Buenas aquí les dejo una adaptación de un libro que me gusto, los personajes de inuyasha no me pertenecen ni la historia ni los personajes del libro espero que les guste
Asesino de brujas
Libro 1
La bruja blanca
(La desgracia nunca llega sola)
Cap.9
La Ceremonia
Inu
Los gritos aumentaron fuera del teatro, pero a duras penas los escuchaba. La sangre rugía en mis oídos. Ahogaba todo sonido: sus gritos pidiendo justicia, la compasión del arzobispo. Pero no sus pasos. Oía cada uno.
Livianos. Mas livianos que los míos. Pero más erráticos. Menos pesados.
Me centre en ellos y el rugido menguo gradualmente. Ahora, podía oír al encargado del teatro y a los guardias intentando apaciguar a la multitud.
Resistí la necesidad de desenvainar mi Balisarda cuando el arzobispo abrió las puertas. Tenía las piernas tensas y sentía la piel caliente y fría a la vez… y pequeña. Demasiado pequeña. Picaba y ardía mientras cada par de ojos en la calle se giraba hacia nosotros. Una mano cálida se posó en mi brazo.
Palmas callosas. Dedos delgados: dos vendas. Los mire. Rotos.
No permití que mis ojos subieran por sus dedos hacia su brazo. Porque este llevaría a su hombro y este a su rostro. Y sabía lo que encontraría allí. Dos ojos magullados y una marca nueva en su mejilla. Una cicatriz sobre su ceja. Otra sobre su garganta. Aún era visible debajo de la cinta negra, a pesar de su intento por ocultarla.
El rostro de Kikyo apareció en mi mente. Inmaculado y puro.
Oh, Dios. Kikyo.
El arzobispo dio un paso al frente a él. La mujer, la pagana, no aparto su mano. Seguí sin mirarla.
- ¡Hermanos! -La voz del arzobispo resonó en la calle ahora silenciosa y atrajo aún más la atención. Cada cabeza se giró en nuestra dirección y ella se encogió sobre mi cuerpo. En ese momento, baje la vista hacia ella, frunciendo el ceño. Tenía los ojos de par en par, las pupilas dilatadas. Estaba asustada.
Aparte la vista.
No puedes entregarme tu corazón, inuyasha. No puedo cargar con eso en mi conciencia.
Kikyo, por favor…
Esos monstruos que asesinaron a Kaede aun andan sueltos. Deben recibir un castigo. No te distraeré de tu objetivo. Si debes entregar tu corazón, dáselo a tu hermandad. Por favor olvídame.
Nunca podría olvidarte.
La desesperación por poco me hizo caer de rodillas. Ella nunca me perdonaría.
-Vuestra preocupación por esta mujer ha sido considerada y apreciada por Dios. -el arzobispo extendió los brazos de par en par. Suplicante-. Pero no os dejéis engañar. Ayer, después de intentar robarle a un aristócrata igual que a vosotros, tomo la mala decisión de huir de su esposo mientras el intentaba disciplinarla. No sintáis pena por ella, amigos. Rezad por ella.
Una mujer al frente de la multitud fulmino con la mirada llena de desprecio al arzobispo. Delgada. Cabello pálido. Nariz torcida. Me puse tenso al reconocer a la mujer que había visto tras bambalinas.
¡cerdo asqueroso!
Como si me percibiera, alzo los ojos hacia mí y los entrecerró. Le devolví la mirada, intentando en vano olvidar su condena. Ojalá lo encierren en prisión. ¿Quién sabe que podría haber ocurrido?
Trague con dificultad y aparte la vista. Eso había parecido. La pagana tenía sus trucos y yo se lo había dejado ridículamente fácil.
Había caído en su trampa. Me maldije, anhelando apartar mi brazo de su mano. Pero no serviría de nada. Demasiadas personas nos observaban y las órdenes del arzobispo había sido claras.
-Debemos confesar nuestra falsedad en cuanto regresemos a casa -habían dicho, frunciendo el ceño mientras caminaba de lado a lado-. Las personas deben creer que ya estáis casados. -En ese instante, se había girado abruptamente hacia ella-. ¿Tengo razón al asumir que tu alma está condenada? -cuando ella no respondió, el frunció el ceño-. Lo que pensaba. Debemos remediar ambas situaciones de inmediato y viajar directos al Doleur para el bautismo. Debes actuar como su esposo hasta formalizar la unión, inuyasha. Toma el anillo de su mano derecha y colócalo en su mano izquierda. Camina a su lado. La farsa terminara en cuanto la multitud se disperse. Y, por el amor de Dios, encuentra la capa de la chica.
La pagana ahora hacia rodar el anillo en cuestión. Se movía en su lugar. Se toco un mechón de cabello junto a su rostro. Había recogido el resto en un nudo enmarañado en la nuca, salvaje y descontrolado. Igual que ella. Lo detestaba.
-Os imploro que veáis la enseñanza que Dios tiene para vosotros a través de esta mujer. -El arzobispo alzo la voz-. ¡Aprended de su maldad! Esposas, obedeced a vuestros maridos. Renunciad a vuestra naturaleza pecaminosa. ¡solo entonces podréis alcanzar realmente a Dios!
Varios miembros de la multitud asistieron, susurrando en acuerdo.
Es verdad. Siempre lo he dicho.
Las mujeres son tan malas como las brujas estos días.
Lo que necesitan es madera: de la vara o la de la hoguera.
La mujer de cabello pálido parecía estar a punto de causarle daño físico al arzobispo. Mostro los dientes, cerrado los puños, antes de dar media vuelta y marcharse.
La pagana se puso tensa a mi lado y sujeto más fuerte y dolorosamente mi brazo. La fulmine con la mirada, pero no me soltó. Entonces lo olí: leve, sutil, demasiado suave para ser detectado. Pero aún estaba allí, flotando en la brisa. Magia.
El arzobispo gruño.
Me gire justo cuando el doblaba el cuerpo en dos y se sujetaba el estómago.
-Señor, ¿esta…?
Me detuve de forma abrupta cuando se alzó un viento sorprendentemente intenso. El abrió los ojos de par en par, tenía las mejillas ardiendo. La multitud comenzó a murmurar. Perpleja. Asqueada. Él se puso de pie a toda prisa, intentando acomodar su túnica, pero doblo el cuerpo de nuevo. Orto ataque golpeo su sistema. Coloque una mano en su espalda, inseguro.
-Señor…
-Déjame-gruño.
Retrocedí y fulminé con la vista a la pagana, que temblaba por su risa silenciosa.
-Deja de reír.
-No podría, aunque quisiera. -Apretó una mano contra el lateral de su cuerpo, temblando, y un resoplido escapo de sus labios.
La mire con repulsión creciente y me incline para inhalar su aroma. Canela. No magia. Me aparte rápido y ella se rio más.
-Este instante, este momento exacto, tal vez hará que valga la pena casarme contigo, chass. Lo atesorare para siempre.
El arzobispo insistió en que la pagana y yo camináramos hasta el Doleur para su bautismo. Él fue en carruaje.
Ella resoplo cuando el desapareció por la calle y pateo un cesto cercano.
-Ese hombre tiene la cabeza tan metida en su trasero que podría usarlo de sombrero.
Aprete la mandíbula. No te enfades. Manten la calma.
-No le faltaras el respeto.
Ella sonrió, inclinando la cabeza hacia arriba para observarme. Luego, se puso de punillas y me toco la nariz, trastabille hacia atrás, sorprendido. Me sonrojé. Ella sonrió más y comenzó a caminar.
-Hare lo que desee, chass.
-Serás mi esposa. -La alcance en dos pasos, extendí la mano para sujetar su brazo, pero me detuve antes de tocarla-. Eso significa que me obedecerás.
- ¿sí? -Alzo las cejas, aun sonriendo-. Entonces, supongo que eso significa que me honrara Y me protegerás, ¿no? ¿si seguimos los roles anticuados y polvorientos de tu patriarcado? Di pasos más cortos para igualar los suyos.
-Si.
Ella junto las manos.
-Excelente. Al menos, esto será entretenido. Tengo muchos enemigos.
Sin poder evitarlo, alce la vista hacia los moretones que coloreaban sus ojos.
-Me lo imagino.
-No lo haría si fuera tu. -su tono era más coloquial. Relajado. Como si hablara sobre el clima-. Tendrás pesadillas durante semanas. Las preguntas ardían en mi garganta, pero me negué a expresarlas en voz alta. Ella parecía contenta con el silencia. Movía los ojos en todas direcciones a la vez. Hacia los vestidos y los sombreros que decoraban los escaparates de las tiendas. Hacia los damascos y las avellanas que llenaban los carros de los mercaderes. Hacia las ventanas sucias de una taberna pequeña, hacia los rostros manchados de hollín de los niños que perseguían las palomas por la calle. En cada esquina, una nueva emoción atravesaba su rostro. Gratitud. Anhelo. Satisfacción.
Observarla era extrañamente agotador.
Después de unos minutos, no puede soportarlo. Carraspee para despejar mi garganta.
- ¿Uno de ellos te ha hecho los moretones?
- ¿Quién?
-Uno de tus enemigos.
-Oh -dijo con rapidez-. Si. Bueno… de hecho, han sido dos.
¿Dos? La mire, incrédulo. Intente imaginar a la criatura diminuta ante mi luchando con dos personas a la vez. Luego recordé que me había atrapado tras bambalinas y había engañado a la audiencia para que creyeran que había abusado de ella. Fruncí el ceño. Era más que capaz de hacerlo.
Las calles se hicieron más anchas cuando llegamos a las afueras de East End. Pronto, el Doleur resplandeció ante nosotros bajo el sol brillante de la tarde.
El arzobispo esperaba junto a su carruaje. Para mi sorpresa, Bankotsu también.
Por supuesto. El sería el testigo.
La realidad de la situación me plasto como una bolsa de ladrillos al ver a mi amigo. Realmente me casaría con esa mujer. Con esa... criatura. Esa pagana que escalaba techo y les robaba a los aristócratas, que peleaban, vestía como un hombre y tenía un nombre a la medida se su personaje.
Ella no era Kikyo. Era lo más alejando a Kikyo que Dios podría haber creado. Kikyo era amable y tenia buenos modales. Era educada. Correcta. Cordial. Ella nunca me habría avergonzado, nunca habría montado semejante espectáculo.
Fulmine con la mirada a la mujer que sería mi esposa. Tenía el vestido rasgado y manchado de sangre. El rostro magullado y los dedos rotos. Una cicatriz en la garganta. Y su sonrisa no dejaba dudas respecto a cómo había recibido cada herida.
Alzo una ceja.
- ¿Ves algo que te guste?
Aparte la vista. Kikyo estaría descorazonada cuando supiera lo que había hecho. Ella merecía algo mejor que eso. Algo mejor que yo.
-Venid. -El arzobispo señalo la orilla desierta del rio. Un pez muerto era nuestra única audiencia, y los pájaros devorándolos. Su esqueleto sobresalía entre la carne podrida y un ojo miraba hacia el cielo despejado de noviembre-. Terminaremos con esto. Primero, la pagana debe ser bautizada como ordena nuestro señor. Así estaréis en igualdad de condiciones. La luz no comulga con la oscuridad.
Mis pies eran de plomo, cada paso era un esfuerzo en la arena y el lodo. Bankotsu me seguía de cerca. Sentía su sonrisa burlona en el cuello. No quería imaginar lo que pensaba ahora de mi… de eso.
El arzobispo vacilo antes de entrar al agua gris. Miro hacia atrás a la pagana, con el primer dejo de incertidumbre en su rostro. Como si no estuviera seguro de si ella lo seguiría. Por favor, cambia de opinión, suplique. Por favor, olvida esta locura y envíala a la prisión a la que pertenece.
Pero si eso ocurría, perdería mi Balisarda. Mi vida. Mi juramento. Mi propósito.
Una voz fea resoplo en lo profundo de mi mente. Él podría perdonarte si quisiera. Nadie cuestionaría su decisión. Podrías continuar siendo un Chasseur sin contraer matrimonio con una criminal.
Entonces, ¿Por qué no lo hacía?
La desazón atravesó mi cuerpo en cuanto lo pensé. Por supuesto que no me perdonaría. Los presentes creían que habían abusado de ella. No importaba que no lo hubiera hecho. Creían que había sido así. Aunque el arzobispo lo explicara, aunque ella confesara, todos hablarían. Dudarían. Cuestionarían la integridad de los Chasseurs. Aún peor: podrían cuestionar al arzobispo mismo. Sus motivaciones.
Ya nos habíamos enredado en mentira. Todos creían que era mi esposa. Si se difundía lo contrario, el arzobispo quedaría marcado como mentiroso. Eso no podía ocurrir. Me gustara o no, la pagana sería mi esposa.
Salió hecha una furia de tras del arzobispo como si reafirmara el hecho. El la fulmino con la mirada mientras limpiaba el agua con que ella había salpicado su rostro.
-Que giro más interesante. -Los ojos de Bankotsu bailaban de risa al observar a la pagana. Ella parecía discutir con el arzobispo por algo. Por supuesto que discutía.
-Ella… me ha engañado. -La confesión dolía.
Cuando no explique nada más, él se giró para mirarme. La risa en sus ojos disminuyo.
- ¿Qué hay de Kikyo?
Me obligue a pronunciar las palabras, odiándome por ello.
-Kikyo sabía que no nos casaríamos.
No le había contado lo de su rechazo. No habría sido capaz de soportar sus burlas. O peor: su lastima. Después de la muerte de Kaede, él me había preguntado cuales eran mis intenciones con Kikyo. La vergüenza ardía mis entrañas. Había mentido apretando los dientes, diciéndole que mi juramento era demasiado importante. Diciéndole que nunca contraería matrimonio.
Sin embargo, hai estaba.
El frunció los labios y me observo con astucia.
-Lo…siento. -Miro a la pagana, que apuntaba con un dedo roto la nariz del arzobispo-, el matrimonio con semejante criatura no será sencillo.
- ¿Acaso alguna vez es sencillo el matrimonio?
-Tal vez no, pero ella parece particularmente insufrible. -Dibujo una sonrisa desanimada-. Supongo que tendrá que mudarse a la torre, ¿verdad?
No pude devolverle la sonrisa.
-si.
-Qué pena -suspiro.
Observamos en silencio la severa expresión del arzobispo. Finamente perdió la paciencia y la arrastro hacia el sujetándola de la nuca.
La lanzo bajo el agua y la sostuvo allí un segundo demasiado largo.
No lo culpaba. El alma de la chica tardaría más tiempo en purificarse que la de una persona normal.
Dos segundos demasiado largos.
El arzobispo parecía luchar consigo mismo. Su cuerpo temblaba por el esfuerzo requerido para mantenerla bajo el agua, y sus ojos estaban en par: enloquecidos. Sin duda no la…
Tres segundos demasiados largos.
Me sumergí en el agua. Bankotsu corrió tras de mí. Avanzamos a toda velocidad, pero nuestro pánico era infundado. El arzobispo la soltó en cuanto llegamos y ella emergió como un gato furioso, siseando. El agua caía en cascada de su cabello, su rostro y su vestido.
Me acerque para ayudarla a recobrar el equilibrio, pero me aparto.
-Fils de pute! -Antes de pudiera detenerla, salto hacia él.
El arzobispo abrió los ojos al perder el equilibrio y cayo de espaldas, sacudiendo sus extremidades. Bankotsu se apresuró a ayudarlo. Sujete a la chica, aferre sus brazos a los costados de su cuerpo antes de que empujara al arzobispo de nuevo al agua.
Ella no pareció darse cuenta.
-Connard! Salaud! -se sacudía entre mis brazos, pateando en todas direcciones-. ¡Te matare! Arrancare esa túnica de tus hombros y te ahorcare con ella, pedazo de mierda amorfo y maloliente…
Los tres la miramos boquiabiertos: ojos y bocas de par en par. El arzobispo fue el primero en recobrar la compostura. Tenía el rostro purpura y un sonido estrangulado escapo de su garganta.
- ¿Cómo te atreves a hablarme así? Se aparto de Bankotsu, agitando un dedo hacia el rostro de la chica. Comprendí el error del arzobispo medio segundo antes que ella avanzara. La sujete más fuerte y logre alzarla y apartarla antes de que pudiera hundir los dientes en el nudillo del arzobispo.
Estaba a punto de contraer matrimonio con un animal salvaje.
-Suéltame. Ahora. Mismo. -Hundió el codo en lo profundo de mi estómago.
-No. -fue más un grito ahogado que una palabra. Pero mantuve mi posición.
Ella emitió un ruido de frustración, algo entre un gruñido y un grito. Y por fortuna dejo de moverse. Rece en silencio un agradecimiento antes de arrastrarla a la orilla.
El arzobispo y Bankotsu se unieron a nosotros poco después.
-Gracias, inuyasha. -El arzobispo resoplo mientras escurría su túnica y se colocaba bien la cruz que le colgaba del cuello. El desdén cubría sus facciones cuando le hablo a la arpía-. ¿Debemos encadenarte para la ceremonia? ¿O debemos colocarte un bozal?
-Has intentado matarme.
El inclino el rostro hacia abajo y la miro.
-Créeme, niña, si hubiera querido matarte, estarías muerta.
Los ojos de la chica ardían.
-Lo mismo digo.
Bankotsu reprimió la risa.
El arzobispo dio un paso y entrecerró tanto los ojos que parecían dos tajos.
-Suéltala, inuyasha. Me gustaría dejar atrás todo este asunto sórdido.
Para mi sorpresa y decepción, ella no escapo cuando la solté. Solo cruzo los brazos y planto los pies, mirándonos a los tres. Obstinada. Malhumorada. Desafiante.
Mantuvimos la distancia.
-Hazlo rápido -gruño ella.
El arzobispo inclino la cabeza.
-Avanzad y tomaos de las manos.
Nos miramos. Ninguno de los dos hizo movimiento alguno.
-Ah, daos prisa. -Bankotsu me empujo bruscamente y cedi un paso. Observe con furia silenciosa mientras ella se negaba a eliminar el resto de la distancia. Espere. Después de unos largos segundos, puso los ojos en blanco y avanzo. Cuando extendí las manos, las miro como si tuviera lepra.
Uno.
Me obligue a respirar. Inhalar por la nariz. Exhalar por la boca.
Dos.
Ella frunció el ceño. Me observaba con expresión entretenida: era evidente que cuestionaba mi capacidad mental.
Tres.
Cuatro.
Tomo mis manos. Hizo una mueca como si sintiera dolor.
Cinco.
Comprendí un segundo demasiado tarde que era cierto que experimentaba dolor físico. De inmediato, afloje la presión de mi mano sobre sus dedos rotos.
Seis.
El arzobispo carraspeo.
-Comencemos. -se giró hacia mi-. Inuyasha Florin Diggory, ¿aceptas por esposa a esta mujer, para vivir juntos bajo el mandato de dios en sagrado matrimonio? ¿Prometes amarla, consolarla, honrarla y acompañarla en la salud y en la enfermedad y serle fiel solo a ella hasta que la muerte os separe?
Centre la visión en un punto blanco entre los pájaros: una paloma. Mi cabeza daba vueltas. Esperaban que hablara, pero tenía un nudo en la garganta. Me ahogaba. No podía casarme con esa mujer. Ni podía. Una vez reconocido, el pensamiento arraigo con profundidad, hundiendo sus garras en cada fibra de mi ser. Tenía que haber otra manera… cualquier otra…
Sus dedos pequeños y cálidos presionaron los míos. Alcé la vista y encontré unos ojos marrones con un tono amarillo penetrantes. Mas marrones que amarillos. De acero. Reflejando el agua del Doleur. Ella trago saliva y asintió de un modo casi imperceptible.
En ese momento, lo comprendí. La duda, la vacilación, el duelo por un futuro que nunca tendría, también le pertenecían a ella. La arpía había desaparecido. Ahora, solo había una mujer. Y era pequeña. Y estaba asustada. Y era fuerte. Y me pedía que yo también lo fuera. No sé por qué lo hice. Era una ladrona, una criminal y no le debía nada. Ella había arruinado mi vida arrastrándome a ese escenario. Si aceptaba, estaba seguro de que continuaría haciéndolo. Pero, de todos modos, le devolví el gesto y aprete sus dedos. Sentí la palabra ínfima brotar de mis labios espontáneamente.
-Acepto.
El arzobispo la miro. Mantuve la presión en nuestras manos, con cuidado se no apretar de más.
- ¿Cómo te llamas? -Pregunto el con brusquedad-. ¿Tu nombre completo?
-Kagome Higurashi Larue.
Fruncí el ceño. Larue. Era un apellido común entre los criminales del East End, pero en general era un seudónimo. Significaba literalmente calle.
- ¿Larue? – El arzobispo la miro con desconfianza, haciendo eco de mis dudas-. Debes saber que, si ese nombre es falso, tu matrimonio con el capitán Diggory será anulado. No necesito recordarte que destino te espera si eso ocurre.
-Conozco la ley.
-Bien. -Sacudió la mano-. Kagome Higurashi Larue. ¿aceptas a este hombre como esposo, para vivir juntos bajo el mandato de Dios en sagrado matrimonio? ¿prometes obedecerle y servirle, amarlo y acompañarlo en la salud y en la enfermedad y ser fiel solo a el hasta que la muerte os separe?
Veía el resoplido en el rostro de la chica, pero lo reprimió y, y en cambio, pateo un cumulo de arena hacia los pájaros. Las aves se dispersaron con alaridos de alerta. Un nudo apareció en mi garganta cuando la paloma alzo el vuelo.
-Acepto.
El arzobispo continuo sin pausas.
-Por el poder que me ha sido conferido, os declaro marido y mujer en el nombre del padre, Hijo y del Espíritu santo. -Hizo una pausa y cada musculo en mi cuerpo se tensó, esperando la siguiente frase. Como si leyera mis pensamientos, el me lanzo una mirada crítica. Mis mejillas ardieron de nuevo.
-En palabras del señor, nuestro Dios – Unió las manos e inclino la cabeza-: Mejores son dos que uno… porque si cayeren, el uno levantara a su compañero; pero ¡ay del solo!, que cuando cayere, no abra segundo que lo levante. Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirían. Un cordón de tres dobleces no se rompe pronto. -Enderezo la espalda con una sonrisa lúgubre-. Este hecho que el hombre no separe lo que dios ha unido. Firmaremos el certificado de matrimonio cuando regresemos y el asunto quedaría resuelto.
Avanzo hacia el carruaje que lo esperaba, pero se detuvo en seco y se giró.
-Es necesario consumar el matrimonio para que sea vinculante legalmente.
Ella se puso rígida a mi lado y miro con determinación al arzobispo: boca tensa, ojos tensos. El calor recorrió mi cuerpo. Mas cálido y feroz que antes.
-Si, su eminencia.
El asintió, satisfecho, y subió el carruaje. Bankotsu subió después y me guiño un ojo. Como si fuera posible, mi humillación aumento y se expandió.
-Bien. -El arzobispo cerró la puerta del carruaje de un golpe-, Asegúrate de hacerlo rápido. Un testigo visitara tu habitación más tarde para confírmalo.
Mi estomago dio un vuelco mientras el desaparecía por la calle.
Continuara…
Pd: ¿qué les pareció el capítulo de hoy? xD
Gracias por seguir leyendo esta historia y dejándome Reviews x)
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