¡Hola, mis Aventureros! Espero que estén listos porque lo que viene es un sube y baja de emociones ¡Nos leemos!
Capítulo 26
La Dama Oscura
Pov. Emma
Parpadeo en la oscuridad, tratando de orientarme, pero todo a mi alrededor parece infinito. Una habitación enorme, vacía, sin paredes ni puertas visibles. Un espacio sin límites, donde el vacío lo consume todo. Mi respiración se escucha fuerte, acelerada, un eco que rebota en el aire pesado. Lo último que recuerdo es el dolor… un dolor tan profundo y afilado que me arrancó el aliento, que me dejó sin nada. La imagen de Mulán… su sangre… su mirada final.
Estoy acostada en una cama en medio de esta nada. Las sábanas se sienten frías y húmedas bajo mis manos, parecen convertirse en un manto de agua que empieza a rodearme. Me estremezco; el agua está helada, pero me parece que pesa toneladas. Intento moverme, pero mi cuerpo está atrapado, anclado a la cama. Siento los brazos débiles, como si fueran de plomo. Me cuesta respirar. El agua sube rápidamente, envolviendo mi cintura, subiendo hacia mi pecho y en un parpadeo… se torna de un rojo oscuro, espeso.
Es sangre.
Sangre que se extiende a mi alrededor, cálida y pegajosa. Cierro los ojos con fuerza, tratando de escapar del horror, pero no puedo. El color me persigue, me envuelve, estoy atrapada en una pesadilla de la que no puedo despertar. Veo a Mulán. Veo su garganta abierta, el hilo de sangre recorriendo su piel, caliente sobre mis manos. Su última mirada, llena de dolor y reproche, se clava en mi mente como un cuchillo.
No pude salvarla.
Mi cuerpo se sacude con un sollozo involuntario, el dolor es punzante, se siente como una quemadura. Y entonces, sobre mi propio llanto, una voz emerge de la nada. No quiero escucharla, pero es imposible ignorarla.
El corazón me late con fuerza, acelerando más y más, cada golpe resonando como un martillo contra mis costillas. "Es tu culpa," susurra una voz en mi cabeza. "No pudiste salvarla. Nunca puedes salvar a nadie."
El agua me aprisiona. Intento levantarme, pero cada movimiento es una lucha. El peso sobre mi pecho es insoportable. El miedo se arrastra por mi columna, congelándome, haciendo que mi piel se erice.
—No pude… no pude…— las palabras apenas salen de mis labios. Siento lágrimas quemando en mis ojos, pero me niego a dejar que caigan.
Un silencio sepulcral se apodera de la habitación. Es tan denso que parece absorber todo sonido, todo aliento. "¿Dónde estoy?" pienso, desesperada, pero no tengo respuestas, solo la certeza de que algo está mal, terriblemente mal.
El susurro bajo y burlón surge nuevamente, rodeándome, llenando cada rincón.
"Así es como termina todo, ¿verdad?"
La voz dentro de mi cabeza tiene un tono familiar, pero retorcido, lleno de desprecio. "Perdiendo a los que amas… porque eres demasiado débil para salvarlos."
Puedo reconocerla aunque durante largos segundos me niego a aceptarlo… esa voz… la voz es mía, pero distorsionada, un eco oscuro y burlón que me revuelve el estómago. Me tapo los oídos, pero el sonido sigue resonando dentro de mi cabeza, golpeando con fuerza.
"El poder que se te ha dado y lo único que haces es llorar."
No es un regalo. Es una maldición, pienso, apretando los dientes. La extraña ríe, como si pudiera oír mis pensamientos.
"Llorona," susurra, y la palabra se repite una y otra vez en mi mente, cada vez más alta, cada vez más hiriente. "No puedes salvarlos."
La confesión resuena en mí como una verdad que no quiero aceptar. Una sensación de vacío se abre en mi pecho, siento que mi cuerpo dejaba de pertenecerme y comenzara a desmoronarse desde adentro.
—¡No! —jadeo, luchando contra el agua, contra las sábanas, contra el peso invisible que me aplasta— No es mi culpa. Yo… hice lo que pude…
La voz ríe, una risa amarga, como el crujido de un vidrio roto.
"¿Hiciste lo que pudiste? ¿Eso te dices a ti misma para sentirte mejor? Sabes que podrías haber hecho más. Que deberías haberlo hecho."
El frío me cala hasta los huesos, pero lo que realmente me hace temblar es la figura que se forma frente a mí. Una figura que toma mi rostro, pero más cruel, más feroz, con ojos como cuchillas que me miran con desprecio. Es una versión de mí que se deleita en la desesperación, que sonríe con crueldad.
Esa no soy yo. Pero al mismo tiempo… lo soy.
Ella se agacha a mi lado, tan cerca que puedo sentir su respiración helada en mi piel. La magia que emana de ella me paraliza, me deja sin aliento.
—Me decepcionas—susurra, y extiende una mano con dedos largos y pálidos, atrapando mi rostro con fuerza. El dolor estalla en mi mandíbula. —No puedes imaginar mi regocijo cuando me convertí en parte de ti. La salvadora cayendo voluntariamente en la oscuridad…— se ríe, una risa aguda y cortante —Sin embargo, esto ha sido una pésima combinación. No puedes imaginar mi frustración. Te resistes a lo inevitable. Y me asquea que busques la aprobación y el amor de los demás como una niña perdida.
—¡Déjame en paz! —grito finalmente, mi voz rasgando el aire denso.
Sus dedos se hunden con mayor fuerza en mis mejillas y un frío mortal sube por mi espalda. Intento ignorarlo, concentrarme en escapar de esta prisión acuática, pero sus palabras siguen, más fuerte, más cruel.
—Mulán murió por tu culpa, Emma. Y los demás también lo harán. Regina, Henry, tu madre… todos. Uno a uno, caerán. Y tú, impotente, solo podrás mirar.
Mis manos tiemblan. Quiero gritar, quiero gritar hasta que mi garganta se desgarre, pero sé que no servirá de nada. Mulán muerta… Regina en peligro… mi mente es un torbellino de imágenes, de posibilidades terribles que no puedo evitar.
—¡Eres tan débil!— su grito me atraviesa. Pero no tengo tiempo de reaccionar, ella me empuja con fuerza el rostro hundiéndome bajo el agua helada. Lucho por salir a la superficie, mis pulmones arden por la falta de aire, pero la fuerza de su agarre me mantiene sumergida —Tus remordimientos nos harán perderlos a todos.
Cuando finalmente me deja subir, toso y jadeo por aire, mi pecho sube y baja rápidamente. —Eso no pasará…— balbuceo, entre respiraciones entrecortadas.
—¿Cuál es tu peor miedo?— me pregunta con rabia
—No poder deshacerme de ti— logro responder, pero sé que no es toda la verdad.
Mi respuesta la enfurece, y vuelve a sumergirme con una fuerza brutal. El agua me envuelve de nuevo, la presión aplasta mis oídos, pero puedo oír su voz clara, como si hablara directamente dentro de mi mente — ¡Mentira!
Me saca del agua de un tirón, lanzándome fuera de la cama. Mi cuerpo golpea el suelo con fuerza, el impacto sacude mis huesos, pero el dolor es un alivio momentáneo comparado con su presencia aplastante. Intento arrastrarme, alejarme, pero ella se acerca de nuevo, me agarra por los tobillos y me arrastra como si fuera una muñeca rota, hasta que quedo atrapada en un rincón.
—Mírame y di la verdad— exige, pateando mis piernas. Me hago un ovillo, acurrucándome, tratando de protegerme de su furia.
—No ser lo suficientemente fuerte para mantenerlos con vida— musito finalmente. Levanto la mirada y me encuentro con el fuego de sus ojos. Siento que algo en mi interior se quiebra; la energía me abandona y tengo que apretar mi vientre para contener las náuseas.
—Tú no eres digna de una reina— murmura con desprecio, empujándome la frente al suelo. La voz es un eco que retumba en mi cráneo. Me hace revivir cada instante en el que he perdido el control. El pánico sube por mi pecho, ahogándome, dejándome atrapada, inútil —Casi muere a manos de tu padre confabulado con el repugnante pirata y de unos insignificantes hechiceros. Fui yo quien hizo lo que debía, mientras tú lloras y te lamentas por haberla salvado— susurra en mi oído, su aliento frío rozando mi piel como una navaja de hielo — Su final puede ser igual que el de Mulán.
— Eso no es cierto— chillo desgarrada por el dolor, pero sé que una parte de mí teme que lo sea.
Pongo toda mi fuerza para ponerme de pie, para demostrarle que no estoy vencida, ni que tampoco tengo miedo, aunque estoy totalmente aterrada.
—Tu enemigo volverá, ¿lo sabes? —dice con una voz baja, como un susurro que me araña el alma— Y no podrás salvar a los que amas. No podrás salvar a ninguno de ellos.
Intento alejarme, pero no puedo moverme. Tengo los pies atrapados en el suelo, como si estuviera anclada en este lugar de sombras. La risa de mi doble resuena en mi mente, cada carcajada un latigazo.
—Te acordarás de mí cuando tengas su cuerpo entre tus brazos —continúa, y la frialdad en su tono me hiela la sangre— Entonces te darás cuenta de que no aceptarme fue un error.
—¡Cállate! —le grito, pero mi voz suena débil, frágil, perdida en este vacío.
La oscuridad alrededor de ella se agita con vida propia. De pronto, veo imágenes proyectándose en mi mente, escenas tan vívidas que siento que me ahogo en ellas. Cada uno de mis seres queridos… Snow, Henry, Regina… todos ellos, muriendo de maneras horribles. Sus gritos de dolor se mezclan con el sonido de una carcajada distante. Mía.
Killian y Nimue aparecen, y sus rostros están cubiertos de una satisfacción maligna. Siento el golpe de la traición como un puño en el estómago. Mis piernas tiemblan. La oscuridad a mi alrededor crece, me oprime, me succiona. Intento luchar, pero me siento atrapada en arenas movedizas, cada movimiento me hunde más.
—Eres tú —logro decir, mi voz rota— eres tú quien mantiene mi mente en este abatimiento constante. Te complace verme llena de rencor.
Mi otro yo sonríe, mostrando sus dientes en una sonrisa que es casi un gruñido.
—Soy todo lo que tú niegas —dice, acercándose lentamente, cada paso resonando en mi mente— Soy el descontrol y la culpa. Soy la angustia que te consume y el desconsuelo que te asfixia. Soy lo que en realidad deseas, lo que luchas por ocultar ante los demás. Soy el placer que sientes al utilizar el poder sin contenerte. La locura y el arrebato por querer destrozar a todo aquel que intente dañar a las personas que amas.
—¡No!— grito, intentando poner distancia entre nosotras, pero ella está allí, pegada a mi rostro, tan cerca que puedo ver cada detalle de esa sonrisa cruel que me lanza.
La miro a los ojos, los mismos ojos que veo en el espejo cada mañana, pero ahora llenos de un odio puro. Sé que si no resisto, si cedo siquiera un poco, me arrastrará hasta el abismo. Su presencia me inunda de una energía oscura, como un pozo sin fondo.
—Aún no has perdonado a tu padre— continúa, su voz tan suave y peligrosa al acercarse a mi oído—Has soñado con romperle el cuello, y lo que tenemos en mente para Robin...— mi corazón late desbocado mientras susurra—No olvidemos a los más importantes, Killian y Nimue. ¿De verdad crees que puedes hacerlos pagar sin mí?
Permanezco en silencio, cada palabra suya envenena mi mente, calando en mis dudas. —Déjame tomar el control. Vamos, hazlo. ¿O vas a continuar refugiada en una esquina mientras los ves morir?— susurra con una voz seductora. Cada palabra suya empieza a ganar terreno en mi mente, en mi voluntad.
—No te complaceré —replico, con el poco aliento que me queda— No voy a rendirme.
—¡Pero ya estás rindiéndote! —grita mi reflejo malvado, y la fuerza de sus palabras me sacude como una tormenta— Déjame entrar. Déjame ser lo que en realidad necesitas. Déjame darte el poder para destruir a tus enemigos antes de que destruyan a quienes amas.
De nuevo, las imágenes destellan ante mis ojos; Killian y Nimue, con sus espadas en alto, despojando a mi familia de la vida. Snow gritando mi nombre mientras cae al suelo, Henry arrodillado, impotente. Regina… Regina cubierta de sangre, sus ojos apagándose mientras yo me quedo quieta, sin hacer nada.
No. No. Esto no es real.
—No, no… ¡No! —grito desesperada, con todas mis fuerzas, intentando sacudirme de esas visiones, de la sensación sofocante de que ya he perdido.
Mi yo oscuro sonríe aún más, como si hubiera esperado esa respuesta.
—Lucha contra mí todo lo que quieras, Emma —susurra—. Pero siempre estaré aquí. Dentro de ti. Alimentándome de tu miedo, de tus dudas.
Su voz está llena de una certeza que me asusta. Su figura es una sombra que crece, su proximidad me asfixia. Puedo sentir el peso de su presencia como un yugo en mi pecho.
—No volveré a salir corriendo nunca más —susurro, en un aliento quebrado.
Pero ella no se detiene. Sus brazos, cálidos y suaves como el abrazo de una serpiente, me envuelven. La luz se apaga poco a poco y, con cada segundo que pasa, siento cómo mi fuerza se disuelve.
Hay golpes distantes, un sonido que apenas puedo discernir entre el caos. Una voz, familiar y perdida en la bruma, intenta llegar hasta mí.
Intento concentrarme, identificarla, pero estoy demasiado aturdida. La cantidad de magia girando en torno a mí es abrumadora, una tormenta furiosa que me arrastra. Aprieto los dientes, luchando contra el grito que quiere desgarrar mi garganta. Mis dedos tocan la sien de mi reflejo malvado, buscando cualquier punto de anclaje, pero en su lugar, siento sus emociones profanando mi mente. La rabia, la desesperación, el hambre de poder.
Y entonces, dentro de ese caos, escucho otra vez esa voz. Esta vez es más suave, más calmada, susurra en mi interior como un murmullo cálido en la penumbra.
"Emma… cariño", su voz vuelve, más fuerte esta vez. "Estoy aquí…No te rindas…"
La voz atraviesa la negrura que me envuelve, se filtra en mi conciencia, y tras unos segundos, logró reconocerla. Regina.
Su nombre florece en mi mente, trayendo consigo una oleada de sensaciones que me anclan, que me arrancan de la desesperación. Siento su miedo a perderme, pero también su amor, su determinación. Es una chispa de luz rompiendo la oscuridad que me envuelve. El caos alrededor de mí se ralentiza, la presión en mi pecho se aligera.
Regina… Por un momento, siento el calor de sus manos en las mías, siento su energía recorriéndome. Aun en este lugar donde la maldad me rodea, puedo sentir su amor, su miedo. Y eso me da fuerzas.
Miro a mi doble oscuro, y me doy cuenta de algo que no quería aceptar, tiene razón. Estoy llena de miedos. Pero es precisamente ese miedo, ese temor a fallarles, a perderlos, lo que me mantiene cuerda.
—Sí, tengo miedo —digo, mi voz más fuerte ahora, más firme— Pero es ese miedo a fallarles, a perderlos, lo que nutre mis fuerzas. Es la chispa que custodia el límite entre la luz y la oscuridad.
Mi yo oscuro sonríe, una sonrisa torcida, llena de desprecio, pero no puede ocultar la duda que ahora destella en sus ojos.
—El miedo no te salvará, Emma. El miedo te consume.
Hay una punzada de dolor en mi pecho, pero la presencia de Regina sigue ahí, cálida, constante. La oscuridad se retira un poco más.
—No me consume —respondo, apretando los puños— Es mi ancla. Es lo que me recuerda por qué debo seguir luchando. No es tu oscuridad lo que me hace fuerte; es mi amor por ellos, mi voluntad de protegerlos. Tú no tienes poder sobre mí, no mientras ese amor exista.
La oscuridad se arremolina a mi alrededor, furiosa, pero hay algo diferente ahora. Puedo sentir que su control se debilita, que la luz, aunque tenue, crece dentro de mí. Regina, su voz, su fuerza… mi familia, ellos son mi guía.
Mi doble me observa, su rostro se crispa de rabia, y por primera vez, veo algo que se parece al miedo en sus ojos.
—No voy a rendirme— grito, y mi voz parece romper las barreras invisibles que me rodean. Mi grito es un desafío, una promesa, una súplica… y una amenaza.
Por un instante, el mundo se congela en un silencio que se siente eterno, como si todo estuviera conteniendo la respiración. Pero entonces, un rugido de magia rompe la quietud. El sonido es ensordecedor, una onda de poder que sacude mi cuerpo. Es un dolor punzante, abrasador, que se extiende desde mi pecho hasta mis extremidades y dejan la sensación de que mis huesos se estuvieran fragmentando en mil pedazos.
—¡Acéptame!—grita mi otro yo, su voz resonando con un eco oscuro, cargado de odio y hambre de poder. La veo allí, con mi rostro, mis ojos, pero vacíos de compasión. Está aquí para tomar lo que cree que le pertenece. Mi voluntad.
La oscuridad me envuelve como una tormenta, su fuerza me ahoga. —Soy más fuerte de lo que piensas—susurra con un veneno que se desliza dentro de mi mente, buscando contaminar mis pensamientos—Te mostraré que es inútil resistir. Te devoraré hasta que no quede nada más que sombras.
Intenta abrirse camino, tirando de mis miedos más profundos, de mis errores, de todas las veces que he fallado a los que amo.
Pero, al mismo tiempo, la magia dentro de mí late con furia, soy una bestia que no quiere ser domesticada.
—Soy Emma Swan —digo con firmeza — Soy la luz y la oscuridad. Soy la Salvadora.
La magia se agita y se arremolina a mi alrededor, golpeando mi piel en una tormenta de fuego. Intento aferrarme a algo, cualquier cosa que me ancle a la realidad, pero la oscuridad es implacable. Ella me ataca desde dentro, un torbellino de voces, de recuerdos distorsionados, de dolor y rabia.
—Me necesitas— susurra —Sin mí, no tienes el poder para proteger a nadie.
Estoy siendo desgarrada, partida en dos, mis huesos se rompen bajo la presión. Mi otra yo sonríe, una sonrisa cruel, y se acerca más —Sin mí, Regina morirá. Sin mí, los que amas sufrirán. Te arrepentirás de no aceptarme cuando veas sus cuerpos en el suelo, cuando los sientas desvanecerse en tus brazos…
—No — la interrumpo con desesperación. Aprieto los dientes hasta que siento que podrían romperse. Ella me lanza una mirada de desprecio.
La oscuridad se niega a ceder, quiere ser mi dueña, dominar mi ser. Pero, en mi interior, algo cambia. No es miedo lo que siento. Es algo más. Es el deseo de proteger, de luchar, de no dejar que todo se desmorone. Y entonces, lo entiendo. Ella tomó mi forma para tentar, para hacerme dudar de mí misma, para hacerme creer que soy débil. Pero sé quién soy. Soy más que mis miedos.
—No soy el Oscuro —declaro con determinación— No me convertiré en ti. Te acepto, sí —digo de nuevo, esta vez con más fuerza, mientras una ráfaga de energía me atraviesa, chispeando a través de mis venas como rayos— Pero no como mi dueña… Yo te acepto bajo la custodia y dominio de la luz. Serás mi fuerza, pero solo bajo mis términos. Yo te controlaré.
Un grito se escapa de su garganta, lleno de rabia, de una desesperación que nunca había escuchado antes. La oscuridad se resiste, tratando de aferrarse a mí, de clavar sus garras en mi alma, pero ya no puede. Su poder se quiebra, como una ola contra una roca.
Y entonces, sucede. Mi reflejo oscuro se retuerce, grita, se resiste a ser dominado. Pero yo no cedo. La veo caer de rodillas, su rostro, mi rostro, se contorsiona en una mueca de dolor y derrota. Su frente toca el suelo en un gesto de sumisión. La oscuridad se rinde. Yo no la he vencido, la he reclamado.
Mi respiración es rápida y errática, pero dentro de mí hay una calma que nunca antes había sentido. Sé que la oscuridad aún vive en mí, pero también sé que soy su guardiana, no su esclava.
Pov. Regina
Emma yace tendida en la cama, su rostro tan pálido que parece casi translúcido, y todo en mí se retuerce de culpa. Yo le di la orden de dormir, de bajar la guardia, de entregarse a la oscuridad, y ahora… ahora sufre bajo su yugo. Estoy de pie a su lado, sosteniendo su mano fría entre las mías, sintiendo cada espasmo de su cuerpo, cada estremecimiento que la sacude desde lo más profundo. Merlín y Snow se mantienen en un rincón de la habitación, sus rostros cargados de preocupación, pero yo… yo no puedo moverme de su lado. No puedo dejarla.
La oscuridad flota sobre ella como una sombra viviente, palpando, empujando contra mi magia. Siento su resistencia, su rechazo, la forma en que se cuela a través de cada barrera que intento levantar, queriendo arrastrarla más allá de donde yo pueda alcanzarla. La desesperación crece en mi pecho, se enrosca en mi garganta como una garra helada, pero no me atrevo a mostrar debilidad. No ahora.
Emma se sacude, su cuerpo se arquea sobre la cama, y un gemido de dolor escapa de sus labios. Mi corazón se rompe en mil pedazos. Quiero gritar, quiero llorar, pero sé que no puedo, no debo. Tengo que ser fuerte, ser su ancla en esta tormenta. Debo ser su faro en la oscuridad.
—Emma… cariño… —mi voz suena quebrada, aunque trato de que sea firme, de que resuene por encima del rugido del caos que parece envolvernos— Estoy aquí… No te rindas…
La oscuridad a nuestro alrededor se agita, una tormenta que se desata desde dentro de Emma. Una fuerza poderosa empieza a arremolinarse en torno a ella, un huracán que amenaza con devorarnos a todos. La magia oscura golpea contra mí, se siente como un millón de cuchillas rasgándome la piel. Pero me niego a soltar su mano, a retroceder siquiera un centímetro.
—¡Regina, debes alejarte! —Merlín alza la voz, su tono cargado de advertencia— ¡Es peligroso!
—¡No! —grito de vuelta, sin apartar la vista del rostro de Emma, viendo cómo se retuerce de dolor— No la dejaré sola… no puedo…
El dolor se intensifica, algo me quema desde adentro, pero lo resisto. Sé que Emma también está sufriendo y si puedo aliviar al menos una fracción de su tormento con mi presencia, entonces soportaré lo que sea. No me moveré, aunque la magia oscura intente devorarme también.
De repente, una luz cegadora inunda la habitación. Me envuelve por completo, blanca y pura, tan intensa que mis ojos arden de inmediato. No puedo ver nada, solo siento la presión de la magia empujando en todas direcciones. La explosión de poder es tan grande que Merlín se apresura a cubrir a Snow con un escudo mágico, protegiéndola de la fuerza devastadora que amenaza con barrerlo todo a su paso.
Yo me lanzo sobre Emma, refugiando mi rostro contra su pecho, sintiendo los latidos desbocados de su corazón bajo mi mejilla. El caos es ensordecedor, pero no me muevo. Me aferro a ella, sosteniéndola con todas mis fuerzas, rogando que esta luz no sea el final.
Y entonces, de golpe, el sonido se extingue. El rugido se desvanece, como si alguien hubiera cerrado una puerta a la tormenta. Me quedo en silencio, temblando, incapaz de respirar por el miedo.
Despacito, alzo la cabeza. Ya no siento la furia de la oscuridad. Todo está en calma. Solo hay quietud.
—Emma… —susurro apenas en un hilo roto, esperando que responda, que me dé una señal de que sigue aquí conmigo. Que ha ganado la batalla.
Snow se acerca a la cama con pasos suaves, sus ojos llenos de lágrimas mientras se inclina sobre Emma. La mira como la niña pequeña que perdió hace tantos años, como si la vida le hubiera dado un segundo chance para ser la madre que siempre quiso ser. Me siento como una intrusa en ese momento. La forma en que sus dedos temblorosos acarician los mechones dorados me hace sentir… apartada, fuera de lugar. Soy la mujer que les robó tantos de esos momentos a madre e hija, la que interrumpió lo que podría haber sido una vida normal para ambas. Mi presencia aquí es un recordatorio de todas las heridas que provoqué.
No quiero seguir observando. Me giro hacia Merlín y le pido que vayamos a la biblioteca. Tenemos una batalla que luchar.
La luz de la biblioteca es tenue, filtrada por las gruesas cortinas que parecen haber absorbido el peso de tantas conspiraciones y estrategias a lo largo de los años. Me apoyo contra una de las estanterías, escuchando con atención mientras Merlín despliega el plan ante nosotros. Sus palabras son como flechas, precisas y rápidas, pero siento que mi mente está a medias aquí, a medias con Emma, en esa habitación donde su lucha con la oscuridad continúa.
Merlín menciona las trampas mágicas que debemos preparar alrededor del castillo, Mérida interviene, hablando sobre la defensa de las puertas principales, y Ruby asiente, aportando ideas de emboscadas y distracciones. Todo suena lógico, razonable, pero mi mente no deja de imaginar a Emma, tendida en esa cama, luchando contra esa parte de sí misma que no debería existir.
David permanece en un rincón, sus ojos fijos en el suelo, y la culpa es una sombra que se cierne sobre él. No ha dicho una palabra, pero puedo sentir su sufrimiento. Sé que se culpa a sí mismo por cada decisión equivocada, por cada sacrificio. Aunque estuvo bajo el hechizo de Killian, su dolor es palpable.
Los gritos de Killian se filtran a través de las paredes gruesas del castillo, su voz cargada de rabia y desesperación. Puedo oír mi nombre en sus amenazas, pidiendo mi cabeza, como si mi muerte pudiera saciar la oscuridad que lo ha consumido. La rabia hierve en mi interior al oírlo, esa misma ira que me dice que debería salir y hacer que se calle para siempre. Pero sé que eso es exactamente lo que la oscuridad dentro de mí ansía; que me deje llevar por la violencia, que permita que mi furia tome el control. Aprieto los puños, mis uñas clavándose en la palma de mis manos.
Merlín me lanza una mirada de advertencia, pero yo apenas le presto atención. Respiro hondo, obligándome a mantener la calma, a no mirar hacia afuera. No puedo permitirme perder el control.
Henry irrumpe corriendo en la habitación, con los ojos llenos de temor y esperanza. Su pecho sube y baja rápidamente y en su mirada hay una chispa de emoción que hace que el tiempo pare.
—¡Emma despertó! —anuncia, casi sin aliento.
Por un instante, mi corazón se detiene. No puedo moverme, no puedo respirar. Mi mente tarda en procesar lo que ha dicho. Emma… despertó. Está despierta. Está viva.
Un latido, luego otro. Mi corazón parece estallar en mi pecho. Emma... está despierta. Por un instante, no sé qué hacer. ¿Correr hacia ella? ¿Llorar de alivio?
Hay una ola de alivio tan intensa que casi me hace caer de rodillas. Mis piernas tiemblan, y me apoyo en la pared para no perder el equilibrio. La presión en mi pecho, esa opresión que no me ha dejado respirar desde que ella se hundió en la oscuridad, se afloja un poco.
Luego mis piernas se mueven antes de que mi mente pueda decidir. Emma ha vuelto. Ella está aquí, con nosotros. Ella ha luchado contra esa oscuridad que amenazaba con consumirla y está despierta. Viva.
Casi me tropiezo con la mesa de la biblioteca en mi prisa por salir, por verla, por comprobar que realmente está bien. Pero también hay miedo, un miedo profundo, de lo que podría encontrar. ¿Será ella misma? ¿La Emma que conocemos?
Continuará…
¿Qué tal, Aventureros? ¿Ya se están quedando con ganas de más? Ténganme paciencia, que ya estamos cerca del desenlace. ¡Nos vemos en el próximo!
