Aquí vamos otra vez…

Anotaciones:

Sé que esto lo debería haber hecho desde un principio, pero en su momento no me di cuenta. A partir de ahora «UzuNam» o «Uzunami» serán algunas de las maneras para referirse a la unión corporativa y familiar Uzumaki-Namikaze (la corporación de Naruto), y por lo tanto pasarán a ser sinónimos de los apellidos de Naruto. Esto debido a que escribir «Uzumaki-Namikaze» cada vez que hablo de «Uzumaki-Namikaze» da demasiada pereza. Paso totalmente.

Desde ahora Uzunami es el abreviado usado cotidianamente por la gente de a pie (digamos), y UzuNam el que se su usa formalmente como abreviatura del nombre de la fusión de ambas familias. Eso. Nada más.

Ah, por cierto, hoy toca la primera escena erótica de esta ficción. Es una sucinta muestra de lo que se hallará más adelante con otros personajes.

¡Disfruten!

Alerta: En esta historia se narran variadas situaciones que catalogan como contenido adulto y que pueden ser muy sensibles para algunos. Todas (o casi todas) cuestiones tratadas en mayor o menor profundidad dentro del juego Cyberpunk 2077, y que también se tocarán en esta ficción. Si has jugado al juego, sabrás lo que te espera (e incluso así puede que te sorprendas). Leer con discreción.

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Deus Ex Machina

~~Introducción~~

Capítulo 3: Matte Black

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Fabulam íncipit. (El espectáculo ha comenzado.)

Yūgao abrió las puertas un tanto nerviosa. Sabía perfectamente lo que la esperaba del otro lado. Aun así, las piernas no se sentían suyas, y sus latidos se alzaban a ritmos trepidantes cuando se metió en la habitación en penumbras. El sonido dramático del silencio la puso tensísima. Sus pies parecían enterrados en plomo u hormigón. Podía sentir inclusive la sangre transitando por sus venas, su corazón como una pelota botando sin descanso, sin razón.

Ajustó la visión y lo localizó. Entre sombras la ojeaba una cara sin ojos, lentes negros cubriendo sus enigmáticos y desapasionados pedazos de cielo. Sus labios formaban una línea recta sin perturbaciones. Sus rasgos se habían afinado, convertido con el paso de los años, tanto que difícilmente podría ver en él al mismo niño de doce años que le encomendaron cuidar. Se ataviaba con una bata de pieles y sentado se hallaba detrás de un escritorio ébano y robusto, de madera no artificial. El negro mate de sus «implantes» casi no se podía diferenciar en las tinieblas de su oficina. El cabello rubio se había vuelto más salvaje con el paso del tiempo, con puntas disparadas hacia arriba, un tanto similar a su progenitor masculino, aunque se ausentaban los mechones que enmarcaran su rostro apuesto. También se volvió más salvaje en otros aspectos de la vida, y Yūgao lo sabía de primera mano. El príncipe se alimentaba de una manzana verde. Clara y orgánica, la consumía a bocado lento y desganado.

En un sofá largo verde agua a su derecha, tirada y semiconsciente, estaba la persona que Yūgao buscaba y temía encontrar en esta situación. Una larga cabellera blonda. Una mujer dormida, suspirando, extenuada. Komachi. Un estampado xilográfico de grandes olas, como picos de montañas, que engullían embarcaciones se diferenciaba por sobre el sofá donde la muchacha descansaba. Una mujer rubia de delicadas curvas que descansaba luego de una cansadora tarde donde Yūgao la buscó por todas partes. Y allí se acostaba, en una de las guaridas del excéntrico heredero de UzuNam. Su disgusto no residía en ello como tal, cada quien podía acceder a la habitación de su príncipe, pero la mujer que dormitaba aquí, primeramente, estaba desnuda, sudada y, en algunas partes de su cuerpo, relativamente cercano a sus zonas erógenas, una sustancia blanquecina la manchaba. Ni hizo falta preguntar o cerciorarse; el olor acusaba lo transcurrido con persistencia. Los hechos eran aún recientes.

Naruto mordió su manzana. Sus manos de negrísimo metal estaban al descubierto; la única pieza cromada semilíquida y (in)orgánica funcional en todo el planeta. Por lo visto, hacía maravillas con ella.

La última mordida resonó como ninguna otra. Yūgao se paró enfrente de él, solo el escritorio separándolos. Tuvo que notar su mirada reprobatoria por lo que acababa de hacer, pero aun así no demostró ni una ínfima reacción, un ápice de descontrol en su situación no controlada. Y la inexpresividad perduraba. Y la mujer de largos cabellos amoratados sabía lo que venía. Pidió perdón a Hayate. Yūgao cerró sus parpados con todas sus ganas; no quería verlo a los ojos al hermoso joven de Uzumaki-Namikaze. Perdería el autocontrol… el poco que le restaba.

El rubio se levantó, ella lo oyó. Caminó sosegadamente hasta estar a su lado. Se paró imponentemente. No lo vio, pero lo supo. El niño aprendió demasiado, y demasiado bien, sobre la seducción y cómo aplicar ésta a cada sujeto. Ella no era más que otra víctima. Él rozó con sus dedos, apenas, su mentón, levantándolo ligeramente, irguiéndola y poniéndola alerta. Sus cabellos se erizaron, como agujas muy finas e indoloras le pulsaron a través de la totalidad de su cuerpo. La totalidad de su cuerpo encendido, prendido por el roce del metal que no era metal (realmente era material orgánico descompuesto y reconvertido), pero que adquiría las propiedades de tal a voluntad de su amo o a consciencia propia para resguardarlo de todos los males. El precio a pagar por tan portentosa arma/defensa fue la desaparición de sus sentimientos en su plenitud. Sin nada por lo que sostenerse. Sin el más vacuo de los rencores o arrepentimientos ya que, una vez llevado a cabo el experimento exitoso, ni un rastro quedó de ellos. Uzumaki-Namikaze no sintió nada, nada de nada. Sin embargo, en contraposición, ella lo sentía todo, percibía el todo y mucho más de sus simples acciones.

'¿Por qué te excitas?' Se preguntó a sí misma con gravedad. Le dolía en el alma, pero no podía parar. No sería capaz. Estaba destinada a fracasar. Lo sabía. Él habrá notado su penosa existencia y los sentimientos que aguardaban y luchaban ferozmente en ella debajo de su máscara practicada desde los primeros días en los campos de entrenamiento shinobi de la megacorporación más enigmática, y consecuentemente poderosa, del mundo (la ignorancia de quienes te rodean es poder). Concretamente ella fue destinada al cuerpo de asesinos silenciosos de las fuerzas secretas de UzuNam, o mayor y mejormente conocidos como ANBU. Los ANBU como ella los mandaban a los lugares más recónditos del planeta a socavar y, en algunos muchos casos, acabar con los rivales corporativos, de una manera en la que nadie sospechase nada. Cientos de decenas de veces (o tal vez menos) ella, a su corta edad, se habrá infiltrado tras filas enemigas y salido exitosa con la yugular cortada del político opositor, el empujón al abismo del filántropo ensalzado que los acusaba de crímenes atroces y el veneno actuando sobre el líder de una corporación no aliada a sus intereses. Y nadie la vería. Y ella no demostraría emoción alguna al entregar su testimonio e informe a los superiores. Pero, aun así, y con toda la experiencia que cargaban sus hombros acostumbrados al deshumano acto de matar humanos fría y calculadoramente, en su cara, en estos instantes, el joven frente a ella leyó todo lo que quiso y pudo leer, todo lo legible en el rostro de un ser.

"Quiero tocarte; complacerte y acabar con tu penoso temor, excitación. ¿Me concedes tu permiso, Yūgao-san?" Dijo el heredero de UzuNam. Su voz no contenía dulzura, no ocultaba deseo. Plana y parca igual que siempre. Al meollo del asunto, y sin desviaciones, y menos aún con innecesarias palabras y elusivas suaves que encausaban los diálogos al sitio que se esperaba. No, Naruto prefería dar en el blanco rojo y central antes que ir tanteando en los círculos expuestos para obtener lo que quería. Eso siempre y cuando se pudiere proceder de dicho modo. En algunas ocasiones había que ceder y decorar las banas palabras tanto como se pudiese. Naruto esto también lo sabía y lo ponía en práctica a veces, cuando realmente lo requería la situación. El chico no fue un insistente en sus métodos preferidos si es que estos no le redituaban óptimamente. Un listillo aprovechador, en definitiva.

"Espero tu respuesta." Él dijo en su mismo tono desesperantemente escueto y tranquilo. Y ella ya sabía que él esperaba su respuesta, y reconocía que se estaba perdiendo en un mundo paralelo con tal de no replicarle. Pues Yūgao, mal que le pese, también supo qué respondería ante las pretensiones de su amo. Por algo lo denominaba como su «amo», después de todo.

"Claro, señor. Estoy a su completa y entera disposición." Dijo Yūgao robóticamente, controlando el temblor arrítmico de sus hombros, su pecho. No temía, no lloraba. No se sentía menospreciada o abusada, ni mucho menos. Pero la impotencia que resonaba en ella por no poder soltar un mero y accesible «No» frente al niño rubio la empujaban a un tornado de destructivas contemplaciones, en desacuerdo con su accionar y con lo que soltaba por la boca. Naruto nada le haría ni le diría si simplemente se negaba a sus «ensayos»; él asentiría, estaría de acuerdo y la mandaría a su puesto, no sin antes pedirle encarecidamente que «reacondicionara» la forma de su compañera semidormida. Aunque, ya poco importaba los escenarios en los que ella declinaba la oferta cuando accedió con mínimas dudas a lo próximo.

"¿Segura?" Interpeló Naruto, otra vez, para asegurarse.

"Segura estoy, amo." Medio mintió la mujer de los amoratados cabellos. Y entonces ella cometió el grave error, el pecado mortal de abrir sus párpados y mirar a los ojos de su señor cuando ya éste se había quitado sus lentes negros ovales, que cubrían a la perfección su párpado y nada más. Los celestiales pedazos de una época remota en donde todo era un Uno y el Uno era un todo se reflejaron en una conglomeración de haces lucíferos difractados en aquellos ojos humanos tan bellamente divinos. Y Yūgao pereció ante la tentación. "Soy completamente suya, Naruto." Dijo su nombre como por una ordenanza magistral de una deidad intangible que gobernaba sobre sus deleznables y desatados sentimientos. O eso creyó, o eso dijo para amenizar su tortura, su irrefrenable miríada de pensamientos culposos y excitados por igual.

"Desnúdate." Él finalmente dio la orden, y no a través de ningún sexto sentido ni por la palabra antiquísima del Señor de una fe perdida. Yūgao entendió el mensaje y las implicaciones, y aun así prosiguió e hizo caso al amo.

Llevaba consigo un uniforme de pantalones cargo negros, con variados bolsillos; camiseta lisa negra que le llegaba hasta los codos, guantes sin dedos con placas de cromo pulido en los dorsos, zapatos militares gruesos, un cinturón y una chaqueta, también oscura, que tapaba el valle sinuoso de su pecho. Una liga ataba su cabello en una larga y alta cola de caballo. Se quitó todo, por último aflojando y quitando la liga para su cabello, dejándolo caer libremente cual cascada. Su ropa interior era blanca y sobria; un conjunto básico y soso que les entregaban a los de la corporación al ingresar a sus fuerzas militares. No tardaron en unirse al resto de la ropa desechada. Primero fue el brasier, luego las bragas; una pequeña mata, gemela de la cascada principal pero extraviada y muy recortada, se lograba divisar entre sus prietos muslos. Mordisqueó sus labios cereza, impaciente, a la espera de la determinación de Naruto. Se había cuidado de sobremanera desde la última vez.

Los cerúleos celestiales la analizaron objetivamente, cosificándola. Naruto la miró de arriba abajo, varias veces. Si había cibernética en el cuerpo de Yūgao, no se notaba. Como para darle su veredicto resolutivo, él se le acercó y le acarició la columna con su diestra mano carbonizada que poseía la textura del cromo más puro, y gélido estaba. Ella suspiró inconscientemente, sintiéndose abordada de repente por un mar de nuevas sensaciones descubiertas y por descubrir. Acobardada, excitada, ella se dejó a él, se entregó en bandeja de plata a sí misma para que él realizara su estudio analítico de las formas humanas, concretamente su mayor fascinación en su actual adolescencia: las figuras femeninas, el cuerpo de una mujer. Ella debió de ser un espécimen muy especial por la obcecación que generaba en el joven pelirrubio, quien siempre la incitaba con indirectas, un tanto directas, a mostrarse tal como lo hacía ahora y entregarse a algo más.

Mientras él continuaba con caricias inocentes, en su vientre, espalda, hombros y trasero, Yūgao ya comenzaba a perder otra cosa aparte de la compostura, cosa que se esfumó bastante cuando se desnudó. La paciencia se quebraba dentro de ella cual rama seca de un árbol sediento, uno que ha visto demasiadas sequías y que ahora con el remover suave de la brisa resiente su necesidad primaria murmurando lamentosamente. Apretó los dientes cuando la siniestra mano del Uzumaki rozó su ombligo, elevándose por su esternón y andando por los alrededores de sus pechos, pero no entrando en el «sitio prohibido», respetando la zona casi como si fuera el parque privado de una familia adinerada y él un pobre zángano de baja clase social. Naruto la tocaba como si fuese un niño virgen que ninguna experiencia sexual previa ha tenido; y ella conocía cuan mentira era ese supuesto. El chico sabía perfectamente lo que hacía, y eso solo puso más histérica a Yūgao. La represa apunto se encontraba de estallar, muy pronto.

Aparentemente, ya extasiado con la exploración superficial, él se percató de su necesidad y la abrazó contra su cuerpo. Unos dedos curiosos se hundieron en su parte trasera, entre sus firmes y prominentes nalgas; encontraron su sitio en la puerta trasera, acariciándola con holgada comodidad, sin miedo. Aquello le dio un respingón a la pelimorada. A su vez, la siniestra mano se divirtió con sus pechos, apretujando y pellizcando los pezones de una oscura coloración. Ella liberó el primer gemido al uso, apoyando su hombro en el pecho cubierto y fornido de su amo, entretanto éste la exploraba y jugueteaba con ella como una curiosa y novísima muñeca. Él ya la superaba en altura, sacándole casi una cabeza entera. Ni hablar de corpulencia.

La inexpresiva mirada del rubio nada decía sobre sus pensamientos mientras corrompía a su guarda principal, la mujer que se suponía ninguna relación íntima con él debía entablar. Y he aquí ella, sucumbiendo otra vez, perdiendo la cordura nuevamente ante las meras caricias «infantiles» de un chico muy aplicado. Solo que, en esta ocasión, por alguna razón se le precipitó la idea de que ya no habría vuelta atrás, y que hoy sería partícipe de la investigación de Naruto mucho más allá que como un agente de muestra y observación.

Fantasías surreales en el plano vívido reverberando con ecos absurdos dentro de su piel, a través de sus huesos. Yūgao tembló y gimió en el momento en que el Namikaze le tocó su núcleo de placer, abandonando las sensaciones placenteras de sus aterciopeladas mamas anhelantes de bastante mimo y acogimiento. Pero había otros puntos que atender que sencillamente no podían ser ignorados, y el habilidoso rubio arribó allí con sus puntiagudos dedos ennegrecidos, rodando en círculos por sobre el clítoris, advirtiendo el ingreso del índice en la entrada delantera con una caricia repetida y sosegada de los pliegues vaginales. La mano que antes curioseaba con el ano de la mujer cambió su fijación por uno de sus pechos, ahuecándolo mientras ella trataba, francamente inútil, de contener sus gimoteos y alaridos de placer. ¿Cómo era capaz de realizar este trabajo tan bien si él ni siquiera podía sentir el hambre, aun luego de tres días sin ingerir un ínfimo gramo de alimento, una pobre cantidad de calorías necesarias para la supervivencia? Resultaba increíble de creer que el rubio fuere tan prodigioso excitando a una mujer, solamente con sus dedos. Otra cosa que demostraba lo reservado que estaba él a su examinación de los cuerpos femeninos.

Finalmente, Naruto la penetró con sus dedos cromados y fríos, ingresando en los canales más privados de mujer, explorándolo a placer, generando esto mismo en la sobreexcitada guarda. Descontrolada y dada a lo que el Uzumaki quisiese de ella, Yūgao apenas se podía parar sobre sus piernas; un terremoto de niveles calamitosos hacía rugir la tierra bajo sus pies como nunca antes, le hacía perder el equilibrio y sostenerse contra el chico como si fuese un pilar fundamental de la Tierra, como si el único pedazo material sólido estable lo habitara él y fuere él mismo. Y solamente estaban jugando con ella, con los dedos. Ni se quiso imaginar lo que sería la penetración con algo de mayor circunferencia, con el falo que dejó a su compañera en el mundo de los sueños compulsivamente calientes y complacientes. Ella rodeó un brazo en el siniestro miembro de metal que, con uno de sus dedos, la invitaba de lleno al culmen como pocas veces lo había sentido la mujer experimentada de las fuerzas especiales de UzuNam. El pulgar, reluciente por los jugos expulsados desde la remojada entrada, acariciaba el clítoris ansiosamente, de un modo frenético se aseguraba de no dar revancha y se hacía notar en la hipersensible y tremendamente excitable zona con no mucha parsimonia. La mujer movió la cabeza de un lado a otro, negándose a caer en el inconfundible fogonazo que significaba el fin de la sesión de caricias. El disparo definitivo de su ardor pasional y desenfrenado. Quiso aguantar tanto como pudo, pero la imposibilidad de tal hecho la hizo claudicar rápidamente. El atrevido Uzumaki ingresó dos dedos extras para acompañar al índice, ahora sí realizando una masturbación completa de su vagina. En escuetos instantes ya estaba en un estado catártico, estallando. La sequía concluyó.

Se abrazó al implante de negro mate mientras era arrastrada en el rabión intransigente de su placer, unos chorros, irregulares y semitransparente, saliendo de su centro. Ella obtuvo su orgasmo acallando sus gritos contra el pecho del príncipe de Uzumaki-Namikaze, ocultando su sudorosa faz en los pectorales del joven rubio. Sus pechos se agitaron terriblemente cuando alcanzó el cénit, golpeándola con toda la dureza y el placer que nunca obtenía en otros encuentros sexuales casuales de su vida, con gente que amaba incluso. Nada se comparaba a lo experimentado de la mano excelsa del joven entusiasta de rubia melena y celestial mirada. Si el niño Uzumaki hubiera tenido emociones habría sonreído con altivez por la increíble consecución de estimular hasta límites insospechados a su hermosa guardaespaldas, su protectora ANBU personal que Hiruzen le legó. Y solo con el roce perezoso de sus dedos creíblemente cromados.

El silencio, tras los gritos encubiertos por el pecho del joven príncipe, se proclamó señor de la sala. Y la calma posterior a la tormenta llegó. El problema es que Yūgao sabía que, engañosamente, el arremetimiento salvaje se detuvo porque ella se hallaba en el ojo del huracán, y que pronto estaría devuelta inmersa en la violenta marea del gozoso deleite. Abrazada a quien debía de proteger, y sudada y con sus músculos tensionados, avergonzada enfrentó la mirada de Naruto, ya cuando se había separado un tanto de él. No la juzgó, no demostró ademán de propia fruición ni sus rasgos faciales se removieron un poco para anticipar otra emoción además de la nada misma, ubicua ininterrumpidamente en su fisonomía.

Yūgao abrió la boca para decir algo, pero palabras no salían; solo profundas respiraciones de sus pulmones que reiniciaban un compás más aletargado, ya pasada la tremebunda tormenta, al menos dando un merecido reposo, un entreacto para prepararse para lo que, definitivamente, sería plato principal.

"¿Quieres continuar?" Él le preguntó sin demás demora, listo para finalizar su trabajo. Listo para dejarla rota por siempre, tal cual le sucedió a la rubia que se dormía, como doncella encantada, en el sofá alargado de la habitación.

Ella asintió, sin fuerzas, ni ganas, de reprimirse y dar elusivas respuestas vacías, huecas como la mentira de que ella no quería esto. Porque ella quería. Ella lo quería a él, adentro suya y empujando como un animal desaforado, como si no hubiese un mañana. Casi se cayó de bruces contra el suelo alfombrado, y de no ser porque Naruto la ceñía contra sí, así sería el caso.

Atendiendo a sus deseos, Naruto la guio hasta el escritorio ébano, pidiéndole sin palabras que se acomodara en el sitio. Ella se sentó en el borde, su culo aplastándose en la llana y pulcra superficie de madera. Le abrió las piernas y le dio una hermosa vista de lo que cualquier hombre en el mundo daría años de vida con tal de simplemente admirar por un rato. Yūgao aún era joven, estaba en la flor de la juventud con sus veintidós años de edad. Su curvilínea forma, más la firme complexión de sus músculos por el entrenamiento feroz en ANBU, daban como su fruto la maravilla que fue su espléndido cuerpo, semejante al de una cuasi divina amazona.

Él dejó caer su bata mostrando que debajo de ella no había más que su desnudez absoluta: un mastodóntico cuerpo de adonis, musculoso y marcado. Si no lo supiera mejor, Yūgao diría que la figura de Naruto se componía de una mayoría prefabricada de cromo y otros metales, pero no, quitando sus brazos semiorgánicos y los implantes cibernéticos básicos, Naruto prefería ir casi siempre con su carne natural, entrenada bajo rigurosas rutinas; aunque sin ser exageradamente hipertrofiada como la de los gánsteres de poca monta que hoy día se conglomeraban al por mayor en las calles de las megaurbes. En resumidas cuentas, el rubio Namikaze poseía el equilibrio perfecto que atraería a muchas mujeres, y en específico él tenía ese algo que encendía las llamas fulgurantes de la pasión de Yūgao Uzuki. Ella tragó audiblemente al examinar con detenimiento al rubio, deleitándose con la inolvidable vista que mojaría más de una ropa interior de jóvenes inexperimentadas y púberes, así como también la lencería de alguna corporativa asaltacunas o, en su caso, la de una mujer hecha y derecha que se veía terriblemente atraída por las tradicionalistas figuras de hombría y reciedumbre. El rubio, al notar su exaltación, no perdió el tiempo y avanzó.

Naruto se arrodilló en el borde y comenzó comerla con apetito descontrolado. Su lengua transitando los extasiados campos, muy sensibilizados, cual viperina criatura que serpentea con abruptos ademanes. Sintiendo como su interior se derretía como en un horno fundidor, Yūgao agarró la rubia melena de Naruto con brusquedad, queriendo arrancarlo, o eso parecía, de las raíces. Ni una queja del enfrascado indolente que a la tarea de la complacencia femenina se dedicaba con esmerado miramiento. Él realizaba un cunnilingus ideal, con la perfeccionada habilidad pulida tras decenas de sesiones iguales con varias mujeres, pero, sobre todo, con la mujer que ahora complacía, quien se convirtió en una de sus mayores obcecaciones, su presa predilecta. Yūgao cruzó las piernas, apretándolo entre sus muslos, entretanto sucumbía como nunca antes a la fogosidad imbatible de la lascivia. En determinado punto, su núcleo echaba fuego (metafóricamente hablando) y se encontraba al borde de un abismo de caos total, con sus jugos acrecentados progresivamente por las repetidas lametadas que friccionaban contra su vulva y clítoris, a momentos penetrando y rebuscando en el interior que había al traspasar los labios inferiores. Naruto finalizó su combo de satisfacción total dándole unas caricias e introduciendo algunos dedos en su ano, una zona donde la pelimorada no acostumbraba a recibir este género de atenciones, para nada. Y aquello causó su explosión final: el segundo advenimiento del cénit del placer, el gozo. Un segundo tsunami de emociones que acabó con cualquier sequedad. Estuvo segura de enjugar toda la cara del vigoroso Uzumaki-Namikaze en esta ocasión.

El aire entraba dificultosamente en sus pulmones cuando cayó rendida, con piernas vencidas y abiertas, en el escritorio de su señor. Su morada melena se apegaba a su piel, muy sudorosa. Sus propios gritos en desespero aún evocaban aquel eco fantasma y reverberante, que aturdiría y despertaría a cualquiera a un par de habitaciones de allí, que desató ella cuando se hallaba en la cresta de la ola de felicidad y frenesí y erotismo. Mientras tanto, Naruto pareció ir a algún lado para secarse el lío que ella hizo sobre él, quizás con un paño seco de seda no artificial que anduviere suelto por allí, descuidado y perdido. Tan descuidado y perdido como andaba, o dormitaba, Yūgao en estos instantes, que posaba sus manos y palmeaba la gruesa madera con tal de reubicarse y reacomodar su ideario.

Con copiosas dificultades, logró entablar de nuevo una relación con su mente y correlacionar más de tres pensamientos seguidos, y con ello trató de, al menos, incorporarse. Se sentó, apoyada con sus brazos, en la lisa superficie ébano. Y, aparentemente, no fue la única que se recuperaba de ensoñaciones semidespiertas. El ruido de su encuentro con Naruto, el de sus gemidos necesitados, fue el suficiente como para despertar a alguien. La mujer pelimorada sintió un ávido apéndice lengüeteando desde su hombro hasta su cuello. Y a su espalda vio a Komachi, subida al escritorio a gatas. La rubia, que previamente fue conquistada y quebrada por el viril joven Uzumaki-Namikaze, le lamía donde pudiese a Yūgao, tanteándole las tetas, apoyándole las suyas propias en su espalda. Yūgao pudo decir con certeza que Komachi estaba muy excitada gracias a la dureza rocosa de sus pezones rozando contra su piel.

"Descuida." Le dijo Komachi. "Cuando él esté dentro de ti, te olvidarás de todo. Y entonces serás uno con él y te desarraigarás de tus penosos pensamientos culposos. Disfrútalo cuando aún seas consciente de lo que sucede." Komachi la tomó del mentón y le robó un beso caliente y atiborrado de la más depravada de las concupiscencias. Y se suponía que ambas tenían sus respectivas parejas; Komachi estaba comprometida desde hacía meses inclusive. Pero nada importó sobre sus vidas personales en este punto. Sus afanosas lenguas así lo pregonaron con susurrantes y húmedos sonidos de lujuriosa índole. Komachi fue una excelente besadora, ni quiso pensar en lo que haría con esa maldita lengua, con esa claridad danzante, en terrenos más sensibles que el que exploraba con destellante desenfreno ahora mismo.

De reojo Yūgao observó con inquietud y anhelo como la formidable vara del chico Namikaze, cárnica al cien por ciento, se erguía en toda su plenitud con la orden mental de este mismo (porque él no se «excitaba» ante nada de lo que estaba pasando. No). Ella salivó necesitada en la boca de su amante compartida. ¿O acaso sería ella la amante de ambos, la meretriz intermedia que correspondía todos sus vilipendiadores deseos? Quién sabe.

Uzumaki se paró delante, sus piernas ya separadas de antes le dieron la bienvenida, sus enjugados labios, rosas e hinchados de jolgorio, le pedían con desgarradores chispazos de fuego incontrolable el uso de su herramienta maestra. Las señales eléctricas, sobrecargadas, hacían estragos en la mente de la ANBU amoratada, un confuso hacimiento de inputs en su sistema neuronal traducido en el volátil temblor, en la descarga sin detenimiento de sus fluidos vaginales. El devenir, el acto carnal prohibido inevitable.

Él alineó la punta bulbosa contra su entrada calada, ella contuvo la respiración, separándose brevemente del beso con Komachi, preparándose para lo que le venía encima: la mayor calamidad posible, un encuentro sexual y una traición e infidelidad total a su amado. Un brazo de negro mate se posó en su hombro, asiéndola, sosteniéndola para la penetración definitiva con su pene enhiesto.

Y entonces Naruto presionó y entró en ella. Sus sexos unidos íntimamente.

Acta est fabula. (El espectáculo se ha acabado.)

…Continuará…

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Anotaciones Finales:

Considerando que escribí esto a las tres de la madrugada cuando llevaba horas sin internet, y con bastante sueño, no ha quedado nada mal. Decente, diría. He aquí el tercer (creo) capítulo de esta historia que, aparentemente, hay gente a la que le interesa.

Como sea, un capítulo más, o a lo sumo dos, y finalizamos la breve introducción y nos metemos de lleno en lo que interesa de verdad (aunque probablemente esté mintiendo inconscientemente por el accionar de mi yo futuro; cosa de la que no me hago responsable). Falta cada vez menos para iniciar las desventuras y aventuras del rubio indolente por la ciudad que no duerme y que es el teatro idílico para los sueños rotos.

Falta poco.

Feliz Año Nuevo y Navidad para todos (aunque un poco atrasadas mis felicitaciones). Nos vemos la próxima vez…