¡Feliz Año Nuevo, queridos lectores!

Espero que este nuevo año les traiga felicidad, éxito y muchas historias maravillosas por descubrir. Gracias por su paciencia y por seguir acompañándome en esta aventura. Este año vengo con más energía y muchas ganas de seguir compartiendo con ustedes. ¡Nos espera un gran viaje juntos!. Sé que ha pasado demasiado tiempo desde la última actualización, y quiero disculparme por la larga espera. A veces, la vida nos pone obstáculos que están fuera de nuestro control, y lamentablemente, eso retrasó el avance de la historia. Pero quiero que sepan que estoy de vuelta, comprometida a terminar este viaje con ustedes lo más pronto posible para no hacerlos sufrir más. Gracias por su paciencia y por seguir aquí.


Capítulo 30

El Inicio de la catástrofe

Pov. Regina

Los golpes vienen de todas partes, contundentes, implacables. El eco de cada impacto retumba en mi cuerpo y la idea de que estoy siendo apedreada desde todos los ángulos se clava en mi mente. El aire del patio está cargado de polvo, gritos y risas burlonas. Mi respiración es superficial, los pulmones arden con cada jadeo mientras intento mantener el control de mi propia desesperación.

De repente, unos dedos ásperos y fríos se cierran alrededor de mi garganta. La presión es brutal, aplastante. La sensación es aterradora pero no dejo que el miedo se refleje en mi rostro. Luchó contra el agarre, que mantiene mis manos inmovilizadas, es magia oscura. El instinto me empuja a luchar contra ese poder y liberar la magia que aún circula en lo profundo de mis venas, pero no me lo permiten.

Me levanta como si no pesara nada. Mi visión se emborrona por un segundo cuando el suelo desaparece debajo de mí, los pies me cuelgan sin tocar el piso, y antes de poder reaccionar, me lanza con violencia. El impacto contra las piedras frías del suelo es brutal. El dolor irrumpe en cada fibra de mi ser, la vista se me nubla y el aire regresa a mis pulmones con un dolor agudo, pero es rápidamente expulsado de nuevo por otro golpe. Hay un peso de alguien sobre mí, una sombra con el puño en el aire, listo para golpearme de nuevo. Intento levantar las manos para invocar alguna defensa, pero el ataque es implacable.

—¡Bruja maldita! —grita uno de ellos, con el odio chispeando en sus ojos. El siguiente golpe se estrella directamente contra mi estómago, arrancándome el aliento.

Cada latido de mi corazón es una oleada de dolor. Mi piel arde, cada herida parece que se está convirtiendo en fuego. Soy arrastrada como una muñeca de trapo rota y una sensación extraña, como una sombra, se instala en mi interior. ¿Es miedo? Hace mucho que no lo siento tan intensamente, pero ahora está aquí, latiendo en mi pecho.

"Son capaces de torturarme con fuego", pienso, mientras mis ojos buscan desesperadamente una salida. Pataleo, me retuerzo, pero mis manos han sido atadas. Mi magia se encuentra fragmentada y débil y cada intento de liberarla es un rayo que se apaga antes de tiempo.

Alguien levanta mi cabeza con brusquedad, luego una cuerda gruesa y áspera se enrosca alrededor de mi cuello. Mi corazón se acelera. Los miedos se multiplican. Esto no puede estar pasando.

—La Evil Queen —a pesar de que susurra, la voz se escucha venenosa— Ahora solo eres una bestia dominada. ¿Dónde está tu salvadora? —el hombre, con cicatrices profundas se inclina sobre mí, su sonrisa torcida está llena de desprecio— Llámala para que te vea morir.

No respondo. Mi mandíbula está tensa, pero no les daré el placer de verme derrotada. El círculo de hechiceros que me rodea se cierra. Las túnicas oscuras ondean con cada movimiento, y sus rostros están cubiertos de sombras, pero sus ojos... sus ojos son fríos, despiadados, llenos de una malicia sin fin.

La siento antes de verla, Su maldad es asfixiante y tóxica. Su presencia cambia el aire. El patio, que ya estaba sumido en la oscuridad, parece volverse aún más denso.

Nimue.

Los secuaces retroceden ligeramente, dándole paso. Ella camina hacia mí con una calma estudiada, su rostro impasible, sus labios curvados en una sonrisa llena de crueldad.

—¿Por qué no viniste por mí tú sola, Nimue? —mi voz sale baja, ronca por el dolor y la ira. A pesar de la opresión en mi cuerpo, mis palabras son claras, desafiantes. Nunca me he doblegado y no voy a empezar ahora.

Se detiene frente a mí, sus ojos destellan por un segundo, sorprendida por mi descaro. Pero en lugar de enfadarse, se ríe. Una risa suave, casi musical.

—Solo eres una reina caída — se burla.

Hay una furia que se enciende en lo más profundo de mi ser y es esa furia la que me empuja a levantarme. El cuerpo me tiembla por el esfuerzo, pero no le daré la satisfacción de verme en el suelo. La miró directamente a los ojos, con el mentón en alto, desafiándola aunque mi cuerpo esté quebrado.

—Necesitaste a muchos de tus secuaces para hacer tu trabajo —escupo, con una sonrisa sarcástica que no llega a mis ojos— ¿De qué tienes tanto miedo, Nimue?

Sus ojos se estrechan, la sonrisa desaparece. Un leve tic en sus labios es la única señal de que mis palabras la han tocado.

—¿Miedo?. No entiendes nada, ¿verdad? —su voz es fría, cortante— No es miedo lo que me mueve, es poder. Tú, Regina, no serás una piedra en el camino. Porque hoy —da un paso adelante, inclinándose hasta que nuestras caras casi se tocan—hoy te apartaré para siempre.

Unas cuerdas mágicas tiran de mis muñecas hacia arriba, alzándome sin previo aviso. El dolor es instantáneo, una punzada aguda que me recorre el cuerpo. Mis músculos se tensan y los huesos me crujen bajo la presión. Aún así, no voy a gritar. No le daré ese placer. Involuntariamente el cuerpo se sacude por el dolor y mi mente, al borde de un colapso, se niega a ceder. Un jadeo ahogado se queda atrapado en mi garganta, y solo consigo dejar escapar una respiración entrecortada mientras trato de controlar el dolor.

Ella se acerca lentamente, sus pasos resonando en el oscuro y frío patio. Hay una calma cruel en su rostro, una mirada calculadora que me evalúa como si ya hubiera ganado. "Todavía no voy a rendirme".

—Es tan dulce cómo te retuerces —se burla, con una sonrisa torcida — Como una pequeña marioneta que ya no tiene hilos —su voz es sedosa y cada palabra se desliza dentro de mi como lentas gotas de veneno— ¿De verdad creíste que podrías engañarme, Regina? No soy un rufián de cuarta al que puedas manipular con tus trucos de principiante.

Rechino los dientes mientras me sacudo, intentando soltarme de las cuerdas que me mantienen suspendida. El esfuerzo me hace jadear, el dolor aumenta con cada movimiento. El sudor corre por mi frente, pero aún así, mantengo mis ojos fijos en los de ella, llenos de rabia y desafío.

—¿Crees que me intimidas? —escupo desafiante—No soy tu juguete. No me quebraré como los demás.

Nimue se ríe, una carcajada suave pero siniestra que retumba en el silencio del patio

—Oh, Regina... —susurra mientras sus dedos largos y pálidos se mueven hacia mi cuello, su mirada clavada en el pequeño collar de oro blanco que cuelga allí— ¿Sabes qué es lo divertido? — roza la cadena y mi corazón se acelera.

Un nudo de pánico se forma en mi pecho. El collar... La daga. Escondida a plena vista, bajo un simple hechizo que pensé que sería suficiente para mantenerla oculta. Ahora me siento una completa idiota. "¿Cómo pude ser tan descuidada?".

El rostro de Nimue se ilumina con una chispa de malicia. Sus dedos se enroscan alrededor de la cadena y la presión en mi pecho aumenta. "Maldita sea, está demasiado cerca".

—Sé lo que escondes — lo dice en un ronroneo, mientras aprieta con fuerza la cadena entre sus dedos. El metal se incrusta en mi piel y el aire en mis pulmones comienza a desaparecer. "No, no puede descubrirlo…".

Mi visión empieza a oscurecerse y el pánico se mezcla con el dolor. Esto no puede estar pasando. Intento concentrarme, buscar una manera de liberarme, pero la falta de oxígeno me nubla los pensamientos.

—Mira cómo te ahogas, Regina —dice con una sonrisa fría mientras me observa retorcerme— No es agradable cuando alguien más tiene el control, ¿verdad?

Mis pulmones arden por el aire que no puedo tomar y mi cuerpo tiembla, desesperado por liberarse. Las cuerdas mágicas siguen tensándose alrededor de mis muñecas, raspando mi piel hasta romperla. Intento mantener la compostura, pero el dolor se clava en cada fibra de mi ser, una tortura que no cede. La áspera textura de las cuerdas cortar mis muñecas, quemándolas con cada tirón. Mi garganta se constriñe y cada vez que intento respirar, la cuerda parece cerrarse, como un nudo imposible de deshacer. La falta de aire es una agonía lenta y sofocante; un fuego invisible me abrasa desde dentro mientras mis pulmones se desesperan por una bocanada de oxígeno que no llega. Mi visión se tiñe de un rojo oscuro, los bordes se desdibujan.

Mis manos tiemblan, clavando las uñas en la palma en un intento de aferrarme a algo, cualquier cosa. Abro los labios buscando oxígeno, pero solo encuentro el vacío. Las lágrimas brotan involuntarias, escociendo mis ojos.

El roce de la cuerda vuelve a apretarse en mi garganta, es insoportable, atroz. Me invade, me consume. Justo cuando creo que todo se vuelve negro, la presión cede repentinamente. El aire regresa de golpe, llenando mis pulmones en un jadeo desesperado. La garganta me arde y aunque quiero gritar, no puedo. Todo mi cuerpo tiembla, vulnerable y débil.

—¿De verdad creíste que podrías esconder algo tan poderoso con un simple hechizo? —dice divertida— Regina, la simplicidad a veces, es un error fatal. Pensé que eras más inteligente que esto.

Me atrapó. Me confié. ¿Cómo pude ser tan estúpida? Cada fibra de mi ser está al borde de romperse, no solo por el dolor físico, sino por la frustración que me ahoga. Les he fallado a todos. Le puse la daga en bandeja de plata.

Nimue extiende una mano y arranca el collar de mi cuello mientras un destello de magia fluye de sus dedos. En un abrir y cerrar de ojos, el hechizo que envolvía la daga se disuelve y la verdadera naturaleza del collar queda expuesta.

La daga ahora está entre sus dedos temblorosos de avaricia, su mirada completamente enfocada en el objeto que ahora sostiene como si fuera su salvación, todo su oscuro mundo gira en torno a ese pequeño trozo de metal.

—Te mataré —susurró con toda la furia que puedo reunir, pero mi voz se quiebra, llena de la impotencia que siento. Mi garganta aún está lastimada, y cada palabra sale como una súplica rota.

Pero sé que Nimue ya no me escucha. Su atención está fija en la daga. No hay nada más importante. Sus ojos brillan de triunfo porque está en la cúspide y ahora sostiene su trofeo largamente esperado.

—Finalmente... —murmura— el poder que debió ser mío desde el principio.

Cada músculo en mi cuerpo tiembla. Esto no puede estar pasando. He fallado. Le he fallado a Emma.

Ella vuelve a posar sus ojos sobre mí , mueve sus dedos lentamente y de repente hace mucho calor, me quema desde dentro. El dolor es un infierno, una marea que consume. Los músculos de mi pecho se retuercen expuestos al fuego directo. Cada fibra de mi ser se sacude y arde.

"Es demasiado, no puedo." La frase golpea mi mente con una verdad amarga. Las lágrimas caen sin control mientras mi cuerpo se encorva, retorciéndose en el aire. Nimue me observa con una crueldad inhumana, esperando una súplica que jamás pronunciaré.

La magia quema dentro de mí, desgarrándome desde adentro hacia afuera. A pesar de todo, no dejó escapar un solo grito de rendición. Me niego a darle la satisfacción.

"Confío en Emma", pienso, aferrándome a ese único pensamiento, la última chispa de claridad en un mar de dolor. Confío en ella…

Pero la oscuridad me envuelve, cada vez más densa y finalmente mi cuerpo queda laxo, suspendido en el aire, sumergido en el dolor y la oscuridad absoluta.


Pov. Emma

Mis ataques son violentos, brutales. No soy capaz de detenerme. Cada vez que doy un paso, alguien cae a mis pies, un enemigo menos en mi camino. No puedo pensar en nada más. Solo en Regina y en borrarle esa maldita sonrisa a Killian y descubrir a dónde se la ha llevado.

—¡No siento su magia! —grito desesperada. ¿Cómo voy a encontrarla si no queda ni rastro de ella?

La furia me consume mientras me lanzo contra Killian. La oscura y espeluznante certeza de que todos ellos quieren la cabeza de Regina me golpea de lleno. Tomo una roca pesada, rujo de ira y la lanzo con todas mis fuerzas. Impacta en la pared y se desmorona en polvo, ni siquiera acercándose a él. Cada vez que intento alcanzarlo, mis padres y amigos son atacados, pero por suerte, son lo bastante rápidos para esquivar los golpes.

Estamos ganando, eso es innegable, pero me siento derrotada. Regina no está aquí. Su ausencia pesa sobre todos nosotros como una maldición que no podemos sacudirnos.

Cierro los puños con tanta fuerza que siento las uñas clavarse en la piel. El temblor recorre mis brazos, pero no puedo detenerme. Entonces, Merlín desata una fuerte corriente de aire que barre el campo de batalla, empujando a nuestros enemigos contra el suelo. Aprovecho el momento, cierro los ojos y llamó a mi magia. La siento correr por mis venas, sacudiéndome desde dentro. La mandíbula se me tensa al sentir el poder arremolinándose en mi interior.

Con un solo movimiento de mis dedos, Killian deja de sonreír. Su cuerpo se congela y por fin veo el terror en su rostro. Solo unos segundos me han bastado para transformar su diversión en puro pánico.

—Ya casi estás aquí... — una oscura satisfacción se cuele en mi voz.

Killian forcejea, grita. Sus pies se arrastran por el suelo, desesperado por resistirse. Da un paso atrás, tratando de recuperar el control.

—¡Emma! —chilla con miedo y rabia. Sus botas dejan marcas profundas en el suelo mientras intenta escapar de lo inevitable.

Pero no puede. No voy a permitir que se me escape. No después de lo que ha hecho.

El caos continúa a mi alrededor. Los demás siguen peleando, manteniendo a los secuaces de Killian demasiado ocupados como para socorrerlo. Aprovecho la distracción y sin perder tiempo, dejo que mi nuevo poder fluya. La resistencia del pirata se quiebra de inmediato; no le doy la oportunidad de defenderse. Con otra sacudida de mis dedos, su cuerpo es arrastrado hacia mí, sin ofrecer la más mínima resistencia.

—Estás listo para morir —gruño, mientras mis dedos se cierran con fuerza alrededor de su garganta.

Una chispa de temor aparece en sus ojos, esos mismos ojos que antes conocía tan bien. Lo elevó unos centímetros del suelo y no importa cuánto forcejee, no hay escapatoria. Mi mirada se endurece cuando hundo mis dedos en la herida de su hombro, esa que Regina le dejó cuando todo esto comenzó. Grita de dolor mientras continuó clavando los dedos más profundos en la carne viscosa, putrefacta.

—Si yo muero, ella también lo hará —escupe entre jadeos.

Esa declaración me enciende. Sin pensarlo dos veces, lo lanzó al suelo con fuerza, su cuerpo impactando contra contra los escombros con un golpe brutal. El crujido de sus huesos resuena en el aire, pero no es suficiente para calmar mi furia.

—Podría abrirte en dos solo con pensarlo —murmuró con crueldad, agachándome sobre él y clavándole la rodilla en el pecho.

Un gemido lastimero se escapa de su garganta mientras yo, con sadismo calculado, vuelvo a presionar sobre el mismo punto, donde la daga dejó su marca. Killian se sacude, jadea y grita, pero eso solo me da más poder.

—T-te... arre-pe-nti-rás... —tartamudea, roto por el dolor.

—No, Killian. El que se va a arrepentir eres tú.

Elevo el puño, lista para acabar con él de una vez por todas, pero algo sucede. Un frío paralizante recorrió mi cuerpo y de un momento a otro, mis músculos se pusieron rígidos. El dolor me sacude como una descarga y cada fibra de mi ser arde mientras el miedo acelera mi corazón. No puedo moverme, solo sentir ese dolor punzante bajo la piel, latente, inaguantable.

Conforme pasan los segundos, el dolor aumenta, estrujándome por dentro. Es extraño, porque he aprendido a reconocer la magia de Regina, su forma de dominarme, como si en cada orden que me da hubiera una disculpa implícita, una suave corriente de calor que siempre me tranquiliza. Pero esta vez es diferente. Esta tortura es insoportable, fría y no hay rastro de ese consuelo que solía calmarme.

Mis ojos se llenan de lágrimas por el nuevo tirón. Es un dolor que me aplasta, hasta hacerme tambalear. El hilo invisible que me arrastra se tensa con una fuerza brutal, y un escalofrío me atraviesa, despertando un recuerdo que casi me hace gemir.

"Nuestro vínculo es más fuerte que una daga."

El eco de esa promesa resuena, envuelto en el dolor que me consume.

"Recuérdalo si te envían contra mí."

Mi cuerpo no puede luchar contra la orden que trata de controlar cada uno de mis movimientos y me arranca del lugar donde me encuentro. Un quejido ahogado sale de mi garganta cuando mi propia magia me lleva con el enemigo.

"Otra vez llego tarde"

Es la acusación que me lanzó internamente al encontrarme con la imagen que aparece ante mis ojos, golpeándome como un mazazo en las retinas. Es una visión insoportable, Regina cuelga en el aire, sujeta por las muñecas y tobillos como un triste trofeo. La poderosa y dominante reina, se ve pequeña y frágil, su vitalidad reducida a cenizas. Parece más delgada. Hay una quemadura horrenda en su pecho, que deja a la vista un agujero chamuscado y profundo. Su piel tiene un tono gris, apagado dando la sensación de que la vida la hubiera abandonado.

Mis manos tiemblan al ver cómo su cuerpo flota sin voluntad, su piel pálida y sangrando contra las cuerdas mágicas que la mantienen atrapada.

Ella está muerta, pienso y el mundo se tambalea bajo mis pies. Mis piernas pierden toda fuerza, pero no se doblan. Estoy rígida, como si una estaca me atravesara el cráneo y me mantuviera erguida, clavada en el infierno.

El hilo invisible vuelve a tensarse y, aunque no escucho la orden, el tirón me arrastra un paso hacia adelante. Estoy atrapada en esa trampa, sin poder hacer nada. La visión de Regina destrozada me impide respirar; mi garganta se cierra, mi pecho quemar con cada latido. Intento no asfixiarme con mi propio grito, pero las emociones me desgarran por dentro. Furia, desesperación, dolor. Todo se derrumba dentro de mí, hasta que solo queda un vacío negro y frío.

—¡Mátala, Salvadora! —la voz de Nimue irrumpe, un grito cruel que resuena a mi alrededor. Está a un costado de Regina, sonriendo con una satisfacción retorcida. La daga en su mano brilla con una luz insidiosa, reluciente y mortal.

Mis ojos se fijan en ella, y el peso de esa daga se siente más grande, más real, me llamara a terminar con todo. La idea de que sea mi mano la que finalmente le cause dolor, me desgarra por dentro. El tirón del arma vibra en mis venas, exigiendo que actúe, que acabe con la mujer que amo.

Mis piernas se mueven solas, sin mi permiso y cada músculo en mi cuerpo se tensa, luchando por detenerme.

"No. No. No".

—Acaba con Regina —ordena Nimue y mi cuerpo, aún temblando, se siente al borde de la rendición.

Quiero gritar. Quiero luchar. Pero ¿Cómo lo hago cuando la única persona que me da fuerzas está justo frente a mí, colgando entre la vida y la muerte? El miedo se enrosca en mi pecho, cada respiración es una batalla, cada pensamiento un grito de terror.

—¡Obedece… mátala! —la orden es un látigo que resuena en mi cabeza, cada palabra impregnada de oscuridad. La daga vibra en su mano, enviando pulsos de dolor hacia mi.

El grupo de héroes, nuestros amigos, está paralizado, esperando que haga algo, esperando que yo... la mate. Ellos aún no confían en mí. Incluso Killian, arrastrándose como un animal herido hasta los pies de Nimue, levanta la cabeza lo suficiente para sonreír con triunfo.

No voy a caer… no puedo ceder. La oscuridad es mi aliada, ya la acepté. La domino. Soy una con ella, así como lo soy con la luz. No hay caos dentro de mí, sólo el terror de fallar a Regina. De fallarle en el peor momento posible.

—Te dije que te rompería —dice él, me lanza con una sonrisa de victoria que me revuelve el estómago.

Los músculos de mi cuerpo arden, resistiéndome con todo lo que tengo. Cada fibra de mi ser se niega a seguir la orden, pero la daga no perdona. Mis piernas avanzan un paso, luego otro, el control físico está escapando de mi cuerpo, pero mi mente es mía.

—No voy a hacerle daño —gruño entre dientes, mi voz temblando, no por miedo, sino por el esfuerzo de luchar contra la maldita daga.

Mis ojos buscan desesperadamente a Regina, quien apenas puede mantener la cabeza erguida. Sus párpados titilan con dificultad y cuando los abre, lo primero que veo en ellos es el dolor, un sufrimiento tan profundo. Su rostro se contrae en una mueca de agonía y me duele tanto que ya no puedo seguir mirándola. Aprieto los párpados, tratando de frenar las lágrimas que piden salir, pero cuando los vuelvo a abrir, es Regina quien está llorando.

Y mi corazón se quiebra.

—Lo... lo lamento tanto, cariño —tartamudea con la voz rota.

"Detente," grita una voz dentro de mi cabeza, mi propia voz luchando por sobrevivir. "¡Eres más fuerte que una daga!"

Pero no puedo parar. No puedo detenerlo. Siento perlas de sudor cubriéndome la frente mientras intento resistirme, mientras intento arrancarme de este maldito control. Cada vez que lo intento, el dolor se multiplica, en barras de hierro candente que perforan mi interior, abriendo agujeros que queman con una intensidad insoportable.

El cuerpo me aúlla de dolor y no importa cuánto lo intente, el poder de la daga sigue ganando terreno. Me siento atrapada, condenada. Y mientras avanzo otro paso hacia Regina, el tamaño de la daga parece crecer ante mis ojos, una sentencia de muerte inevitable.

No puedo perderla. No voy a hacerlo.

Estoy a solo unos pasos de mi objetivo, y mis ojos se abren de par en par, alarmados. "No... no..."

Puedo sentir las dos magias dentro de mí, la luz y la oscuridad, fluyendo juntas, en equilibrio, quieren lanzarse para salvar a Regina. No me estoy ahogando en ellas, no estoy perdida. Lo único que me consume es el dolor, el sufrimiento de resistir una orden que va contra cada parte de mí. La daga me quiere llevar hasta el límite, pero no dejaré que gane.

—Emma… todo está bien… confío en ti —su voz suave atraviesa mi dolor, una llamada clara entre la tormenta que ruge en mi interior. Mi nombre en sus labios es un bálsamo, calmando las llamas del caos.

"Confía en mí. En nosotras" En que encontraré la manera de liberarme, en que no la traicionaré. Esa confianza es lo que me da fuerzas para resistir el dolor desgarrador que me provoca no obedecer.

—Solo debes dejarte llevar. No luches. Ven por tu reina —murmura el pirata con veneno mientras se coloca frente a ella y sin previo aviso, le suelta una bofetada. El sonido seco me estremece. Killian sonríe, disfrutando cada segundo— ¿Creíste que la salvarías de mí?

La golpea nuevamente, esta vez con más fuerza. El labio de Regina se parte y la sangre brota de su boca, manchando su pálido rostro.

Todo mi interior se incendia en una ira abrasadora, devastadora. Mis ojos siguen los movimientos de Killian, quien se mueve con una calma inquietante, una sonrisa de victoria curvándose en sus labios mientras se acerca a Nimue. La daga oscura aún brilla tenuemente en sus manos, él la tomó sin esfuerzo, arrebatándosela como si hubiera sido siempre suya. Nimue ni siquiera lo detiene; lo deja hacerlo. Una sonrisa cómplice en su rostro.

"No puede ser".

Lo veo acercarse, el ritmo de sus pasos resonando en el suelo de piedra del patio, lentos, meticulosos, saboreando cada segundo. Antes de que mis manos se enciendan listas para atacar el habla, ve mis intenciones y no quiere correr riesgos.

—Quietecita, Swan —dice con una voz fría, condescendiente— No muevas ni un solo dedo.

Y no lo hago. Mi cuerpo se paraliza, atrapado bajo el control de la daga. La ira burbujea bajo mi piel, pero no puedo liberar ni una chispa de magia. Me han dado tantas órdenes que ni siquiera sé a cual estoy acatando. Únicamente se que no puedo usar magia, que no puedo hacerle daño a ninguno de esos bastardos y no moverme. Al menos puedo descansar un poco de mi batalla contra la única orden que tengo clavada en mi cabeza. Matar a Regina. Killian sonríe ampliamente al ver mi lucha interna, acercándose hasta que está justo frente a mí, a solo unos centímetros.

—Mírate... —susurra con ironía, levantando la daga en el aire, estudiándola— La Salvadora, ¿eh? Qué patético.

Sus ojos brillan con burla y yo, atrapada en esta maldita parálisis, solo puedo mirarlo con el corazón golpeando fuerte en mi pecho. Su mano, fría y calculada, se alza lentamente. La punta de la daga haciendo trazos sobre mí chaqueta. Por un segundo, quiero creer que está dudando, pero sé que no es así.

—Ahora, Emma... —murmura, con un tono casi amoroso—Quiero ver cuanto dolor puedes resistir sin gritar... Pero eso no sería nada divertido—su tono juguetón cambia a uno serio— Si gritas, te quejas o haces algún ruido, le harán lo mismo a tu reina.

Uno de sus hombres se mueve junto a Regina, levantando una gran espada a la altura de mi hombre. El brillo de la hoja me hace temblar. Debo resistir para que no le hagan más daño. Aprieto los dientes con todas mis fuerzas preparándome para lo que viene.

La daga, afilada y cruel, se hunde en mi hombro con una presión lenta e implacable. Mi cuerpo tiembla, un dolor punzante estallando en mi interior. Quiero gritar, pero resisto. "No puedo gritar, no puedo gritar por Regina", el sufrimiento se convierte en un eco interminable dentro de mi cabeza. Cada centímetro que la hoja desciende es una tortura ardiente que abre mi carne. Desliza la daga hacia abajo, con precisión, hasta mi pecho, la sangre corre por mi piel, caliente y pegajosa, mientras el veneno se esparce en mi sistema.

Killian me ha condenado.

Mis ojos se abren de par en par, mi respiración se acelera, pero ni un sonido sale de mi boca. El grito queda atrapado, ahogado en mi garganta, mientras el mundo a mi alrededor se distorsiona con el dolor insoportable. El suelo de piedra bajo mis pies parece tambalearse, Pero no caigo aunque mi cuerpo esté rendido por la tortura, no puedo moverme.

El veneno de la daga está entrando en mi cuerpo, cada latido de mi corazón llevando el tóxico oscuro más profundo. Siento el calor recorriéndome las venas, el fuego reemplazando la sangre. Mi vista se nubla un poco, pero me obligo a mantener los ojos abiertos, enfocándome en su rostro.

El se aparta de mí, levantando las manos en señal de triunfo, celebrando su victoria. Su risa llena el aire, su regocijo evidente en cada movimiento que hace.

—Ahora estamos a mano, Swan —dice, la satisfacción goteando de sus palabras. Da un par de pasos hacia atrás, su mirada aún clavada en la mía, como si disfrutara del espectáculo. Nuestros ojos se encuentran durante un segundo.

—Sabes... algún día tenias que estar así—añade, con voz calmada— Derrotada.

No me puedo mover. El veneno, la magia, la daga... todo me mantiene prisionera de mi propio cuerpo. Mis amigos, mi madre... sus gritos se escuchan desde la distancia. Están peleando, luchando por llegar hasta mí, pero los secuaces de Nimue los detienen, manteniéndolos alejados.

Killian retrocede un poco más, la mirada triunfante aún clavada en mí, mientras se ríe suavemente.

—Ahora... —dice, levantando la daga frente a su rostro—. Decapita a la bruja y empala su cabeza.

Mi corazón se detiene, y mi mente se dispara en mil direcciones.

Bajo la cabeza, viendo cómo mi mano, recogen la espada que el mismo hombre que estaba junto a Regina me lanza. Mi corazón se acelera, pero mis manos se mueven sin que yo pueda detenerlas.

Los nudillos se me ponen blancos de tanto apretar el mango de la espada. Todo mi ser está enfocado en una cosa. Los pulmones queman con la tensión acumulada. Estoy atrapada en una guerra entre dos partes de mí y no sé cuál ganará.

—Te amo —la voz de Regina resuena, tan suave y frágil. Me mira con un dolor tan profundo que no sé cómo resisto para no llorar.

—¡Hazlo!— la orden de Killian es un rugido.

Un peso indescriptible cae sobre mis hombros, empujándome hacia el borde de lo inevitable. La orden de la daga está a un latido de desatar el caos. Puedo sentirlo en mis huesos, la magia oscura retorciéndose en mis venas, pidiendo ser liberada, pidiendo consumirlo todo.

El filo de la espada se eleva en el aire, hambriento, dispuesto a cumplir su función. Siento la vibración en mi mano, el frío acero que aúlla mientras corta el aire en una caída mortal.

Corto la carne y hueso de un solo golpe, la cabeza rueda hasta mis pies, dejando tras de sí un reguero de sangre que salpica mis botas. Todo ocurre tan rápido que no tengo tiempo de procesarlo. Mi mente se desconecta, mi cuerpo actúa por puro instinto. Clavo la espada en el suelo, profunda y sin parpadear, luego agarro la cabeza por los largos cabellos oscuros y la levanto insertándola hasta la base de la empuñadura, como él mismo lo ordenó.

—¡La mataste! —una voz desconocida grita pero apenas la registro.

Todo está en silencio ahora. Todo, excepto el sonido de la sangre goteando y el eco de una vida arrancada de cuajo.

Continuará…