El entrenamiento continúa
El sol apenas comenzaba a asomarse en el horizonte cuando Ha-eun despertó, llena de energía y entusiasmo. El aire fresco de la mañana se filtraba por la ventana de la choza, acompañado por el trino de los pájaros. Se estiró con fuerza, dejando escapar un leve bostezo, antes de sentarse en el futón y mirar sus katanas apoyadas contra la pared.

—Hoy es un buen día —murmuró para sí misma, mientras se levantaba con rapidez.

Después de un desayuno ligero, se colgó las katanas, una en la espalda y otra en la cintura, luego salió corriendo hacia el gremio. Sus pies apenas tocaban el suelo mientras atravesaba los senderos del pueblo, saludando a los aldeanos que ya comenzaban con sus actividades diarias. Sus pensamientos revoloteaban alrededor de lo que Kikyo le había dicho la noche anterior.

"Electricidad... Tendrás que practicar si quieres aprender a controlarla."

Esas palabras no dejaban de repetirse en su cabeza, alimentando su curiosidad y su determinación. Al llegar al gremio, el lugar aún estaba tranquilo. Solo un par de integrantes caminaban por allí, pero no había señales del bullicio usual. Sin embargo, al entrar en la sala de entrenamiento, se encontró con Akiko, la líder del gremio, quien ajustaba las correas de su armadura ligera.

—¡Akiko! —exclamó Ha-eun, agitando la mano mientras corría hacia ella.

La mujer de porte elegante y mirada aguda alzó la vista, con una leve sonrisa que suavizaba su expresión normalmente seria.

—Ha-eun, estás de buen humor hoy. ¿Qué te trae tan temprano por aquí? —preguntó, dejando a un lado un pergamino que había estado estudiando.

Ha-eun se detuvo frente a ella, con las manos en las rodillas para recuperar el aliento.

—Es que... ayer... ¡volví a ver a Kikyo! —dijo con entusiasmo, casi tropezando con las palabras. Luego, se irguió rápidamente y continuó—. Y me dijo algo extraño. Mencionó que hay electricidad en mis brazos, que podría ser algún tipo de poder, pero no sé cómo sacarlo.

Los ojos de Akiko se entrecerraron levemente, evaluando las palabras de Ha-eun con cuidado. Después de un momento, se cruzó de brazos y asintió.

—Electricidad, ¿eh? Eso podría ser algo realmente poderoso si aprendes a controlarlo. Pero también podría ser peligroso si no lo haces. —Se detuvo un instante antes de esbozar una ligera sonrisa—. Está bien. Hagamos algo: entrenaremos para descubrirlo. Veamos hasta dónde puedes llegar.

Ha-eun abrió los ojos con entusiasmo, dando un pequeño salto.

—¿De verdad? ¿Tú me entrenarás?

—Por supuesto. Pero prepárate, Ha-eun. Esto no será fácil —respondió Akiko, señalando el campo de entrenamiento detrás de ellas.

Akiko llevó a Ha-eun al centro del campo, donde varios postes de madera y sacos de arena estaban colocados para prácticas de combate. También había recipientes llenos de agua y piedras, que Akiko comenzó a mover con calma hacia un área despejada.

—La electricidad es volátil, Ha-eun. Es rápida, pero impredecible. Para aprender a controlarla, primero necesitas que tu cuerpo y tu mente trabajen en sincronía. No puedes usar un poder que no comprendes si tu concentración se dispersa a la primera distracción.

—Entendido —respondió Ha-eun, ajustando las empuñaduras de sus katanas con una sonrisa confiada.

Akiko la observó con un gesto serio y luego señaló un poste de madera al otro lado del campo.

—Primero, quiero que golpees ese poste con tus katanas, pero no con fuerza bruta. Imagina que la energía está en tus brazos y canalízala hacia tus golpes. Concéntrate en el flujo de tu cuerpo. Piensa en la electricidad como un río que corre bajo tu piel.

Ha-eun asintió, aunque estaba nerviosa. Se plantó frente al poste y respiró profundamente, intentando visualizar lo que Akiko había descrito. Con un movimiento rápido, desenvainó sus katanas y golpeó el poste. Nada pasó. Lo intentó una vez más, y otra, pero no sentía nada diferente.

—Esto es más difícil de lo que pensaba... —murmuró, deteniéndose para secarse el sudor de la frente.

Akiko se acercó y colocó una mano en su hombro.

—Es normal. La electricidad es una fuerza natural, pero también emocional. Piensa en lo que sentiste cuando Kikyo te lo mencionó. ¿Te emocionaste? ¿Te preocupaste? Usa esas emociones como un catalizador.

Inspirada por las palabras de Akiko, Ha-eun cerró los ojos y dejó que los recuerdos de la noche anterior llenaran su mente. Pensó en el momento en que Kikyo tocó su frente, en la sensación cálida y extraña que recorrió su cuerpo. Lentamente, un hormigueo comenzó a formarse en su brazo derecho. Abrió los ojos con sorpresa.

—¡Lo siento! ¡Es como un cosquilleo! —exclamó.

—Bien. Ahora canalízalo hacia tu katana —ordenó Akiko, retrocediendo un paso.

Ha-eun levantó su katana derecha y, con un grito de esfuerzo, golpeó el poste. Un destello de luz azul brotó de la hoja, seguido por un chasquido que dejó a ambas impresionadas. El poste tembló y, aunque no se rompió, quedó una marca negra donde había impactado.

—¡Lo logré! —gritó Ha-eun, girándose hacia Akiko con una sonrisa radiante.

Pero antes de que pudiera celebrar, una descarga repentina recorrió su brazo, haciéndola retroceder con un quejido.

—¡Ah! ¿Qué fue eso? —preguntó, sosteniéndose el brazo derecho, que ahora temblaba ligeramente.

Akiko se acercó rápidamente, tomando su mano para inspeccionarla. Había un leve enrojecimiento en su piel, como si se hubiera quemado.

—Tu cuerpo no está acostumbrado a manejar ese tipo de energía. Parece que tu brazo absorbió parte de la electricidad que liberaste —explicó Akiko, con tono calmado pero preocupado.

Sacó una venda de su cinturón y comenzó a envolver cuidadosamente la mano de Ha-eun.

—Tendrás que usar esto cada vez que entrenes. La venda ayudará a contener el flujo de energía y evitará que te sobrecargues. Pero será solo una solución temporal. Necesitamos fortalecer tu resistencia a tu propio poder.

Ha-eun miró su mano envuelta, todavía sintiendo un leve hormigueo. Aunque el dolor era real, su entusiasmo no se apagó.

—Esto es increíble. ¡Realmente puedo hacerlo! —dijo con una sonrisa amplia, mirando a Akiko con gratitud.

Akiko sonrió de vuelta, aunque mantuvo su mirada seria.

—Es un buen comienzo, Ha-eun, pero queda mucho trabajo por hacer. Mañana continuaremos, y será aún más intenso. Prepárate para sudar de verdad.

Ha-eun asintió con determinación, apretando su mano vendada.

—No importa cuánto trabajo me tome. Quiero dominar esto. ¡Estoy lista para lo que venga

El sol despuntaba en el horizonte, y Ha-eun ya estaba de pie, lista para enfrentar un nuevo día de entrenamiento. La venda en su mano derecha era un recordatorio tanto del avance como del peligro que su nuevo poder implicaba, pero lejos de desanimarla, le daba más motivación para mejorar.

Cuando llegó al campo de entrenamiento, Akiko ya estaba allí, esperándola junto a una mesa improvisada con recipientes llenos de agua y pequeñas piedras. La líder del gremio la saludó con una leve inclinación de cabeza y un gesto hacia los materiales.

—Hoy vamos a trabajar en algo más complicado —anunció Akiko—. Si ayer te concentraste en canalizar la electricidad hacia tu katana, ahora quiero que intentes generar el poder directamente desde tus manos.

Ha-eun frunció el ceño, aunque el brillo en sus ojos delataba su emoción.

—¿Desde mis manos? ¿Como lanzar rayos o algo así? —preguntó, apretando los puños con anticipación.

Akiko soltó una risa ligera, negando con la cabeza.

—No tan rápido, rayo—bromeó, lo que hizo que Ha-eun riera también—. Primero, debes aprender a sentir la energía fluir por tus dedos. Vamos a trabajar en pequeños destellos, nada grande todavía. Si lo logras, después intentaremos algo más avanzado.

Se colocaron en el centro del campo, y Akiko le indicó que se quitara la katana y se sentara en posición de meditación.

—Cierra los ojos y concéntrate en tu respiración. Imagina que la electricidad en tu cuerpo es como un fuego pequeño que necesita aire para avivarse. Respira profundamente y siente ese calor moverse desde tu pecho hasta tus brazos, luego a tus manos. No te apresures.

Ha-eun obedeció, cerrando los ojos y dejando que las palabras de Akiko guiaran su mente. Al principio, solo sentía el cosquilleo leve en su brazo derecho, como el día anterior. Pero a medida que su respiración se hacía más profunda, ese cosquilleo comenzó a intensificarse, extendiéndose hasta la punta de sus dedos.

—Lo siento... está ahí... —susurró Ha-eun, con los ojos todavía cerrados.

—Bien. Ahora abre los ojos y extiende las manos frente a ti. Concéntrate en ese cosquilleo y trata de que salga por tus dedos. No te preocupes si no pasa a la primera —indicó Akiko.

Ha-eun abrió los ojos lentamente y extendió las manos frente a ella. Respiró hondo y cerró los puños antes de abrirlos con cuidado, intentando "liberar" el cosquilleo. Al principio, nada sucedió. Pero, tras un par de intentos más, un pequeño chasquido azul cruzó entre su pulgar y su índice.

—¡Lo hice! —gritó emocionada, casi saltando de su lugar.

—No te distraigas. Inténtalo de nuevo, pero esta vez hazlo con ambas manos —dijo Akiko, manteniendo su tono firme pero alentador.

Ha-eun asintió y volvió a concentrarse. Esta vez, levantó ambas manos, y después de unos segundos, pequeños destellos azules comenzaron a saltar entre sus dedos. Era como si sus manos estuvieran rodeadas por chispas vivas, bailando al ritmo de su respiración.

—¡Es increíble! —exclamó Ha-eun, girando las manos para ver cómo las chispas brillaban en su piel.

Akiko la observaba con atención, evaluando cada movimiento.

—Es un buen comienzo, pero ahora quiero que intentes algo más. —Señaló uno de los sacos de arena que estaban cerca—. Intenta dar un golpe a ese saco, pero sin usar toda tu fuerza física. Usa la electricidad para amplificarlo.

Ha-eun tragó saliva, un poco nerviosa, pero asintió con determinación. Se levantó y se acercó al saco, levantando el puño derecho. Respiró hondo, cerró los ojos por un momento y dejó que las chispas se concentraran en su mano. Cuando sintió que estaba lista, lanzó el golpe.

El impacto fue como un estallido. Una descarga azul salió de su puño y golpeó el saco con fuerza, haciendo que este se balanceara violentamente. El sonido del chasquido eléctrico resonó en el campo, y un pequeño rastro de humo se elevó desde el lugar donde había impactado.

—¡Eso fue increíble! —exclamó Ha-eun, mirando su mano con asombro. Pero su emoción se detuvo cuando sintió un dolor punzante en los dedos. La electricidad que había liberado parecía haberle pasado factura, y el leve enrojecimiento en su piel ahora era más intenso.

Akiko se acercó rápidamente, revisando su mano con una expresión seria.

—Te excediste. Tu cuerpo aún no está listo para manejar descargas tan potentes —dijo mientras volvía a sacar una venda de su cinturón.

Mientras Akiko envolvía cuidadosamente la mano de Ha-eun, le explicó:

—La electricidad no solo afecta a tus enemigos, también puede rebotar en ti si no aprendes a canalizarla correctamente. Estas vendas ayudarán a disipar un poco el exceso de energía, pero necesitarás más práctica para evitar lastimarte.

Ha-eun asintió, aunque no podía ocultar su emoción.

—Vale, entiendo... pero Akiko, ¡esto fue increíble! ¿Viste lo que hice? —dijo, con una sonrisa radiante a pesar del dolor.

Akiko no pudo evitar sonreír también, aunque mantuvo su tono firme.

—Sí, lo vi. Y fue impresionante para ser tu primer intento. Pero recuerda, Ha-eun: este poder puede ser tan peligroso para ti como para tus enemigos si no lo controlas. Mañana trabajaremos en cómo liberar pequeñas cantidades de electricidad sin que te dañes. Por ahora, ve a descansar.

Ha-eun miró su mano vendada y luego a Akiko, sintiendo una mezcla de orgullo y gratitud.

—Gracias, Akiko. Prometo que no desperdiciaré esta oportunidad.

La misión en el pueblo

Habían pasado dos meses desde que Ha-eun comenzó a entrenar su técnica con Akiko. En ese tiempo, había aprendido a controlar mejor la electricidad que corría por sus brazos, perfeccionando movimientos que combinaban la rapidez de sus katanas con el poder que chispeaba en sus manos. Cada día, el entrenamiento era más intenso, y aunque su cuerpo llevaba las cicatrices del esfuerzo, su mente estaba más centrada que nunca.

Esa mañana, todas las chicas del gremio se reunieron para recibir un encargo urgente: un pueblo lejano había sido atacado por un grupo de malhechores. Los rumores decían que no solo robaban, sino que asesinaban y violaban sin piedad, dejando destrucción a su paso. La misión era clara: eliminarlos.

El camino hacia el pueblo fue tranquilo, pero el aire estaba cargado de tensión. Mizuki, la más tranquila del grupo, revisaba su arco y flechas mientras hablaba con Kaoru, que caminaba con la energía de siempre, tratando de mantener el ánimo del equipo. Haruka y Tsukiko caminaban en silencio, sus rostros serios, mientras Rei afilaba su espada con una mirada concentrada. Akiko lideraba el grupo, mientras Ha-eun cerraba la marcha, ajustando las empuñaduras de sus katanas y sintiendo cómo la electricidad pulsaba levemente en sus manos.

—¿Nerviosa? —preguntó Tsukiko, quien había notado el silencio de Ha-eun.

—No... Estoy lista —respondió Ha-eun con una leve sonrisa, aunque su mirada reflejaba algo más profundo.

Había aprendido a acostumbrarse a este mundo. Matar no era algo que viniera naturalmente para ella, pero con cada misión, el futuro del que provenía parecía más lejano. Aquí, sobrevivir significaba aceptar que la vida era frágil, y que las decisiones debían tomarse en un abrir y cerrar de ojos.

uando llegaron, el pueblo era un caos. Las casas estaban destrozadas, y el olor a humo aún impregnaba el aire. Los gritos de los aldeanos se escuchaban a lo lejos. Los malhechores, un grupo de hombres armados y de aspecto salvaje, se agrupaban en el centro del pueblo, riendo y jactándose de su poder.

—Atacaremos juntas, pero con precisión. No dejaremos a ninguno con vida —ordenó Akiko, su voz firme como siempre.

Las chicas asintieron, desenfundando sus armas. Mizuki subió rápidamente a un tejado cercano, preparada para atacar desde la distancia. Kaoru y Rei se movieron hacia los flancos, mientras Haruka y Tsukiko avanzaban por el centro con Akiko. Ha-eun respiró hondo y desenvainó sus katanas, sintiendo cómo la electricidad comenzaba a fluir suavemente por sus brazos. Con un movimiento ágil, se unió a la carga.

El campo de batalla se llenó de ruido. Mizuki disparaba flechas con precisión, derribando enemigos desde las alturas. Rei y Kaoru luchaban lado a lado, con movimientos coordinados que cortaban a los malhechores antes de que pudieran reaccionar. Akiko, con su lanza, lideraba la ofensiva, mientras Haruka y Tsukiko luchaban con una fuerza implacable.

Ha-eun, por su parte, se movía con una destreza que sorprendía incluso a sus compañeras. Sus katanas brillaban bajo la luz del sol, y cada movimiento era rápido y letal. Cortó cabezas con una facilidad que habría horrorizado a su yo del pasado, pero aquí, en este mundo, era lo necesario. Sus enemigos caían uno tras otro, incapaces de seguir el ritmo de su velocidad.

En medio de la batalla, un hombre corpulento, mucho más grande que los demás, apareció entre los escombros. Su risa era grave y burlona mientras blandía un enorme garrote.

—¡Tú debes ser la líder! —gritó, señalando a Ha-eun con una sonrisa despectiva.

Ella no respondió. En cambio, apretó su katana derecha y dejó que la electricidad se acumulara en su mano izquierda. El chisporroteo era visible, iluminando su rostro con un resplandor azul.

Con un grito, Ha-eun se lanzó hacia él. Esquivó un golpe de su garrote con un giro ágil y, en un movimiento rápido, dejó caer su katana para liberar su mano izquierda. La electricidad chisporroteó con fuerza mientras abría la palma, posicionándola directamente sobre el rostro del hombre.

—¡Toma esto! —gritó, liberando una descarga que hizo que el hombre soltara un alarido de dolor. La electricidad quemó su piel, y el impacto lo derribó al suelo. Ha-eun, sin piedad, recogió su katana y la hundió en su cuello, terminando con él en un solo movimiento.

El campo quedó en silencio por un momento. Las chicas se reagruparon, guardando sus armas mientras observaban los cuerpos de los malhechores esparcidos por el lugar. La misión estaba completa.
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Encuentros inesperados
Tras la intensa batalla en el pueblo destruido, el grupo del gremio cobró la recompensa prometida. Aunque el lugar estaba en ruinas y los aldeanos ya comenzaban con los esfuerzos de reconstrucción, las chicas sabían que su misión estaba cumplida. Dejaron atrás el caos para dirigirse al siguiente pueblo, un lugar cercano que les ofrecería un breve descanso antes de su próxima tarea.

Ha-eun caminaba entre Akiko y Tsukiko, sus ojos recorriendo con calma el paisaje a su alrededor. Los árboles altos que bordeaban el camino ofrecían una sombra agradable, y el canto de los pájaros acompañaba sus pensamientos. Aunque recordaba la pelea reciente, no sentía culpa ni remordimiento por lo que había hecho. Este mundo la había endurecido, y con el tiempo, había aprendido que matar era simplemente una parte de la supervivencia.

—El bosque es hermoso, ¿no creen? —comentó Ha-eun, con una sonrisa ligera mientras miraba cómo la luz del sol se filtraba entre las hojas.

Kaoru, que siempre encontraba algo gracioso en cualquier situación, la miró con una ceja levantada.

—¿De verdad estás pensando en los árboles después de lo que pasó? —preguntó, aunque no con reproche, sino con genuina curiosidad.

Ha-eun se encogió de hombros, dejando escapar una pequeña risa.

—¿Por qué no? Hicimos nuestro trabajo. Ahora el pueblo tiene una oportunidad para reconstruirse, y nosotros podemos seguir adelante. No tiene sentido quedarse atrapada en lo que ya pasó.

Haruka asintió desde más adelante, mientras ajustaba su armadura ligera.

—Tiene razón. Si nos detuviéramos a pensar en cada enemigo que eliminamos, no podríamos seguir adelante. Este mundo no nos da esa opción.

Akiko, que iba al frente, miró a Ha-eun de reojo y esbozó una leve sonrisa de aprobación.

—Parece que finalmente te has adaptado, Ha-eun. Hace unos meses, dudo que hubieras dicho algo así.

—Supongo que aprender a sobrevivir cambia tu perspectiva —respondió Ha-eun con un guiño.

El grupo continuó su camino hasta llegar al siguiente pueblo, un lugar mucho más animado que el anterior. Las calles estaban llenas de comerciantes, niños corriendo y aldeanos llevando a cabo sus tareas diarias. El contraste con el pueblo destruido era evidente, y la energía del lugar les ofreció un respiro tras la misión.

—Aquí podremos descansar y reponer provisiones. Primero asegurémonos de tener un lugar para pasar la noche —indicó Akiko, guiando al grupo hacia la posada principal.

Mientras las demás hablaban sobre qué hacer primero, Ha-eun se distrajo observando la actividad del pueblo. Sus ojos recorrieron los puestos de mercado y a las personas que caminaban apresuradas. Fue entonces cuando algo captó su atención.

Entre la multitud, una figura familiar apareció, inclinándose junto a un anciano y una niña. Su porte elegante y su kimono blanco y rojo eran inconfundibles. Kikyo estaba allí, ayudando a recoger un saco de medicinas caído. Su sonrisa amable y tranquila contrastaba con la imagen que Ha-eun siempre había tenido de ella.

—Kikyo... —susurró Ha-eun, casi sin darse cuenta.

Sin pensarlo dos veces, comenzó a caminar hacia ella, aunque frenó a unos pasos de distancia. Observó en silencio cómo Kikyo hablaba con el anciano y la niña.

—Muchas gracias, señorita sacerdotisa. Este viejo no sabe cómo agradecerle su ayuda —dijo el anciano, inclinándose con gratitud.

—No es nada. Cuídese y no olvide tomar las hierbas según las indicaciones. Se sentirá mejor pronto —respondió Kikyo, su tono suave pero firme.

Ha-eun se quedó inmóvil, procesando lo que veía. Kikyo, la poderosa y distante sacerdotisa que había conocido, mostraba una faceta completamente diferente. La forma en que interactuaba con el anciano y la niña era casi maternal, y su expresión tenía una calidez que Ha-eun jamás habría asociado con ella.

Cuando Kikyo levantó la vista, sus ojos se encontraron con los de Ha-eun. Por un momento, ambas se miraron en silencio, hasta que Ha-eun rompió la quietud.

—Eres tú... —dijo finalmente, su voz apenas un susurro.

El anciano y la niña se despidieron de Kikyo con una leve reverencia.

—Gracias, señorita sacerdotisa —dijeron antes de alejarse.

Kikyo les devolvió la reverencia y luego volvió su atención a Ha-eun, quien todavía estaba sorprendida por la escena. Detrás de ella, las demás chicas del gremio se acercaron, intrigadas por la presencia de la sacerdotisa.

—¿Quién es ella? —preguntó Tsukiko en voz baja, observando a Kikyo con curiosidad.

—Kikyo... —respondió Ha-eun, todavía un poco aturdida.

Kikyo observó a las chicas con su típica calma, aunque su mirada se suavizó levemente al regresar a Ha-eun.

—No esperaba verte aquí —dijo Ha-eun, finalmente recuperando su compostura.

Kikyo inclinó ligeramente la cabeza, con una pequeña sonrisa en los labios.

—Parece que estamos destinadas a encontrarnos.

Las palabras de Kikyo resonaron en Ha-eun, quien no pudo evitar sonreír ligeramente. Antes de que pudiera responder, Kaoru, quien observaba la escena con los ojos muy abiertos, rompió el silencio.

—¡¿Ella es Kikyo?! ¿La gran sacerdotisa Kikyo? —preguntó, claramente sorprendida y con admiración en su tono.

Las demás chicas se giraron hacia Kikyo con expresiones igualmente asombradas. Una a una, inclinaron la cabeza en una reverencia respetuosa, reconociendo la leyenda de la sacerdotisa que tenían frente a ellas. Kikyo movió la cabeza, indicando que no era necesario.

—No es necesario que hagan eso. Yo ya no soy aquella sacerdotiza —dijo Kikyo con calma, su mirada tranquila pero firme.

Ha-eun observó la interacción, dejando escapar una pequeña risa. Después, miró a Kikyo directamente.

—¿Qué haces aquí, Kikyo? —preguntó, genuinamente curiosa.

Kikyo cruzó los brazos y miró hacia un grupo de aldeanos que pasaban cerca, cargando medicinas y herramientas.

—Estuve siguiendo rastros de Naraku —comenzó a explicar—. Llegué a este pueblo mientras buscaba pistas sobre sus movimientos, pero al llegar vi que algunas personas necesitaban ayuda. Decidí quedarme un tiempo para asistirles.

Ha-eun asintió con una sonrisa, sintiendo una calidez inesperada al escuchar las palabras de Kikyo.

—Me alegra que así sea. De otro modo, no nos habríamos encontrado —dijo con sinceridad.

Kikyo la miró fijamente por un momento, y luego inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Y tú? ¿Qué haces aquí, Ha-eun? —preguntó con curiosidad.

Ha-eun señaló a las chicas detrás de ella.

—Soy parte del gremio. Ellas son mis amigas y compañeras —dijo con orgullo—. Estábamos en una misión cerca de aquí; Y aprovecho de agradecerte. Gracias a ti, aprendí a controlar este poder de electricidad que llevo dentro. Realmente me ayudaste.

Kikyo observó a Ha-eun con atención, su mirada suave pero evaluadora. Tras un momento de silencio, esbozó una ligera sonrisa y dejó escapar un suave "Ja".

—Qué bueno —dijo, con una semisonrisa que parecía contener algo más, aunque no lo expresó.

Kikyo giró sobre sus talones, dispuesta a irse.

—Bien, ya es hora de irme —anunció, empezando a caminar.

Pero esta vez, Ha-eun reaccionó rápido. Se posicionó frente a Kikyo, extendiendo los brazos para bloquear su paso.

—Espera, no te vayas —dijo apresuradamente.

El color subió a sus mejillas al darse cuenta de lo atrevida que había sido. Kikyo abrió un poco más sus ojos, claramente sorprendida por el gesto. Justo en ese momento, el estómago de Ha-eun gruñó con fuerza, rompiendo el momento de tensión. Ha-eun se llevó ambas manos al abdomen, visiblemente avergonzada.

—Vamos a comer juntas... —murmuró, mirando hacia un lado, incapaz de sostener la mirada de Kikyo—. No me parece justo encontrarte aquí y que te vayas rápido como siempre.

Las chicas del gremio intercambiaron miradas divertidas, mientras Kaoru se tapaba la boca para ocultar una risa.

Kikyo observó a Ha-eun con una expresión que mezclaba sorpresa y algo más difícil de descifrar. Finalmente, dejó escapar un suspiro ligero.

—De acuerdo. Parece que necesitas comer urgentemente —respondió, su tono serio, pero con un leve toque de humor.

Ha-eun levantó la mirada, sus ojos brillando de emoción.

—¡Perfecto! Vi un lugar que se veía muy rico mientras veníamos para acá —dijo rápidamente, sin querer darle tiempo a Kikyo para cambiar de opinión.

Las chicas del gremio las siguieron con curiosidad, intercambiando susurros sobre la interacción entre Ha-eun y Kikyo. Haruka sonrió mientras caminaba detrás del grupo.

—Parece que alguien está tomando valor últimamente... —comentó en voz baja, recibiendo una mirada divertida de Mizuki.

Mientras se dirigían al lugar, Ha-eun caminaba al lado de Kikyo, sin decir mucho, pero disfrutando de la inesperada compañía de la sacerdotisa. Aunque Kikyo mantenía su usual compostura, parecía más relajada de lo que Ha-eun recordaba.

El grupo entró a una pequeña taberna en el centro del pueblo, llena de mesas de madera robusta y un ambiente animado. Ha-eun, emocionada por tener un momento para compartir con Kikyo, se sentó cerca de ella, mientras las demás chicas ocupaban los lugares restantes alrededor de la mesa.

No pasó mucho tiempo antes de que Kaoru, como era habitual, pidiera una cantidad exagerada de comida.

—¡Vamos a probarlo todo! —exclamó, agitando un menú improvisado que le habían entregado.

—Kaoru, ¿no crees que deberíamos ser un poco más discretas? —preguntó Tsukiko, que mantenía su habitual postura calmada mientras bebía un sorbo de té.

—¿Discretas? ¡Por favor! Acabamos de derrotar a una banda entera de malhechores. Nos merecemos un festín —respondió Kaoru, lo que provocó risas entre Haruka y Mizuki.

—Mientras no terminen peleándose por la comida como la última vez... —intervino Akiko, cruzando los brazos con una sonrisa paciente.

—¡Eso fue culpa de Haruka! —protestó Kaoru, señalando a su compañera, quien alzó las manos con una expresión de falsa inocencia.

—Yo solo tomé el último trozo de pastel. No es para tanto —dijo Haruka, riendo mientras Akiko negaba con la cabeza.

La comida comenzó a llegar poco después, bandejas llenas de arroz, pescado, sopa y una buena cantidad de dulces para el postre. El ambiente en la mesa era caótico y lleno de risas. Haruka y Kaoru discutían sobre quién comería el último trozo de pescado, mientras Mizuki intentaba mantener la paz y Rei miraba la escena con una sonrisa divertida. Por otro lado, Tsukiko comía en silencio, con movimientos elegantes, y Akiko, como siempre, observaba todo con una mezcla de autoridad y serenidad, asegurándose de que todo estuviera bajo control.

En medio de ese caos, Kikyo mantenía su porte tranquilo y elegante, comiendo con calma sin participar en las bromas ni en las risas. Sin embargo, no parecía incómoda. Observaba la escena con una leve curiosidad, como si estuviera estudiando la dinámica del grupo.

Ha-eun, mientras comía, la miraba de reojo de vez en cuando. Nunca había visto a Kikyo en un entorno como ese, rodeada de personas bulliciosas y ruidosas, pero de alguna manera, no parecía fuera de lugar. Había algo en su calma que parecía adaptarse incluso a las situaciones más alocadas.

Es increíble...pensó Ha-eun, sintiendo una calidez inesperada al verla allí, compartiendo ese momento con ellas. Aunque Kikyo era como un faro de elegancia y compostura en medio del caos, no parecía molesta, y eso llenaba a Ha-eun de una extraña felicidad.

Cuando terminaron de comer, Kaoru se recostó en la silla, satisfecha, mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano.

—¡Eso fue espectacular! Creo que nunca había comido tanto en mi vida.

—Eso es porque siempre comes así... —respondió Haruka, riendo mientras recogía sus cosas.

—Bien, vamos a buscar un lugar donde quedarnos —dijo Akiko, poniéndose de pie y señalando hacia la calle—. No queremos que la noche nos tome por sorpresa.

Todas comenzaron a salir de la taberna, todavía riendo y bromeando. Sin embargo, antes de salir completamente, Mizuki, que caminaba detrás de Ha-eun, se inclinó hacia ella con una sonrisa traviesa y le guiñó un ojo.

—Te dejamos solas. No hagas nada que nos pierda el respeto de Kikyo, ¿eh? —susurró, soltando una pequeña risa antes de alejarse con el grupo.

Ha-eun sintió cómo sus mejillas se calentaban de inmediato.

—¡Oye! No es eso... —murmuró Ha-eun, aunque su voz se perdió entre las risas de sus compañeras mientras se alejaban.

Kikyo las observó irse con su habitual semblante tranquilo. Su mirada se alzó hacia el cielo, donde las estrellas comenzaban a aparecer entre los tonos cálidos del atardecer.

—Hace tiempo que no comía con otras personas —dijo, con una voz pausada, casi nostálgica.

Ha-eun se quedó mirándola fijamente, sus ojos agrandándose ante esas palabras inesperadas. Había algo en la manera en que Kikyo hablaba, mirando hacia el cielo, que la dejó sin palabras por un momento. Era como si, por un instante, la barrera que siempre la rodeaba hubiera bajado.

Tragando saliva, Ha-eun reunió el valor para hablar.

—Oye, Kikyo... ¿te gustaría acompañarme a un lugar que vi cuando llegamos? —preguntó, su tono más suave de lo habitual.

Kikyo bajó la mirada hacia Ha-eun, evaluándola por un instante antes de asentir con la cabeza.

—Está bien. Muéstramelo.

Caminaron juntas hacia las afueras del pueblo, siguiendo un sendero que se extendía hacia un campo abierto. El viento fresco soplaba suavemente, haciendo que las flores silvestres se balancearan al compás. El lugar estaba lleno de colores vibrantes, con pasto alto y un cielo pintado de tonos cálidos que daban paso a la noche. Era un rincón tranquilo, lejos del bullicio del pueblo.

—¿Qué opinas, Kikyo? ¿Te gusta este lugar? —preguntó Ha-eun, sonriendo mientras observaba el campo.

Por un momento, Kikyo mostró una expresión más abierta de lo habitual. Sus ojos se suavizaron y, aunque fue breve, su semblante reflejaba maravilla. Sin embargo, recobró rápidamente su compostura y desvió la mirada.

—Es un lugar bonito, pero no tengo tiempo para esto —dijo, su tono volviendo a ser firme—. Debo encontrar a Naraku, Ha-eun. Ya va siendo hora de que siga mi camino. Pensé que aquí encontraría pistas, pero no fue así. Debo continuar.

Kikyo la miró fijamente, con seriedad en sus ojos.

—¿Tú has encontrado algo? —preguntó.

Ha-eun negó con la cabeza, bajando la mirada por un momento antes de responder.

—No... no he encontrado nada.

Pero entonces levantó la vista, y con un destello de determinación, añadió:

—Tal vez podríamos encontrar más pistas si viajáramos juntas.

Kikyo abrió ligeramente los ojos, sorprendida por el comentario. La sacerdotisa permaneció en silencio por un momento antes de negar con la cabeza.

—Este es un camino que estoy haciendo sola —dijo con una voz que tenía un toque de burla—. Llevo mucho tiempo así, y no tengo intención de que eso cambie.

Ha-eun apretó los puños, mirándola fijamente.

—Sé que has estado viajando sola todo este tiempo, pero no tienes por qué hacerlo —dijo con fuerza—. Sé que no soy tan fuerte como tú, y tal vez nunca estaré a tu altura, pero puedo ser un apoyo. He entrenado día y noche, y ambas compartimos el mismo objetivo.

Kikyo la miró con atención, su expresión indescifrable. Ha-eun respiró hondo y suavizó su tono.

—No te pido que me des una respuesta ahora. Solo piénsalo, ¿sí?

Antes de que Kikyo pudiera responder, un ruido proveniente de los arbustos cercanos rompió la tensión. Ambas giraron la cabeza rápidamente, viendo cómo un pequeño animal salía corriendo entre la maleza, probablemente asustado por sus voces.

Kikyo miró el arbusto por un momento y luego suspiró.

—Deberíamos seguir hablando en otro momento —dijo, con su tono habitual.

Ha-eun no pudo evitar sonreír. Aunque no era un "sí", tampoco había sido un "no", y eso era suficiente para entusiasmarla.

Kikyo se giró, ajustando su arco en la espalda.

—Es hora de que me vaya.

—¡Espera! —dijo Ha-eun, dando un paso adelante—. Quédate con nosotras esta noche. Las chicas están buscando alojamiento en el pueblo, y... bueno, donde caben seis, caben siete. Además... —Se rascó la nuca, algo avergonzada—. No me parece bien dejarte ir así.

Kikyo la miró fijamente por un instante, evaluando sus palabras. Finalmente, dejó escapar un suspiro.

—De acuerdo. Solo por esta noche.

Ha-eun sonrió ampliamente, sintiendo una mezcla de alivio y felicidad.

—¡Gracias! No te arrepentirás, lo prometo.

Kikyo simplemente asintió, siguiendo a Ha-eun de regreso al pueblo mientras la noche caía por completo. Aunque no lo mostrara, había algo en esa joven del futuro que despertaba una chispa de curiosidad en ella, y esa noche, decidió no apagarla.

Cuando llegaron al hospedaje, la puerta se abrió de golpe y Kaoru salió a recibirlas con una gran sonrisa. Con las manos en la cadera y un dedo pulgar levantado con mucho orgullo, miró directamente a Ha-eun.

—¡Sabía que lo lograrías, Ha-eun! ¡Traer a la señorita Kikyo contigo es todo un logro! —exclamó, con un tono triunfal que hizo que Ha-eun se rascara la nuca, algo avergonzada.

—No es para tanto, Kaoru... —respondió Ha-eun, intentando restarle importancia, aunque una sonrisa tímida apareció en su rostro.

Tsukiko, más seria y siempre educada, se adelantó un paso y se inclinó profundamente hacia Kikyo en señal de respeto.

—Señorita Kikyo, arrendamos una habitación completa. Lamento profundamente tener que pedirle que comparta el espacio con todas nosotras. Por favor, disculpe las molestias.

Kikyo, con su habitual serenidad, respondió con una leve inclinación de cabeza.

—No hay nada que disculpar. Agradezco la hospitalidad —dijo, su tono calmado y sincero.

El grupo entró a la habitación, que era espaciosa pero sencilla, con futones dispuestos en el suelo y un pequeño brasero en el centro que calentaba el ambiente. Cada una comenzó a acomodarse en su lugar, dejando sus pertenencias a un lado y preparando sus futones para dormir.

La energía del día aún parecía estar presente en algunas de las chicas. Kaoru y Haruka bromeaban entre ellas, mientras Mizuki intentaba calmarlas sin mucho éxito. Tsukiko, por otro lado, ya estaba perfectamente acomodada, mirando a las demás con una mezcla de paciencia y resignación. Akiko supervisaba todo con la mirada tranquila de siempre, asegurándose de que nada se saliera de control.

Kikyo, en cambio, permanecía en silencio mientras arreglaba su espacio con movimientos elegantes y precisos. Ha-eun, que dormía cerca de ella, la observaba con curiosidad, todavía asimilando el hecho de que Kikyo estuviera allí, compartiendo habitación con todas ellas.

Cuando todas estuvieron listas para acostarse, comenzaron las despedidas para la noche.

—¡Buenas noches! —gritó Kaoru, alzando una mano al aire.

—¡Que descanses, Kaoru! —respondió Haruka en el mismo tono, provocando una pequeña risa de Mizuki.

—Por favor, sean más silenciosas... —murmuró Tsukiko, aunque sin mucho entusiasmo, acostumbrada al caos del grupo.

—Buenas noches —dijo Akiko con un tono firme, lo que finalmente hizo que las demás bajaran la voz.

Ha-eun, contagiada por el ambiente, también dijo:

—¡Buenas noches! —aunque su mirada se dirigió fugazmente a Kikyo, quien simplemente inclinó la cabeza en respuesta.

Kikyo miró a Ha-eun por un breve momento antes de acomodarse en su futón y acostarse con calma. Su rostro estaba sereno, y pronto cerró los ojos. Ha-eun la observó desde su lugar, sintiendo cómo su corazón latía un poco más rápido de lo normal.

¿Por qué estoy tan nerviosa?pensó, mientras trataba de calmarse. Pero al mismo tiempo, estaba feliz. Feliz porque había podido compartir ese día con Kikyo. Habían comido juntas, caminado hacia ese hermoso lugar lleno de flores, y ahora incluso estaban bajo el mismo techo. Nunca habría imaginado que algo así fuera posible.

Con la vista fija en Kikyo, los recuerdos de las últimas horas pasaron por su mente como una película. Su compostura tranquila, la breve maravilla que mostró en el campo de flores, la forma en que había aceptado quedarse con ellas... Todo eso hacía que Ha-eun sintiera una mezcla de admiración y calidez.

Poco a poco, mientras seguía observándola, los ojos de Ha-eun comenzaron a cerrarse. El cansancio del día la venció, y con una leve sonrisa en los labios, se dejó llevar por el sueño. La última imagen en su mente fue la de Kikyo acostada tranquilamente, con el viento de la noche soplando suavemente fuera de la habitación.