30

A LA DERIVA

—Dulce Candy —repitió Albert, probando cada una de esas sílabas en la punta de su lengua—. Que nombre tan hermoso. Su dueña debe ser muy especial.

—Candy es la mujer más maravillosa que he conocido. Alegre, amable y muy bella.

—Parece que ella significó mucho para ti.

—Aún significa más de lo que puedes imaginar, tío. Por algún tiempo fue mi única amiga y la persona que me regresó a la vida.

Albert asintió, aunque no podía imaginar algo parecido. Mientras estaba en aquel hospital de Cleveland, solo podía imaginar que tal vez al encontrarse nuevamente con Leonette sus días volverían a tener sentido, pero aquello solo demostró ser una fantasía. Aún estaba perdido, a la deriva.

—Eres muy afortunado —le dijo a Anthony—. Amar y ser amado de esa forma…

—Yo la amo más allá de mí mismo. Pero, desgraciadamente, ella no siente lo mismo por mí.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Está enamorado de otro hombre.

—Qué situación tan terrible —suspiró Albert, pasándose una mano por el cabello rubio en un gesto cansado—. Pero si Candy es tan maravillosa como dices, lucha por ella. Quítasela a ese tipo.

Anthony sonrió como si hubiera dicho algo gracioso. Después miró a Albert, y soltó una carcajada que lo sacudió de pies a cabeza.

—¿Qué ocurre?

—Nada, nada —alcanzó a decir Anthony, rojo hasta las orejas—. Es que me parece tan divertido que seas precisamente tú quien me dé ese consejo.

—¿Por qué? ¿Te sorprende que mi moral sea tan dudosa?

—Algo parecido. Pero no puedo hacer eso, porque para mí mala suerte, el hombre que ella ama es bueno y honorable. La merece más que yo.

Sintiendo un nudo en la garganta, Albert tuvo el irresistible impulso de abrazar a su sobrino. Miró nuevamente el retrato de su hermana y sonrió, sabiendo que el hijo que ella engendró se había convertido en un joven de carácter admirable.

—Bueno, espero conocer un día a Candy.

—Tal vez ya lo hiciste —dijo Anthony con un tono extraño en la voz—. Estuvo en la fiesta.

De forma inconsciente una imagen volvió a la memoria de Albert. Cabello rubio, rizado, pecas en el rostro…

—Ojos verdes —pronunció, sin saber por qué lo dijo, pero aparentemente fueron las palabras correctas.

—¡Sí! ¿La recuerdas?

—Estaba a tu lado —murmuró, incapaz de revelar lo mucho que la presencia de esa joven había turbado sus sentidos. El recuerdo de esos ojos verdes, grandes y maravillosos lo perseguían incluso después de algunas horas—. Ya es tarde, sobrino. Deberías dormir.

—Sí, mañana podríamos desayunar juntos.

—Nada me gustaría más que eso, pero tengo un compromiso con Leonette Harrison.

Anthony enarcó una ceja.

—¿Una cita?

—No precisamente. Más bien se trata de una conversación que no puede esperar un día más.

—En ese caso me alegra. Debes actuar antes de que sea demasiado tarde.

—¿Tarde para qué?

—Para nada. Solo no me gustaría que un día despiertes arrepentido de las decisiones que tomaste.


Candy se prometió a sí misma no llorar en frente de Annie, pero apenas podía respirar a través del nudo en su garganta. Para distraerse, giró la cabeza y miró el cielo nocturno que se extendía frente a sus ojos como un manto.

—Ya casi llegamos —le dijo su amiga con dulzura—. Te puedo prestar algo de ropa mientras mis sirvientes recogen tus maletas del hotel.

—Me da mucha pena, ¿segura que no habrá problemas con tus papás si paso la noche contigo?

—Quédate tranquila porque mi mamá no está en casa, una de sus hermanas está enferma y fue a quedarse con ella.

Sonriendo aliviada, Candy se recargó contra el asiento. La señora Britter no era una mala mujer, pero era obvio que no le agradaba; el origen que compartía con Annie era una mancha que prefería mantener oculta del resto de la sociedad.

El auto ingresó a una casa que más bien parecía una mansión. Era tan encantadora como Candy imaginó, de columnas imponentes y una arquitectura antigua, como la de un cuento de hadas.

—Oh, Annie —suspiró—. Tu casa es tal como me la describiste en tus cartas.

—Yo pensé que estaba soñando la primera vez que la vi. Para una niña que solo conocía un orfanato, este lugar fue lo mismo que un sueño.

—Eres muy afortunada y no lo digo solo por lo material. Tienes una familia maravillosa, dos padres que te adoran y…

Candy no pudo seguir hablando. Incluso después de tantos años, existían heridas en su corazón que aún dolían, el anhelo de esa pequeña que todas las noches lloraba en su cuarto porque quería un papá y una mamá.

Notando su tristeza, Annie hizo una mueca y puso una mano sobre la tuya.

—Lo siento mucho, Candy. Creo que nunca dejaré de sentir que te arrebaté algo que debió ser tuyo.

—No digas eso, tú mereces la vida que tienes.

—Sí, pero tú también la merecías.

—Deja de pensar en eso —respondió Candy con todo el amor que sentía hacia esa chica, su mejor amiga—. Mi destino era otro completamente diferente. Nunca fui adoptada, pero logré estudiar enfermería, conocí a Anthony, Stear, Archie… y a Albert.

Incluso decir su nombre era doloroso. No quería pensar en él, ni en lo que había ocurrido en la fiesta, la ausencia de reconocimiento en sus ojos o su cercanía con Leonette Harrison.

Annie no insistió más con el tema. Bajaron del auto y caminaron hacia la mansión, sorprendentemente silenciosa; según lo que le contó su amiga, el señor Britter prefería retirarse a dormir temprano. Era una pena, Candy tenía muchas ganas de saludarlo y recordar con cariño aquellos días de su infancia.

Annie la llevó hasta la habitación de huéspedes, que era tan grande que podría albergar a todos los niños del Hogar sin ningún problema. Le pidió a una mucama que le llevara té y galletas mientras Candy se escondía detrás de un biombo para ponerse el pijama que Annie le prestó. Se quitó el vestido que Stear y Archie habían comprado para ella, y al verlo sintió nauseas. ¿Cómo era posible que algo tan bello albergara un recuerdo tan doloroso?

—El baño queda al lado —le dijo su amiga—, si necesitas algo mi recámara está en el segundo piso.

—Gracias, pero no quiero abusar más de tu hospitalidad.

—Quiero que estés cómoda, Candy. Después de lo que pasó esta noche no me parece justo que tengas que vivirlo sola.

—Voy a salir adelante, tan solo me tomó por sorpresa.

—No finjas ser fuerte. Veo tus ojos, y entiendo lo mucho que estás sufriendo en este momento, ¿por qué no me cuentas lo que sientes?

—Porque no puedo, Annie. No puedo hablar.

Solo podía llorar. El llanto volvió a sacudirla y se dejó caer contra la cama, enterrando su rostro en las almohadas y sollozando hasta que sus ojos se quedaron sin lágrimas. Fue liberador descargarse de esa manera, y también fue un consuelo tener la presencia tranquilizadora de Annie, acariciando su cabello y murmurando palabras de aliento.

—Vas a descansar después de llorar así —susurró—. Mañana, cuando te sientas mejor, puedes volver a intentarlo.

—¿Qué cosa? ¿Hablar con él?

—No tiene nada de malo que lo busques otra vez, Candy. Deben hablar sin presiones externas.

—No. Ya tuve suficiente de esto; él me vio en la fiesta, nuestros ojos se encontraron, me dijo buenas noches como si fuera una completa desconocida. No le voy a pedir explicaciones, si Albert quiere hablar conmigo, deberá ser él quien me busque.

—Candy…

—Ya tomé mi decisión —dijo con firmeza, aunque por dentro se estaba muriendo—. Mañana a primera hora regresaré al Hogar; la señorita Pony y la hermana María no pueden quedarse solas con los niños.

—Creo que estás cometiendo un error, Candy. Pero si es lo que tú quieres…

No, eso no era lo que ella quería. Tal vez en otras circunstancias, no le importarían las convenciones sociales ni su propio orgullo, y se aferraría a Albert, suplicándole que se quedara a su lado, pero no sería capaz de soportar el dolor de su rechazo.

—Sí —mintió—. Es lo que quiero.


Albert apenas durmió un par de horas. Despertó antes de que amaneciera, cansado, pero con una determinación férrea en el corazón.

Ese era el día en que rompería definitivamente con Leonette Harrison.

Se miró a sí mismo en el espejo. Su rostro era el de un hombre joven, pero no pensaba que su edad era congruente con su apariencia; en realidad sentía que no soportaba su vida. Habitaba en las tinieblas, en las sombras de sus propios recuerdos perdidos.

Después de vestirse, bajó a desayunar y vio a Stear y Archie en el comedor, platicando animadamente.

—¡Tío! —Exclamó Stear, poniéndose de pie para saludarlo—. Ni siquiera la amnesia te quitó lo madrugador.

—Ya veo que eres bromista, Stear.

—Leí en una revista científica que la mejor forma de sobreponerse a una enfermedad es a través de un ambiente alegre, así que prepárate para reír a carcajadas.

—Lo esperaré con ansias —respondió Albert, conmovido. Durante varias semanas temió que la relación con sus sobrinos sería fría, pero ahora entendía que el amor no podía desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.

Archie imitó el ejemplo de su hermano y también le dio un abrazo.

—Tío, ayer no tuvimos oportunidad de platicar.

—Ya tendremos tiempo de hacerlo; esta mañana tengo algo de prisa.

—No me digas que estás desesperado por volver a trabajar.

—En lo absoluto. Pero en este momento, preferiría mil veces trabajar y no enfrentarme a esta situación —suspiró. Los muchachos parecían confundidos, pero le dieron su espacio al no hacer preguntas.

—De acuerdo —respondió Archie—. Mucha suerte, tío. Sin importar lo que hagas.

—Gracias, la necesitaré.

Deseaba conducir él mismo, pero ni siquiera conocía la dirección de Leonette y no le quedó de otra más que pedirle al chofer de los Andrey que lo llevara. En el trayecto, intentó calmar su corazón.

No tenía dudas, pero sí sentía miedo. Dejar ir a Leonette sería lo mismo que admitir que era un hombre frívolo, que dependía de sus recuerdos para amar a una mujer, ¿pero acaso no sería una bondad decirle la verdad aunque resultara dolorosa? ¿Por qué seguir alimentando mentiras que los llevarían al desastre?

La residencia de los Harrison tenía un aspecto señorial, aunque frío, como si dentro de sus paredes no existiera un solo rastro de calidez. Albert bajó del auto y caminó hacia la entrada principal, y antes de que pudiera levantar la mano para tocar, la chaperona de Leonette lo recibió.

—Buenos días, señor Andrey —dijo de forma respetuosa—. La señorita Harrison lo espera en el salón.

Permitió que la mujer lo acompañara. Vio a Leonette, sentada en un sofá de terciopelo, con el rostro girado hacia el enorme ventanal que daba hacia el jardín; la luz iluminaba su rostro, creando ángulos que la hacían parecer casi angelical, y su cabello negro lucía incluso rojizo…

Era hermosa, Albert reconoció para sus adentros. Pero no se trataba de su belleza, sino del simple hecho de que nunca podría amarla.

—Hola, Leonette —dijo, su voz retumbando en el salón.

Al verlo, la mujer se levantó inmediatamente y caminó hacia él, su rostro una mezcla de esperanza y ansiedad. Trató de envolverlo en un abrazo pero Albert mantuvo una firme distancia entre los dos.

—¿Qué pasa, mi vida? ¿Por qué tienes esa cara?

—Tenemos que hablar.

—Sí, pero… ¿qué puede ser tan grave para que hayas venido tan temprano, y luciendo tan nervioso?

—Deberíamos sentarnos.

La chaperona los dejó solos, no sin antes anunciar que estaría esperando afuera. Leonette tomó asiento frente a él, las manos entrelazas sobre el regazo y tan pequeña como nunca la había visto.

—Mi papá salió de viaje y mi madre está con sus amigas —comenzó a decir Leonette de forma conversacional—, pero deberíamos reunirnos a cenar. Hay muchas cosas que planificar, como nuestro debut en sociedad siendo pareja, o…

—Leonette, terminemos con esto de una vez.

Ella parpadeó, como si hubiera escuchado mal y quisiera cerciorarse de lo contrario. Sus ojos buscaron los suyos casi desesperados, pero quizás vio algo en él que la hizo pasar de la sorpresa a la incredulidad e indignación en cuestión de segundos.

—¿De qué hablas? —Preguntó, su tono dulce pero vacilante. Albert no desvió la mirada a pesar del torbellino de emociones en su interior.

—Nuestra relación es un barco a la deriva. Ya no puede seguir adelante.

El silencio que siguió fue breve, pero en su incomodidad se sintió eterno y fue apenas roto por el sonido de una risa nerviosa. Leonette parecía estar a punto de romperse, y solo se sostenía por su propia determinación.

—Debes estar bromeando…

—Jamás haría un chiste con algo tan serio.

—Estás cansado y confundido —decidió—. Desde que llegamos a Chicago no has tenido un solo momento de tranquilidad. Seguramente cuando te sientas mejor…

—Leonette —la interrumpió, su tono firme sin llegar a ser cortante—, esto no tiene nada que ver con el cansancio, sino con nosotros dos. Ahora entiendo que he sido mezquino y cobarde al permitir que esta mentira continúe.

—¿Mentira? ¿Cuál mentira, Albert? Lo que yo siento por ti es real. Te amo por encima de todas las cosas, y siempre te amaré aunque tus recuerdos hayan desaparecido.

Albert sintió un tirón en el estómago al escuchar esas palabras. Entendía los sentimientos de Leonette, pero era muy diferente a confrontarlos y saber con certeza que él nunca podría corresponderle de la misma forma. Aunque pasara su vida entera tratando de amarla, no sería capaz de hacerlo sin que su corazón se congelara dentro de su pecho, que echara raíces para no moverse otra vez.

—Desde mi accidente no soy más que un hombre que camina dormido entre las sombras. ¿Acaso debo llevarte a esa tragedia conmigo?

—No es una tragedia si estamos juntos.

—Leonette, daría mi vida entera por sentir lo mismo que tú, pero no puedo.

—Habla claro y dime la verdad de una vez: ¿no me amas? ¿Es por eso que me estás rompiendo el corazón en mil pedazos?

Albert inclinó la mirada, y vio sus ojos llenos de lágrimas y las mejillas sonrojadas por el llanto. Sería tan fácil creer en la fantasía de su pasado, en lo que alguna vez tuvo con esta mujer frágil y hermosa, pero aquello era imposible.

—No, Leonette. No te amo.

Decirlo en voz alta se sintió como escapar de un abismo. Albert respiró, y las nubes grises en su cabeza se disiparon lentamente. Pero aquella tranquilidad no duró mucho; Leonette dio un paso hacia él y se aferró a las solapas de su saco, descontrolada.

—¡Eso no puede ser cierto! —Gritó, su voz subiendo de intensidad—. ¡Tú me amas, solo estás confundido por todo lo que ha pasado! Es normal que estés abrumado, pero no significa que debes separarte de mí, ¡no lo permitiré!

—¿Cómo puedes lastimarte a ti misma de esta manera?

—Porque no me importa nada en esta vida, solo tú.

—¿Y acaso crees que eso es amor?

—Lo es para mí.

Quizás si Albert fuera un mejor hombre, más compasivo, habría permitido que sus palabras tocaran la dureza de su alma, pero en ese momento solo pudo sentir lastima hacia esa chica que parecía un desastre entre sus brazos.

—Yo no quiero ser amado de esa forma —susurró—. Así que te libero de mí, Leonette. No quiero me ames, no arrastres el peso de un hombre que ni siquiera se conoce a sí mismo.

—Es la única forma que tengo de amar…

—Entonces ama a alguien que te merezca.

—¡Tú me mereces, Albert! ¡Dame tiempo y te demostraré que podemos ser felices juntos, pero no me dejes, te lo ruego!

—He tenido tiempo, y descubrí que si alguna vez te amé, ese sentimiento no era lo suficientemente fuerte como para sobrevivir lo que pasó.

Ella lo soltó y se dejó caer sobre el sofá, su cuerpo temblando con sollozos silenciosos. Se cubrió el rostro con las manos mientras Albert permanecía de pie, observándolo con una mezcla de tristeza y resignación.

Ojalá pudiera darle consuelo, pero sabía que cada gesto sería interpretado de otra manera, así que no dijo nada.

—¿Por qué me estás haciendo esto de repente? —Preguntó con voz quebrada—. ¿Hay alguien más? ¿Acaso recobraste algunos de tus recuerdos?

—No, ¿por qué pensarías eso?

—¡Porque quiero encontrar una explicación sin sentir que no soy suficiente para ti, que nunca lo fui!

—Eres más que suficiente, Leonette. Quiero que tengas una vida plena, un amor correspondido, y por eso seré yo quien se vaya. Cúlpame, ódiame, pero te suplico que me olvides.

—No podré hacerlo…

—Lo harás. Un día vas a despertar al lado de alguien que te ame, mirarás por la ventana y te darás cuenta de que te hice un favor al dejarte ir.

Ella lo observó con el rostro desencajado, rota en su vulnerabilidad y sus ojos vacíos.

—Entonces vete, Albert —dijo, su voz apenas audible—. Si ya no queda nada más que decir solo… vete.

—Adiós, Leonette.

Incapaz de sostener esa mirada cargada de humillación y dolor, Albert se dio la media vuelta y caminó hacia la puerta. Cuando salió, el sol despuntaba en un cielo ausente de nubes grises.

Aún estaba perdido, a la deriva de un océano que no tenía fin, pero que se extendía frente a sus ojos con infinitas posibilidad, y sonrió.


NOTAS:

¡Hola de nuevo! Ojalá les guste mucho este capítulo, a mí me encantó escribirlo (especialmente las últimas escenas). Nos vemos en la próxima 333