25
REENCUENTRO
George Villiers ingresó al hospital con el rostro desencajado e ignorando las miradas del personal. Una enfermera lo dirigió a la oficina del director, donde encontró a la señora Elroy y su sobrina Elisa tomando una taza de té.
—George —dijo la anciana secamente—, por fin apareces.
—Lo lamento, señora. Tomé el primer tren que pude encontrar.
—¿Cómo están las cosas en Chicago?
—Todo en orden. Mi asistente quedó a cargo —George tragó en seco antes de hablar—. ¿Y William?
—Bien. El doctor te pondrá al tanto de su situación.
George suspiró aliviado cuando el médico le explicó que William iba a recuperarse sin complicaciones, pero su alegría desapareció al escuchar la palabra "amnesia." Era un término tan extraño para él que en ese momento le pareció incomprensible.
—No hay motivos para desanimarse —dijo el doctor al ver su rostro—, muchos pacientes recobran la memoria sin ningún problema, todo depende del entorno que los rodea.
—Entiendo. En ese caso haré lo que esté en mis manos para que se recupere…
—Debes estar consciente de la gravedad del asunto, George —la señora Elroy carraspeó—. Nadie puede enterarse de su accidente. Nuestros socios lo verían como una debilidad y el acoso de la prensa terminaría afectando la salud de William.
—Puede contar con mi discreción. Este asunto quedará en la familia Andrey…
En ese momento, Elisa Leagan puso una mano sobre el hombro de la anciana en un gesto preocupado.
—Querida tía, pienso que este no es el momento para que el resto de la familia sepa sobre su amnesia, y esto incluye a Anthony, Stear y Archie. Usted conoce su carácter impulsivo, y el tío William no debe experimentar emociones fuertes, ¿no es así, doctor?
—Es correcto.
La señora Elroy consideró esas palabras en silencio y no le dio oportunidad a George de expresar su opinión.
—Vamos a mantener un perfil bajo. Cuando regreses a Chicago, dirás que William continúa trabajando en Nueva York, que es a donde pienso trasladarlo en cuanto le den el alta, ¿estamos de acuerdo?
George torció el gesto. Un ambiente conocido sería lo ideal para que William recobrara la memoria, ¿pero quién era él para discutir las órdenes de Elroy Andrey?
—Como usted ordene. ¿Por qué no va a descansar? Reservé una suite para ustedes en el Hollenden.
Una vez que las mujeres se fueron, George le pidió a una enfermera que lo llevara a la habitación de William. No estaba preparado para verlo sentado en el borde de la cama, herido, pálido y mirando el piso con una expresión ausente en el rostro.
—Buenas noches, señor Andrey —saludó con un aire de formalidad. Al escucharlo, el muchacho entrecerró los ojos.
—¿Quién es usted?
—Un viejo conocido.
—A juzgar por ese saludo tan frío no somos parientes, ¿verdad?
George sonrió, cerrando la puerta a sus espaldas.
—Digamos que soy algo peor —se acercó a él lentamente—. Trabajo para ti desde hace muchos años.
—Ah. ¿Y soy un buen jefe?
—El peor de todos. Tan solo mira los sustos que me he llevado por tu culpa; antes de ti, no tenía un solo cabello blanco y ahora parezco un abuelo.
William sonrió de una manera que iluminó su rostro.
—Me parece tan difícil creer que tengo una vida entera que no recuerdo. Lamento mucho que mis responsabilidades vuelvan a caer sobre ti, George.
—No digas eso. Continuaré siendo tu mano derecha hasta que te recuperes.
—Gracias —dijo débilmente—. Tal vez te parecerá extraño, pero tengo la sensación de que puedo confiar en ti.
—Hazme las preguntas que tú quieras.
A pesar de su situación, William seguía teniendo una mente aguda y buen humor. Su curiosidad era insaciable y cuestionó a George todo acerca de su familia, su hermana Rosemary y la empresa de los Andrey.
La conversación fluía con tanta naturalidad que fue extraño cuando William se quedó callado un momento.
—Hay algo que lleva dándome vueltas en la cabeza todo el día.
—Te escucho.
William exhaló lentamente.
—Antes del accidente yo pensaba en casarme con alguien.
No lo dijo como una pregunta, sino una afirmación de la que no estaba completamente convencido. George frunció el ceño hasta que recordó la conversación que mantuvieron unas semanas atrás. El ímpetu de William y la determinación en su mirada era algo que nunca podría olvidar.
—Sí, me confesaste que estabas enamorado de una mujer, pero nunca mencionaste su nombre.
—Entonces debe ser verdad —murmuró para sí mismo—. Mi tía mencionó a una chica, ni siquiera puedo recordar como se llama. Lauren Harrison, o algo parecido.
—Leonette Harrison.
—¿La conoces?
—Sí. Supongo que no sería extraño que quisieras casarte con esa jovencita, después de todo es muy bella, educada y de buena familia. Ustedes frecuentan los mismos círculos sociales, pero…
—¿Qué ocurre?
Te conozco como si fueras mi propio hijo, y sé que ella no es la clase de mujer que te robaría el corazón.
—Nada, olvídalo. Necesitas descansar.
—Lo que necesito es salir de este hospital…
—Resiste un par de días, ahora mismo estás en observación.
—No sé cuánto tiempo podré estar en el mismo lugar sin hacer nada —suspiró—. Quisiera salir corriendo sin que los doctores se dieran cuenta.
—¿Y a dónde irías?
La expresión de William era de melancolía cuando giró la cabeza para mirar el cielo nocturno a través de su ventana.
—Tal vez a una colina.
—Candy, ¿por qué estás tan triste?
La muchacha se limpió las lágrimas apresuradamente antes de sonreír a la niña que la miraba preocupada.
—No estoy triste, Amber —hizo una mueca que le arrancó una sonrisa—, tan solo estaba pensando.
—¿En qué?
Candy cerró los ojos un momento. Llevaba horas en la Colina de Pony y ni siquiera se había dado cuenta de que había anochecido, demasiado absorta en las ideas que rondaban su mente. Amber la pellizcó suavemente para llamar su atención.
—¡Oh! Nada importante, mi cielo.
—Estabas escribiendo una carta, ¿verdad?
—Sí…
—¿Es para tu novio?
—¡Amber! —Exclamó sonrojada. Tal vez era ridículo avergonzarse por algo tan pequeño, pero se sentía como una tonta. Ni siquiera sabía la dirección de Albert en Nueva York, o si aún seguía ahí, pero tenía tantas ganas de hablar con él que decidió escribirle.
Lo extrañaba con locura aunque solo habían pasado unos días desde la última vez que se vieron. Dormida o despierta, Albert estaba en su mente y se estremecía con el recuerdo de sus besos, la sensación de sus grandes manos acariciando su cintura y sus labios susurrando palabras de amor en su oído.
¿Él pensaría en ella de la misma forma en que Candy pensaba en él, como si estuviera quemándose por dentro?
—¡Candy! —Exclamó la pequeña Amber—. ¡Sigues pensando en tu novio! ¿Acaso te botó?
—¡Claro que no! Por Dios, ¿dónde aprendiste esas cosas?
—Nora y Marcus son novios pero terminaron hace dos días —dijo, haciendo alusión a dos niños del Hogar de Pony.
Candy sonrió divertida y jaló una oreja de Amber de manera juguetona.
—Son muy jóvenes para andar pensando en esas cosas. Ven, ya es hora de cenar.
Bajaron de la colina tomadas de las manos. Últimamente la rutina de Candy transcurría de forma sencilla y consistía en cuidar a los niños y ayudar en las tareas del hogar. Mantenía su mente ocupada, pero al final del día no podía evitar mirar hacia atrás por si él aparecía de repente.
De cualquier modo, lo iba a esperar toda la vida de ser necesario.
—Le tengo buenas noticias, señor Andrey. Ya puede irse a casa.
William sonrió. La idea de salir del hospital le parecía casi un milagro luego de una semana de constante asedio por parte de médicos y enfermeras.
—Vaya que es una buena noticia. Agradezco sus atenciones, doctor.
—No hay de qué. Por cierto, dada su situación es necesario que alguien firme la documentación para su alta.
—George Villiers podrá hacerlo. Mi tía Elroy se adelantó a Nueva York para asegurarse de que todo estuviera bien en la casa.
—Ya veo. Aquí nos despedimos, solo me queda desearle una pronta recuperación y mis mejores deseos, señor Andrey.
—Gracias.
William se vistió con la ropa que George había dejado para él. Fue un poco difícil con las vendas y el cabestrillo, pero se negaba rotundamente a recibir ayuda. Un par de horas después, se despidió con un apretón de manos del personal que lo atendió y abordó el coche que lo esperaba con George en su interior.
—¿Estás listo, muchacho?
—Por supuesto.
—Vamos a la estación —continuó el secretario, enarcando levemente las cejas.
—¿Por qué lo dices en ese tono?
—Me preocupa que viajar en tren sea demasiado para ti luego del accidente.
—Al contrario, George. Yo espero que me ayude a recuperar la memoria.
Pero lo único que obtuvo del viaje fue náuseas. Permaneció encerrado en su camarote hasta que llegaron a Nueva York y no le quedó otra opción más que soportar la terrible jaqueca. Mientras se recomponía, le preguntó a George si ya había estado en esa ciudad antes.
—No solo aquí. Has recorrido el mundo al menos una vez…
—¿Mi posición como el patriarca de los Andrey me lo permitía?
—Algunos de esos viajes eran de negocios, pero siempre has sido el alma de un aventurero.
—Supongo que fue un alivio para ti cuando finalmente tomé las riendas de la empresa…
—Desde luego, pero mi único deseo es que al fin encuentres tu felicidad.
William tuvo que resistir el impulso de contestarle que esa era una posibilidad muy lejana.
La residencia de los Andrey en Nueva York no se parecía a nada que William conociera o recordara, pero solo una palabra llegó a su mente cuando pensó en describirla: opulencia. La estructura se alzaba imponente en una de las zonas residenciales más lujosas de la ciudad, y engalanando la entrada se encontraban los sirvientes.
—No era necesario que hicieran todo esto.
—Eres el jefe, muchacho —respondió George—. Nunca lo olvides.
Cuando bajó del auto, los sirvientes inclinaron respetuosamente la cabeza como saludo y exclamaron al mismo tiempo:
—¡Bienvenido, señor Andrey!
—Gracias por este recibimiento. Por favor, continúen con sus labores, no se detengan por mí….
—¡William! —Exclamó la tía Elroy desde la puerta, extendiendo los brazos para recibirlo—. Te ves mucho mejor.
—Me siento bien, tía. Ya no hay razón para angustiarse.
Entraron a la casa. William pensó que algo acerca del lugar le resultaría familiar, pero todo era frío y desprovisto de color. Anticipando cada uno de sus movimientos, el mayordomo retiró su saco y subieron sus maletas a una habitación, mientras las mucamas acercaban té y galletas. Estaba a punto de sentarse cuando escuchó la voz de Elisa.
—Tío William —dijo con fingido entusiasmo—, que alegría verte.
—Opino lo mismo.
—Debes estar cansado, pero supongo que no vas a rechazar la sorpresa que te preparé.
William frunció el ceño. Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, una mujer alta y de cabello negro entró a la sala. Tenía facciones delicadas y grandes ojos color avellana que en ese momento parecían estar a punto de llorar.
—Hola, Albert…
Desde su accidente, era la primera vez que alguien lo llamaba de esa manera y ahora entendía la razón. William Andrey era el magnate, el jefe de la familia, una máscara que utilizaba ante la sociedad, pero Albert era su verdadero nombre, el que le pertenecía a las personas que de verdad lo amaban.
Y si ella lo estaba pronunciando con tanta devoción, solo podría significar otra cosa.
—¿Leonette? —Preguntó.
—Sí, soy yo. ¡Albert, mi amor, no sabes cuánto me preocupé por ti!
Sin importarle que la tía Elroy estuviera ahí, Leonette Harrison se lanzó a sus brazos y se aferró a él como si tuviera miedo de perderlo. Albert trató de corresponder el abrazo, pero un gesto tan simple le resultó casi imposible, mecánico, una obligación que debía cumplir porque era lo que se esperaba de él.
Y sorpresivamente, no sintió nada.
Durante los últimos días, pensó que cuando viera a Leonette su cuerpo recordaría lo que su mente había olvidado, pero su corazón siguió latiendo al mismo ritmo y lo único que deseaba era apartarse de ello.
—Le agradezco a Dios que estés bien—dijo Leonette, tomando sus manos entre las suyas—, cuando supe de tu accidente, pensé que iba a morirme.
—Lamento haberte causado ese disgusto, Leonette.
Su falta de entusiasmo era evidente, pero ella ni siquiera se dio cuenta. Sus ojos no podían esconder el amor que sentía por él o la felicidad de tenerlo cerca, y Albert fue incapaz de corresponder el mismo gesto.
Maldijo una y mil veces a su accidente. No solo había arrebatado sus recuerdos, sino también los sentimientos que alguna vez tuvo hacia esta mujer, a quién amó tanto que aparentemente estaba dispuesto a casarse con ella.
Leonette acarició su rostro con ternura.
—Lo importante es que estás a salvo, amor. Pero mira lo lastimado que quedaste…
—No es nada, solo unos golpes que sanarán por sí mismos —respondió, tratando de apartar a Leonette.
—Déjame cuidarte, Albert. Voy a ser tu enfermera hasta que ya no me necesites.
El hombre enarcó una ceja mirando a Leonette. No, así no es como debería lucir una enfermera, pensó con disgusto. Faltaba dulzura en su rostro y travesura en su mirada, una voz gentil y risa contagiosa. Y tal vez unas cuantas pecas…
—¡Ah! —Exclamó Albert, llevándose las manos al temple cuando sintió un dolor tan agudo que lo inmovilizó durante unos segundos—. ¡Mi cabeza!
—¡William!
De inmediato las mujeres lo rodearon, preocupadas al ver su gesto de dolor. Albert tuvo que respirar profundamente para disipar la niebla en su cabeza que le impedía pensar con claridad. George también entró a la sala y corrió a su lado.
—William, ¿te encuentras bien? ¿Quieres que llame a un doctor?
—No es necesario.
—Pero…
—Solo necesito descansar. Si me disculpan, voy a retirarme a mi recámara.
—Albert, ¿nos vemos para cenar? —Preguntó Leonette esperanzada.
Tal vez antes del accidente, cuando su corazón latía por esta mujer, habría dicho que sí. ¿Cómo iba a desperdiciar la oportunidad de estar con ella y mirarla aunque fuera un solo segundo?
Pero Albert era otra persona desde que despertó en aquel hospital sin un solo recuerdo. Y el hombre en que se había convertido veía a Leonette y sentía algo que no era amor, ni siquiera odio.
Solo indiferencia.
