¡Aventureros! Este capítulo es corto pero tiene un toque de sentimientos espero lo disfruten.


Capítulo 27

Los demonios

Pov. Regina

Juro que mi corazón cae como un bloque de cemento hasta mi estómago cuando veo el rostro descompuesto de Snow en el pasillo. Sus ojos están llenos de angustia, su piel más pálida de lo normal. Antes de que pueda preguntar, ella toma mi brazo con una fuerza que rara vez he visto en ella.

—Intenté hablar con Emma, pero… —su voz tiembla— Se ve tan extraña, Regina, como si no me reconociera. Ella... ella parece vacía.

El pánico se enciende dentro de mí como una chispa en un bosque seco. Trato de mantener mi rostro sereno, pero mi mente ya está corriendo. ¿Qué significa eso? ¿Qué le ha pasado a Emma? Miro a Snow, intentando encontrar alguna señal de calma en su expresión, pero solo hay miedo.

—Esperen aquí —digo, tratando de sonar más firme de lo que realmente me siento— Déjenme ver cómo está.

Merlín da un paso adelante, su voz es grave —Regina, puede ser peligroso entrar sola. No sabemos lo que la oscuridad le ha hecho. Podrías…

Lo interrumpo con un gesto —No me importa. Necesito saber qué está pasando. —Mi tono es firme, decidido. No dejaré que el miedo me paralice ahora, no cuando Emma podría necesitarme más que nunca.

Pero antes de que pueda moverme, la figura de Emma aparece en el umbral de la puerta, sus ojos recorriendo a cada uno de nosotros con una calma inquietante. El aire se vuelve más frío a mi alrededor, un escalofrío recorriendo mi espalda. Puedo escuchar a los demás susurrar con ansiedad, sus palabras se mezclan en un murmullo indistinguible.

—¿Qué le pasó...? — alguien dice detrás de mí. Mérida, tal vez. No lo sé. No me importa.

Mis ojos se encuentran con los de Emma y de inmediato, siento que mi corazón late peligrosamente rápido. Trato de encontrar en su mirada algo familiar, algo que me diga que ella sigue ahí. Pero no hay nada. Los ojos que tanto sentimiento gritaban constantemente ahora parecen vacíos, como un pozo sin fondo.

Retrocedo, sorprendida. La figura frente a mí parece más alta, más imponente. Su piel, pálida como la nieve, le da un aire fantasmagórico, casi irreal. Esta no es mi Emma, la frágil, dulce y torpe mujer que conozco. La mujer delante de mí es otra cosa, algo sombrío, algo… oscuro.

Mi cuerpo comienza a temblar, un miedo primitivo apoderándose de mí. No, no puede ser. "Por favor, no".

—¿Qué has hecho? —logro articular, apenas en un susurro, temiendo que esos ojos que me miran con la frialdad de un demonio ya no sean los de la mujer que amo.

Emma se mantiene en silencio por un momento y mi corazón late con fuerza, cada latido un golpe de pánico. Por fin, sus labios se curvan en una sonrisa que no llega a sus ojos.

—¿Qué he hecho? —responde con un tono calmado, casi suave— Tal vez la pregunta correcta sea, Regina… ¿Qué has hecho tú?

Ladea lentamente, como si estuviera viéndome por primera vez. Su mirada es tan adusta, tan distante, que mi corazón se contrae de inmediato. Me observaba como una extraña, que no reconociera a ninguno de nosotros. Merlín da un paso atrás, casi instintivamente, con una expresión de alerta que hace que todo mi cuerpo se tense.

—Majestad, retroceda —dice el mago con urgencia, tirando del antebrazo de Henry para obligarlo a retroceder también. Pero nuestro hijo lucha un momento, resistiéndose, con el rostro lleno de preocupación.

—Llévatelos, por favor —les pido, tratando de mantener la calma en mi voz mientras siento una oleada de pánico recorrerme.

—¡Pero Regina! —Snow exclama, con miedo. Se adelanta un paso, queriendo acercarse a Emma, pero sus manos tiemblan y se detiene.

—¡Hagan lo que les digo ahora! —repito, esta vez con más firmeza, apretando los dientes.

A regañadientes, todos comienzan a ceder. Snow toma a Henry de la mano, su expresión teñido de dolor y miedo, mientras se alejan por el pasillo. Los pasos de Merlín y los otros se pierden poco a poco en la distancia. Una vez que el silencio regresa, mi respiración se acelera. Emma está frente a mí, inmóvil y mi pecho se siente como una jaula apretada, atrapando a mi corazón que golpea salvajemente contra mis costillas.

—Regina Mills... —su tono es suave y profundo, pronuncia mi nombre y da la impresión de que lo saborea lentamente, casi con un retorcido placer.

—¿Emma? —logro decir, dando un paso hacia ella, mi mano extendiéndose por instinto, buscando algún signo de la mujer que conozco. Pero algo en su expresión me hace detenerme.

Ella frunce el ceño y retuerce el rostro de una manera que no le es propia —Me engañaste —escupe llena de resentimiento.

La veo dar un paso adelante, su cuerpo tensándose como un resorte a punto de soltarse.

—Lo siento, no tuve otra opción... —respondo con un nudo en la garganta. Mi voz apenas sale en un susurro, pero la desesperación se desliza por mis palabras. Doy un paso hacia atrás, mis dedos temblando mientras me resisto a la tentación de alcanzarla de nuevo.

Emma avanza otro paso, su tono se vuelve más mordaz —Me mentiste; armaste todo un teatro a mis espaldas… y mira en qué ha terminado todo —dice con una sonrisa amarga. Sus puños están cerrados, sus nudillos blancos de tensión.

—Quizás en tu cabeza tienes la idea de que, para mí lo sucedido ha sido fácil, pero no es así —trato de mantenerme firme, sintiendo el calor de las lágrimas detrás de mis ojos— Pero, desgraciadamente, alguien tiene que hacer el papel del villano y tomar las decisiones difíciles. ¡Si hubiera abierto la barrera, estaríamos llorando por más muertes! — mi voz se rompe al final. Siento que mi corazón se desgarra con cada palabra —Ya sabes que el papel de villana me va a la perfección.

Las palabras apenas han salido de mi boca cuando Emma se lanza hacia mí como una sombra furiosa, un borrón gris que se precipita con una velocidad sobrehumana. La garganta se me cierra de golpe, y el instinto de supervivencia grita en mi cabeza, instándome a defenderme, a levantar una barrera mágica, a luchar. Pero mi corazón, mi estúpido corazón, me ruega que no lo haga, que no la lastime, que no le cause más dolor.

No hay tiempo para pensar, solo para sentir. Siento su furia acercarse, y mi corazón toma la decisión. Me quedo quieta, esperando… rezando. Confiando en nuestro amor.

Sé que debería sentir miedo. La magia del Oscuro es poderosa, inquietante, debería estar aplastándome con su dominio. Pero hay algo que no cuadra. Los brazos que me rodean no me sujetan con crueldad; me transmiten un afecto que reconozco. Es el mismo amor que me ha envuelto todos estos días. El poder de Emma es tan palpable, tan intenso, que me abruma hasta casi dejarme sin aliento.

—¡Eres tú! —mis ojos recorren su rostro pálido con una mezcla de esperanza y angustia, buscando a la Emma que conozco, que amo.

Emma sonríe, pero es una sonrisa torcida, llena de algo que no puedo descifrar. —¿Te asustaría si te dijera que soy ambas? —su voz es profunda, cada palabra acaricia el aire con un tono casi seductor. Se inclina hacia mí, hundiendo su nariz en mi cuello, aspirando mi aroma como si necesitara mi esencia para sobrevivir. Su cercanía hace que me tiemble el cuerpo, y me veo obligada a dar un paso atrás— Tienes miedo de mí, y eso… duele.

—No es cierto —susurro, aunque mi voz traiciona la verdad. Mi garganta está cerrada, y el aire a mi alrededor se ha vuelto tan frío que siento mi piel erizarse.

Sus ojos, antes llenos de dulzura, ahora están entrecerrados, y su expresión es dura, casi dolorosa. Un escalofrío recorre mi columna.

—Mírame — aunque la voz se escucha suave hay una nota de advertencia en ella. Cierra la distancia entre nosotras, sus manos ahuecan mis mejillas con una ternura que casi me desarma— Cuando me viste hace unos minutos, pensaste que era un demonio al que debías temer.

—Jamás he tenido miedo de ti —insisto, apretando suavemente sus manos contra mi rostro— Pero tus ojos… eran diferentes. Puede sonar ridículo, pero temí que no me reconocieras, que no me vieras como antes.

Se aleja de nuevo, con pasos medidos, cada uno creando una distancia que me duele como una herida abierta. La tensión en su mandíbula es evidente, y siento el peso de cada palabra no dicha. Finalmente, su voz es baja, casi vacilante.

—Necesito que hablemos… dentro —no es una petición, es una orden disfrazada de súplica.

Asiento en silencio, y la sigo a la habitación. Me siento en la cama, observándola con intensidad. Emma permanece de pie frente a mí, su postura es firme y segura, tan imponente que parece llenar todo el espacio a su alrededor. Es difícil reconciliar esta imagen con la de la mujer torpe y dulce que conocía.

Me mira fijamente y por un momento, sus ojos se ablandan, pero solo un instante antes de que vuelva a hablar, más áspera de lo habitual.

—Debo confesarte algo. No quiero mentirte — desvía la mirada hacia la pared, como si necesitara apartar sus pensamientos — Me siento… libre de tocarte por primera vez.

—¿Qué? —aprieto los labios, hay una mezcla de sorpresa y confusión en el aire entre nosotras.

—No sé si podrás entender esto, pero… no siempre era yo. Había cientos de voces en mi cabeza, todas gritando al mismo tiempo. —la veo apretar los puños, sus nudillos se vuelven blancos, y siento el dolor que carga como si fuera mío— No estoy segura de lo que era real, y lo que solo eran demonios en mi mente. Pero… siempre tuve miedo de lo que pudieran hacerte. De lo que pudieran hacerme hacerte. Ansiaban tanto de ti… de nosotras… que pensé que iba a perderme.

La miro a los ojos, intentando encontrar algo de la Emma que conozco, la que he amado. Pero hay una distancia en su mirada, una frialdad que me descoloca. Trato de aferrarme a esa sensación, de mantenerme firme, pero la confesión que acaba de hacer aún resuena en mis oídos.

—¿Estás diciendo que no eras tú? —preguntó, con un susurro, quebradizo —Ni siquiera en nuestros momentos… íntimos.

Ella baja la mirada, y por un momento parece tan vulnerable que casi puedo sentir la lucha interna que atraviesa. Cuando vuelve a mirarme, hay tristeza.

—Era yo… pero no completamente libre —lo dice tan suave que parece que temiera lastimarme— Regina, no sabes lo que era tener esos demonios en mi cabeza… voces susurrándome cosas horribles, grotescas, queriendo controlarme, empujándome a hacer cosas que nunca podría permitir —da un paso más cerca — Cuando estábamos juntas, en nuestros momentos más íntimos, siempre tenía que luchar contra eso… contra ellos.

Mi corazón late más rápido al escucharla. No sé si sentirme aliviada o más aterrada. Hay una sinceridad cruda en su voz que me estremece.

—¿Te refieres a…? —la garganta se cierra un poco y tengo que obligarme a continuar— ¿A hacerme daño?

Asiente lentamente y sus ojos se humedecen —A tantas cosas. No sabes lo que sentí… ese temor constante de que, en cualquier momento, la oscuridad me obligara a… —se detiene, su voz quebrándose— a lastimarte. Me obligaba a contenerme todo el tiempo. Tenía que ser cuidadosa, nunca soltarme por completo… siempre había algo acechando. Y cada vez que te tocaba, temía que la oscuridad usara mi deseo de una manera horrible.

Una oleada de emociones me invade, una mezcla de tristeza, ira y confusión. Me siento traicionada, expuesta, como si toda nuestra intimidad hubiera estado contaminada.

—Entonces… nunca fuiste tú… no realmente —Las palabras se me escapan antes de que pueda detenerlas.

Emma se acerca un poco más, intentando acortar la distancia física y emocional que se ha abierto entre nosotras —No… no es eso. Yo te amo, Regina, más de lo que puedo expresar. Pero siempre había algo dentro de mí… algo oscuro, que me pedía cosas que no podía permitir —se detiene, cerrando los ojos un momento y me da miedo de que se este preparando para una revelación más importante— Ahora… ahora esas voces han desaparecido. Me siento libre —sus ojos se abren y me miran con una intensidad que hace que todo mi cuerpo se sacuda— Libre de verdad, por primera vez. Y es tan… tan fuerte el deseo de tocarte, de sentirte… que casi es doloroso.

Lo que dice me golpean como un rayo. Hay una energía en ella, una vibración diferente, casi palpable, que me envuelve. Siento su magia y es una marea oscura que me atrae hacia ella y sin quererlo, mi cuerpo reacciona. La deseo. La necesito. Pero al mismo tiempo, una parte de mí se resiste, se niega a ceder.

Sacudo la cabeza, intentando despejar las ideas que no deberían estar ahí, no ahora. Su magia parece seducirme, rodeándome en un hechizo casi hipnótico.

—Emma… —susurro, tratando de mantener mi voz firme, aunque sé que los ojos me delatan— No es el momento para esto. No ahora.

Da un paso atrás, y su distancia es tan abrumadora que me siento atrapada. —No puedo evitarlo, Regina. Es toda esa necesidad, todo ese amor acumulado, que parece liberarse… y ahora… —se interrumpe, mirando hacia otro lado mostrándose avergonzada— Ahora es como un fuego que me consume.

Mi mente grita que debería mantenerme alejada, que aún hay cosas que resolver. Pero mi cuerpo, traicionero, sólo quiere rendirse, cruzar la distancia que hay entre nosotras y dejarse llevar.

—Debemos ir con los demás—me levanto de la cama de un salto, huyendo de la necesidad arrolladora que tiene mi cuerpo de ella.


Desde la ventana, observo cómo Killian camina de un lado a otro, como un león enjaulado, rodeado por sus seguidores. Sus gritos se elevan al cielo, y el sonido de sus voces se convierte en un canto espeluznante que me eriza la piel.

—¡Muerte a la Reina! ¡Decapiten a la bruja! —claman con una furia inhumana.

La multitud parece una bestia de mil cabezas, cada voz se une en un solo rugido que hace temblar las paredes del castillo. Siento una punzada de inquietud, pero antes de que pueda ceder al miedo, una mano se posa sobre la mía, apretando mis dedos con gentileza. Es Snow, su presencia siempre tan serena, tratando de transmitirme calma.

—Las cosas saldrán bien, ya lo verás —dice tan suave como una caricia.

Miro su rostro, buscando cualquier rastro de duda, pero lo único que encuentro es esa fe inquebrantable que siempre ha tenido. Me sorprende cuán reconfortante es esa certeza. Y aunque siento que todo se desmorona a nuestro alrededor, su mirada logra que mi corazón se calme un poco.

—Admiro tu capacidad para ser tan positiva, querida —murmuro, sin quitar los ojos de la turba.

Sonríe, una sonrisa sincera y llena de luz dando la sensación de que acabara de salir el sol en medio de una tormenta —Es mi poder, no lo olvides.

Por un instante, me siento tentada a estrecharla entre mis brazos, a aferrarme a esa luz que parece brillar incluso en nuestros peores momentos. Pero en su lugar, solo entrelazo mis dedos con los suyos, permitiendo que su calidez me reconforte, aunque sea un poco.

Otro grito del pirata atraviesa la distancia, cargado de odio y desesperación. —¡Emma Swan! ¡Sal y enfréntame como la traidora que eres! ¡Deja de esconderte detrás de esa bruja!

El sonido de su voz provoca una reacción instintiva en mí. Me vuelvo hacia Emma, buscándola con la mirada, tratando de leer en su rostro alguna señal de sus pensamientos. Sus ojos están fijos, su expresión imperturbable, casi demasiado calmada para ser real.

—¡Estoy golpeando tus puntos débiles, Swan! —vocifera el maldito rasgando el aire mientras clava una y otra vez la punta de su puñal contra la barrera— Ven aquí, princesita, o verás muchas cabezas rodar. Vamos, querida, ¿Cuántas muertes más podrás soportar?

Patea con desprecio el cuerpo tendido a sus pies, queriendo dar peso a su amenaza.

Miró a Emma. No se inmuta; sus ojos entrecerrados permanecen fijos en la ventana, observando la escena desde su silla, con una calma que casi me asusta. Excalibur descansa en su regazo y de alguna manera, esa simple silla de madera se transforma en un trono bajo su figura. La luz que entra por la ventana resalta los contornos de su perfil, y por un momento, parece más una reina sombría que una salvadora.

Ella comienza a susurrar algo, sus labios apenas se mueven, y es entonces cuando me doy cuenta de que está hablando en latín. Un murmullo oscuro que acaricia el aire con promesas de destrucción.

Mis músculos se tensan. Puedo entender lo suficiente de sus palabras gracias a los libros de hechizos que he leído y un pánico frío se instala en mi pecho.

—Emma… —mi voz es firme, pero la suavidad de mi tono trata de calmar el torbellino de emociones que percibo en ella— Mírame.

Lentamente, sus ojos se deslizan hacia mí. Su mirada es oscura, impenetrable. Sé que está consciente de todas las miradas en la habitación, de que todos esperan el momento en que pierda el control y salte por la ventana.

—No lo entienden, Regina —dice finalmente, su voz un poco más baja, como si hablara más para sí misma que para mí— Creen que estoy a punto de perder la cordura, que saltaré por esa ventana… Pero no entienden. No comprenden que ahora… Ahora que acepté ser la custodia de la oscuridad, tengo más control que nunca.

La observo con atención, tratando de entender. Su postura es rígida, su expresión más fría de lo que nunca la había visto. Y sin embargo, hay algo diferente en ella, una certeza en su mirada, una quietud inquietante. Para todos los demás, parece que la oscuridad ha ganado, que se ha vuelto más distante, más aterradora. Pero yo, yo que la conozco, puedo ver que aún sigue siendo la misma, aunque más fría, más calculadora.

—Sé que lo tienes bajo control —le digo, suavizando mi tono—. Pero no puedes dejar que él te haga olvidar quién eres. No le des ese poder.

Asiente ligeramente, al parecer mis palabras han logrado atravesar el muro que la rodea. Sus ojos se suavizan, solo un poco, y por un momento, todo parece detenerse. La habitación respira con alivio. Mis ojos encuentran a Henry, mi príncipe, apartado de todos, con la mirada perdida en un punto fijo de la pared.

Su rostro… Dios, su rostro está pálido, con una expresión de terror que no debería estar ahí. El miedo le ha congelado los rasgos, lo ha reducido a un chico indefenso. No puedo soportarlo. Emma tampoco. Veo cómo se acerca a él, con esa suavidad que siempre tiene con nuestro hijo, aunque el mundo se esté desmoronando a su alrededor. Su mano se desliza detrás de su cuello, atrayéndolo hacia su pecho.

—¡Henry! — hay un temblor en su voz que sólo yo percibo. Henry levanta la mirada y los ojos que nos encuentran están llenos de un terror que me parte el alma. Emma se queda paralizada por un segundo y mi corazón da un vuelco.

—¿Vamos a morir? —susurra él y la angustia en su voz es un golpe directo a mi pecho— No quiero perderlas. Por favor, que nadie más muera.

Tomo sus mejillas entre mis manos, sintiendo lo frías que están, y lo obligo a mirarme. Debo ser fuerte por él.

—Eso no va a pasar, Henry —le digo, con una firmeza que no siento del todo, pero que necesito que él crea. Mis dedos se aferran a su piel queriendo infundirle mi propia fuerza, para transferirle mi valor con solo tocarlo.

Sus ojos, apenas un tono más claros que los de Emma, comienzan a recuperar algo de confianza. Veo cómo su miedo empieza a desvanecerse, aunque solo sea un poco, mientras busca refugio en nuestras palabras.

—¿Somos los héroes, verdad, mamá? — susurro tembloroso pero lleno de esperanza—. Los héroes siempre ganan.

Asiento, sin apartar mi mirada de la suya. Mis manos se aferran un poco más fuerte a su rostro, y me obligo a sonreír, aunque siento el peso del mundo sobre mis hombros.

—Lo más aconsejable es que el joven príncipe no se encuentre aquí cuando la barrera caiga—interviene Merlín

Henry se estremece y se aparta bruscamente de mis manos, con los ojos llenos de una furia contenida.

—¿Qué? —protesta, sacudiendo la cabeza— Me quedaré con mis madres.

Siento una punzada aguda en el pecho al ver las lágrimas que empiezan a acumularse en los bordes de sus ojos, amenazando con caer. No quiero verlo sufrir, pero sé que lo que Merlín dice es cierto.

—Es imposible que permanezcas aquí, Henry —le digo, intentando que mi voz suene más firme de lo que me siento— Sería muy irresponsable de nuestra parte.

Trago saliva, luchando por no romperme delante de él y tiro de su brazo, acercándolo lo suficiente para sentir el latido de su corazón junto al mío, buscando desesperadamente la fuerza que necesito para seguir adelante.

—Déjame estar aquí —suplicó él, sus manos temblorosas aferrándose a mi ropa, como si con solo tocarme pudiera asegurarse de no perderme.

La garganta se me cierra un poco más, el dolor se cuela por cada rincón de mi ser, pero debo ser fuerte. Debo serlo.

—Es demasiado peligroso, mi amor —respondo, quebrándome un poco a pesar de mis esfuerzos.

Emma da un paso adelante, colocándose a nuestro lado, con la mirada fija en Merlín, llena de urgencia.

—Si alguien más quiere regresar pude hacerlo no están obligados a quedarse en esta pelea—mira a todos esperando sus respuestas.

Cada una mira al de al lado y luego regresan la mirada a Emma.

—Si no terminamos ahora, cada uno de nuestros mundos estará en riesgo—dice Mérida con determinación—Tenemos a una amiga a quien vengar.

Emma cierra los ojos respirando profundamente antes de hablar.

—Merlín, por favor —dice ella, más suave de lo que la he oído en horas.

El asiente con solemnidad y da un par de pasos hacia nosotros. Henry lo mira con desafío, su mandíbula apretada en un intento desesperado de mantener el control. El mago levanta una mano, extendiéndola hacia nuestro hijo y un suave resplandor azul comienza a emanar de sus dedos.

—Henry, te prometo que esto es solo temporal —dice Merlín, con una calma que solo él parece conservar— Ten paciencia, ellas volverán a tu lado.

Henry asiente, aunque sus ojos aún están llenos de lágrimas. Me inclino y le susurro al oído, aferrándome a él con todo lo que tengo.

—Recuerda que te amamos, más que a nada en este mundo.

—Nos reuniremos pronto —añade Emma uniéndose a nuestro abrazo.

Henry nos mira una última vez, con una risa que suena más como un sollozo ahogado.

Y en un parpadeo, desaparece, en su lugar, una nube dorada envuelve el espacio donde estaba, centelleando por un instante ante nuestros ojos llenos de lágrimas. Emma y yo permanecemos inmóviles, observando cómo la luz se disipa lentamente, llevándose a nuestro hijo a un lugar seguro.

Pero el vacío que deja su ausencia... ese vacío sigue aquí, atrapado entre mis costillas, apretándome el pecho hasta que casi me falta el aliento.

Continuará…


¡Wow, Aventureros! Emma finalmente ha compartido su secreto sobre la oscuridad. No puedo dejar de agradecerles por estar aquí, capítulo a capítulo, apoyando esta historia. Ustedes son quienes le dan vida con cada lectura y comentario. ¡Gracias por acompañarme en este viaje!