Mente tóxica Parte 5
Luis no perdió el tiempo. Con un movimiento decidido, levantó la pierna diestra y pateó la puerta de la Casa Búho. La madera cedió con un crujido ensordecedor, y la puerta se abrió de golpe.
—¡Hoot, hoot! —gritó Hooty, indignado—. ¡Oye! ¡¿Qué rayos te...?!
Antes de que pudiera seguir hablando, Luis lo agarró firmemente por debajo del pico con su mano izquierda, forzándolo a callar.
—Ni empieces, gusano emplumado —gruñó con desprecio—. ¿Dónde está Eda?
—¡Está dormida en su habitación! —gimoteó Hooty—. ¡Suéltame! ¡No puedo respirar!
Luis lo soltó con brusquedad, haciendo que Hooty jadee ruidosamente al recuperar el aliento.
—¡Por los vellos de mi nariz y mis piernas! —exclamó Eda mientras aparecía en la sala. Sus ojos entrecerrados y su cabello blanco, completamente revuelto, dejaban claro que acababa de levantarse—. ¿Qué es todo este escándalo?
Luis no se detuvo en explicaciones. Junto con Matt, bajó a Lusine de la carreta que aguardaba afuera. Con movimientos precisos y cuidadosos, la llevaron al interior y la depositaron en el gran sofá de la sala.
Eda los observó, parpadeando mientras trataba de procesar la escena frente a ella.
—¿Pero...?
Luis no le dio oportunidad de seguir.
—Tenemos un problema, bruja —dijo con tono grave, mientras se quitaba la máscara de cráneo de caballo, revelando su rostro—. Resulta que la lutrina descerebrada y nuestra "madre" están atrapadas en la mente de nuestra "hermana". Necesitamos una poción de teletransportación para sacarlas de allí.
La expresión de Eda se transformó al instante. El agotamiento y la confusión se desvanecieron, dando paso a una seriedad gélida, esa que reservaba únicamente para los momentos verdaderamente críticos.
—En camino —declaró con firmeza, apurando el paso hacia la chimenea, donde un libro de pociones y varias botellas aguardaban en desorden. Sin embargo, se detuvo en seco al cruzar la mirada con Matt, sus ojos escudriñándolo con una intensidad desconcertante—. Oye... ¿Tú no eres...? —preguntó, dejando que la frase colgara en el aire mientras el nerviosismo comenzaba a delatar a Matt.
Luis, siempre al acecho, dejó escapar una sonrisa afilada y cargada de malicia.
—Exacto, bruja. Pero no te preocupes... —dijo, pausando lo justo para que sus palabras adquirieran un peso amenazante—. Él ya está en su sitio.
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En el parque de las Islas Hirvientes, los restos del conflicto hablaban del caos reciente. Angmar, Bria y Gavin yacían apenas conscientes, sus cuerpos marcados por quemaduras y rasguños. Los Abomigatos, ahora calmados pero vigilantes, los rodeaban con movimientos sigilosos. De vez en cuando, uno de ellos bufaba, mostrando sus colmillos afilados como una advertencia para que no intentaran moverse.
Gavin murmuró entre dientes, su voz cargada de frustración:
—Tú…
Bria jadeó, apretando los dientes mientras el dolor en su costado la hacía temblar.
—¡Maldita Hexidiana!
Angmar, por su parte, sollozaba ligeramente, incapaz de disimular su pánico:
—…gatitos… lindos gatitos…
Amity avanzó dando saltitos entre los cuerpos derrotados, su expresión dulce y juguetona contrastaba con la tensión del lugar. A medida que se acercaba a Lusine, los Abomigatos se dispersaban ligeramente, despejando el camino hacia ella. Lusine estaba de rodillas en el suelo, con las manos apoyadas frente a ella como si intentara sostenerse. Aunque ilesa, su respiración era irregular, y sus hombros temblaban por el esfuerzo.
Amity se detuvo a unos pasos de distancia, observándola sin cambiar su expresión. Su voz, cuando rompió el silencio, fue suave y dulce:
—Lo siento, Ciruelita, pero solo me defendí.
Lusine no levantó la vista de inmediato. Permaneció inmóvil durante unos instantes, procesando las palabras de Amity. Finalmente, levantó lentamente la cabeza; sus ojos enrojecidos se encontraron con los de su ex. Había un brillo de fatiga y dolor en su mirada, pero también una chispa de algo más profundo: una mezcla de incredulidad y amarga reflexión.
Amity se arrodilló frente a ella, soltando una suave risita mientras una dulce sonrisa iluminaba su rostro. Aunque sus ojos brillaban con una mezcla de emoción, no había tristeza en su expresión, solo una calma serena.
—Ahora lo entiendo. Lo de nosotras ya no tiene remedio. Sería muy tontín de mi parte intentar convencerte de que volvamos.
Lusine entornó los ojos, evaluando cada palabra con la minuciosidad de alguien que busca una grieta en la armadura del otro. Finalmente, su voz surgía, cargada de ironía y desdén:
—¡Cínica! Esa humana tenía razón. ¿Ni siquiera vas a pedirme una segunda oportunidad? ¿Nuestra primera pelea y ya te rindes? ¿Por qué?
Amity cerró los ojos, aunque su sonrisa permanecía intacta. Dio un paso atrás, sacudiendo la cabeza como si acabara de tomar una decisión importante. Cuando volvió a abrir los ojos, había un brillo distinto en ellos, una mezcla de desafío y anhelo. Golpeó suavemente el suelo con el taco de su bota derecha, marcando un ritmo rápido y constante.
—Tal vez soy una cobarde cuando se trata del amor, o tal vez solo...
Amity se río suavemente, sacudiendo la cabeza como si de pronto hubiera tenido una epifanía. Dio un paso atrás, girando sobre sí misma, y de la nada, empezó a cantar:
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No quiero ser una cuerda apretada,
Mejor una loca desenfrenada.
No me freno,
No me retengo.
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Al entonar las primeras palabras, sus caderas comenzaron a moverse con un ritmo fluido, marcando el compás de la música. Giró con fuerza, su torso acompañando cada nota en un movimiento que se transformó en un salto impresionante. Cuando aterrizó, sus tacones golpearon el suelo con un zapateo potente, resonando como una declaración de independencia.
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¿Qué me importa lo que otros dirán?
Mi cuerpo hierve como el agua del mar.
No me freno,
No me retengo más.
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Lusine la miraba incrédula, sus ojos reflejando una mezcla de fascinación y desconcierto mientras Amity golpeaba el suelo con sus tacones, cada nota resonando como un desafío directo. Amity extendió los brazos hacia el aire, abrazando la melodía con cada fibra de su ser.
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Suelto ese pudor,
El que solo me atrapó.
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Las caderas de Amity seguían el ritmo con precisión, sus movimientos vibrantes llenos de confianza. Sus manos, con un gesto provocador, se deslizaban por su cuerpo, marcando cada compás con una actitud desafiante.
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Quiero charlar, jugar
y/o hasta intimar,
con quien yo elija.
Sea chico o chica,
Vivir en libertad
Y jamás escuchar
Tienes que parar,
Tienes que parar.
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Con cada palabra, sus pasos se volvieron más firmes, sus movimientos más audaces. Dio una vuelta completa, sus brazos extendidos como si buscara romper las barreras que la contenían. La intensidad de la canción parecía crecer con ella, mientras cada gesto transmitía una mezcla de desafío y liberación.
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No quiero reprimir lo que me llama,
Dejar atrás la culpa y el trauma.
No me freno,
No me retengo más.
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Al llegar al clímax de la canción, Amity elevó los brazos hacia el cielo, inclinando el torso hacia atrás como si buscara enfrentarse a todo lo que la había retenido hasta ahora.
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Suelto ese pudor,
El que solo me atrapó.
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Sus pies golpearon el suelo con fuerza, un ritmo vibrante que acompañaba la pasión de su voz.
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Quiero charlar, jugar
y/o hasta intimar,
con quien yo elija.
Sea chico o chica,
Vivir en libertad
Y jamás escuchar
Tienes que parar,
Tienes que parar.
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Finalmente, Amity se detuvo en seco, su cuerpo en tensión, con los brazos extendidos hacia adelante como si estuviera rompiendo cadenas invisibles. Cerró los ojos, y con un grito cargado de emoción y poder, remató:
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¡TIENES QUE PARAAAAAAAR!
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La última palabra quedó suspendida en el aire, resonando como una declaración de absoluta libertad.
Amity permaneció de pie, con los brazos extendidos y el pecho alzado, como si su cuerpo fuera el eco viviente de su última nota. Lentamente, bajó los brazos y abrió los ojos. Sus iris amarillos brillaban con una intensidad que atravesaba cualquier fachada que Lusine pudiera mostrar, desnudando hasta las capas más profundas de su ser.
Dio un paso adelante, acortando la distancia que las separaba. Su voz, juguetona pero teñida de una sinceridad desarmante, rompió el silencio:
—Lamento que te hayas enterado de esta manera, Ciruelita, pero así soy yo, ¡y así seguiré siendo!
Se detuvo, sonriendo y tomando una profunda bocanada de aire antes de añadir con tono travieso:
—Ahora, si me disculpas, me voy a dar una vueltita por alguna que otra librería. ¡Hoy sale el libro de mi nueva amigui! ¡Bye-longuito!
Luego, giró sobre sus tacones con gracia, y comenzó a alejarse, dando pequeños saltitos. Con un chasquido de los dedos de su mano derecha, los Abomigatos se desvanecieron en el aire, como si nunca hubieran existido, dejando solo un fugaz destello púrpura que se disipó rápidamente.
Lusine permaneció inmóvil, como si el peso de las palabras de Amity y la repentina desaparición de los Abomigatos la hubieran clavado al suelo, inmóvil en su propio remolino de pensamientos.
Mientras la diminuta conciencia de Lusine se escabullía tras ellas para escapar del recuerdo, Luz y Camille intercambiaron una mirada en silencio. El aire, denso con incertidumbre, las envolvía, dejando en suspenso si debían reír o llorar.
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Camille, tras ayudar a Luz a salir, fue la primera en romper el silencio, esbozando una ligera sonrisa mientras la miraba.
—Bueno, parece que le hiciste un favor a mi hija y a su ex. Las salvaste de una posible relación tóxica. Una chica promiscua y una adicta... es una combinación, ¿cómo decirlo? ...explosiva.
De repente, antes de que Luz pudiera decir algo, unas cadenas negras como la noche irrumpieron en el aire y, con rapidez, la envolvieron, inmovilizándola de pies a cabeza.
—¡Mija! —exclamó Camille, dando un paso hacia ella.
Antes de que pudiera reaccionar, otra cadena surgió del mismo cuadro y la atrapó también. Ambas forcejearon contra las cadenas.
—Lo siento —dijo la figura encapuchada con voz grave y serena, saliendo de detrás de un árbol antes de bajarse la capucha—. Pero necesito hablar con ustedes.
Camille, con la voz temblando entre incredulidad y emoción al reconocerlo, susurró:
—Manazar.
—Hola, Camille —la saludó él con una leve sonrisa.
Las cadenas que las inmovilizaban cayeron al suelo, liberándolas. Camille no esperó ni un segundo más; se lanzó hacia él, rodeándolo con sus brazos en un abrazo cargado de años de dolor y anhelo. Manazar la estrechó con fuerza, cerrando los ojos mientras las emociones se desbordaban.
Sin pensarlo, Camille lo besó. Fue un beso cargado de desesperación, amor y alivio, como si intentara recuperar todo el tiempo perdido.
—¡Yiiiiiiii! —chilló Luz de felicidad, dando pequeños saltos en su lugar al verlos juntos.
Cuando sus labios se separaron, Manazar miró a Luz por un instante antes de volverse hacia su esposa.
—Cariño, no enfrente de nuestra hija.
Camille dejó escapar una risa suave, cargada de complicidad.
—Qué irónico. Siempre era yo quien te decía eso, pero ahora...
—Se invirtieron los papeles —interrumpió Luz, completando la frase con una sonrisa traviesa.
Las risas de los tres se mezclaron, llenando el momento de calidez.
Cuando las risas cesaron, el matrimonio observó a Luz con detenimiento.
—Se parece tanto a ella... —murmuró Manazar, su voz cargada de nostalgia.
Camille asintió con los ojos brillando de ternura.
—Lo sé.
Luz miró a Manazar con una mezcla de timidez y esperanza.
—Disculpe, señor Nocelum... pero si a la señora Nocelum le digo "mamá", ¿a usted le puedo decir "papá"?
Manazar la observó con una cálida mirada, apreciando la sinceridad de la pregunta. Luego asintió lentamente, esbozando una sonrisa amigable.
Sin vacilar, Luz se lanzó a sus brazos, rodeándolo con fuerza, como si temiera que, al soltarlo, él pudiera desvanecerse. Apoyó su cabeza contra su pecho, y sus lágrimas, cálidas y desbordadas, comenzaron a empapar su camisa. Su voz, quebrada por el dolor, apenas se alzó entre los sollozos.
—Gracias... y de verdad... de verdad lo siento mucho. Es que eres idéntico a él —susurró, aferrándose aún más fuerte—. Mi verdadero papá... él... está en coma desde hace meses. Tiene un tumor cerebral... y los doctores... los doctores dicen que no hay nada que puedan hacer.
Manazar la estrechó con ternura infinita, sus grandes manos acariciando su cabello con un cuidado casi reverente. Su mirada reflejaba una tristeza compartida, como si, de algún modo, pudiera cargar con parte de aquel peso.
—Shhh, ya, ya, tranquila, pequeña... —murmuró el señor Nocelum, su voz suave como un arrullo, impregnada de un amor protector que parecía envolverla como un manto.
Luz respiró hondo varias veces hasta que su llanto finalmente se calmó. Cuando se apartó, Camille le secó las lágrimas con un pañuelo y, con delicadeza, la ayudó a sonarse la nariz.
—Gracias, mamá —susurró Luz con gratitud.
Camille le dedicó una sonrisa cálida.
—Siempre que lo necesites, mija.
Luz se cruzó de brazos y bajó la mirada, frunciendo ligeramente el ceño. Camille, percibiendo su inquietud, dio un paso hacia ella.
—Déjame adivinar —dijo con suavidad—. Algo más te está molestando, ¿verdad? ¿Qué sucede ahora?
Manazar, desde un lado, asintió con calma, manteniendo una postura serena.
—Puedes contárnoslo, si quieres —añadió con voz tranquila.
Luz levantó lentamente la mirada hasta encontrarse con los ojos de Camille. Tras un largo suspiro, empezó a hablar:
—Camille... Como ya le conté a Manazar la verdad sobre mi verdadero papá, creo que ahora debo ser sincera contigo sobre mi verdadera mamá —hizo una pausa breve, como buscando las palabras correctas—. La quiero y la extraño, claro que sí... pero también me siento un poco resentida con ella. No me acepta como soy y trata de cambiarme, como si mis gustos y mis sueños no fueran importantes.
Sus ojos se suavizaron mientras observaba a Camille.
—Pero tú... tú entendiste esa parte de mí cuando me dijiste que te gustó mi libro El despertar de Luzura. Por eso quise llamarte mamá. Porque, además de parecerte mucho a ella, contigo sentí que puedo ser yo misma.
Camille sonrió con calidez y colocó una mano en su hombro.
—Te entiendo, Luz. No es sencillo lidiar con la sensación de rechazo, pero quiero que recuerdes esto: tu ser, tal como es, posee un inmenso valor. Y es solo una suposición, pero... tal vez tu verdadera madre esté lidiando con sus propios miedos. Eso no justifica lo que te hace sentir, pero podría ser la causa de algunas de sus actitudes y decisiones.
Luz asintió lentamente, sus ojos cargados de una mezcla de comprensión y un dolor que parecía pesarle en el pecho.
—Supongo que eso tiene sentido —murmuró, su voz apenas un susurro.
Su mirada se desvió hacia Manazar, ahora teñida de una leve incertidumbre.
—De acuerdo, cambiando de tema... Papá. Tengo dos preguntas: ¿qué eres... y qué querías decirnos?
Manazar enderezó su postura, su semblante volviéndose grave, casi solemne.
—Para hacerlo sencillo, soy una personificación de la poca cordura que queda en esta mente tóxica —declaró, con un tono tan frío como la verdad que llevaba—. Y solo quería advertirles algo importante: están en peligro. Aléjense de...
Manazar apenas había terminado de hablar cuando, de repente, una jabalina blanca se materializó en el aire y lo atravesó por la espalda.
—¡No! —gritó Camille, mientras Luz se llevaba las manos a la boca, horrorizada.
Manazar no emitió ni un sonido. Su cuerpo comenzó a desintegrarse en un remolino de cenizas doradas que se elevaron al aire, disipándose como si nunca hubieran existido. En el suelo solo quedaron su túnica y las cadenas negras que, momentos antes, habían atrapado a Camille y a Luz.
—¡Papá! —exclamó Luz, con la voz quebrada.
Ambas giraron hacia la dirección de donde había venido la jabalina.
Sobre un enorme hongo, la pequeña conciencia de Lusine se hacía visible. Su expresión infantil y risueña desentonaba con el acto que acababa de cometer. Su risa, ligera al principio, resonaba por el bosque como el eco de un juego, pero con cada carcajada su tono se volvía más grave, más macabro.
Creció ante sus ojos, transformándose en la adolescente que conocían, envuelta esta vez en una aura naranja vibrante que palpitaba como si fuera algo vivo. Sus ojos destellaban con malicia, y una sonrisa torcida se formó en su rostro.
—Ups, perdón, papi —dijo, antes de lanzar una mirada llena de desprecio hacia Luz—. No era para ti.
