo que había pasado como para que el pelinegro le diera esa clase de advertencia a su mejor detective cuando siempre hacía todo de manera impecable y eficiente.
— ¿Pasó algo? — Preguntó finalmente el rubio mayor, luego de dejar sobre el escritorio de Aizawa una bolsa con comida, que, por el aroma, claramente se trataba de comida china. Si Shota era quisquilloso sabía que aquella comida era de la tienda que más frecuentaba porque tenían el mejor pollo agridulce de todo Musutafu. Internamente su estómago reclamó atención, recordándole que llevaban bastantes horas sin comer.
Aizawa suspiró con pesadez, pero eso no fue impedimento para que abriera la bolsa y comenzara a sacar todo el contenido de esta sobre su escritorio. Olía delicioso y se le hacía agua la boca. — No lo sé. De momento no. Bakugo quiere hacerse responsable en su totalidad por la víctima sobreviviente de Shigaraki.
Yamada le pasó un par de palillos al pelinegro mientras se sentaba en el lugar donde instantes antes había estado Bakugo. — Bueno, supongo que debe de tener sus motivos, ¿no? — Exclamó con cierta curiosidad mientras abría su contenedor con tallarines. Aspiró el aroma con una enorme sonrisa antes de comenzar a comer.
— Y son convincentes. — Aceptó el pelinegro mientras masticaba de manera distraída una pieza de pollo, degustando con deleite su delicioso sabor. — Pero hay algo que no me cuadra. Mi instinto me dice que Bakugo esconde algo sobre este caso. Algo importante.
Yamada se quedó meditando por un momento las palabras de su compañero mientras tragaba lentamente sus tallarines. Shota era el mejor en todo el departamento porque sus instintos siempre resultaban infalibles, así que si tenía motivos para sospechar de los motivos de Bakugo sería estúpido no creerle. — Pero Bakugo es el mejor agente del departamento. Incluso aunque esconda algo, estoy seguro de que lo considera imprescindible para poder actuar así. Lo mejor que podemos hacer es esperar para ver cómo va a proceder y mantenerlo vigilado por cualquier tipo de eventualidad.
— Supongo. — Masculló un tanto malhumorado el pelinegro ante la diversión del rostro del rubio. Desvió la mirada para no comenzar a sentir ese aleteo insoportable de mariposas en su estómago ante la sonrisa del rubio.
Yamada sonrió con ligereza ante la mirada esquiva de su compañero y amigo. No podía evitar pensar en lo bien que se miraba con esa coleta alta a pesar de lo desarreglada de su barba. De poder hacerlo, desataría su cabello negro simplemente por el placer de peinarlo con sus propias manos con toda la delicadeza que Shota Aizawa se merece. Pero, sabía de antemano que Aizawa nunca le permitiría un avance de esa magnitud. Ya se lo había dejado claro en un par de ocasiones con una honestidad tan fría que hacía añicos su ya de por si enamorado corazón. A veces no sabía si se trata de un masoquista, pero momentos como ese, en donde ambos estaban a solas, no podía evitar hacer avances desesperados. Por eso, que su cuerpo se moviera por sí mismo para ponerse de pie de su asiento e inclinarse sobre el escritorio para quedar más cerca del cuerpo del pelinegro, ya no le sorprendía. Como tampoco le sorprendía el que su mano se acercara al rostro pasmado del pelinegro con toda la intención de limpiar con su dedo índice la mancha de salsa agridulce que se había alojado sin permiso sobre la comisura de aquellos labios que siempre había querido besar.
— ¡¿Q-Qué se supone que haces?! — Preguntó el pelinegro, aventando su espalda por completo contra el respaldo de su silla como si casi quisiera fusionarse con ella para poner toda la distancia posible entre él y Yamada.
— Nada. Te habías embarrado. — Respondió con total inocencia Hizashi, quien, sin separar su mirada del pelinegro, llevó su dedo índice a su boca con toda la intención de probar aquella salsa traviesa. — ¡Deliciosa! — Sonrío finalmente, regresando a su asiento con total naturalidad, como si no hubiera hecho absolutamente nada malo.
Aizawa se levantó tan apresuradamente que casi tiró la silla en donde había estado sentado. Eran precisamente esas demostraciones de afecto por parte del rubio, las que siempre le sacaban de balance, lo dejaban con la mente en blanco y sin la capacidad de poder razonar como siempre lo hacía. No era la primera vez que rechazaba al rubio, pero no le gustaba hacerlo porque sabía que en cada ocasión lo volvía a herir. Pero Yamada Hizashi parecía que nunca entendería. — Tengo una reunión. Gracias por la comida. — Respondió apresuradamente y sin dirigirle de nueva cuenta la mirada a su amigo, abandonó su propia oficina dejando solo al rubio.
Yamada suspiró con ligereza mientras recargaba por completo la espalda contra el respaldo, apoyando después su nuca sobre el borde superior del mismo. No había hecho nada, pero se sentía agotado. A veces se preguntaba cuánto tiempo más insistiría por algo, que, de antemano, sabía no se le otorgaría. Pero, no podía evitarlo. Llevaba enamorado de Shota Aizawa desde que lo había conocido, varios años atrás, cuando ambos aun eran estudiantes de preparatoria. Se le había declarado un sinfín de veces y en cada una de ellas, Shota lo había rechazado. ¿El motivo? Shota era un beta, el único ser sobre la faz de la tierra que no podría proporcionarle a futuro lo que Aizawa consideraba lo primordial: la oportunidad de crear una familia porque los betas no podían concebir hijos, no eran fértiles, o al menos contaban con una tasa de fertilidad demasiado baja que casi todos la consideraban como nula. Un motivo que Yamada consideraba una porquería, pero Aizawa aseguraba que un día sería capaz de encontrar algún omega que pudiera darle ese gran regalo que él no podía. Yamada siempre quería ahorcar a Aizawa en cada ocasión que sacaba aquel tema porque para él no existía ese omega, él ya había entregado su corazón y se lo había dado a Shota, lo quisiera o no. Ojalá Aizawa se diera cuenta de cuánto lo amaba y de lo que estaba dispuesto a dar con tal de asegurarse de que el pelinegro fuera feliz. Y ojalá que cuando se diera cuenta de ello no fuera demasiado tarde.
Para cuando Katsuki llegó a su departamento ya era muy entrada la noche y se sentía tan agotado mentalmente que estaba seguro de que, si no ponía la alarma, no sería capaz de despertarse al día siguiente. Aunque no lo admitiera, todo el tema de Izuku lo tenía agotado, intentando protegerlo, intentando arreglar todo para que pudiera convertirse en su tutor legal temporal, en arreglar la habitación de invitados para que Izuku pudiera quedarse en ella, en intentar que su jefe no se diera cuenta de lo cercano que era con Izuku para que no lo sacara del caso, y en ignorar todos esos sentimientos que habían surgido con mayor fuerza desde el primer día que había visto a Izuku tan malherido, conectado a varias máquinas que se aseguraban de mantenerlo con vida. Hasta el momento Shigaraki no había dado ningún indicio de haberse dado cuenta de que su última víctima no estaba muerta, pero estaba seguro de que aquello solo era cuestión de tiempo y se les estaba acabando.
— Hasta que al fin llegas, mocoso.
El primer instinto de Katsuki al escuchar aquella frase había sido enfundar su pistola que siempre llevaba oculta en el interior de su chamarra. El segundo instinto, una vez que comprobó que la única persona, además de él, que tenía una llave de ese departamento, era su madre y a veces se arrepentía de haberle cedido una copia de esta. Suspiró con ligereza, recobrando la calma que había perdido en una fracción de segundo y después observó a su madre, chasqueando la lengua.
— Si sabes que pude haberte disparado, ¿no? — Katsuki frunció el ceño mientras cambiaba su calzado en el genkan de la entrada. — Podrías haber avisado que vendrías, vieja.
— Deja de decirme vieja, mocoso. — La rubia le dio un sape a su hijo mientras le ayudaba a quitarse la chamarra para finalmente dejarla en el perchero. — Te dije que vendría en cuanto tuviera oportunidad.
Katsuki blanqueó sus ojos con suavidad avanzando con pesadez mientras se sobaba la cabeza. — Ya. Pero nunca especificaste el día. — Después de fulminar con la mirada a su progenitora se acercó al minibar que había en la cocina. Últimamente no podía conciliar el sueño si no tomaba una copa de ron. — Veo que ya te pusiste cómoda. — Mencionó con falsa ironía mientras servía un par de copas, después se dirigió a su madre que había decidido sentarse sobre el sillón de su sala.
— Lo habría hecho si la habitación de invitados no pareciera a punto de ser ocupada. ¿Vives con alguien? — Preguntó con cierta curiosidad mientras recibía la copa que le proporcionaba su hijo.
Katsuki se quedó en silencio por unos momentos mientras se sentaba al lado de su madre. Tal vez había corrido con suerte para no revelarle su verdadero plan a Aizawa, pero con su madre no podría mentirle. Además, no quería ni podía hacerlo. Necesitaba tanto hablar con alguien que lo entendiera, que si no lo hacía sentía que podría volverse loco de remate. Tomó un trago generoso de ron, agradeciendo el ardor que provocaba en su garganta y que conseguía despejar su mente. — Van a dar de alta a Izuku la semana que viene. Obviamente no tiene a nadie que pueda hacerse cargo de él, así que lo haré yo, reacondicioné la habitación de invitados para que pudiera sentirse cómodo.
— Dadas las circunstancias… ¿se te permite hacer eso? — La rubia cruzó las piernas con tranquilidad mientras imitaba a su hijo para beber un trago más pequeño de su bebida. — Soy consciente que eres bueno en lo que haces, lo has sido siempre. Pero ¿puedes estar en un caso donde estás demasiado apegado con el involucrado?
Katsuki suspiró con ligereza al estirarse en dirección a la mesa en donde dejó su copa casi vacía de ron. Después cubrió su rostro con sus manos en un gesto de agotamiento que Mitsuki nunca le había visto antes a su hijo. — Mi jefe no lo sabe. No se lo he dicho y no planeo hacerlo hasta que este caso se resuelva.
Mitsuki frunció el ceño con ligereza sin entender a su hijo. — ¿Por qué?
— Porque si lo hago me sacarán de la investigación y no podré atrapar a ese desgraciado hijo de puta… — Murmuró sintiendo la ira nuevamente fluir por todo su cuerpo. — Y ahora más que nunca deseo atraparlo.
Katsuki recibió otro sape por parte de su madre, pero no se quejó por ello. De hecho, estaba seguro de que su madre no había ejercido nada de fuerza en el golpe pues no le había dolido en absoluto. — Vocabulario. — Gruñó con falsa molestia para después bajar su mano para acariciar la espalda de su hijo a modo de consuelo como cuando era tan solo un niño. Consiguiendo que las agrías feromonas que había dejado descargar el rubio convirtiendo el ambiente en uno pesado, disminuyeran poco a poco. — ¿Cómo está Izuku?
— Mucho mejor que cuando lo encontramos. Hubo un momento en el que pensé que no lo conseguiría. — Murmuró con cierto dolor en su pecho. Cuando observó a su madre, lo hizo con tal desolación que el instinto de Mitsuki fue el de querer proteger a su hijo de todo mal. — Pero no me recuerda, mamá. Ni a mi o cualquier otra cosa que hayamos compartido en el pasado. Es como si nunca hubiera existido en su vida. Y aunque una parte de mi se alegra de que no recuerde el infierno por el que pasó, la otra parte de mi se siente desesperada para que Izuku pueda sonreírme como cuando era aquel chiquillo que me seguía con ilusión a todas partes. Ni siquiera yo sé que me pasa.
— O tal vez lo sabes, pero intentas ignorarlo. O, mejor dicho, siempre lo has sabido, pero te da temor aceptarlo. — Mencionó Mitsuki con calma ante la mirada molesta de su hijo. — Siempre ha existido la leyenda de los predestinados, Katsuki. Aquella pareja de alfa y omega que desde el primer momento en el que se ven se juran amor eterno y sus almas se siguen amando sin importar el tiempo o el espacio. — Explicó la rubia después seguido de un suspiro. — En un principio pensé que el hecho de que aquel pequeño niño te siguiera a todas partes era normal, cualquier niño se deslumbra con lo que define como un héroe. Pero comencé a sospechar cuando tu actitud comenzó a cambiar poco a poco. Tu nunca fuiste alguien que toleraba las demostraciones de afecto, pero siempre que se trataba de Izuku eras diferente. Quise decirte algo, pero te mirabas tan feliz que no tuve el corazón de contradecirte. — Mitsuki buscó la mirada de su hijo, pero este se había empeñado en ver la copa de ron que estaba sobre la mesa de centro como si fuera lo más importante en el mundo. — Luego pasó la revelación de casta de Izuku junto con su primer celo… te vi pelear contra tus propios instintos y sufrir un celo tan fuerte que te provocaba dolor. Luego lo comprendí, el celo de Izuku provocó que entraras en rut porque tu alfa buscaba desesperadamente complacer a su omega. Pero por primera vez te dio miedo sentir todo con tal intensidad… quise prevenirte, pero ya habías tomado la decisión de marcharte para establecer una distancia entre los dos. Y eres tan obstinado que nunca me habrías escuchado. Sabía que en algún momento sus caminos se volverían a encontrar y entonces todo regresaría a la normalidad, pero pasó el accidente de la casa de Inko y todo empeoró.
— ¡Era solo un niño, mamá! Ni siquiera había vivido lo suficiente como para tener la oportunidad de decidir por sí mismo. — Katsuki se levantó desesperado y comenzó a caminar de un lado a otro de la sala como si fuera un animal salvaje al que han encerrado en una jaula. — ¡¿Querías que me aprovechara de él?!
— ¡Fuiste lo suficientemente fuerte como para ir en contra de tus instintos más primitivos con tal de protegerlo, Katsuki! — Mitsuki también se levantó para detener el andar de su primogénito. — Permití que siguieras a su lado porque sabía que lo cuidarías y no me equivoqué. Yo no críe a un neandertal, sino a un hombre de principios y valores, fuerte, orgulloso y capaz de proteger con su vida a las personas que ama.
El cuerpo de Katsuki se estremeció para finalmente desviar la mirada del rostro de su madre. — Al final no pude protegerlo. Tomé las decisiones equivocadas e Izuku sufrió las consecuencias de la peor manera.
— Tal vez. — Aceptó con calma Mitsuki dando un ligero asentimiento. Ella no solo había sido testigo del sufrimiento de su propio hijo, sino también del de Izuku. La rubia le había ayudado a Inko en más de una ocasión en calmar el llanto incesante del pequeño cuando Katsuki se marchó hacia Musutafu. — Pero no eres de los que se rinde. Si te caes, te levantas y sigues adelante. Se que ahora lo protegerás. No reprimas más lo que sientes o no lo podrás soportar. Todos tenemos un límite, hijo hasta tu.
Katsuki respiró hondo mientras cerraba los ojos, sintiendo una calma que no había sido capaz de sentir desde que toda esa locura había comenzado. Sus temores continuaban ahí, pero ya no sentía aquel enorme peso sobre sus hombros que le impedía hasta respirar. — Mamá… necesito tu ayuda.
— Lo sé. Por eso estoy aquí. — Y por primera vez desde que Katsuki era un niño, permitió que su madre le abrazara y se apoyó en ella una vez más buscando esa sensación familiar de seguridad.
La semana había pasado más rápido de lo que Katsuki había deseado. La habitación de Izuku ya estaba lista, en gran medida por la ayuda de su madre. Su espalda le dolía porque en esos últimos días había estado durmiendo en su sillón pues le había cedido su propia habitación a su progenitora, pero se sentía mucho más tranquilo. Su madre había traído con ella el bálsamo de tranquilidad que tanto había necesitado. Se sentía más centrado y objetivo respecto a lo que tenía que hacer de ahora en adelante. Los trámites para convertirse en el tutor temporal del peliverde habían sido fáciles a pesar de que estuvo presionando para que el tiempo que tardaban en realizarse coincidieran con el alta del hospital. Y aunque Aizawa continuaba mirándolo con sospecha, le había dejado proseguir con sus planes ya que de momento no tenía queja alguna de su proceder y Katsuki pretendía que continuara de esa manera.
Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro del rubio, mientras observaba la escena que se estaba desarrollando enfrente de él. Izuku siempre fue el tipo de persona que irradiaba calidez y contagiaba de buen entusiasmo con tan solo una sonrisa, y al parecer con el paso del tiempo dicha capacidad solamente se incrementó. Tanto las enfermeras como los doctores de turno que lo habían estado atendiendo durante todos esos meses habían organizado una especie de despedida, ahora que el peliverde había sido dado de alta. Katsuki se sentía tranquilo al comprobar que Izuku ya no se mostraba tan inquieto o mal por no poder recordar nada.
— ¿No piensa reunirse a la despedida?
El cuerpo del rubio se tensó un momento pues creía que no había nadie cerca de él desde donde se encontraba. — Doc, ¿no le han dicho que en su otra vida pudo ser un gato? Nunca he sido capaz de escuchar sus pasos cuando se acerca.
El doctor Himura rio con suavidad mientras se encogía de hombros y le extendía después al agente el alta del chico. — Quizás, o usted simplemente pierde la noción del tiempo y espacio cuando ese pequeño está cerca.
Katsuki carraspeó con ligereza, arrebatándole el alta al doctor para después guardarla en el interior de su chamarra. Podía sentir perfectamente como la punta de sus orejas se calentaban ligeramente por aquella insinuación. — Gracias por todo. Nos marchamos.
El doctor volvió a reír ante el arrebato del rubio de no responder a ninguna de sus preguntas y luego se marchó ya que lo requerían con urgencia en el quirófano. Katsuki casi agradeció su ausencia mientras se acercaba hasta donde se encontraba Izuku sonriendo sentado en aquella silla de ruedas.
— Deku… ¿nos vamos? Ya tengo tu alta. — Mencionó con calma Katsuki mientras una pequeña sonrisa involuntaria se instalaba en su rostro, correspondiendo a su vez la del más joven.
— Detective… llegó temprano. — Izuku murmuró con cierta timidez en su dirección, aun no se acostumbraba del todo a su presencia y sinceramente no sabía cómo iba a ser su convivencia a partir de ese momento.
Katsuki se encogió de hombros mientras se colocaba detrás del pecoso para poder agarrar los mangos de empuje de la silla de ruedas. — Tuve que hacer un par de diligencias aquí cerca y aproveché. — Respondió como si no se tratara de algo relevante. Estaba mintiendo abiertamente pues no había podido controlar las ganas de ver ya al peliverde una vez que había salido del departamento. — Despídete, Deku.
Un pequeño puchero se formó en los labios del peliverde, de alguna manera se sentía seguro en aquel lugar en donde se había hecho amigos del personal del hospital. El rubio permitió que el chico se despidiera de todos con paciencia y después empujando la silla de ruedas con calma comenzó a avanzar por entre los pasillos del hospital hasta la salida.
— No tienes de qué preocuparte. Vendremos cada ocho días para que continues con tus terapias, no es que los dejes de ver para siempre, Deku. — Respondió el rubio con cierta diversión ante el pesimismo del menor. — Por cierto, de momento mi madre está viviendo conmigo de manera temporal así que ella te cuidara mientras yo no esté. Es un poco temperamental, pero estoy seguro de que le vas a caer muy bien.
Katsuki observó de reojo como Izuku comenzaba a jugar con sus manos. Quizás el peliverde no lo recordara, pero solía hacer aquello cada vez que se encontraba nervioso. — ¿Lo cree?
— Claro que sí, no te preocupes. De momento solo concéntrate en recuperarte. — Mencionó el rubio quien sin darse cuenta le proporcionó una suave caricia al cabello del chico. Ahora que ya no contaba con el vendaje en su rostro ya lo traía suelto con más libertad, aunque debía usar parche en su ojo herido por una temporada.
Las mejillas de Izuku se tiñeron de un sutil sonrojo ante las atenciones del mayor, no entendiendo porque no le asustaban, cuando no había resistido las caricias de nadie más, una vez que fue consciente de su entorno. — Esta bien. — Susurró con suavidad dejando de jugar con sus manos.
Katsuki sonrió un poco al notarle más relajado y comenzó a tararear una canción con suavidad mientras esperaban que las puertas del ascensor se abrieran. Izuku quería preguntarle muchas cosas al detective, pero ninguna pregunta salió de su boca pues en ese momento las puertas del ascensor se abrieron, dejando el paso a todas las personas que habían llegado a su destino. Bueno, a excepción de una que se había quedado parada enfrente de la silla de ruedas sin la intención de querer moverse pronto. Un hecho que desconcertó a Katsuki, pues el cuerpo de Izuku se había tensado con demasiada notoriedad. De forma instintiva, el rubio manipuló la silla de ruedas para hacerla retroceder y así poder colocarse enfrente de ella, cubriendo con su cuerpo al peliverde quien había palidecido.
— ¿Nos permite pasar? — Preguntó con firmeza el rubio, sus ojos recorriendo de pies a cabeza al hombre enfrente de ellos que, por la bata, Katsuki intuía que era doctor.
— ¡Oh, claro! ¡Qué torpeza la mía! — Aquel hombre de cabello negro sonrío ampliamente antes de hacerse a un lado. — Una disculpa. — Mencionó finalmente, pero su mirada quedó prendada del chico peliverde que se encontraba repentinamente mudo sentado en su silla de ruedas. — ¿Ya se marchan?
— Sí, vamos tarde. — Respondió Katsuki aún sintiendo todas las alertas de su cuerpo encenderse por algún motivo. — Con permiso.
Cuando Katsuki dio el primer paso en dirección al ascensor, la mano del doctor tomó con firmeza el reposabrazos de la silla de ruedas para detener su avance. Katsuki frunció aún más ceño cuando no pudo mover para nada la silla, aquel hombre era más fuerte de lo que aparentaba. ¿Qué rayos le pasaba a aquel doctor?
— Soy el doctor Tenko, mucho gusto. — Izuku se tensó aún más cuando observó de reojo la manera en la que el doctor metía su mano dentro del bolso de su bata y sacaba un caramelo del interior. — Ten. Un pequeño obsequio como premio por conseguir salir del hospital.
Sin darle la oportunidad a Izuku de responder algo. Katsuki tomó aquel dulce por sí mismo y forzando una sonrisa dio un ligero asentimiento cuando consiguió zafarse de aquella sujeción. — Gracias, doctor. Con permiso. — Respondió una vez más fingiendo una sonrisa para finalmente ingresar al ascensor.
Cuando Katsuki volteó, antes de que las puertas del ascensor se cerraran por completo, pudo apreciar que el doctor Tenko continuaba observándoles fijamente. Sin embargo, en todos sus años, nunca había visto aquel tipo de mirada. Un escalofrío le recorrió toda la espina dorsal de forma involuntaria. Tenía un mal presentimiento así que, siguiendo el llamado de su alfa, colocó su mano sobre el hombro del peliverde deseando protegerlo. Si Katsuki se dio cuenta de cómo el cuerpo de Izuku se había relajado tras su toque, no mencionó nada.
