Capitulo 3
—Veintitrés mil.
Hermione jamás hubiera imaginado que podría ofrecer tanto dinero por ella.
Sin embargo, saber que era capaz de obtener aquella suma no halagó su vanidad.
Ni siquiera se alegró de que la transacción fuera a solucionar el problema de sus tíos durante mucho tiempo.
No; estaba demasiado asustada para alegrarse.
Ese hombre parecía... cruel. Era la única palabra que le venía a la cabeza,
aunque no sabía por qué. ¿Acaso por la mueca de sus labios? ¿Por el brillo gélido en sus ojos azul claro mientras la veía encogerse bajo su mirada? ¿Por el escalofrío que había recorrido su espalda la primera vez que lo había visto contemplándola?
Hermione le daba poco más de treinta años. Tenía el cabello negro y los rasgos aristocráticos característicos de muchos caballeros. No era feo, ni mucho menos.
Pero la crueldad de su expresión le restaba cualquier clase de atractivo. Y Hermione deseó que el anciano que había hecho la primera oferta, a pesar de sus miradas obscenas, continuara pujando.
Que el cielo la ayudara. Sólo les quedaron dos. Los pocos caballeros que habían pujado un par de veces al principio habían cejado en sus empeños al ver la mirada fría del último postor, una mirada lo bastante fría para helar el espíritu del más valiente. El anciano seguía pujando porque no se había fijado en su competidor; acaso debido a su mala vista oa su escasa cordura. En efecto,
parecía borracho.
Entonces Hermione oyó una voz subiendo la puja a veinticinco mil libras,
seguida de una pregunta a viva voz:
—¿Para qué quiere un amante, Malfoy? Dicen que las mujeres hacen cola para meterse en su cama.
El comentario arrancó unas cuantas carcajadas del público, que se multiplicó cuando el aludido respondió:
—Ya, pero ésas son señoras. Puede que me apetezca probar algo diferente.
Aquellas palabras sólo podrían interpretarse como un insulto a Hermione...
aunque tal vez no fuera la intención del caballero. Después de todo, aquel hombre no tenía forma de saber que ella había sido una verdadera dama hasta el momento en que había entrado en esa casa. Y ahora no había nada en su persona que indicara que no era lo que aparentaba; es decir, cualquier cosa menos una dama.
No pudo ver al hombre que hizo la última puja. Adivinó que la voz procedió de la puerta, pero con tanto ruido en la sala era difícil precisar la posición exacta del hablante. Y en aquella zona había por lo menos una docena de hombres, sentados y de pie. No había forma de estar segura. Sin embargo, era evidente que el hombre que Hermione no quería que la comprara sabía quién había pujado, porque dirigió una mirada fulminante hacia la puerta. Pero, una vez más,
Hermione no pudo determinar quién había suscitado esa expresión asesina.
Contuvo el aliento y esperó. Una mirada al anciano le bastó para comprobar que éste no tenía intenciones de seguir pujando. De hecho, se habia quedado dormido y nadie hacia nada para despertarlo. No era de extrañar, pues parecía bastante borracho. Era obvio que la bebida le había afectado. Y su salvador,
quienquiera que éste fuera, ¿seguiría pujando contra el otro señor?
¿O se dejaría intimidar como los demás?
—¿El oído veinticinco mil? —exclamó Pucey.
Silencio. Entonces Hermione cayó en la cuenta de que todas las pujas, con excepción de la última, habían ido ascendiendo por fracciones de quinientas libras. El tal Malfoy había sido el primero en subir dos mil libras de golpe.
¿Significaba eso que iba en serio? ¿O que era demasiado rico para preocuparme?
Aunque también era posible que estuviera tan borracho que no hubiera prestado atención al resto de la subasta.
—¿El oído veinticinco mil? —repitió Pucey en voz ligeramente más alta,
para que lo oyeran desde el fondo de la sala.
Hermione mantuvo los ojos fijos en el caballero de los ojos azules, deseando que se sentara y dejara de pujar.
Estaba tan enfadado que las venas del cuello parecían un punto de estallarle.
Entonces, de improvisación, se marchó de la sala con paso furioso, derribando una silla en el camino y empujando a todo aquel que no era lo bastante rápido para apartarse un tiempo.
Hermione miró al propietario de la casa para estudiar su reacción, y la expresión decepcionada de Pucey consolidó sus sospechas. El hombre de los ojos azules había dejado de pujar.
—Veinticinco mil a la una, veinticinco mil a las dos... —Pucey hizo una breve pausa antes de terminar—: Muy bien, vendido a lord Malfoy por veinticinco mil libras. Si quiere pasar a mi despacho, señor, al fondo del pasillo,
formalizaremos las transacciones.
Una vez más, Hermione intentó ver a quién se dirigía Pucey. Pero éste ya estaba bajándola de la mesa, y con su escaso metro sesenta de estatura no podía ver más allá de los hombres que tenía delante.
Dio gracias al cielo porque todo había terminado, pero la incertidumbre sobre su nuevo propietario le impidió sentir alivio. Y la mera sospecha de que se tratara de un individuo tan desagradable como los otros dos acrecentaba su desazon. Después de todo, el comentario de que las mujeres hacían cola para meterse en su cama podía haber sido sarcástico e insinuar exactamente lo contrario. Una ironía semejante también habría suscitado las risas del público.
—Lo has hecho muy bien, querida —dijo Pucey mientras la guiaba hacia al vestíbulo—. La verdad es que me sorprende que el precio subiera tanto. —Luego rió para sí—. Aunque estos ricachones pueden permitírselo.
Ahora ve a buscar tus cosas, y no te entretengas. Ven a mi despacho, allí —dije
una puerta entreabierta al fondo del pasillo—, en cuanto estés lista. —Y le dio una palmada en el trasero, empujándola escaleras arriba.
¿Entretenerse? ¿Cuando se moría de impaciencia por saber quién la había comprado? Prácticamente voló por las escaleras. En realidad no había mucho que empacar, pues el día anterior no había tenido necesidad de deshacer su pequeña maleta. De modo que volvió abajo en menos de diez minutos, apenas un poco más de cinco.
Pero a un paso de la puerta abierta se detuvo en seco. Su temor superaba con creces la curiosidad por averiguar quién había pagado una suma exorbitante por ella. El trato ya estaba hecho, y ella debía cumplir con su parte o afrontar la velada amenaza de Pucey, que sin duda había ido dirigida contra su vida. El terror a lo desconocido la paralizaba. ¿Y si el individuo que la había comprado no era decente, sino tan cruel y depravado como parecía el otro? ¿O si era un hombre tan feo que no podía conseguir los favores de las mujeres a menos que las comprara?
¿Qué haría entonces? Por desgracia, no podía hacer nada. Sólo había tres opciones: le caería bien, lo odiaría o le resultaría completamente indiferente. En realidad, deseaba que le fuera indiferente. Naturalmente, no quería sentir apego por un hombre que jamás se casaría con ella, por más que tuviera que mantener relaciones íntimas con él.
—Le aseguro que ha hecho una compra excelente, señor —decía Pucey mientras se dirigía a la puerta del despacho. Entonces vio a Hermione y añadió—:
Ah, aquí la tiene, así que me despido.
Hermione estuvo a punto de cerrar los ojos, pues aún no se sintió preparada para enfrentarse con su futuro.
Pero su vena valiente, por pequeña que pareciera en esos momentos, se negó a esperar un segundo más.
Miró a los hombres que estaban en la habitación y experimentó una súbita sensación de alivio. De inmenso alivio. Todavía no sabía quién la había comprado, porque en el despacho de Pucey no había un hombre, sino tres. Uno de ellos era apuesto, otro muy apuesto y el tercero increíblemente apuesto.
¿Cómo había tenido tanta suerte? No podía creerlo. Debía de haber truco en algún sitio. Pero ¿cuál?
Incluso el menos atractivo de los hombres, que parecía el mayor, se le antojaba perfectamente tratable. Era alto, con unos bondadosos ojos castaños y una sonrisa de admiración. Cuando lo miró, la primera palabra que le vino a la cabeza fue «inofensivo».
El más alto de los tres también parecía el más joven. Tendría la edad de Hermione, aunque sus hombros corpulentos y su expresión sosegada le daban un aire maduro. Era demasiado guapo, de cabello negro azabache y ojos del más fascinante azul cobalto, exóticamente rasgados. Hermione tuvo la impresión de que se llevaría de maravilla con ese joven, y deseó —rogó— que fuera él quien la había comprado. Tanto la atraía, que casi no podía quitarle los ojos de encima.
Sin embargo, se obligó a apartar la mirada para examinar al delgado caballero que tenía delante. Si no hubiera mirado al otro primero, habría dicho que era el hombre más atractivo que había visto en su vida.
Tenía una espesa cabellera rubia, ligeramente despeinada y rebelde. Sus ojos eran de color verde —no, grises, definitivamente grises— y su mirada la turbaba, aunque no habría podido precisar por qué. Era algo más bajo que los otros dos, pero aun así quince centímetros más alto que ella.
El muchacho sonrió y, por primera vez en su vida, Hermione sintió un hormigueo en el vientre ¡Qué sensación tan extraña! De repente la habitación se le antojó demasiado caldeada. Pese a estar en invierno, hubiera deseado tener un abanico.
—Puedes dejar eso un momento... —dijo mirando su maleta—. Tú date prisa, Theo, y resuelve el asunto que te ha traído aquí.
—Vaya, había olvidado que hemos venido a buscar a una chica —dijo el mayor de los tres—. Sí, date prisa, Malfoy. Ha sido una velada muy interesante,
pero aún no ha terminado.
—Caray, me había olvidado de Flo —admitió Theo con una sonrisa culpable—. Pero no tardaré mucho en recogerla... si es que la encuentro.
Hermione vio salir del despacho al más joven de los tres. Al parecer, su deseo se había cumplido. El otro joven acababa de llamarlo Malfoy, y el caballero que había pagado una suma exorbitante por un amante era un tal lord Malfoy.
Entonces, ¿por qué no se sintió aliviada?
—Hermione Grenger —dijo, cayendo por fin en la cuenta, después de un buen rato, de que el rubio que había sugerido que dejara la maleta también le había preguntado su nombre.
Sin embargo, ahora la presentación sonó precipitada y Hermione se ruborizó.
Aún no había dejado la maleta en el suelo. Ni siquiera se percató de que seguía sujetándola hasta que el hombre rubio dio un paso al frente y se la quitó de la mano.
—Me llamo Draco, y el placer es mío, Hermione, puedes estar segura —dijo—. Pero tendremos que esperar un momento hasta que nuestro joven amigo solucione el asunto que nos ha traído aquí. ¿Quieres sentarte mientras tanto? —
Señaló una silla junto al escritorio de Pucey.
No sólo era apuesto, sino también amable. Sin embargo, la turbaba. Cuando se había acercado para coger la maleta, le había rozado los dedos, y el corazón de Hermione había dado un vuelco. No sabía qué tenía ese hombre para provocarle esas extrañas reacciones, pero de repente se alegró de no tener que irse con él.
Bastante difícil le resultaría ya tener que convertirse en la amante de un hombre esa misma noche. Si no hubiera arrinconado la idea en el fondo de su mente, no hubiera sobrevivido hasta ese momento. No necesita más preocupaciones. Y suponía que el único problema que tendría con el joven Theo evitaría mirarlo todo el tiempo como una idiota. Aunque, sin duda,
aquel joven de aspecto fascinante estaría acostumbrado a esa clase de miradas.
—Hace tiempo conocí a un conde en Kettering apellidado Grenger —dijo el otro hombre—. Un tipo agradable. Aunque oyó que terminó mal. Aunque no sea pariente tuyo, desde luego.
Gracias a Dios, fue una sustentada y no una pregunta, de modo que Hermione no se vio obligada a mentir.
Sin embargo, oir el nombre de su padre fue un mal trago. ¿En qué demonios estaba pensando al dar su verdadero nombre? En nada, naturalmente,
y ahora era demasiado tarde para corregirse.
—¿Por qué mencionarlo, Gregory. si está claro que no es pariente suyo? —
dijo Draco con frialdad.
Gregory se encogió de hombros.
—Es una historia interesante, y el apellido me la recordó. Eso es todo. A propósito ¿te fijaste en la cara de Riddle cuando pasó a nuestro lado?
—Era imposible no fijarse, amigo.
—¿Crees que podría causarnos problemas?
—Ese tipo es un canalla y un cobarde. Ojalá me cause problemas, porque entonces me daría un pretexto para volverle a pegar. Pero los hombres como él solo atacan a los incapaces de defenderse.
Hermione se estremeció al notar la furia del joven que respondió al nombre de Draco. Aunque no estaba segura, tenía la impresión de que hablaban del hombre de los ojos azules que había pujado por ella y que finalmente se había retirado hecho una furia. En tal caso era evidente que esos caballeros se habían cruzado en su camino con anterioridad.
Sin embargo, no quise hacer preguntas. Se dirigió hacia la silla que le habían ofrecido, con la esperanza de que no se fijaran en ella. Pero se equivocó,
pues los dos hombres la siguieron con la mirada. Hermione se encogió aunque estaba harta del nerviosismo y el miedo que la habían mantenido en vilo todo el día.
Sintió un súbito arrebato de ira que la indujo a decir:
—No permitan que mi presencia los distraiga, caballeros. Les ruego que prosigan con su conversación.
Gregory parpadeó y Draco entornó los ojos. De inediato, Hermione comprendió que había vuelto a equivocarse.
Puede que con aquel vestido rojo llamativo no pareciera una dama, pero acababa de hablar como si lo fuera.
Sin embargo, no podía evitarlo. No se le daba bien fingir. Incluso si procuraba parecer menos educada y lo conseguía, en un momento u otro se traicionaría y tendría que dar explicaciones.
De modo que empece a armarse de valor y mentir. Lógicamente, no podía confesar la verdad.
Miró a los dos caballeros con expresión inocente y preguntó:
—¿Él dijo algo fuera de lugar?
—No es lo que tiene dicho, querida, sino la forma en que lo tiene dicho —
respondió Draco.
—¿La forma en que lo dijo? Oh yes. De vez en cuando sorprendo a la gente. Verán, mi madre era institutriz y yo tuve una ocasión de beneficiarme de la misma educación que daba a sus pupilos. Fue una experiencia muy educativa,
valga la redundancia.
Sonrió ante su propia broma, y la consiguieron o no, notó que Gregory le creía y se relajaba.
Sin embargo, Draco seguía mirándola con ojos entornados.
Y no tardó mucho en responder:
—Resulta difícil de creer, pues la mayoría de los caballeros pertenecen a la vieja escuela y creen que las clases bajas deben permanecer en su sitio; es decir,
que hay que impedirles acceder a una educación superior.
—Ya, pero en este caso no había caballero alguno que diera las órdenes.
Sólo una viuda a quien le tenía sin cuidado lo que hicieran los hijos de los criados. De hecho, ella misma dio su conformidad. Mi madre era incapaz de tomarse esas libertades sin permiso. Y yo siempre estaré agradecida a aquella dama, por no dar importancia a nuestra posición.
Gregory tosió y soltó una risa tonta:
—Déjalo ya, amigo. Sabes que lo que estabas pensando es imposible.
—Como si tú no hubieras pensado lo mismo —gruñó Draco.
—Sólo por un brevísimo instante.
—¿Puedo preguntar a qué se refiere? —dijo Hermione, sin dejar de fingir inocencia.
—No tiene importancia —respondió Draco en voz baja. Se metió las manos en los bolsillos, se dirigió a la puerta y se apoyó contra el marco, de espaldas a los demás.
Hermione miró a Gregory con aire inquisitivo, pero el joven esbozó una sonrisa tímida, se encogió de hombros y también se metió las manos en los bolsillos,
balanceando el peso del cuerpo sobre los pies. Hermione tuvo que esforzarse para contener la risa. Los jóvenes se negaron a admitir en voz alta que, por un breve instante, ambos la habían tomado por una dama. Los caballeros de su posición no podrían concebir ni siquiera una idea semejante. Y eras una suerte. Su familia ya había sufrido un escándalo, y si Hermione podía evitarlo, no se convetiría en la causa de otro.
—¿Estás seguro de que no quieres que estés en deuda contigo para siempre, Draco?
—Se te ha despertado la gula, ¿no? Hubiera jurado que ese asunto había quedado zanjado.
—Bueno, eso fue antes de que tú resolvieras quedarte con la presa —dijo Theo con una sonrisa encantadora.
Hermione tampoco sabía de qué hablaban, y le importaba. Ahora que se dirigían a su nueva casa —o eso suponía—, los nervios volvían a importunarla.
Muy pronto se convertiría en la amante oficial de un hombre y...
Tembló, incapaz de pensar en lo que le esperaba.
Viajaban en un coche cómodo y elegante, que por lo visto pertenecía a Draco. Y ahora eran cinco. Theo había regresado al despacho de Pucey del brazo de una joven rubia, vestida con prendas tan llamativas como las de Hermione.
La habían presentado como Florence, y Hermione notó de inmediato que sentía auténtica devoción por Theodore Malfoy*. No podía quitarle los ojos ni las manos de encima, y ahora, en el interior del coche, iba prácticamente sentada en su regazo.
Hermione estaba imperturbable. Ella y Theo aún no habían iniciado su relación, pero incluso si lo hubieran hecho, sabían que no tenían derecho a exigirle fidelidad. Él correría con todos sus gastos. Aunque su relación no hubiera sido inusual —y lo era, pues la había comprado sin conocerla—, el joven habría esperado una fidelidad absoluta de su parte. Pero en esta clase de arreglos, el hombre no tenía obligación de ser fiel. Ni mucho menos. Al fin y al cabo, la mayoría de los hombres que tenían amantes estaban casados.
Mientras los caballeros continuaban bromeando sobre dinero y deudas eternas, Hermione hizo todo lo posible por permanecer indiferente. Sin embargo,
tras oír la alusión de Theo a las deudas, se preguntó cómo era posible que un hombre de su edad pudiera permitirse el lujo de pagar un precio tan alto por ella,
cuando la mayoría de los jóvenes vivían de las asignaciones de sus padres o de las rentas de fincas que heredarían en el futuro.
Debía de tener una fortuna personal, y Hermione se alegró de ello. De no haber sido así, ahora estaría con aquel hombre horrible, en lugar de con unos caballeros auténticos de camino hacia... No sabía hacia dónde.
Poco después, cuando el coche se detuvo, sólo se aparecieron Theo y su amiga Florence. Nadie le dio explicaciones y Hermione no hizo preguntas. Pero Theo volvió poco después, sin la empalagosa Florence, y puesto que nadie le preguntó qué había hecho con la chica, Hermione supuso que los demás ya lo sabían.
El coche reanudó la marcha, y pasó quince minutos antes de que se detuviera otra vez. Hermione no conocía Londres, pues no había visitado la ciudad antes de que Elliott la llevara allí, el día anterior. Sin embargo, bastaba con echar un vistazo por la ventanilla para comprobar que estaban en un barrio elegante,
con mansiones y casas imponentes, las residencias de las clases acomodadas.
No era de extrañar, teniendo en cuenta la fabulosa suma que habían pagado por ella esa noche. Pero Hermione se equivocó al pensar que ése era su destino,
pues fue Draco quien descendió del coche, y no Theo.
Supuso entonces que Draco vivía allí y que dejarían a éste ya Gregory en sus respectivas casas antes de continuar viaje con Theo.
Pero se equivocó otra vez, pues Draco volvió al coche y le tendió la mano para ayudarla a bajar. Hermione estaba lo bastante sorprendida para coger su mano sin pensar y dejarse conducir hasta una enorme puerta antes de atreverse a preguntar:
—¿Por qué me acompaña usted, en lugar de Theo?
Draco la miró, sorprendido por la pregunta.
—No te quedará mucho tiempo aquí. Sólo esta noche. Mañana haremos otros arreglos.
Hermione asintió con un gesto y se ruborizó, creyendo comprender la situación. El joven Theo debía de vivir aún con sus padres, de modo que no podía llevarla a su casa. Sin duda Draco se había ofrecido a alojarla por una noche, lo que era muy amable por su parte.
Con un poco de suerte, no habría nadie a quien tuviera que dar explicaciones.
—¿Entonces usted vive aquí?
—Sí, cuando estoy en Londres —respondió él—. Es la casa de mi padre,
aunque él no la visita con frecuencia. Prefiere el campo y Haverston.
La puerta se abrió antes de que terminara la frase, y un mayordomo de aire solemne saludó a Draco sin mirar a Hermione:
—Bienvenido a casa, señor.
—No me quedaré, Hanley —informó Draco—. Sólo vino a dejar a una invitada que pasará la noche en la casa. Te agradeceré que llames a la señora Hershal para que se ocupe de ella.
—¿La invitada se alojará en la planta alta o en la baja?
Hermione se sorprendió al ver que Draco se ruborizaba ante esa pregunta impertinente, aunque necesaria.
Había hecho todo lo posible para ocultar su llamativo atuendo debajo de la chaqueta, pero la parte que permanecía visible proclamaba a todas las voces su nueva posición.
—Se alojará en la planta baja —respondió Draco con secuencia—. Ya dijo que no me quedaré.
Esta vez se ruborizó Hermione, consciente de las implicaciones de esa sustentabilidad. El mayordomo, sin embargo, se limitó a asentir con la cabeza y se marchó a buscar al ama de llaves.
Mientras se alejaba, Draco murmuró:
—Esto pasa por conservar los mismos criados que te han visto en pantalones cortos. Cielos, se dan esas ínfulas porque llevan demasiado tiempo con la familia.
De no tener sentido tan avergonzado, Hermione habría reído. Pese al gran atractivo de Draco, el malhumor le daba un aspecto verdaderamente cómico. Sin embargo, aunque Hermione hubiera reunido valor para reírse, él no habría sabido apreciar la gracia de la situación. De modo que fijó la vista en el suelo y aguardó a que se marchara.
Preparado para hacer precisamente eso, Draco dijo:
—En fin, espero que duermas bien esta noche. Mañana viajarás la mayor parte del día. Podría resultar agotador si no ha descansado lo necesario.
Y antes de que Hermione preguntara pudiera adonde viajaría, cerrara la puerta a su espalda y se marchó.
Hermione suspiró, embargada por una sensación de alivio. Pasaría la noche sola y aquello que tanto la asustaba y en lo cual se resistía a pensar se postergaría por lo menos un día más. Curiosamente, ahora que el motivo de su miedo se posponía, era incapaz de quitárselo de la cabeza.
El inicio de su vida como amante equivalía a una noche de bodas, aunque sin el certificado de matrimonio y con una ausencia total de ternura entre las dos partes. Sabía que el matrimonio entre extraños no era un hecho insólito en la historia de la humanidad. Los padres o los reinos concertaban matrimonios,
concediendo a las parejas apenas unos días para conocerse... a veces incluso menos, según las circunstancias. Pero los arreglos de esta clase eran muy raros en los tiempos que corrían. En la actualidad, cuando los miembros de la pareja no hicieron su propia elección, por lo menos tenían de sobra para entablar una relación antes de la boda.
¿Cuánto tiempo tendrá Hermione? Este aplazamiento la había tomado por sorpresa. Por supuesto había que no pasaría la noche sola. Y al día siguiente se iría de viaje. ¿Significaría eso una nueva dilatación?
Ojalá. Aunque ningún aplazamiento le serviría de nada si no tuviera ocasión de conocer mejor a Theo. Si no recordaba mal, hasta el momento no le había dirigido la palabra, y tampoco él a ella. ¿Cómo demonios iban a entablar una relación si no hablaron?
Sin duda lo averiguaría al día siguiente. Por el momento sólo debe preocuparse de cómo tratar al ama de llaves. ¿Con sus modales de costumbre?
¿O de una manera más adecuada a su nueva posición?
Pero no sería ella quien tomara esa decisión. La señora Hershal se presentó en ese punto, y después de mirarla de arriba abajo, hizo una mueca de disgusto y volvió a perderse en los oscuros pasillos de la casa, dejando una elección de Hermione si deseaba seguirla o no. De modo que así estaban las cosas. Tendría que acostumbrarse a esa clase de tratamiento. Sólo esperaba que la vergüenza que le producía se hiciera más fácil de tolerar con el tiempo.
LAS ACLARACIONES QUE VEA NECESARIAS HACER LAS MARCARE CON UN *.
*En esta historia el personaje de Theo es primo de Draco, por lo tanto comparten apellido, de ahi la confucion de Hermione con respecto a quien la compro.
Saludos :)
