Capítulo 1

El bullicio dentro del hospital era continuo. El pitido intermitente de una máquina de monitoreo resonaba suavemente en el fondo, mezclándose con el susurro bajo de las conversaciones entre los enfermeros y el sonido metálico de una camilla siendo empujada por un pasillo cercano, las personas que entraban y salían de consulta, cada uno inmersos en sus labores, hacia aquel lugar un poco despreocupado. El chico que se encontraba en una banca estaba atento de su entorno aunque no lo aparentaba. El olor a alcohol era característico, algo que le desagradaba porque siempre le hacia recordar esos tiempos que su madre desifentaba sus heridas con aquel liquido. Muy doloroso.

De repente, el "crack" de la manija siendo empujada hizo que la atención del chico se fijara precisamente en ese lugar.

-Muchas gracias por su asistencia, recuerde seguir las recomendaciones del doctor, que tenga un buen día - la asistente salió junto al paciente, después de despedirlo buscó en su lista a la siguiente persona.

-¿El Sr. Kagamine, se encuentra presente?- alzó su mirada y buscó respuesta, de inmediato el más joven de todos los presentes se levantó y confirmó su presencia.- Por aquí joven.

Dentro del consultorio todo era tan familiar que incluso el aroma a café siempre permanecía, nada había cambiado a pesar que no importase donde dirigiese su mirada, todo estaba como la primera vez que estuvo allí.Se sentó en silencio y esperó al doctor. Después de tres minutos, un hombre mayor, de lentes con gruesas lunas y una barba blanca bien cuidada, entró por una puerta discreta, casi oculta al lado de un enorme estante repleto de libros. En sus manos sostenía una taza humeante que desprendía un agradable aroma.

-Joven Kagamine, es un gusto verlo- su voz fue tan profunda que en ese instante asustaría a cualquiera por lo que diría a continuación, el doctor dejó su taza en su respectivo espacio y comenzó a llenar la hoja de oficio que su asistente había dejado minutos antes. Luego, que acabó de escribir, ella ya le había proporcionado una carpeta color mostaza. Len miró con ansiedad ese objeto. Hubo un breve silencio donde solo las hojas siendo deslizadas fue el único sonido, el mayor habló.

-¿Cómo se encuentra desde la última vez?- Len respiró hondo y respondió con sinceridad.- Me encuentro mucho mejor desde esa vez.-¿Alguna secuela?- No, doctor. -El mayor exhaló y acomodó con pequeños golpes sobre el escritorio las hojas. Finalmente, dio el resultado obtenido.

-El examen... dio positivo "O" - el anciano no parecía quitar la mirada del papel, como si no quisiera ver el gesto que Len tendría en su cara. Definitivamente, eso fue lo menos que Len deseaba escuchar. En negación lo tomó como una equivocación y que esos resultados debían ser revisados nuevamente. -Estoy seguro de que es un error... yo... no es posible.-una sensación incómoda se hizo presente.

-Joven, en esta vida, pocas cosas son imposibles. Entiendo perfectamente que esto es difícil de aceptar, pero es fundamental que enfrentes la realidad. Si no tomas el control de la situación ahora, nadie más lo hará por ti- acomodó de su lente y dejando de lado el papel.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Len. Han pasado ya veinte años desde que se descubrió esta nueva jerarquía, dividida en en tres categorías: "A" (Alfas), "B" (Betas) y "O"(Omegas). Con el pasar del tiempo, se supo que el cincuenta por ciento de la población mundial se encontraba bajo esta clasificación. Len no era ingenuo; ya había investigado a fondo lo que se significaba ser un Omega, especialmente uno masculino. Esa era la razón que alimentaba su miedo, ansiedad y repulsión.

El doctor tomó el papel y lo guardó en la carpeta. Antes de entregársela, sacó una caja de pastillas y unos cuantos preservativos. Al instante, el rostro de Len se contorsionó en horror al verlos, como si pequeñas bolas de fuego ardiente hubieran estallado ante sus ojos. Al percatar su reacción, el anciano intentó apaciguar la situación.

—Len, escucha con atención —el doctor hizo una pausa, aclarándose la garganta—. Tienes dos opciones, y es crucial que tomes una decisión consciente. La primera es someterte a una ligadura, lo que te garantizará un cien por ciento de prevención contra el embarazo. La otra es regular tu ciclo de celo con un supresor hormonal. Sin embargo, debes tener en cuenta que estas pastillas solo serán efectivas por un tiempo limitado; no puedo garantizar su eficacia cuando tu ciclo cambie. Y para aliviar el celo, necesitarás inevitablemente la presencia de una pareja.

Len apretó con fuerza las manos sobre la tela de su pantalón, tratando de contener el torbellino de emociones que lo invadían. La vergüenza lo abrumaba, caliente y sofocante, como un volcán en erupción. Incapaz de levantar la mirada hacia el doctor, sentía que cada palabra pesaba como una sentencia ineludible.

—Las indicaciones están claramente subrayadas en el diagnóstico. Este supresor es único en su clase por su presentación púrpura. Además, encontrarás detallados los pasos que debes seguir para tomarlo correctamente. Es fundamental que no alteres estas instrucciones, ya que fueron seleccionadas específicamente según tu historial médico.

El doctor hizo una pausa, mirándolo con seriedad antes de continuar:

—Te advierto que cambiar las pastillas podría alterar tu ciclo y tus feromonas, e incluso provocar consecuencias imprevistas. Por favor, toma esta información con la seriedad que merece.

Len no respondió. Las palabras del doctor parecían desvanecerse, ahogadas por sus propios pensamientos. Lo único que resonaba en su mente era la idea de someterse a la ligadura. Pero el dinero... era un obstáculo insuperable.

"Tal vez debería buscar un segundo trabajo", pensó, su resolución tambaleándose bajo el peso de la realidad. Necesitaba tiempo, tiempo para reflexionar y tomar una decisión consciente. No quería cometer los mismos errores que su madre. La sola idea le llenaba de una mezcla de temor y determinación.

—Joven Kagamine, te recomiendo que aceptes esta invitación. —El doctor deslizó cuidadosamente una tarjeta rectangular hacia Len antes de continuar—. Es una conferencia educativa sobre temas como una vida sexual saludable, manejo de embarazos primerizos y otras recomendaciones importantes.

Hizo una breve pausa, aclarando su garganta con énfasis:

—Será una oportunidad valiosa para obtener información relevante. La conferencia se llevará a cabo este viernes. Creo sinceramente que sería beneficioso que asistieras. Len apenas alzó la vista hacia la tarjeta. No lo necesitaba. O al menos eso quería creer. Deseaba que todo aquello fuera solo un mal sueño, pero por más que intentara huir de esa realidad, sabía que no iba a despertar. Estaba atrapado —Entonces, dicho esto, ¿tienes alguna otra consulta? —El doctor lo miró con paciencia, esperando una respuesta. Hizo una pausa breve antes de añadir—: Si no hay nada más, daré por finalizada esta sesión.

Len negó con la cabeza lentamente. No podía hablar, como si las palabras estuvieran atascadas en su garganta. Su rostro era la viva imagen de la decepción, una decepción que no era hacia el mundo, sino hacia sí mismo. El silencio que siguió pesó como una losa, y aunque el doctor no dijo nada más, Len sentía que el peso de la realidad se intensificaba con cada segundo.

...

Con un suspiro resignado, Len sacó su celular del bolsillo. Sus delgados dedos se deslizaron automáticamente hasta abrir un chat específico. Miró la pantalla durante un largo momento, sin escribir nada. El cursor parpadeaba, un destello insistente en medio del vacío de su mente. Al final, simplemente dejó el celular a un lado. No había nada que pudiera decir.

Se colocó su mascarilla negra y las gafas de sol, buscando refugio en esa barrera contra el mundo. Sin pensar demasiado, abordó el primer tren que llegó. Durante el recorrido, dejó que su mirada se perdiera en el paisaje moderno que se deslizaba rápidamente al otro lado de la ventana.

Mientras tanto, su música favorita llenaba sus oídos. "Palette" de Megurine Luka, una artista de rockpop que había conquistado la escena musical con su reciente álbum debut, Misery. Las notas melancólicas resonaban con su ánimo, envolviéndolo en una burbuja donde nada más importaba.

Len llevaba dos años siguiendo el contenido artístico de su cantante favorita y sentía una admiración genuina por ella. No le faltaba mucho para reunir el dinero necesario para comprar la entrada de su próximo concierto. La idea de verla en persona lo emocionaba profundamente.

Al llegar a su estación, aprovechó para comprar algunos aperitivos, comida, unos cuantos mangas y un par de álbumes. Sin ningún otro asunto pendiente, regresó a su departamento.

—Ya estoy en casa —murmuró. No esperaba respuesta; esa rutina silenciosa era parte de su vida. Se había acostumbrado a la soledad y al ritmo ocupado de sus días. Len se quitó los zapatos y los colocó ordenadamente a un costado. Su mirada se desvió hacia el calendario en la pared, donde un círculo rojo marcaba su cumpleaños, exactamente en tres semanas. Probablemente sus hermanos vendrían a visitarlo, como cada año. Solo una vez. Suspiró con cansancio, se dirigió a la cocina y comenzó a preparar su cena.

El sonido del timbre lo sacó de sus pensamientos. El reloj ya marcaba la medianoche. ¿Quién podría ser a esa hora? Dudaba que fuera algún paquete o sorpresa. Con resignación, se colocó un abrigo y se dirigió a la puerta. Antes de alcanzar el intercomunicador, una voz familiar lo detuvo.
—Len, soy yo, Shion. ¿Estás ahí?

Len no respondió. Permaneció inmóvil, sus pensamientos enredados.
—Me preocupé todo el día —continuó la voz—. Te escribí y llamé varias veces después de tu cita en el hospital. Bueno, no importa. Traje medicinas para tu fiebre y sopa tradicional. Mi madre la preparó, dijo que sería buena por los nutrientes.

Por supuesto, solo alguien tan imprudente como Shion, aparecería a esas horas. Los recuerdos surgieron: habían sido amigos desde el último año de secundaria, cuando Shion, el chico nuevo, había acaparado la atención de todos con su apariencia encantadora. Len había sido el único que no mostró interés especial, lo que había capturado la atención de Shion y sembrado una amistad que floreció con el tiempo.

—¿Len? Si no abres, llamaré a recepción y entraré a la fuerza. El menor salió de su trance y abrió la puerta de inmediato, temiendo algún escándalo innecesario. Apenas lo hizo, unos brazos largos y cálidos lo rodearon. El sonido de bolsas cayendo rompió el silencio.—Len, no sabes cuánto me preocupaste —susurró Kaito. —Shion, no seas tan escandaloso. Nadie ha muerto. —¿¡Muerte!? ¡No digas eso! —Kaito lo soltó abruptamente, con los ojos aguados, y su expresión, aunque atractiva, era extrañamente adorable. —De todas formas, todos vamos a morir algún día —dijo con sarcasmo—, pero antes de eso quiero casarme contigo y caer juntos en ese sueño profundo.

Len lo ignoró, tomó las bolsas del suelo y se dirigió a la cocina. —Qué palabras más estúpidas... ¿Te las enseñaron en el Hostess? —No, las aprendí yo solo. —respondió Kaito, siguiéndolo como un cachorro feliz. Antes de que Len pudiera detenerlo, Kaito lo abrazó por la espalda. —¿Qué haces? Respeta mi espacio. —Len, déjame un momento. Solo puedo sentir paz contigo... Me alegra que estés mejor. Aunque, siendo sincero, me encanta el aroma que desprendes. —La cercanía y el susurro sobre su cuello lo alarmaron. Len reaccionó empujándolo con fuerza. Kaito, sorprendido, se disculpó rápidamente.—Es mejor que te vayas —sentenció Len.—¿Qué? ¡Acabo de llegar! —Tienes que trabajar mañana. —Aún es temprano...— Kaito estaba dispuesto a quedarse a pesar del mal genio de Len, siempre a la defensiva. Cada vez que tenía la oportunidad de estar a su lado haría que no escuchaba sus quejas. Él sabía que todo este comportamiento solitario se debía a las desgracias que vivió en el pasado.

Cuando Len intentó alejarse, Kaito lo detuvo sujetándolo de la mano.—¿Por qué siento que me estás evitando? —Basta. —Len, ¿cuáles fueron tus resultados? Len tragó saliva. —Nada importante. —¿Estás embarazado? —El silencio se hizo pesado. Len abrió los ojos con incredulidad. Aquello solo hizo que Kaito se alterara al pensar de manera equivocada, apretó su agarre.—¡Ouch! ¡Duele! Suéltame. —Len trató de quitar su agarre. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Quién es el tipo? ¿Cuántas semanas tienes?—Len no respondió. —¡Maldición, háblame! No importa quién sea el padre. Te prometo que me haré cargo de ambos. —¡No es eso! —gritó Len, su voz quebrada por la frustración. —¿Entonces qué?

Len mordió su labio inferior, tratando de reunir el valor para hablar. Finalmente, lo dijo, casi en un susurro:—Soy omega.