Aventureros, por hoy, me guardo todas mis opiniones, así que mejor los dejo sumergirse en el capítulo.


Capítulo 32

Y vivieron felices para siempre es una farsa

Hace solo unos instantes la tenía entre mis brazos y ahora… Storybrooke.

Miro alrededor frenéticamente, buscando su rostro. "Emma…" Su nombre se forma en mi garganta, pero no puede salir más que como un murmullo ahogado.

La imagen de Snow me paraliza por un segundo. Ella llora desconsolada, David la sostiene con la misma angustia reflejada en sus ojos. Ruby se acerca y me ayuda a levantarme, sus manos firmes pero su mirada tan rota como la de todos.

—¿Dónde está Emma? —mi voz tiembla, desbordada de desesperación. Veo cómo los hombros de la loba caen y Snow solloza más fuerte. Todo en mí grita por correr y encontrarla, acabar con la agonía, esta incertidumbre que me destroza. Y lo hago.

Voy a cada rincón de Storybrooke. En minutos recorro todo el pueblo, buscándola. Cada segundo es una puñalada que me dice que debo aceptar lo impensable, que la realidad va a doler más de lo que jamás había imaginado. Pero no me rindo, sigo gritando su nombre como una demente, llamándola, exigiendo que vuelva.

Llego al apartamento de sus padres.

—¡Emma, aparece! —grito, desesperada. Los minutos me acorralan, cada uno más cruel que el anterior y siento cómo la desesperanza crece en mi interior. Dios, ¿Qué le voy a decir a mi hijo? Mi voz resuena por las paredes vacías y el eco de mi propio dolor me devuelve un silencio aterrador.

—Aquí estoy… por favor… aparece.

Caigo de rodillas en el suelo, destrozada. Las lágrimas brotan incontrolables mientras susurro su nombre en pequeños gimoteos. No puedo respirar, el aire está atrapado dentro de mi pecho, sofocándome con cada intento fallido de calmarme.

Escucho un golpe en la puerta. Mi corazón dio un vuelco y levanto la mirada, aferrándome a un resquicio de esperanza. Ruby aparece en el umbral, con los ojos llenos de lágrimas.

Su presencia me golpea como un mazazo en el pecho. No hace falta que diga nada; su mirada lo dice todo. Emma no volvió con nosotros. Y puede que nunca más lo haga.

—Quiero despertar... —mi voz apenas es un susurro, sofocado por el peso que siento en el pecho— Esto es un sueño... tiene que ser un sueño... —lucho por respirar, el aire no llega, cada intento por respirar es arrancado de mi garganta— ¿Qué le diré a nuestro hijo? —mi mente se retuerce en culpa— He fallado... todo es mi culpa.

Miro mis manos con rabia, temblorosas y manchadas de su sangre. Tantas veces me habían servido como fuente de poder, de control, pero ahora... ahora no me sirvieron de nada. Me siento vacía. Incapaz. No pude salvarla.

Las manos cálidas de Rubí se posan sobre mis hombros, tratando de calmarme, de traerme de vuelta, pero yo no quiero volver.

—Aléjate de mí —la empujo con rabia, pero ella no se aparta. Sus brazos me rodean con fuerza y aunque quiero gritar, hundirme en mi dolor y alejar a todos, sus brazos se cierran firmemente, dándome el consuelo que no quiero recibir.

Quiero sufrir. Me lo merezco.

El final feliz que creí haber alcanzado dio un giro cruel, transformándose en una pesadilla retorcida.


Las horas pasan y los días me arrastran en un ir y venir de tristeza y llanto.

Mérida regresó a su mundo mientras la pesadumbre cayó sobre Storybrooke como una nube gris permanente.

El milagro de Merlín que tanto espere nunca llegó.


Sin abrir los ojos, siento el vacío aún presente. El dolor que invade mi cuerpo al simple hecho de respirar no es producto de una pesadilla; es real, tan denso que me aplasta contra la cama. Me hago un ovillo entre las sábanas, mordiendo la almohada mientras un suspiro se convierte en un gruñido ahogado. Despertar y ser consciente de esta realidad me rompe en pedazos. El dolor no tiene límites.

Hay un cuerpo cálido pegado a mi espalda y sus brazos rodean mi cintura con fuerza, apretándose como si con ese abrazo pudiera sostenerme entera. Me giro lentamente, hundiendo el rostro en su pecho, buscando consuelo. Como cada mañana, Henry es mi tabla en este mar de lágrimas que parece ahogarnos. Mi brazo se alza y mis dedos trazan círculos en su espalda, intentando consolar también su llanto. No decimos nada; simplemente nos quedamos así, envueltos en el silencio de nuestra derrota diaria.

Finalmente, me aparto, sentándome en la cama en un claro gesto de querer estar sola. Sé que él lo entiende. Este es nuestro ritual de luto. Un silencio compartido, donde las palabras ya no alcanzan y solo el dolor parece tener voz. Lo escucho moverse a mi alrededor; puedo imaginarlo recogiendo sus zapatos, dirigiéndose hacia la puerta. Pero algo en el ambiente es diferente hoy. Siento la tensión en el aire, la misma terquedad que tantas veces vi en Emma.

—Acepto que te hayas apartado de todos, que te encierres durante tres meses en tu habitación... —Henry levanta la mirada y aunque su voz suena firme, veo la tristeza en sus ojos. Se inclina frente a mí, colocándome las manos con delicadeza sobre las rodillas, como si temiera romperme— Pero por tu salud, mamá... debes dejarlo ya.

—¡No! —mi respuesta es rápida y llena de rabia. Lo miro molesta, con el ceño fruncido, aunque por dentro se desatan sentimientos que no quiero reconocer.

Henry sostiene mi mirada, su respiración temblorosa, pero no se retira.

—Buscar la forma de volver al Bosque Encantado te está...

—No me dirás qué hacer —lo interrumpo, apretando las sábanas con rabia, sintiendo la tela calentarse entre mis dedos. Mis puños temblorosos son una extensión de la frustración que arde dentro de mí. Pero entonces, al observar el rostro de Henry, mi hijo, la furia se enfría un poco. ¿Cómo puedo estar gritándole? Es solo un chico... el chico que ama a Emma tanto como yo. No debería desquitarme con él.

—Te estás enfermando —dice con la voz rota — Dime, ¿Qué has encontrado hasta ahora?

Mi boca se abre, pero no tengo respuesta. No quiero admitir la verdad, no a él. Aparto la mirada, mis dedos tamborilean con nerviosismo sobre la cama, buscando una excusa.

—Debo buscar mejor... —murmuró, volviendo a agarrar las sábanas con fuerza. El dolor en mi pecho aumenta, como una herida que nunca sana, pero no puedo renunciar. No puedo.

Henry suspira, su frustración va creciendo. Retrocede un paso para llevarse las manos al cabello, tirando de él con desesperación, como si no supiera cómo llegar a mí.

—¡Debes renunciar! —grita de repente, la ira en su voz casi me aturde— ¡Por favor, mamá, debes dejarla ir!

El estallido de su voz me golpea en el estómago. Sin pensarlo, me levanto de la cama acortando la distancia, apuntando con un dedo tembloroso a su pecho.

—¡Eso jamás! —grito aún más fuerte, mi voz resonando en la habitación— ¡Soy tu madre! No puedes darme órdenes.

El corazón me late con fuerza y aunque lo amo con cada fibra de mi ser, me niego a rendirme. Pero entonces, su siguiente confesión me toma completamente desprevenida.

—Yo mismo he hecho varios intentos... — se quiebra y por un momento, parece más pequeño, vulnerable— ¿De qué me sirve ser el Autor si mis libros no funcionan? —suelta un grito ahogado mientras se pasa las manos por el cabello una y otra vez, su desesperación es palpable— Por más que escribo... Emma nunca vuelve. ¡Nunca!

Mis rodillas tiemblan ante sus palabras. Henry... ¿él también ha estado intentándolo? La culpa me golpea como una bofetada. No he sido capaz de ver su sufrimiento, tan centrada estaba en el mío. Hago el amago de acercarme a él, pero me detiene con un gesto rápido de su mano.

Doy un paso atrás dejándome caer nuevamente en la cama.

—Henry, cariño... —mi voz es suave ahora, suplicante, casi rota. Quiero abrazarlo, decirle que todo estará bien, aunque yo misma no lo creo.

— Necesito que me escuche— su forma de hablarme me deja congelada en mi lugar, incapaz de moverme.

—Perdí a mi madre hace tres meses... Y siento que me quedé solo —los labios le tiemblan mientras las lágrimas corren por su rostro. Mi corazón se rompe al verlo así— Sé que sufres... sé que perdiste al amor de tu vida... otra vez. Pero yo... —su voz se quiebra y apenas puede contener el sollozo— Ese día también perdí a mis dos madres, porque tú tampoco estás aquí. No estás. Y te necesito, mamá. Por favor, solo déjalo. No estás bien.

Su confesión me golpea como una verdad innegable. Veo el dolor en sus ojos, la desesperación en su voz y mi corazón se siente aún más pesado. ¿Cómo he podido dejarlo solo? ¿Cómo no me di cuenta de cuánto me necesitaba?

Henry se da la vuelta, listo para salir de la habitación, pero mi mano derecha reacciona antes de que mi mente pueda detenerla; lo sujeto de la muñeca con fuerza, tirando de él hasta que pierde el equilibrio y cae de golpe sobre mis piernas. Hace tanto tiempo que no lo sostengo así, que el peso de su cuerpo se siente tan familiar como extraño. Mi pequeño príncipe está roto, y no sé cómo unir sus pedazos.

—Me cuesta tanto aceptarlo… —las palabras se me escapan en un sollozo, rasgando mi garganta, nuevas lágrimas surcan mis mejillas. Mi mano tiembla mientras acaricio su cabello, tratando de encontrar algún consuelo en la textura suave bajo mis dedos.

Henry me envuelve con sus brazos. Por un breve instante, su calor me da un atisbo de vida, un pequeño destello en medio de la oscuridad. Pero el momento es fugaz, borrado por las lágrimas que caen lentamente por su mejilla. Con la punta de mis dedos, limpio su rostro con ternura —La extraño tanto, mamá… —su voz se rompe en mil pedazos y con ella mi corazón— Y te extraño también a ti.

Me trago el nudo en la garganta, queriendo protegerme de su dolor, pero sabiendo que no puedo. ¿Cómo voy a consolarlo si yo también estoy rota? No quiero sanar mis heridas, no quiero cambiar este dolor por otro… es lo único que me queda de ella.

—Reduciré mis noches de investigación… —susurro contra su pecho, como si al decirlo en voz baja pudiera engañar a la realidad.

Henry se aparta un poco, lo suficiente para mirarme a los ojos. Su ceño está fruncido, sus labios apretados en una línea tensa —Bien, pero como parte del trato también iremos al hospital para revisar esos malestares que has estado teniendo.

Hago una mueca, pero Henry no cede —Estoy bien —Intento sonar convincente, pero mi voz apenas es un susurro.

—No, no lo estás. —me toma de las manos, sosteniéndolas con firmeza— Tus largas horas sin dormir te están pasando factura; mareos, náuseas… —me mira con una preocupación que casi me desarma— Estás en los huesos, mamá. Eso no es estar bien. Por favor… Por favor. Sé que el dolor no pasará, pero al menos quiero saber que estás cuidándote.

Quiero prometerle que lo haré, pero no estoy segura de ser capaz. —Lo prometo… —musito, aunque ni yo me creo del todo.

—Hoy —Su voz es firme, no hay espacio para negociar.

Respiro profundo, buscando paciencia —Mañana —Refuto, algo exasperada.

—Esta tarde —Insiste, cruzando los brazos con esa determinación que le viene de Emma.

Ruedo los ojos, sabiendo que no voy a ganar —Bien —respondo al fin, rindiéndome con un suspiro.

Sonríe, pero sus ojos aún están empañados —Te amo, mamá. Y sé que a Emma no le gustaría lo que te estás haciendo.

Su comentario me golpea de lleno en el pecho. Le rodeo el cuello con los brazos, tirando de él hacia mí, sintiendo el peso de su amor y su dolor sobre mis hombros —Yo también te amo… —susurro, dejando que nuestras lágrimas se mezclen.

Las lágrimas de Henry parecen no tener fin, como un torrente imparable que arrastra consigo todo su dolor. Lo envuelvo en mis brazos, apretándolo contra mí, mientras siento que mis propias ansias de llorar se acumulan en mi garganta, estrangulándome desde adentro.

—Shhh... Estoy aquí, cariño... —susurro con la voz rota, aunque las palabras me parecen insuficientes. Lo arrullo como solía hacerlo cuando era pequeño— Jamás quise que te sintieras solo.

No sé muy bien qué más decirle. Nada de lo que diga puede hacer que el dolor desaparezca. Cualquier frase suena vacía, como una mentira piadosa. Así que guardo silencio, respetando su angustia. No quiero llenar el aire con más promesas rotas.

Me dejo caer de espaldas en la cama, arrastrándolo conmigo, dejándolo reposar todo su peso sobre mí. Respeto su dolor, de la misma manera que él respeta mi silencio cada mañana cuando se mete en mi cama y se abraza a mi cintura. No hay palabras entre nosotros en esos momentos, porque sobran.

Mis manos recorren su espalda con movimientos lentos y tranquilizadores, besando su cabello, sus mejillas enrojecidas y húmedas por el llanto. Siento el latido de su corazón contra el mío y aunque no puedo salvarlo de su sufrimiento, lo sostengo con todo lo que me queda. No lo dejaré caer.

Poco a poco, su llanto comienza a calmarse. Mis manos suben hacia su rostro, acariciando su mejilla con cuidado, esperando que me mire. Henry levanta la barbilla apenas, sus ojos aún brillantes de lágrimas y su cabeza descansa pesadamente sobre mi pecho.

—Ve a darte un baño —le digo con suavidad, tratando de arrancarle una pequeña sonrisa— Creo que ese pijama ya no aguanta un día más.

Beso su frente, sabiendo que nuestras heridas siguen abiertas, pero al menos hemos compartido este momento juntos. Henry hace un pequeño gesto, acariciando mis mejillas como solía hacerlo cuando era un bebé, con esa ternura que me parte el alma.

—Tú también necesitas un baño, mamá. Tu olor no es mucho mejor que el mío —A pesar del dolor, un pequeño destello de humor brilla en su voz.

Sonrío, aunque es un gesto débil y fugaz, pero suficiente para romper el peso del momento.

—Te amo, Henry. Ahora ve —Le doy una suave palmada en el trasero, intentando que se mueva— Prepararé algo para comer.

Asiente, más tranquilo ahora y aunque su marcha es lenta, parece que el peso que lleva en los hombros es un poco más liviano. Lo observo mientras se va y cuando la puerta se cierra detrás de él, el vacío regresa.

Quiero rendirme. Juro que lo deseo más que nada, pero mi príncipe no me deja. Cada vez que me ve al borde del abismo, me recuerda que él es mi salvador. Ese es su mantra, aunque quisiera discutirle, sé que tiene razón. Sin él, ya habría caído hace mucho.

Me visto y me maquillo lo mejor que puedo, aunque no puedo evitar ver el vacío en mis ojos cada vez que me miro al espejo. Me estoy preparando para afrontar lo poco que queda de mi vida sin Emma. Me siento incompleta, rota.

Mientras intento concentrarme, preparo algo rápido para Henry. Yo, solo consigo picar un par de frutas; mi apetito es inexistente, como si mi cuerpo también estuviera en duelo.

—¿Solo comerás eso? —me mira inquisitivo, con ese tono que siempre usa cuando está preocupado.

—Es suficiente para mí —respondo en un susurro, mi voz apenas un hilo. Llevo días sin probar bocado sin que mi estómago proteste con cada intento. Mi cuerpo rechazara el simple acto de alimentarse.

Antes de que Henry pueda insistir, una voz familiar interrumpe el silencio.

—Buenas tardes a los dos.

Había olvidado por completo de que le di acceso a Snow a mi casa. Ella entra con su habitual aire de calma, seguida por David, con su expresión de perro apaleado. Lo veo acercarse para saludar a su nieto, pero Henry se aparta, evitando el contacto. Su rostro se pone rojo y aunque no dice nada, es evidente que su dolor se ha convertido en un rencor palpable hacia su abuelo.

Lo miro con el ceño fruncido, deseando increparlo por su actitud, pero las palabras se me quedan atrapadas en la garganta. No puedo culparlo. Todos estamos lidiando con nuestra propia miseria. Aún así, antes de que pueda abordar el tema, una nueva presencia entra en la cocina.

—Hola, Regina.

—¿Algún cambio, Ruby? —pregunto, sin muchas esperanzas, mientras ella se deja caer en una de las sillas frente a los panqueques que Henry dejó abandonados.

—Mi fuerza, mi olfato, están regresando poco a poco... —murmura, frustrada— No tengo prisa, puedo esperar el tiempo que haga falta.

Su voz está cargada de impotencia y veo cómo sus manos se tensan sobre la mesa. Cada palabra es un eco de lo que todos sentimos. La desesperación de haber perdido algo.

—¿Has encontrado algo en tus libros? —me pregunta con la misma desesperanza que siento yo.

—No, nada —respondo, la derrota evidente en mi voz. No hay respuesta. No hay solución.

—¿Qué es esto, otra maldición? —gruñe Ruby, antes de devorar el desayuno con una rabia que solo la impotencia puede alimentar.

Snow se acerca a ella y le da unos suaves golpes en la espalda, como si eso pudiera calmar el dolor que sentimos. Es un gesto vacío, como tantos otros que hemos compartido últimamente.

—Ya lo hemos hablado, Ruby todo fue por... —comienza Snow, pero me mira a mí como esperando una respuesta que no puedo darle.

Me doy la vuelta, llevando el tazón al fregadero, buscando escapar de la conversación. Pero entonces, el nombre que intento evitar brota de mis labios.

—Emma... —susurro, sintiendo cómo el dolor me consume de nuevo— Aquí no está prohibido su nombre.

El temblor en los labios de Snow me parte el corazón. Sé que ella también está lidiando con su propia batalla. La he visto, cada vez que mira a Henry y el llanto se asoma a sus ojos, reflejando la misma pérdida que me atormenta.

Al verla así, una punzada de culpa me atraviesa.

—Lo siento... —murmuro, cerrando los ojos por un momento para contener mi propio sufrimiento— Debí hacer más.

Snow me mira con una de esas sonrisas melancólicas que solo empeoran la situación.

—No te culpo de nada, Regina —responde suavemente antes de darme un abrazo inesperado. Siento su calidez, pero no me reconforta, no realmente— Veo que hoy no necesitarás de mi comida.

—¿Quién podría vivir con tus torpes intentos culinarios? —intento bromear, aunque mi corazón no está en ello.

—Me alegra ver que tu humor está mejorando —palmea mi espalda con suavidad antes de apartarse.

Por dentro, sé que mi humor está lejos de mejorar. Estoy rota y ellos no tienen por qué saberlo.

—Gracias por cuidar de nosotros —digo, apartando la mirada. No puedo sostener sus ojos tristes; cada vez que lo intento, mi corazón parece encogerse.

—No tienes por qué agradecer. Eres parte de la familia —responde Henry con firmeza.

Hoy me siento más sensible que nunca y trato de tomar una bocanada de aire, buscando calmar el ardor en mi garganta. Pero de un momento a otro el oxígeno parece que no puede llegar hasta mis pulmones. Todo mi cuerpo se siente extraño. Una oleada de debilidad y mareo me golpea; de repente, estoy abrumada por una náusea violenta. Los pequeños trozos de fruta en mi estómago pesan como piedras. Mi magia, siempre una presencia constante, ahora se siente lejana, desconectada. En el mismo segundo que se debilita, mis rodillas ceden y el mundo se oscurece en un parpadeo.


Cuando despierto, el dolor punzante en mi cabeza es lo primero que siento. Lucho por abrir los ojos, pero la luz es demasiado brillante, demasiado blanca. Una mano acaricia mi frente, y eso me dice que no estoy sola.

—¡Mamá! —La voz de Henry es un susurro ahogado, lleno de miedo y angustia.

Fuerzo mis párpados a abrirse y las paredes blancas del hospital me rodean, junto con las luces fluorescentes que parecen perforar mi cráneo —Estoy bien.

—Querida, llevas dos horas inconsciente —dice Mary Margaret y su voz se quiebra en una súplica.

¿Llevo dos horas inconsciente?. Dos horas. No tiene sentido. Sé que un simple desmayo no dura tanto. Mi mente intenta procesarlo, pero todo en mí se siente débil, un peso aplastante se aferra a mis huesos. Recuerdo esa sensación extraña antes de perder el control, una señal de que mi magia estaba debilitándose, algo en mi interior apagándose lentamente. ¿Acaso fue mi propia magia la que decidió que no soportaba más? No quiero ni pensarlo. La magia responde a mi voluntad, nunca al revés.

Intento descifrar este comportamiento absurdo, pero las respuestas se me escapan y me deja un hueco en el estómago. Me cuesta asumirlo, pero quizás en ese último momento fue mi propia magia la que... se apartó. En su propio instinto de preservación, me hubiera "apagado" para protegerme. ¿Pero desde cuándo la magia hace eso? Nunca había experimentado este tipo de vulnerabilidad, un debilitamiento que me hace sentir... pequeña y frágil.

Henry está a mi lado, aferrando mi mano con fuerza, creo que teme que pueda desaparecer. A un lado, su abuela se retuerce las manos con nerviosismo. David me observa en silencio recostado contra la pared, su rostro más pálido de lo que jamás le he visto.

—Creo que Henry tiene razón... Necesito descansar —intento bromear, quitándole importancia a lo sucedido, pero mis palabras suenan huecas. Parpadeo, centrando mi vista en sus rostros, todos tan llenos de preocupación que me siento culpable.

—Regina… —Snow me aprieta el hombro con suavidad. Puedo ver que está luchando por no llorar y eso me irrita más de lo que debería.

—Por favor, Blanca, no estoy muriendo —replicó, con más dureza de la que pretendía. Al ver las miradas de dolor que se cruzan entre ellos, mi corazón se encoge aún más— Lo siento, no quise decirlo así.

—Henry, vamos a dejar que ellas hablen un momento —dice David, caminando lentamente hacia nosotros.

Mi príncipe se inclina con delicadeza y deposita un beso en mi frente. Puedo sentir la calidez de su amor, pero también el peso de su preocupación. Luego, sin decir más, se gira y junto con David, sale de la habitación. Observo cómo la puerta se cierra lentamente y la habitación se llena de una quietud opresiva.

Entorno los ojos hacia Mary Margaret, quien permanece allí, pálida e inmóvil, sus labios temblando. Puedo ver las lágrimas que asoman, brillando en sus párpados.

—¿Snow, qué pasa? —pregunto, tratando de mantener la calma— Dímelo ya.

Ella da un paso hacia mí, vacilante y noto que sus manos tiemblan ligeramente mientras se acerca. Por un instante, parece estar luchando por encontrar las palabras correctas.

—No es algo malo, te lo juro — dice finalmente con la voz quebrada— pero... es tan difícil que no lo puedas compartir… con la persona que amas.

—¿Qué? —Las palabras suenan ajenas, parecen dichas en un idioma que no logro comprender.

—Regina… tú estás... estás embarazada.

El mundo se detiene en el instante en que la boca de Snow se abre. La habitación comienza a girar, mi respiración se corta. La incredulidad se apodera de mí mientras la miro, esperando, no, rogando que desmienta lo que acaba de decir. Pero su mirada es firme, segura. No hay error en sus ojos.

—Eso no es posible —musito, mi voz pintada de mi propio desconcierto. Las manos me tiemblan sin control, me hundo en la camilla, buscando algún tipo de estabilidad. La confusión se arremolina en mi mente, mezclada con el caos de una verdad que no quiero aceptar— Yo... yo no puedo...

Snow se acerca, sus pasos silenciosos. Se inclina ligeramente hacia mí, con esa compasión en su mirada que solo intensifica el nudo en mi garganta.

—El amor verdadero lo puede todo, Regina.

La mención de "amor verdadero" hace que mi estómago se retuerza de rabia. Mi pecho se llena de una furia que apenas puedo contener. ¿Cómo se atreve?

—¡Mentira! —exclamo, saltando de la cama con una fuerza que hace meses no sentía. Me tambaleo un poco, pero me enderezo— ¿Amor verdadero? ¡Ella está muerta! —mi voz se quiebra en un grito y mis lágrimas comienzan a caer sin control. La habitación se llena de mis sollozos desgarradores— ¡Ella no está! —estrujo la tela de mi bata sobre mi vientre, como si pudiera arrancar esta verdad de mí.

Snow, sin dejarse amedrentar por mi arrebato, se acerca con la calma de una madre que sabe lo que su hijo necesita, sin importar cuántas veces la rechace. Aunque hago aspavientos, intentando apartarla, ella se adentra en mi espacio, envolviéndome en un abrazo cálido, protector.

Mi cuerpo tiembla, pero ella sigue ahí, firme, como una roca en medio de un vendaval. Entonces me derrumbé contra su hombro, mis lágrimas fluyendo sin control.

—¿Por qué no dudas de mí? —gimoteo, mi voz rota. La vulnerabilidad de mi pregunta me asusta, pero también es lo único que puedo decir. ¿Cómo puede tener tanta fe en mí, cuando ni yo misma la tengo?

Snow acaricia mi cabello, sus dedos deslizándose suavemente entre los mechones oscuros para calmar mi tormenta interior. Su toque es suave, maternal, y aunque lo odio, es también lo único que impide que rompa por completo.

—¿Dudar? ¿De que sea mi nieto? —replica, cargada de amor y convicción—. Regina, mi niña te amaba tanto... ¿por qué iba a dudar del fruto de su amor? Además, ese día, antes de la batalla... todos lo sentimos. Esa explosión de magia poderosa, cálida... El amor verdadero estaba ahí, envolviéndonos.

Pero sus palabras, lejos de consolarme, avivan un dolor que no puedo controlar.

—De nada sirvió que estuviera... —escupo con amargura— El amor... el amor es una mierda.

Ya no puedo contenerme. Me rompo por completo, mi cuerpo se sacude con sollozos desgarradores mientras me dejo caer al suelo, mis rodillas golpeando el frío suelo de la habitación. Snow, aún abrazándome, me sigue. No me deja caer sola. Nos quedamos así, las dos arrodilladas, enredadas en nuestro dolor compartido. Ella sigue abrazándome con fuerza, sosteniéndome cuando siento que todo dentro de mí se destroza.

No hay palabras que puedan llenar el vacío que Emma dejó, pero en este momento, el silencio entre nosotras es lo único que parece real.


Cuando regresamos a casa, no puedo dejar de pensar en mi situación actual. Debería estar irradiando felicidad, debería sentirme plena. Nuestro amor, venció lo inconcebible. Voy a ser madre de un ser que es parte de Emma. Pero, en lugar de una alegría absoluta, me encuentro atrapada en una maraña de emociones.

Estoy feliz, sí, aunque moqueo y sollozo, sofocada por un sentimiento de soledad que no me abandona. La dicha que debería sentir se encuentra envuelta en un velo de tristeza que no logro quitarme.

—Estoy contigo, mamá —dice Henry mientras me envuelve entre sus brazos. Es cálido, firme, sabe que estoy a punto de caer de nuevo. Como tantos otros días. Me acompaña hasta el sofá donde me obliga a tomar una siesta por la tarde— ¿Comiste todas tus verduras?— susurra, mientras acomoda una manta sobre mis piernas. Me doy cuenta de que también está agotado, aunque intenta no mostrarlo.

—Deberías estar en la escuela — me observa con calma, pero no responde de inmediato. Se queda de pie, observándome. Luego, sin previo aviso, se inclina y me da un beso en la frente, un gesto de cariño que me sorprende.

—Tengo que estar aquí para cuidarte —responde finalmente, sentándose a mi lado acomodando una almohada detrás de mí como si fuera su obligación. El peso de su preocupación es palpable, casi abrumador.

—Igualmente, deberías estar en la escuela —insisto, mi tono es más firme, intentando hacerle entender que no quiero que sacrifique más por mí.

Henry suspira y se aparta un poco, cruzando los brazos como lo haría un adulto. Me observa con una seriedad que no es propia de un joven de su edad, pero que ha adquirido en los últimos meses.

—Y usted, señora alcaldesa, debería estar en la oficina dirigiendo un pueblo al cual ha abandonado por meses —responde con un toque de humor, aunque sus palabras están cargadas de una verdad que no puedo ignorar.

Me quedo callada por un segundo, su comentario me golpea en lo más hondo.

—Soy yo quien reprende, ¿Cuándo se invirtieron los papeles en esta casa? —pregunto, fingiendo estar ofendida, aunque lo que realmente siento es gratitud por tenerlo a mi lado.

Se encoge de hombros, pero no puede evitar sonreír también.

—Tengo que estar pendiente de que te cuides el doble... no, el triple —dice, volviendo a adoptar ese aire protector— Leí que la depresión en mujeres embarazadas puede causar problemas al bebé.

Me estremezco involuntariamente, por el frío repentino que me causan sus palabras en el pecho. Lo miro en silencio, observando cómo sus ojos se desvían de los míos. Baja la cabeza, evitando mi escrutinio y mi corazón se encoge al ver la inquietud reflejada en su rostro joven.

—¿Has leído sobre la depresión en embarazadas? —pregunto, intentando que mi voz no tiemble mientras alzo una mano para acariciar su cabello.

—Busqué sobre esas cosas mientras esperaba en el hospital —él asiente lentamente, pero sigue sin mirarme.

La ternura me invade de golpe. No hay palabras suficientes para expresar cuánto lo amo en este momento, cuánto lo admiro por la fortaleza que demuestra cada día.

—¿Esas cosas? —repito conmovida y antes de que pueda decir algo más, lo rodeo en un abrazo, fuerte, casi desesperado. Presiono besos en la parte superior de su cabeza, agradecida por su presencia, por su fuerza— Oh, cariño... eres tan bueno conmigo... no sé qué haría sin ti.

—Estoy tan feliz... por la noticia—murmura, su voz más suave ahora, mientras se acurruca en mi pecho.

Lo siento temblar ligeramente en mis brazos y en ese momento, lo entiendo más que nunca. Estamos sobreviviendo juntos, sosteniéndonos mutuamente en medio del dolor.

continuará…