—Lo que me cuentas no me complace en lo absoluto —bosqueja el general Kurtzberg, vistiéndose en el proceso—. Es más. Diría que incluso me huele a que te engañaron o no fuiste lo suficientemente ágil para seguirle.

—A mí nadie me pasa gato por liebre, Nath. Se perfectamente lo que vi —sisea Marc al desnudo, sobre un tumulto de cojines. Agazapado, cual felino en plena flexión de garras y cola, añade—. Mhm…que aburrido tener que hablar de esto justo ahora. Me siento un tanto post orgásmico.

—Sé que Fathom oculta algo. Puedo olerlo…—gruñe el pelirrojo, pasando un paño húmedo por frente y parte de su cuello—. Conozco a los de su tipo.

—Pues es tal y como te comenté, no vi nada sospechoso. Suele dar vueltas en su caballo. Va hasta el viejo roble de la colina y regresa —falsea, fingiendo desconsuelo—. Solo es un don nadie jugando a la política. No tiene idea de dónde está parado.

—Tal vez se dio cuenta que lo seguías y ocultó su verdadera ruta —propone el bermejo, vertiendo dos copas de vino—. No olvides de quién es hijo. Podría estar trabajando incluso para Colt en secreto.

—Te estás volviendo bastante paranoico, general —bufa Anciel. Se gira boca abajo, jugueteando con sus piernas de vaivén en vaivén—. Eso ya sería hilar muy fino.

—Lo siento. Pero no puedo quitarme de la cabeza la sensación de traición que desprende. No sé cómo explicarlo —exhala, entregándole uno de los brebajes—. Además, la manera en la que Kagami-san lo mira…me perturba.

—Todos conocemos el historial de la princesa. No es de extrañarse que se fije en un occidental —murmura el maestro, rodeándolo por la espalda de manera mimosa—. Hizo lo mismo contigo cuando llegaste ¿Lo recuerdas? Siempre me pregunté si te la habías cogido.

—No juegues así. Eso ni en broma lo menciones —desmiente Nathaniel, ofendido—. Yo por Kagami daría mi vida. Y por lo demás, sabes que no me gustan las chicas.

—No. No te gustan las chicas. Pero tampoco te gustan los chicos —le quita su copa, tomando un sorbo de la misma en una lasciva sonrisa—. En realidad, te gusto yo.

—Jm —ríe—. Por supuesto que sí, pillo —asiente, depositando un beso húmedo sobre sus labios—. Me gustan las noches en las que podemos estar juntos e intercambiar ideas conspiranoicas.

—Técnicamente hemos estado intercambiando más que solo ideas —confiesa el pelinegro, subiéndole con los deditos por el pecho—. Pero por mí no te detengas. Adoro la cantidad de imaginación que te cargas dentro de esa cabecita loca; tuya —se la besa—. Aunque me ponga triste que no contestes mis cartas.

—¿De qué hablas? —manifiesta el soldado, preocupado— ¿No te respondí acaso la del canto a las golondrinas?

—Esa no, bobo —lo empuja, subiéndose la yukata—. Me refiero a la última. El poema que te dediqué.

—Pues te hice un boceto ¿No? —aclara—. Te contesté con un dibujo de esos que tanto te gustan.

—Pero no decía nada…—hace un mohín.

—Era la idea, Marc —Nathaniel toma el mentón de su amante, fijando sus ojos en el—. A veces sobran…

—Te amo…—revela, ruborizado.

—Y yo a ti —responde, jocoso—. Ya no te pongas así, que me da pena. Ven aquí, recuéstate conmigo.

—A veces pienso mucho en nosotros —suspira Anciel, apoyando tiernamente su mejilla contra sus pectorales—. Llevamos tantos años en esta dinámica. Me pregunto cuándo podremos salir de ella.

—Eso es apuntar muy alto —balbucea el militar, agotado—. Lo nuestro debe continuar siendo un secreto. No hay manera de que el jefe de las concubinas y un general como yo, puedan formalizar algo serio. Si Kagami se entera, seremos dos eunucos en vez de uno.

—¿Te importan más tus huevos que lo que sientes por mí?

—Me importa nuestras vidas, Marc —le narra Nathaniel, derrotado—. Tú sabes que eres valioso para mí. No quiero que nada malo te ocurra. Si algo así sucediese, yo…me muero.

—¿Te morirías realmente? —insinúa, juguetón.

—Claro.

—¿De amor?

—No exageres —bufa.

—¿Entonces de qué? —infla los mofletes, cual niño pequeño—. Anda, dímelo.

—Si, bueno. Supongo que…de amor y de pena —confiesa Kurtzberg, rodeándolo con ambos brazos de manera afectuosa—. Sería un cumulo de muchas cosas. Sabes que te amo más que a nada en este mundo. No permitas que tus sueños nublen tú juicio y nos arruinen ¿Quieres?

—Estoy bromeando. No me tomes en cuenta. Tú también lo eres todo para mi —Marc le muerde la mejilla, animado—. Por cierto. Se acerca el festival del cerezo blanco. ¿Irás a verlos?

—Como todos los años —explica el ministro—. Conoces las reglas. Ni, aunque quisiera negarme, podría. Kagami obliga a todos a asistir. Ah…es un fastidio. Aún no logro comprender del todo el significado de ver unas hojas estúpidas.

—¿Te parece aburrido? —chista Anciel, fluvial—. Porque en lo que a mí respecta, es una ceremonia muy bonita y romántica. ¿Recuerdas nuestro primer festival?

—¿Cómo olvidarlo? Me dejaste una nota en el cerezo de los deseos. Era un listón rojo maravilloso —sonríe el varón, abochornado con el recuerdo—. Fue entonces cuando recibí tu confesión y mi vida cambió para siempre.

—Deseo que siga siendo igual —murmura el pelinegro, reposando cándidamente contra su regazo—. Prometo sorprenderte esta vez.

—Mas te vale —el bermejo le revuelve los cabellos, festivo—. O puede que termine mirando a otro, eh.

—¡Oye! —carcajea, brioso—. No me gustan esas bromas. El de los chistes malos soy y-…

Alguien llama a la puerta.

—¡General Kurtzberg! ¡Se necesita su presencia con urgencia en el salón principal!

Mierda. ¿A estas horas? ¿Qué pasa? —farfulle, vistiéndose audazmente—. Cúbrete. Yo abriré —zanja, caminando hasta la puerta. La desliza— ¿Qué sucede, Okubo? Son pasadas las cinco de la madrugada.

—L-lo siento, maestro. No quise interrumpirle su sueño. Pero…es delicado —indica el sirviente, decaído—. Su majestad el Shogun Tsurugi…

—¿Qué pasó con el Shogun…?

[…]

Vaya noche agitada he tenido hoy. Llena de turbulentas sensaciones como un parque de atracciones itinerante. Primero, lo de Luka. Luego, Marinette y los gemelos. Seguido de Kagami y nuestro furtivo encuentro amoroso. Y ahora…el Shogun se acaba de entiesar. ¿Qué sigue? No he dormido nada. El color ennegrecido bajo dos notorias ojeras se resiente en mi aspecto. Aunque sin duda me veo menos cadavérico que el mismo señor Tsurugi. Pobre. Se le ocurrió justo morir en medio de la noche. Kagami y Tomoe están presentes. Seguido de la mayoría de sus ministros y una que otra persona de total confianza. El medico de cabecilla niega con la cabeza, afirmando el deceso de un viejo líder que parte al reino espiritual. Se quita el sombrero y se arrodilla frente a Kagami. Símbolo de que a pasado a ser automáticamente, la nueva Shogun de Yamato. No oficial. Pero póstuma a ser celebrada como tal. Marc y Nathaniel se nos unen casi al unísono. Esos dos ¿Acaso estaban juntos? Me huele raro. Y lo digo abiertamente, porque noto cierto dejo de aroma instintivo en el ambiente. Esos dos, sin duda se traen algo entre manos.

Sin embargo, nadie aquí presente parece notarlo. No es como que sea relevante para semejante fatídica escena. Kagami está destruida. Ha derramado un par de lagrimones endebles, que no se permite exteriorizar abiertamente ante sus layacos. Arraigada a su título, se profesa estoica y sin sentimentalismos de por medio. Luka no vino…

Ah. Debe de seguir prendado a esa tipeja. O de seguro estará pasando la resaca sexual que se mandó. Que burdo es.

—Buen viaje…padre —musita Kagami, depositando un beso casto contra el dorso de su mano—. Muy pronto tú y yo, nos encontraremos en el reino de los cielos.

—Ahora el destino de Yamato está en tus manos, Kagami —sentencia Tomoe, impasible—. Espero sepas reinar con justicia y le traigas honor a nuestra familia.

—Con la sabiduría de padre guiando mi espíritu —asiente la samurái, garbosa—. Le demostraré al mundo que los Tsurugi somos más que solo una dinastía.

—No esperaré menos de ti —asiente su madre, templada—. Reúnan a los súbditos. Hagan correr la voz con la noticia por el poblado y las regiones aledañas —ordena—. Se decretará duelo nacional por tres días. Y para los enemigos, diez. Como una tregua según el protocolo indica. La ceremonia la llevaremos acabo en las dependencias del santuario de Inari.

—Ya conocen la tradición —añade la joven regente—. Repartan arroz y semillas a los aldeanos. Que cada uno presente tallada su tablilla. Serán depositadas en el templo de la familia.

—Yo personalmente me encargaré de ello, majestad —reverencia Nathaniel, sumiso.

—No. Tú no —advierte la peliazul, volteándose hacia Félix—. Es mi Hatamoto quien debe llevar a cabo la misión. Si tiene dudas, enséñale. Cuento contigo, Nathaniel.

Tsk…Félix ¿Qué va a saber este tipo? —Kurtzberg lo fulmina con la mirada.

Ah, carajo. Como si no tuviera suficiente. Ahora tendré que hacerme cargo de todo lo que mencionaron. Solo espero…no cagarla.

—De acuerdo, Kagami-san —asiente Fathom, asumido—. Haré cumplir su voluntad al pie de la letra. Tiene mi palabra.

—Genial. Ahora retírense. Quiero estar a solas con mi padre —demanda.

Uno a uno, fueron saliendo desde el interior del cuarto. Todos, como si no hubiese pasado nada fuera del otro mundo. A excepción de mí, claro. Que traía el mojón apretado entre las nalgas, con el pavor de no saber que mierda hacer. Para agravar el panorama, Kagami había designado a mi peor enemigo a prestarme ayuda. ¿De que forma podría este amargo sujeto darme una mano? Yo creo que lo único que buscará es arruinarme la vida. Es más, estoy seguro de que, si fracaso, él se regocijará con todo el placer cirquero existente.

En cuanto salí de la habitación, no tardó en abordarme por el pasillo. Dios, que pesado que es. Lo que menos quiero, es provocarlo. No me conviene. Tendré que apelar a mi ignorancia y agachar la cabeza; si deseo conservarla sobre mi cuello.

—Maestro Fathom. Su primera aventura como nuevo ministro a cargo —sisea el general, burlesco— ¿Ansioso?

—Preocupado, la verdad —confiesa Félix, importunado—. No es como que todos los días organice el funeral de un líder de estado.

—No vaya a ser cosa que la falta de experiencia le pase la cuenta —bufa.

—¿Usted goza de mucha experticia en el tema, maestro? —inquiere Graham de Vanily de vuelta, desplazándose por el pasadizo— ¿A cuántos lideres ha enterrado?

—Ngnh…—Nathaniel tuerce la boca, fingiendo falsa modestia ante su pregunta—. A ninguno…—. Un par. Pero no eran precisamente japoneses.

—Como occidental al igual que yo, comprenderá que no todos los protocolos son iguales —exclama Fathom, despejado—. Sin duda Kagami-san tiene razón. Tendrá que prestarme una mano para que esto salga bien.

—Claro. Porque supongo que su posición estará en juego —se mofa.

—La suya también, maestro Kurtzberg —se frena, girándose hacia su camarada—. Le recuerdo que le ordenaron asistirme en el proceso. Como esto se arruine, no seré el único que caiga.

—¿Quién le dijo que yo seré parte de tal derroche de ineptitud?

—Yo. Me aseguraré personalmente de hacerlo —le amenaza, frunciendo el ceño—. Así que le recomiendo que deje de lado esa actitud morbosa de querer verme hundido. Porque esta vez, nada de lo que esté cavilando dentro de esa mente retorcida le va a funcionar.

—Que insolente…—el pelirrojo lo increpa— ¿Cómo se atreve?

—¿Yo soy el insolente? —berrea Félix, molesto—. Estoy harto, de su conducta de mierda hacia mi persona. Ni si quiera nos conocemos tanto. No le he dado ningún motivo para que me odie y aún así, muestra abiertamente su desprecio solo porque la envidia lo corroe.

—¿Quién carajos dijo que lo envidio? —masculle el militar, injuriado.

—Nadie. Sus actitudes así lo dejan en evidencia —decreta el inglés—. Y vamos a ir aclarando algunos puntos, porque ya me cansé de este juego de poderes absurdos. Yo no tengo la culpa de que Kagami me haya escogido a mi para un papel que no consideró apto como suyo. Ella es la líder aquí y ambos trabajamos bajo su yugo —agrega, ofuscado—. Es momento de hablar las cosas a pecho abierto. Dígame ya. Que tanto le molesta de mí. Por qué me trata así. ¿Qué le hice? ¿Ah? ¡Respóndame!

—Y-yo…no…

Ja. Tal y como creí. Nathaniel es solo de esos perros que ladran, pero no muerden. Se ha atragantado con mis preguntas. A tal punto, que ni sabe que mierda responderme. Le vi intentando forzar una réplica incoherente que carecía de veracidad. Es incongruente. No tiene lógica alguna. Ni si quiera distingue el por qué, de su rechazo hacía mí. Y siendo yo tan incisivo para increparlo, finalmente menguó su ataque. Desvío la mirada bastante abochornado, y me dijo.

—Lo siento. Lamento…que mis arrebatos hayan provocado toda esta situación —admite Nathaniel, menoscabado—. Supongo que he canalizado mal mi enfado.

Este sujeto, es un tibio. Y tal como me dijo Kagami, no me gusta la gente débil. Me atraen los fuertes. Que fastidio tener que lidiar con el —Félix suspira, vencido—. Nathaniel. No soy su enemigo. Y si bien no pretendo ser su amigo, creo que deberíamos llevarnos bien por la salud mental de Yamato y de la familia Tsurugi. Es verdad —adiciona—. No me cae bien ni yo a usted. Pero le propongo hacer una tregua solo por esta situación. El Shogun ha fallecido y es menester que nos unamos como nación para que su funeral sea digno de todas las miradas ajenas —le ofrece su mano— ¿Paz?

Titubeó por un momento. Se mostró afanoso de tomar mi mano, pero al mismo tiempo, enervado por no tener como rebatir mis aprensiones. Aunque no deseara admitirlo, tuvo que ceder. A regañadientes, lo hizo. En ese momento, ambos estrechamos palmas y nos dimos una licencia transitoria. Algo temporal. Que esperaba conforme pasaran los días, menguara a una relación prospera en donde ya no buscara hacerme daño. ¿Fui ingenuo? Tal vez. Pero era eso o prever lo peor.

—Bien. Es usted muy sensato —responde Kurtzberg, hosco.

—Lo mismo digo —lo suelta de golpe, retomando su camino—. Ahora iré a descansar. No he podido dormir bien esta noche. Y veo que usted tampoco. Le recomiendo descansar. Mañana seguiremos hablando de este tema. Buenas noches.

—Descanse…

Bah. Comienzo a resentir físicamente los adagios de mi nueva posición en palacio. ¿Qué carajos voy a saber yo de funerales y estatutos de la realeza? Presiento que no me bastará solo con la venia de Nathaniel. Tendré que recurrir a mi maestro. Y vaya a saber a quién, más…

[…]

—¿No desea desayunar? —consulta Iris, a medias prendas.

—No. Largo —demanda Couffaine.

A la mañana siguiente. 10:54AM.

—Ha sido una noche un poco hosca ¿Sabe? —reclama la fémina, vistiéndose en el proceso—. No me dio ni un beso. Ni si quiera estimuló otras partes.

—Fue lo que fue —sentencia Luka, vistiendose—. Lamento si no te parezco muy ávido de otras habilidades.

—No. Lo cierto es que se sintió forzado —reclama la mujer.

—Te acabas de responder sola —berrea, mosqueado— ¿Por qué sigues aquí? Te dije que te fueras.

—Usted no sabe cómo tratar a una mujer de verdad —reclama Verdi, caminando hacia la puerta—. Espere a que se entere Kagami-san.

—Kagami no se va a enterar de nada —la amenaza, atajándola del antebrazo con violencia—. Escúchame bien, ramera. Se perfectamente cómo funciona tu rubro. Lo cierto es que deseo complacer a mi esposa, pero no creas que sentiré deseo sexual por ustedes. Soy distinto a otros. Así que, si no te gusta, ve y cuéntale a tu señora —ríe, soberbio—. A ver como se toma el hecho de que le diga que fuiste sosa y torpe en el proceso. Te echaran de patitas a la calle en un suspiro, je.

—Tsk…que vulgar es para hablarle a una dama —protesta Iris, tomando sus cosas y saliendo del cuarto, furiosa—. Váyase a la mierda —cierra.

—¿Qué dama? —carcajea Luka con ironía, mirando de lado a lado por la habitación—. No vi ninguna en toda la noche, jajaja…

Maldito infeliz. Ya verás…—Iris se desprende colérica por el pasillo, caminando a pasos agigantados. Sin percatarse, que ha chocado con alguien en el trayecto— ¡Ouch! ¡Hey! ¡Fíjate por donde vas, plebeyo inútil!

—¿Yo? ¿Un plebeyo? —retoza Marc, ironizando su comentario—. La boca te ha quedado chica con eso, eh. Aunque no para lamer vergas.

—Me lo dice el que tiene aliento a una —masculle de vuelta la muchacha, cubriéndose la nariz con la manga de su Kimono—. Que asco. Y es fresca, te diré. ¿Lo pasaste bien anoche?

—¿Qué mierda le hiciste al príncipe, zorra? —Anciel la enfrenta, jalándola del antebrazo.

—Lo dice otra zorra —Verdi lo palmotea, soltándose de su agarre—. Suéltame, barata. Tu querido "príncipe" es un colipato. No le gustan las mujeres y me lo dejó muy en claro. ¿A que estás jugando, Marc? ¿A que de pronto lo volvamos "normal" con un par de sentones?

—No sé de qué me hablas…—aparenta no enterarse.

—Tú ya lo sabías, desviado de mierda —lo azota contra la pared, mosqueada—. Confiesa, malformado.

—Y si así fuera ¿Qué? —masculle, nervudo— ¿Ah? ¿Qué harás al respecto? ¿Cancelar una boda que está en curso? Te recuerdo que eres una simple cortesana. Una esclava sexual. No sirves para nada más.

—Kagami se va a enterar tarde o temprano —advierte la muchacha, dando un paso hacia atrás—. Por mucho que te esfuerces. La verdad saldrá a la luz. Tienes los días contados en palacio.

—¿Por qué? —Anciel se toma el cuello, menoscabado— ¿Porque no lo complaciste?

—No. Por ser un traidor y mentiroso de mierda —sisea, victoriosa—. Todo aquel que ya sepa la verdad, va a caer.

—Eso te incluye ahora, estúpida —confiesa el pelinegro, jugando su mejor carta—. Así que si realmente eres tan astuta como dices ser, será mejor que cierres la puta boca. Si Kagami-san se entera, todos estamos condenados.

—Ya hallaré la forma se librarme de esto —se encoge de hombros, mermada—. Tu falta de huevos no te hace más mujer que yo, Marc. Jamás serás una de nosotras. Y créeme cuando te digo esto —añade, frunciendo el ceño—. Somos mucho mas fuertes que ustedes, tropa de enfermos. Adiós.

—Arg…mierda —retoza Marc, sacudiéndose el cuerpo de su afrenta—. Que clase de Karma tendré que estar pagando para soportar a esta infame. Espero los dioses sean más vehementes conmigo…

—¿Qué haces ahí parado? —le increpa Luka, saliendo del cuarto— ¿Acaso viste un fantasma?

—Algo execrable, alteza —saca la lengua, asqueado—. Me topé con una alimaña de lo peor, camino a sus aposentos.

—¿Una araña?

—Un demonio —aclara el maestro, despabilando—. Perdóneme. No deseaba perturbarlo tan temprano. Sucede que el Shogun ha abandonado este plano y me fue comendado venir a contárselo.

—¿El Shogun…murió? —parpadea Couffaine, estupefacto.

—Si. Lo siento —reverencia, melancólico—. Como bien sabe su estado de salud era critico hace meses y anoche finalmente, partió al reino de los elementales. Se ha unido a los ancestros.

—Que en paz descanse…supongo —reverencia de vuelta, aunque para nada comprometido con la causa— ¿Cuándo es el funeral?

—En tres días, señor —narra el ojiverde—. Hay una formalidad a seguir. Por el momento, la nación estará de luto y mientras eso suceda, Kagami-san pretende recorrer el poblado.

—De acuerdo. Avísame de algo más —el peliazul pasa de él, camino hacia el pasillo.

—Alteza…

—¿Sí?

—¿No…va a darle el pésame a su futura esposa? —pregunta, sugestionado.

—¿Qué? Ah. Si —despabila, recobrando la cordura—. Claro que lo haré. ¿Está en sus aposentos ahora?

—No, señor —aclara el muchacho—. Se encuentra en el templo de los Tsurugi, rezando. Es un retiro espiritual que dura veinticuatro horas.

—Vale. Gracias por el aviso —reanuda el camino.

—Luka…

—¿Y ahora qué? —exhala, hastiado.

—¿A usted realmente le preocupa Kagami-san? —inquiere el pelinegro, asaltado.

—¿Qué clase de pregunta absurda es esa? —lo increpa.

—Es que…pareciera que todo le provoca un mero protocolo —murmura, desprovisto—. No sé si me entendió bien o no me expresé acorde. Pero el padre de Kagami-san a-…

—Si. Ya sé. Falleció —esclarece, liado— ¿Pero que se supone que deba hacer?

—Estar con ella en estos momentos difíciles ¿Por ejemplo?

—¿No dije que le daría el pésame? —contradice el occidental, fatigoso—. Ya basta de este interrogatorio. Me voy.

—Usted no ama a Kagami-san.

Luka se paraliza frente al pasillo. Se voltea, increpado. Y confiesa.

—No la amo. Pero la quiero y la respeto —revela— ¿No es suficiente para ustedes?

—Usted ama a un hombre —lo amonesta.

Basta —rechaza.

—Félix Fathom ¿No? —insiste.

Basta, dije.

—Alteza, yo los vi —expresa Marc.

—No viste nada —objeta Luka.

—Yo los vi, Luka Couffaine —impugna Anciel.

Silencio.

—Yo los vi unirse y jurar amor frente a-…

Luka rompe en colera, aprisionando violentamente al muchacho contra el paredón. Puede que no haya intentado asfixiarlo, pero sin duda estaba haciéndolo conforme su antebrazo oprimía su yugular con terrorismo. Marc Anciel lucha sobre su arrojo, batallando de vuelta con beligerante intención.

—¡Te dije que te calles, mierda! —aúlla Luka, resentido—. Si. Es verdad. Lo admito. Estoy enamorado de Félix Fathom. Pero no pretendo ni por un maldito segundo, arruinar mi matrimonio por eso. Así funciona este mundo. Date con una roca en el pecho que no te tiro al estanque conmigo. Porque sé muy bien que también te gusta el general Kurtzberg. ¿Cómo se vería eso? ¿Eh? ¿Dos desviados? ¡Infeliz!

—Y-yo no lo he a-amenazado…—carraspea Marc, a duras penas— ¡Cof! ¡Cof! ¡Majestad! ¡Yo no…puedo respirar!

—Arg…tsk —lo suelta, malogrado—. Ya. Es suficiente tortura para ti. Creo que lidias con tus propias batallas. No nos pisemos la capa entre super héroes.

—Le juro por lo más sagrado que no pretendía amedrentarlo —tose, injuriado.

—Pero me provocaste. Y esto es lo que conseguiste —exhala Luka, frustrado—. Mucho daño ya le he inducido a ese pobre chico. Lo que menos quiero, es que termine odiándome.

—No podría odiarlo —revela el varón, acabado—. Lo ama. Se nota a leguas, señor…

—Ya. Pero puede que no lo sepa aún —advierte Luka, azorado—. Félix es neófito en esto. Es inocente. Es gentil. Bueno, sensible. Ah…—se comprime, afligido—. Es muchas cosas, Marc. No sé ni por qué te estoy contando esto a ti.

—Supongo que porque descubrí su secreto —consulta el ojiverde— ¿Realmente le preocupa?

—Mucho. Pero como dije, realmente no sé qué sienta por mí. Es confusa nuestra situación —declara el noble, desplazándose por el cuarto en aspecto retraído—. Hay ciertas cosas que incluso para mí, son complicadas de sobrellevar. No me había interesado en alguien así antes…

—¿Al menos le ha dicho que lo ama?

—Un par de veces…—se rasca la mejilla, azorado—. Aunque no en los momentos más pretéritos de todos.

—Bueno…no sé si está al tanto de las fechas por las cuales transita el reino —propone Marc, con audacia—. Pero se acercan las festividades del cerezo blanco. Una forma ancestral de venerar el tránsito de la flor a la muerte misma. Y en momentos como estos, se suelen usar las ramas del árbol para dejar buenos augurios. Ya sabe, de todo tipo. Desde pedir por salud, dinero, prosperidad en el cultivo. Hasta mensajes de amor…

—¿Mensajes de amor? —repica el peliazul, interesado— ¿Cómo funciona eso? ¿Los cuelgas ahí y ya?

—Es mucho más espiritual que solo dejarlos ahí, hasta que el sol corroe la hoja y borra la tinta —relata Anciel, jocoso—. En realidad, se depositan para que esa persona especial.

—¿Y cómo sabrá que es mío? Debe de haber miles de personas haciendo lo mismo que yo.

—Por el color del listón. Blanco, es para el corazón —relata—. Una vez que pasa la noche del festival, el sacerdote del templo los descuelga y los deposita en las ánforas del templo. De esa forma, los deseos de las personas se incineran y trascienden para que el cosmos oiga sus plegarias.

—Me parece una infantilidad —retoza Luka— ¿En serio los japoneses creen en estas tonterías?

—Es una tradición milenaria, alteza. No vaya a repetir eso delante de Kagami-san —añade, brioso—. Además, tengo entendido que este año, le tocará al monje Su Han dicha tarea.

Ese es el maestro de Félix…

—Yo nada más le dejo el dato —reverencia el eunuco, retirándose en retroceso—. Allá usted si lo toma o lo deja. Tal vez tenga razón y el amor sea solo un juego de críos. Con su permiso.

Pero… ¿Y qué demonios voy a decirle? —se cuestiona el aristócrata, frotándose el mentón—. Ni si quiera tengo pensado quedarme en estas tierras. En cuanto mi barco esté reconstruido, me iré. Arg…maldita sea. ¿Por qué tenía que pasarme esto justo ahora? En estos momentos…—observa el cielo, acongojado—. Como desearía poder tener tiempo para el amor. Tal vez pueda hablarlo con él y…

[…]

—Solo dos casas más y luego iremos al distrito sur —comenta Nino, cargando grandes sacos de arroz y semillas— ¿Cómo vas con los carteles?

—Estoy cansado. Me duelen los pies y quiero orinar —berrea Félix, abatido—. Al menos ya los pegué todos por este lado. Es curioso cómo funciona esto de los funerales. La mayoría de los pobladores no saben leer ni escribir. ¿Cómo entenderán lo que dicen?

—Técnicamente no dicen nada, amigo —ríe Lahiffe, propinándole una palmada en el hombro— ¿Ves ese símbolo? Es el escudo de los Tsurugi. El Kanji de al lado, significa "Shi" que es la traducción básica de la muerte. No necesitas saber nada para entenderlo. Se usa desde tiempos de los primeros Shogunes. Algo así como el símbolo de la cruz, para los cristianos —adiciona—. Si escribes el nombre de una persona más la cruz, es porque falleció. Simple ¿No?

—Complicado. Pero entiendo el punto final —suspira Fathom—. He notado que algunos aldeanos se han puesto a llorar. ¿El Shogun era querido?

—El señor Tsurugi fue un gran hombre dentro de quienes conocen su legado —relata el moreno—. En sus años mozos, ganó incontables batallas. Logró expulsar a los mongoles de Tsushima y repartió tierras y ganado a sus súbditos para que las trabajaran. Sin duda Kagami ha quedado con una gran deuda para alcanzar su nivel de respeto.

—No creo que le cueste mucho —profesa el rubio—. Kagami es una mujer muy hábil e inteligente. Nunca conocí a nadie igual. Sus técnicas son fascinantes

—Vaya…quien lo diría —bufa su camarada—. No recordaba haberte escuchado hablar tan bien de ella. ¿Desde cuándo tan cercanos?

—B-bueno…no es nada extraño ¿Ok? —sisea Graham de Vanily, desviando la mirada—. Soy su mano derecha ahora. Su ministro de confianza. Hemos tenido ya un par de reuniones.

—Si. Pero como para llegar a decir que es "fascinante". ¿De qué técnicas hablamos? —arquea una ceja, suspicaz—. Imagino que de combate. ¿O será que te refieres a otra clase de trucos?

—Y-yo no…—despabila, completamente confundido— ¡Ya! No quieras embrollarme la perdiz. Solo buscas incomodarme para tu entretenimiento. Sabes a que me refería, no tergiverses las cosas.

—Jajaja ¿Qué pasó con tu sentido del humor? No te amargues —Nino lo empuja hacia un costado, jovial—. De igual forma, es de conocimiento publico que a Kagami le encantan los occidentales. Más si tienen pelos de choclo como tú.

—¡Shhh! ¡¿Qué insinúas, tonto?! ¡Baja la voz! —farfulle Félix, abochornado—. Deja de hacer esa clase de comentarios. Si alguien te llega a escuchar, nos cuelgan a los dos. Además, no olvides, que Kagami está comprometida ¿Sí? Se va a casar con Luka Couffaine —le arrebata un saco de las manos, adelantándose—. Ese matrimonio es un hecho ya. Ahí tendrá a su occidental que tanto le gusta.

—Uy. Si no te conociera, diría que estás celoso —masculle el tesorero, siguiéndole con morriña—. Ya me diste tus aprensiones sobre Kagami. Pero ¿Qué hay de Luka? ¿No dirás nada sobre él?

—¿Por qué demonios haría algo como eso? —se queja, mosqueado—. No me corresponde.

—Vamos, Félix. Eres de confianza. Casi de la familia —comenta grácil, el moreno—. De seguro has compartido más que solo reuniones y cenas con ambos. Algo tienes que pensar o saber de él.

—Prefiero reservarme opiniones personales —rebate, cerrando los parpados en el proceso—. Además ¿Qué importa a estas alturas lo que piense o sienta por él? Nada hará que cambie las cosas. A Luka solo le importa su posición. Jamás será…nada mío. Mierda, que idiota. Soy un completo estúpido. ¿Cómo se me ocurre fijarme en un noble? Me cago en todo —agacha la cabeza, desilusionado.

—¿Qué te pasa? ¿Te picó un mosquito de la fruta?

—N-no…—murmura el rubio, derrotado—. Es solo que-…

—Maestro Fathom —interrumpe Kim, de sopetón—. Le necesitan en el distrito oeste del puerto. Algo del general y unos aldeanos. Venga conmigo, por favor.

—Bueno. Ya sabes como funciona esto. El trabajo llama —salvado por el grandulón. Le regresa los costales a su compañero—. Nos vemos al rato.

Mhm…algo me dice, que los triángulos amorosos son un tema por estos lados —reflexiona Nino, viéndole partir.

En realidad, cuando Kim mencionó al general, discurrí que se refería a Nathaniel y que algún problema suscitado requería de mi atención. No fue ni por asomo lo más veraz de la situación. El idiota me engañó. Me había llevado de regreso a la imprenta de Lee. ¿Qué está pasando? En cuanto puse un pie en el interior, una sombra encapuchada estampó su hombro contra el mío. Llevaba tanta prisa, que juraría iba huyendo o algo así. Nuestro violento encuentro, le hizo soltar un singular medallón con grabados asiáticos. Chinos, según vi. ¿Quién era esa persona? Que bizarra situación. Zoé parecía apremiada por una proterva confidencia.

—¿Quién era? —consulta Félix.

—¿Cuándo tenias pensado contarme sobre el fallecimiento del Shogun? —le increpa Lee.

Ni si quiera se molestó en contestarme. Me remató con ignominiosa impaciencia.

—Perdona, pero me enteré recién anoche de la noticia —clara Fathom, inicuo—. Por lo demás, no tenia idea de que te debía informar de todo lo que pasara en palacio.

—Pues deberías. Si quieres trabajar con nosotros —aclara Zoé.

—¿Para qué? Ya vi que tienes otros secuaces tuyos que usas de informantes —recula—. ¿Me dirás quién es?

—No todas las personas que trabajan para los Tsurugi, están tan ciegas como tú —musita, con el ceño fruncido—. Deberías copiar sus ejemplos si quieres conservar tu culito en esa silla.

—¿Eso en que me convertiría? ¿En un traidor? —contradice Félix, mosqueado—. Con todo respeto, me rehúso ha delatar a Kagami. Ella se ha portado bien conmigo y fue amable.

—¿Acaso te la cogiste? —lo interpela.

—¿Qué? No.

—Eso es algo que diría alguien que si se la cogió —añade Kim.

—¿Tu coges, si quiera? —bufa el rubio.

—¿Qué dijiste, enano? —gruñe Le-Chien— ¡Repítelo!

—¡Basta, ustedes dos! —vocifera Zoé, dejando caer sus puños contra la mesa—. Me importa siete hectáreas de mandriles lo que hagan con sus entrepiernas. Félix. Te recuerdo que fuiste tú quien solicitó de nuestra ayuda. Dijiste que deseabas escribirle a tu enamorada. Alguien del palacio. Y comienzo a sospechar —advierte, fulminándolo con la mirada—. Que, si no te la cogiste, está claro que es Kagami de quien estas enamorado. Ante eso, no puedo aceptar que sigas aquí con nosotros. Esa mujer es mi enemiga.

—¿Qué rayos? Por dios. Nada más alejado de la realidad —explica Félix, espantado—. Chicos, escuchen. Yo no soy ningún traidor ¿Ok? Y no deseo trabajar para ningún bando en particular. Si es cierto que fui yo, quien recurrió a ustedes. El maestro Su Han me los recomendó como una forma terapéutica para desahogarme. Sin embargo, yo no tenía la más mínima idea de que estaban en contra de los Tsurugi. Es más, me sorprende descubrir que usan esta casa como una fachada solamente. ¿Qué pretenden? ¿Dar un golpe de estado o algo así? Sepan desde ya, que yo no soy ningún caudillo. Si llegué a donde estoy, fue por meritocracia pura. Ni si quiera buscaba fama o logros —adiciona, avergonzado—. Lo cierto es que soy hijo de un comerciante inglés, que me dejó tirado acá como parte de un contrato. Mi pasado no es para nada glorioso.

—Te equivocas. No soy esa clase de insurgente —revela la rubia, recobrando serenidad—. Al igual que tú, yo también tengo un pasado lóbrego. Uno, que no quiero volver a revivir. Mis padres cometieron un error y fueron asesinados por ello. Es por eso que pretendo hacer las cosas mejor ahora.

—Pues te digo desde ya, que no estoy entendiendo nada. No conozco tus motivaciones personales. Soy un hombre pacifico, que busca hacer cosas buenas —sanea Fathom, liado— ¿Por qué dices que odias a Kagami? ¿Qué te hizo ella?

—Digamos que…me robo algo que era mío —sentencia la muchacha—.

—Bueno. Si voy a quedar en medio de una disputa femenina…—Graham de Vanily da un paso hacia atrás, tentado a retirarse—. Será mejor que dejemos esto hasta acá y me vaya.

—Tú no te irás a ninguna parte, Félix —advierte Kim, parándose con potestad contra la puerta—. Sabes demasiado de nosotros. Y nada nos asegura que no abrirás la boca.

—¡Ya les dije que no soy ningún traidor! —chilla Félix, agraviado—. No soy tan estúpido como me veo ¿Ok? Entiendo como funciona este mundillo. ¿Creen que sería tan idiota como para ir a delatarlos? Si ustedes caen, yo caigo también. Sé dónde estoy parado, joder.

—Imagino que pasar tiempo en palacio te agudizó los sentidos y despabilaste —bosqueja Zoé.

—Si. Gracias por notarlo —dice el ojiverde, sarcástico—. Todos creen que mi posición es una bendición del cielo. Pero lo cierto es que no es así. Desde que llegué y fui nombrado Hatamoto, gané mas enemigos que aliados. Y por puro capricho, eh. Soy un afuerino, con un demonio. Al menos si me van a odiar, denme chances de darles motivos ¿No creen?

—Yo creo que está mintiendo, Zoé —advierte Kim, empuñando su katana—. Déjame cortarlo y tirar sus restos al mar. A nadie engaña con esa cara de pasivo.

—Un momento —Félix lo increpa, receloso— ¿Qué problema tienes contra los pasivos? ¿Eh?

—Me irritan —gruñe el mayor—. Solo saben chillar como niña y follar en posición de perrito.

—Jamás me han cogido en esa posición ¿Ya? —aclara, muy altivo—. Pero me has dado una buena idea. Gracias, Kim. Que amable de tu parte.

—¡Bastardo! —el varón lo empuja violentamente contra la pared— ¡¿Me quieres provocar?!

—¿Por qué me maltratas? —bufa Fathom, irónico—. Contigo ni de perrito ni de nada, eh. Puto pervertido.

—Dios. Estoy rodeada de simios —Zoé se toma la sien, agotada— ¡Bueno, ya! ¡Se me calman el par! —recula—. Joder. Está bien, Félix. Lo siento. Los ánimos están un tanto caldeados ahora mismo. La muerte del señor Tsurugi no es buena para nadie. Ni si quiera para sus enemigos en el norte. Kagami es nueva en el trono y nadie la conoce realmente. Ni tú. Es una mujer muy joven y versátil. Prende con agua. Tiene mala fama.

—¿En verdad piensas que Kagami es brutal? —sugestiona el inglés—. Me parece ridículo. Jamás la vi actuar de forma indolente.

—En tiempos de incertidumbre, no te recomiendo poner las manos al fuego por nadie —insinúa Zoé—. Ni si quiera por tu incógnita enamorada.

Cierto…

—Escucha. No te pediré que la traiciones ¿De acuerdo? No necesito saber mucho de ella, pues como mencionaste ya tengo quien me de información de sus movimientos. Solo de lo que pasa dentro de esas cuatro murallas —indica Lee, caminando hasta su camarada—. Tengo entendido que eres el encargado de oficializar el funeral del Shogun. Y te está ayudando el amargado de Kurtzberg.

—Primera cosa en la que congeniamos los dos —asiente el rubio—. Si que es un pesado. Sin embargo, creo que solo está enojado. Con el tiempo se le pasará la rabieta. Dudo sea mala persona.

—Eres demasiado ingenuo. No todas las personas son buenas, Félix —la fémina le toma los hombros, preocupada—. Hay quienes profesan pérfidos y maliciosos sentimientos. Detrás de una sonrisa afable, se esconde el diablo.

—Ya lo sé. Pero prefiero creer en la bondad que en la beligerancia —admite el inglés, esperanzado—. Nathaniel es tan occidental como nosotros dos. Tiene su historia. Y sus propios dolos. Estoy intentando llevarme mejor con él. Hicimos una tregua momentánea y cuento con su apoyo incondicional.

—Si tú lo dices…—suspira, regresando hacia la máquina—. Voy a publicar lo de esta semana. Y parte de ello, será mencionar el funeral y algunas aprensiones. ¿Deseas escribir lo que tenías planeado?

—Yo…

¿Qué si quiero hacerlo? Bueno, que gran pregunta. Se supone que ese era mi deseo cuando recurrí a ellos. Pero después de lo que presencie en la habitación de Luka…siento como si mis ganas se hubiesen diluido entre tanto jaleo. Sigo sin comprender bien que es lo que profesa por mí. No sé si me ama, si le gusto o si soy importante en su vida. ¿Debería continuar con mi cometido o declinar? Que laborioso planteamiento.

«Somos libres de amar a quienes queramos. Siempre y cuando seamos correspondidos. Todo puede salir bien»

Las palabras almidonadas de Marinette, vuelven a mí en forma de un recuerdo noctámbulo entorno a nuestro encuentro. Es verdad. Soy libre de amar a quien guste. No es como que pueda comandar a mi corazón y elegir a su hacedor de lamentos. Sin embargo ¿Qué hay del ser correspondido? ¿Cómo puedo cerciorarme de que es reciproco? Kim me observa peliagudo. Zoé, un tanto complexa. Estos dos, no dimensionan la complejidad de mis sentimientos. Estoy agotado de darme vueltas en lo mismo. Cuestionándome una y otra vez, lo que sí es blanco o negro. Finalmente, actuaré bajo el anonimato. ¿Qué tengo que perder? Aparte de la dignidad de un rechazo, claro.

—Si. Lo deseo —asiente Félix, decidido—. Dame tinta y papel. Tengo algo muy importante que decir al respecto.

—Perfecto —acepta Zoé, cavilosa—. Por cierto. No olvides que la próxima semana comienzan las festividades del cerezo. Tengo pensado publicar un artículo sobre ello.

—¿Qué es eso?

—Ya te lo voy a explicar —su compañera le extiende lo que solicitó, bosquejando una sonrisa elegante en respuesta—. Pero primero, vamos a lo nuestro. Tomate tu tiempo. ¡Kim! Prepara unos tragos, nos vamos al despacho.

—Como ordenes…tsk —chista, improcedente.

[…]

—Luka ¿Qué hace aquí?

Templo de la familia Tsurugi. 18:31PM.

—Lamento si mi presencia la importuna, Kagami —se excusa con humildad, el príncipe—. Me enteré muy temprano en la mañana sobre la partida del Shogun y comprendí que desearía estar un rato a solas para llorar su perdida.

—Hizo bien en no interrumpirme antes —confiesa la japonesa, levantándose del suelo—. El alma de mi padre yace ahora junto a mis ancestros y es imperativo dialogar con él.

—¿Usted…habla con los muertos? —pregunta, interesado.

—La muerte no existe —aclara Tsurugi—. Pero entiendo el punto. Sé que es un hombre occidental y en sus tradiciones, los llaman así. "Fantasmas y eso". Nada similar. En realidad, busco sabiduría en la introspección personal —añade—. De cara a lo que se viene para mi futuro.

—¿Y eso que sería? Si me permite preguntar, claro.

—La guerra, Couffaine. ¿Qué otra cosa? —declara Kagami, templada—. He de tomar el lugar de mi padre sobre sus huestes y partir luego del festival del cerezo.

—¿Qué hay de la boda? —examina el muchacho, preocupado.

—Lo siento. Pero por el momento, tendré que posponerla —manifiesta la guerrera, acomodándose sus sandalias—. Luego del funeral, será mi coronación. A partir de ese momento, mi deber es proteger las regiones de mis enemigos.

—Comprendo…

—¿Qué quiere? —lo mira.

—¿Disculpe?

—¿A que vino? —incursiona, la samurai.

—Ah. Este…pues…mhm…—Luka se toca la cabeza, timorato—. Verá. Sucede que cuando un familiar fallece, solemos dar el "pésame" a quienes sienten la perdida. Estoy consciente de que es una tradición ortodoxa, difícil de comprender para usted. Pero yo quería-…

—Gracias. Que amable de su parte —le interrumpe, caminando hacia el exterior—. Pero no necesito de su compasión. No se estila por acá.

—No es mostrar compasión, majestad —repara Couffaine, sujetando su antebrazo e impidiendo que avance—. Se llama "empatía". Deseo manifestar de todo corazón, mi preocupación y apoyo con su dolor.

—Empatía…—sisea Kagami, observando sus dedos envolver su brazo. Tuerce los labios y declara—. Bien. Pues, muchas gracias. Es usted un hombre noble al participar de mi perdida. Demostrar caballerosidad, me gusta. Lo hace ver interesante para mí.

—¿No le parezco atractivo? —incursiona Luka, liado.

—¿De qué forma lo pregunta? —arquea una ceja— ¿Físicamente o espiritualmente?

—De… ¿Todo?

—Pues ahora que lo veo bien —decreta Tsurugi, subiendo y bajando los ojos—. Si. Me parece un hombre bastante seductor —reanuda su viaje hacia los caballos— ¿Cómo le fue con las cortesanas? ¿Fueron de su agrado? ¿Estuvieron a la altura?

Si supiera…—Luka suelta una risita sutil, encantado—. Muy bien, alteza. La casa coral tiene sin duda, las más bellas y dotadas mujeres del reino. Me tocó una chica, excepcionalmente hábil.

—Me alegra que pueda practicar mientras tanto —intercede Kagami, montando su corcel—. Espero que la noche de bodas, sea usted todo un maestro en el arte amatorio.

—Espero lo mismo…—musita, cabizbajo.

—¿Qué hace ahí? Venga conmigo —demanda—. Suba a su caballo. Vamos a regresar juntos.

—¿Puedo acompañarla?

—Claro, hombre. ¿Desde cuándo tan tímido? —ríe la japonesa, furtiva—. Acompáñeme. Quiero ver que tanto ha estado haciendo mi ministro del interior con los aldeanos.

Espero que Félix se la esté apañando bien…

[…]

—¿Primo? ¡Primo! —alardea Adrien, jocoso— ¡Eres tú! ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¿Qué haces por aquí?

Poblado de Yamato. 19:50PM.

—Adrien. Dios…que susto me diste —Félix se toma el pecho, temeroso.

—¿Qué te pasa? Te noto medio nervioso —Agreste le regala un golpe en la nuca—. Tontito. ¿En qué andas? Me enteré hace poco de lo de la muerte del Shogun. Toda una pésima noticia. ¿Cómo están las cosas en palacio? ¿Kagami está triste? ¿Qué sabes de Marinette? ¿Cómo están mis hijos?

—Wow, wow, wow. Hey. Alto un poco, desbocado —Fathom lo detiene, impávido—. Con calma. Demasiadas preguntas. Un momento —despabila— ¿Tú ya sabes sobre los gemelos…? — ¿De qué me entero?

—Me enteré hace poco. Perdona —el francés se rasca la nuca, dócilmente—. Marinette me lo contó de boca jarro. ¿Puedes creerlo? ¡Soy papá!

—Pues…te felicito, primo —musita el ministro, azorado.

—No te pongas tan tieso. Eres tío en segundo grado ahora —carcajea brioso, el mercader—. Hugo y Louis. Bueno, por el momento "Hiro y Mako". Pero ya lo resolveremos, jejeje…

—¿De dónde sacas tanto animo? —profesa el inglés, obnubilado con su entusiasmo—. Joder, ojalá yo estar tan contento como tú.

—¿Por qué tan gris? —pregunta el rubio— ¿No te tratan bien en palacio?

—No es eso. Es que-…—Félix hace una pausa, flaqueando—. Un segundo ¿Qué haces en el mercado?

—Comprando, dah. ¿Qué más se hace por acá? —ríe Adrien, enseñándole una pequeña cesta con alimentos—. Vine por verduras y pescado. Shifu me tiene castigado, je. Digamos que no me he comportado muy bien del todo últimamente.

—¿Te pusiste rebelde otra vez? —exhala su familiar.

—Si, bueno…—se encoge de hombros—. Es parte de mi naturaleza ¿Sabes? Mucha paciencia me tiene. No lo culpo.

—Adrien. Tienes que controlarte —propone Fathom—. Mira que ya he hablado con Marinette y estoy en vías de convencer a Kagami de que le dé su libertad. Pero no podré hacerlo, si no te comportas. Es imperativo de que mantengas la calma y pases desapercibido lo más que puedas.

—¿Marinette ya se contactó contigo? Los dioses nos escucharon —brama el Agreste, exacerbado en jubilo—. Primo, siento que muy pronto ella y yo estaremos por fin juntos. Si tan sol-…

—¡Silencio! —aúlla un soldado, abriendo paso el camino— ¡Su majestad Kagami Tsurugi, se presenta! ¡Reverencia!

Mierda. Llegué a pegar un brinco del susto. Gritó tan fuerte y alto que se me apretó el corazón contra el pecho. Los aldeanos, se arrojan al suelo con tanta vehemencia que hasta sueltan lo que sea que cargaran en ese momento. Ver a mi primo arrodillado en el polvo, con la frente pegada al piso me obliga a imitarlo. No contaba con que Kagami bajara al poblado. Se supone que debía pasar un tiempo en su retiro fúnebre. Pero ahí estaba, desplazándose apoteósicamente sobre su jamelgo. En compañía de sus caballeros samuráis de confianza y un poco más atrás, el amor…de mi vida. ¿Qué hace Luka aquí? Bah. La pregunta ofende. Es su futuro esposo. Lo natural es que se presenten juntos frente a los plebeyos y el, se de las ínfulas que corresponde. Se ven tan gallardos los dos. Imponen un respeto sublime, logrando un mutismo espiritual en el ambiente. Algunas personas sollozan pesadamente el fallecimiento del señor Tsurugi. Sin embargo, Kagami no baja la cabeza. Mentón en alto y pecho altivo, deambula por aquí y por allá, cerciorándose de que todos estén al tanto del funeral.

Yo fingí tener la cabeza en la tierra. Pero con un ojo más arriba que abajo. De pronto, diviso que las patas delanteras de su animal se detienen justo en frente de mí. Trago saliva. Temo lo peor.

—Maestro Fathom —exclama Kagami— ¿Qué hace aquí, mezclado con la muchedumbre? Levántese.

—Pe-Perdone…—murmura Félix, descalabrado. Se eleva, limpiando sus túnicas del polvo—. Me tomó por sorpresa, majestad. Estaba cumpliendo mis funciones como de costumbre.

—Ha hecho un buen trabajo. Lo felicito —halaga Kagami, portando su carmesí armadura—. Pero su reverencia está al nivel de un campesino. Mejore la postura a la próxima. Flexione mejor los codos y retraiga el mentón.

—Co-como usted ordene, mi señora…

Me acababa de humillar. Literal, lo digo. En frente de todos. Quizás buscaba corregirme. Pero no se sintió así en el ambiente. Aunque no pasé por alto la mirada inquisitiva que me pegó Luka. Pues el, fue el único que solapadamente, me observó unos segundos, como quien lamenta un bochorno y rehúye de la escena. Lo sentí personal. Fue como si me hubiese dicho: «Tranquilo, no te lo tomes a mal. Puedes mejorar». Aunque dentro de mí, fuese yo un volcán a punto de erosionar. Kagami taloneó su bestia, dispuesta a avanzar. Hasta que uno de sus soldados se arrojó a ella, portando un pliego de papel. Noté como le susurraba algo al oído. Ella lo estudió y tras una pausa incomoda de pueriles análisis, arrugó el ceño, desfigurando su semblante desde la pasividad hacia el odio indómito. Reconocí el documento. Era lo que Zoé y yo, publicamos en la tarde. ¿Iba a decir algo al respecto? No. Nada. Enmudeció. Estrujó la hoja y avanzó. Esta vez, a trote rápido. Deseaba regresar a palacio apremiada. Aunque no sin antes demandar.

—¡Fathom! ¡A palacio, ahora!

Es hora, de fingir demencia.

[…]

—¿En dónde está? —pregunta Kagami. Nadie responde— ¡¿En dónde está la persona que lleva tiempo publicando estas mierdas?!

Palacio real. 21:15PM.

Kagami había reunido a todos sus ministros, a su consorte, a sus consejeros, a los eruditos y a los monjes. Estaban ahí, su madre incluso. La hermana de Luka, Juleka. Y hasta la misma Marinette. Nadie tenía la respuesta a sus demandas. Furiosa, arrojó el pliego contra el suelo.

—¡¿Cómo es que nadie sabe lo que pasa en mi nación?! ¡Bola de ineptos!

—Con todo respeto, majestad —incursiona Nathaniel, leyendo la misiva—. No dice nada malo contra usted. Por el contrario. Solo hace referencia a la muerte del Shogun. Y de paso, añade algunas cualidades sobre sus habilidades. Lo cual es provechoso. Como nueva líder.

—No estás entendiendo nada, general —berrea Tsurugi— ¡¿Leíste la página dos?!

—Kagami. Contrólate —espeta Tomoe, incomoda— ¿Qué es lo que tanto te molesta? Este periódico se esparce durante un par de años ya por Yamato. No significa nada.

«Sección de cartas al lector. Para aquel que conoce de amor». Eso, madre —cita la menor—. Tú no puedes verlo. Vamos. Que alguien se lo lea a mi madre —pide. Nadie se atreve a responder. Silencio sepulcral— ¡¿Qué les pasa, imbéciles?! ¡¿A quién protegen?!

—Yo lo haré, Tsurugi-san —Félix levanta la mano, dispuesto. Coge el trozo de papel y pasa a la página dos— ¿Cartas al editor?

¿Eres estúpido? —reclama, enajenada.

Está furiosa. Será mejor que no le provoque. Trago saliva. Aclaro la voz y leo sin titubear.

—«Amante furtivo que te escondes detrás de un velo. Sé quién eres. Te subyagas ante el poder de una infame terrateniente sin escrúpulos. Tu alma y la mía son dos gotas de agua en medio de un océano. No temas, pronto te liberaré de la cárcel que aprisiona tu corazón. Nada es más fuerte que dos almas que supuran calor en lo indómito. Te conozco. Tú me conoces. Permite refugiarte en mi manto de anhelo. Te prometo, liberarte»

—¿Lo escuchas, madre?

—¿Qué escucho? —ríe Tomoe, sin comprender nada—. Kagami, es un verso. Un absurdo poema ridículo entorno a una misiva que a nadie le hace sentido. ¿Qué te complica?

—¡Es una carta de rebelión! ¡Un golpe de poder hacia mi autoridad! —manifiesta Kagami, adjudicada—. Madre, alguien busca "liberar" a mi pueblo. Me llaman una infame terrateniente. ¿Cómo no lo entiendes?

—¡Tonterías, Kagami! ¡Serénate y compórtate a la altura! —desmiente su progenitora, molesta—. Se acabó este espectáculo. A dormir, todos. Es tarde y quiero mi té de las 23:00.

—¡Pero madre! ¡Yo no-…!

Kagami —la fulmina—. Concéntrate en darle un funeral digno mañana a tu padre. Honra a la familia. Y que este festival del cerezo sea plausible de él. ¿Te queda claro?

—Si…madre…

—Buenas noches —se retira.

Me siento…

¿Bien? Iba a decir fatal, pero. ¿Por qué me regocija esto? Kagami lo está pasando fatal. Porque su imaginación hace rueda de lo onírico. No entiende el mensaje de fondo. Soy en estos momentos el único que comprende lo que significa tal oda, dado que yo lo escribí. Esperaba que llegara a Luka. ¿Realmente lo hizo? Si. Lo hizo. Luka está tieso en su silla, estupefacto. De alguna forma, entiendo que no lo ha asimilado como algo propio. Me busca con la mirada. Pretende saber que yo lo tracé para él. No obstante, como parte de mi juego fantasioso, me retiro de los primeros del salón. No le daré preámbulos para que maquine que yo fui el autor intelectual de tales palabras. Quiero que se coma la cabeza. Que lo cuestione. Que se sugestione. Deseo que pague por su afrenta la noche anterior.

Y fue así, como continué las siguientes semanas. Hasta el festival del cerezo.

El funeral se llevó a cabo el póstumo día de su muerte. El señor Tsurugi fue velado por un día y una noche completa, frente al templo. Todo salió a la perfección. Nathaniel me dio la mano ese día, esperanzado de poder llevarnos bien en el proceso. Seguido de ello, se produjo la conmemoración de la aureola y sucesión al poder de Kagami. Posada sobre un Takamikura (trono elevado de forma temporal) Le entregaron la espada de su padre, un espejo y una joya sagrada. Cabe destacar, que no era algo común tener como Shogun de Yamato a una mujer. A pesar de no ser la primera, su historia estaba marcada por la desolada guerra, tras haberle arrebatado a su ex marido.

Esperanzado de un nuevo porvenir, vino el festival del cerezo. Solo aspiraba a grandes proezas. Nada fuera de lo común. Aunque mi maestro me haya tendido una trampa ligeramente extraña. Porque yo no tenía conocimientos de este festival. Era mi primera vez viviendo este al suceso. ¿Qué se supone que debía hacer?

—El trabajo es simple, Félix —aclara Su Han—. Vamos a farmear las ramas de los cerezos, conforme se dicte el color. Y los llevaremos hasta el monasterio para que la diosa Amaterasu de su bendición. Ya te expliqué cómo funciona. Por rango y tonalidades los separamos.

—Con todo respeto, maestro —interfiere Félix, confundido—. No se ofenda. Pero dudo mucho que un ser de luz baje desde el cielo y se siente a leer tontas peticiones.

—¿Por qué no? Si una panda de sosos lee lo que publicas de vez en cuando en ese periódico —bufa el mayor, montando su caballo—. Y por favor, no me mires así. No olvides que fui yo quien te dio el dato.

—¡Oiga! ¡Hey! Shh…—bosqueja el inglés, espantado—. No lo mencione en voz alta o Kagami podría escucharlo.

—Pobre. La tienes escalando por las paredes con el tema. Mírala —carcajea, divisando como la muchacha se pasea de un lado a otro por el cuarto de té—. Cree que una especie de rebelde le está enviando amenazas o algo similar.

—Dudo mucho que con mi último escrito…siga pensando igual —advierte Graham de Vanily, sutilmente ruborizado—. Aunque realmente no sé qué estoy haciendo ahora. Luka…ni si quiera se ha mostrado interesado del todo.

En el interior del salón.

—«Sollozos. Es todo lo que mi alma puede blandir. Cuanto muero yo de ganas por sentirme acunado entre tus brazos. Esperanza que no desvanece. Tormenta que no declina. Eso eres, para mí. ¿Tomarías mi mano y darías un salto de fe? Estoy agonizando por ti» —recita Marinette, con los pómulos teñidos de un sensible colorete—. Es…precioso. Cada vez que sale uno nuevo, es como si fuese mejor que el anterior. Como si escalara una montaña que no tiene fin…

—Al menos ya no son amenazas —suspira Juleka, más aliviada—. Y sabemos que es un varón quien las escribe. En la misiva pasada, puso "tu vasallo".

—Sigo sin comprender con que finalidad las están enviando —berrea Tsurugi, bebiendo un sorbo de sake— ¿A quién quieren llegar?

—¿Ya examinaron la letra? —inquiere Luka, curioso—. Tal vez así logramos compararla con la de algún aldeano, podríamos…

—Las ha sobrepuesto cuidadosamente contra un tinte rojo —repara Dupain-Cheng, aún conmovida con los versos—. Es como si hubiera mezclado los trazos con alguna especie de impresión estampada.

—Es absurdo. Es ridículo —desentona Kagami, hastiada—. Solo los nobles, monjes, mercaderes y ministeriales saben leer y escribir. Un simple aldeano no puede ser.

—Bueno. Eso reduce aún más las posibilidades de encontrar al autor ¿No? —propone la señorita Couffaine—. Debe de desempeñar uno de esos cargos entonces. Tendría lógica del por qué considera que su amor es algo "prohibido".

—Si tan enamorado está ¿No es más fácil que se le declare a la muchacha y ya? —desmiente la japonesa—. Tremendo jaleo arma.

—Puede que sea un joven tímido…—sugiere Marinette—. O no esté seguro de si es correspondido.

—¿Y tú cómo estás tan segura de que es joven? —le increpa la líder, suspicaz—. Podría ser un anciano pervertido y vulgar. De seguro es eso. Y por eso se esconde. Tsk, cobarde.

—Eso ya es hilar demasiado fino, majestad —manifiesta su prometido, turbado—. Por lo demás, yo personalmente he examinado las pinceladas. No es caligrafía tan antigua.

—¿Y tú que, Marinette? —la peliazul se gira a verla, sentenciando—. Tan conmovida y llorica que te pones. ¿Acaso lo sientes personal?

—Vamos ¿Pero qué le pasa? No pueden ser tan indolentes —se defiende la ojiazul, agraviada—. Son palabras maravillosas. Dotadas de mucha sensibilidad. Ojalá a mí me dedicaran cosas tan lindas. Encima, de gallina no tiene nada. Me parece muy valiente de su parte, quien sea que fuese. Si quisiera esconderse, no haría públicos sus sentimientos.

—Pues más te vale —le advierte Kagami—. Porque como descubra que fue el idiota de Adrien Agreste el que esté detrás de esto, yo misma me voy a encargar de regresarlo al calabozo.

—¿De qué hablas? ¿Ahora vas a sospechar de el también? —Marinette desmiente su acusación, frunciendo el ceño—. Adrien me ama y yo a él. No necesitamos expresarnos de esta forma para dejarlo en claro.

—No lo sé. No descarto a nadie —veredicta Tsurugi. Quien se sirve otro trago en el proceso— ¡Fathom! ¡Fathom! Arg… ¿En dónde se metió mi Hatamoto?

—Félix está ocupado organizando lo del festival con el maestro Su Han —le reprocha la francesa—. Lo sabrías si dejaras de lado tu obsesión con estas cartas.

—No me gusta que me regañes delante de otros, Marinette —se queja su camarada—. Me hace sentir torpe.

—Estás muy irritable. No me dejaste opción —se encoge de hombros.

—¿Me llamó, majestad? —interrumpe Félix, un tanto fuera de contexto con la reunión—. Le pido mil disculpas. Estaba en la bodega con-…

—Quiero que investigues quien es la persona que está detrás de estas cursilerías —le arroja el documento, determinada—. Y si es necesario, interroga al idiota de tu primo.

—¿Adrien? —Graham de Vanily enmudece de sopetón, apremiado— ¿Q-que tiene que ver…mi primo en todo esto?

—Es lo que quiero saber. Al menos cerciorarme de que no esté gastándonos una broma —añade la chica de ojos marrones—. El perfil de quien escribe calza con el suyo. Y sabemos que está enamorado de Marinette. Como tiene prohibido acercársele, de seguro planeó todo esto. Si me entero que fue el, lo colgaré de las patas.

—Pff…esto es patético —rezonga la sirvienta, molesta.

¿Qué? Ay, no. Esto…no es bueno. Para nada bueno. ¿En qué momento se salió de control? —el joven ministro traga saliva, pasmado—. Con todo respeto, excelencia. Conozco a mi primo. Se ha portado bien y está haciendo méritos para poder ser digno de Marinette y ganar su acato personal. Le aseguro que él no podría estar involucrado.

—Tu no serías capaz de traicionarme ¿O sí? —Tsurugi lo fulmina con la mirada—. Espero que no lo estés encubriendo.

—La pregunta…me ofende un poco, Kagami-san —sisea el ojiverde, afrentado.

—No seas tan delicado, joder. Te pedí algo sencillo y no me gusta el tono con el cual te lo has tomado.

—Pe-pero yo no-…—aprieta los labios, desviando la mirada—. Mierda… ¿Qué se supone que haga ahora?

—¿No creen que están siendo un tanto duros con el maestro Fathom? —balbucea Juleka, compungida—. Pobrecito. Mírenlo, se puso pálido —se levanta, arrimándole el hombro en apoyo—. Tranquilo. No te estamos interrogando. Solo queremos salir de la duda, es todo. A Tsurugi-san le inquieta este tema. Tú llevas tiempo merodeando por el poblado y conoces a la mayoría de los nobles —le enseña una de las tantas cartas— ¿No se te hace conocida la letra?

—Es cierto que los conozco a casi todos, señorita Couffaine —explica el rubio, timorato—. Pero no estoy en condiciones de poder aseverarle si alguno profesa gusto o enamoramiento por otra persona en particular. A-Además, no soy muy bueno con la caligrafía todavía —miente—. No podría reconocer la letra.

Puedo percibir visceralmente como el silencio se apodera del cuarto, tras mis últimas palabras. Todos parecen mostrarse abatidos o de plano desorientados. Nada les hace sentido. ¿Será que me he excedido? Quizás sea bueno parar un tiempo con esto y-…

—«Cejas de arco. Ojos que queman. Manos que adormecen. Besos que elevan. Eres el oasis de mi desierto. Ese que he transitado en solitario durante incansables noches con el anhelo ferviente de encontrarte. Soy un barco sin timón, navegando en la oscuridad. Solo tu amor podrá salvarme del naufragio» —lee Luka, sosteniendo la mirada contra la suya— ¿No te hace sentido?

El simple hecho de haber escuchado de su boca, mis propios sentimientos…me ha robado el aliento. Mi corazón da brincos tan impetuosos, que juraría son escuchados por los asistentes. Dios mío ¿Qué es lo que he hecho? Es una locura. Me…estoy volviendo loco. Ese es el problema de toda esta situación. Perdí la cabeza por completo. Por eso es que nadie entiende una mierda. He estado soltando frases tras frases sin parar, sin coherencia, sin conocer el paradigma que me impulsa a revelarlas. Comienzo a sofocarme. Me falta el aliento. Mi temperatura corporal arroja los mil grados, por lo bajo. Quiero salir corriendo…

—¿Y esta otra? —reanuda Couffaine— «No temo caer en las llamas del despojo mundano. Si tan solo pudiese escuchar de tus labios que me-…»

—¡Voy a averiguarlo! —chilla Félix de golpe, interrumpiendo abruptamente la lectura—. Lo haré ¿Ok? Investigaré.

—Bien. Así me gusta —espeta Kagami—. Puedes retirarte.

Pesco todos los periódicos revueltos de la mesa y los comprimo en una sola bola de papel. Mis mejillas arden. Mis manos sudan. Tenía que salir de ahí o no viviría para contarlo. Ni si quiera tuve el misero tiempo de mirarlos a los ojos. Cogí mis sandalias y eché carrera por el pasillo de manera estridente. Como quien huye de un fantasma. Aterrado, de ser acechado por mi propia sombra. Vislumbrar la luz al final del corredor, me devolvió el alma al cuerpo. Salí eyectado hacia el patio trasero, enredándome entre mis propios inútiles pies. Caí de bruces al suelo, embarrado de polvo y pasto húmedo. Me arrastré, como una lombriz desfigurada y metí la cabeza dentro del estanque de las carpas. Una de ellas, me miró como un sashimi listo para sushi. Todo pendejo. De seguro debe de haber pensado: "Ja, miren a este mono neuronal vertebrado. Se ahogará en mi mierda".

¿Saben qué? Si. Tal vez todo sería mejor si tan solo cierro los ojos y me entrego a morir en este lugar. Exhalé, dejando salir todo el aire de mis pulmones hasta vaciarlos por completo. Un par de burbujas gorgotearon en el exterior.

Cuanto silencio…

¡Woah!

Carajo. Alguien me jaló hacia arriba y me tiró hacia atrás, completamente empapado. Un tanto compungido, tosí. Mi flequillo cayó sobre mi frente, en un intento por recobrar la noción del lugar en donde me encontraba. Justo ahí, delante de mí. Una figura celestial creándole sombra al sol de primavera. Es hermoso…

¿Estoy muerto ya?

—¿Qué demonios crees que haces? —protesta Luka, de brazos cruzados.

—¿Ma-Majestad…?

No. Definitivamente, no morí. Aunque fue lo más similar a eso.

—Y-Yo…este…nada —titubeó Félix, acomodándose el cabello de regreso a su lugar—. Solo tenía algo de calor y el estanque se veía refrescante.

—Hace un clima agradable.

—¿Sí? Pues…que extraño. Quizás es porque he estado yendo de allá para acá todo el día sin parar, jeje —. Ya ni sé que chucha digo.

—Párate —Couffaine le extiende la mano.

—No se preocupe. Yo puedo solo —rechaza Fathom, sin sonar hosco—. Gracias por su ayuda. Fue muy amable. Si me disculpa, debo seguir con mis labores. Con permiso…

—¿Por qué me evitas?

Me detuve. Sus dedos, estrujaban varonilmente mi muñeca con intencionalidad. Hacía tiempo no sentía su toque. Por lo que instintivamente, me provocó un tembleque errático.

—¿Disculpe? Yo no he hecho eso —repara Graham de Vanily, carraspeando—. Como ya le comenté, he estado muy atareado con todos mis quehaceres. Lo del funeral, la coronación y ahora el festival.

—Te tomas muy en serio tu trabajo.

—¿Por qué no he de tomármelo así? —profiere el rubio, destrabando dócilmente su agarre—. Ciertamente es algo serio. ¿O le parece que esté jugando?

—No he dicho eso —sisea Luka, esbozando una media sonrisa—. Pero no lo sé. A veces es bueno divertirse también con los deberes.

—Ah. Si. Tiene razón en eso —recula el ministro—. Veo que usted es experto en gozar de los suyos.

—No me quejo —bufa, altanero—. La vida no tiene por qué ser siempre aburrida y gris.

—Comprendo —rebate el plebeyo—. Incluso si eso involucra pasar tiempo con las concubinas del palacio

Lo sabía. Sabía que algo debía estar molestándole —el joven príncipe exhala, sereno—. Entiendo. Así que todo este tiempo se trató de eso.

—No sé de qué habla —finge no enterarse.

—Félix. No sé qué te habrán contado, pero-…

—¿Contado? A mí no me vienen con cuentos, alteza —rezonga Fathom, malogrado—. Solo creo en lo que veo con estos dos ojitos que mi santa madre me regaló.

Mierda. Es tan…exquisito —Couffaine traga saliva, azorado—. De acuerdo. Así que me viste, con esos increíbles ojazos esmeralda que tu adorable madre te dio…

—Es lo que dije —balbucea Félix, nervudo— ¿Por qué lo repite?

—No lo sé —da un paso hacia el—. Supuse que tal vez como metiste la cabeza al estanque te pudo haber entrado agua en las orejas.

—Gracias. Pero estoy sanito de mis oídos…—da un paso hacia atrás—. Será mejor que mantenga su distancia. Sería sospechoso que alguien nos vea juntos.

—¿Por qué? Solo estamos teniendo una pueril conversación —Luka da otro paso—. No huyas de mí, te lo ruego.

—N-no estoy huyendo. Tengo prisa…—Félix continua el retroceso.

—Félix. No sé realmente lo que presenciaste. Pero de igual forma quiero que sepas que no lo hice con ganas —explica el peliazul, acongojado—. Ya hablamos de esto. Conoces mi situación. Tengo que cumplir con ciertas formalidades.

—Entiendo a la perfección el cómo funcionan los protocolos del palacio, príncipe —exclama Graham de Vanily—. Usted se hace cargo de los que debe y puede. Lo que haga con su entrepierna, es problema suyo. Me tiene sin cuidado. Ahora, como le reitero. Debo regresar a-…

—Te necesito —sentencia el ojiazul, jalándolo del antebrazo—. Félix, ya no aguanto ni un día más estando lejos de ti. Esta actitud que tienes conmigo, no es justa. Tú estabas consciente de como sobrellevaríamos esto.

—Y usted me dio su palabra que lo resolvería —desmiente, injuriado—. Pero no lo hizo. ¿Por qué he de creerle?

—Porque ahora más que nunca, es imperativo que lo hagas —revela el burgués—. Las cosas están por cambiar en mi vida. Y te necesito de mi lado.

—¿A qué se refiere? Especifique.

—Tengo que hacer un viaje. Uno…muy largo —relata Luka—. Y tras meditarlo por muchos días, llegué a la conclusión de que no quiero hacerlo sin ti.

—¿Qué clase de viaje? No comprendo —le intercepta, confundido— ¿Pretende huir o algo así?

—No. Nada de eso…—falsea—. Bueno, en parte. Pero no es para siempre. Solo por un tiempo. Ya se me hace difícil vivir esto, sin poder concretar nada serio contigo como para permitirme tenerte aún más lejos de lo que ya estamos —insiste, febril—. Félix, ven conmigo.

—¿Para qué? ¿Para ser su concubina de aventuras? —se resiste—. No, gracias. Suficiente tengo con el trato paupérrimo y restado que me da. Creo que merezco algo mejor.

—¿Qué cosas estás diciendo? Por supuesto que no —Couffaine lo toma de las mejillas, garboso—. Estoy hablándote muy en serio. Quiero que me acompañes como mi pareja. Vente conmigo. Hay muchas cosas que quisiera confesarte sobre lo que sucede en mi vida. Si me quedo aquí, no tendré tiempo para sentimentalismos.

—Luka ¿Se está oyendo? —cuestiona el ojiverde, retraído— ¿Desde cuándo perdió así la cabeza? Usted se va a casar con Kagami. No puede irse a ningún lado. Y si acepto a irme con usted, eso…sería traición. ¿Sabe que le pasa a los que traicionan a los Tsurugi?

—Eso es irrelevante, Félix. En cuanto estemos lejos, nada importará —cuenta Luka, esperanzado— ¿A quién le preocupa eso? Son consecuencias que no nos van a alcanzar.

—A mí me preocupan. A diferencia de usted, no estoy solo en esto —rectifica el inglés—. Mi primo Adrien me necesita. Marinette también. Les hice una promesa. Hay mucho en juego en estos momentos. No solo ellos dos corren peligro.

—¿A qué te refieres? ¿Qué está pasando entre Adrien y Marinette?

—Muchas cosas, alteza —arguye, separándose de su compañero—. No es el único que oculta detalles y que desearía poder contarlas. Me encantaría poder confiar en usted…

—Puedes hacerlo, Félix —argumenta Couffaine, jocoso—. Puedes contar conmigo para lo que gustes. Confía.

—¿Cómo podría? —discute el caucásico, rehuyendo de su mirada con dolor—. Después de lo que sucedió, me es difícil.

—Difícil, pero no imposible —riña.

—No está poniéndola cómoda ¿Sabe? —exhala Félix.

—Por el contrario. Eres tú el que coloca trabas y más trabas. Como si esto fuera un contrato de prestación de servicios o algo así —opone el noble, redoblado— ¿Sabes? El corazón no es complicado. Las personas lo son.

—Pues yo nunca dije ser un chico resuelto. Tengo mis dolos también…

—Eres perfecto, así como estás. Dios santo, Félix —berrea, desesperado— ¿Qué no ves que nos estoy dando la oportunidad de nuestras vidas? Todo lo que siempre soñamos, lo podemos cumplir. Tú y yo. Juntos. Lejos. Quiero estar contigo…

—Y yo también, Luka. Pero…—se da media vuelta, derrotado—. No es el momento aún. Supongo que…nos conocimos a destiempo.

—Esto…es insólito —masculle el ojiazul, frustrado e irritado consigo mismo— ¿De qué se trata todo esto? ¿Qué clase de jugarreta nos han plantado por la cara? Nos conocimos por algo. Hemos logrado coincidir en esta vida, en este tiempo, en este lugar. ¿Y para qué? ¿Para dejarnos ir? Es ridículo —añade, con la mirada humedecida—. No estoy acostumbrado a que me ofrezcan cosas y me rechacen de tenerlas ¿Sabes? No si puedo luchar por ellas.

—Perdóneme si no le complazco como habitualmente lo hacen con usted, príncipe Couffaine. Pero primero, debo resolver esto…y ya luego podré pensar en nosotros —Fathom le regala una reverencia, dando por finalizada la conversación—. Si me disculpa, debo regresar a mis labores. Tengo que ver el tema de las misivas y lo del festival.

—¡Félix! Espera.

—…

—Esas cartas de amor. Esos versos, tan idílicos. Esos sentimientos tan profundos y cálidos —murmura Luka, descalabrado—. Los escribiste tú ¿Verdad? ¿Son…para mí?

Me había pasado noches enteras pensando en este momento. Repasando en mi cabeza una y otra vez este final. Luego de todo lo que habría hecho para demostrarle lo que siento por el ¿Qué seguía después de que se enterara? ¿Qué viene a continuación? Confesarme, jurarnos amor eterno, y en un añorado beso de cuento de hadas el glorioso «Y vivieron felices para siempre» ¿Eso? ¿Era eso lo que deseaba en el fondo de mi corazón? Amo tanto a este hombre, que tan solo pronunciar su nombre me trastorna. Mis entrañas segregan el sopor de un abrazo suyo. Cada célula de su cuerpo, evoca en mi alma tantas exquisitas sensaciones; que no existe un idioma claro para expresarlo. Tendría que inventar un nuevo dialecto para ello.

Pero tuvo que hacerme la pregunta en el peor de los escenarios. Uno, en donde aún era demasiado pronto para develar la verdad. Pues aún tengo que ayudar a Marinette y Adrien. Salvar a esos gemelos. Darles su libertad, antes que pueda pensar en la mía de manera egoísta.

Apreté los puños. Y de espaldas, con dolor y falso desdén; le respondí.

—No. No fui yo. No sé para quien son. Pero averiguaré y le traeré al responsable cuanto antes.

—Félix…—Luka baja la cabeza, humillado—. No puede ser…

—Luka —se gira, una última vez— ¿Usted me ama?

—Yo…

Couffaine se vio forzado a tragarse aquella frase, con el pesar de su alma. Pues había notado que no estaban solos. Una silueta ilustre los observaba detrás de uno de los pilares del pórtico. Agazapada, como una maldita ave de rapiña esperando devorar la carroña de su presa furibunda. En el momento más infame de todos, incineró la escena ante él. Y ya no pudo emitir palabra similar. Calló, extraviando la mirada. Fue una sentencia de muerte, para su camarada. Quien, con obviedad, asimiló respuesta suficiente para entender las circunstancias.

Ya no hay nada más que hablar.

—Ya veo. Con permiso —reverencia Félix.

Y fue así, como todo concluyó para ambos enamorados. Luka apretó los dientes, exteriorizando el gruñido de un perro rabioso en base a dos colmillos marfil. Soltaba chispas por los ojos. Aunque no se quedaría con las ganas de desquitarse con aquel intruso. Arrojado a tomar desagravio, regresó al palacio y de un solo estrujón; encaró al profano culpable de toda la deshonra.

—¿Qué mierda haces aquí, víbora? —le increpa Couffaine, presionándola contra el paredón.

—No sé de qué habla, majestad. Yo solo iba transitando al baño —detracta Iris, en una sonrisa sagaz—. Curiosamente pasé a escuchar una pregunta un tanto incomoda. Que cosas se escuchan últimamente en palacio ¿No cree? —bufa.

—No me provoques, infeliz —desborda Luka, enajenado—. Como vayas a abrir la boca, yo soy capaz de-…

—¿O qué? ¿Le irá a contar a Kagami? —desautoriza Verdi, esbozando una mueca pérfida—. No le recomiendo tal cosa, alteza. Estoy segura de que a Tsurugi-san no le hará mucha gracia saber que Félix Fathom está enamorado de usted. Que escandalo sería eso ¿No le parece? Su ministro querido. Un plebeyo. Detrás de su futuro marido.

—No te atrevas a meterte con Félix, maldita infame —le amenaza, colérico—. De mí, di lo que gustes. Me tiene sin cuidado. Pero a él, no lo tocas.

—Uy…que carácter, señor. Ya suélteme —le palmotea las manos, alevosa—. No sé qué clase de obra teatral se ha montado, Luka. Pero como actor se muere de hambre. Es pésimo fingiendo. Debió haberle dicho la verdad al maestro Fathom. El pobre se fue muy desilusionado y se ve que ambos se mueren de amor.

—¿Qué es lo que quieres? ¿Eh? ¿Dinero?

—Mis arcas están llenas y me sobra para muchas vidas. Tengo todo lo que necesito aquí, en la palma de mi mano —sisea, provocativamente—. Mis ambiciones son mucho más importantes que lo monetario.

—¿Qué es? —propone el francés— ¿Qué es lo que tengo que hacer, para comprar tu silencio?

—Hay una sola cosa que el dinero no puede comprar, príncipe. Y eso, es la libertad —sentencia la meretriz—. Quiero largarme de aquí. Estoy cansada de tener que servir a cerdos como usted y que nadie me otorgue el valor que merezco.

—Nunca podrás dejar de ser una vulgar meretriz —se mofa—. Aquí o en la china. Has perdido tu valor.

—Eso no lo decide usted, maldito desviado —retoza la fémina, fulminándolo con la mirada—. Me voy a ir. Ya sea sola o con usted. Escuché que pretende huir. Supongo que ya planteó todo desde antes ¿No? Espera a que Kagami-san se vaya al norte para escapar.

—Que zorra eres…no se te escapa ni una.

—Gracias. No me ofende el termino —Iris juguetea con sus cabellos—. En Japón los zorros son venerados como deidades de sabiduría y mucho porvenir. Soy astuta como uno, sin duda. Pero eso no viene al caso. A partir de ahora, usted y yo trabajaremos juntos —determina—. Yo me iré en ese barco. Y luego ya veré que hago con mi destino —le estira la mano— ¿Tenemos un trato?

—Tsk… ¿Qué opciones tengo de rechazarlo?

—Ninguna —sonríe, maquiavélicamente—. Es eso. O me encargaré personalmente de que Félix sea el nuevo eunuco de la casa coral. Entonces ¿Me estrechará la mano como hacen en occidente o seguirá lloriqueando como el marica de armario que es?

Como odio a esta mujer. Maldito sea el día en que la elegí para compartir mi cama. De haberlo sabido, yo no…—el peliazul hace una pausa, mosqueado. Sin tener a donde más huir, asiente. Y estrecha su mano. Aunque no sin antes, agregar—. Vale. Lo haré. Vendrás conmigo. Pero a cambio también tendrás que hacer algo por mí.

—Depende de lo que me pida —estigmatiza la muchacha—. No pretendo hacer absolutamente nada que me involucre solapadamente con su patética historia de amor y ponga en riesgo mi integridad física.

—Nada de eso —berrea el noble—. Necesito que me ayudes a encontrar al autor de esas cartas. Tengo que averiguar si es Félix realmente quien las escribió.

—Bueno, eso no es para nada difícil —sisea, altanera—. Tengo mis contactos. Aunque en estos casos, le propongo aliarse con el maestro Anciel. Ese sujeto ha tejido una red en el bajo mundo, como nadie.

—¿Marc? No hay forma de que ese tipo me ayude —avisa el ojiazul, descarriado—. Él sabe sobre mi entorno con Félix. Nos vio en una situación intima, hace un tiempo. Y no ha hecho nada más que torcer toda la historia. Supongo que saca tajadas provechosas de su posición.

—Créame cuando le digo esto —susurra contra su oído—. Marc tiene tejado de vidrio.

—¿Eso que significa? —parpadea, aturdido.

—Tiene un romance furtivo con el general Kurtzberg —revela la morena—. Algo similar a lo suyo con el inglés, aunque menos morboso.

—¿Marc y Nathaniel son amantes? —lo escucha y no lo cree—. Pensé que Nathaniel era…

—¿Normal? En eso se lo concedo. Es mejor actor que usted —carcajea, socarrona—. Son pareja, diría yo. A estas alturas, casi como un marido y una mujer. Aunque con falta de huevos, jajaja.

No me causa risa. Es denigrante —carraspea el europeo, asumido—. De acuerdo. Intentaré usar esa valiosa información a mi favor. Solo asegúrate de cerrar la boca y darme una mano con lo que te pedí.

—Claro, lo haré —concluye, alejándose de el—. Aunque. Un detalle, alteza. Sé que no me incumbe y en realidad es una menudencia. Sin embargo, me atrevo a preguntar de igual forma —lo observa por sobre el hombro—. Si llego a averiguar que es Fathom el autor de tales confesiones. ¿Qué hará al respecto?

—¿Sinceramente? No lo sé —admite Luka, dándole la espalda de manera contraria—. He pasado noches en vela, pensando en ello. Deseando que sean para mí. Los siento personal. Pero… ¿Quién sabe ya? Probablemente enloquezca. Si es que, ya no lo hice.

—¿Se considera una persona cuerda? —ríe, irónica.

—Nah…—amonesta el varón, observándose los pies—. Hace bastantes años ya…que abandoné la cordura y sensatez.

—¿En que momento termino por convencerse?

—En el momento en que nuestras miradas se cruzaron esa noche en el salón —revela Luka, con una sonrisa idiotizada plantada en el rostro—. Ese hombre es mío. ¿Me oyes? Mio y de nadie más. Haré todo lo que esté a mi alcance para estar con él. Félix y yo, fuimos creados para estar juntos. El universo nos reunió y solo por su gracia en la divinidad, nos va a separar. Y ya no me importa nada. Tenlo presente.

—Amor a primera vista —exhala Iris, asqueada—. Puaj, que nauseabundo. Buena suerte con eso~

[…]

—Primo, yo no escribí estas cartas —confiesa Adrien, abatido. Ha intentado desenredar la bola de estambre que apenas lee entre pliegos rotos y corrugados—. Te lo juro por lo más sagrado. Por el amor que siento por Marinette.

Casa de té, Ashigate-Cheng. 1:20AM.

—Ya sé que no, Adrien —hipa Félix, borracho y con la lengua destartalada—. Ya sé que no. Es una puta mierda lo que Kagami piensa. Estoy harto ¡Hip! ¡Sírveme otro!

—Es tu cuarta botella —advierte su familiar. Entre que se ríe y lo deja pasar. Destapa una nueva y rellena su copa—. Tómalo con calma. El trabajo te tiene algo estresado. No es bueno ahogarse en la bebida.

—Arg…ya cállate un rato —Fathom estira la mano, torpemente tratando de llegar a sus labios—. No vine para que me sermonearas. Solo quiero borrarme unos momentos.

—¿Qué te tiene tan afligido? —sisea el Agreste, masajeando su espaldita—. Hey…jamás te vi así.

—¿Cómo lo haces? —balbucea el inglés. De mejillas y nariz rojizas.

—¿El que? —no comprende.

—Para…amar a una persona y que no te duela en el fondo de tu corazón —berrea el ministro, con lágrimas en los parpados—. Adrien…el amor es una mierda.

—No. No, no, no. Oye…no digas eso —Adrien lo abraza, sopesando su malestar en un cálido retozo—. El amor es maravilloso, primo. Es el sentimiento más sano y puro de todos. Lo que pasa es que…bueno, mhm… ¿Cómo decirlo? —se rasca la nuca, liado—. El ser humano suele enmarañar todo ¿Sabes? Por cosas anexas a nosotros. Los tiempos, el estatus, el dinero, la guerra, la política, las inseguridades…

—Te envidio un poco —masculle Graham de Vanily, tomando otro sorbo—. No te enojes conmigo. No es una envidia insana. Es que, tú historia con Marinette es tan resuelta. Dejando de lado todo lo demás, claro.

—Y aun así, venos —ríe jovial, su familiar—. Nos amamos y estamos tan seguros de ello, que pareciera que le mundo confabula en nuestra contra.

—Ustedes son mi péndulo. Mi base. Mi cable a tierra como un viejo molino para saber que todo lo bueno, proviene del sentimiento mismo —alardea el funcionario—. Deseo poder sobrellevar este amor como ustedes. Y que no decline en el tiempo.

—¿Qué sucede, Félix? ¿Acaso tú…? —examina el francés, pasmado— ¿Tú te has…enamorado? ¿Ya encontraste a tu chica?

—Si, primo. Me enamoré. Como no tienes idea. El problema es que…—sentencia el veneciano, riendo a mortajadas— ¡No es una mujer! ¡Jajajaja! ¡¿Puedes creerlo?! ¡Me enamoré de un hombre!

—¿Qué demo-…? ¿Ah? —el joven Agreste hace una pausa, exhorto—. U-un momento. ¿Cómo es eso de que es un varón…?

—¡¿Me vas a juzgar ahora?! —lo empuja hacia atrás, turulato— ¡Ah! ¡Cabrón! ¡Y yo contándote mis penas de amor!

—¡N-no! ¡Para nada, Félix! —brinca sobre su silla— ¡¿Cómo se te ocurre?! ¡Lo que pasa es que-…!

Copas de vidrio quebrandose en el fondo, irrumpen la escena. Mesas volteadas. Chillidos coléricos. Puñetazos al aire. Loza rompiéndose contra el suelo en mil pedazos. Una riña asalta la tranquilidad de aquella noche. Como pudo haber sido una pacifica casa de té. Un par de marinos se enfrascan en una pelea campal con dos occidentales de rasgos poco familiares. Al parecer, todo apunta a que se provocó por un problema en el pago de la cuenta. Wang Cheng brota desde la cocina, con un wok en la diestra y una espátula en la siniestra.

—¡¿Qué mierda está pasando aquí?! ¡Este es un restaurante honorable! —vocifera— ¡No permito comida para llevar!

—¡Shifu! —alerta Alix, sujetando del pescuezo a uno de los revoltosos— ¡Tengo a uno de los polizones! ¡Malditos insurgentes! ¡Se querían ir sin dar propina!

—¡Aquí se da propina, señores! —el chino saca una katana que tenía colgada de la pared. Los amenaza— ¡Paguen o se largan!

—¡Es-esperen! ¡Es un mal entendido! —repara uno, quitándose la capucha— ¡Solo deseaba darle retribución al chef! ¡No al mesero que tardó tanto en atendernos!

Adrien y Félix se levantan, incorporándose a la incómoda escena bochornosa. En el momento en que ambos reconocen a los afuerinos, cada quien da su impresión.

—¡¿Papá?! —dice Adrien.

—¿Padre? —dice Félix.

—¿Félix? ¿Adrien? —sisea Colt, impactado— ¿Son ustedes?

—Ah…que oportuno —reclama Gabriel, revelando su rostro a los comensales—. Si. Soy yo. ¿Qué pasa aquí? ¿Así tratan a los mercaderes en este lugar o qué?

—No somos maleantes, lo juro —advierte el señor Fathom, injuriado—. Félix. Hijo…

¿Pero qué coño significa esto? ¿Qué carajos hacen mi padre y mi tío aquí? Después de casi siete años dejándonos desamparados. ¿Se dignaron a volver? Esto tiene que ser una puta broma. Y para peor, estoy ebrio. ¿Qué sigue ahora? ¿Una incómoda charla de antaño?

Quiero vomitar.