Capitulo 2

—Vamos, querida, ha llegado la hora.

Hermione miró al hombre alto y delgado que estaba en el umbral de la puerta.
Le había dicho que lo llamara Pucey, el único nombre con que se lo habían presentado el día anterior. Era el propietario de la casa, la persona que se ocuparía de venderla al mejor postor.

Nada en su persona sugería que era un proveedor de vicio y pecado. Vestía como un señor, tenía un aspecto formal y hablaba con educación... o al menos en presencia de tío Elliott. En cuanto éste se hubo marchado, olvidó parte de su refinamiento, dejando entrever su verdadero origen. Sin embargo, continuó tratándola con amabilidad.

Le había explicado con cuidado que, puesto que iba a pagarse una suma tan importante por su persona, no tendría derecho a rescindir el contrato, como habría podido hacer una amante normal. Debían garantizar al caballero que la comprara que no había gastado su dinero en vano y que Hermione estaría a su disposición durante el tiempo que él considerara menester.

La joven se vio forzada a asentir, aunque a sus ojos el trato la convertía prácticamente en una esclava.
Tendría que estar con ese hombre tanto si le gustaba como si no, tanto si la trataba bien como si no, hasta que se cansara de mantenerla.

—¿Y si no lo hiciera? —preguntó.

—Bueno, querida, no creo que quieras saber lo que te ocurriría en tal caso —respondió Pucey con un tono que Hermione interpretó como una amenaza a su vida.

Pero luego prosiguió con voz regañona, como si ella debiera conocer ya lo que le explicaba—. Yo garantizo personalmente mis transacciones. No puedo permitir que los caprichos de una jovencita que se arrepiente de un trato mancillen mi reputación. Si así fuera, nadie querría hacer negocios conmigo,
¿verdad?

—¿Ha organizado muchas ventas semejantes?

—Ésta será la cuarta, aunque la primera de una muchacha de tu procedencia. La mayoría de los caballeros acomodados que se encuentran en dificultades consiguen solucionarlas casando a sus hijas con hombres ricos.
Es una pena que tu tío no te haya buscado un pretendiente apropiado. No me parece que tengas tipo de amante.

Hermione no sabía si sentirse halagada u ofendida, y se limitó a responder:

—Como ya le explicó mi tío, no hubo tiempo suficiente para arreglar una boda.

—Ya, pero sigue siendo una lástima. Ahora te acompañaré a la habitación donde pasarás la noche. La subasta se celebrará mañana por la noche, de ese modo tendré tiempo de avisar a los caballeros que puedan estar interesados.
Espero que una de mis chicas tenga prendas más adecuadas para ti. Ya me entiendes, una amante debe parecer una amante, no la hermana de uno. —La miró de arriba abajo con ojo crítico—. Tu traje es muy elegante, querida, pero sería más apropiado para una reunión social. A menos que hayas traído algo más conveniente...

Hermione negó con la cabeza. Casi se sentía avergonzada de parecer una dama.

Pucey suspiró.

—Bueno, estoy seguro de que te encontraremos algo —dijo, y la guió escaleras arriba, hasta la habitación donde pasaría la noche.

Como el resto de la elegante casa, la habitación estaba elegantemente amueblada, y Hermione tuvo la cortesía de señalarlo.

—¿Esperabas una decoración llamativa y vulgar? —Sonrió al ver que la expresión de Hermione lo confirmaba—.
Mis clientes son nobles, querida, y se muestran más dispuestos a desprenderse de su dinero si se sienten como en casa. —Rió—. Las clases bajas no pueden pagar mis precios. Ni siquiera se acercan a la puerta.

—Entiendo —dijo ella. Los hombres disfrutaban de sus placeres allí donde los encontraran, y prueba de ello era que había casas de mala reputación desperdigadas por todo Londres. Aquélla era sencillamente una de las más caras.

Antes de dejarla, Pucey repitió una vez más:

—Supongo que has entendido bien los términos de nuestro acuerdo y en qué difiere de un trato normal,
¿verdad?

—Sí.

—¿Y sabes que no recibirás retribución alguna, aparte de los regalos que decida hacerte el caballero que te compre? —Hermione asintió, pero Pucey quería que las cosas quedaran perfectamente claras y prosiguió—: Se fijará una cantidad mínima, la que ha solicitado tu tío, y ésta irá a sus manos. Yo obtendré una comisión por cada libra que exceda de esa cantidad por haber organizado la venta. Pero tú no recibirás dinero.

Hermione lo sabía, y rezaba por que se ofreciera mucho más de lo esperado, al menos lo suficiente para mantener a su familia hasta que tío Elliott consiguiera un empleo duradero. De lo contrario, su sacrificio sólo serviría para aplazar temporalmente el desastre. Pero de camino a Londres, su tío le había jurado que conseguiría un empleo y lo conservaría aunque no estuviera a la altura de sus expectativas, que nunca volvería a hallarse en una situación similar.

Sin embargo, conociendo la magnitud de la deuda de Elliott, lo que le preocupaba, y lo que finalmente preguntó a Pucey, era:

—¿Cree que habrá alguien dispuesto a pagar tanto dinero?

—Desde luego —respondió él con absoluta confianza—. Estos nuevos ricos no tienen nada mejor en que gastar su dinero. Sus principales intereses son las mujeres, los caballos y el juego. Yo me siento orgulloso de proveer dos de estas tres aficiones, así como cualquier vicio que les apetezca, con la sola excepción del asesinato.

—¿Cualquier otro vicio?

Pucey rió.

—Ay, querida, te sorprendería saber las cosas que piden estos caballeros. Y algunas damas. Hay una condesa que viene aquí al menos dos veces al mes y me paga para que le consiga un caballero distinto cada vez que la azote con un látigo, con cuidado, desde luego, y que la trate como a una esclava. Lleva una máscara para que nadie la reconozca. De hecho, los caballeros que le envío están convencidos de que se trata de una de mis chicas. Yo estaría encantado de hacerlo yo mismo, pues es tan bonita como tú, pero no es lo que ella desea. Lo que más la excita es que conoce a todos los hombres personalmente, aunque ellos no lo saben. Alterna con ellos en las reuniones sociales, baila o juega a las cartas con ellos, sin que adviertan que está al tanto de sus más inconfesables y sórdidos vicios.

Al oír aquella historia Hermione se ruborizó y se quedó sin habla. ¿Cómo la gente podía hacer esas cosas... y pagar a cambio? ¡Jamás habría imaginado nada semejante!

Al verla, Pucey chasqueó la lengua con expresión de disgusto.

—No está mal que te ruborices ahora, muchacha, pero será mejor que te vayas acostumbrando a esta clase de conversación. En un futuro próximo,
estarás obligada a satisfacer las apetencias sexuales del caballero que te compre,
sean cuales sean dichas apetencias.
¿Lo entiendes? Un hombre hace cosas con su amante que nunca haría, con su esposa. Para eso están las amantes. Enviaré a una de mis chicas a que te lo explique con más detalle, pues es evidente que tu tío no ha considerado oportuno instruirte.

Y para mayor mortificación de Hermione, había cumplido su palabra. Una hermosa joven llamada May había ido a verla por la noche, enfundada en el llamativo vestido que ahora llevaba Hermione, y había estado varias horas en su habitación hablando sobre los detalles de la vida sexual. May había tocado todos los temas, desde cómo evitar embarazos no deseados hasta todos los métodos imaginables para complacer a un hombre; las formas de incitar la lujuria de los hombres y de conseguir lo que ella deseaba. No estaba claro que Pucey hubiera deseado instruirla en este último punto, pero al parecer May se había compadecido de ella y le había ofrecido esa información por iniciativa propia.

La conversación no había tenido nada en común con la breve charla sobre el amor y el matrimonio que Hermione había mantenido con su madre algo más de un año antes, cuando la joven había cumplido los diecisiete. Su madre había hablado del acto sexual y de los niños con su habitual franqueza y se había apresurado a cambiar de tema, como si las dos estuvieran avergonzadas por el anterior.

May se había despedido con un último consejo:

—Recuerda que el hombre que te compre seguramente estará casado, y que la principal razón de que quiera una amante es que no encuentra satisfacción con su esposa. Demonios, lo creas o no, muchos de ellos ni siquiera han visto desnudas a sus mujeres. Cualquiera te dirá (bueno, cualquiera de mis conocidos)
que a todo hombre le gusta contemplar a una mujer desnuda. Limítate a darle lo que no encuentra en casa y te adorará.

Ahora que había llegado el momento, Hermione casi temblaba de miedo. Tras abrir la puerta y verla con el llamativo y escotado vestido rojo fuego, Pucey pareció complacido; muy complacido, por cierto. Pero el hecho de que él la considerara mejor vestida para la ocasión no bastaba para inspirar valor a Hermione.
Para bien o para mal, el hombre que estuviera dispuesto a pagar más por ella decidiría su futuro. No tenía importancia si a Hermione le gustaba o no ese hombre.

May había dejado claro que quizá lo detestara desde el primer momento,
sobre todo si era viejo o cruel. Sólo le quedaba esperar que no fuera así.

Pucey la condujo a la planta baja. Cuando la joven advirtió, simplemente por el nivel de ruido, que abajo estaba atestado de gente, Pucey tuvo que tirar de su mano para animarla a seguir. Para colmo, no la llevó al salón, donde podría haber conocido a los caballeros y conversar con ellos.

La condujo en cambio a una amplia sala de juego, y cuando Hermione se detuvo le dijo al oído:

—La mayoría de estos caballeros no están aquí para pujar por ti, sino para jugar o satisfacer otros placeres.
Sin embargo, he descubierto que cuanto más concurrido está el lugar, más altas son las ofertas de los interesados. Para los demás será un buen espectáculo,
y eso siempre es bueno para el negocio, ¿sabes?

Antes de que Hermione comprendiera lo que Pucey se proponía hacer, la subió encima de una mesa y le advirtió en un murmullo:

—Quédate ahí y haz todo lo posible por parecer seductora.

¿Seductora, cuando estaba paralizada por el miedo y la angustia? Tal como había dicho Pucey, la mayoría de los presentes ignoraban qué hacía Hermione sobre la mesa, así que el propietario de la casa anunció:

—Caballeros, les ruego que me concedan un minuto de su tiempo, pues está a punto de comenzar una subasta muy especial.

La palabra «subasta» tiene la virtud de suscitar atención inmediata, y ésta no fue una excepción. En cuestión de segundos reinó un silencio absoluto en la sala.

—Aquellos que estén conformes con su amante actual, pueden seguir jugando, pues la subasta no les interesará. Pero a los que deseen algo nuevo, les ofrezco esta visión de candorosa belleza. —Se oyeron algunas risitas burlonas,
pues, en efecto, las mejillas de Hermione se habían teñido del color de su vestido—.
Y no sólo para catarla, señores, sino para disfrutar de ella el tiempo que deseen.
Un privilegio que podrán gozar por un precio de salida de diez mil libras.

Naturalmente, esa suma provocó una conmoción, y el volumen de las voces se elevó por encima del murmullo que había reinado antes del sorprendente anuncio de Pucey.

—Ninguna mujer vale tanto, ni siquiera mi esposa —dijo un hombre arrancando carcajadas a la concurrencia.

—¿Puedes prestarme diez mil libras, Peters?

—¿Acaso la chica es de oro? —se burló otro individuo.

—¡Quinientas libras, ni un penique más! —gritó una voz ebria.

Ésos fueron sólo algunos de los múltiples comentarios que Pucey dejó pasar, sabiamente, antes de proseguir:

—Puesto que esta pequeña joya se convertirá en propiedad del mejor postor, éste podrá gozar de ella durante el tiempo que considere oportuno. Un mes, un año, toda la vida... la opción es suya, señores, no de la muchacha. Así se establecerá en el contrato de venta. Así pues, ¿quién desea ser el primer hombre en gozar de esta sensual jovencita, de este bocado de cardenal?

Los comentarios que siguieron horrorizaron a Hermione. Le habían dicho que la «presentarían» a los caballeros, induciéndola a creer que tendría ocasión de conocerlos y hablar con ellos, y que más tarde, aquellos dispuestos a pujar,
harían sus ofertas discretamente a Pucey.

En ningún momento había sospechado que se trataría de una venta a viva voz. Cielos, ¿habría accedido a dar ese paso si hubiera sabido que iban a subastarla como si se tratara de un objeto, en una sala atestada de hombres, la mitad de los cuales estaban borrachos?

Una voz la sacó de sus angustiosos pensamientos.

—Yo ofrezco el precio de salida.

Los ojos de Hermione buscaron la procedencia de esa voz cansina y se encontraron con una cara igualmente cansina y vieja. Tuvo la sensación de que iba a desmayarse.

—Todavía no entiendo qué hacemos aquí —murmuró lord Gregory Goyle —. La casa de Angela es tan bonita como ésta, nos quedaba igual de cerca, y sus chicas están acostumbradas a las perversiones normales.

Draco Malfoy rió e hizo un guiño a su primo Theo mientras seguían a su amigo hacia el vestíbulo.

—¿Existe una «perversión normal»? Parece una contradicción en los términos, ¿no?

Gregory era capaz de decir las cosas más descabelladas, pero junto con Blaise Zabini era uno de los mejores amigos de Draco desde los tiempos del colegio, de modo que podían disculparle alguna que otra torpeza.

Últimamente Blaise salía poco con ellos, y desde que se había encadenado a la prima de Draco, Pansy , no frecuentaba sitios como aquél. Aunque Draco estaba encantado de que pasara a formar parte de la familia, era de la firme opinión de que el matrimonio podía esperar hasta después de los treinta, y a él aún le faltaban cinco años para cumplirlos.

Sus tíos más jóvenes, Tony y James, eran el ejemplo perfecto de la sensatez de esa opinión. En sus tiempos, habían sido los juerguistas más célebres de Londres, se lo habían pensado mucho antes de casarse y no habían formado una familia hasta bien entrados los treinta. El hecho de que James hubiera tenido a Theo dieciocho años antes no podía considerarse como iniciar una familia prematuramente, puesto que el joven —al igual que Draco— había nacido fuera de los sagrados vínculos del matrimonio. Además, tío James no se había enterado de su existencia hasta hacía pocos años.

—No lo sé —señaló Theo con seriedad—. Yo puedo ser tan perverso como cualquiera, pero lo hago con absoluta normalidad.

—Ya sabéis lo que quiero decir —respondió Gregory, mirando con recelo hacia el salón y las escaleras, como si temiera encontrarse con el mismísimo demonio—. Todo el mundo sabe que a este sitio vienen algunos individuos muy raros.

Draco arqueó una ceja dorada, y dijo con tono burlón:

—Yo mismo he estado aquí varias veces, Gregory, para jugar y gozar de las comodidades de una habitación de la planta alta... y de su ocupante. Nunca noté nada extraño. Y reconocí a la mayoría de los hombres.

—No he dicho que todos los que frecuentan este lugar sean raros, amigo. Al fin y al cabo, nosotros estamos aquí, ¿verdad?

Theo no pudo evitar intervenir:

—¿Quieres decir que nosotros no somos raros? Caray, yo habría jurado...

—Calla, bribón —interrumpió Draco haciendo esfuerzos por contener la risa—. Nuestro amigo habla en serio.

Gregory asintió con un gesto enfático.

—Claro que sí. Dicen que aquí puedes encontrar las fantasías y los fetiches más extravagantes, por retorcidos que sean tus gustos. Y después de ver el coche de lord Riddle en la puerta, estoy dispuesto a creerlo.
Temo que al entrar en una habitación, su ocupante me entregue unas cadenas —dijo y tembló.

La mención del nombre de Riddle, cambió súbitamente el humor de Draco y Theo. Pocos meses antes, los tres habían tenido un altercado con ese hombre en una taberna cercana al río, tras subir a las habitaciones de la planta alta atraídos por los gritos de terror de una mujer.

—¿Te refieres al tipo que dejé inconsciente hace poco tiempo? —preguntó Theo.

—Lamento contradecirte, chico —respondió Gregory—. Pero fue Draco quien lo dejó inconsciente de un puñetazo. Estaba tan furioso que no nos dio ocasión de intervenir. Aunque, si no recuerdo mal, tú le diste un par de patadas después de que perdiera el sentido. Y ahora que lo pienso, yo también.

—Me alegra saberlo —dijo Theo—. Supongo que si no lo recuerdo es porque estaba borracho.

—Lo estabas. Los tres lo estábamos. Y es una suerte, porque de haber estado sobrios lo habríamos matado.

—Él se lo buscó —farfulló Draco—. Ese tipo está loco. No hay otra explicación posible para una crueldad semejante.

—Estoy completamente de acuerdo —dijo Gregory, y luego añadió en un murmullo—: He oído que si no ve sangre no puede... Bueno, ya me entendéis...

Nadie como Gregory para aligerar los ánimos. Draco soltó una carcajada.

—Por Dios, hombre, estamos en el burdel más famoso de la ciudad. No hay necesidad de bajar la voz para hablar de estos temas.

Gregory se sonrojó y gruñó:

—Bueno, todavía no sé qué hacemos aquí. Los servicios que ofrecen en esta casa no van conmigo.

—Ni conmigo —asintió Draco—. Pero como he dicho, no es la única posibilidad. Aunque admitan a depravados, las mujeres de la casa saben apreciar una relación agradable y normal cuando no se les pide otra cosa. Además, hemos venido porque Theo descubrió que su pequeña y rubia Florence dejó la casa de Angela para mudarse aquí. Le prometí que podría pasar una hora con ella antes de ir a la fiesta. Juraría que ya te lo había dicho, Gregory.

—No lo recuerdo —respondió —. No niego que lo hayas dicho, pero no lo recuerdo.

Theo hizo una mueca de disgusto.

—Si este sitio es tan malo como decís, no quiero que mi Florence trabaje aquí.

—Entonces llévala de vuelta a casa de Angela —sugirió Draco con sensatez —. Seguro que la joven te lo agradece. Aunque le hayan prometido más dinero,
dudo que supiera con qué iba a encontrarse aquí.

Gregory hizo un gesto de asentimiento.

—Y date prisa, chico. Ni siquiera pienso entretenerme jugando un par de manos mientras buscas a tu chica. Sobre todo con Riddle en la misma estancia.
—Sin embargo, se acercó a la sala de juegos, echó un vistazo al interior y añadió con entusiasmo—: Aunque ahí dentro hay una chica con quien no me importaría pasar un rato. Qué lástima, parece que no está disponible... O puede que sí. No, no. Demasiado cara para mi gusto.

—¿De qué demonios estás hablando, Gregory?

Gregory miró por encima del hombro y respondió:

—Por lo visto, están celebrando una subasta. Pero yo no necesito una amante a mi edad. Puedo conseguir lo mismo gastándome unas cuantas monedas aquí y allá.

Draco suspiró. Era evidente que no conseguirían sacar una respuesta coherente a Gregory. No era ninguna novedad: los comentarios de Gregory casi siempre eran un enigma. Pero Draco no pensaba perder tiempo en descifrarlo cuando le bastaba con dar unos pasos para averiguar a qué se refería en esta ocasión.

De modo que se situó junto a su amigo en el umbral de la puerta, y Theo lo siguió. Ambos pudieron comprobar que la mujer que estaba de pie sobre la mesa era joven y hermosa... o por lo menos lo aparentaba. Era difícil asegurarlo con tantas manchas de rubor en la cara. Sin embargo, tenía una bonita silueta.
Muy bonita.

Por fin entendieron los comentarios de Gregory.

—Una vez más, señores —oyeron decir al propietario del local—, les repito que esta pequeña joya será una espléndida amante. Y puesto que nadie la ha tocado antes, el que la adquiera podrá instruirla para satisfacer sus gustos.
¿Alguien ha ofrecido veintidós mil libras?

Draco dejó escapar un gruñido de incredulidad. ¿Que nadie la había tocado?
¿Viniendo de un sitio como ése? No era muy probable. Sin embargo, era fácil convencer de cualquier cosa a aquellos estúpidos borrachos.
Por lo visto, el precio se había disparado y rayaba en el absurdo.

—Gregory, no creo que tengamos ocasión de jugar mientras dure este circo —
dijo Draco—. Echa un presta la menor atención al juego.

—No los culpo —respondió Gregory con una sonrisa—. Yo también prefiero mirar a la chica.

Draco suspiró.

—Theo, si no te importa darte prisa con tus asuntos, creo que me gustaría llegar temprano al baile. Coge a la chica y la llevaremos de vuelta a casa de Angela.

—Yo quiero a ésa.

Draco no tuvo necesidad de preguntar a quién se refería, pues Theo no había apartado los ojos de la mujer de la mesa.

—No puedes permitírtela —se limitó a decir.

—Podría si me hicieras un préstamo.

Gregory rió, pero Draco no parecía divertido. De hecho, tenía una mueca de disgusto, y su «no» sonó tan contundente que debería haber zanjado la cuestión.
Sin embargo, el bribón de Theo no se dejaba amilanar con facilidad.

—Venga, Draco —insistió—. Tú puedes cubrir un préstamo semejante con facilidad. He oído hablar de la suma que te pasó tío Lucius cuando saliste de la universidad. Incluye las rentas de varias fincas. Y considerando que tío Edward ha estado reinvirtiendo los beneficios por ti... caray, ya debes de tener tres veces más de lo que...

—Seis veces más, pero eso no significa que esté dispuesto a derrocharlo en caprichos obscenos, sobre todo cuando no se trata de mis caprichos. No pienso prestarte esa suma. Además, una mujer tan hermosa como ésa exigirá una vida llena de lujos. Y tú, primo, no podrías dárselos.

Theo sonrió con descaro.

—Ah, pero la haría feliz.

—Una amante piensa más en lo que hay dentro de sus bolsillos que en lo que tiene entre ellos —terció servicialmente Draco, aunque de inmediato se ruborizó, avergonzado de su ocurrencia.

—No son tan interesadas —protestó Theo.

—Lamento diferir...

—¿Cómo lo sabes? Nunca has tenido una amante.

Draco puso los ojos en blanco y dijo:

—No tiene sentido que discutamos. La respuesta es y seguirá siendo «no»,
así que ríndete, Theo. Tu padre me cortaría la cabeza si te permitiera contraer una deuda tan importante.

—Mi padre lo entendería mejor que el tuyo.

Theo tenía algo de razón. Según se contaba. James había hecho muchas locuras en su juventud, mientras que el padre de Draco, por su condición de hermano mayor y marqués de Haverston, había tenido que asumir responsabilidades desde muy joven.
Aunque eso no significaba que no estallara un escándalo si Draco accedía al pedido de su primo.

—Puede que lo comprendiera, pero tendrás que admitir que tío James se ha vuelto más conservador desde que se ha casado. Además, yo tendría que responder ante mi padre. Por lo demás, ¿dónde demonios instalarías a la chica, si todavía estás estudiando y vives en casa de tu padre?

Theo puso cara de disgusto.

—Maldita sea. No había pensado en eso.

—Y aún hay más. Una amante puede ser tan posesiva como una esposa —
señaló Draco—. Una vez tuve una y no fue una situación grata. ¿Quieres sentirte atado a alguien a tu edad?

—¡Caray, claro que no! —exclamó Theo con consternación.

—Entonces alégrate de que no te permita gastar mi dinero en un capricho absurdo.

—¿Veintitrés mil? —dijo una voz, atrayendo la atención de los jóvenes a la sala de juegos.

—Y ahí tienes otra razón para alegrarte, Theo —dijo Gregory con una risita —. Parece que las ofertas no acabarán nunca.

Sin embargo, Draco no parecía divertido. Por el contrario, al oír la última puja había tensado todos los músculos, y no porque el ridículo precio de venta siguiera subiendo. Demonios, ojalá no hubiera reconocido la voz que había hecho la última oferta.