¡Hola, mis queridos Aventureros de la Lectura! Hoy les traigo uno de mis capítulos favoritos y espero que lo disfruten. Huele a amor en el aire... ¡Así que prepárense para muchas emociones! ¡Disfruten el capítulo!


Capítulo 19

Pov. Regina

Es imposible esconder mi malestar de Henry y menos cuando me mira con ese toque de amor y preocupación. Me conoce demasiado bien, mejor de lo que a veces me permito admitir. Sus ojos, esos mismos ojos que he visto crecer y madurar, me observan con una paciencia que me llena de una extraña mezcla de orgullo y tristeza. ¿En qué momento dejó de ser mi pequeño niño?. Sentado en mi cama, sus piernas cruzadas y su expresión concentrada, me recuerda lo rápido que está creciendo, cómo el tiempo pasa sin que me dé cuenta.

Suspiro y trato de forzar una sonrisa para tranquilizarlo, pero no parece muy convencido. Aún siento el peso de las últimas palabras de Emma sobre mis hombros, como si cada una de ellas se hubiera clavado en mi piel, dejándome herida y vulnerable. Es imposible esconder mi malestar de Henry.

—Vamos, mamá —dice con esa voz suave, cálida tratando de calmarme— Siéntate conmigo y hablemos.

El nudo en mi pecho se afloja apenas un poco y no puedo evitar sonreír genuinamente ante su oferta. Siempre ha tenido ese don. Últimamente, mis días han sido un torbellino de estrés, preocupaciones y tensiones que parecen no tener fin. Las constantes luchas internas, el peso de la magia y por supuesto, mis sentimientos encontrados por Emma... todo eso se convierte en una maraña de emociones imposibles de desatar. Pero en momentos como este, cuando Henry me da su tiempo y atención, cuando me ofrece su amor incondicional, todo parece más fácil, más llevadero. Su presencia es un bálsamo para mi alma herida, una que no siempre me permito sanar.

Me siento a su lado, suspirando profundamente. El agotamiento me pesa en los hombros, pero al estar junto a él, ese peso se aligera. No quiero ahogarlo en mi melancolía, en mis problemas, pero también me muero de ganas de abrazarlo, de llenarlo de besos hasta que se ría de mí, como solía hacerlo cuando era pequeño. Sin embargo, sé que si me pongo demasiado melosa, saldrá huyendo como el adolescente que es y no estoy dispuesta a perder este momento.

Henry se acomoda un poco, mirando sus manos, claramente nervioso. Puedo notar que quiere decir algo más, algo que lleva dentro desde hace tiempo.

—Mamá, yo... —comienza, pero se interrumpe. Frunce el ceño, como si no encontrara las palabras correctas. Lo observo con paciencia, pero mi corazón empieza a latir más rápido. Sé que hay algo más aquí.

—¿Qué ocurre, Henry? —pregunto con ternura, inclinándome un poco hacia él, tratando de darle espacio pero, al mismo tiempo, dejando claro que estoy aquí, lista para escuchar lo que sea que necesite decirme.

—Quiero... pedirte disculpas —dice finalmente, con una sinceridad que me llega de forma inesperada— Por cómo te traté... cuando todo lo de Robin y Emma pasó. Sé que te dije cosas horribles. Cosas que no... no deberían haberte dicho.

Lo miro, sintiendo cómo un nudo se forma de nuevo en mi garganta, pero esta vez no es por el estrés ni la frustración. Es por la culpa y el arrepentimiento de mi hijo. Henry, en su confusión y dolor, lanzó palabras que me dolieron, pero lo entendí. Yo también estaba ofuscada.

—Henry, no tienes que disculparte —susurro y me doy cuenta de que mi voz tiembla un poco— Estabas herido, confundido... Yo... yo tampoco manejé bien la situación.

Henry levanta la mirada, sorprendido. Sus ojos brillan con alivio.

—No, mamá —insiste, sacudiendo la cabeza— No tenía derecho a hablarte así. Estaba enojado y lo descargué contigo. Eso no fue justo —sus ojos se nublan y puedo ver el peso de la culpa que ha cargado durante todo estos días— Te falté el respeto. Y lo siento. De verdad lo siento.

Tomo su mano, apretándola suavemente entre las mías.

—Henry —digo, inclinándome un poco para que nuestros ojos se encuentren— Eres mi hijo. Mi amado príncipe. No hay nada que puedas decir que cambie lo mucho que te quiero —le acaricio el rostro con ternura, algo que no suelo hacer muy a menudo ahora que ha crecido tanto, pero en este momento lo necesita y yo también— Todos cometemos errores, incluso yo. Especialmente yo.

Henry suelta una pequeña risa ahogada, pero sus ojos aún brillan con el remanente de las lágrimas que no ha dejado caer.

—Lo importante —continúo— es que estás aquí ahora y que hablamos de esto. Lo que dijiste, lo que ocurrió... ya quedó atrás. Lo que importa es que siempre hemos estado el uno para el otro y siempre lo estaremos.

Henry asiente lentamente, sus hombros relajándose un poco, como si el peso de lo ocurrido finalmente comenzara a desvanecerse. Me inclino y lo abrazo, sin importarme si se siente avergonzado. Al principio, lo siento rígido, pero luego me devuelve el abrazo, hundiendo su rostro en mi hombro.

—Te amo, mamá —susurra.

—Yo también te amo, Henry —le respondo, sintiendo un calor profundo en el pecho.

Henry sigue abrazado a mí cuando de repente, suelta la pregunta que temía.

—¿Discutiste con Emma? —su voz es suave, pero puedo sentir el trasfondo de preocupación. Me separo un poco, lo suficiente para mirarlo y trato de mantener mi expresión neutral.

—Todo está bien, Henry —murmuro, con la esperanza de sonar convincente. No quiero involucrarlo en mis problemas, en los torbellinos emocionales que a veces se desatan entre Emma y yo. Pero mi hijo es más perceptivo de lo que me gustaría.

—Mamá, debes tenerle paciencia —dice con madurez. Ha crecido tanto y ha sido testigo de más de lo que cualquier adolescente debería— Emma pierde el control cuando se trata de la seguridad de todos, especialmente de la tuya. Está pasando por mucho.

Siempre he sabido que Henry era sabio más allá de sus años, pero cada vez que lo demuestra, no puedo evitar sentirme orgullosa... y un poco avergonzada por mi propia falta de control. Bajo la mirada, jugando con los pliegues de la manta, tratando de encontrar la forma adecuada de abordar el tema.

—Sé que tienes razón —respondo finalmente, suspirando— Pero es difícil... a veces no sé cómo manejar todo esto. Nuestra… nuestra relación no es fácil, querido.

Él me mira fijamente con la comprensión y el afecto que siempre me llegan muy profundo. Luego, con una sonrisa traviesa que tanto me recuerda a su infancia, añade —Si te sirve de consuelo, ya había perdido la esperanza de que ustedes dos pudieran estar juntas. Son tan... complicadas. Las dos —Se ríe suavemente— Fue frustrante verlas dar vueltas, sin admitir lo que sentían.

Mis mejillas se tiñen de un leve color rojo, una parte de mí quiere rehuir de la conversación, pero Henry merece mi honestidad. Después de todo lo que hemos vivido ya no quiero mentirle.

—Sí, bueno... —digo, sintiéndome un poco torpe— No es fácil para mí... hablar de estas cosas. Del amor.

Henry sonríe, pero su expresión se suaviza. Me mira con una calidez que derrite mis reservas.

—Mamá, me alegra que por fin lo hayan descubierto. Las dos merecen ser felices. Y, aunque no lo creas, siempre supe que Emma sería la persona indicada para ti.

Un silencio cae entre nosotros, y no puedo evitar sentirme expuesta, vulnerable. Pero a la vez, una pequeña parte de mí se siente aliviada de que Henry me entienda, de que no me juzgue. Mi hijo ha crecido más de lo que a veces me permito ver.

—¿La has visto? —le pregunto insegura, tratando de no sonar demasiado ansiosa. No debería preocuparme tanto, pero no puedo evitarlo. Cuánto tiempo ha pasado desde que la vi… ¿Una, dos horas? Sin embargo, parecen días largos y agotadores.

—Sí, la vi hace rato en el jardín —responde, mirándome con curiosidad— Estaba hablando con Merlín.

Asiento lentamente, procesando la información. Merlín siempre parece saber cuándo intervenir, pero aún así, el alivio que siento es mínimo. Emma está fuera, y aunque Merlín esté con ella, no puedo evitar sentir una punzada de inquietud. La oscuridad que la rodea y que a veces parece tan cerca de consumirla, me aterra más de lo que puedo expresar. Henry me mira con ternura y aunque trato de serenarme, no puedo evitar pensar en Emma, sola en ese jardín, luchando con demonios que no puedo ver.

—Ella lo lograra mamá, es Emma, la Salvadora no se dejará vencer.

Unos toques suaves en la puerta nos interrumpe y dentro de mí hay un sobresalto que no logro disimular. Henry, tan alerta como siempre, salta de la cama como un resorte. La puerta se abre y en el instante en que la veo, mi corazón se detiene por un segundo. Un chispazo de calor recorre mi cuerpo de arriba abajo, una reacción que parece inevitable cada vez que veo a Emma entrar en una habitación.

—¿Puedo pasar? —pregunta con voz suave y Henry, con una sonrisa feliz, se aparta para darle espacio

Mis latidos se aceleran, pero me esfuerzo en mantener la compostura. Trago saliva y trato de no dejar que las mis emociones me traicionen. Emma está justo frente a mí, pálida y abatida, con una expresión que me llena de preocupación. Las sombras oscuras bajo sus ojos verdes son más profundas y la tensión en su mandíbula delata el esfuerzo que hace para mantenerse en pie.

No puedo evitar pensar en lo agotada que se ve y la necesidad de decirle "ven, recuéstate en mis brazos y descansa" se hace casi insoportable. Pero rápidamente me obligo a frenar esos pensamientos. "No te ablandes, Regina", me repito. Emma sonríe para Henry, pero yo, mientras tanto, examino cada uno de sus gestos con cuidado. Hay algo en su actitud que no encaja, algo que me inquieta profundamente.

Emma se aleja hacia la ventana, apartando las cortinas con un movimiento que revela su nerviosismo. Busca señales, probablemente esperando ver a sus amigas regresar de su vigilancia. Trato de no seguirla con la mirada, pero es imposible. Su inquietud es palpable, desmesurada, me afecta más de lo que quisiera admitir.

Henry, sintiendo la tensión entre nosotras, observa a Emma y luego a mí, su mirada yendo de una a la otra intentando descifrar lo que está pasando. Finalmente, decide que es mejor escapar de esta incómoda atmósfera.

Me da un beso en la mejilla y sin perder tiempo, pasa junto a Emma dándole una palmada en el brazo con complicidad. Ella lo observa irse, pero en cuanto la puerta se cierra, sus ojos vuelven a posarse en los míos.

Me muevo hacia el fondo de la habitación, buscando poner algo de distancia entre nosotras. Pero ella me sigue con la mirada, puedo sentir cómo se alimenta de mi presencia. Los músculos de su cuerpo se tensan, mi lejanía la inquieta tanto como a mí. Inspira y espira con dificultad, buscando una calma que parece estar fuera de su alcance.

Cuando finalmente me habla, sus palabras son un susurro que perfora el silencio entre nosotras.

—Regina... lo siento —la voz le tiembla apenas y en sus ojos veo sinceridad — Tú no eres cualquier persona para mí.

La miro con una intensidad que apenas puedo contener, mis emociones luchando por salir a la superficie. Pero en lugar de dejar que me vean vulnerable, mantengo mi mirada fija en ella, acribillándola con todo el peso de mi propia tormenta interna.

La rabia me consume desde dentro, un fuego incontrolable que ha estado ardiendo durante demasiadas horas. No puedo contenerlo más y finalmente lo dejo salir, cada palabra impregnada de la frustración acumulada.

—Muchas veces he estado tentada de atarte a una silla y no dejarte ver la luz del día nunca más —suelto entre dientes, mientras me despojo de mi chaqueta con un movimiento brusco, lanzándola con fuerza a la silla más cercana. Me quema la piel, la necesidad de mantenerla a salvo y de que entienda, de una vez por todas, la gravedad de lo que está en juego— Pero no lo hago, porque confío en que llegará el momento en que actúes como una adulta.

Emma reacciona al instante. Puedo ver el destello de molestia en sus ojos, una chispa de ira que hace eco a la mía, aunque disfrazada de un intento de calma.

—Vale, estás molesta, pero no me vengas con eso de que no soy adulta —me responde, con un tono firme y dolido, mis palabras la han golpeado más de lo que está dispuesta a admitir.

Estoy al borde de un colapso, pero no puedo permitírmelo. Si me dejo llevar por el caos interno, todo se desmoronará. Aprieto los puños, tratando de contener las emociones que se agitan dentro de mí, pero sé que no puedo seguir así.

—Quizás es mejor que te vayas, quiero estar sola —le digo, mi voz fría, distante, aunque por dentro todo en mí está gritando lo contrario— Es lo que has estado haciendo todo este tiempo, ¿no? Dejándome sola.

Pero en el fondo, sé que no quiero que se vaya. Quiero que se quede, que luche, que me demuestre que está dispuesta a estar conmigo, sin reservas, sin miedos, sin la constante incertidumbre que ha estado desgarrando lo que hemos tratado de construir juntas.

Emma se tensa y en ese instante, veo que he tocado una herida abierta. Pero no me detengo, porque sé que necesito que escuche todo lo que tengo guardado, para poder respirar sin la presión constante de sus silencios y sus secretos.

—Lo siento, Regina... —la voz se le rompe y en sus ojos hay un dolor que casi me hace ceder— Siento mi comportamiento, siento las cosas que he dicho últimamente. Prometo intentarlo…

—Si supieras lo doloroso que es todo lo que siento... —la interrumpo, con la voz cargada de sentimientos reprimidos. Mi corazón se encoge con cada palabra— Me abro a ti como no lo he hecho con nadie y tú insistes en dejarme a un lado.

Doy un paso atrás, mis manos temblando ligeramente mientras trato de mantener mi compostura. Respiro profundamente, apartando la mirada de sus ojos verdes que me miran llenos de arrepentimiento. Mis manos se crispan a los costados, intentando contener la necesidad de gritar o llorar, o ambas cosas al mismo tiempo.

—Estoy haciendo muchas cosas mal— baja la cabeza y aprieta los labios, un gesto pequeño que me parte el alma. La tristeza en sus ojos me golpea con fuerza, pero trato de no dejarme llevar por ella. Si dejo que la compasión tome el control, nunca podré ser sincera, no puedo ser blanda con Emma ahora.

—Si, creo que sí y probablemente se te ha olvidado quién soy —mi voz se endurece, pero el dolor se oculta bajo cada sílaba— No estoy acostumbrada a hacer concesiones y contigo, todos mis parámetros se han ido a la mierda.

Me detengo, mi respiración se acelera, pero logro mantener el control, aunque apenas. Camino hacia la ventana, dándole la espalda, necesitando un momento para calmar las emociones.

—En estos momentos me siento tan ridícula y blanda. Esta no soy yo... —hablo con dificultad, mientras aprieto los ojos para no dejar escapar las lágrimas— La situación se me está escapando de las manos, Emma y no puedo permitirlo.

Siento sus ojos en mi espalda, cada segundo de silencio es una batalla interna para no ceder, para no volver a ser esa persona que alguna vez se dejó consumir por el amor hasta perderse. Pero con Emma... todo es diferente y eso es lo que me aterra.

Al final, todo lo que puedo hacer es quedarme mirando la oscuridad a través de la ventana, sintiendo su presencia detrás de mí, deseando que las cosas fueran diferentes, pero sabiendo que no puedo permitirme bajar la guardia y poner en riesgo a mi corazón. No otra vez.

Me giro y Emma me mira, sus ojos suplicantes, llenos de desesperación —Por favor Regina no me apartes.

—¿Yo te aparto?— la frustración estalla en mí con furia. Me froto el rostro con ambas manos, tratando de aliviar la presión que siento, pero es inútil. La desesperación se agita en mi interior como un enjambre de abejas— ¡Es que no te das cuenta! No solo tu mundo cambió, también el mío...

Me detengo un segundo, el peso de mis palabras colgando en el aire. No es solo la magia o la oscuridad lo que nos consume; es todo. Es el amor, el miedo, la pérdida, la incertidumbre —Siento tantas cosas, Emma y no entiendo por qué me hacen sentir tan asustada. Soy la Reina Malvada, no puedo permitirme sentir miedo; pero tú entras y sales de mis emociones cómo te da la gana y me es imposible controlarlo… me dejas tan vulnerable.

Le suelto todo con furia, palabras cargadas de emociones reprimidas durante demasiadas horas. No sé cómo detener este torrente que me arrastra, así que lo dejo fluir, aunque cada palabra es una avalancha que hace demasiado daño.

—No digas que te aparto Emma, cuando la verdad es que estoy sola descubriendo mis propios sentimientos, porque tú te aíslas. —se que lo que le estoy diciendo suena duro, pero no puedo contenerlo más — ¿Qué somos, Emma? ¿Para qué estamos juntas? ¿Para calmar nuestras frustraciones entre las sábanas? Porque parece que es el único lugar en el que nos entendemos.

Emma se tensa, su mirada se endurece y un destello de enojo atraviesa sus ojos.

—¿Calmar nuestras frustraciones? como te atreves a puedes decirme eso— pregunta, su voz baja, pero con un filo cortante. Aprieta los puños, sus nudillos blancos de la tensión.

La energía que me sostiene se desvanece y me dejo caer en una silla de cuero, sobrepasada por las emociones. La fuerza que solía tener parece una sombra de lo que era y no sé si puedo seguir luchando contra este torrente interno.

Hay una punzada en la cicatriz de mi mano hecha por la daga, la herida arde por dentro. Es un dolor que me resulta extraño, pero al mismo tiempo familiar. De repente, empiezo a entrelazar los eventos en mi mente, dándome cuenta de que hay una correlación entre el cambio de humor de Emma y esta sensación ardiente en mi cicatriz.

El dolor en mi mano se intensifica y me doy cuenta de que la magia de Emma está revoloteando, inquieta, perturbada. La intensidad del ardor se convierte en una quemazón. Pero vuelvo a dejar ese detalle de lado y me concentro en nuestra batalla de miradas.

Veo el conflicto en sus ojos, el mismo que está destrozando mi interior. Quiero decirle tantas cosas, quiero comprenderla y que me comprenda, pero no sé cómo. Este amor que compartimos es una fuerza incontrolable y siento que ambas estamos a punto de ser arrastradas por él, sin posibilidad de volver atrás.

—¿Qué más razones me has dado? Hablemos claro —digo, mi voz más suave ahora, pero aún cargada de peso— No quiero confundir esto. ¿Qué es lo que quieres? ¿Una mujer que no se meta en tu vida, que esté ahí solo para que vengas y te la folles por las noches sin ningún compromiso?

Las palabras suenan menos bruscas en mi cabeza, pero al ver la expresión desfigurada de Emma, me doy cuenta de que han golpeado más fuerte de lo que imaginaba. Su rostro se tuerce de dolor y algo en mí quiere retroceder, pero es tarde. Lo dicho, dicho está.

Mis pensamientos se detienen en seco cuando veo a Emma avanzar hacia mí con grandes zancadas, su expresión es pura furia. Se inclina hacia adelante, apoyándose en los brazos de la silla en la que estoy sentada, invadiendo mi espacio con una intensidad que me deja sin aliento.

—Hago el amor contigo. Y si vuelves a decir que solo eres la mujer con la que follo y ya… no te volveré a tocar nunca más —su voz es baja, pero cargada de una ira contenida que parece sacudir la habitación. La silla se eleva unos centímetros del suelo, como si estuviera a punto de salir volando y luego cae bruscamente de nuevo, haciendo que mi corazón salte en mi pecho. ¿De dónde ha salido esta fuerza?— ¿Por quién me tomas, maldita sea? —Emma recobra la compostura y se aparta, frotándose las manos intentando disipar los temblores que la recorren.

La veo luchando por controlarse, por no dejarse llevar por la oscuridad que sé que la acecha y algo en mí se ablanda, pero no puedo permitir que esto termine en otra explosión emocional. Ya no.

—Ya ni me tocas, ¿Qué diferencia hay? —respondo desganada, sin mirarla. Sé que mis palabras son crueles, pero no puedo evitarlo. Estoy herida, agotada, y la distancia que se ha abierto entre nosotras me está matando.

Antes de que pueda procesar lo que acabo de decir, ella me pone en pie de un tirón violento y se lanza hacia mí, sus labios atrapan los míos en un beso desesperado. Mi cuerpo reacciona por instinto, correspondiendo por un breve instante. Siento su desesperación, su necesidad de conexión y por un segundo, quiero rendirme a ello, dejar que el calor de su amor me consuma. Pero la realidad me golpea y con esfuerzo, me aparto. No puedo caer en este juego, no cuando estamos tan rotas por dentro.

—No quiero esto —le susurro, mis palabras son más para mí misma que para ella, intento convencerme de no ceder a la tentación de olvidarlo todo entre sus brazos.

Emma da un paso atrás, con el rostro descompuesto parece que hay una batalla en ella con la que ni siquiera puedo ayudarle. Sin previo aviso, se deja caer de rodillas ante mí. Su desplome no es solo físico, parece como si de un momento a otro todo el peso del mundo hubiera caído sobre sus hombros, agotando las últimas fuerzas que le quedaban. Mis duras palabras, nuestro enfrentamiento, han sido la gota que colmó el vaso y ahora lo veo con una claridad dolorosa.

La mujer fuerte y desafiante que conozco ha desaparecido, quedando reducida a una figura debilitada, temblorosa y tan vulnerable que me cuesta creer que sea la misma Emma Swan. Todo su descontrol, la furia se han desvanecido y en su lugar queda una mujer destrozada.

—Estoy tan cansada de luchar, Regina... ya no puedo más —la voz se le quiebra en un susurro que se clava en mi corazón con dolor. Las palabras apenas salen, se nota que le costara incluso formar las frases.

Veo cómo su fachada se desmorona ante mis ojos, se está rompiendo en mil pedazos. Los sollozos empiezan a brotar de su pecho, primero suaves, ahogados y luego, más intensos, desesperados. Emma está llorando, verdaderamente llorando, como nunca antes la había visto hacerlo. Cada lágrima que cae de sus ojos es una carga que libera, pero también una que me hunde más en la culpa.

Tengo el impulso de tocarla, de ofrecerle algún tipo de consuelo, pero me detengo. Los rechazos que he sufrido de su parte, las veces que ha apartado mi mano, pesan en mí como una advertencia. ¿Y si me rechaza de nuevo? ¿Y si, en su dolor, no quiere mi consuelo? La duda me consume, pero no puedo simplemente quedarme de pie mientras ella se desmorona.

Me arrodillo frente a ella. Mi voz sale suave, como un susurro, mientras intento llamarla.

—Emma... —pronuncio su nombre con la mayor ternura posible, tratando de que el simple hecho de decirlo pueda calmarla, pero sus sollozos ahogan cualquier intento de respuesta. Está completamente encerrada en su dolor, atrapada en una espiral de sufrimiento de la que no sé si podré sacarla.

Mis manos temblorosas se quedan a medio camino, indecisas. Quiero abrazarla, sostenerla hasta que sus lágrimas se sequen, pero el miedo al rechazo me paraliza. Es una batalla entre mi necesidad de estar ahí para ella y el temor de que mis gestos no sean bienvenidos. Mi corazón me grita que la toque, pero mi mente me recuerda que cada vez que he intentado acercarme, me ha apartado

Cuando Emma vuelve a hablar, su voz está teñida de un dolor tan profundo. Puedo ver cómo se esfuerza por mantenerse entera, pero cada palabra que pronuncia la desmorona un poco más.

—Es tan horrible toda esta oscuridad... tantas voces en mi cabeza me incitan a caer—su voz se quiebra y sus manos tiemblan ligeramente mientras las lleva al rostro, cubriéndolo como tratando de esconderse del mundo, de mí, de todo lo que la atormenta.

Mis manos se aferran a la tela de mi falda, luchando contra el impulso de abrazarla y borrar todo ese dolor con mi cercanía. La veo, y el hecho de que se esté rompiendo en pedazos, activa el deseo de protegerla. Un instinto que se apodera de mí y no puedo ignorar.

—No logro dormir en paz —continúa, con una voz apenas audible, cargada de angustia — Tengo miedo de cerrar los ojos... de lo que pueda pasar si lo hago. ¿Y si me quedo atrapada y nunca vuelvo?

Su confesión me impacta con demasiada fuerza. Emma, la Salvadora, la mujer que nunca muestra debilidad, está aterrorizada. Mi corazón se encoge al escucharla y siento un nudo en la garganta. ¿Cómo no me di cuenta antes? ¿Cómo pude estar tan ciega a su sufrimiento?

—Tengo miedo… miedo de nunca más poder tocarte —dice, con un hilo de voz, y veo cómo sus hombros se desploman bajo el peso de esas palabras. El temor en sus ojos es palpable y mi primer instinto es acercarme y borrar esa distancia que se ha instalado entre nosotras, pero sé que debe ser ella quien dé el primer paso.

—Cariño... —susurro, con toda la ternura que puedo reunir en mi voz. Sus ojos, llenos de dolor, buscan los míos, quizás buscando alguna señal de que todo estará bien.

Con un gesto suave, elevo mi mano, invitándola a tocarme, ofreciéndole ese consuelo que sé que necesita. Por un momento, Emma se queda inmóvil, debatiendo si aceptarlo o no. Pero finalmente, sus dedos, todavía temblorosos, se elevan para encontrarse con los míos. Entrecruza nuestros dedos, y el contacto, aunque mínimo, es un bálsamo para ambas.

—Emma... —empiezo a hablar con suavidad, buscando las palabras correctas— nuestras magias se entrelazan de una manera única. Se reconocen, se aceptan... no son rivales. Lo que sucedió en el bosque, esa explosión de poder, no daño a Merlín ni a mi solo a nuestros enemigos. Tu la controlaste. Lo que ocurrió después fue la oscuridad intentando separarnos, intentando hacerte perder el control. Pero no lo hiciste. No fuiste tu la que me hirió, Emma. Fue la oscuridad la que quiso alejarme de ti, para que pudieras caer en sus garras, pero tú resististe.

Veo cómo la tensión en sus hombros disminuye un poco y sus dedos aprietan los míos con más fuerza. Mis palabras parecen que hubieran logrado calmar, aunque sea un poco, el torbellino de emociones que la atormenta.

—Lo siento... por ser tan estúpida, por alejarme —susurra, con una voz cargada de culpa. Y sé que estas disculpas le están costando, que está luchando con cada palabra para no volver a esconderse tras esa coraza que ha levantado.

Ayudo a Emma a ponerse en pie, sintiendo la fragilidad en su cuerpo mientras la levanto. Sus piernas tiemblan y por un momento temo que vuelva a desplomarse, pero no lo hace. En lugar de eso, se apoya en mí, dejándose guiar sin resistencia hacia la cama. Es un gesto pequeño, pero es todo lo que necesito para saber que, aunque está rota, aún confía en mí para ayudarla a juntar las piezas.

Nos recostamos en la cama y cuando me giro hacia ella, veo cómo se encoge, su cuerpo curvado sobre sí mismo como el de una niña asustada. Esta no es la Emma que el mundo conoce, fuerte y decidida. Es la Emma que pocas veces deja ver, vulnerable y necesitada de consuelo.

—Quiero abrazarte —le digo, mi voz suave, casi temerosa de romper el delicado equilibrio de este momento. Me preparo para que se aleje o me rechace, pero en lugar de eso, su cuerpo se relaja ligeramente, como si mis palabras fueran el permiso que necesitaba para dejarse llevar.

Sin más resistencia, la envuelvo en mis brazos, ambas nos acomodamos de costado, mirándonos a la cara. Nuestras respiraciones se entrelazan en el silencio de la habitación y por un momento, el mundo exterior deja de existir. Solo estamos nosotras, unidas en este pequeño refugio de paz momentáneo.

Con una suavidad infinita, acaricio sus mejillas enrojecidas, marcadas por las lágrimas que ha derramado. Cada caricia es un recordatorio de que estoy aquí, de que no importa lo que pase, siempre la sostendré. Veo cómo sus ojos verdes, aún brillantes por el llanto, se suavizan con cada roce de mis dedos.

Llevo su mano hasta mi pecho, dejándola descansar sobre mi corazón, donde la pulsación de mi magia late con fuerza, tranquila y segura. Emma me mira, algo confundida al principio, pero no aparta la mano.

—Quiero que sientas mi magia —le digo en un susurro, mi voz suave como la brisa. Por un momento ella no parece entender mis palabras— Cierra los ojos, respira, profundo y siénteme.

Ella hace lo que le pido, cierra los ojos, concentrándose en el contacto. Envío hondas pequeñas de mi magia hacia ella como un pulso suave.

—¿Cómo se siente, Emma?— cuando vuelvo a hablar, mi voz es baja, íntima.

—Es... suave y dulce, como algodón de azúcar en la boca—murmura con asombro— Cálida, como una manta que me envuelve... Es como si calmara cada rincón de mi ser, aparta el miedo y me recuerda que... que estoy segura aquí.

Escucharla me llena de ternura. Es extraño escuchar a Emma describir la magia de esta manera, pero también es profundamente revelador. Sabe que mi magia ha sido oscura, que he hecho cosas terribles con ella en el pasado, pero aún así, la siente como un refugio, como algo que puede protegerla en lugar de dañarla.

—Mi magia es oscura, recuerdas —le explico suavemente, entrelazando nuestros dedos sobre mi pecho— pero ya no es la oscuridad que solía ser. No busca hacer el mal, porque ese ya no es su propósito. He aprendido a equilibrarla, a guiarla hacia algo diferente. La oscuridad no siempre es aterradora, Emma. Puede ser un lugar de descanso, de protección, un lugar donde puedes encontrar paz.

Mis palabras la tocan y la tensión en su rostro se suaviza un poco más. Me acerco, presionando nuestros frentes juntas, sintiendo su respiración cálida contra mi piel.

—Cada vez que dudes de nuestra unión, de lo que somos juntas, piensa en este momento —susurro, dejando que mi voz se funda con el latido constante de mi magia— Nuestras magias, juntas son más que solo luz y oscuridad. Son el equilibrio perfecto. Somos nosotras, Emma. No hay nada que temer cuando estamos unidas.

Emma me mira y veo cómo las lágrimas vuelven a sus ojos, pero esta vez no son lágrimas de desesperación. Son lágrimas de alivio, de comprensión. Ella no necesita decir nada más; lo veo en su mirada, en la forma en que se aferra a mí, como si temiera que pudiera desvanecerme si me soltaba.

—Lo siento... por todo —susurra, puedo ver el peso que se libera de sus hombros al decirlo.

No respondo con palabras. En lugar de eso, me inclino hacia ella, acortando la distancia entre nosotras y la beso. Es un beso suave, lleno de todo el amor y la comprensión que puedo ofrecerle en este momento. No hay prisas, no hay urgencia, solo el simple deseo de estar juntas, de reconectar, de sellar este pacto silencioso que hemos hecho de protegernos mutuamente.

Emma responde al beso con la misma intensidad y siento cómo su cuerpo finalmente se relaja por completo, dejándose llevar por el momento. Mis manos acarician su rostro, su cuello, su espalda, en un gesto tranquilizador, asegurándome de que sienta cada parte de mi amor, de mi promesa de no dejarla nunca sola en esta batalla.

Finalmente, nos separamos solo lo suficiente para mirarnos a los ojos y en este instante sé que algo ha cambiado entre nosotras, en nuestra magia. Aunque la lucha está lejos de terminar, hemos encontrado una paz que ninguna de las dos creía posible.

Continuará…


¡Uf, qué capítulo! Fue un verdadero huracán de emociones, ¿verdad? Pero por fin nuestras protagonistas nos han regalado un momento de calma . Ya era hora... Espero que hayan disfrutado tanto como yo esta montaña rusa de sentimientos. ¡Gracias por leer!

Pueden encontrarme en Instagram.

Imágenes y música creadas especialmente para el Fic.

Hevy_lara