Buenas aquí les dejo una adaptación de un libro que me gusto, los personajes de inuyasha no me pertenecen ni la historia ni los personajes del libro espero que les guste

Asesino de brujas

Libro 1

La bruja blanca

(poco a poco, el pájaro construye su nido)

Cap-11

El Interrogatorio

Inu

Me desperté mucho antes que mi esposa. Tenso. Dolorido. Acalambrado por una noche de sueño esporádico en el suelo. Aunque había discutido conmigo mismo, y razonando con vehemencia que ella había escogido sufrir en la bañera, no había podido dormir en la cama. No cuando ella estaba herida. No cuando ella podía despertar en mitad de la noche y cambiar de opinión.

Le ofrecí la cama. La cama era suya.

Me arrepentí de mi caballerosidad en cuanto entre en el patio de entrenamiento. La noticia de mi nueva situación se había propagado por la torre. Cada hombre se acercó a saludarme con un brillo decidido en los ojos. Cada uno espero con impaciencia su turno y me ataco con agresividad inusual.

-Noche larga, ¿eh, capitán? -dijo con desdén mi primer compañero después de golpear mi hombro.

El siguiente logro golpearme las costillas. Me fulmino con la mirada.

-No está bien. Una criminal duerme a tres habitaciones de mí.

Bankotsu sonrió con sonora.

-Creo que no habéis dormido mucho.

-Podría cortarnos la garganta.

-Anda con brujas.

-No está bien.

-No es justo.

-He oído que es una prostituta.

Hundí la empuñadura de mi espada en la cabeza del último y cayó al suelo. Extendí los brazos y gire con lentitud en el circulo. Desafiando a cualquiera que se atreviera a enfrentarse a mí. La sangre brotaba de un corte en mi frente.

- ¿Alguien más tiene un problema con mi nueva situación?

Bankotsu estallo en carcajadas. El en particular parecía disfrutar mi juicio, la sentencia y la ejecución… hasta que entro en el área de combate.

-Dame lo mejor que tengas, viejo.

Solo era tres meses mayor que él.

Pero incluso golpeado, exhausto, viejo, moriría antes de rendirme ante Bankotsu.

La lucha duro unos pocos minutos. Si bien él era rápido y ágil, yo era más fuerte. Después de un buen golpe, él también se derrumbó, sujetándose las costillas. Limpie la sangre de mi labio recién partido antes de ayudarlo a incorporarse.

-Tendremos que interrumpir tu bendición conyugal para interrogarla sobre Tremblay. Te guste o no, los hombres tienen razón.

-Toco la hinchazón bajo su ojo con cautela-. Ella anda con brujas.

El arzobispo cree que podría llevarnos a ellas.

Estuve a punto de poner los ojos en blanco. El arzobispo me había transmitido sus esperanzas, pero no se lo había dicho a Bankotsu. El disfrutaba de sentirse superior.

-Lo se.

Las espadas de madera aun chocaban y los cuerpos colisionaban entre si mientras nuestros hermanos continuaban entrenando alrededor. Nadie más se acercó, pero me miraban con disimulo entre rondas. Hombres que ates me respetaban. Hombres que se habían reído y bromeado conmigo y me habían llamado amigo.

En pocas horas, me había convertido en el objeto de rechazo de mi esposa y en la excoria de mis correligionarios. Ambas cosas dolían más de lo que quería admitir.

El desayuno había sido peor. Mis compañeros no me habían permitido comer bocado. La mitad había estado demasiado ansiosa por oírlo todo sobre mi noche de bodas y la otra me había ignorado deliberadamente.

¿Cómo ha ido?

¿lo has disfrutado?

No le digas al arzobispo, pero… una vez lo intente. Se llamaba Enju.

Por supuesto que en realidad yo no había querido consumar el matrimonio. Con ella. Y mis hermanos… entrarían en razón. Una vez que entendieran que no me iría a ninguna parte. Lo cual era cierto.

Atravesé el patio y lancé mi espada en el estante. Los hombres abrían paso para mí a oleadas. Susurros mordisqueaban mi espalda. Para mi irritación, Bankotsu no tenía escrúpulos. Me seguía como una plaga de langostas.

-Debo confesar que estoy deseado verla de nuevo. -Garantizo que su espada aterrizara sobre la mía-. Después del espectáculo en la playa, creo que nuestros hermanos disfrutaran su compañía.

Hubiera preferido las langostas.

-Ella no es así. -Emití mi desacuerdo en voz baja.

Bankotsu prosiguió como si no me hubiera oído.

-Ha pasado tiempo desde que una mujer estuvo en la torre.

¿Cuál fue la última? ¿La esposa del capitán Barre? No era digna de ver. La tuya es más bonita.

-Agradeceré que no hables de mi esposa. -Los susurros aumentaron a nuestras espaldas cuando nos aproximamos a la torre.

Las risas desinhibidas resonaron por el patio cuando entramos.

Aprete los dientes y fingí que no podía oírlos-. Lo que ella sea a no sea no es asunto tuyo.

El alzo las cejas al responder.

¿Qué es esto? ¿Detecto posesividad? Sin duda no has olvidado al amor de tu vida tan fácilmente, ¿no?

Kikyo. Su nombre atravesó mi cuerpo como un cuchillo dentado. Por la noche, le había escrito una última carta. Ella merecía oír lo que había pasado de mi boca. Habíamos… terminado. De verdad esta vez. Intente en vano tragar el nudo de mi garganta.

Por favor, por favor, olvídame.

Nunca podría olvidarte.

Debes hacerlo.

La carta había sido enviada por correo al amanecer.

- ¿Se lo has contado? -Bankotsu pisaba mis talones, era lo suficientemente alto como para igualar mis pasos-. ¿Has ido a verla?

¿Has tenido una última reunió con tu dama?

No respondí.

-No estará contenta; ¿verdad? Es decir, habías elegido no casarte con ella…

-No molestes, Bankotsu.

-…y, sin embargo, has contraído matrimonio con una asquerosa rata callejera que te ha engañado y te ha puesto en una situación comprometida. ¿O no? -Sus ojos brillaron y sujeto mi brazo. Me puse tenso, anhelando romper el contacto. O su nariz-. Es inevitable que uno se pregunte… ¿Por qué el arzobispo te ha obligado a contraer matrimonio con una criminal si eres inocente?

Aparte el brazo con brusquedad. Luche por controlar la furia que amenazaba con estallar.

-Soy inocente.

Toco de nuevo la hinchazón bajo su ojo y curvo el labio en una sonrisa burlona.

-Claro que lo eres.

- ¡Allí estas! -la voz cortante del arzobispo lo precedió en el vestíbulo. Al unísono, alzamos los puños sobre nuestros corazones e hicimos una reverencia. Cuando nos incorporamos, el arzobispo poso la mirada en mi-. Bankotsu me ha informado de que interrogaras a tu esposa hoy acerca de la bruja en la casa de tremblay.

Asentí con brusquedad.

-por supuesto, me informaras de cualquier avance. Sujeto mi hombro con una camaradería que, probablemente, enloquecía a Bankotsu -. Debemos vigilarla, capitán Diggory, para evitar que se destruya a sí misma… y a ti. Iría al interrogatorio, pero…

Aunque dejo de hablar, el significado fue evidente. No la soporto. Lo entendía.

-Si señor.

-Búscala. Estaré en mi estudio preparándome para la misa de la tarde.

Ella no estaba en nuestra habitación.

Ni en la lavandería.

Ni en la torre.

Ni en la catedral.

Iba matarla.

Le había dicho que permaneciera allí. Le había dado argumentos, razones fáciles de comprender, y aun así ella había desobedecido. Aun así, se había ido. Y ahora quien sabría en que estupidez ridícula estaba metida… estupideces ridículas que afectarían a mi persona. Un marido que no podía controlar a su propia mujer.

Furioso, tome asiento en mi escritorio y espere. Recité en mi mente cada versículo que pude vinculado a la paciencia.

Guarda silencio ante el señor y esperarlo con paciencia; no te irrites ante el éxito de otros, ante los que maquinan planes malvados.

Por supuesto que se había ido. ¿Por qué no? Era una criminal.

Un juramento no significa nada para ella. Mi reputación no significaba nada para ella. Incline el torso hacia adelante en mi silla. Me presione los ojos con las palmas de las manos para aliviar la presión creciente en mi cabeza.

Abandona la ira y deshecha el enojo; no te enfurezcas: solo te llevara a hacer el mal. Porque los milagros serán exterminados, más los que esperan en el señor heredaran la tierra.

Pero su rostro, sus magulladuras.

Tengo muchos enemigos.

Sin duda ser mi esposa no podía ser peor que eso, ¿Verdad? Aquí seria cuidada. Protegida. Tratada mejo de lo que merecía. Y, sin embargo… una voz lúgubre en lo profundo de mi mente susurro que quizás era bueno que ella se hubiera marchado. Quizás eso resolvía un problema. Quizás…

No. Había hecho una promesa ante esa mujer. Ante Dios. No la rompería. Si no volvía en

Una hora, iría a buscarla: buscaría en toda la ciudad de ser necesario. Si no tenía mi honor, no tenía nada. Ella no me lo quitaría. No lo permitiría.

-Vaya, esto es una gran sorpresa.

Alce la cabeza rápido ante la voz familiar. El alivio inesperado recorrido mi cuerpo. Porque allí, apoyada contra el marco de la puerta y sonriendo, estaba mi esposa. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y debajo de su capa vestía… vestía…

- ¿Qué te has puesto? -Me erguí deprisa y miré su rostro, decidido.

Ella miro sus muslos, visibles y formados, y abrió más la capa con el roce de la mano. Relajada. Como si no supiera lo que hacía.

-Creo que se llaman pantalones. Sin duda has oído hablar de ellos.

-Yo… -Sacudiendo la cabeza, me obligue a centrar la atención en otra parte, a mirar cualquier cosa menos sus piernas-. Espera, ¿de qué sorpresa hablabas?

Entro más en la habitación y deslizo un dedo sobre mi brazo al pasar.

-Ahora eres mi esposo, cariño. ¿Qué clase de esposa seria si no pudiera hablar tu idioma?

- ¿Mi idioma?

-El silencio. Eres bueno en eso. -Después de lanzar su capa a un lado, se tiro sobre la cama y alzo una pierna en el aire para observarla. Clave los ojos en el suelo-. Aprendo rápido. Te he conocido hace solo unos días, pero ya puedo interpretar el silencio furioso, levemente dubitativo y preocupado en el que te has sumido toda la mañana. Me conmueves.

Abandona la ira. Afloje la mandíbula y fulmine con la mirada el escritorio.

- ¿Dónde has estado?

-He ido a comprar un pastel.

Desecha el enojo. Me aferre al respaldo de la silla. Demasiado fuerte. La madera se hundió en la punta de mis dedos y mis nudillos se volvieron blancos.

- ¿Un pastel?

-Si, un pastel. -Se quito las botas de los pies. Cayeron al suelo con dos golpes sordos-. Me quede dormida, probablemente porque alguien me despertó al jodido…

-Cuidado con esa lengua…

-…amanecer. -Extendió el cuerpo de modo relajado y se recostó sobre las almohadas. Sentía un dolor intenso en mis dedos debido a la fuerza con la que aferraba la silla. Respiré hondo y la solté-. Un paje me trajo un vestido bastante poco agraciado esta mañana… uno de las criadas, con un cuello que llegaba hasta mis orejas, para que vistiera hasta que alguien pudiera ir al mercado. Nadie lo considero una prioridad, así que convencí al niño para que me diera el dinero que el arzobispo había destinado a mi guardarropa y me tome la libertad de comprar las predas yo misma. Entregaran el resto esta tarde.

Vestidos. Era para comprar vestidos… no esa creación profana.

Esos pantalones no se parecían en nada al par sucio que llevaba antes.

Era evidente que los que llevaba puestos había sido hechos a medida con el dinero del arzobispo. Le quedaban como una segunda piel.

Despeje mi garganta. Mantuve el contacto visual con el escritorio.

-Y los guardias… han permitido que… - ¿Saliera? Claro. Teníamos la impresión de que esto no era una condena en prisión.

Abandona la ira. Me gire despacio.

-Te dije que permanecieras en la torre.

En ese momento, me arriesgue a mirarla. Error. Ella había alzado las rodillas y había cruzado una pierna sobre la otra. Exhibiendo cada curva de su tren inferior. Trague con dificultad y obligue a mis ojos a volver al suelo.

Sabía lo que hacía. Demonio.

- ¿Y esperabas que hiciera caso? -Se rio. No: se rio por lo bajo-. Siendo sincera, chass, ha sido demasiado fácil irme. Los guardias en la puerta casi me han suplicado que lo hiciera. Deberías haber visto sus expresiones al verme volver…

- ¿Por qué lo has hecho? -las palabras salieron antes de que pudiera evitarlo. Grite internamente. No me importaba. No tenía importancia. Lo importante era que ella me había desobedecido. En cuanto a mis hermanos… debería hablar con ellos. Con claridad.

Nadie aborrecía la presencia de la pagana más que yo, pero el arzobispo había dado órdenes. Ella se quedaría. En la riqueza y en la pobreza. En la salud y en la enfermedad.

-Te lo dije, Chass. -Su voz se volvió inusualmente baja y me atreví a mirarla de nuevo. Había puesto su cuerpo de lado y me miraba directamente a los ojos, con el mentón en la mano y el brazo suelto sobre su cintura-. Tengo muchos enemigos.

Su mirada no vacilo. Su rostro permaneció inexpresivo. Por primera vez desde que la había conocido, la emoción no brotaba de su ser. Estaba… en blanco. Cuidadosa y hábilmente en blanco. Alzo una ceja ante mi observación. Una pregunta silenciosa. Pero no era necesario preguntar para confirmar lo que ya sospechaba. Por más estúpido que fuera creer en la palabra de una ladrona, no había una explicación mejor que justificara su vuelta. No quería admitirlo, pero era astuta. Una experta en el arte de escapar. Probablemente imposible de encontrar una vez oculta. Lo cual significaba que estaba allí porque quería. Porque lo necesitaba. Sus enemigos debían de ser peligrosos.

Rompí nuestro contacto visual para mirar el poste de la cama.

Concéntrate.

-Me has desobedecido -repetí-. Te lo dije que permanecieras en la torre y no lo has hecho. Has roto mi confianza. -puso los ojos en blanco y si mascara se rompió, intente reavivar mi ira, pero no ardía con la misma intensidad-. Los guardias estarán más atentos, en especial después de que el arzobispo sepa de tu indiscreción. No estará contento…

-Un bonus inesperado…

-Y permanecerás recluida en los pisos inferiores -concluí apretando los dientes-. Los dormitorios y la despensa.

Se incorporo, la curiosidad ardía en sus ojos marrones.

- ¿Qué había en los pisos superiores?

-No es asunto tuyo. -Camine hasta la puerta sin mirarla y suspire aliviado cuando una criada paso por allí-. ¡Bridgette! ¿Podría mi esposa, em, tomar prestado un vestido tuyo? Lo devolveré a primera hora mañana. -Ella asintió, ruborizada, y se marchó a toda prisa-. Tendrás que cambiarte. Iremos a la sala del consejo y no puedes vestir eso afrente a mis hermanos.

No se movió.

- ¿Tus hermanos? ¿Y que querrían ellos de mí?

Debía de ser físicamente imposible para esa mujer someterse a su esposo.

-Quieren hacerte unas preguntas acerca de tu amiga bruja.

Su respuesta llego de inmediato.

-No me interesa.

-No era una petición. En cuanto estes vestida de modo apropiado, iremos.

-No.

La fulmine con la mirada un segundo entero esperando que cediera, que demostrara tener la docilidad propia de una mujer, antes de comprender quien era ella.

Kagome. Una ladrona con nombre raro.

-De acuerdo. Vamos.

No espere que me siguiera. Sinceramente, no sabía que haría si no lo hacía. El recuerdo del arzobispo golpeándola cruzo mi mente y el calor que recorría mi cuerpo ardió con intensidad. Eso no ocurriría de nuevo. Aunque estuviera maldita, aunque se negara a ori siquiera una palabra dicha por mí, nunca le levantaría la mano.

Nunca.

Lo cual hizo que deseara con fervor que me siguiera. Después de unos segundos, oí pasos suaves detrás de mí en el pasillo. Gracias a Dios. Fui lento para que pudiera alcanzarme.

-Por aquí -susurre, guiándola por una escalera. Con cuidado de no tocarla-. Al calabozo.

Alzo la vista hacia mí, alarmada.

- ¿Al calabozo?

Estuve a punto de reír. A punto.

-La sala del consejo estaba allí abajo.

Me apresure a llevarla por otro pasillo. Por una escalera más pequeña y empinada. Las voces cortantes llegaron a nosotros mientras bajábamos. Abrí la puerta de madera sin pulir al pie de la escalera y le indiqué que entrara.

Varios de mis compañeros estaban de pie discutiendo alrededor de una mesa circular en medio de la sala. Trozos de pergaminos cubrían la mesa. Recortes del periódico. Bocetos de carboncillo.

Debajo de todo había un mapa enorme de Belterra. Cada cadena montañosa, cada pantano, bosque y lago, había sido dibujado con cuidado y precisión con tinta. Cada ciudad y cada punto de referencia.

-Vaya, vaya, si es la ladroncita. -Bankotsu la miro con interés entusiasta. Rodeo la mesa para observarla de cerca-. Ha venido por fin a bendecirnos con su presencia.

Pronto, los demás lo siguieron, ignorándome por completo.

Aprete los labios, inesperadamente molesto. No sabía que me perturbaba más: si el hecho de que mi esposa vistiera pantalones, que mis hermanos la miraran o que eso me importara.

-Tranquilo, Bankotsu. -Avance y me detuve tras ella-. Ha venido a ayudar.

- ¿Sí? Creía que las ratas callejeras valoraban la lealtad.

-Así es -dijo ella de modo inexpresivo. El alzo la ceja.

-Entonces ¿te niegas a ayudarnos?

Compórtate, suplique en silencio. Coopera.

Por supuesto, no lo hizo. En cambio, camino hacia la mesa y miro los recortes de papel. Supe sin mirar lo que vio. Un rostro dibujando cientos de veces. De cientos de maneras. Burlándose de nosotros.

La Dame des Sorcieres. La Dama de las Brujas.

Incluso el nombre era irritante. No parecía en absoluto la anciana del desfile. Tampoco la madre de cabello negro. Su cabello ni siquiera era negro en su estado natural, sino de un rubio peculiar. Prácticamente blanco. O plateado.

Bankotsu siguió la mirada de Kagome.

- ¿Conoces a Tsubaki le Blanc?

-Todos la conocen. -Ella alzo el mentón y lo fulmino con la mirada-. Incluso las ratas callejeras.

-Si nos ayudas a llevarla a la hoguera, todo te será perdonado -dijo Bankotsu.

- ¿Perdonado? -Ella alzo una ceja e inclino el cuerpo hacia adelante, plantando sus dedos vendados juntos sobre la nariz de Tsubaki le Blanc-. ¿El que exactamente?

-Haber humillado en público a inuyasha. -Bankotsu imito el gesto de Kagome, endureciendo su expresión-. Haberlo obligado a manchar su nombre, su honor como Chasseur.

Mis hermanos sintieron en acuerdo, balbuceado en voz baja.

-Es suficiente. -Para mí horror, apoye la mano en el hombro de Kagome. La mire: grande y extraña sobre su complexión delgada. Parpadee una, dos veces. Luego, la retire e intente ignorar la mirada peculiar de Bankotsu. Despejé mi garganta-. Mi esposa está aquí para testificar contra la bruja en casa de Tremblay. Nada más.

Bankotsu alzo las cejas con escepticismo cordial, quizás entretenido, antes de extender una mano hacia ella.

-Entonces, por favor, madame Diggory, ilumínenos.

Madame Diggory.

Tragué con dificultad y me situé junto a ella en la mesa. Aún no había oído el título en voz alta. Escuchar las palabras… era extraño. Real.

Ella frunció el ceño y aparto la mano.

-Me llamo Kagome.

Y lo volvería hacer. Mire el techo, intentando en vano ignorar los susurros.

- ¿Qué sabes de las brujas? -pregunto Bankotsu.

-No muchos. -Ella deslizo un dedo sobre la serie de X y círculos que marcaba la topografía del mapa. La mayoría estaba concertada sobre la Foret des Yeux. Un círculo por cada pista que hacíamos recibido diciendo que había brujas viviendo en las cuevas de allí.

Una X por cada misión de reconocimiento que no había llevado a nada.

Una sonrisa lúgubre apareció en la boca de Bankotsu.

-Creo que sería bueno para usted cooperar, madame. De hecho, es solo por la intervención del arzobispo que está aquí, intacta, en vez de desparramada por el reino en forma de cenizas. Ayudar a una bruja y ser su cómplice es ilegal.

El silencio tenso apareció mientras ella miraba de cara en cara, decidiendo si estaba de acuerdo o no. Acababa de abrir mi boca para guiarla en la dirección correcta cuando ella suspiro.

- ¿Qué queréis saber?

Parpadee, atónito ante su prudencia repentina, pero Bankotsu no se detuvo a disfrutar el momento. En cambio, ataco.

- ¿Dónde se esconden?

-Como si ella me lo hubiera dicho.

- ¿Quién es ella?

Kagome sonrió.

-Una bruja.

-Su nombre.

-Alexandra.

- ¿Su apellido?

-No lo se. Trabajamos con discreción en el East End, incluso entre amigos.

Sentí repulsión ante la palabra, la indignación me invadió.

-De verdad… ¿consideras a una bruja una amiga?

-Si.

- ¿Qué le ha ocurrido? -pregunto Bankotsu.

Ella miro alrededor, de pronto rebelde.

-Vosotros llegasteis.

-Explícate.

-Cundo nos atraparon en casa de Tremblay, huimos -replico ante Bankotsu-. No sé a dónde fue ella. No sé ni siquiera si la vere de nuevo.

Bankotsu y yo compartimos una mirada. Si decía la verdad, estábamos en un callejón sin salida. Sin embargo, por el poco tiempo que había pasado con ella, sabía que no decía la verdad. Era probable que no fuera capaz de hacerlo. Pero tal vez había otra manera de obtener la información que necesitábamos. Sabía que no era lo mejor preguntar por el nombre de su trio:

El que había escapado, a quien los guardias buscaban incluso ahora, pero sus amigos…

Si ellos conocían a mi esposa, tal vez también conocían a la bruja. Y Valia la pena interrogar a cualquiera que conociera a la bruja.

-Tus enemigos -dije con cautela-, ¿son enemigos de la bruja también?

-Tal vez.

- ¿Quiénes son?

Ella clavo la mirada en el mapa.

-No saben que es bruja, si es lo estáis pensando.

-De todos modos, quiero sus nombres.

-Bien. -Se encogió de hombros, aburrida, y comenzó a contar nombres con los dedos-. Son Hiten y Manten, madame Izayoi…

- ¿Madame Izayoi? -Fruncí el ceño al recordar la familiaridad con la que la mujer trataba a Tremblay la noche del robo. Ella había afirmado que su presencia había sido accidental, pero… Me puse tenso al comprenderlo.

El sello en la información que había recibido el arzobispo (la carta que había lanzado al fuego) tenía forma de rosa. Y la descripción balbuceante de Hojo sobre la infórmate había sido clara: tenía el cabello negro intenso y era muy… hermosa.

Tal vez la presencia de madame Izayoi no había sido una coincidencia después de todo. Talvez ella sabía que la bruja estaría allí. Y si eso era cierto…

Compartí una mirada significativa con Bankotsu, quien frunció los labios y asintió mientras también hacia la conexión. Hablaríamos muy pronto con madame Izayoi.

-Si. -la pagana hizo una pausa para arañar los ojos de Tsubaki le Blanc con una uña. Me sorprendió que dibujara un bigote con el carboncillo-. Ella intenta contratarnos para Bellerose cada pocas semanas. Siempre la rechazábamos. Eso le enloquece de furia. Bankotsu rompió el silencio, muy entretenido.

-Entonces, de verdad eres una prostituta.

Había cruzado el límite.

-No llames prostituta a mi esposa -gruñí en voz baja.

El alzo las manos a modo de disculpa.

-Claro. Que vulgar por mi parte. Prosiga con el interrogatorio, capitán… a menos que crea que necesitaremos los aplasta pulgares.

Ella lo iro con una sonrisa de acero.

-No será necesario.

La mire de modo incisivo.

- ¿No?

Extendió la mano y acaricio mi mejilla.

-Estaré más que feliz de continuar… siempre y cuando digas [por favor]

Si no la hubiera conocido, el gesto habrías sido cariñoso. Pero la conocía. Y aquello no era afecto. Era condescendencia. Incluso allí, rodeada de mis hermanos, se atrevía a provocarme. A humillarme. Mi esposa.

No: kag. Ya no podía negar que el nombre le quedaba como un guante. Un nombre de una canción infantil. Corto. Fuerte. Ridículo.

Tome su mano y la aparte… una advertencia mitigada por mis mejillas ardientes.

-Enviaremos hombres a interrogar a esos enemigos de los que hablas, pero primero, necesitaremos saber todo lo que ocurrió esa noche. -Hice una pausa a regañadientes, ignorando los murmullos furiosos de mis favor.

Una sonrisa realmente aterradora aprecio en su rostro.

Continuara…

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