imago spei
Milo, Camus
Pre-Torneo Galáctico
Y esa sonrisa
Y esa esperanza
Y esa gloria
Camus de Acuario era un caballero ejemplar. Milo de Escorpio agradecía tenerlo como amigo, estaba jodidamente orgulloso por ello. Para el griego, esa relación lo motivaba a mejorar, a convertirse en alguien que mereciera estar junto al mayor.
Por tal motivo se encontraban allí, así.
En el santuario debían cumplirse ciertos cursos, obligatorios para soldados y adeptos, mas opcionales para los santos. Pero, como santos de oro, los más jóvenes habían sido instruidos con la idea de dar un buen ejemplo a aquellos de menor rango y tomar los cursos también.
Al fin y al cabo, Atenea se encuentra en el cerebro.
El asunto es que podían elegir y Milo, que no daba con la edad el año previo para cursar junto a Camus, eligió tomar aquella clase por el excelso logro de su amigo. El mismísimo patriarca había invitado al galo a exponer su exámen oral, y defenderlo con la opción de un debate, en público.
Pero, por muy buen caballero que Camus fuese, también era un muchacho reservado y, como los creyentes de Hermes, asiduo al secretismo, a los mensajes encriptados, a las novelas de misterio. O, bueno, tímido si debía enfrentarse a más de dos personas a la vez sin puños de por medio.
A Milo le parecía un grán mérito y una gran tragedia. Pues su amigo rechazó una oportunidad que no se daba todos los días y, por el bien de la órden de oro, el santo de Escorpio estaba dispuesto a resarcir el honor de los doce. ¡Ganaría el debate público!
Incluso si aún no se lo habían ofrecido.
Incluso si, probablemente, se resolvería como una exposición porque nadie en su sano juicio contradeciría a un santo de oro.
Camus estaba recostado en el marco de un ventanal de la habitación, leyendo un libro de bolsillo, mientras Milo repasaba sus apuntes para el exámen del próximo día. El griego había estudiado por su cuenta, pues su amigo recién volvió aquella mañana para apoyarlo en el día del exámen (y quizás el del debate), y aunque no temía olvidar nada, sí temía que no fuera tan sencillo como los exámenes de Matemáticas.
«Concepción Teórica» era un curso que sólo los más eruditos se atrevían a acabar. Una discusión constante entre conocimiento de facto y arcano. Las aplicaciones de la imaginación en la realidad. Un complemento de «Ciencias Prácticas», que en lugar de leyes o verdades explicaba grados de verdad o aceptación. En su santuario, donde el cosmos es una herramienta en manos humanas, la aceptación de verdades que parecen irreales, es casi obligatoria.
La fundación de las líneas ley, los miasmas y la pneuma, el demonio de Laplace, el efecto mariposa, los registros akáshicos y el mundo de las ideas de Platón, las reglas de astrología y de la alquimia… en síntesis: la mantícora de la razón fáctica. Un impulso al pensamiento mágico que Milo no entendía del todo, pero que por ello mismo lo fascinaba; como Camus, su amigo, a quien siendo tan joven ya llamaban «el mago de hielo».
Milo aún debía ganarse un subtítulo propio.
Pero, de momento, al menos demostraría que podía entender a su amigo mejor que nadie en el mundo.
El griego estaba echado en el suelo, con sus notas y lápices desperdigados alrededor. Procurando ya no tocar los papiros a no ser que fuese absolutamente necesario. No era en absoluto similar a practicar fórmulas y ecuaciones, pero, tenía esperanza. Volvió a alzar el rostro y notó que Camus lo observaba desde la ventana. Al parecer ya había terminado de leer, quizás un capítulo, quizás todo el diminuto libro. Sonrió.
—No quiero que me lo chives, pero, ¿qué fue lo que expusiste el año pasado?
—Saben que somos amigos, te preguntarán otra cosa —resolvió el galo, girando su rostro hacia el paisaje—. Fue algo como… ¿qué habría en la copa, si Laplace sostuviera un santo grial?
La sonrisa de Milo se petrificó.
—¿Cómo? —preguntó en un hilo de voz aunque se recompuso apenas Camus volvió a verlo—. O sea, explicar al demonio por medio de la alquimia.
—Sí, básicamente. Aunque luego pedirán que te posiciones a favor o en contra de la teoría, incluso si no usas la herramienta que te han sugerido.
—... —Milo presionó sus labios en un gesto de inquietud.
Camus debió notar que no se atrevía a contradecirse, no tan rápido.
—Si quieres saberlo —el griego ya estaba asintiendo—, decanté el cero absoluto en la copa de mi demonio. Cuando empecé a hablar, creí que ello lo mataría, pero, por el contrario, según los profesores logré fortalecerlo. No fue un error, fui yo quien se arrepintió a tiempo.
—¿O sea?
—Las teorías de concepción son, primero que nada, palabras, Milo. Sabes hablar muy bien, es seguro que vas a aprobar, las palabras correctas se formarán en tu cabeza.
—Hasta hace un minuto, estaba tan confiado como tú.
—¿Te asusta?
—Ni siquiera puedo imaginar tu respuesta. Y no la repitas, por favor, quiero que mi mérito sea honorable.
Camus bajó de la ventana y, silencioso, se arrodilló en el suelo a su lado.
—Lo lograrás. Superarme, quiero decir.
El mayor puso una mano en su hombro y Milo la cubrió. Camus era un muchacho, justo como él mismo, pero ya era un maestro. Costaba no creer en su palabra, en la lógica de su maravilloso cerebro, incluso si era difícil de entender; ésto era esperable, porque Milo aún era un alumno.
—No pienso decepcionarte.
El galo asintió lentamente. El griego lo soltó y continuó leyendo sus anotaciones. Lo cierto es que Camus de Acuario nunca dijo haber vuelto por Milo de Escorpio ni el exámen próximo, pero, ¿por qué otro motivo abandonaría la gélida Siberia que tanto le gustaba? No estaban en fechas de celebración, ni había urgencias que requiriesen a un santo de oro. Mediante la psicogeografía, o incluso las líneas ley, se entendía muy rápido por qué el caballero de hielo se sentía más cómodo en los polos del mundo.
—Oye —al pensar aquello, el griego volvió a alzar el rostro—. Si pudiste usar el cero absoluto, ¿crees que permitan utilizar la deriva o el tarot?
—Mientras no rompas con la hermenéutica del caso, se permite. Ese tipo de herramientas dependen de cada uno y no se contará su experticia sino la aplicación.
—¡Estupendo!
Si había asuntos arcanos que el griego perfeccionó desde niño, eran la astrología y el tarot. Fue mediante las estrellas y sus símbolos que se dispuso a entender a los dioses y el mundo que habitaban. Quizás sería muy obvio, pero, si hablaba correctamente, estaba seguro de que podría persuadir a su jurado de lo que fuera con convicción certera mediante aquellos viejos compañeros.
Camus debía pensarlo también, pues estaba sonriendo de aquél modo tan conforme… si Milo lo miraba mucho tiempo, acabaría por convencerse de que era una ilusión, de que su amigo ni siquiera estaba allí y mucho menos aquella sonrisa que tanto añoró en su ausencia. Por ello volvió a bajar el rostro, antes de perder su propia alegría.
N/A: todos magujos y algo magufos. Este tipo de conceptos los aplico constantemente, pero expresarlos de a montón es demasiado, por eso no enfaticé en ninguno.
