Bajo el fulgor de las estrellas
- Parte dos -
—Y entonces tu padre blandió su fiel espada Jian cortando esas fuertes ramas que me atrapaban. También ahuyentó a esas horribles criaturas sacando su pergamino y gritando a viva voz… —dejó suspendido en el aire, alentando a su oyente para que lo completara.
—¡Raite shurrraaain! —La tierna, enérgica y finita voz del infante le inyectó más emoción al relato.
El pequeñito Tao, de cinco años de edad, era la perdición de su tía Meiling. Su cabello achocolatado y rebelde era herencia de su padre, así como esos ojos trigueños tan expresivos que derrochaban dulzura, tenían esa particularidad obsequiada de su madre, junto con el carisma, gran sonrisa y la facilidad de preocuparse por nimiedades. Aún era muy pequeño; tenía esperanzas de que fortaleciera su carácter.
—¡Exacto! Luego de ello, tu tía más genial de todas, o sea yo, —Hizo una pausa para señalarse así misma tras elogiarse—, le dio unas cuantas patadas a esas arañas gigantes, ¡pero no alcanzaba! Para ese entonces con tu padre trepamos a los árboles y nos dejamos caer acompañados por el Dios del viento, aterrizando sanos y salvos.
—¡Woooooow!
Tao estaba sentado escuchando atento el relato de su tía, quién a pesar de seguir viviendo en su ciudad natal, había decidido pasar las fiestas con ellos, en Japón. Era habitual en él preguntar por las hazañas de sus padres y Meiling encontraba la forma más divertida de contar algunas de ellas.
—Esa fue la primera vez que utilicé magia a gran escala, hijo.
Desde la otra punta de la sala apareció un hombre maduro que había alcanzado sus treinta. Su voz mutó a una más grave a como Meiling recordaba de niños y su contextura corporal había aumentado su tamaño lo suficiente para dejar atontada a cualquier mujer. Cambios que traían consigo los años transcurridos y, sobre todo, uno en particular se había suavizado a tal punto que de a momentos parecía un extraño.
—¡Papi, papi! ¡La tía me estaba contando que patearon esas grandotas arañas!
Ver a Xiao Lang sonreír con tal soltura y derroche de cariño hacia su primogénito era un espectáculo que podría repetirlo sin hartarse.
—¿Y sabes qué edad tenía cuando eso sucedió? —le preguntó a su hijo tras alzarlo en brazos. El pequeño negó con su cabeza repetidas veces esperando que le respondieran—. Solo diez años.
Los ojitos pequeñitos se abrieron en conjunto con su boca y empezó a contar con sus dedos por si la cuenta le fallaba.
—¡Cinco años más que yo!
—Así es, hijo. Mira todo el tiempo que tienes por delante, por eso no debes preocuparte de ser un experto ahora mismo; lo llevas en la sangre. Y ni imaginas todo lo que aprenderás después.
La alegría de Tao era inmensa al saber que algún día él sería el protagonista de su propia historia. Cuando Meiling llegó, el chiquito no estaba de muy buen ánimo, y tras contarle a su tía los motivos de su rostro caído, después de cenar le prometió relatar algunas anécdotas de su padre y sus habilidades, con el fin de dar el mismo mensaje que Xiao Lang culminó.
El niño se bajó de los brazos de su padre vociferando que iría a buscar su espada sagrada y éste le agradeció a Meiling el gesto con una media sonrisa. Cuando Tao salió corriendo a su habitación, ella se percató de lo que había dicho.
—¿No será la tuya, verdad?
—Es de juguete, pero algún día llegará a ser merecedor de ella, si es que quiere continuar el legado.
A Meiling se le infló el pecho de orgullo. Ella era consciente del riguroso adoctrinamiento que sobre todo él había recibido de niño sin posibilidad de resignación, influyendo en gran parte a formar ese carácter hostil y prepotente que fue mermando con el tiempo. Se podría decir que aquel viaje a Japón había sido un momento bisagra en la vida de Xiao Lang, en donde aprendió a sacar a flote su lado noble y dócil gracias a un suceso inesperado. Hoy en día, él logró llevar una vida equilibrada entre el deber y la familia, su propia familia.
Ambos se quedaron sumidos en sus propios pensamientos hasta que el pequeño Tao apareció con la espada en mano, una réplica convincente de la clásica Jian de Xiao Lang, y una capa verde ondeando por la ventisca de su corrida. Fue imposible no sonreír de gracia y ternura al verlo. Tao daba vueltas y batallaba ante los adultos contra el monstruoso sillón de la sala de estar mientras los adultos lo miraban.
—Recuerdo ese día —le comentó Xiao Lang a Meiling, en relación al relato de aquella accidentada navidad—. Fue un tanto espeluznante.
—Ni que lo digas. Si hubiera vivido allí le diría adiós a los planes de fuga adolescente.
Xiao Lang rio bajito y Meiling sintió la calidez llegando a su pecho. Si comparaba al adulto que tenía al lado con el niño de aquella aventura, jamás hubiera imaginado que llegaría a tal transformación. Le debía mucho a cierta persona que su primo, su primer amor, su mejor amigo, fuera la persona que era y, sobre todo, que lo hiciera tan feliz.
—Al menos la rabieta sirvió para que nuestros padres se dieran cuenta de lo importante —acotó él.
—Sí, es cierto. Fue la última temporada de "Quién grita más alto".
La reprimenda por haberse adentrado a ese lugar prohibido había sido dura de oír, sobre todo por parte de Xiao Lang. Los padres de Meiling eran más flexibles con ella, pero igual de implicados en los malos momentos que pasaban los niños cada festividad. De nuevo en su hogar, Meiling les contó a sus pares cómo inició la travesía de esa noche y el motivo por el cual ella quiso escabullirse. Pesé a las advertencias y algún castigo bastante ligero, las palabras de los niños habían modificado la conducta de estos. Por momentos se percibía cierta hostilidad en las reuniones posteriores, que con el tiempo fueron decantando hasta formar genuinos y verdaderos buenos momentos.
En la actualidad, para esa navidad los Li se reunieron como de costumbre, sin contar en la mesa con los embajadores por resignificar dicha celebración.
—¿Ya hablaste con tu madre? —le cuestionó ella, recordando que la cena se daría a cabo en la mansión de su tía, como cada año.
—Hace un rato. Lamenta que no podamos acompañarlos como prometimos y espera poder venir a visitarnos cuando sea conveniente. —Xiao Lang se acercó un poco más hacia Meiling buscando privacidad al hablar—. Te agradezco que tú hayas decidido pasar las fiestas con nosotros. Sakura no lo dice, pero le aflige estar alejada de su familia en estas fechas. Estuvo llorando en toda la videollamada con su padre.
—Está sensible —comprendió ella.
—No mucho más de lo habitual.
Sakura y Xiao Lang vivían juntos desde hace muchos años; una relación que databa de casi dos décadas atrás, si contaba desde el inicio de su historia. Ella era una mujer de corazón inmenso que se encargó de entregar su luz a cada persona que llegara a tocar las fibras sensibles de su ser; Meiling había sido testigo de ello y sabía quién era merecedor de dicho obsequio.
Llevando al segundo descendiente del apellido Li en su vientre, transitando el sexto mes de embarazo, Sakura presentaba algunas fuertes molestias que le impidieron volar a Hong Kong, donde serían recibidos para la celebración. Ajustándose al plan inicial, el padre de ella se reunió con su otro hijo y su pareja en Europa, invitado a pasar unas semanas con ellos. Nadie pudo advertir la situación que los apremiaba, y aunque la familia de Sakura quiso regresar a Japón, ella les prohibió tomar vuelo, demostrándoles que estaría bien con su pequeña familia. Meiling sabía que eso era cierto, pero no quitaba que los extrañara pese a su alborotado estado hormonal.
—Por cierto, ¿no crees que es hora de que vayas por ella? Son casi las doce.
—En un momento. Primero voy a acostar a este pequeñín —dijo Xiao Lang quitándole la espada y la capa a Tao.
A Meiling le hubiera encantado tener a mano el celular para filmar a su sobrino. El pequeño se encontraba parado frente al sofá, semi inclinado hacia adelante al punto de apoyar la cabeza en el almohadón y con su mano derecha seguía blandiendo la espada con torpeza, abriendo un ojo de vez en cuando para no perder a su "presa". Todo un Li en esencia.
Ya en los brazos mecedores de su padre, Tao se dejaba vencer por Morfeo, refregando sus pequeños ojitos.
—Es tan lindo. Se parece mucho a ti.
—Solo cuando duerme. Yo me recuerdo más sereno que él.
—En apariencia es igual. El resto fue obra del destino en compensación, por ser tan antipático de niño. —Xiao Lang se sonrió sin acotar nada, dándole la razón a su prima—. Solo falta que la pequeñita en camino sea igual y ahí comprenderás lo que es el karma.
—No seas tan benévola que te los enviaré seguido si decides mudarte.
—Con mucho gusto.
Meiling había visitado Japón de niña a los pocos meses que Xiao Lang fue encomendando en la misión de recuperar las Cartas Clow. En ese momento la temporada era agradable, pero cuando la nieve y el frío invernal hicieron presencia, dijo que nunca jamás podría regresar allí. El destino también cambió para ella. Como a Xiao Lang, algo más que el deber la ataba a tierras niponas.
Antes de que su primo se alejara, Sakura se unió a los Li reunidos. Si Meiling creía que a ninguna mujer le sentaba realmente bien el embarazo, con Sakura terminó de tragarse sus palabras. Ella estaba radiante. Desde sus curvas hasta la tez de su piel había cambiado: ahora resplandecía con más intensidad.
Dueña de las sonrisas más bellas y sinceras, Sakura se acercó a su hijo primero. Le acarició el cabello con ternura y Tao reaccionó estirando sus pequeños brazos.
—Estás muy pesado, hijo. Yo te llevo a la cama —le comentó Xiao Lang a su pequeño.
Pese a la dulzura en sus palabras, el niño comenzó a gimotear no comprendiendo por qué le negaban el contacto con su madre.
—Papi te acuesta y yo me quedo a arroparte mientras te leo un cuento. ¿Te parece, hijito?
Convencido con facilidad, Tao se dejó llevar por su padre. Xiao Lang y Sakura compartieron una corta mirada de cariño que valía por decenas antes de que él se perdiera de vista. Cada vez que Meiling presenciaba momentos de tal conexión entre ellos, una punzadita de celos le pinchaba el pecho. No era la posición de Sakura la que quería suplantar, sino el llegar a sentir en carne propia la magnitud de un amor como tal.
—Lamento no haber podido estar presente en toda la velada. ¿Te sentiste cómoda?
Sakura le hablaba a Meiling mientras se acariciaba el vientre como acto automático. En sus ojos claros podía notar la pena de no poder compartir como a ella le gustaría estas festividades, escudándose en su sonrisa para que los demás no lo notaran.
—Tu salud y la de nuestra princesa está primero, Sakura. Habrá mil navidades más para que continuemos compartiendo —le dijo Meiling con la voz un poco elevada. No era un reto en sí, pero la convicción en sus palabras le querían zanjar cualquier especulación a Sakura—. Yo la estoy pasando fantástico. Ustedes son mi familia también.
Meiling completó la oración endulzando la voz, provocando que los ojos cristalinos de Sakura se humedecieran. A tiempo la castaña se despidió para cumplir con su hijo, de otra forma, la hubiera visto derramar una pequeña lágrima solitaria de sus ojos rubí.
«La sensibilidad es contagiosa» —pensó mientras caminaba hacia la ventana que daba al jardín principal de la morada.
El momento de soledad fue abordado por los mismos recuerdos que Meiling le contaba al pequeño Tao. El destino estaba escrito esa noche en la cual ella inició su despedida frente al viaje que Xiao Lang debía realizar a Japón, dándole un giro inesperado a sus plegarias, a ese deseo que pidió desde el fondo del alma con la bóveda estrellada de testigo.
«Estrellita, deseo que tu luz siempre guíe a Xiao Lang y nunca lo apartes de mi lado».
A Meiling le costó un tiempo comprender que aquel pedido celestial no estaba destinado a unir su vida con el primer amor, como ella aspiraba de niña.
Xiao Lang encontró en Japón a una mujer, o más bien niña, dotada de un gran poder tan mágico como sus dones heredados. Encandilado por su luz, él se dejó llevar por la bondad de aquella que había conquistado su corazón y el de todos a su alrededor. En cuanto ella, estaba agradecida. Xiao Lang siempre estuvo presente en su vida y se sentía apreciada, aunque a él le diera trabajo demostrarlo.
—¿Pensativa?
La voz masculina del protagonista de su primer desamor la alertó a tiempo para frenar cualquier impulso de ponerse nostálgica de más.
—Algo.
El primer estruendo se escuchó entre el silencio de la pequeña Tomoeda. Xiao Lang le hizo señas a Meiling para que lo acompañara a la puerta de la casa para poder apreciar los fuegos artificiales desde el jardín. Ellos siempre adoraron verlos.
Sus pies quedaron varados apenas la ventisca invernal le acarició la tersa piel y lo mismo pasó con Xiao Lang. Casi al mismo tiempo se sobaron los brazos y decidieron que la mejor idea era quedarse allí en el umbral.
A medida de que las luces iluminaban el cielo y los ojos de ambos se teñían de colores varios, un ruidito extraño alertó a Meiling, llevándola a descubrir un pequeño ramillete colgando por encima de sus cabezas. El muérdago se enredaba y desenredaba, dándole a entender que era un acto divino de la magia.
Al bajar la vista, ella conectó con la mirada de Xiao Lang esperando alguna explicación al respecto y él le entregaba la incógnita de una ceja alzada.
No estaba preparado para ella, pero…
—¿Será una señal? —le consultó a él y al cosmos.
—No esperarás que te bese.
Y… debía de suponer que algo así diría si no se explicaba mejor.
Meiling enrojeció tanto como su vestido colorado y negó con la cabeza escandalizada.
—¿¡Cómo crees, Xiao Lang!? Te superé hace añares. No seas tan engreído. —Completó la frase bufando por que la tomara de tonta; la sonrisa burlona de él lo delataba—. Lo que quiero decir es que quizás podrías devolverme el favor. Siempre soy yo la que tiene demostraciones de afecto contigo y cuando lo hago tú siempre me apartas y …
Ella se quedó sin palabras, no por falta de vocabulario, sino porque no podía. Xiao Lang la había fundido en un abrazo que la dejó sin aire así no la apretara en absoluto. Tardó unos segundos en corresponder, rodeándolo por la cintura con algo de timidez. Él jamás había tenido ese tipo de gesto espontáneo para con ella.
—Lamento ser tan arisco. No me sale de otra forma.
¿Cómo no grabar en su retina esa sonrisa enternecedora con que la mirada? ¿Cómo evitar que el pulso se le acelerara ante tal muestra de cariño?
Ya no lo quería como pareja, eso era cierto, pero no quitaba que lo siguiera amando como persona, como familia, como el hombre del que ella se sentía más cercana y orgullosa.
—Eres una de las mujeres más importantes de mi vida. Me siento bendecido de tenerte.
Ni ella misma creía en el estado de conmoción que se encontraba. Esperaba que él pudiera descifrar en su mirada el grado de satisfacción que le causaba y el colapso cardiaco que le sugerían sus palabras. No quería arruinarlo con algún remate mordaz sobre su falta de empatía; iba a apreciar el momento tal y como se merecía.
—Hasta que al fin te dejé sin habla.
El climax se cortó de pronto. No podía ser de otra manera. Con un leve codazo que Meiling le propinó, retomó la postura y buscó la forma de que la dejara disfrutar el sabor de esa declaración un poco más.
—Mejor ve con Sakura. Ya son pasada las doce.
Sus ojos conectaron por largos segundos expresando en ellos ese amor incipiente desde niños y que maduró al día de hoy, convirtiéndose en un lazo irrompible.
Meiling se quedó sola un momento admirando los últimos vestigios del festejo de navidad, atesorando ese momento junto con las aventuras que pasaron y las que pasarán.
N/A
Mil años que no paso por acá... Tantas cositas sueltas por ahí sin tiempo de editar, pero nunca lo dejaré morir del todo.
Esta mini entrega debería haber salido en diciembre, aunque creo que nunca es tarde para un relato navideño.
Espero lo hayan disfrutado :)
