¡Hola, mis queridos Aventureros! No les quito tiempo y vamos directo con la lectura de este capítulo.


Capítulo 29

Jaque a la reina

Pov. Emma

Ni siquiera había podido disfrutar del momento cuando la llamada a la batalla llegó, abrupta, como un jarro de agua fría. Todos nos reunimos en la biblioteca y un estremecimiento me recorrió cada terminación nerviosa. Mis ojos se precipitaron en busca de los suyos, de Regina, esperando encontrar en su mirada algún refugio. Pero lo único que veo es la misma mezcla tristeza que siento en mi interior. Ambas sabemos lo que está en juego. Nos amamos, y la fuerza de ese reconocimiento mutuo es un despertar tan potente que me deja sin aliento. Nuestro final feliz, y aún así... parece tan lejano, tan frágil.

Siento unas ganas terribles de huir. De aferrarme a ella, de asegurarme de que esta conexión, este amor, no se desvanezca. Pero Regina se adelanta, su postura firme, su voz decidida, y me recuerda lo que siempre he sabido, no hay tiempo para nada de eso. Celebrar que he encontrado a mi amor verdadero, a mi alma gemela, tendrá que esperar. Porque ahora, solo hay un objetivo, mantener a todos con vida.

El miedo se abalanza sobre mí como una sombra helada, arrancando cualquier atisbo de felicidad que pudiera haber sentido. Respiro hondo y lo dejó ir, centrándome en el presente, en lo que debo hacer.

—Estamos listos —dice Regina, con una inhalación profunda que casi parece contener todo el aire de la habitación— En un par de minutos, la barrera caerá. Ellos vendrán por nosotros y el castillo será una trampa de la que no deben salir jamás.

Aprieto los labios, forzándome a mantener la calma mientras mis ojos se fijan en Snow y David. Mis padres. Ellos también están aquí, preparados para pelear sin magia contra poderosos hechiceros. Contra enemigos que podrían acabar con ellos con un simple chasquido de dedos. Una sensación de pánico me oprime el pecho y, antes de darme cuenta, una exhalación ruidosa escapa de mi boca. Inmediatamente siento las miradas de los demás sobre mí.

—¿Qué pasa? —la preocupación en mi rostro empuja a Snow hacia mí, su mano cálida se posa en mi brazo, sus ojos buscándome con urgencia.

—¿Ustedes estarán bien? —pregunto, sintiendo que mi voz tiembla más de lo que quisiera. Mi madre me sostiene la mirada con amor un segundo más antes de apretar mis hombros con firmeza.

Ella sonríe con dulzura, pero con la fuerza de una madre que ha sobrevivido mucho más de lo que parece.

—Cariño, tu padre y yo hemos hecho esto muchas veces —el tono calmado no me tranquiliza— Recuerda que no estamos indefensos solo porque ellos usan magia. Somos guerreros, capaces de hacer mucho daño si es necesario.

Coloca una mano en el arco que cuelga de su hombro, para sentir la tensión de la cuerda bajo sus dedos. Luego enderezar preparándose para la batalla, y siento una oleada de gratitud y temor a la vez.

Regina interviene desde la distancia, su voz profunda y segura atraviesa la tensión del momento.

—Puedo dar fe de eso —murmura con un destello en los ojos— Tus padres son de temer. Además, estaremos juntas, y una bruja y una heroína deben ser una combinación letal.

Le sonrió con gratitud, esa mezcla extraña de amor y aprecio que solo ella puede despertar en mí. Camino unos pasos hacia el fondo de la habitación, donde mi padre estaba sentado, sumido en sus pensamientos. Deseo ir hasta él, abrazarlo, pero las heridas recientes aún me queman la piel. Sé que él se siente más roto que yo; lo veo en su postura encorvada, en el peso que parece llevar en sus hombros.

—¡David! —lo llamo, deteniéndome a medio camino, la distancia entre nosotros por ahora es una barrera infranqueable. Su cabeza se levanta bruscamente al oírme, y clava los ojos en los míos. Ya no hay rastro de resentimiento. Sólo dolor.

—Somos una familia —le digo, con la voz quebrándose, pero con una fuerza que no le deje duda de que estoy hablando en serio— Estamos juntos en esto.

Los ojos de mi padre se nublan, sus labios temblando mientras intenta mantener el control. La emoción parece inundarlo por completo, las lágrimas brillando en su mirada.

—Sí… —responde, ahogado en un susurro.

—Cuídate, ¿sí? No quiero perderlos —añado, dando un paso más hacia él, con el deseo de acercarme pero sin poder cruzar ese abismo invisible entre nosotros.

David respira hondo, se enjuga una lágrima con el dorso de la mano y se endereza, una resolución renovada brillando en su rostro. Hace un gesto con la cabeza. Y entonces, para sorpresa de todos, da un paso hacia mí, cubriendo la distancia que nos separa, y me abraza con fuerza, ignorando cualquier dolor o duda.

—No te preocupes, Emma —dice lleno de emoción— Haremos lo necesario para protegernos y para protegerte. Todos somos más fuertes de lo que piensas.

Cierro los ojos por un momento, respirando profundamente, tratando de grabar este instante en mi memoria. Este momento de unión en medio del caos. Porque sé que, pase lo que pase, esta puede ser la última vez que estemos así, juntos y eso es lo que debo llevar conmigo a la batalla.

Cuando todos salen Regina viene hasta mí, se acerca descansando su frente en la mía. Mi cuerpo y mi magia responden a su cercanía. Quiero envolverla en mis brazos y protegerla de lo que nos espera.

—Nunca olvides que nuestro amor es más fuerte que una daga—susurra pegada a mis labios— Recuérdalo si te envían contra mi.

Apenas lo dice me da un corto beso y se aleja dejándome con su extrañas palabras rondando en mi cabeza.


Todo está en silencio mientras tomamos nuestras posiciones. Regina y Snow se mueven con precisión, como dos sombras en la penumbra, colocando encantamientos de protección en puntos clave del castillo. Veo a Regina ajustar un talismán en una esquina, su mirada intensa mientras murmura palabras que no alcanzo a escuchar. Snow está a su lado, su arco en mano, sus ojos atentos a cada rincón oscuro. Puedo sentir la determinación que emana de ambas, en una corriente eléctrica que recorre el aire.

Merlín y mi padre se deslizan por los pasillos de la entrada, invisibles a cualquier mirada. A pesar de la magia que los oculta, siento la presencia tranquilizadora de Merlín, un guardián silencioso que vela por nosotros. David, a su lado, es todo tensión contenida, preparado para lo que venga. Sé que en cualquier momento se lanzarán a la acción si alguien intenta cruzar las puertas.

Mérida está en la torre más alta, preparada para recibir al primer desgraciado que intente atacarnos. Las flechas mágicas de Regina están en su carcaj, listas para volar. No puedo evitar sentir una chispa de admiración por ella; su destreza con el arco es incomparable y sé que no dejará que nadie pase sin una lucha.

Yo me quedo con los ojos fijos en las áreas del castillo donde sé que los demás se encuentran. Me esfuerzo por sentirlos, por mantenerme conectada con cada uno de ellos, como si pudiera protegerlos mejor si estoy al tanto de su ubicación exacta. A mi lado, Rubi olisquea el aire, su postura erguida y su expresión tensa, arrugando la frente cuando un repiqueteo chirriante sacude todo el castillo. Mi corazón se detiene por un momento, el peso del silencio que sigue al ruido, todo se congela por un segundo eterno.

La barrera ha caído.

Y una enorme ola de energía me golpea de lleno. Mis sentidos se agudizan de inmediato, y el aire a mi alrededor se vuelve denso, cargado de electricidad. El ruido es ensordecedor, una mezcla de zumbidos agudos y vibraciones profundas que recorren mis huesos. Mi piel se eriza, el pulso se acelera, y mi magia responde instintivamente, surgiendo desde el centro de mi pecho y extendiéndose por mis venas, caliente y viva. Por un momento, es difícil respirar; la adrenalina se dispara en mi sistema, y todos mis músculos se tensan, listos para pelear.

El zumbido agudo nos pone en alerta. Rubi, de inmediato, salta hacia el extremo contrario, su forma cambia rápidamente, de humana a lobo, un rugido rasga el aire mientras embiste al primer atacante que aparece justo detrás de mí. Mi cuerpo reacciona antes de que mi mente lo haga; enderezo los hombros, siento la corriente de magia acercándose rápidamente. Mi instinto toma el control, y mis dedos se mueven dando la sensación de que tirara de hilos invisibles.

El roce en el aire es suficiente para que dos nuevos atacantes se materialicen ante mí, con rostros desfigurados por la sorpresa y el dolor de verse atrapados.

Ellos bajan la mirada hasta sus pechos, donde mis manos se pierden más allá de las muñecas. Ambos cuerpos se tensan alrededor de mi magia. Chocan contra mi poder, y entonces chillán, un sonido que me resulta tan desgarrador como satisfactorio. Sé que es el zumbido eléctrico de mi magia quemándolos desde dentro, recorriendo sus venas como veneno ardiente. La cólera se apodera de mí, bulle en mi sangre con más furia que nunca, en un fuego incontrolable. Heridas lentas y profundas comienzan a abrirse en sus carnes, las veo desgarrarse con cada segundo que pasa. Empujo mis manos más adentro, buscando sus corazones, queriendo acabar con ellos de una vez.

Pero otro chasquido retumba a mi espalda. Rubi sale disparada hacia una de las paredes de ladrillo, su cuerpo impacta con un ruido sordo. Una nube de polvo se eleva por el choque, nublando mi visión por un momento. Mi corazón se detiene un instante, pero la loba, tosiendo y gimiendo, se pone de pie en su forma humana, desafiante.

Tres nuevas almas negras aparecen ante mí. No pierdo el tiempo; saco ambas manos con fuerza de los cuerpos de los dos hombres, llevándome con ellas sus corazones que se desintegran en mis manos. Cenizas y polvo cubren mis dedos al apretarlos, y el crujido de los restos me produce una extraña sensación de satisfacción. Mis ojos buscan rápidamente a Rubi.

—¿Estás bien? —preguntó, con la voz más tranquila de lo que realmente me siento.

Ella se tambalea un poco, sacudiendo el polvo de su cuerpo, pero sus ojos siguen ardiendo con la misma fiereza. Da un paso hacia mí, mostrando los colmillos en una sonrisa desafiante.

—Perfectamente —contesta con un hilo de voz, pero su tono es firme. A pesar del dolor, ella no retrocede. Asiente, y la veo prepararse para el siguiente asalto.

La tregua no dura mucho. Apenas un respiro y los tres hombres vuelven a atacarnos con todo lo que tienen. Giran, lanzan conjuros y proyectiles de energía, sus ojos inyectados de sangre y odio. Giro mi cabeza hacia donde Rubi había caído entre los escombros, pero ya no está allí. Mi corazón da un vuelco y la busco desesperadamente. Entonces, la veo moviéndose con una rapidez inaudita entre los destellos y el humo, como un borrón oscuro. Uno de los hechiceros intenta lanzar un ataque, pero no es lo suficientemente rápido. Rubi se lanza sobre él, y el hombre se agarra la garganta, tambaleándose, mientras su vida se escapa de entre sus dedos. Detrás de él, mi amiga limpia con desprecio la sangre de sus garras afiladas en su ropa.

Los otros dos hechiceros gritan con rabia, sus rostros se enrojecen, y cargan hacia ella. Levantan las manos en una sincronía desesperada y lanzan golpes de magia pura. Los aparto de un manotazo, barriendo el aire con mi poder, pero siento que cada ataque es más fuerte que el anterior. Sus músculos tiemblan, pero no se detienen; sus dedos se tensan y apuntan de nuevo hacia nosotras. Esta vez, los rayos púrpuras lamen el aire como lenguas de fuego.

Uno de los hechizos se abalanza directamente hacia mí, el otro va dirigido a Rubi. Actúo sin pensar, giro mis dedos y con un gesto rápido, arranco a Rubi del lugar antes de que el rayo la alcance. Pero he cometido un error. Me he distraído de mi propio atacante.

El golpe me da de lleno. Siento una explosión en mi pecho que me deja sin aire, y la fuerza del impacto me lanza hacia atrás. Mi rostro golpea el suelo con fuerza, y un dolor agudo explota en mi frente. Siento algo caliente y húmedo correr por mi rostro. La sangre empieza a gotear de una herida, nublándome la visión. Mi mente está aturdida, los sonidos se hacen eco, pero escucho una voz, insistente y desesperada, que me llama.

—¡Emma, vamos, muévete! —la voz de Rubi me atraviesa como un latigazo.

Unas manos firmes me agarran y me ponen de pie con un tirón que me saca de mi aturdimiento, pero antes de que pueda enderezarme por completo, me empujan de nuevo al suelo, justo a tiempo para esquivar otro ataque. Caen más rayos sobre nosotras, chisporroteando en el aire.

—¿Ru? —murmuro, tratando de enfocar mi vista, la cabeza aún girando por el golpe.

—¡Vamos, Emma! — grita, arrastrándome lejos de los hechiceros. Su fuerza es sorprendente, y su tono es urgente, casi desesperado. Noto la tensión en sus movimientos, la determinación en sus ojos.

Mi cuerpo protesta con cada movimiento, pero el instinto de supervivencia es más fuerte. Me obligo a levantarme, jadeando. No podemos detenernos. La furia y el miedo me recorren en un torbellino. A lo lejos, escucho el rugido de otra batalla, y sé que los demás también están luchando por sus vidas.

Reaccionó al grito de Rubi apuntando con mi mano a los hechiceros que siguen lanzando ataques sin tregua. Me concentro, sintiendo cómo su magia se desplaza hacia mí. El siguiente embate es absorbido por mis dedos como si me alimentara de la energía de mis agresores. El destello rojo se desplaza por mi brazo, acumulándose en la punta de mis dedos. Es una sensación poderosa, peligrosa, como si tuviera un fuego líquido corriendo por mis venas.

Cierro los ojos, dejando que ambas magias —la oscuridad y la luz— se mezclen dentro de mí. Es un equilibrio precario, pero durante unos segundos me siento en control, manejando la corriente de poder con precisión. Mi cuerpo vibra con la energía acumulada mientras el rayo que lanzan contra mí se disuelve en chispas blanquecinas. Cuando abro los ojos, veo que los hechiceros caen, sus cuerpos desplomándose como frágiles esculturas de barro que se rompen en mil pedazos al chocar contra el suelo.

—¿Pudiste hacer esto desde un principio? —me reclama Rubi con un tono cargado de reproche.

—Intento mantener el control —respondo, apretando los dientes mientras bajo la mano mientras mis dedos tiemblan, aún cargados de una energía latente que me cuesta contener.

—La próxima vez que quieras controlarte, te patearé el trasero —responde ella, bufando— No quiero morir carbonizada, idiota.

—Lo tendré en cuenta —replico, sin poder evitar una leve sonrisa, a pesar de la tensión del momento. Agradezco su rudeza; me mantiene enfocada.

Aparecen otros hombres. Esta vez son diferentes. Más fuertes y rápidos, sus movimientos son calculados y precisos. La mirada de Rubi se encuentra con la mía, y sin necesidad de palabras, nos colocamos espalda con espalda, listas para el próximo asalto.

Pero los nuevos hechiceros tampoco son rivales y rápidamente tienen el mismo final que los otros. Mi mente trabaja a toda velocidad. Sé lo que está haciendo Nimue, está tratando de retrasarme, de mantenerme ocupada para que no llegue a tiempo con los demás. Es inteligente… pero yo también lo soy. Solo tengo que resistir un poco más, seguir el plan.

La oscuridad reina en el castillo, aunque el sol brilla allá afuera. Las sombras bailan en las esquinas dando la apariencia de que estuvieran vivas, impulsadas por la magia que Regina ha lanzado para protegernos en las sombras. El aire está denso, cargado de polvo, poder y algo más... algo siniestro. Mis botas golpean el suelo de piedra, los ecos reverberan a mi alrededor mientras me abro camino por el pasillo que debemos mantener despejado de los enemigos, con Ruby cubriéndome las espaldas. El silencio en el corredor es roto por los gritos lejanos y el choque de poder y magia. Las peleas están sucediendo en todas partes, una batalla librándose en cada rincón de este maldito lugar.

La tensión bajo mi pie se expande, el tirón familiar de la magia oscura y luminosa que conviven dentro de mí. Pero lo que me impulsa ahora no es el poder, es la rabia. Los secuaces de Nimue están por todas partes, lanzando hechizos, atacando con esa fría y calculada eficiencia que solo viene de años sirviendo a alguien tan despiadado.

—¡Cuidado! —grita Ruby detrás de mí, mientras corta de un tajo la cabeza de uno de los hechiceros que había aparecido entre las sombras.

No me detengo. Me lanzo hacia otro que aparece frente a mí, esquivando su ataque y golpeándolo con una ráfaga de energía antes de que pueda conjurar más magia.

El último hombre que apareció para atacarnos cae. Estamos tomando aliento, cuando ella aparece.

Nimue. Mi corazón se detiene por un segundo al verla aparecer entre las sombras, su silueta imponente recortada contra la penumbra. Es ella, la causante de todo. De la muerte de Mulán. Del caos que nos ha arrastrado hasta este punto.

Es casi absurdo que esté aquí, justo frente a mí. Estaba convencida de que la ilusión de Merlín la llevaría directo al patio, donde me preparaba para enfrentarla. Pero no, ella no es alguien que caiga dos veces en un engaño.

Nimue sonríe y es la clase de sonrisa que te destroza la paciencia. Burlona, satisfecha. Se pasea con la arrogancia de alguien que sabe que tiene la ventaja. Mi mandíbula se tensa, mis manos apretadas en puños. Hay una presión en mi pecho, pero no es por miedo. No, no le temo.

La odio.

—Emma Swan —dice calmada pero cortante, esto es solo un juego para ella.

No respondo al principio. Solo la miro, midiendo cada uno de sus movimientos. Da un paso hacia mí y aunque el castillo está oscuro, la veo con total claridad. Lleva su capa oscura, las runas brillando suavemente. Todo en ella grita poder, pero lo que más me impacta es la tranquilidad con la que se mueve. Ella cree que ya ha ganado.

—¿Me sorprende verte aquí? —comentó finalmente, mi voz firme, aunque siento la rabia arder bajo mi piel— Pensé que tendrías algo mejor que hacer que enfrentarte a alguien que va a matarte hoy.

Ruby se coloca a mi lado, lista, pero no interviene. Está preparada para saltar si lo necesito, pero esta pelea es mía. Y ambas lo sabemos.

Nimue se ríe, una risa que retumba por los muros del castillo. Falsa. Vacía. Da otro paso, se acerca y puedo ver el destello oscuro en sus ojos. No hay miedo, no hay duda en ella. Solo esa maldita confianza que me hace hervir por dentro.

—¿Matarme? —su voz tiene una cadencia burlona mientras inclina la cabeza, se que me ve como una niña ingenua.

—Hoy es el día, Nimue —respondo— Hoy morirás te lo aseguro.

Sus ojos brillan con un destello peligroso, pero esa sonrisa arrogante no se desvanece. Al contrario, parece crecer.

—Tienes mucho valor, Swan —dice y levanta una mano con elegancia. Si piensa que con solo levantar un dedo acabará conmigo está muy equivocada— Pero el valor no siempre es suficiente.

Se prepara, adoptando una postura de pelea, sus dedos extendidos mientras la energía oscura comienza a formarse alrededor de ella. La presión en el aire aumenta, llena de magia pura. La batalla es inminente.

Yo también me preparo. Mis piernas se flexionan ligeramente, la magia brilla con un resplandor oscuro y dorado, el equilibrio perfecto entre la luz y la oscuridad. Esto es lo que soy ahora, no hay más dudas. No más miedo. Únicamente rabia y una gran sed de venganza.

El mundo a nuestro alrededor parece detenerse. El ruido de las peleas en el castillo se vuelve un eco distante. Solo estamos ella y yo, enfrentadas, sabiendo que este momento decidirá más que una simple victoria. Es el final de todo.

—Vamos —murmuro, mis ojos fijos en los suyos. No hay vuelta atrás.

Nimue da el primer paso, y todo lo demás se convierte en un torbellino de magia y fuerza.

Las sombras a su alrededor parecen cobrar vida, serpentean, envolviéndola como un manto oscuro y opresivo. Cada vez que mueve las manos, las sombras responden a su voluntad, lanzándose hacia mí con una furia palpable. El impacto llega antes de poder verlo, la fuerza de su magia golpeando como un muro de oscuridad que se cierne sobre mí, amenazando con destruir. Mis pies resbalan en el suelo por la sangre de los que ya han caído, pero me mantengo firme, extendiendo la mano y convocando mi propia magia. Luz pura. Un resplandor dorado brota de mis dedos, choca contra sus sombras y por un segundo, todo lo que puedo ver es el destello cegador de nuestras fuerzas colisionando.

El aire se siente pesado, vibrante. Un trueno sordo resuena cada vez que nuestras magias chocan, llenando el pasillo con un zumbido inquietante que retumba en mis oídos. Las sombras de Nimue avanzan como serpientes negras, buscando envolverme, pero las corto con ráfagas de luz. Hay una tensión constante en el aire, todo el castillo parece que estuviera al borde de romperse.

Nimue sonríe, se burla. Su poder oscuro la rodea, es su segunda piel, se mueve con ella mientras lanza otra ráfaga de sombras hacia mí. Cada gesto suyo es elegante, preciso, pero cargado de una furia hacia mi que no contiene.

—¿Es esto todo lo que tienes, Swan? —gruñe, con una risa gélida, mientras lanza un golpe más fuerte que me obliga a retroceder.

Mis pies apenas tocan el suelo antes de que me impulse hacia adelante. La oscuridad y la luz se mezclan dentro de mí y mientras me lanzo a su encuentro, mi magia oscura brota. La energía negra envuelve mi brazo y por un instante, las sombras de Nimue se estremecen ante mi ataque. Mi magia responde, cada vez más fuerte, cada vez más violenta. Sé que tengo la ventaja y ella también lo sabe.

Nuestros movimientos son rápidos, un constante ir y venir de golpes de magia. Ella retrocede un paso, luego otro, ya no sonríe como antes. Está concentrada en evadir mis ataques pero no puede, la furia es visible en sus ojos. Está herida. El corte que le di hace apenas unos segundos sangra, dejando un rastro oscuro en su brazo. Su respiración es entrecortada, sus puños apretados con rabia.

—¡Te destruiré! —grita, un alarido animal que hace eco en las paredes del castillo. Las sombras se agitan a su alrededor con furia descontrolada y de pronto, más secuaces aparecen de las esquinas, atraídos por su grito de desesperación.

—Cobarde— ahora soy yo quien ríe burlona.

Aunque estoy rodeada por sus hechiceros y las sombras se acercan a mí como un enjambre, no me detengo. Mis manos se elevan, lanzando ráfagas de luz y oscuridad a la vez. Una explosión tras otra. Los secuaces caen, pero las sombras persisten. Y luego, en medio del caos, la escucho.

—Ya es hora de dejar de jugar, Emma —la voz de de la hechicera es suave, pero llena de malicia.

Me detengo un instante, algo en su tono me pone en alerta. Hay una calma inquietante en sus ojos, una tranquilidad que no encaja en la situación. Mis instintos me gritan que algo no está bien, pero antes de que pueda reaccionar, ella se ríe. Una risa vacía, llena de satisfacción.

—Emma, Emma... ¿De verdad crees que puedes matarme? Has dominado la oscuridad, sí, pero aún eres prisionera de la daga —dice con una frialdad que me hiela la sangre— Y al final, me diste justo lo que necesitaba para vencerte.

La miro fijamente, tratando de entender sus palabras. ¿Qué significa eso? Pero antes de que pueda formular una respuesta, su cuerpo comienza a desvanecerse. La veo esfumarse, dejando sólo la negrura en el aire donde estuvo.

—¡Nimue! —grito, lanzándome hacia donde estaba, pero ya no hay nada. Solo el vacío.

Mi mente corre en mil direcciones a la vez, intentando comprender lo que acaba de suceder. "Lo que necesitaba...", sus palabras resuenan en mi cabeza. El tiempo alargándose dolorosamente.

Y entonces, todo encaja. El golpe de la realización es tan fuerte que me falta el aire.

"¡Regina!"

Va por Regina. Con ella... está la daga.

Un frío aterrador me recorre la columna al darme cuenta de mi error. Nunca debí separarme de ella. Esta ha sido la trampa de Nimue todo el tiempo y caímos de lleno.

—¡Tenemos que encontrar a Regina! —le grito a Rubi, mi voz llena de desesperación.

Sin esperar respuesta, me lanzo a correr, olvidando el plan, olvidando todo. Lo único que importa es encontrarla, alejarla de las garras de esa hechicera.

Siento el latido de mi corazón en mis oídos, como tambores de guerra marcando el ritmo de mis pasos. Cada rincón oscuro del castillo parece una amenaza, cada sombra un posible enemigo.


Pov. Regina

El fuego crepita y se extiende desde mis muñecas hasta la punta de mis dedos. La energía vibrar en mis manos, lista para ser liberada. Camino lentamente hacia un costado, con los ojos fijos en los hombres que nos rodean, buscando cualquier señal de debilidad. Snow imita mis movimientos al otro extremo, preparándose para el siguiente ataque. Hay cinco cuerpos inertes de secuaces de Killian a nuestros pies, pero otros cuatro siguen rodeándonos con un hambre salvaje en sus ojos.

Las llamas púrpuras rugen en nuestra dirección, lanzadas desde todas partes. Me muevo al ritmo del fuego, cada una de mis manos defiende y ataca, sincronizadas en un baile mortal. Killian está ahí, observando. Su mirada fija en mí, acechante. No se une a la batalla, se queda al margen, como un depredador esperando el momento perfecto para atacar.

Snow se agacha y rueda por el suelo, esquivando un ataque que estalla cerca de sus pies. Otro rayo de magia aúlla sobre nuestras cabezas y en el último segundo, veo lo que viene; el techo sobre nuestras cabezas se estremece y los escombros empiezan a soltarse. Los cuatro hombres están demasiado ocupados tratando de cazarnos como para notar el peligro que cuelga sobre ellos. Pero Snow lo ve y entiende lo que tengo en mente.

La ofensiva enemiga persiste, las paredes vibran con cada impacto. Lanzo un contraataque, una llamarada de fuego que utilizo como pantalla. Una nube de polvo se eleva rápidamente en el aire, envolviendo la habitación en un manto de confusión. Aprovecho la distracción y salto, pegándome a la pared. Antes de aterrizar, sacudo mi muñeca con un movimiento sutil y la magia arrastra a Snow hacia el extremo opuesto, justo a tiempo.

Su espalda choca contra la pared, pero ya está lista. Eleva su arco, tensando la cuerda con una precisión feroz. La punta de la flecha se prende en llamas, encendida por mi poder. Snow no duda. La flecha atraviesa el aire, veloz como un rayo y se clava en el techo.

El impacto es inmediato. Una explosión ensordecedora y los escombros caen como una avalancha. Los huesos de nuestros atacantes crujen y se rompen bajo el peso de las rocas, aplastándolos sin darles tiempo a gritar. Unos segundos después, la sala queda en un silencio mortal, interrumpido solo por el chisporroteo de las llamas.

—Buen tiro —le digo a Snow, una media sonrisa en mis labios. Mi respiración es pesada, pero el alivio comienza a llenar mi pecho.

—Gracias —responde, sus ojos brillando con determinación—. Aún queda trabajo por hacer.

Killian sigue observando, pero ahora su expresión ha cambiado. No es la de un hombre seguro, es la de alguien que sabe que ha subestimado a sus oponentes. No puedo evitar sentir una punzada de satisfacción. Pero también sé que esto está lejos de terminar.

La voz de David resuena por encima del caos, cortando el aire denso de polvo y humo.

—¿Regina, Snow? —lo escucho, pero no puedo verlo a través de la bruma que lo cubre todo. Mi respiración es rápida, casi jadeante, mientras intento mantener el control de la situación. Puedo sentir a Snow a mi lado, moviéndose con la misma cautela, cada paso suyo es un reflejo del mío.

El polvo se arremolina a nuestro alrededor, y el ardor de la magia aún late en mis manos, pero mis ojos buscan desesperadamente otro par.

—¡Regina! —es Emma. Esa voz es inconfundible. Hay una urgencia en su tono que me atraviesa como una flecha. Ella no debería estar aquí. Mi corazón se acelera instintivamente, mis dedos se mueven antes de que mi mente lo ordene y un gesto rápido limpia la bruma que nos separa.

Nuestros ojos se encuentran y el alivio que siento es como un balde de agua fría en medio del infierno. Emma está allí. Está bien. Todos parecen estarlo, por ahora. Mi cuerpo se relaja, mi corazón se aligera. Pero luego, veo algo en los ojos de Emma. Algo que me hace sentir que debo ir hacia ella, ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Empiezo a moverme hacia ella, Snow a mi lado sin quitarle los ojos a el asqueroso pirata ¿por que permanece tan calmado?.

Emma lo nota y rápidamente su expresión pasa de la preocupación a la furia. Deseo correr, sentirla, asegurarme de que esté bien… Pero justo cuando estoy a punto de llegar, una fuerza invisible, feroz, me agarra del brazo. Es un tirón violento, como garras que se hunden en mi piel. El dolor es agudo y profundo, quema directamente en mis venas.

Intentó reunir mi magia, hago que mi piel se incendie, que arda lo suficiente para quemar a mi agresor invisible, para liberarme. Pero no hay fuego, no hay calor, solo una fuerza oscura y poderosa que tira de mí. Me arrastra con una brutalidad que me corta el aliento, hacia la pared más cercana, donde me envuelve una especie de manto líquido. Siento que se ciñe a mi cuerpo, apretando.

—¡Regina! —la voz de Emma es un grito de desesperación y puedo verla luchando con todo lo que tiene. Killian ha intervenido, no la deja llegar a mi. Su magia estalla en todas direcciones, buscando cómo derribar cualquier obstáculo que se interponga en su camino. Nuestros ojos se encuentran, incluso en medio de la distancia creciente. Puedo ver la furia y el pánico en su mirada, la misma mezcla que siento ardiendo dentro de mí.

Quiero gritarle que la amo, pero no puedo emitir sonido alguno. Todo lo que alcanzo a hacer es extender mi mano hacia ella, como si con ese gesto pudiera retenerla, mantenerla a salvo.

Pero ya es demasiado tarde. La fuerza me arrastra con más violencia, hasta que finalmente me devora. De pronto me encuentro en el patio. Estoy rodeada. Al menos veinte hechiceros están formando un círculo a mi alrededor. Me enderezo, con los ojos fijos en la mujer que está frente a mí.

Nimue.

Sonríe. La satisfacción en su rostro es evidente, una sonrisa de triunfo. Mis dientes se aprietan. Sé que caímos en su trampa, y ahora lo entiendo; nunca fue Emma a quien quería. Quiere la daga. Y ahora, tiene la oportunidad perfecta para tomarla.

Continuará…


¡Eso fue solo el principio, Aventureros! El verdadero drama está a punto de estallar y, créanme, las cosas se pondrán intensas. Prepárense, que lo mejor (y lo más dramático) aún está por llegar. ¡Nos leemos en el próximo!