CAPÍTULO 5
MONSTRUO
Advertencia:
Se tocan temas bastante sensibles, pero necesarios para comprender la psicología del personaje.
Tenko Shimura, 7 años
La primera vez que Tenko Shimura sintió que tenía ganas de quitarle la vida a alguien fue a la tierna edad de siete años, mientras su padre lo golpeaba una y otra vez contra el suelo de su habitación y el piso de madera se manchaba con el rojo carmesí de su sangre. En aquel entonces no sabía el verdadero significado de lo que era matar, lo único que sabía era que deseaba con todas sus fuerzas que su padre dejara de hablar, dejara de golpearlo, pero sobre todo que dejara de respirar, y de ser posible que todo aquello se diera para siempre para nunca tener que volver a verle. Tampoco sabía lo que era el odio, pero era consciente de que lo que sentía por aquel hombre que decía llamarse su padre no podía considerarse amor o cualquier otro tipo de sentimiento bonito.
— ¡Eres una aberración! ¡Tú serás un alfa dominante! — El rostro del pequeño se ensombreció por completo al observar a su padre todo agitado mientras le golpeaba la cabeza en repetidas ocasiones contra el sucio piso de madera de su habitación. Un piso que comenzaba a salpicarse de un pegajoso color rojo. Lo único que podía sentir además del dolor, eran unas terribles nauseas por el aroma metálico de la sangre que obstruía sus fosas nasales. — ¡¿Cómo es posible que tengas esos gustos tan afeminados?! ¡Entiende que no eres un omega!
Tenko Shimura había aprendido que si no gritaba cada vez que su padre se ponía de aquella manera y dejaba que todo continuara sin intervenir, llegaría un punto en el que Kotaro se cansaría y lo dejaría en paz. Posteriormente, al día siguiente tendría una enorme resaca y entonces podría pasar desapercibido. Aquel día, sin embargo, siguió golpeándolo hasta que los gritos de su padre se transformaron en un eco de fondo y la oscuridad lo cubrió con su frío manto. El pequeño Tenko casi sonrió porque por un momento, estando en aquel estado de trance no era capaz de sentir absolutamente nada y se sintió feliz desde hace mucho tiempo.
Kotaro Shimura siempre fue un alfa dominante y exigente con su familia. El día del nacimiento de Tenko fue el hombre más feliz de la tierra ya que al fin tendría un hijo varón alfa, su primogénito varón. Pero todo cambió conforme Tenko fue creciendo, si bien cuando le realizaron el examen de género dio positivo para alfa, su comportamiento dejaba mucho que desear. En lugar de escoger carritos para jugar, prefería sentarse con su hermana mayor y jugar a las muñecas. De hecho, le encantaban las muñecas, con sus bellos caireles y sus hermosos vestidos. Aquel era un comportamiento anormal que Kotaro no podía permitir en su casa, así que para evitar que su hijo se convierta en un alfa defectuoso comenzó a corregir sus notables inclinaciones de la manera que mejor sabía: a base de golpes.
Tenko nunca comprendió que era lo que hacía mal para provocar la ira de su padre. Tampoco entendía porque su madre Nao o su hermana Hana nunca lo defendían e incluso volteaban la cara cuando su padre comenzaba a sacarle el aire de sus pulmones a base de patadas, ¿en verdad estaba mal ser como era?, ¿estaba mal que le gustaran las muñecas y las cosas lindas en general? Aparentemente así era porque siempre que le preguntaba a su madre esta le respondía que su padre tenía toda la razón, después de todo se trataba del alfa quien proveía a su familia. Conforme Tenko crecía, su cuerpo comenzó a reaccionar ante la presencia de su padre temblando de forma involuntaria. Su cabello comenzó a teñirse de blanco poco a poco a causa de la excesiva dosis de estrés a la que era sometido todos los días. Sus ojos negros fueron adquiriendo un tono rojizo al ir perdiendo la pigmentación con cada golpe que recibía en el rostro. La comezón en su cuello era cada vez más insoportable y difícil de ignorar. Era como si se estuviera transformando en alguien completamente diferente, una marioneta que su padre intentaba manipular y moldear a su antojo.
La única que le brindaba un poco de consuelo era su abuela, pero ni ella podía detener a su hijo cuando comenzaba a atacar a su nieto. A veces la anciana solía llevarse a su casa a Tenko un par de días en donde su nieto podía relajarse e incluso jugar con las muñecas que su abuela tenía, aunque claro, a escondidas de su padre. Tenko amaba tanto a su abuela porque nunca intentó "corregir" su forma de ser. Para Tenko su abuela era la única que valía la pena un poco de su afecto.
— ¿Doctor? — Preguntó su secretaria una vez que entró por la puerta de la oficina al no recibir respuesta directa por parte del intercomunicador del médico. — Le comentaba que habló el joven Kotaro para preguntarle si podía llegar quince minutos tarde a la cita, ¿está bien?
El doctor Shimura sonrió con la amabilidad que tanto lo caracterizaba al regresarle la mirada a su secretaria. — ¿El joven Kotaro? — Preguntó finalmente mientras buscaba el expediente del chico para comenzar a leerlo con calma. De manera inconsciente llevó su dedo índice al nombre del aquel joven para delinearlo, casi como si pudiera saborear algún tipo de dulce. Así que había sido el nombre de Kotaro el que había detonado esa maraña de recuerdos. — Sí, me parece bien. Que llegue a la hora que le sea más conveniente, yo no tengo ningún problema en esperarlo.
— Muy bien. Le avisaré entonces. — La secretaria correspondió la sonrisa del doctor y después se marchó a realizar su petición.
Los ojos del doctor Shimura siguieron la silueta de su secretaria hasta que se perdió al otro lado de la puerta. Hacía tanto tiempo que no recordaba a su padre, y por un momento, uno demasiado corto, se volvió a sentir como aquel niño tembloroso que le tenía terror a aquel hombre por ser completamente diferente a lo que se suponía debía de ser. Una sonrisa comenzó a formarse en sus labios, pero no se trataba de una sonrisa de felicidad, sino de una máscara de completa satisfacción retorcida, disfrutando de un recuerdo oscuro, un secreto que no le había confiado nadie, pero que había disfrutado plenamente.
— Padre, ¿sigues retorciéndote en el infierno?
Susurró con suavidad mientras rascaba de forma distraída su cuello como si su mente se negara del todo a alejarse de aquella parte de su pasado que en algún punto de su vida lo llegó a atormentar.
Tenko Shimura, 15 años
Corría a trompicones, casi tropezando con sus propios pies, pero aun así no se detuvo en ningún momento. La euforia recorría cada poro de su ser mientras apretaba contra su pecho aquel preciado tesoro que su abuela le había obsequiado, yendo en contra de las creencias de su propio hijo. Tenko a esas alturas de su vida podía asegurar que su abuela era la única persona que lo quería tal cual era y no podía evitar sentirse realmente contento al respecto. Su abuela se había convertido en su única motivación para seguir viviendo. Un pequeño respiro en medio de todo el caos que era su familia. Que decidiera regalarle aquel obsequio tan especial en el día de su cumpleaños, un día que siempre pasaba desapercibido para todos en su casa, en verdad lo había hecho realmente feliz. Tanto, que de no estar corriendo se habría puesto a llorar de la emoción.
— Debes de tener cuidado, Tenko. No permitas que te descubran. — Tenko había asentido con la felicidad refugiándose en su corazón mientras abrazaba con cuidado aquel regalo tan especial. Finalmente besó la mejilla de su abuela antes de irse corriendo hacia su casa.
Al llegar a su hogar se dirigió directamente a su habitación en donde se aseguró de cerrar la puerta y de que no hubiera nadie en su casa. Después colocó el objeto sobre su cama mientras sonreía con genuina alegría.
— Es muy bonita. — Susurró mientras que con sus manos quitaba el papel que cubría a su regalo. Se trataba de una muñeca de porcelana de caireles verdes, maquillada sutilmente, con sus mejillas llenas de pecas y los ojos color verde. Simplemente encantadora. No podía esperar el momento para comenzar a hacerle su ropa y accesorios, algo que había descubierto hace poco cómo hacer y que le relajaba bastante.
Debía de tratarse de una muñeca bastante cara, no sabía cómo le había hecho su abuela para conseguirla, pero le gustaba demasiado. Estaba tan ensimismado en sus pensamientos que no se dio cuenta que habían abierto la puerta de su cuarto hasta que las olió y entonces su cuerpo se paralizó. Las feromonas de su padre agresivas y opresoras mezcladas con el aroma inconfundible del alcohol. Tenko se dio cuenta que había recibido el primer golpe cuando ya se encontraba en el suelo y un dolor punzante había comenzado a dominar su mandíbula impidiéndole hablar. Su boca sabía a su propia sangre. Un terror inconfundible comenzó a recorrer su cuerpo de pies a cabeza.
— Tal parece que tú nunca vas a entender, ¿verdad? ¿Quieres ser un omega? — Kotaro tomó la muñeca que había traído su hijo con un semblante lleno de desprecio y sin ningún tipo de arrepentimiento la arrojó contra el suelo, provocando que se quebrara en miles de pedazos. — Entonces te vas a convertir en un omega por completo.
Tenko sabía que había algo completamente diferente. Si no conseguía escapar de las garras de su padre definitivamente no saldría con vida. Había algo en aquella pose que lo intimidaba de una manera que nunca había pasado. Lo sabía por la mirada vacía y llena de asco que le estaba dedicando. Lo supo en la manera en la que lo estaba agarrando. No solo lo estaba golpeando, sino que al mismo tiempo estaba intentando quitarle los pantalones junto con su ropa interior dejando las horripilantes marcas de sus dedos por su piel, aumentado de esa manera sus ganas de vomitar.
— P-Papá no… por favor… no lo volveré a hacer… lo prometo… — Su cuerpo temblaba mientras intentaba cerrar las piernas y arrastrarse por el suelo, ansiando alejarse. Ni siquiera le estaba importando el dolor en su mandíbula con cada palabra que salía de su boca.
— ¡Cállate! — Kotaro le propinó otro golpe en la cabeza a su hijo que lo dejó tan aturdido que no sintió la manera en la que su padre lo volteaba sin ningún tipo de cuidado, azotándolo en el suelo. Después, el sonido del cierre de los pantalones de su padre le provocó una serie de escalofríos que lo hizo temblar de pies a cabeza por lo que eso significaba. — Quieres ser un omega, ¿verdad? Entonces compórtate como uno.
El grito que terminó por destruir la mandíbula de Tenko fue tan desgarrador que seguramente fue escuchado por todo el vecindario. Aunque como siempre, nadie acudió a su llamado. Él no era un omega, solamente tenía gustos diferentes, ¿ese era motivo suficiente para que estuviera sufriendo de esa manera? Su padre se estaba encargando de darle una lección por ello que nunca olvidaría. Justo en ese momento, mientras su padre lo ultrajaba y marcaba de la peor manera posible solamente podía pensar en el odio que crecía por su padre, por su familia entera y por la existencia de los omegas, porque si ellos no estuvieran su comportamiento no podría ser considerado como una aberración. Se odiaba a sí mismo por no ser fuerte, por tener ese cuerpo tan sucio que su padre se estaba encargando de rebajar aún más. Pero ese odio tan grande que no cabía en su cuerpo siempre regresaba a su origen, a Kotaro y a su apestoso resuello que no dejaba de taladrar sus oídos con esos gemidos y jadeos, en su apestoso cuerpo sudoroso que caía con todo su peso contra el suyo. ¿Por qué simplemente no terminaba por matarle de una vez por todas? Ya ni siquiera tenía fuerzas para seguir gritando.
Quería morir. Tal vez si dejaba de existir podría reencarnar en algo más, en algo que no tuviera que pasar por la aprobación de medio mundo para finalmente ser feliz. Si dios existiera realmente le concedería ese deseo en esos momentos, pero formaba parte de un cuento color de rosa al que no tenía derecho de acceder. Solamente esperaba que su padre terminara con aquella tortura pronto para poder morir en paz. Si las heridas que tenía no terminaban por matarlo entonces lo haría él mismo. Él mismo se convertiría en su propio héroe y se salvaría. Terminaría con todo de una vez por todas. O tal vez no. Sus ojos, ahora rojos por completo y vacíos enfocaron los restos de su preciosa muñeca que yacía hecha pedazos cerca de donde se encontraba. ¿Valía la pena rendirse realmente? No lo sabía, pero su mano se estiró con demasiado esfuerzo como si tuviera vida propia para poder alcanzar lo que había sido el brazo de la muñeca y se aferró a él como si fuera su única salvación. Gritó de nuevo cuando su padre emitió el último gemido mientras lo anudaba desgarrando su interior, sintiendo todo el asco del mundo cuando algo caliente comenzó a llenarlo. Aprovechando el pequeño lapso de debilidad de su padre, giró su cuerpo ignorando por completo el dolor que aquel movimiento le proporcionaba, y usando la repulsión como fuente de energía, clavó con fuerzas renovadas el brazo roto de la muñeca en el cuello de su padre, quien se quedó por un momento quieto, con los ojos abiertos llenos de incredulidad y terror por partes iguales.
Kotaro se levantó con dificultad sin importar si dañaba más a su hijo al separarse de esa manera para finalmente quitarse aquella arma improvisada de su cuello. De inmediato la sangre comenzó a correr por la herida manchando el cuerpo de su hijo que no podía apartar la mirada de su progenitor. Con pasos tambaleantes caminó con toda la intención de salir por la puerta del cuarto, pero se desplomó de inmediato debilitado por la rápida pérdida de sangre. Entonces Tenko se arrastró por el suelo, sintiendo sus piernas demasiado debilitadas como para incorporarse y caminar, hasta llegar al cuerpo de su padre que aún respiraba y entonces se subió a ahorcajadas sobre él, sentándose en su regazo. En el trayecto había recogido de nueva cuenta el brazo de la muñeca.
— ¿Por qué no te vas al infierno de una vez por todas, padre? — El rostro de Tenko, que antes había estado inducido por el más puro de los terrores, se había transformado por completo. Sus ojos, de un intenso tono carmesí, parecían brillar reflejando en ellos toda la ira que sentía mientras se deleitaban ante el sufrimiento de su padre, quien intentaba retener el sangrado al apretar su propio cuello. Una sonrisa torcida, se dibujó en su rostro mientras se inclinaba sobre el cuerpo de Kotaro aplastándolo con su propio peso. Dirigiendo sus labios al oído del hombre sonrió, estaba seguro de que era capaz de oler el miedo que se desprendía del cuerpo de su padre. Estaba disfrutando demasiado tener el control por primera vez. — No tienes idea de cuánto soñé con este momento. — Susurró contra la piel de la mejilla cada vez más fría de Kotaro quien seguía presionando su mortal herida. Después, usando su lengua comenzó a lamer la sangre del cuello ajeno, comenzando a reír a carcajadas mientras comenzaba a apuñalar con aquel brazo de cerámica una y otra vez el cuerpo de su padre, no importándole mancharse en el proceso. La sensación de poder liberarse al fin de que los grilletes que lo mantenían sujeto a aquella casa resultaban embriagadores.
El sonido de la risa de Tenko fue tan notorio que atrajo la atención de su madre y hermana que acababan de llegar de una fiesta de cumpleaños. Sin entender qué era lo que estaba pasando subieron las escaleras y cuando entraron a la habitación del menor de la familia no pudieron evitar gritar llenas de horror ante la escena que se estaba desarrollando enfrente de ellas: Tenko sentado sobre su padre apuñalándolo una y otra vez, por más que era evidente que ya se encontraba muerto, en medio de un gran charco de sangre.
— ¡¿Q-Qué hiciste T-Tenko?!
Tenko detuvo sus acciones al escuchar la voz de su madre, incluso dejó de reír. Sin dirigirle la mirada se levantó lentamente, aun sintiendo la adrenalina recorriendo todo su torrente sanguíneo. Su mano aún aferrada a aquel brazo de porcelana que le había devuelto la vida que había perdido a manos de su padre. Con una inquietante calma se acercó a su madre, con la misma sonrisa torcida y burlona carente de cualquier tipo de emoción. Si su madre notó que su hijo estaba desnudo de la cintura para abajo, aquel reconocimiento quedó opacado por el miedo que estaba sintiendo.
— Nada, madre… esto es algo normal, ¿no? Papá siempre lo hace. — Cuando Tenko estuvo por completo enfrente de ella, la abrazó hasta con cierto cariño. — ¿Qué pasa mamá? ¿Tienes miedo? Soy solo yo, tu hijo. — Y sin permitir que Nao respondiera, comenzó a apuñalarla una y otra vez con el brazo de la muñeca por la espalda sin importar los intentos de la mujer por querer apartarse.
— ¡Tenko, detente! — Hana se acercó para intentar separar a su hermano de su madre, inútilmente. — ¡Por favor!
Sin embargo, Tenko no le hizo caso sino todo lo contrario, de un manotazo la tumbo dejándole aturdida. ¿Desde cuándo su hermano había adquirido aquella fuerza? Cuando pudo volver a enfocar bien con sus ojos, Tenko se encontraba de cuclillas enfrente de ella con una enorme sonrisa. Los gritos de su madre se habían extinguido por completo. Hana comenzó a temblar de manera involuntaria y cerró los ojos al notar que su hermano comenzaba a estirar su mano en su dirección, como si de esa manera pudiera defenderse del mal que estaba por cernirse sobre ella.
— Hana, Hana, Hana. — Mencionó en medio de una risa espeluznante mientras le acariciaba el cabello con ternura, casi como si quisiera consolarla. — No debes de temer, soy solo tu pequeño hermano… — Susurró con suavidad inclinando su rostro para poder besar con gentileza la frente de su hermana. — El mismo hermano menor que siempre ignoraste mientras nuestro amoroso padre me masacraba a golpes.
Los ojos de la chica se abrieron por completo, reflejando el rostro sonriente de su hermano deformado por la maldad. Abrió la boca para gritar, pero de su boca comenzó a emanar borbotones de sangre ocasionados por la herida que le había infligido su hermano al cortarle la garganta. Aquella persona ya no se trataba de Tenko Shimura, sino de alguien más, alguien más aterrador, sin escrúpulos y sin sentimientos que estaba disfrutando por primera vez de su propia libertad. Matar se había convertido en la vía de escape de Tenko Shimura y lo estaba disfrutando con todo su ser. Cuando los ojos de Hana se apagaron después de expirar su último aliento, Tenko se encontraba bañado de la sangre de la que había sido su familia.
— ¡No! ¡No! ¡No! ¡Por favor no! ¡Detente!
Los ojos de Izuku se abrieron por completo asustados en medio de la oscuridad de la noche en una habitación que no reconocía. Su primer instinto había sido salir corriendo, pero el dolor de su pierna se lo impidió cuando intentó ponerse de pie. Tampoco podía evitar los espasmos que recorrían su cuerpo. Sentía un terror que no podía explicar. La sensación de sentirse inseguro no le gustaba. Su omega se revolcaba de angustia en busca de consuelo de alguien que no alcanzaba a recordar y eso lo estaba desesperando cada vez más.
— ¡Deku! ¡¿Qué pasa?! ¿Estás bien?
Katsuki Bakugo ingresó apresurado a la que había sido su habitación, encendiendo la luz inmediatamente. De forma instintiva había llevado su arma dispuesto por completo a enfrentarse con cualquiera que estuviera perturbando de aquella manera a Izuku, pero al ver que no había nadie más que el pecoso tembloroso en la cama, sudando y con su rostro reflejando todo el terror del mundo, volvió a guardarla. Sin detenerse mucho a pensar, se acercó a la cama, sentándose en ella para poder abrazar el cuerpo delgado del omega con fuerza entre sus brazos, casi como si quisiera ser capaz de protegerlo de cualquier tipo de maldad.
— ¡K-Kacchan!
El cuerpo del rubio se estremeció ante el llamado inconsciente de Izuku, su alfa sintiéndose intranquilo pues a pesar del apodo mencionado aun sentía cierto rechazo por parte el omega. Sin embargo, no mencionó nada estando más preocupado por reconfortar de cualquier manera para que volviera a tranquilizarse y pudiera dormir. Con cuidado, tratando de evitar lastimar el cuerpo del chico, comenzó a acariciar el cabello peliverde al mismo tiempo que depositaba un beso sobre su frente y comenzaba a emitir sus feromonas buscando relajar al menor.
— Tranquilo… no pasa nada. Fue solo un mal sueño, todo está bien. Aquí nada te hará daño, te voy a proteger. Lo prometo.
El cuerpo del peliverde volvió a estremecerse un poco antes de regresar a la calma de forma paulatina entre los brazos del rubio mayor, un poco frustrado al no poder devolver el abrazo debidamente. Inconscientemente el chico había escondido su rostro en el cuello del detective en donde podía sentir más directamente su aroma a canela que tanto le calmaba. Cuando estuvo más tranquilo el peliverde negó con suavidad.
— Era una horrible pesadilla. — Susurró apenas perceptible, sintiendo de nuevo esa seguridad que había perdido minutos antes y dándose cuenta de que estaba tan cansado que estaba volviendo a quedarse dormido. — Era un monstruo… —Inhaló una vez más el aroma del detective y de manera instintiva se acurrucó más contra él, buscando su calor. — Un monstruo que me perseguía… un monstruo con ojos rojos… cabello blanco… — Katsuki podía sentir como poco a poco el cuerpo del peliverde volvía a relajarse a tal punto de casi poder quedarse dormido. El doctor Himura ya le había comentado que aquella era una reacción normal mientras su cuerpo se recuperaba buscaría el descanso de manera inmediata. — Un monstruo… con una sonrisa aterradora.
Katsuki se quedó un momento más con Izuku abrazado en completo silencio mientras procesaba todo lo que Izuku le había comentado. Su instinto le decía que aquello no se trataba solamente de una pesadilla, la memoria de Izuku estaba peleando por regresar. Que se hubiera dirigido a él por ese apodo que le había puesto cuando era un simple niño, era prueba suficiente de ello. Pero lejos de sentirse feliz por ello, se sentía ansioso pues su alfa no paraba de removerse desesperado queriendo proteger a su omega a toda costa, aunque no pudiera recordarle. Después volvió a recostar al menor tomándose todo el tiempo necesario para cobijarle debidamente. Finalmente se quitó la playera de la pijama para dejarla cerca del chico para que durmiera tranquilo gracias a la fragancia de sus feromonas.
— Duerme tranquilo, Zuzu.
El rubio susurró no pudiendo evitar sonreír con suavidad cuando el chico buscó su playera para poder abrazarla como si se tratara de un oso de peluche. Antes de marcharse no pudo resistir las ganas de besar la frente del pecoso con ternura. Al rubio no le sorprendió encontrarse con su madre al salir de la habitación, esperándole recargada contra la pared del pasillo.
— ¿Está bien? — Preguntó directamente al acercarse a su hijo con calma una vez este cerró la puerta de la habitación. Había decidido no entrar una vez que vio a su hijo dentro para evitar perturbar más al peliverde.
— Lo está. — Respondió el rubio mostrando el semblante más cansado que alguna vez su madre le hubiera visto. Se preocupó de inmediato cuando le observó avanzar por el pasillo en dirección a la sala.
— Pero… te reconoció. Fue el quien te dio ese apodo y tu no permitiste que nadie más te dijera de esa manera. — Intentó razonar la rubia mientras se apresuraba a alcanzar a su hijo que en esos momentos se estaba sirviendo una copa de ron. — Es muy temprano para beber, Katsuki. — Mencionó finalmente con el ceño fruncido, eran casi las cinco de la mañana después de todo.
Ignorando los consejos de su madre llevó a sus labios aquella copa y la vació al instante. Una mueca se dibujó en su rostro ante el ardor característico del alcohol mientras recorría su garganta. Luego se sirvió otra copa que llevó directamente hasta el sillón que se había convertido en su cama durante esos últimos días y se sentó con desgana. — No me reconoció.
— Pero…
— ¡Yo lo sabría! Sabría si Izuku me ha recordado mamá y no es así. — El rubio habló interrumpiendo de inmediato a su madre. O al menos sabía que el alfa dentro de él se daría cuenta, pero seguía sintiendo ese vacío en su interior que aumentaba cada vez que estaba cerca del peliverde. Bebió un trago de ron para aclarar sus ideas y evitar ponerse a llorar de forma patética en presencia de su madre quien guardó silencio mientras escuchaba lo que tenía que decir. — Pero creo que su memoria está comenzando a regresar poco a poco. Lo que soñó Izuku… estoy seguro de que recordó a ese hijo de perra.
Sin mencionar otra palabra Mitsuki suspiró mientras se sentaba a un lado de su hijo, acompañándole en silencio mientras seguía bebiendo. Sabía que Katsuki era fuerte, en verdad lo sabía, lo había criado de la mejor manera para que se convirtiera en un hombre de bien, pero por primera vez estaba dudando. Estaba preocupada por Izuku definitivamente, pero estaba más preocupada por el bienestar de su hijo quien no solo mostraba el cansancio habitual de un caso complicado, sino también del de un alfa quien está sufriendo por la ausencia de su omega. Sabía que si la situación se extendía Katsuki iba a consumirse en la desesperación y sinceramente no sabía cómo podría ayudarlo.
El silencio del consultorio podría considerarse hasta cierto punto perturbador, pero era lo que le ayudaba a Tenko Shimura a concentrarse justo antes de una consulta. Las paredes estaban llenas de cuadros de los diplomas y reconocimientos que había obtenido a lo largo de su carrera. Ser psicólogo no había sido su primer opción, pero no se arrepentía de su elección. Adentrarse en la mente de las personas para conocer sus virtudes y vulnerabilidades, incluso poder manipular sus emociones le divertía demasiado. Pero lo que más disfrutaba era ver como todos lo admiraban y reverenciaban su presencia. No solo había conseguido un excelente trabajo, sino el mejor disfraz. ¿Quién diría que el antiguo Tenko Shimura serviría de algo al fin? Se había ganado el respeto de sus colegas y de las personas que trabajaban bajo su mando, algo que también fue capaz de alcanzar gracias a sus conocimientos acerca de psicología.
— ¿Doctor? — Su secretaria había entrado después de un par de toques a la puerta que no había sido capaz de escuchar. — Lo siento, pero de nuevo no escuchó mi llamado por el intercomunicador. — Explicó la mujer ante la mirada perdida del doctor. Por un momento se confundió, pero cuando notó que el doctor miraba la esquela enmarcada que tenía en un portarretratos sobre su escritorio, pero que ahora sostenía entre sus manos, su expresión se dulcificó con una especie de empatía y comprensión. Después de todo el aniversario de la muerte de su familia estaba muy cercano. Resultaba extraño ver nostálgico al doctor, pero suponía que como cualquier ser humano era lo más normal del mundo.
— Oh… lo siento, linda. He estado un poco distraído últimamente, ¿qué me decías? — Preguntó con la amabilidad habitual mientras sonreía y dejaba de nueva cuenta aquel portarretratos sobre su escritorio.
La secretaria dudó un momento, pero después se animó a preguntar. — ¿Se encuentra bien?
El doctor Shimura parpadeó un poco confundido por la pregunta, pero después de un momento cayó en la cuenta de que seguramente su secretaria le había visto prestar más atención a la esquela enmarcada en aquel portarretratos. — Oh… sí, claro. Solo me puse a recordar algunas cosas, pero definitivamente estoy bien.
La secretaria asintió con una pequeña sonrisa, entendiendo al doctor y decidiendo no querer indagar más en el tema. — El joven Kotaro ya ha llegado a su cita, doctor.
— Está bien… pásalo en diez minutos mientras organizo su expediente. — Respondió finalmente mientras sacaba la carpeta de su paciente y su cuaderno con sus notas referente a su caso.
— Claro… como diga.
Y sin más se marchó, dejando de nueva cuenta solo al doctor. El doctor Shimura sabía que podía decirle a su secretaria que le diera acceso de una vez a aquel joven, pero para mantener la calma debía de permitirse unos minutos más. Recordar su pasado siempre le proporcionaba cierto desbalance emocional que no podía evitar. Aun así, le fue imposible no reírse ante cómo había actuado su secretaria, como si en verdad pudiera sentir tristeza por la pérdida de su familia. Si supiera la verdad ni siquiera se atrevería a estar cerca de él. A veces, solamente para entretenerse o pasar el rato, imaginaba las mil y un maneras que podía utilizar para convencer a su secretaria de acompañarle al motel más cercano, suponía que podía coquetear un poco con ella, ilusionarla, decirle lo hermosa que se miraba todos los días. Cualquier cosa que le pudiera servir para que bajara por completo la guardia. Incluso tal vez hasta la besaría. De seguro que sería entretenido observar cómo sus mejillas de seguro adquirirían un color rosado que contrastaría con el color avellana de sus ojos. Luego, cuando accediera, la llevaría a beber un par de tragos antes al bar que se encontraba a la esquina del hospital para conversar un poco, y cuando fuera al baño para retocarse como lo haría cualquier mujer vanidosa que ha creído que ha conseguido una cita genial que le abriría un abanico de oportunidades, le colocaría un potente somnífero a su bebida.
Su siguiente movimiento sería pagar la cuenta y llevarla cargando, alegando al mesero la nula resistencia al alcohol que tenía la chica y que se haría cargo de llevarla a su hogar. Finalmente, conduciría con tranquilidad mientras se deleitaba con alguna canción de la estación de radio local. Al llegar al bosque la desnudaría y le pondría alguno de los trajes de muñeca que solía confeccionar a mano para alguna de sus víctimas. La despojaría del mundo de los sueños con un par de fuertes golpes y después le abriría las piernas con rudeza para comenzar a ultrajar su cuerpo por completo. Con cada grito y súplica comenzaría a apuñalarla. Se aseguraría de romperle un par de costillas mientras sus manos se encargarían de ejercer la suficiente presión en el cuello hasta que sus ojos se tiñeran de rojo por el esfuerzo que haría al intentar respirar. La observaría en todo momento, no estaría satisfecho hasta asegurarse de que sus ojos quedaran opacados por el frío velo de la muerte. Luego la desecharía como la muñeca inservible y defectuosa en la que se convertiría, para poder regresar al lado de su abuela que lo estaría esperando con una taza de chocolate caliente mientras terminaba de hacer la cena. Era el plan perfecto y estaba seguro de que disfrutaría cada momento. ¿Qué era lo único que lo detenía y que mantenía con vida a su secretaria? Que era una mujer beta y no tenía pecas en el rostro. Un par de pequeños detalles que a fin de cuentas hacían toda la diferencia del mundo, pero eso no evitaba que se recreara en su mente. Esa manera, además de hacerle sentir una paz interior inmensa, le proporcionaba nuevas ideas para ejecutar con sus siguientes víctimas.
¿Qué era lo que más le causaba gracia? Que nadie sospechaba de él, aunque lo anunciara públicamente nadie lo notaría. Tenko Shimura era una persona común y corriente, amable y educada, que se preocupaba por el bienestar de sus pacientes y que estaba tan comprometido con su trabajo que nunca había tenido ningún tipo de retraso, nunca faltaba y siempre estaba dispuesto a quedarse tarde cuando se lo solicitaban. Hasta cierto punto era una persona aburrida que sólo iba del trabajo a su casa, y viceversa. No le gustaba causar ningún tipo de conflicto ya que intentaba llevarse bien con todos. Vivía con su abuela, quien era su adoración y pagaba todos sus gastos médicos. Incluso donaba una módica cantidad de dinero a la iglesia pues le ayudaban a veces con los cuidados de su abuela cuando tenía que salir del país a alguna conferencia. En pocas palabras, no existía una persona que dudara de él o que decidiera no ayudarlo si se encontraba con alguna dificultad.
Pero su contraparte Tomura Shigaraki, el asesino de omegas era metódico, calculador, carecía de sentimientos, disfrutaba de la tortura y ver a sus víctimas bañadas con su propia sangre de la misma manera en la que él lo había estado en el pasado. Le producía un placer inimaginable escuchar los lloriqueos y súplicas de sus víctimas, como si esperaran que al hacer eso los dejaría libres cuando su plan era destrozarlos tanto física como emocionalmente hasta que se quedaran vacíos y sin esperanzas. Nunca hacía un movimiento sin antes haberlo planeado, tomando en consideración todas las posibles variantes que pudieran suceder. Siempre se encargaba de borrar todas sus huellas. A veces le divertía dejar pistas para entretener a la policía o para alejarlos de su zona de cacería. Le parecía entretenido leer las notas de los periódicos en donde ponían las entrevistas a los detectives responsables del caso, seguros por completo al afirmar que cada día estaban más cerca de atraparle. ¡Cómo si se los fuera a permitir!
El sonido de la puerta al abrirse saco de sus pensamientos al doctor Shimura un poco sorprendido de ver al joven Kotaro entrar, ¿ya habían pasado los diez minutos que le había pedido a su secretaria? El tiempo, cosa maravillosa, cuando te encuentras disfrutando de algo pasa demasiado deprisa, sin embargo, cuando es algo que no te apasiona pasa con una lentitud desesperante. Una sonrisa tranquila y amable se apoderó de su rostro mientras le indicaba con un gesto de su mano al chico que podía tomar asiento.
— Y bien, Kotaro… cuéntame, ¿cómo te has estado sintiendo en estos últimos días?
Preguntó finalmente mientras abría el cajón de su escritorio para sacar de su archivero personal, la carpeta con el expediente del paciente. Mientras lo hacía, tocó sin querer un recorte de periódico que mantenía oculto y que ignoró por completo. Luego sacó su cuaderno y una pluma para comenzar a anotar. Sin embargo, su paciente se negaba a responder y evadía su mirada a toda costa con un gesto de fastidio.
— ¿Todo bien? — Volvió a preguntar el doctor con la amabilidad que lo caracterizaba. Aquel niño no le gustaba para nada. Por el simple hecho de llamarse como su padre le provocaba una repulsión enorme, pero en esos momentos estaba representando un papel y lo cumpliría al pie de la letra. Con cuidado se levantó de su asiento para avanzar hasta donde se encontraba sentado el muchacho y con suavidad colocó una mano sobre su hombro. — Sabes que estoy aquí para poder ayudarte, pero no puedo conseguirlo si no me comentas nada.
El chico observó al doctor con furia mientras se quitaba de encima aquella mano con cierta brusquedad. — Vamos doc, déjese de tonterías. Tanto usted como yo sabemos que esto es una pérdida de tiempo. Así que simplemente firme mi última sesión para que ya no tengamos que vernos y todos contentos.
El doctor se alejó del chico para regresar a su lugar. Se mantuvo en silencio por un tiempo considerable, sosteniendo la mirada desafiante del menor. Él conocía demasiado bien ese tipo de mirada, era el mismo tipo de mirada que lo había atormentado por quince en años en su infancia. Una sonrisa un poco torcida se dibujó en el rostro del doctor, sorprendiendo e inquietando de alguna manera al joven que tuvo que sostenerse de su asiento de forma involuntaria, como si se tratara de un mecanismo de defensa improvisado. El mundo definitivamente estaba mejor sin la presencia de su padre, por lo tanto, estaba seguro de que el mundo sería un lugar mejor sin la presencia de aquel chico quien además de compartir nombre con su padre, se comportaba de manera muy similar. Estaba seguro de que aquel chico cuando creciera se convertiría en una persona cruel como lo había sido Kotaro Shimura, tal vez incluso mucho peor.
— Así que… — Comenzó a decir el doctor Shimura mientras colocaba sobre el escritorio la lista de asistencia donde efectivamente solo faltaba la firma de aquella última sesión. Luego dirigió su atención de nueva cuenta al chico recuperando su semblante tranquilo, aunque por primera vez Kotaro dudó un poco en presencia de aquel doctor que siempre había sido demasiado estúpido, pero que ahora le daba cierto temor. — ¿Qué estarías dispuesto a pagar por esta última firma?
¡Espero que este capítulo haya sido de su agrado! :D ... Recuerden que sus comentarios me ayudan a mejorar :D
