Capítulo 30: Eres mi amor eterno.
Eleonor Baker miraba a su hijo y a Candy mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa. A decir verdad, la mujer estaba bastante contenta y si se podría decir, satisfecha. Los días que había pasado sin su hijo y que pensara cosas horribles la habían agotado mentalmente, ahora se podía dar el lujo de sonreír y al mismo tiempo soltar unas lagrimas sin pena.
Albert por su parte miraba a la madre de Terry, se preguntaba cómo es que era tan fuerte, en los días que pasó con ella jamás la vio llorar, era un rasgo de ella como persona que no conocía, siempre pensó que era una mujer valiente, sí, pero hasta el más valiente tiene miedo, ella no mostraba nada de eso, y seguramente era por el amor que le había llegado a tener a Candy, era como si ella también la hubiera adoptado como una madre, y eso es lo que una madre hace.
— Terry — Llamó su madre después de que Candy lo dejara de abrazar.
Los dos jovenes voltearon a verla, luego sonrieron. Candy se hizo a un lado, por un momento había olvidado que había más gente ahí. Así, fue el turno de Eleanor de abrazar a su hijo, lo hizo con mayor delicadeza, luego le paso la mano por el rostro y ella había estado soltando lágrimas.
— ¿Quién te ha hecho esto? — Preguntó su madre y se notó un poco de enojo en su voz.
Terry se quejó de dolor de recordar. Luego miro a Albert dandole a entender que era alguien que conocían bien, Albert era un joven muy listo, así que se le vinieron unas ideas a la cabeza, pero no quiso concluir nada hasta que Terry confirmara, pero esa mirada que le dio le preocupó un poco.
— Ya lo hablaremos después, madre — Contestó él con la cabeza agachada.
— ¿Lo sabes? — Preguntó Candy con extrañeza.
— Claro que lo sé — Contestó Terry, en el rostro se reflejaba un poco de coraje.
— Hablaremos de eso cuando Terry se sienta mejor, o ¿no? — Dijo Albert y luego se dirijo a Terry esperando su respuesta.
— Sí, pero ahora, quiero ir a casa — Contestó regalándole una ultima vez una sonrisa a su amada.
Irina y su hija denotaban tristeza, no creían que la separación con Terry les iba a doler tanto. Pues los pocos días que vivieron con él les había dado al menos un motivo y sentirse de nuevo útiles, además el chico era encantador, de alguna manera se habían encariñado con él. Y sí se pudiera decir, Terry también, ambas mujeres habían sido una bendición para él.
Terry y Candy notaron esa tristeza en ellas.
— Estaré bien — Les dijo Terry — Lo prometo.
— Lo sabemos, su novia es justo como la describió — Dijo Irina.
— Terry ¿hablaste sobre mí? — Candy lo regañó sintiéndose un poco apenada.
— Un poco, mi tarzán pecosa — Respondió burlándose
Candy se llevó las manos a la boca, jamás habría pensado que en momentos como ese él se atrevería a llamarla así de nuevo, y todos los ahí presentes se echaron a reír, era un chiste viejo. Ella sólo lo regañó de nuevo y se rio rendida.
— De verdad eres increíble — Se quejó ella.
— Bueno, yo sólo quiero agradecerles por todo lo que hicieron por mi hijo y no sé cómo pagárselos, estaré eternamente agradecida por eso — Dijo Eleonor para con las dos mujeres.
— Por favor, señora, no tiene por que hacerlo. Fue por el simple echo de tener un corazón. No podría dejarlo ahí.
Terry sentía algo de pena.
— Yo sé como podríamos compensarlas — Comenzó Candy — Deberían ir con nosotros a Illinois.
— ¿Cómo? No, no podríamos hacer eso, este es nuestro hogar — Dijo Irina.
— Insistimos — Continuo Albert — En Illinois tenemos dos casas de campo, podrían vivir ahí y aparte recibir un sueldo.
Las dos mujeres, madre e hija se voltearon a ver, nunca pensaron en aquello, ademas nunca hicieron el ayudar a Terry esperando una recompensa, y de verdad se estaban apenando.
— No podemos dejar nuestro hogar, estamos esperando a alguien — De nuevo contesto la mujer mayor.
Y todos la voltearon a ver menos su hija.
— Yo, y mi hija, esperamos el regreso de mi querido hijo mayor — Luego de pronunciar aquello a la mujer se le habían llenado los ojos de lagrimas.
Eleonor se levantó de donde estaba y la tomó de las manos, ahora entendía el porqué había ayudado a Terry.
— Está en Francia, en la guerra. Se fue como voluntario hace un año y desde entonces no tengo noticias — Informó la mujer.
Al escuchar tan desgarradora noticia, nadie se atrevió a decir nada, sólo Eleonor le regaló un abrazo para que pudiera sentir el apoyo que necesitaba, ademas era otra forma de agradecer que por ella había vuelto a la vida, literalmente, y probablemente ella también esperaría que alguien salvara a su hijo si estuviera en esa situación.
— Con mayor razón debe aceptar alguna ayuda de nuestra parte, Irina — Dijo Terry quien la veía con ojos de esperanza.
— Es demasiado …
— No lo es, de verdad es infinito lo que hizo por mi Terry, de alguna manera habría que agradecer — Agregó Candy regalándole una sonrisa a la señora.
Durante mucho tiempo lo dudaron, las dos mujeres, incluso, dejaron la respuesta para más tarde mientras alistaban a Terry para que pudiera irse de nuevo a casa.
Él por su parte se sentía con más energía al saber que toda su familia estaba bien, sobretodo le reconfortaba ver a su amada pecosa, no podía quitarle la vista de encima pues haber pensado que también la pudo perder fue una de las pesadillas más recurrentes que había tenido esos días, y de verdad se estaba muriendo, no imaginaba un mundo en donde Candy no estuviera. La había perdido una vez por una niñería, ahora no lo harían unos pocos golpes. Entonces se dio cuenta de cuánto la amaba y de lo que daría por ella.
Candy lo ayudaba a vestirse, él de vez en cuando se quejaba del dolor. Y ella sólo reía de nervios pero luego notó que la miraba.
— Al parecer no le duele mucho, ¿verdad señor, Grandchester? — Bromeó ella mientras intentaba abotonarle la camisa sin lastimarlo.
— Digamos que tengo una buena anestesia — Contestó él luego sonrió.
— ¿De verdad? — Candy preguntó con fingida sorpresa — Las enfermeras no poseemos ese don aún.
— Usted no es una enfermera común, señorita pecas — Y Terry la tomó de la cintura para darle un beso en los labios — Si me besas cada herida, juro que sano ahora mismo. Te amo, pecosa.
Candy le regaló una sonrisa y le devolvió el beso.
— Yo también, te amo.
Ambos se abrazaron y rieron por el momento.
Eleonor y Albert también se preparaban para irse, el camino a la estación de trenes no estaba lejos, pero consiguieron un carruaje por la idea de no molestar a Terry, aunque él seguía insistiendo en que no lo necesitaba y era verdad, podía caminar perfectamente.
Terry estaba de pie junto a Candy quien lo tenía agarrado de su brazo, él aún encorvado pues le seguía doliendo un poco el costado de su torso, pero nada le impedía estar ahí, y agradeciendo infinitamente a las dos mujeres quienes mucho le habían ayudado.
— Se que esto no es una despedida porque las volveré a ver. Y de todo corazón, espero que su hijo regrese — Terry le dijo a Irina.
— Espero que de verdad tomen nuestro agradecimiento cómo podemos — Dijo Candy — Gracias, de verdad.
La joven hizo una pequeña reverencia ante ellas, luego les regaló una sonrisa.
Las dos mujeres, se quedaron muy satisfechas con la obra que habían hecho, se despidieron con la mano del joven y le volvieron a desear que se recuperara. Habían quedado en mandarle una carta cada que pudieran, y Albert antes de despedirse les entregó un sobre indicándoles que no la abrieran hasta que ellos se hubieran retirado, y así lo hicieron.
Ellas abrieron el sobre cuando entraron nuevamente a su casa. Se llevaron una sorpresa, quizá lo esperaban y quizá no, pero fue una muestra de lo poco que podían hacer para ella y su hija. El señor Albert les había regalado dinero, y una pequeña misiva escrita con su puño y letra.
"Espero que puedan aceptar esta pequeña muestra de mi gratitud por haber ayudado a mi mejor amigo. Sería un placer para nosotros saber de ustedes y que puedan mantener una comunicación con nosotros, y cuando se sientan listas de venir a nuestro hogar en Lakewood, serán más que bienvenidas.
P.d. La dirección está al reverso de esta nota.
William Albert Ardley"
Ambas se abrazaron ya que el dinero que les habían dejado era suficiente para mandar una carta hacia Francia y tenían la pequeña esperanza de que tuvieran alguna información de vuelta sobre el querido hijo mayor. Al final, el acto de bondad fue recompensado, pero tampoco querían abusar de eso. Irina indicó a su hija que hasta no tener noticias de su hermano mayor ellas hablarían de nuevo con la familia Ardley.
De camino a Illinois, ya instalados en el tren, Albert había ido por unas bebidas para todos en el bar y la señora Baker había optado por pasar desapercibida en otro vagón más exclusivo, esto lo decidió así porque al ser una actriz conocida no quería llamar tanto la atención, y además se sentía un poco cansada. Así los dos jovenes enamorados se habían quedado solos por un rato.
Ninguno de los dos se quitaba la vista y sonreían apenados, como si de dos adolescentes se tratase. Era como volver a aquellos años en los que eran estudiantes.
— De verdad eres increíble, amor — Comenzó Candy.
— ¿Por qué lo dices? — Terry fingió indignación — Tantos años conociéndome y aún te sorprendes, eso es una ofensa para mí, pecosa.
Ella se carcajeó.
— Me sorprende el hecho de que casi te pierdo, Terry, y estas aquí sin decirme nada y actuando como sino me conocieras.
— Digamos que es porque aún, a pesar de los años, me sigues poniendo muy tímido. Nunca lo admití cuando estábamos en San Pablo, por mi rudeza e inmadurez, pero ahora que lo sé… — Terry se detuvo a pensar en la palabra.
— Te entiendo — Candy lo ayudó, y le regaló una sonrisa — Al principio también me costó aceptar que me había enamorado de un rebelde sin causa. Pero en mi defensa, para mí es más sencillo aceptarlo ahora.
— No me lo tomes a mal, Candy. Eres lo más hermoso que me ha pasado en mi vida, y por ese motivo, sé que estoy profundamente enamorado de ti porque mi cuerpo lo externa — Se defendió él — De hecho, no sabría que hacer si de nuevo me separaran de ti.
— Nunca volverá a pasar, te lo prometo.
Candy, que estaba sentada frente a él, se levantó para ponerse a un costado y darle un beso en la frente. Luego, lo miró y pudo de nuevo notar las cicatrices y golpes que aun estaban sanando en su rostro, le dio tristeza de repente pero prefirió no preguntar de nuevo. Ella agachó la cabeza.
— Todo esto que pasó no fue obra del cruel destino, amor — Dijo él refiriéndose a sus heridas.
— ¿A que te refieres? ¿Quieres que piense que esto te lo merecías?
— No, me refiero a que no todo es porque así debió pasar. ¿Recuerdas todo lo que pasó con Susana? — Preguntó él esperando respuesta.
Candy asintió con la cabeza.
— Bueno, digamos que por mi inmadurez, yo creía que eso era mi destino. Pude cambiarlo desde entonces, pero opté por creerle a ella y te perdí por segunda vez. Esta vez, resistí porque supe que lo me habían hecho fue sólo por crueldad y un capricho.
— Terry, no me gusta a donde lleva todo esto — Lo interrumpió Candy un poco preocupada.
— Te lo diré cuando sea el momento, por ahora sólo estoy agradecido de una sola cosa que pasó esa noche — Comenzó a decir él de manera más seria.
Candy lo miró ahora atenta. Y esperó a que él hablara de nuevo.
— Mi padre me había obsequiado algo la noche que me despedí de él y yo regresaba a New York — Terry se estaba pasando las manos por el sacó hasta que encontró lo que buscaba y sacó la cajita de terciopelo.
Después de que despertó de aquella noche tan tormentosa que había pasado, sólo le había preocupado una sola cosa, y eso era el anillo que su padre le había dado. Agradecido con Dios o con las fuerzas sobrenaturales que todos creían, no se había perdido, ya que estaba sobre los pliegues de su saco y nunca se cayó a pesar de la golpiza que recibió, para Terry eso había sido un milagro.
— ¡Oh, es hermosa! — Dijo Candy con asombro — Parece una reliquia.
— Lo es — Contestó él con una enorme sonrisa y admirándola a ella, abrió la cajita dejando al descubierto lo que era realmente.
Candy lo volteó a ver a él ahora, sabiendo lo que eso significaba, contuvo unas lagrimas.
— ¿De qué se trata? — Preguntó ella aún incrédula. No dejaba de sonreír.
— Candy, yo… — Comenzó Terry optando un porte más serio — Desde el primer día en que te vi, en ese barco a Londres, supe que debía estar contigo y creo que tú pensaste lo mismo. El cruel destino hizo que nuestros lazos se enredaran de alguna manera, pero aquí estoy contigo ahora. Quiero que tomes este anillo que representa mi amor eterno hacia ti.
Terry tomó el exquisito anillo, y lo puso en el dedo de Candy. Ella temblaba por la emoción, pero estaba feliz. Esperaba todo de Terry pero no eso, como siempre había sido una joven muy humilde, no creía que algo así le estuviera pasando, además, era el hombre de su vida quien le estaba declarando su amor.
— Cásate conmigo, mi bella pecosa — Pidió él al fin.
Candy no contestó nada, sólo se abalanzó a él llena de felicidad, y llorando por la emoción que le había causado, y mientras lo abrazaba sólo decía "sí, sí, mil veces sí", por último se reía porque su felicidad no cabía en ella, tanto que había olvidado los golpes de Terry. Él también de la emoción olvidó el dolor y sólo se concentraba en abrazarla a ella, estaba feliz e igualmente emocionado que soltó unas lagrimas al recordar el día que se había separado de ella, cuando creía que estaba haciendo lo correcto, ahora estaba ahí diciendo a sí mismo que esto sí era lo correcto porque lo pudo sentir, y no sentía angustia ni tristeza, Candy era para él, para su vida entera.
— Te amo, Terry — Le dijo ella apartándose un poco y limpiándose la cara.
— El verdadero reto es decirle todo esto a Albert — Rio él por su ocurrencia.
— Sé que se pondrá contento — Dijo ella — Creo que por fin, estará contento.
— ¿Por qué lo dices de esa forma? — Quiso saber él.
— Digamos que a mí no me preocupa Albert, sino la tía abuela. Albert siempre ha sabido lo que yo quiero, sabe que te he amado desde entonces, y ha respetado todo eso. Mi tía es diferente, ella siempre quiso casarme con un hombre rico — Candy se apenó por esto último, y luego continuó — Digo que Albert se sentirá tranquilo con todo esto, pero sé que le preocupa también la reacción de la tía abuela Elroy.
El joven inglés se puso serio, se había olvidado de todo eso y realmente no le importaba nada, Candy y él estarían juntos por siempre, poco le importaba lo que pensaba la tía abuela de Candy, pero al mirarla un poco preocupada, él también le estaba dando la importancia que merecía. Aunque le parecía raro que ella quisiera complacerla, ya que Candy siempre había sido un espíritu libre.
— Candy, ella terminara por aceptarnos.
— Sino lo hace tendríamos que huir, y no me parece tan descabellado — Contestó ella sonriéndole pícaro, ahora se notaba un poco más tranquila.
— Ya no somos unos niños… aunque tienes razón, sería excitante. Pero prefiero hacer las cosas bien, Candy — Terry le tomó las manos y las besó.
En eso Albert había regresado del vagón donde se encontraba, había tardado porque se había quedado hablando con Eleonor mientras tomaban un poco de whisky. Al verlos, de esa forma tan juntos y notar el anillo de Candy, no dudó en preguntar.
— Disculpen el atrevimiento y mi repentina aparición, par de jovenes enamorados, pero ¿esto es lo que creo que es?
Ambos asintieron con la cabeza, Terry se puso nervioso, jamás había visto a Albert como otra cosa, hasta ese día. Un leve recordatorio en su mente le hizo resonar que el joven patriarca de los Ardley la había adoptado como una hija, básicamente ahora sería como su suegro y la idea no le había gustado para nada, así que después sólo sonrió por la ocurrencia. Tanto Candy como Albert lo miraron asombrados.
— ¿Qué pasa? — Preguntó Albert.
— Nada, ideas mías — Dijo Terry agitando la cabeza — Es sólo que, al ser el representante de Candy y aunque ella ya es mayor de edad, aún me temo que debo pedirte su mano.
— Para mí es un honor, Terry. Nada me hará más contento saber que estará contigo. Sé lo mucho que mi niña, Candy, te ama …
Antes de que Albert continuara, Candy le regaló un abrazó. Ambos habían pasado por mucho, y como la joven aún estaba muy emocional no dudó en llorar de nuevo de contenta.
— Gracias, Albert. No sabes lo mucho que te quiero — Decía ella aún abrazándolo — No pude encontrar a alguien mejor que tu en mi vida, para guiarme y defenderme, sin ti no habríamos logrado llegar hasta aquí.
— No exageres, Candy, parte de toda esta carrera la has logrado tú sola, con ese amor infinito que tienes hacia los demás, y sobre todo hacía a ti misma. El amor hacia Terry, y el amor que le tienes a la vida. Eres tú quien nos ha enseñado a muchos. No me queda más que sólo desearte más felicidad de la que mereces — Le dijo Albert quien le regresó el abrazo.
Luego de que se soltaron Albert miró a Terry y le dijo:
— Es su turno de que se cuiden —. Y le regaló una sonrisa guiñándole un ojo — Sé que amaras a Candy para siempre, y ella a ti.
Continuara…
