—Temí lo peor, general —descuelle Anciel, abrazado al regazo de su amante cual koala al tronco de un árbol—. No recibí noticia tuya en casi todo un mes. Creí que…te había pasado algo malo.
—Nada que no me permita volver a ti, Marc. Te hice una promesa y la cumpliré al pie de la letra —sisea Nathaniel, besando sus labios con dulzura—. Pero debes comprender, que esto es solo pasajero. Debo partir de vuelta al norte otra vez —se aparta, abnegado.
Palacio real. 20:12PM.
—Te noto distinto…—expresa Marc, preocupado— ¿Qué te sucedió?
—¿Por qué lo dices? Me siento igual —repara Kurtzberg, paseándose por el balcón—. Solo estoy agotado.
—No me mientas, Nath. Entre nosotros no hay secretos —murmura el pelinegro, envolviéndolo tibiamente entre sus brazos, por detrás—. Cuéntame… ¿Acaso la guerra te convirtió en un hombre insensible?
—Eso jamás, mi niño —aclara el pelirrojo, disfrutando el toque sensitivo de sus manos, recorrer su pecho—. Por el contrario. Surtió un efecto completamente paradójico en mí. Ahora más que nunca, aprecio la vida con una pueril inocencia que me atosiga de ambivalencia y compasiva caridad.
—¿Lo dices por lo que ocurrió con el maestro Fathom?
—Lo que hice estuvo mal, mi amor —profesa el bermejo, llevando su diestra a un beso casto—. Y no hay día en el que no me arrepienta de ello.
—Cariño. Necesitas permitirte fracasar y no odiarte en el proceso. Somos personas. Errar es natural en nuestra humanidad —musita cariñoso, contra su oído—. Te amo. Solo quisiera que pudieras verte a través de mis ojos, para que entiendas lo increíble que eres.
—Yo también te amo, Marc —se voltea, sosteniendo su mirada en un lamento inquieto—. No sabes cuánto. Pero eso no significa que te ciegues a justificar mis malversaciones.
—Si estás intentando convencerme de que eres una mala persona, pierdes tu tiempo —ríe el menor, dibujando una mueca jovial—. No hay manera de que pueda verte con otros sentimientos enajenados. Para mí, siempre serás aquel chico tímido e introvertido de siempre. Ese que conocí, dibujando solito en los jardines del Musashino. Aquel que perdió a sus padres de muy pequeño y temía mostrarse al mundo —añade, sobando sus hebras con ternura—. Ya no seas tan duro contigo y date un chance de ser tu mejor versión.
—A veces pienso que solo contigo puedo serlo. En la intimidad, no me cuesta tanto abrirme a ti —Nathaniel junta su frente contra la de su compañero— ¿Aun somos pareja?
—Lo somos. Hasta que la muerte nos separe…
—Tengo tantas ganas de hacerte el amor…—confiesa Kurtzberg, estrujando la menuda cintura de su compañero—. Pero las cosas están sumamente tensas en palacio y temo alguien nos pueda interrumpir en cualquier momento. Luka y Kagami saben lo que hice. Félix también.
—¿Le contaste la verdad a Félix? —consulta, asombrado.
—Tenía que hacerlo. Lo tenía atragantado —devela, nauseabundo—. Era una espina en mi pecho que me impedía conciliar el sueño. Ya no quiero tener pesadillas. Solo soñar contigo a mi lado.
—Nath, en parte caí en lo mismo. Le conté a Luka la verdad. Más bien, él lo supo por Iris. Aun así, siempre podemos ir al jardín de tulipanes —propone el ojiverde, entusiasmado— ¿Lo recuerdas? Es nuestro nidito. Nadie va ahí.
—Lo sé. Creo que…podría darme una escapadita esta noche —susurra, frotando su mejilla contra la suya cual gatito ronroneando—. Te extrañé tanto. Quisier-…
—¡El shogun está de vuelta! ¡Abran el calabozo! —anuncia un soldado.
—¿El calabozo? —el ministro hace una pausa, girando la cabeza—. Me tengo que ir.
—Amor, espera —lo ataja— ¿Es necesario?
—Tengo que asistir —asegura, azorado—. Si quiero seguir aparentando, debo hacerlo.
—De acuerdo. Ve y cumple tus funciones —adiciona Anciel—. Pero luego te veré en el jardín ¿Sí? Te esperaré antes de las 2:00 AM.
—Ahí estaré —Nathaniel sella el encuentro, con un beso sobre el dorso de su mano; de la misma forma que haría un caballero medieval con una doncella—. Espérame.
—Ve…
[…]
—Fei. No hace falta que lleguemos a esto —proclama Luka, debatido—. No quiero que acabes en la horca. Te ruego me des un nombre. Solo un nombre.
—Ya se lo di, Shogun —escatima la mujer, atada de muñecas y tobillos—. Zoé es la responsable.
—A mí que me registren —revela la rubia, atada al igual que su contrincante—. Haga las preguntas que guste.
Calabazos. A esa misma hora.
—Carajo. No me la están haciendo fácil…—Luka se toma la cabeza, liado.
—Majestad —interrumpe Nathaniel, reverenciando—. Se me fue informado que regresó con las traidoras. ¿Qué castigo les dará?
—Ninguno —revierte el varón—. Aun no sé si son las culpables o no. Debo interrogarlas.
—Con todo respeto —propone, impertinente—. Reconozco a la rubia. Es una Bourgeois ¿No? Vi un par de carteles por los puertos sobre que se ofrecía una recompensa por traición.
—Cierra la boca —retoza Luka.
—¿Disculpe? —no comprende.
—Ya has provocado demasiadas cagadas hablando demás. Imagino que estarás muy al tanto de las estupideces que haces —le reprocha Couffaine— ¿O quieres que te refresque la memoria? Yo creo que fácilmente Tsurugi-san reconsideraría tú castigo.
—No puedo quejarme. Tarde o temprano se enteraría de lo ocurrido con el maestro Fathom —el miliciano traga saliva, cabizbajo—. N-no hace falta que lo haga, majestad. En verdad le agradezco su indulgencia. Si le incomoda mi presencia, yo puedo-…
—Quédate —demanda el regente—. Sabes demasiado como para dejarte ir tan tranquilamente.
—Usted es mi soberano —reverencia el general, con dócil obediencia—. Puede hacer conmigo lo que se le plazca.
—Por tu propio bien, espero hayas dicho eso de manera metafórica y no retorica —le advierte el ojiazul.
—Y-yo…no…—Nathaniel se calla de golpe, ruborizado por el escarmiento—. Ignóreme…
—Demonios. Esto se volvió demasiado turbio de tolerar para mí —berrea Zoé—. Luka ¿En qué momento te cambiaste de bando?
—Mhm…—simula figurarse desorientado—. Me parece que fue a los dos o tres meses de gestación. No lo sé realmente.
—¿Todo este tiempo fingiste que te gustaban las mujeres? —protesta Lee, ofuscada.
—Corrección —niega con la cabeza, en una sonrisa sagaz—. En realidad, fingía que no me gustaban los hombres.
—¿Te crees payaso ahora, tarado? —masculle la fémina.
—Solo quería aclarar un punto —se encoge de hombros, entretenido.
—¿Es mi imaginación o el señor Couffaine es…? No. Esperen. Pero él está casado con Kagami ¿Será que le gusta todo? —Kurtzberg lo observa, obnubilado—. Ahora que lo veo muy de cerca, no creí que tuviera ese sentido del humor…
—Escucha. Basta de tonterías ¿Sí? Será mejor que me liberes y me dejes ir en paz —señala la francesa—. Si no quieres tener problemas con tu adorable esposa, cuando se entere de la verdad.
—¿Qué demonios? —el noble se gira hacia su camarada, frunciendo el ceño en el proceso— ¿Se lo contaste?
—Y con ganas —revela Fei, mangoneada—. Pero ahora mismo, no sabe lo mucho que estoy arrepentida de haber confiado demás.
—En eso somos dos —la interpela, ironizando—. Gracias, Fei. Eres una gran amiga.
—No me estoy enterando. ¿De qué verdad hablan? —Nathaniel ya no sabe nada.
—Zoé…—exhala Luka, malogrado—. No puedo dejarte ir como si nada pasara. Lo que hiciste en Macao, merece un castigo ejemplar.
—Mis padres ya están muertos, Couffaine —sisea la aristócrata— ¿Qué más castigo quieres?
—Uno que evoque justicia por las injurias que se inventaron hacia mi persona —manifiesta el varón, ultrajado—. Sabes perfectamente que yo jamás te traicioné. Ni a ti ni a los señores Bourgeois.
—Eso no fue lo que mis ojos vieron esa noche, príncipe —contradice—. Te vi besándote con ella.
—Pues ahora que estás muy consciente de la tendencia sobre mi naturaleza, me parece absurdo seguir redundando en lo mismo. Tu hermana te engañó —revela Luke, mosqueado—. Yo jamás me metí con Chloé ni con ninguna de las otras muchachas. Es más, ni si quiera habíamos alcanzado a formalizar nada entre tú y yo. Y para cuando me dio esa visita en mis aposentos, ya estaba todo urdido con anterioridad. Incluido lo del beso.
—Fácil de los hombres cobardes echarles la culpa a las mujeres de todo —rebate Zoé, con voz agria—. Ahora que me confiesas tus gustos retorcidos con mayor razón, tenías motivos para mandar todo al carajo. La excusa perfecta de no estar conmigo. Sin tener que contarme de que te gustan las pollas.
—No me gustan las pollas. Me gustan las personas que las portan —exhala, agotado con la plática—. Y estoy seguro de que más de alguna en este lugar está de acuerdo conmigo.
—No. A mi si me gustan las pollas —Nathaniel levanta la mano, tímidamente.
Silencio.
—Si. Bueno. Nadie me preguntó. Perdón —se vuelve a callar.
—Chicas, por favor. Pongámonos serios ¿Quieren? Ayúdenme, se los ruego —suspira un hastiado Luka, urgido por resolver el problema—. Comprendan que lo que hicieron es gravísimo. Un atentado de asesinato contra un Shogun no una, si no tres veces; debe ser si o si sancionado con la máxima rigurosidad de la ley. ¿Acaso no dimensionan nada? Yo no tengo interés alguno en mancharme las manos con la sangre de una ex novia ni con la de una amiga. Entiendan mi posición —implora—. Puedo dejarlo pasar. Pero Kagami, mi esposa. No lo va a permitir. Alguien debe pagar por esto. Si me dan un nombre, puedo responsabilizar a otro y-…
—¿Por qué harías algo como eso? —examina Zoé, interceptándolo de sopetón—. No tienes motivos necesarios para perdonarnos la vida. No después de lo que hicimos. Te traicionamos.
—Lo sé. Pero no soy un hombre rencoroso, dado que fue un mal entendido desde el comienzo —expresa el Shogun—. Además, tránsito por un camino en donde el odio y el desamor…ya no tocan mi corazón. Actuar de forma egoísta, ya no es una opción. La vida de personas valiosas, pende de mi mano.
—Jm. Que chistoso. Fei tenía razón después de todo…—esboza Lee, en una sonrisa ladina un tanto sarcástica—. Veo que ese chico realmente tiene poder sobre ti. Te has vuelto un blandengue.
—¿De qué manera ser compasivo es sinónimo de debilidad? —exhorta el noble.
—¿Eso te lo enseñó él? —la ojiazul arquea una ceja, suspicaz— ¿Estás seguro que es una persona y no un brujo o algo así?
—Dios. Pero ¿De quién demonios hablan? ¿El príncipe tiene…un amante? —Nathaniel finge no estar de oyente onírico en la plática.
—Mi vida amorosa no debería ser interés de nadie. Ya déjalo en paz —recula Couffaine—. Un nombre. Les pido solo un nombre.
—Chloé —mortifica Zoé.
—¿Qué?
—Chloé Bourgeois —refrenda.
—¿Por qué ella? —parpadea el gobernante, absorto.
—Tú querías un nombre ¿No? —veredicta.
—S-sí, pero…esperaba que fuese alguien más…
—¿Culpable? Ja. Mi hermana es tan o igual responsable de bastantes porquerías; como lo sería un pirata —expone la noble, fastidiada—. Inocente no es. Ya lleva un tiempo haciendo estupideces y ha perjudicado demasiado a muchas personas. Le haría bien que alguien le ponga un precio a su cabeza, para que aprenda de una buena vez a comportarse.
—¿En verdad me vas a entregar a tu propia hermana? —redunda. Lo escucha y no lo cree.
—¿Quién te dijo que te la estoy entregando? —ríe, soberbia—. Solo te di su nombre. No te diré en donde está ni como encontrarla. No seas tan engreído, Luka. Serás el Shogun de Yamato. Pero mío jamás —lo fulmina con la mirada—. No te procuraré pleitesía. Nunca te reverenciaré ni mucho menos honraré. Eso déjaselo a los lame botas de los japoneses. Y al inglés que te estas cogiendo.
—¿Al inglés? ¿Cómo? Esperen. No puede ser. ¿Luka y el maestro Fathom son…? —Nathaniel traga saliva, impactado— ¡¿PERO ESTO QUE ES?!
—Suena democrático —murmura Fei, tranquila.
—Por todos los cielos —el autócrata se toma el rostro, palmando la mano contra la frente. ¿Qué opciones tiene? Es eso o seguir esperando a que Tsurugi enloquezca. Finalmente, y de mala gana, acepta—. De acuerdo. Chloé será. Aunque te advierto que Kagami no descansará hasta encontrarla.
—Y que lo haga. Que la busque por cielo mar y tierra. No lo hallará —se encoge de hombros—. Mientras yo viva, no lo permitiré.
—Tengo que hacerlo. Félix necesita una persona. Fue tajante en ello o de lo contrario, Kagami continuará pensando que fui yo el responsable. Siempre y cuando Zoé la proteja, no hay nada más que hablar al respecto —despabila, regresando en si—. General. Libéralas. Que ningún guardia las vea salir. Y luego ven a verme al despacho real. Redactaré el reporte.
—Como usted orden, majestad —reverencia, aturdido—. Realmente no sé qué mierda está pasando, pero…si Luka no me lo aclara, Marc tendrá que hacerlo. Algo me dice…que siempre lo supo.
[…]
—Este de aquí es Kuro —expresa Louis, enseñándole con orgullo a su jamelgo—. Le puse así porque es negro y tiene un carácter dócil. Fue un regalo de mi honorable abuelo. Aunque actualmente Tsurugi-san no me deja montarlo. Dijo que cuando me cambiara la voz podría hacerlo.
Jardín oeste del palacio. 21:15PM.
—¿Y eso te entristece, pequeño? —consulta Adrien, acariciando el hocico del animal.
—Un poco. Me muero de ganas por subirme y correr por ahí como todos —murmura el menor, apenado.
—A mí me dijo que podría montar cuando me saliera vello en la cara. Pero no entiendo el concepto —sisea Hugo, del otro lado— ¿Qué significa realmente?
—Me parece que tiene que ver con la edad —explica el Agreste, jocoso—. Cuando creces y te conviertes en un hombre, tu voz se vuelve más grave y te sale vello en el cuerpo.
—Sigo sin comprender que significa ser "un hombre" —exclama Hiro— ¿Cómo sabré cuando eso ocurra?
—Es cierto, maestro Agreste —añade Mako, acomodando sus anteojos— ¿Usted en qué momento lo supo?
—¿Eh? ¿Por qué lo dicen? —parpadea, ruborizado.
—Es que…no tiene sentido —murmura el gemelo—. Usted no tiene la voz muy ronca que digamos. Y tampoco tiene pelo en su cara.
—¡Ah! ¡Es por eso! ¡Jajaja! —carcajea, abochornado con sus comentarios. Se rasca la nuca, timorato—. Digamos que…son solo "representaciones" físicas de algo. No tiene que ser necesariamente así ¿Saben? Además, no hace falta que me vean a mi como su referente principal. Por ejemplo —explica, ameno—. A mi si me crece vello facial. Sucede que yo me la rasuro a diario. No me gusta la barba. La encuentro…un tanto antihigiénica. En verano me da calor y en invierno me pica.
—Entonces ¿No es obligación tenerla para montar?
—Para nada. Y en cuanto a la voz, a veces simplemente no cambia mucho y ya. No se apeguen demasiado a cosas que no son suyas —enseña, templado—. Solo sean ustedes mismos. Lo más legítimos y fieles que puedan.
—¿Ser yo mismo me convertirá en un hombre? —Louis expresa jovial—. Porque si es así, yo soy muy hombre ahora.
—Pues…sobre ese tema…yo…—tartamudea, turbado. No tiene las palabras para expresarlo—. Mierda. Que pregunta tan complicada. Ni si quiera yo me la plantee antes. ¿En qué momento se es hombre realmente? ¿Qué significa serlo? No sé qué decirles…
—Creo que un hombre, es hombre —interrumpe Marinette, de manera airosa y pueril—. Cuando aprende a defender sus convicciones e ideales, entorno a proteger a su familia y a quienes ama. No hay nada como sentir el abrazo protector de quien te honra con cariño y se comporta de manera servil. Quizás suene soberbio de mi parte el decirlo, siendo yo una mujer. Pero somos nosotras quienes inculcamos a nuestros hijos tales valores.
—Marinette…—musita Adrien, maravillado son su presencia—. Buenas noches…—y besa el dorso de su diestra, con dulzura.
—Buenas noches, Adrien —responde, en una sonrisa amorosa—. Lamento no haber podido venir antes. Las cosas en palacio estaban un tanto agitadas. Y debía atender otros asuntos.
—Descuida. Nos honras con tu presencia cada vez que vienes —expresa el rubio, de pómulos carmesí y sonrisa suspendida—. Estás muy hermosa esta noche. La luna refleja la candidez de su luz, iluminando tu afable rostro con esa inocencia que tanto te caracteriza. No hay mujer más hermosa que tú, sin duda.
—Wow…—exhala Hugo, ligeramente embelesado con tales palabras—. Ahora sé lo que es ser un hombre…
—Nah. Eso es solo ser cursi en exceso —bufa Dupain-Cheng, intentando sopesar la pasión que la inunda por dentro, en una simulada sonrisa apabullada. Lamentablemente, la de fingir no se la sabe—. Adrien es un chico muy sensible. Espero puedan aprender eso de él.
—¡Yo lo hago! —brinca Louis, animado—. Estoy ensayando mucho mi caligrafía últimamente. Me gustan mucho los Haikus (Poemas cortos). Y recorté algunos del periódico que circula en Yamato. ¿Sabían que hay un escritor anónimo que publica poemas bonitos? Me inspiran…
—Si. Algo así supimos —ríe entretenido, el ojiverde. Regalándole una miradita perspicaz a su mujer—. Vaya que ese si es un hombre ¿No? Que bonitas palabras transmite, aquel escritor.
—Una persona enamorada, claramente —se mofa la muchacha, gallarda—. Félix ha dejado su huella por el mundo, sin enterarse del todo.
—Desde que Kagami-san partió a la guerra, me he sentido muy cómodo con ustedes dos —revela el muchacho de anteojos, encantado—. Son como mis padres ahora. No puedo si no verlos de esa forma.
—Mako…yo…—la chica no sabe dónde meterse.
—¿Podemos montar? —suplica Hiro, en un puchero—. Marinette…porfis. Si Adrien nos acompaña. ¿Nos daría una vuelta? Es que tenemos tantas ganas de andar a caballo…
—No lo sé —examina el francés, enrojecido— ¿Qué dices, Marinette?
—Bueno…—se la piensa por unos instantes, ignominiosa—. Tal vez pueda organizar algo, mañana por la mañana. ¿Qué dicen, niños? ¿Les gustaría irse de picnic con nosotros?
—¡Si! ¡Claro! —chillan, unánime.
—¿Lo puedes arreglar? —consulta su pareja.
—Yo me encargo, déjamelo a mí. Lo hablaré con Luka —responde su amante—. De acuerdo. Entonces ahora, se irán a dormir para que estén muy descansaditos y podamos partir al alba.
—¡Nos dormimos de inmediato! —reverencian al unísono— ¡Buenas noches!
Una vez a solas.
—¿Tienes hambre? —pregunta la peliazul— ¿Ya comiste algo?
—Aun no —niega Adrien, disciplinado—. Pero por la hora ya voy andando. Shifu me estará esperando con la cena y yo-…
—No te vayas…
—¿Eh?
—Quédate…—solicita Marinette, apretujando su manito contra la suya—. Dado que partiremos temprano por la mañana, lo ideal es que pases la noche acá. Te voy a preparar algo ¿Sí?
—Marinette… ¿Es seguro?
—Tranquilo. Tengo confianza con Luka. No me dirá que no —asevera, templada—. Está de nuestro lado. Además…hace ya un tiempo que…nh…—sonríe, desviando la mirada—. Que no dormimos juntos.
—Ma-Marinette, yo-…
—Estamos solos, cariño.
—Mi amor —exhala, abalanzándose hacia sus labios con premura. La besa—. Discúlpame si he descuidado mis otras obligaciones. Es que pasar tiempo con nuestros hijos me ha abrumado de tantos sentimientos maravillosos. Estoy atosigado de amor. Y de alguna forma, me cegué a qu-…
—Shhhh…—lo acalla, posicionando el índice contra sus labios—. No me expliques nada. Yo lo entiendo. Ya llevamos un tiempo en esta dinámica y sinceramente, creo que es momento de contarles la verdad.
—¿A-ahora?
—Mañana que iremos de excursión los cuatro…—advierte la sirvienta—. Adrien, es ahora o nunca. No sé qué va a pasar con Kagami, Félix, Luka o el reino. Pero lo pensé mucho y ya basta de miramientos sosos. Es nuestra chance.
—Temo que lo tomen mal. Tengo tanto miedo —tiembla, entre sus brazos.
—No temas, mi niño hermoso —susurra, juntando su frente contra la suya—. Créeme, lo van a entender. Prácticamente ya lo sienten. No son tontos, Adrien. Son pequeños cerebritos ¿No te das cuenta de lo perceptivos y sensibles que son?
—Tanto como tú, ma vie ma fleur —musita, acaramelado.
—O como tú, mi Bouton d'or —balbucea, suspendida.
—Jajaja…la mezcla perfecta ¿No? Llorones de mi lado y altivos del tuyo —agrega, optimista—. De acuerdo. Te acepto esa cena. Lo cierto es que ya me cruje la tripa.
—Jajaja, bobito. Ven conmigo —lo jala de la muñeca—. Te llevaré a mi cuarto. Te dejaré ahí, con un baño caliente. Y mientras te aseas, hablaré con Luka. Si la cena llega primero, no me esperes.
—Te esperaré —refuta el mercader, decidido—. Comemos juntos o nada.
—Así me gusta…
[…]
—Este es el reporte oficial. Lo llevarás y transmitirás al pie de la puta letra. Cualquier otra mierda que le presenten a Kagami o intenten tergiversar, los mandaré a matar como sacos de estiércol gonorreicos —Luka le extiende la carta sellada, en actitud lacerante— ¿Alguna pregunta?
—Si. Una sola —Nathaniel acepta el documento— ¿Es usted es homosexual? ¿Le gustan los hombres?
Despacho real. 22:01PM.
—¿A qué viene esa pregunta?
—Responda.
—¿Importa?
—Responda.
—Si. Lo soy —revela Luka, sin tapujos— ¿Qué sigue a continuación? ¿Me vas a acusar con alguna religión en particular? ¿Te da asco? ¿Me ves enfermo? ¿Quieres tirarme una maldición? ¿O pretendes delatarme con Kagami? Porque si es lo último —dibuja una sonrisa sagaz—. Pierdes tu tiempo. Mi esposa ya sabe todo. Y a menos que busques que te cuelguen por chismoso, yo no creo qu-…
—¿Le parezco atractivo? —interrumpe abruptamente el pelirrojo.
—¿P-Perdona…? —Luka no se entera.
—Yo…bueno…—rehúye de su mirada, sonrojado hasta las orejas—. Disculpe. Tenía que preguntarlo. Es necesario. Solo, quería saber si…como hombre…le parezco bien para su reino, Shogun —y reverencia, sumiso.
—¿Qué pretendes? —reclama Couffaine, injuriado—. No te hagas el que no sé sobre tu romance con el Eunuco. Si realmente quieres mantener tu puesto, lleva el jodido mensaje a Tsurugi y a-…
—A Félix Fathom ¿No? —añade, receloso.
—Si. Ya —eleva la mano, pasando por alto su afrenta personal. Mientras Nathaniel iba de salida, Marinette venia de vuelta—. Ah, Marinette. Que sorpresa verte en mi despacho a esta hora. ¿Acaso sucedió algo malo? —se levanta, desplazándose hacia la chica.
—Buenas noches, majestad —saluda la sirvienta, de modo grácil—. No, para nada. Al contrario. He venido por otro asunto. Lamento mucho la hora. Fue algo que surgió en el instante y es absoluto hablarlo con usted.
—Tanto misterio, mujer. Me pones nervioso —recalca, incauto.
—Quería solicitarle su permiso para…salir con los príncipes fuera del palacio —revela Dupain-Cheng—. Mañana por la mañana. Deseamos, ir a cabalgar a las cascadas de las animas.
—Vaya. No la vi venir —Luka se cruza de brazos, fisgonamente cautivado con su plan—. Así que las cosas con Adrien Agreste van de viento en popa según me cuentas. Te noto contenta.
—Estoy…satisfecha con los resultados obtenidos hasta el momento —comenta la ojiazul, de carácter risueño—. Los gemelos se han encariñado mucho a Adrien y viceversa. Con mi pareja hemos tomado la decisión de ya ir contándoles de a poco la verdad.
—Bueno. Si esas son tus intenciones ¿Quién soy yo para impedírtelas? No tengo hijos. Así que no sabría confesar que clase de sentimientos profesar por uno —la toma de los hombros, con gentileza—. Pero si está claro, que sabes lo que haces. Y siempre será en esmero por su bienestar Por supuesto que tienes mi permiso. Aunque no está de más recordarte, que, en el papel, siguen siendo los hijos de Kagami.
—Lo tengo muy presente —asiente—. Es por eso mismo que deseo cambiar las cosas para bien.
—Vayan. Tienen mi permiso —regresa a su escritorio—. Te enviará con una escolta privada por resguardo, pero no deseo estropear tu picnic. Además, el lugar de las cascadas es zona segura. Ahí nadie los interrumpirá. Puedes retirarte tranquila —y regresa a sus papeles.
—Gracias, Luka. Tiene un corazón de oro ¿Lo sabia?
—Por ahí cierto muchachito me lo pasa repitiendo —suelta una mueca apabullada en el proceso—. Así que debe de ser cierto, jeje.
—Lo extraña mucho —pregunta la fémina, intranquila— ¿Verdad?
—¿Ya se me nota en la cara? —exhala—. No te voy a mentir a ti. No hay día que no lo haga —contesta, de semblante angustiado—. Ayer se cumplieron seis meses desde su partida al norte. Y últimamente me está costando mucho comer. Los alimentos me saben insípidos. El agua parece tener arena y el sake, es amargo. Al principio solo eran sueños muy vívidos. Pero ahora lo percibo en carne propia, muy visceral. Siento…frio, en días de sol. A veces pareciera que escucho su voz, en el céfiro del atardecer. Todo lo que veo, bajo el horizonte, me recuerda a Félix. Creo que me estoy volviendo loco…
—No decline, Luka. Tarde o temprano tendrán que volver —alienta Marinette, en son de esfuerzo a su bravura— ¿Al menos la guerra avanza bien? ¿Cómo va todo por allá?
—Los últimos reportes indican que sí. Se han hecho de victoria en victoria —narra Couffaine, escarbando entre pergaminos—. Por supuesto que con bajas significativas de nuestro lado. No obstante, Kagami y Félix siguen con vida. Es lo único que me importa ahora. Y hablando de él, ten —le extiende una carta—. Es para su primo, Adrien.
—¿Mh? —la examina, turulata—. No está abierta.
—¿Por qué lo estaría?
—¿No le da curiosidad saber que se hablan entre ellos dos?
—No te lo voy a negar ¿Sí? Que en parte…me muero de ganas por saber —se rasca la cabeza, expresando sordidez—. No obstante, me sentiría medio mal revisando la correspondencia privada de Félix.
—No sería ningún pecado tampoco, majestad. No olvide cuál es tu posición ahora —subraya Dupain-Cheng—. La comunicación que pasa por el palacio, debe ser revisada y aprobada por usted primero.
—Solo si tuviera motivo de desconfiar. Y no hay forma de que lo haga con el —esboza, tajante—. Por el momento solo puedo conformarme con sus versos y la calidez de su corazón, galopando kilómetros de distancia hacia mí.
—Todo va a salir bien. Ya lo verá —asegura, retirándose—. Con su permiso, me voy ya.
—Buenas noches, que descanses —la ve partir, soltando un suspiro solitario—. Te extraño tanto, Félix. Espero que esta noche, puedas sentirme a tu lado como yo al mío…
[…]
—¡Arre! ¡Arre! ¡Más rápido, Kuro! —Louis brinca sobre la silla, exasperado.
Zona de las cascadas. 10:20AM. A la mañana siguiente.
—No tan rápido, jovencito —expresa Adrien, sentado detrás—. Recuerda que hicimos un pacto los dos. Te paso las riendas, si solo galopamos a trote suave.
—Pero así es un poco aburrido, Adrien —infla las mejillas, gesticulando un mohín.
—No seas quisquilloso hermano —le reprocha Hugo del otro lado. Quien también monta, en compañía de Marinette—. Agradece que al menos podemos subirnos.
—No le dirán nada a Kagami-san —pregunta liado el menor— ¿O sí?
—No si se portan bien —reconoce Marinette, gozosa—. Ya llegamos. Vamos a desayunar.
—Upa. Ven aquí —el joven mercader es el primero en descender, asistiendo a su hijo en el asunto—. Que buen clima hace ¿Verdad?
—Por este sector no corre mucho viento, maestro Agreste —relata Mako, afirmando sus anteojos por el puente de la nariz—. Eso es favorable para la caza. Los animales tienen buen olfato y no alertaremos con nuestro aroma.
—No hemos venido a cazar, príncipe —reitera Dupain-Cheng, bajándolo del corcel—. Será algo tranquilo.
—Pero traje mi honda —se la enseña— ¿Al menos puedo practicar mi puntería con los pájaros?
—¿Cómo va esa vista? —examina el rubio.
—Con este artefacto visual que porto, mejor —asiente Mako, orgulloso de su condición—. Casi puedo ver como un águila.
—Jajaja…este niño es muy meticuloso —ríe el Agreste, ocurrente—. No se le escapa ni una.
—Oigan yo también soy muy valiente —Hiro desenvaina una daga corta—. Me la regaló Kagami-san para cortarle el cuello a los pavos.
—Bueno. En ese caso, yo los desnuco y tú los desuellas hermano —lo acompaña su gemelo.
—Ustedes dos han naturalizado mucho los temas bélicos ¿No creen? —espeta el ojiverde, turbado—. No todo en la vida es guerra.
—Somos samuráis, maestro —Hugo encoge de hombros—. Es lo normal.
—Normalizar la faena para alimentarse, es una cosa. Hacerlo con la muerte, es otra muy distinta —analiza Adrien, ligeramente premioso—. No hay necesidad empírica en una persona de bien, en sentir placer por ello. Solo si es necesario, debe practicarse. Aunque con cierto dejo de compromiso emocional y algo de empatía. ¿Me explico?
—¿Quiere que sintamos culpa? —cuestiona el de anteojos.
—No. Culpa no. Quiero que se sientan responsables, humanamente de sus actos —enseña—. Ustedes querían ser hombres ¿No es así? Este es el camino para llegar a serlo. ¿Alguna duda?
—Ninguna —aseveran los dos, al unísono—. Gracias.
—Adrien es tan maduro —piensa Marinette, ruborizada ante la clase que les ha dado—. No pude haber pedido un mejor padre para mis hijos…
—Entonces…—Mako se toma la cabeza, confundido— ¿Puedo practicar mi puntería o no?
—Claro que puedes —asegura el occidental, otorgándole valor en sus palabras—. Pero esta vez, no lo haremos con parajitos. Louis —se gira—. Dijiste que te gustaba construir cosas ¿No? Vamos a hacer algo. Qué te parece si organizamos un campo de tiro para los dos. Haremos blancos de madera y objetivos de papel. ¿Te gustan las competencias?
—¡Me encantan, Adrien! ¡Es emocionante! —salta de un lado a otro, exacerbado— ¡Amo competir!
—Sanamente, claro —advierte, garboso—. Nada de malos sentimientos de por medio. Acompáñame.
—Vamos todos —sugiere Marinette, divertida—. Y luego ya desayunamos.
—¡Si! —chilla Hugo, entusiasmado.
[…]
—Carajo —masculle un enmarañado Félix, frente al espejo—. No hallo…forma de que esta cosa se pueda ver bien. ¿Cómo demonios tengo que amarrarlo? —sacude la cabeza de lado a lado— ¿Me habré pasado?
—Fathom —veda Kagami, interrumpiendo abruptamente en su tienda—. No viniste a cenar. ¿Qué pasa?
Poblado de Mizaki. Al norte de Yamato. 22:02PM.
—¡Majestad! ¡Mil disculpas! —torpemente, la reverencia—. Es que…mhm…sufrí un pequeño percance luego del baño y me retrasé. Le ruego me perdone.
—Pff…—se mofa Tsurugi, encandilada con su actitud—. No puedo creerlo. ¿Es mi imaginación o estás de pelea con tu propio pelo?
—A-algo así. Le pido no se burle por favor. Soy nuevo en esto —sisea el inglés, abochornado—. No sé cómo funciona. ¿Debo dejarlo húmedo o secarlo?
—Solo debes acomodarlo, tonto. Ven aquí —se sienta sobre un taburete, llamándolo con los dedos—. Te enseñaré.
—Qué vergüenza. De un momento a otro pareciera que soy un niño frente a su madre —traga saliva, compungido. Obedeciendo su demanda, se arrodilla de espaldas frente a ella—. Con una sola vez basta ¿Sí? Algo…meramente educativo.
—No seas ridículo. No tienes por qué sentir vergüenza sobre esto —murmura la japonesa, complacida a nivel excelso con el largo de su cabello—. Veo que al fin me hiciste caso y lo dejaste crecer. Puede que te sientas deshonrado con ello. Pero no estás en Europa. Esto es japón. Y mientras más extensa y bien cuidada es tu cabellera, más guapo y respetable eres ¿Sabias?
—Lo sé. El señor Couffaine me lo dejó muy en claro —balbucea Graham de Vanily, observando dígitos ajenos transitar mansamente, por sus hebras doradas—. Su esposo dota de una melena increíble.
—El color de desprendes de tus hebras es hermoso, Félix. Parecen cerdas de oro. Te diría que le dieras más apreciación, pero dado que fuiste capaz de saltarte un desayuno por intentar arreglarlo, dice mucho de ti —comenta Kagami. Quien, con maestría, lo toma y lo eleva en un moño a media nuca—. No sabía que fueras tan pretencioso con tu apariencia.
—No soy pretencioso, excelencia. Es solo que…
—Tienes buen gusto. No me quejo. Jamás te he visto mal vestido. Diría que hasta sabes combinar colores —finaliza, con una liga—. Ya está. ¿Qué te parece? Mírate —le acerca el espejo— ¿Te gusta?
—Wow…—se analiza, de lado a lado—. Kagami-san. Es increíble. Creí que me vería pelado o feo. Sin embargo, ha dejado el largo hasta un moñito y de paso, me acomodó todo muy hegemónico. Me miro y creo que soy…
—¿Exquisito? —esboza, lasciva.
—N-no era precisamente esa palabra la que iba a usar, pero…—carraspea, satisfecho—. Me veo lindo. ¿Le complace?
—Jajaja, que engreído. Eres un fisgón, Fathom —ríe, levantándose—. Y no lo digo porque me moleste. Supongo que es tu lado más femenino. Dado que eres hijo de un mercader, conoces el valor de las reliquias hermosas. Pero no negaré lo que es plausible. Soy una admiradora de la estética. Y lo cierto es que eres galán de contemplar. Algo así como una estatua de deidades, adónica —adiciona—. Si fuera por mí, te embalsamo y te dejo en una vitrina personal.
—¿Ya me quiere de trofeo? —traga saliva, azorado—. Oiga, no exagere. Tan bonito no soy tampoco…
—Eres tan inteligente para algunas cosas. Pero muy estúpido para otras —exhala, frustrada—. A partir de ahora, te presentarás ante mí de esta manera —demanda—. Y no te dejes la barba. Sigue rasurándola. No quiero simios entre mis ministros. Odio verte con esa pelusa a medio crecer en tu cara.
—Con todo respeto, no puedo evitar que crezca —advierte el ojiverde—. Me ha costado conseguir navaja en el campo de batalla.
—No me interesa que hagas al respecto. Sácala —demanda—. Me pica cuando me besas.
—Kagami-san. Con respecto a nuestros encuentros íntimos —farfulle derrotado el Hatamoto—. Quisiera comentarle que yo no quiero más ve-…
—¡Divinidad! —interrumpe uno de los soldados— ¡El general Kurtzberg ha vuelto de Yamato! ¡Trae noticias!
—Gracias, soldado —Kagami jala de la muñeca a su ministro—. Vamos, ven conmigo.
Kagami me arrastró literalmente hacia afuera. Infantil seré, pero debo decirlo. Aún me distinguía a mí mismo como un payaso. Dado que me cuesta acostumbrarme a mi nueva apariencia. Sin embargo, curiosamente ninguno de sus hombres me volvió a ver de manera sínica o prejuiciosa. Por el contrario. Parecía que mientras más largo mi cabello más respeto me tenían. ¿Así que de eso se trata esta cosa? Esta población me sigue dando impresiones sin falta a la verdad.
En efecto. Nathaniel había regresado de la capital con el reporte de Luka. Y de paso, cartas personales para mí que luego me entregaría a solas. Kagami leyó su respuesta. Yo estaba ahí cuando eso pasó. Presencie el cumulo de odio que, entre ceja y ceja, ceñía. No le complació para nada el panorama. Irritada, incineró la misiva entorno a una vela y vocifero, en una indiscreta reunión de ministros.
—Chloé Bourgeois. Sabía que era una mujer. Pero no comprendo —masculle, ofuscada—. Los Bourgeois son enemigos de mi marido. ¿Por qué tienen que acometer contra mi vida?
—Los Bourgeois trabajan para el gran Khan, alteza —revela Kurtzberg, solapado—. El aún está empecinado por tomar japón. De la misma forma que tiene doblegados a los chinos.
—Debe de seguir molesto por lo que ocurrió en Tsushima hace un par de años —relata Kagami.
—Lo de Tsushima fue un escándalo, gran Shogun —interviene uno de sus samuráis más fieles—. Mis hermanos mayores pelearon codo a codo, al lado de su honorable padre.
—Si. Pero no fue culpa de nosotros —contesta la nipona—. Fueron los elementales. Esos bastardos, murieron a causa de una tormenta. No tengo por qué sentir vergüenza sobre su derrota. Son unos infames que desafiaron a nuestros dioses. La gran Amaterasu hizo lo suyo.
—Y estamos agradecidos con las omnipotencias. Sin embargo —añade otro caudillo—. No les quitemos los ojos de encima. Son peligrosos.
—Emitan una orden de captura y recompensa sobre la cabeza de Chloé —sentencia Kagami—. Ya no me importa. Viva o muerta. Yo pago. Diez mil Mons (moneda de la época) para el que lo consiga. Eso equivale a un feudo completo. Corran la voz.
Escucho a viva frecuencia, como se divulga el cuchicheo entre los espectadores del cenáculo. Cada quien tiene mucho que ganar y poco que perder. Este es un país de cortesanas y corsarios. Aunque Kagami quiera darles otro nombre o valor. No puede engañarme a mí. Que ya sé cómo funciona el viejo continente. Retirados todos los lideres de sus huestes, me incorporo a ella, susurrando en su oído como un grillo de la consciencia.
—¿Está segura de querer acometer su ira en contra de Chloé Bourgeois? —propone Félix, acomplejado.
—¿Por qué lo cuestionaría? —refuta la soberana—. Fue el reporte que me dio mi esposo. ¿Insinúas que me mintió?
—Eso jamás, Tsurugi-san —niega con la cabeza—. Pero me sigue pareciendo extraño que los Bourgeois estén aquí para matarla. ¿Cuál es el móvil real?
—Celos, Fathom —arquea una ceja— ¿Acaso no sabes lo que es eso?
—No. Discúlpeme…—Fathom desvía la mirada, simulando sentirse desorientado—. Lo cierto es que no le hago caso a tales sentimientos negativos. Si el corazón manda, yo digo que-…
—Que aburrido te pones —lo interrumpe de sopetón. Se levanta—. Sentir celos a veces da placer. Vete enterando que manifestarlos, cautiva a más de alguno —suspira, hastiada—. Ya. Cállate. Te veo en media hora en mis aposentos.
—No.
—¿Perdona? —se voltea, estupefacta.
—No voy a ir, Kagami —contradice el inglés, restado—. Pensé mucho en esto. En como decírselo de tal forma que no le doliera o la injuriaría. Pero lo cierto es que no tengo palabras bonitas para adornarlo. No existe un dialogo más certero que la verdad. En parte, es mi culpa. Porque lo consentí por mucho tiempo. Sin embargo, deseo abiertamente expresarle que ya no quiero intimar con usted.
—¿Cómo te atreves…? —rebate Kagami, injuriada.
—Se acabó —sentencia Félix—. Máteme si gusta. Pero no declinaré. Mi cuerpo es mío y es sagrado. Yo veré a quien se lo entrego.
—Maldito traidor. Yo no-…
—Me voy a dormir —desarticula—. No es momento para discutir. Permiso —se retira, en silencio.
—¡Félix! ¡Espera! —lo detiene, en un grito.
—¿Qué?
—Está bien…—acepta Kagami, derrotada—. No intimemos más si gustas. Solo…no me prives de tu calor. Ya me acostumbré a dormir contigo un par de noches. Exijo como tú Shogun, aportar en mi sanidad mental de cara a la batalla.
—¿Desea dormir conmigo antes de una contienda?
—Si. Por favor —implora, descalabrada—. Ya no te exigiré tener sexo. Solo…recuéstate a mi lado. ¿Sí?
—Me lo voy a pensar —sentencia Graham de Vanily—. Buenas noches.
—Buenas noches…
Era absurdo. Ridículo y anodino de mi parte. Estábamos en el norte, joder. En medio de una guerra civil. ¿De qué forma podía darme esa clase de auto valoraciones? Si ni si quiera sabía que pasaría con nosotros. Nuestro destino es tan incierto como un juego de dardos. Aun así, me di la facultad de profesar muy en claro lo que no me gustaba. ¿Habré sido mundano o altivo? ¿Soberbio? Kagami estaba cargadísima de susto. Y yo no lo vi a tiempo. Empecinado en querer hacerme respetar, no dimensioné sus aprensiones más ingenuas. Mientras yo percibía sexo desenfrenado, en torno a usarme como un objeto. Ella sin embargo me diferenciaba del resto, como un escaparate al placer. No llegué a suponer que iba a morir. Tsurugi tan solo deseaba disfrutar al máximo de su poder y sexualidad entorno a ello. Me costó asumirlo. Tuve que retraerme al hecho. A sus sentimientos. Esta mujer, añora la muerte. Y yo, todo lo contrario. No quiero perecer. Deseo volver con Luka. Y si para ello debo ser quien haga de pilar, mi soberana puede usarme de bastón si quiere.
Regresé a la carpa.
—Ya lo pensé mejor y acepto su propuesta —asevera gustoso, el ojiverde—. Pasaré con usted las noches, antes de las batallas. Si eso la reconforta y le da paz, por mí es un honor. Comprendo que su esposo no esté para darle entusiasmo y presteza. Así como el resguarda Yamato, yo resguardaré de usted. Así que…—se quita los tabis (sandalias), cambiándolas por pantuflas de algodón— ¿Será en su tienda o en la mía?
—Que considerado. Sabía que podía contar con el —. En la tuya estaría bien por el momento. Con tantos intentos de asesinato, digamos que ya no confío ni en mi propia sombra —explica la japonesa, agachando la cabeza de manera sensitiva—. Iré por mi pijama. Espérame aquí…
—De acuerdo. Pero no tarde —indica Fathom, de tono delicado—. Mañana debemos madrugar.
Dormir con mi líder, debería ser considerado el nirvana para muchos. Permitir que Kagami me usara de osito de felpa, acurrucándome contra su pecho, terminó por agradarme a niveles que no subsané como perversos. Me convencí a mí mismo, que si no percibía barruntos de dobles propósitos; siguiendo la finalidad de lo que significaba pernoctar juntos, nadie se opondría. No estábamos cayendo en ningún amancebamiento. Yo por mi parte, permanecería a la espera de mi hombre. Y ella, alargando ínfimamente su vida; en cada suspiro adormilado que diera contra mi nuca.
Para cuando el sol tocó el monte Furai, el verano se descarrió sobre nuestras cabezas. El calor abrazador del medio día, aceleró el proceso de descomposición de los cadáveres que se regaron por los campos. Una oleada de moscas y buitres, danzaban frente al festín de sus vidas. Fervientes y ávidos de apetito, en poco tiempo, gusanos níveos comenzaron a carcomer la carne. Al cabo de dos días, la peste se elevó en el ambiente volviéndolo nauseabundo de tolerar.
Como yo mantenía constante contacto con Luka en la capital. Aparte de intercambiarnos fruslerías, porno literario y algunas banalidades. También procurábamos dialogar sobre la guerra. No hace falta recalcar que yo era neófito en el tema. Solía consultarle sobre nuevas estrategias. Formas de poder ser útil para mi Shogun. Por supuesto que aún continuaba trabajando con el general Kurtzberg. Éramos algo así como una obra de teatro deficientemente articulada. Yo, intentando llevar la fiesta en paz. El, desesperado por mi perdón. Ambos actores mal pagados, por lo demás.
De un tiempo a esta parte, el avance se había visto desprolijo y cercenado, por la falta de hombres. Los últimos dos castillos que quedaban en pie, eran el de Honshu hacia el noreste y Maeda, al poniente. Este último, siendo una fortificación de a lo menos cinco kilómetros de ancho. Prácticamente una ciudadela medieval, rodeada de lienzos a base de pedruscos impenetrables; en lo más alto de una cresta empinada. Tomar el primero, no significaba mucho. El verdadero desafió y gran victoria, sería Maeda. Dado que era la provincia de Shinji Nobutada. Y si el caía, caían todos. Los métodos disuasivos de Tsurugi-san, escaseaban. Tras incontables batallas, irremediablemente habíamos descuidado todas nuestras estrategias de asalto. Estaban al tanto de ellas. Y sabían cómo repelerlas sin sufrir bajas considerables.
Para el séptimo mes, estábamos agotados. Sin ideas y sin ánimos de nada. Nunca antes sentí la victoria tan cerca y a la vez tan lejos. Era como esas veces en las que contemplaba remotamente a Luka, por el jardín. Solapado, entre arbustos y árboles. Poder verlo, pero no tocarlo, era la razón de angustias para mi señora. Empatizaba con ella. ¿Cómo poder penetrar esas murallas? Eran enormes.
Esa mañana, majestad nos convocó a una reunión extra oficial. Noté varios clanes ahí, con sus estandartes. Se mostraban altivos y listos para el combate. Pero lo cierto, es que la incertidumbre ya rondaba por los pabellones del campamento. Ya que muchos de esos honorables samuráis, casi se habían quedado sin tropas para luchar. Los recursos, mermaban la contienda. La cosa no pintaba bien.
—Con todo respeto, Tsurugi-san —revela uno de sus hombres, de expresión abatida—. Ya no sé de qué forma poder aportarle a la causa. Este calor no ayuda y para peor, me he quedado sin arqueros.
—Yo ya no poseo jinetes a caballo. Solo milicia a pie —advierte otro, malogrado y de rodillas contra el suelo—. Mis rocines murieron de hambre, sed y cansancio.
—¿Podemos pedir refuerzos a la capital? —consulta Nathaniel, liado—. Quizás, aún logremos contar con los extranjeros del sur. Han declarado fidelidad y tienen armamento occidental.
—Lo hice la semana pasada —revela Kagami, compungida—. Solicité cuatro regimientos de bayonetas y dos escaramuzas. Pero están muy lejos y tardarán por lo menos un mes en alcanzarnos.
—Un mes es suficiente para que se nos acabe el agua y la comida —revela otro de los nobles—. De por sí, la deidad de la muerte supura enfermedad entre nuestras filas. Si no nos mata Nobutada, lo hará la peste. O la gangrena.
—Los médicos ya no dan abasto —añade el pelirrojo—. Cuatro de nuestros mejores cirujanos yacen enterrados bajo escombros.
—Hemos logrado bastante, majestad —murmura uno de los terratenientes, alzando el mentón con angustia—. Mire todo el territorio que recuperamos. Unificar japón, es un sueño distante por estos tiempos. Alrededor de ocho clanes ahora están bajo su mandato. ¿No sería bueno ya…tomar un receso?
—Estamos atrapados aquí. Carajo —Tsurugi golpea la mesa, de puño—. Me rehúso a retirarme. No ahora, que hemos logrado tanto.
—Podríamos reorganizarnos y regresar en otoño —sugiere Nathaniel.
—Para cuando eso pase, el bastardo de Shinji habrá retomado comarcas o peor aún —frunce el ceño, la mujer—. Logre escapar de la isla. Está acorralado. Ya no le queda a donde más huir, que no sea el mar. Y no pienso ni de coña seguirlo hasta corea o china.
—No sé qué piense usted. Pero en lo que a mí respecta, estoy agotado y abrumado —masculle uno de los samuráis. Se levanta—. Mis hombres, los pocos que quedan, suplican su misericordia y desean volver a casa. Algunos están enfermos y apenas resistirán la vuelta.
—Nadie se irá ¿Me oyen? Casa no existe —sentencia Kagami, con autoridad—. Hasta que no erradiquemos al bastardo de Nobutada.
—¡Excelencia! —se eleva un anciano— ¡No es justo! ¡Denos al menos el chance de votar!
—¡Yo quiero irme a casa! —chilla el más joven.
—¡Guarden silencio, insolentes! —los acalla el pelirrojo, ofuscado— ¡¿Cómo se atreven a cuestionar las órdenes del Shogun?! ¡Nadie se va hasta que ella lo decida!
—¡Cierra la boca, salvaje! ¡Ni si quiera eres japonés! —lo increpan.
—¡¿Cómo me llamó?! —refuta de vuelta, ofendido.
¿Es mi idea o los ánimos están algo caldeados por aquí? Bueno, realmente no sabría qué decir al respecto. Recibí la carta de Luka esta mañana y mientras todos estos imbéciles se sacaban los ojos entre sí, me dediqué a repasarla. En verdad esperaba encontrar una palabra de aliento hacia la cruenta situación por la cual pasamos. Algo así como un consejo inocente o pueril. Sin embargo, lo que acabo de leer me ha dejado sin aliento. Y es que mi príncipe, trabajó un tiempo bajo el mandato del gran Khan mongol. Y si bien su fama le precede, no se me llegó a pasar por la cabeza de qué manera se convirtió en el gran conquistador de las estepas orientales. Sus métodos, por cuestionables que suenen, son efectivos. Tomar esta estrategia, sería dar un cambio radical a la guerra. Pero de paso, abrirle la puerta a la muerte misma encarnada en persona. Trago saliva, contrito. Lo que me ha escrito me aterra de sobremanera. Pero ¿Qué opciones tenemos ya? Es una medida desesperada.
—Quisiera saber qué opina mi Hatamoto respecto a todo esto —le interpela Kagami, en medio de la reunión—. Lo noto muy concentrado en su carta. ¿Algo que desee compartir con nosotros?
Silencio sepulcral en el ambiente. Todos callaron de golpe. Miradas irascibles recaen sobre mí. Desvío la mirada, balbuceando.
—Si realmente quiere saber lo que pienso, será mejor que hablemos a solas de esto —manifiesta Graham de Vanily, reservado.
—Bien. Se levanta la sesión —Tsurugi levanta la diestra, dando por finalizada la reunión—. Regresen a sus tiendas. Tendrán mi respuesta antes del alba.
Innegablemente, todos y cada uno de ellos, se retiran en un mutismo lacerado. Tan solo hemos quedado Kagami y Nathaniel aquí. La cosa es seria y grave. Solo espero…no volverme loco en el proceso.
—Habla.
—Majestad. De casualidad —relata Félix, timorato— ¿Alguna vez oyó la historia sobre la toma de Caffa, en Crimea?
—Si me hablas entorno a detalles sobre batallas occidentales, no tengo. Sin embargo, algo oí de mi padre hace años —esboza la nipona, curiosa—. Pero tú sabes que amo las anécdotas del viejo continente. Sobre todo, si las cuentas tú ¿Me iluminas de qué forma ese acontecimiento, es relevante para nosotros?
—Verá. Por el año 1340, aproximadamente —describe Fathom, templado—. El gran Gengis Khan, azotó la ciudadela amurallada. Haciéndola caer en dos días. Algo inédito para la época, dado que él contaba con tan solo tres mil soldados. Y en Caffa, eran cincuenta mil.
—Comprendo. Así que sugieres que podemos tomar Maeda igual que un bárbaro —arruga el entrecejo, abrumada— ¿Eso insinúas?
—Con todo respeto, no estoy simpatizando con él ni mucho menos aludiendo sobre sus creencias o fe. Solo…digamos que…—se toma la sien—. Me he enterado de como lo logró. Estando el, en desventaja. Tanto numérica como armamentista. De la misma forma que nos encontramos nosotros ahora.
—Al grano, Fathom —insiste— ¿Qué mierda planeas?
—No —rechaza enérgicamente, el bermejo—. Repudio tajantemente aceptar ese método.
—Ah. Entonces ¿Tú si sabes que pasó y no me lo dices? —gruñe la muchacha—. Cabrón.
—Divinidad, no lo haga. Si no se lo conté, fue por algo —contradice Nathaniel, malogrado—. Es una pésima decisión. Mala estrategia. Considere otras alternativas.
—Deja que mi Hatamoto hable, maldita sea —reverbera, mosqueada—. Dime ya, que pasó con Caffa.
—Usó cadáveres…—sentencia el inglés.
—¿Cadáveres? —no se entera.
—Gengis tomó los cadáveres podridos que perecieron en los campos y los usó como munición. Los puso sobre unas hondas gigantes y los catapultó por sobre las murallas —confiesa el ojiverde—. Al cabo de dos días, la población se infectó de peste y murieron todos. Luego…fue fácil entrar.
—Vaya…—parpadea Kagami, sorprendida—. Eso, es sin duda una estrategia nueva y jamás antes vista. Sopesar que los cuerpos descompuestos pueden ser usados como armas, es completamente revolucionario. Shinji no podría soportarlo.
—¡Kagami-san! —advierte Nathaniel— ¡Por favor, no ha-…!
—Silencio, Kurtzberg —le recrimina, decidida—. Me gusta la idea. Tenemos una infinidad de muertos. Entre enterrarlos y usarlos a nuestro favor, me complace dar vuelta la guerra.
—¡Pero-…!
—Alístenlos —demanda la soberana, levantándose—. Buen trabajo Félix. Por fin hiciste algo digno de un Hatamoto como corresponde —le palmotea el hombro—. Ordena que los acoplen y construyan catapultas.
—Majestad —interfiere Nathaniel—. Yo solo…
—Estamos en guerra, Nath —recalca Tsurugi, afrentada—. Me importa un carajo de qué forma logremos la victoria. Todo se vale. Ahora deja el sentimentalismo y hace caso ¿Quieres? No pretendo tomar represalias por lo que hiciste en el pasado.
—Usted no lo entiende…
—Tenemos eruditos católicos ¿No? —la peliazul se gira hacia el rubio, ratificando—. Llama a los galenos portugueses. Esos vinieron con sueros, curas y otras mierdas de occidente. ¿Qué pasó con la peste?
—Fue erradicada —sanea Graham de Vanily—. La controlaron y la sacaron de la población.
—Ahí tienes. Ahora largo —los despacha—. Necesito un momento a solas para pensar en esto.
Yo…no sé qué proceder a pensar. Estoy muy confundido entorno a mis creencias o moralidades paganas. Pero ¿Nathaniel? Le veo afectado con el tema. Se lo ha tomado tan personal, que incluso rehúye de mi mirada. Se supone que habíamos acordado tener una amistad fingida. Sin embargo, en menos de lo que canta un gallo, me toma del pecho y me estampa violentamente contra uno de los árboles.
—¡¿Qué mierda haces?! —le reprocha, febril— ¡¿Nos quieres matar a todos?!
—No a todos —admite el rubio—. Solo a Nobutada y compañía.
—Si esa mierda no se controla, podrá esparcirse por la isla como el aire que se respira —amonesta— ¿Acaso no pensaste en las consecuencias de tus actos?
—Será controlado y redirigido solamente al palacio —pita el ministro— ¿Qué más da?
—Eres un maldito, Félix —rumia.
—Y tú un hipócrita de mierda —combate Félix, destrabándose violentamente de su trinque—. Quítame las manos de encima, infeliz. No creas que no estoy al tanto de tú puta incursión al palacio. ¿Qué pretendes? Te insinúas a mi hombre sin tapujos.
—¿Yo me insinué?
—Con Luka no tenemos secretos, tontorrón —lo increpa, azotándolo de vuelta contra el paredón—. Mantente alejado de mi chico. ¿Me oyes? Tú ya tienes a tu eunuco. Lo que pase entre nosotros, es problema nuestro. No vuelvas a preguntar si le pareces atractivo o no.
—¿Haces esto por celos entonces? —le provoca.
—No. Lo hago por fidelidad a la nación, tarado —verifica—. Tú eres el único que tergiversa todo. Ahora ocúpate de llevar a cabo la orden de Kagami-san y déjame en paz. Acabemos con esta guerra absurda de una vez por todas.
No voy a ocultar que, el cortejo nefasto del general hacia mi príncipe me ha dejado suspicazmente receloso de sus intenciones. Pero si no me concentro, seguiré atado a su espantosa compañía y esta inagotable guerra sin tregua alguna.
Con viento a nuestro favor, marchamos en dirección hacia Maeda. Nos toma dos días y una noche, estancar las tropas frente al castillo rival. Los soldados corren de un lado a otro, prestos a conseguir leños y ensamblar las piezas que darán forma a nuestra novedosa arma. Kagami en persona, es quien supervisa el avance. Por extraño que parezca, parece verse apremiada contra el tiempo.
—¡Más rápido, señores! —los alienta a pie, abanicándose con desmedro al calor— ¡Esta misma noche comenzaremos con el asedio!
—Majestad —se reincorpora su ministro—. Ya tengo listo los planos como me ordenó. He dibujado con detalle los puntos ciegos que el general Kurtzberg divisó en la madrugada. Los que están en rojo, son vulnerables y cuentan con escasa altura. Pasarán por encima fácilmente y en dirección hacia el palacio de Nobutada.
—Excelente, Fathom —le halaga su soberana, altiva—. Esta debe de ser la primera arma biológica inventada en el mundo ¿Sabías? Podríamos hacer historia, al igual que el bárbaro de Gengis.
—A diferencia del Khan, nosotros no arremetemos contra inocentes —aclara Félix, caminando a su lado—. Tan solo irán a los jardines interiores.
—Honorable —reverencia uno de sus hombres—. Las catapultas están listas.
—Perfecto. Traigan los cadáveres —demanda la peliazul, observando como son bajados uno a uno de las carretas—. No se quiten las mascarillas ni los guantes. Tengan el menor contacto posible con ellos. Las ratas ya hicieron lo suyo…
—Vaya…realmente si están en el culmine de la descomposición —masculle Graham de Vanily, cubriéndose la nariz y la boca con el antebrazo—. Tengan cuidado de que no se desarmen en el proceso.
—Ngnh…gn…ah…
—¿Kagami? ¿Qué le pasa? ¿Se encuentra bien? —el lozano consejero la observa, preocupado—. Está pálida…
—N-no es nada…estaré bien —gorgotea en expresión nauseabunda—. Es solo que me ha dado asco.
—¿Desea que le cambie la pañoleta? —sugiere el inglés—. Quizás esa no filtra bien el aire.
—No es el olor solamente. Es…el verlos —arguye Kagami, soltando otro espasmo tentado al vomito—. Carajo…no puedo estar aquí.
—Si gusta, puede regresar a su tienda. Yo me quedaré aquí supervisando el-…
—¡Gnh! ¡Mhn! ¡Una cubeta! —ordena, exasperada— ¡Rápido!
Mierda. Estuvo a punto de dejarlo salir delante de todos. Menos mal, alcancé a tomar una del suelo y se la arrimé a tiempo. Jamás la había visto tan enferma. Debe de haber regurgitado el desayuno de la semana pasada. Las altas temperaturas no patrocinan a nadie. Su rostro empalidece y pasa de un tono gris a uno purpura. Solo espero no se haya contagiado de nada malo estando cerca de estos muertos. Algunos de sus hombres, la observan solapadamente por el rabillo del ojo.
—Carajo, que puto asco —farfulle Tsurugi, escupiendo agriamente contra el suelo—. ¡Tsk! ¡¿Y ustedes que tanto miran?! ¡¿Acaso nunca vieron a una mujer vomitar antes?! —les reprocha, rigurosamente—. Joder, que vergüenza.
—Está sudando. Puede que pasar tanto tiempo expuesta al sol le haya dado un golpe de calor —le extiende un paño, remojado en agua fresca—. Tenga.
—Nah. No es eso —se restregar la cara—. Últimamente ver cuerpos me revuelve el estómago. Creo que ya estoy harta de la muerte. Comienza a afectarme de forma visceral.
—¿Es por eso que tiene prisa?
—Es más que solo prisa, Félix. Tú estuviste en la reunión. Mis tropas no dan abasto para más —advierte, ofuscada—. Nos queda ración para una semana. Si no conseguimos la victoria, se acabó. Así que será mejor que no te fijes mucho en mi estado y te concentres en tus quehaceres ¿Quieres? Ahora vete. Ayuda a los otros.
—S-si…como usted ordene.
No muy convencido, tuve que hacerle caso. Transcurrió la tarde y parte de la noche. Pero Kagami continuaba con aspecto delicado. Es una mujer tan orgullosa y dinámica, que por nada del mundo se perdería los primeros asaltos de su afanoso plan. A eso de la 1:00 de la madrugada, los primeros cadáveres fueron lanzados sin mayor ruido y en total sigilo noctívago. Se mantuvo en vela hasta el amanecer, sin pegar un pestañazo. Sentada, bebiendo té. Parsimonica. En compañía de los más expectantes hombres de fidelidad. Nathaniel se la pasaba rezando. No sé a qué o a quien, pues este tipo dudo crea demasiado en otra cosa que no sea la culpa. Su, propia culpa.
Fue así como aconteció una semana. La última que teníamos. Habíamos agotado la reserva de cadáveres que teníamos. Y, sin embargo, no recibimos represalia alguna. Nadie nos atacó de vuelta. La calma era tal, que llegamos a cavilar que probablemente Nobutada había huido o no se encontraba en Maeda. Ni una sola sombra deambulaba por los alrededores. Demasiado silencio…para ser verdad. Me preguntaba, que tanto ocurría dentro de esas cuatro murallas. Tampoco escuché gritos, alaridos o quejas. ¿Acaso…hemos fracasado? Kagami comenzó a impacientarse. Y ante la nula contestación por parte del enemigo, envió a dos emisarios a corroborar el estado del fortín. Alrededor de las 2:00AM, el general Kurtzberg finalmente nos aclaró el panorama.
—¿Qué ha pasado?
—Mis hombres registraron el perímetro. Tras no hallar rastro de los guardias, se aventuraron por el ala norte del palacio —revela el pelirrojo, en total brío a lo anómalo—. Kagami-san…todos en el interior —traga saliva—. Están muertos.
—¿Cómo dices? —la Shogun se levanta, estupefacta— ¿Estás seguro de eso?
—Totalmente. El plan, amargamente fue un éxito —asegura el bermejo—. Deseo que venga con nosotros a verlo por usted misma y comprobarlo.
—Desmonten todo y reúnan a las tropas. Vamos a entrar —demanda la fémina, regalándole una sonrisa triunfante a su joven ministro—. Siéntete orgulloso, Hatamoto. Acabas de ganar la guerra.
¿Realmente…pasó eso? ¿Tan perfecto era? ¿No hubo errores? No lo sé. Es demasiado bueno para ser real. No es que yo sea un amargado pesimista que no se crea sus propios logros. Sin embargo, es muy pronto para cantar victoria. No lo aseguraría hasta presenciarlo de cara a la veracidad de los hechos. Media hora después, ya nos encontrábamos en el interior del alcázar. Todo parecía abandonado. Desolado. Sin llegar a bajar la guardia, incursionamos sigilosamente por el interior del recinto. Examinando cada recoveco sin mayores miramientos. Ni dando pie o brazo a torcer entre tanto. Los silos estaban vacíos. Las caballerizas, repletas de bestias muertas. Los soldados de Shinji, esparcidos por el suelo. Muertos. Las mujeres del harem, fallecidas. Supurando manchas carmesíes, parpados blancos y ennegrecida piel. Hasta los peces de los estanques, yacían de estómago arriba, flotando en agua putrefacta. La parvada de moscas, zumbando de norte a sur. De este a oeste. Todos habían perecido ante un insospechado brote de índole virulento similar a la peste o la cólera. Era macabro de presenciar. Pero al mismo tiempo, satisfactorio.
—¿Esto quiere decir…que se acabó? —consulta Félix, anonadado.
—No. Aún no —protesta Kagami, de entrecejo ceñido—. No hay rastro de Shinji. Y mientras no vea su cadáver, no estaremos a salvo.
—¿Cómo? ¿No está aquí? —repara Fathom, liado—. Eso significa que logró huir a tiempo.
—O de plano no estaba en el palacio cuando la enfermedad comenzó —propone Nathaniel, malogrado—. Es horrible. Tantos muertos para nada.
—¿Cómo que para nada? El castillo de Maeda es nuestro ahora —gruñe Tsurugi—. Me importa una mierda sus hombres o mujeres. Ordenen retirar los cadáveres y llévenlos al exterior. Que los quemen. Incinérenlos hasta las cenizas —añade—. Limpien los estanques, vacíen los pozos, boten la comida sobrante. No quiero rastros de esta enfermedad aquí. Y llamen a los galenos a que examinen a nuestros hombres. No correré el riesgo de contagio.
—Como usted ordene, Tsurugi-san —reverencia Nathaniel, restándose de la escena—. En su honor.
—Kagami…—murmura el rubio, indiscreto— ¿Comió algo? La noto abultada.
—Ah. Si, lo hice. Pero no me saben bien los alimentos ahora mismo —le responde, descuidada—. Fathom, ve por mi doctora. Necesito que me revise también. Es cierto que estoy algo hinchada. Los dedos me duelen y los talones me pulsan. Posiblemente, por el calor.
—Si tiene la presión alta, puedo hacerle un masaje…—sugiere el ojiverde, intranquilo.
—Gracias, que amable. Pero preferiría a mis médicos —lo despacha—. Ve a hacer lo que te ordeno. Y si te necesito, te llamaré.
—Si. Con permiso —se retira.
No. El estado de Kagami, no me da buenos augurios. Temo que de verdad se haya infectado de alguna cosa. Incluso mientras iba haciendo abandono del cuarto, la noté adolorida. Se encorvó, tosiendo y sujetándose violentamente el estómago. Que sus dioses no le permitan morir. No ahora, que hemos tomado la ventaja de una manera considerable.
Me ha tomado tiempo acostumbrarme a los hechos. Más bien, asimilarlos como una victoria. ¿Cómo podría llamarla así? Si la mayoría de las personas en este lugar, agonizaron por quizás cuantos días, antes de sucumbir. Sumándole a ello, Shinji ni si quiera se encontraba presente para dar la pelea. He descartado una posible fuga. Los nobles de este país no huyen de sus combates. Eso es de cobardes. Se quedan a dar la pelea hasta la muerte. Lo mínimo que esperaría de ese sujeto, es ver su cuerpo con las tripas desparramadas por el suelo y despojado de su cabeza. No era el caso. ¿Qué pasará cuando se entere de lo que ocurrió aquí? Mi reloj de bolsillo marcaba las 4:01AM en punto. Bien dicen que las temperaturas declinan en verano, mientras más cercano nos encontramos al amanecer. Corre una gélida brisa, errática para la estación. Me siento nervioso. Algo me inquieta. Es como un mal presentimiento, dotado de cierto poder arcano. ¿Un sexto sentido? En el patio, elevo la vista al manto nocturno. Reconozco el conjunto de estrellas que mi padre mencionó como "las tres marías". Si quisiera ir a casa, podría seguirlas. ¿Qué es casa ahora? Yamato. Porque está al sur de acá. No podría desorientarme. Dado que, si quisiera huir, tengo a donde hacerlo.
Luka.
¿Por qué pienso en el justo ahora? Lo extraño tanto. ¿Puedo volver a mi hogar? ¿Ese donde reposa mi alma? ¿Galopar hacia ti? Dejo caer mis abrumados parpados. Me llevo la diestra al corazón e imploro, regresar. Estoy exhausto. Cansado. Agotado de esta guerra. Permítanme retornar vivo, al lado de mi amado. Si tan solo…
—¡Maestro Fathom! ¡Cuidado!
Alcanzo a escuchar el grito de Nathaniel, arrojándome hacia un costado del jardín. Ambos caemos de bruces al suelo, regresándome de golpe a la realidad. Ha intercedido con su cuerpo, de cara a una lluvia de flechas incendiarias que se clavan sobre el tejado de la casona principal. De pronto, el ruido de las campanas. Fuego por todos lados. Las llamaradas se elevan por los aires, formando una nube oscura al instante. Los soldados se reagrupan y chillan al unísono.
—¡Nos atacan! ¡Es Shinji Nobutada! ¡Hombres, a las armas!
—¡¿Qué demonios?! —espabila Félix, destartalado— ¡La casa se achicharra!
—¡Se ha enterado y regresó! —Nathaniel desenvaina su Katana, fatuo de su talante varonil— ¡Félix! ¡Ve por Kagami-san! ¡De prisa! ¡Solo ella importa!
—¡S-si! ¡Voy!
A la mierda. Percibo a lo lejos como los sables se baten a duelo, en lo que urgentemente echo carrera por los pasillos. Las puertas, las vigas, los paneles, el suelo, se desmoronan a pedazos producto del fuego. Todo se consume a mi alrededor y yo lo único que tengo en mente, es buscar a mi Shogun en el último lugar que la dejé. Los aposentos de Nobutada. Diviso la puerta, aún intacta, pero a portas de ser alcanzada por las llamas. Ingreso violentamente.
—¡Kagami-san! ¡Nos-…!
¿Pero…que mierda…?
—¡Arg! ¡Ngn! ¡Félix! —berrea Kagami, recostada contra el suelo y de piernas abiertas— ¡Nos atacan! ¡No te distraigas! ¡Carajo!
—¡Mi señora, es usted quien no debe distraerse ahora! —advierte la partera, envuelta en sudor— ¡Vamos, segundo intento! ¡Puje!
—¡Kagami-san! ¡Ya casi viene! —añade el doctor, remojándose los dedos— ¡Veo la cabeza!
¿Kagami está…dando a luz? ¿Pero esto que coño es? Un segundo. No. PAREN TODO. Esperen. ¿Ella estaba embarazada? ¿En qué puto momento? ¿Qué no me enteré? Se me suelta la mandíbula de abajo, de la impresión. O sea, no sé cómo tomármelo. No sé si es bueno, malo o que chucha. Lo cierto es que oportuno no es. Porque ahora mismo, nos están haciendo mierda. Pero…yo…
Me paralicé. Y no sé qué clase de cara idiotizada habré puesto, que la misma Kagami me reprocha.
—¡¿Qué haces ahí parado, idiota?! ¡Ngnh! —brama, compungida— ¡VEN AQUÍ! ¡ES UNA ORDEN!
—¡V-voy…! —Félix se arrima a ella, torpemente. Le toma la manito—. Ka-Kagami…yo-yo no sabía que…es que…no sé…como…ah. ¿Qué demonios?
—No preguntes y ayúdame. Es ahora o nunca —sentencia la mujer.
—Hatamoto —revela la enfermera, reservando su diagnóstico a la intimidad—. Está muy delicada de salud. Necesitamos sacar al bebé cuanto antes. No resistirá más tiempo. Es ella o nada.
—Di-disculpe…es que me ha tomado por sorpresa —parpadea, horrorizado—. Yo no sabía que estaba en cinta.
Diviso vendas en un lado y parte de ellas, en su estómago. Agua tibia, una pechera, té de ajenjo y otras menudencias. Ah. Joder. Así que esos malestares eran producto de un embarazo que ella misma ocultó ¿No? Se cubrió el vientre. Dios santo, que mujer tan…
—Valiente —exclama el galeno— ¡Sea valiente y uno más! ¡Vamos!
—Ka-Kagami…sé que quizás la pregunta no viene al caso, porque nos están atacando y usted en pleno parto, pero…—balbucea Fathom, entre que quiere llorar y salir corriendo de los nervios— ¿Hay alguna posibilidad? ¿De que ese bebé sea…?
—No es tuyo, niño ingenuo —protesta la japonesa, de sobre esfuerzo entre jadeos—. Yo jamás permití que te derramaras dentro de mí. Solo mi esposo, lo hizo y no me-… ¡Arg! ¡Como duele! ¡Ya sáquenlo!
—¡Ya casi! ¡Ya casi! ¡Está-…! Oh por Inari…—revela la partera—. Lo tengo…
—Oh, bendito universo —gimotea Graham de Vanily, de rostro febril y tan sobreexcitado como un milagro hace el día de la noche—. Madre santa…es…el bebé de Luka Couffaine —. Mi príncipe…es papá…—despabila— ¿Qué es?
—Es…una niña —determina el galeno, sujetándola entre sus brazos mientras la limpia—. Santificado sean los ancestros.
—Sagrado seas Amaterasu entre todas las deidades, por bendecir a los Tsurugi con un útero fértil para hacer tu voluntad —exclama Kagami, en un suspiro abrumado—. Félix…
—¿Una niña? ¿Es una bebita? Me quiero mear…—traga saliva—. D-dígame, Kagami…—sigue sin soltarle la mano.
—Estoy muy débil. No creo resistir más…—murmura, entre lágrimas—. Mis hombres se encargarán de Shinji y lo harán pagar por sus insultos. Pero si llega hasta acá, no tendrá compasión. Quiero que me jures algo. Con tu vida —lo fulmina con la mirada, repleta de pánico—. Prométeme que la cuidarás.
—Perdón, pero no me entero —parpadea, enajenado— ¿Qué me está diciendo? ¿Se va a morir…?
—No sin antes dar la pelea —sentencia Tsurugi.
—Usted no puede pelear, majestad —niega la asistente— ¡Acaba de parir! ¡No debe ni puede pararse!
—Claro que puedo. Denme mi espada —Kagami se tuerce, elevándose contra el suelo—. Cósanme. Como un pavo. No me importa. Voy a darle cara a ese bastardo.
—¡Mi señora, Kagami-san…! —contradice el doctor.
—¡Es una orden, mierda! —rebate la peliazul, casi al expirar—. Félix. Fuiste un Hatamoto fiel a mí. Me serviste, me honraste, me otorgaste no solo placer visual, si no también onírico y ancestral. Te prohíbo morir acá. Quiero que tomes a mi hija y te vayas. Vete. Regresa a Yamato. Cuanto antes. No permitas que Nobutada te alcance.
—¡Pe-pero! ¡Kagami! ¡Usted es la Shogun! —intercede el rubio, despavorido— ¡¿Qué será de Yamato si no-…?!
—Ten…—la japonesa le entrega a su bebé, acurrucándola entre sus brazos. De mantita caliente y un beso en la frente, le dice—. Ella será la nueva Shogun del mañana. Luka sabrá ejercer su posición. Es un buen hombre. Procura darle una familia noble y llena de amor. Que crezca sana y fuerte. Sabia. Y le otorgue vida eterna a nuestro clan —sentencia, grácil—. A partir de ahora, eres el Hatamoto de Luka. Condéseme este último capricho ¿Puede ser? Vela a mi hija y a mi esposo…en mi ausencia.
—Kagami…no…—suplica Félix, entre sollozos—. Por favor…
—Te amo, Félix. Hasta siempre…
Fue lo último que escuché de sus labios. Me amaba. ¿Pero de qué manera?
No hay caso. Por más que llevo compartiendo días, semanas, meses, años con estas personas. No logro acostumbrarme a este estilo de vida en donde nada más importa que las futuras generaciones. Como si nosotros no tuviéramos relevancia en la historia. Kagami y sus doctores me echaron del cuarto, casi como un dueño haría con su perro. No obstante, lo cierto es que no fue así. Si bien, sentí amarga esa despedida poco prolija. Cargo en mi regazo a una bebita recién nacida. Con tan solo minutos de vida. Es tan tranquila…casi no llora. No se remueve. Las vigas comienzan a desplomarse a mi alrededor, desmoronando la casona entre las llamaradas. Se lo he jurado. Le ofrendé con el alma, regresar a Yamato. Tengo en mis manos, no solo al futuro de una nación. Si no, a la primogénita del amor de mi vida. Bajo ningún puto motivo, puedo morir. No ahora. Se acabó. Me largo de aquí.
A duras penas, consigo esquivar las flechas y sableadas de los enemigos. Encontré en la parte trasera un caballo con la indumentaria lista y dispuesta a ser montado. Como si el universo lo hubiera colocado preparado para mí. Me enlisto en su lomo, de mano derecha jalando el rin y de la diestra, apretujando a la niña contra mi armadura. Taloneo al animal, alejándome a galope acometedor.
—¡Alguien se escapa! —advierte un soldado enemigo— ¡Mi señor! ¡Huye por el sur!
—¡Acábenlo! ¡Que nadie se vaya! —demanda Shinji Nobutada— ¡Síganlo! ¡Y mátenlo!
Con una mierda. ¡Por los demonios! ¡No! ¡No me sigan, cabrones! ¡Hijos de puta! Tal incendio ha provocado que el cielo nocturno se tiña de gris. No logro divisar las estrellas. No sé si estoy corriendo hacia el lugar correcto, pero escuchar los trotes detrás de mí, me atosigan de pavor. No recuerdo cuando fue la última vez que evidencie tanto terror antes. Creo que nunca. Si estos bastardos me alcanzan, no regresaré a casa. No. ¿Qué estoy diciendo? Ya ni siquiera importa mi vida. Lo que importa es esta niña. ¡Déjenme en paz, malditos!
—¡Más rápido! ¡Corre más rápido, por favor! —demanda Fathom, espoloneando el estómago del corcel— ¡Tenemos que cruzar el valle!
—¡Ya casi! —chilla un soldado, lanzando flechas en el proceso— ¡No lo pierdan de vista!
—¡Va hacia el risco, señor! —asegura otro, sobre la montura.
—¡No paren! ¡Es nuestro! —jadea, sobre su caballo.
Diviso un peñasco imposible de saltar. Bueno, eso de cara a los caballos normales. No tengo idea de qué clase de bestia me robé. Solo sé que me ha hecho caso hasta el momento y aceleró tan vertiginoso, que el viento sobre mis orejas lacera mis lóbulos. De un solo tranco, cruza el desfiladero. Mientras reparo tras de mí, como los demás soldados caen al abismo entre aullidos mortuorios. No hay forma de que me alcancen ahora. Los generales de Shinji no osan en cruzar a trote aquella separación de tierra. Derrotados, dan media vuelta y nos dejan partir. Yo por mi parte, solo puedo soltar un suspiro intranquilo, atosigado de esperanza a lo que me espera. Estoy a casi un mes de Yamato ¿De qué manera podré mantener viva a esta bebita? Ni si quiera doy leche. La miro. Y todo resquemor de indulgencia me abandona. Sacudo la cabeza, dispuesto.
—No. Perdona —bosqueja, abnegado— ¿Qué cosas pienso? Nos la vamos a arreglar ¿Verdad? Eres la hija de Luka. Ni si quiera sé cómo te llamas…—reflexiona, liado—. Mierda. No te dio un nombre. ¿Cómo podría emplazarte? —recula, meditabundo—. Mmh…bueno. Ya le preguntaremos a tu padre ¿Sí? Vamos. Algo encontraremos para nosotros…
Con el galope de mi corazón en la mano, nos expulsamos a regresar a casa. De camino a la capital, aproveché de franquear por los poblados que Kagami conquistó de antaño. Conseguí encontrar algunas meretrices que hacían de nodrizas. Mujeres que tenían leche acumulada en sus pechos y que pudieron permitirle tomar de ella, a la heredera. Fingí demencia en el proceso. Les inventé que era padre soltero, que tan solo era un simplón mercader occidental y de esa forma, logré pasar desapercibido al cabo de nuestro viaje. Pero lo cierto es que más de alguna chica altiva, nos reconoció. Yo era el glorioso Hatamoto. Y nada de lo que hacía, les resultaba lógico. Hasta que llegamos al poblado del señor Atsushi. Ahí, contacté a Sabrina. Curiosamente ella era una nodriza. Que, si bien mantenía intacta su virtud, se ofreció para asistirnos. Algo me enteré de que les daban de beber algunas hierbas y simulaban embarazos falsos. Yo qué sé.
Nos tendió una mano, dándole de mamar a la pequeña. Para cuando decidí avanzar, me imploró encarecidamente seguirnos. La acepté en mis filas y los tres galopamos hacia Yamato. Tras un mes entero de indulgencias, pernoctar en templos abandonados, mendigar comida y acurrucarnos con cuero de oveja vieja, llegamos finalmente a la urbe.
Ella estaba muy nerviosa. Era su primera vez pisando región enemiga. Me encargué de recalcarle que mientras tuviera leche para donarnos, sería aceptada en palacio. Era de noche. Pasadas las 2:00AM. Entramos como unos bandidos buscando asaltar la morada. Los guardias no tardaron en increparnos. Les mostré mi rostro, exteriorizando quien era. Me reconocieron al instante. Lo que los descolocó, fue la menor y aquella muchacha afuerina. Nadie entendía nada. Hasta que mi príncipe apareció. Brotó desde el interior de la casona como el soberano que todos esperamos ver. Tenía su sombrero bien puesto, sobre su nuca. Altivo y soberbio. Este es mi nuevo Shogun ahora. Desconocía el paradero de su espora. Pero eso, sería harina de otro costal. Lo que nos convocaba con premura, era la seguridad de aquella niña que cargaba entre mis brazos. Couffaine me mira confundido. No entiende nada. Me fui para librar una guerra y de pronto regreso con una bebé y una mujer. Tenía dos opciones. Mentirle o decirle la verdad ¿La verdad? Es lo único que busco en esta vida. No lo expresó abiertamente. Sin embargo, supuse que había tergiversado todo y creyó que tanto Sabrina como la niña eran parte de mi nueva familia. Aun así, obvió todo y nos invitó a pasar a su cuarto. No al salón. Sus aposentos. Sentado sobre sus rodillas, nos dijo.
—Sean bienvenidos a Yamato —masculle, malogrado—. Si gustan, pueden-…
—Luka. No. Espere —advierte Félix, extendiéndole a la menor entre sus brazos—. He venido a cumplir mi promesa. Por favor, no piense cosas que no son.
—¿Qué haces? —rezonga Couffaine, injuriado— ¿Por qué me entregas a tu hija con esta mujer?
—No es mi hija, señor —revela Sabrina, en una reverencia.
—Tampoco es la mía —asevera el inglés, abochornado—. Es suya…
—¿Cómo dices? —Luka se retrae, sobre su eje— ¿Es una broma?
—Yo jamás bromearía con algo así, majestad —reitera Graham de Vanily, derrotado—. Suya y de Kagami-sam. Si nos permite darnos un tiempo, le explicaré todo. Solo…acéptela ¿Quiere? Con gusto le diré todo lo que pasó al respecto.
Luka la observa y no profesa amor por ella. Por el contrario, la examina como si hubiese visto un ente ajeno a él. Con una mierda. No galopé hasta aquí arriesgando mi vida y la de la bebé, casi con el corazón en la mano, para recibir tal trato en respuesta. ¿De qué va? Es hora…de abrirle los ojos.
Del interior del palacio real, brota una impávida Tomoe. Quien, siendo escoltada por Marinette y a su vez, Marc, nos observan con desazón. La escena, aunque no de vista complaciente la señora Tsurugi sea; ha cautivado su atención. Pues Luka tiene ahora entre sus brazos, al futuro de la dinastía. Y con ella, su reinado comienza. Todos y cada uno de los presentes, no tardan en inclinarse con honor frente a ambos. Anciel por su parte, rebusca entre las cabezas malogradas del recinto, a su amado. Pero yo, contesto amargamente con un "no" de lado a lado. Nathaniel no ha venido conmigo.
He galopado hasta que mis pulmones enardecieron de asfixia. Y no hay indicios ni rastros, de que ninguno de los dos, haya sobrevivido.
El mañana…se ha burlado de nosotros.
