Capitulo 4

Draco debería haber supuesto que sus amigos del alma no lo dejarían en paz. En cuanto regresó al coche, Theo dijo:

—No lo puedo creer. ¿Piensas ir al baile de todos modos? Caray. Yo en tu lugar no lo haría.
—¿Por qué no? —preguntó Draco arqueando las cejas doradas—. La chica no escapará, y nuestra prima nos rogó que asistiéramos a la presentación en sociedad de su amiga. Puesto que ambos aceptamos la invitación, Theo,
¿qué consideras más importante?
—A eso me refiero —respondió Theo con un gruñido—. Yo tengo claro qué es más importante, y no creo que sea precisamente sumarse a la multitud que asistirá al gran baile de la temporada. Habrá tanta gente que es muy probable que ni siquiera repare en nuestra presencia.
—Lo haga o no, lo cierto es que dimos nuestra palabra y estamos obligados a asistir. Gregory, ¿te importaría explicar a este joven irresponsable cuáles son sus deberes sociales?
—¿Yo? —Gregory rió. Me temo que comparto su punto de vista, amigo. No creo que tuviera el valor de abandonar a una nueva amante para asistir a una fiesta de sociedad que no promete ser distinta de tantas otras.
Claro que si alguno de tus tíos, o tu hermosa prima Amy , tuvieran intención de asistir, la cosa cambiaría. Tus tíos saben animar una velada aburrida, y Amy aún no se ha casado con su novio yanqui, de modo que sigue ocupando un lugar de honor en mi lista de mujeres disponibles.

Dada la característica falta de locuacidad de Gregory, esa larga perorata dejó sin palabras a sus dos amigos.
Draco fue el primero en reaccionar.

—Amy todavía no está casada, pero su boda se celebrará la semana próxima, así que ya puedes tacharla de tu lista, Gregory.
—Y deja de contar con que mi padre nos entretenga —añadió Theo—.
Ahora está demasiado civilizado para animar las reuniones con sus cotillees. Y yo diría que al tío Tony le ocurre otro tanto.

—Lamento discrepar, chico. Esos dos miembros de la familia Malfoy nunca estarán lo bastante civilizados para no hacer arquear varios pares de cejas con su comportamiento. Cielos, yo mismo tuve ocasión de comprobarlo poco después del nacimiento de tu hermana. Tu padre y tu tío llevaron al yanqui a una sala de billar, y el pobre tipo salió casi a rastras.

—Acababan de descubrir que estaba interesado en Amy, y no aprobaban sus intenciones. Fue una reacción previsible. Pero ya te lo explicamos antes, Gregory, cuando tú mismo querías cortejar a Amy. Esa actitud se remonta a la época en que tuvieron que criar a nuestra prima Pans, después de la muerte de su madre, y como Amy se le parece tanto...
—Pansy—corrigió Draco tal como habría hecho su padre de haber estado allí, aunque con menos ardor—.
Entiendo que tu padre insista en cambiarle el nombre para chinchar a sus hermanos, pero tú no tienes por qué seguir su ejemplo.

—Ah, pero me gusta su ejemplo —repuso Theo con una sonrisa desvergonzada—. Y no lo hace para chinchar a sus hermanos... Bueno, quizá en parte sí, pero no fué por eso que empezó a llamarla Pans.
Comenzó a hacerlo hace tiempo, antes incluso de que yo naciera. Con tres hermanos, dos de ellos mayores que él, necesitaba destacar en todos los aspectos.

—Pues no cabe duda de que lo consiguió —dijo Draco haciendo un guiño picaro.

—Por supuesto. Además, Gregory —dijo Theo, volviendo al tema inicial—, mi padre detesta las fiestas y sólo asiste a alguna cuando su mujer lo lleva a rastras. Lo mismo le ocurre al tío Tony. Comprendo perfectamente cómo se sienten, pues yo también me veo arrastrado a ésta.

Draco frunció el entrecejo.

—No pretendo arrastrarte a ningún sitio, chico. Sólo me permito señalarte tus obligaciones. Si no querías ir, no debiste aceptar la invitación de nuestra prima.

—¿No? —replicó Theo—. Sabes que soy incapaz de decir que no a una mujer. A cualquier mujer, por cierto. Me resulta imposible defraudarlas. Y te aseguro que nunca habría defraudado a la joven que acabas de abandonar.
—Teniendo en cuenta que la chica sólo quería que la dejaran en paz, no se puede decir que la haya defraudado, Theo.
—¿Dices que quería que la dejaran en paz?
—Te cuesta creerlo, ¿verdad?
—Las mujeres conspiran y luchan para meterse en tu cama, primo, no para salir de ella. Lo he visto con mis propios ojos...
—Pero algunas mujeres no quieren que se las moleste —interrumpió Draco —, por un motivo u otro. Y ésta me dio claramente esa impresión. Parecía agotada. Puede que fuera sólo eso, pero como de todos modos yo tenía otros planes... Además, Theo, no he pagado tanto dinero sólo para meterme en la cama con la chica, así que no estoy impaciente por hacerlo. Para empezar, ni siquiera quería una amante, aunque ahora que la tengo, si no te importa, me ocuparé de ella cuando lo considere conveniente.

—Pues vaya si no has pagado una suma desorbitada por algo que no querías —observó Gregory.
—Ya —dijo Theo con una risita.
Draco se repantigó en el asiento y gruñó.
—Sabéis muy bien por qué lo hice.
—Desde luego, amigo —respondió Gregory—. Y te felicitamos por tu hazaña.
Yo habría sido incapaz de un acto tan noble, pero al menos uno de nosotros tuvo el valor de arriesgarse.
—Sí —convino Theo—. Venciste a Riddle y al mismo tiempo conseguiste un premio estupendo.
Debo admitir que ha sido un trabajo excelente.
Lejos de ruborizarse por los inesperados halagos, Draco dijo:
—Entonces, ¿queréis hacerme el favor de dejar de chincharme por haber dejado sola a la chica?
—¿Es necesario? —dijo Theo con una sonrisa.
La mirada fulminante de Draco hizo que Theo girara la cabeza hacia la ventanilla y comenzara a silbar una alegre melodía. Era un bribón incorregible.
El tío James lo tendría crudo para enderezar al chico y enseñarle sus responsabilidades cuando llegara el momento. Desde luego, el padre de Draco se lamentaba de sus propias dificultades para educar a su hijo. Sin embargo, Draco había tenido que vérselas con el cabeza de familia de los Malfoy y, en su condición de marqués de Haverston, Lucius Malfoy era el más severo de los hermanos y el más difícil de complacer.

Draco solía disfrutar de las fiestas, aunque no así de aquellas a las que asistían más de trescientas personas, como la de esa noche. Pero le gustaba bailar y por lo general participaba en un juego amistoso de cartas o billar, e invariablemente aparecía alguna cara nueva que despertaba su interés.
Sin embargo, no permitía que su interés se mantuviera vivo mucho tiempo,
pues la mayoría de las jóvenes que se vestían tan espléndidamente para la ocasión y coqueteaban con aparente recato sólo tenían un objetivo en mente: el matrimonio. Y en el preciso momento en que dejaban entrever sus intenciones,
Draco huía despavorido, ya que el matrimonio era lo último que deseaba para sí.
Había pocas excepciones a la regla, aunque no se presentaban a menudo.
Incluso cuando una joven no deseaba casarse de inmediato, debía soportar las inevitables presiones de su familia. Era excepcional la mujer que podía dedicarse a divertirse sin ceder a esa clase de presiones.

Draco prefería a las jóvenes de mentalidad independiente y había llegado a intimar con varias. Solían ser muchachas inocentes, de modo que la relación nunca tomaba un cariz sexual. Ni mucho menos. Draco respetaba las reglas sociales y le complacía vincularse con las jóvenes en otros términos: buena conversación, intereses comunes y la posibilidad de bajar la guardia ante ellas.
Lo que no significaba que no fuera siempre en pos de nuevas compañeras de cama. Simplemente, no las buscaba en el grupo de inocentes que aparecía en Londres cada nueva temporada. No; sus conquistas sexuales solían ser jóvenes casadas o viudas: las primeras, insatisfechas con su matrimonio; las segundas,
libres para hacer su santa voluntad... aunque siempre con discreción, por supuesto. Y rara vez se marchaba de una gran fiesta en Londres sin concertar antes una cita amorosa para un día de esa misma semana, o incluso para esa misma noche.

Sin embargo, en esta fiesta en particular no había nadie que le interesara.
Bailó el tiempo necesario para complacer a su anfitriona y tuvo que esforzarse para no bostezar antes de ceder su pareja al siguiente caballero de la lista. Jugó un par de manos a las cartas, pero fue incapaz de concentrarse en el juego,
incluso cuando las apuestas se hicieron peligrosamente altas.
Dos de sus antiguas amantes quisieron arrancarle una cita, pero en lugar de seguir su costumbre de aplazar el encuentro para más adelante, se limitó a responder que en ese momento tenía otro compromiso. Sin embargo, no era así.
La mujer que había dejado en su casa no podía considerarse como tal... al menos por el momento. Por otra parte, una amante no era nunca un compromiso. Una amante era sencillamente una conveniencia agradable... y costosa.

Y todavía no podía creer que tuviera una amante. Su única experiencia anterior en mantener a una mujer a cambio de sus favores había resultado un desastre.
Se llamaba Lisa Turpin y era una joven viuda de buena familia, que no tenía dinero suficiente para mantener el lujoso estilo de vida a que estaba acostumbrada. Draco había pagado sus deudas —en su mayoría contraídas por su difunto esposo—, restaurado su casa y sucumbido a su capricho de poseer joyas caras.
Hasta había accedido a acompañarla a las reuniones sociales, pese a su resistencia a desempeñar tal papel.
Naturalmente, se conducían con absoluta discreción y respetabilidad.
Incluso cuando la dejaba en su casa, debía esperar horas antes de entrar a recibir los favores que le correspondían... y que la mitad de las veces ella le negaba excusándose en el cansancio. Y durante los seis meses que había durado la relación, pese a saber perfectamente que él no tenía intenciones de casarse, la mujer había empezado a conspirar para llevarlo al altar.

Aunque Lisa le hubiera atraído lo suficiente para entablar una relación permanente —y no era el caso—, Draco nunca habría tolerado juegos sucios y mentiras, y ella era una especialista en ambas artes. Le dijo que estaba preñada cuando no lo estaba. Hizo pública su relación, asegurando que Draco había prometido casarse con ella. Ésa fue la última gota. Y hasta tuvo la osadía de hablar directamente con el padre del muchacho.

Naturalmente, Lisa había subestimado a la familia Malfoy, con la que era imposible congraciarse con mentiras. El padre de Draco conocía a su hijo lo suficiente para saber que nunca habría hecho una promesa semejante.
En realidad, la noticia de una boda inminente habría agradado sobremanera a Lucius Malfoy, pero sabía que su hijo no estaba preparado para sentar la cabeza y, gracias al cielo, nunca lo había presionado. Draco sabía que llegaría un día en que lo haría. Tarde o temprano le recordaría sus responsabilidades, la necesidad de continuar la estirpe y de hacerse acreedor al título nobiliario que le correspondía heredar.

En cuanto a Lisa... Bien, Lucius también detestaba las mentiras. Era un hombre de principios, y tras tantos años al frente de la familia —exactamente desde que contaba dieciséis—, en que había tenido que lidiar con las travesuras de sus hermanos y ocuparse de la educación de Draco y Pansy, conocía su papel al dedillo.
Tenía además un carácter fuerte, y sólo los inocentes podían superar la prueba de sus furiosos sermones.
Los culpables se acobardaban rápidamente o, en el caso de las mujeres, se deshacían en lágrimas, pues, como solía decir tío Tony, era duro ver cómo el techo se derrumbaba sobre tu cabeza.

Tras la entrevista con Lucius, Lisa se había marchado avergonzada y llorosa, y no había vuelto a importunar a Draco. Habida cuenta de que la mujer se había embolsado mucho dinero durante la breve relación, Draco no se sintióculpable de que todo acabara en catástrofe. Además, había aprendido su lección...
o al menos eso creía.

La mujer que había comprado esa noche no plantearía —o no debería plantear— los mismos problemas que Lisa. Hermione Grenger no pertenecía a la nobleza, aunque su forma de hablar sugiriera lo contrario.
No estaba acostumbrada a los privilegios, de modo que estaría agradecida por cualquier cosa que él le diera, mientras que Lisa se creía con derecho a exigir.

Por otra parte, Draco la había comprado. Así lo demostraba la factura que tenía en el bolsillo. El joven aún no sabía qué pensar de esa transacción, pero Hermione había accedido a la subasta. No era como si la hubieran vendido sin su permiso y... mejor no pensar en lo que eso significaba. Acababa de comprar una amante, y ni siquiera lo había hecho por iniciativa propia, sino para evitar que ese demonio de Riddle maltratara a otra mujer. Una mujer que, en este caso,
debido a las condiciones del contrato, no podría escapar de su crueldad.

Era evidente que la paliza que había dado a Riddle no había servido para poner fin a sus perversiones, como Draco habría deseado. Ahora se conducía con mayor impunidad que nunca, como había demostrado en esa absurda subasta,
visitando una casa como la de Pucey, que proporcionaba mujeres para estos fines.

Con anterioridad, Tom Riddle solía alquilar los servicios de prostitutas baratas por una sola noche. Esas mujeres estaban indefensas ante caballeros como él. Peor aún, sin duda creían que las pocas monedas que conseguían a cambio eran una compensación justa por las cicatrices que les dejaban. Patético,
pero cierto.
Incluso si Draco hubiera decidido denunciar a él, como testigo de sus perversos métodos para obtener placer, sabía que ninguna de las víctimas testificaría en su contra. Las comprarían o las eliminarían antes del juicio.
Pero Draco estaba tan indignado por el comportamiento de Riddle que ahora que sabía que éste seguía en las mismas, estaba dispuesto a hacer algo más. No podía arrebatarle a cada mujer que decidiera comprar, ni siquiera si conseguía enterarse de todas las subastas de esta clase. Sus reservas de dinero no eran inagotables. Esa noche había actuado por impulso. Quizá debiera consultar a su tío James, que durante sus tiempos había tenido ocasión de lidiar con los aspectos más siniestros de la vida. Si alguien sabía cómo tratar con una basura como Riddle, ése era James. .

Pero se ocuparía de ello al día siguiente. Por el momento, debía concentrarse en disfrutar de la fiesta, cosa que le resultaba muy difícil.
Finalmente, tras un buen rato de ver ante él unos ojos marrones en lugar de los azules de su actual pareja de baile, comenzó a preguntarse si Theo y Gregory no estarían en lo cierto. ¿Qué demonios hacía en la fiesta, cuando bajo su propio techo había una hermosa mujer que sin duda estaría preguntándose por qué la había dejado sola?

Desde luego, el hecho de que se encontrara bajo su propio techo ponía freno a sus impulsos. Una de las razones por las que se llevaba tan bien con su padre era porque éste no interfería en sus asuntos, siempre y cuando los llevara con total discreción. Y Draco lo hacía. Lo que significaba que nunca alojaba a una mujer en su casa de Londres ni en ninguna de las dos fincas que había heredado.
Los criados eran la peor fuente de cotilleos, pues no había medio más rápido y seguro para cambiar información entre casa y casa que la red de mayordomos,
cocheros, doncellas y lacayos. En consecuencia, esa noche no tendría ocasión de conocer mejor a su nueva amante.

Por fin dejó de fingir que se divertía y buscó a Gregory y Theo para comunicarles que se marchaba y que enviaría un coche a recogerlos más tarde.
Como es natural, los dos jóvenes respondieron con sonrisas burlonas y guiños de complicidad, convencidos de que regresaba a casa para pasar un buen rato. Al fin y al cabo, sus respectivos padres no se parecían en nada a Lucius Malfoy.
En cualquier caso, Draco no pudo evitar pensar en su Joven amante durante el viaje a casa. Después de todo, Hermione Grenger no era una criada. Y no permanecería en la residencia de Londres el tiempo suficiente para cotillear con los sirvientes. De hecho, podía hacerle una visita furtiva y volver a su cama antes del amanecer. El mayordomo no se enteraría, pues nunca lo esperaba levantado.

No tardó mucho en convencerse de que debía visitarla asi que su decepción no pudo ser mayor cuando Hanley le abrió la puerta, a pesar de lo insólito de la hora, y desbarató sus planes de un plumazo.
Maldito cotilla. Si Hanley no se hubiera quedado en el vestíbulo, mirándolo subir las escaleras peldaño a peldaño, Draco podría haberse dirigido a las dependencias de servicio a buscar a la joven. Pero estaba seguro de que el mayordomo permanecería al acecho, vigilándolo.

Su padre se enteraría de todo en menos de una semana, y lo llamaría al orden, recordándole la necesidad de proteger su honor, de actuar con discreción y de asegurarse de que los cotillees de los criados se limitaran a los asuntos de otras familias, no la suya. ¿Era necesario correr ese riesgo por un breve encuentro con una joven a quien podría visitar a su antojo a partir de esa noche?
No valía la pena.
Pero de todos modos le resultó muy difícil conciliar el sueño.

—Es culpa mía —masculló la señora Hershal— Debería haberme dado cuenta, aunque debo admitir que mi vista ya no es lo que era, sobre todo por la noche.

Hermione se frotó los ojos soñolientos mientras escuchaba distraídamente al ama de llaves. No respondió, pues no podía adivinar de qué hablaba la mujer.
Era evidente que se había perdido la parte más importante de la conversación,
pues nada más despertar había visto a la señora Hershal sacando uno de sus vestidos de la maleta y alisando las arrugas con la mano.

La mujer ya había ordenado la habitación, aunque Hermione no había tenido mucho tiempo de desordenarla la noche anterior. Y había una jofaina de agua esperándola, junto a una pila de toallas limpias y una tetera.
Bostezó y dio gracias al cielo por no haber despertado desorientada,
preguntándose dónde estaba y quién era aquella mujer que registraba su habitación. Tenía el cabello castaño recogido en un severo moño, los hombros anchos, un voluminoso pecho que daba un aspecto desproporcionado a la mitad superior de su cuerpo y gruesas cejas arrugadas en una perpetua mueca de disgusto.

Cómo no iba a recordar al ama de llaves, con sus modales desdeñosos y sus crueles miradas que la noche anterior la habían hecho sentir como una rata de alcantarilla. Jamás olvidaría su último comentario antes de despedirse hasta la mañana siguiente:
—Y no se te ocurra levantarte a robar, pues sabremos quién ha sido.

Era difícil tolerar semejante humillación, cuando una no había sufrido nada similar al desprecio en toda su vida, pero Hermione comprendió que debería acostumbrarse a esa clase de tratamiento. Tendría que proteger sus sentimientos con una coraza para que en el futuro no pudieran avergonzarla ni herirla de esa manera.
Hermione deseó que el ama de llaves se diera prisa y la dejara en paz. Pero la mujer seguía hablando sola, como si no se hubiera percatado de que la joven estaba despierta. Sin embargo, cuando prestó atención a los comentarios de la mujer, comprobó que en realidad se dirigía a ella.

—Todo por fiarme de la opinión de Hanley. Pero ¿qué sabe él de estas cosas? Dijo que el señor había traído una zorra a casa, y yo le creí. Aunque es culpa mía. Lo sé y lo admito. Debería haberla mirado mejor. Se nota en las facciones, ¿sabe? Las facciones no engañan,y usted las tiene.
—Le ruego me disculpe, pero no la comprendo.
—¿Lo ve? Debería haberme rogado que la disculpara anoche, mi lady, y yo me habría percatado de inmediato que esta habitación no era digna de usted. Fue por el vestido, ¿sabe? Y, como he dicho antes, mi vista ya no es lo que era.

Hermione se puso en guardia y se sentó en la cama. La noche anterior ni siquiera había notado que fuera tan incómoda. Caray, aquella mujer se estaba disculpando. De ahí tanta chachara. Por algún motivo, había llegado a la conclusión de que había cometido un error al clasificar a Hermione como una rata de alcantarilla. ¿Y qué iba a hacer ella al respecto? No quería que nadie la tomara por una dama.
Guardaría silencio. Dejaría que el ama de llaves pensara lo que quisiera. Al fin y al cabo, no iba a permanecer en esa casa, así que no tendría que verla a diario Pero cabía la posibilidad de que el sentimiento de culpa de la señora Hershal la indujera a disculparse también ante el señor Draco, y eso era lo último que deseaba Hermione.
De modo que esbozó una sonrisa tímida y dijo:
—No es lo que usted cree, señora Hershal. No se equivoca al pensar que ese vestido no es mío y le aseguro que me alegraré de no volver a verlo. Pero tampoco soy una dama.
—¿Cómo explica entonces...
Hermione se apresuró a interrumpirla:
—Mi madre era institutriz y no tuvimos una vida difícil. Trabajó para la misma familia durante casi toda mi vida, y yo me crié en una casa tan bonita como ésta.
Incluso tuve el privilegio de compartir los mismos tutores que las pupilas de mi madre, razón que le ha inducido a tomarme por quien no soy. Créame, no es la primera vez que mi forma de hablar provoca un malentendido.
La mentira se volvía más fácil con la repetición, pero la señora Hershal la miraba con expresión dubitativa y estudiaba la cara de Hermione como si la verdad estuviera escrita en ella. De hecho, eso era precisamente lo que estaba pensando.
—Eso no explica sus facciones, mi lady. Tiene usted los rasgos distinguidos de las clases altas.
Hermione reflexionó un instante y dijo lo primero que le vino a la cabeza: .
—Bueno, lo cierto es que nunca conocí a mi padre. —Y no necesitó fingir el rubor que provocó esa mentira.
—Ah, conque es ilegítima, ¿eh? —replicó la señora Hershal con aire pensativo, aparentemente satisfecha con una respuesta tan lógica. Luego añadió con tono comprensivo—: En fin, hay muchos casos como el suyo. Incluso lord Draco, que Dios le bendiga, ha sido fruto de una cana al aire. Claro que su padre, el marqués, lo reconoció y lo nombró su heredero, por eso lo aceptan en sociedad. Pero no siempre fue así. De niño tuvo muchas peleas, se lo aseguro, pues los jóvenes son muy crueles. Así hasta que hizo buenas migas con el vizconde Zabini en el colegio.
La historia de Draco, el amigo de Theo, tomó por sorpresa a Hermione, que no supo qué decir. Su condición de hijo ilegítimo no era de su incumbencia,
desde luego, pero como acababa de inventarse un pasado similar, supuso que debía fingir cierto grado de comprensión.
—Sí. Sé muy bien de qué me habla.
—Desde luego que sí, señorita. Desde luego que sí.
Hermione se tranquilizó al oír que la señora Hershal había reemplazado el tratamiento de «mi lady» por el de «señorita». El ama de llaves no se le antojaba tan amenazadora ahora que comprendía que no se había equivocado tanto, y no le crearía problemas.
La mujer sacó rápidamente sus propias conclusiones.
—Por lo visto ha tenido problemas y el señor Draco se ha ofrecido a ayudarla.
Hubiera sido muy sencillo responder con una escueta afirmación y dejar correr el asunto, pero el ama de llaves era demasiado curiosa para conformarse con esa respuesta.
—¿Hace mucho tiempo que conoce al señor?
—No, en absoluto. Yo estaba... perdida, ¿sabe? No conozco la ciudad.
Acababa de llegar, y aunque tuve la suerte de encontrar un buen alojamiento,
también tuve la desgracia de que el edificio donde me alojé se incendiara la noche pasada. Por eso llevaba ese vestido. Alguien me lo dejó antes de que pudiera recuperar mi maleta. Lord Draco pasaba por allí, vio el humo y se detuvo a ayudar.

Hermione, que había improvisado la historia a medida que la contaba, se sintió bastante orgullosa de haber inventado un incendio que explicara al mismo tiempo su vestuario y su presencia allí. El ama de llaves hizo un gesto de aprobación.
—Sí, el señor Draco tiene un gran corazón. Recuerdo que una vez…
Unos golpes en la puerta interrumpieron la anécdota. Una joven criada asomó la cabeza y dijo:
—El coche del señor está esperando.
—¡Cielos! ¿Tan temprano? —dijo la señora Hershal mientras despedía a la criada con un ademán expeditivo. Luego miró a Hermione—. Bien, parece que no tendré tiempo de plancharle el vestido. Aunque creo que he alisado la mayor parte de las arrugas. La dejaré sola para que se arregle. Tampoco tendrá tiempo para desayunar, así que ordenaré a la cocinera que le prepare una cesta.
—No es nece... —comenzó Hermione, pero la mujer ya se había marchado.
Hermione suspiró. Esperaba que la mentira que acababa de contar no tuviera consecuencias. En realidad no importaba, ya que no permanecería en esa casa.
Pero no le gustaba mentir, y tampoco lo hacía bien, pues le faltaba práctica.
Tanto ella como Jean habían sido educadas en el más escrupuloso respeto a la verdad, y ninguna de las dos había faltado a esa norma... hasta ahora.
El té se había enfriado, pero aun así apuró una taza antes de lavarse y vestirse a toda prisa. Pensó en dejar el vestido rojo, pero recordó lo que May le había dicho en casa de Pucey: que siempre debía lucir prendas provocativas para su amante. Y no tenía ninguna otra prenda que pudiera calificarse de provocativa.
Aunque a ella el vestido le pareciera de pésimo gusto, era evidente que los hombres no compartían su opinión; de lo contrario, las pujas no habrían subido tanto.
Sin embargo, si volvía a usarlo sería sólo por la noche y en la intimidad. Por el momento, se pondría el vestido de lana beige que le había preparado la señora Hershal y que combinaba con su chaquetilla. Cielos, era un alivio vestir decentemente otra vez, aun sabiendo que la «decencia» ya no iba a formar parte de su futuro.
Cuando bajó las escaleras, descubrió que en lugar de Theo era lord Draco quien la esperaba en el vestíbulo. Impaciente, se golpeaba un muslo con un par de guantes. A la luz del día tenía un aspecto diferente, aunque no menos apuesto.
En efecto, la radiante luz del vestíbulo permitía apreciar en su justa medida todo su atractivo, desde el cuerpo alto y delgado, hasta la cara de rasgos finos y...
sí, sus ojos eran color verdes, no grises como ella había creído.
Y en aquel momento la miraban con expresión crítica, creando la impresión de que no daban crédito a su recatado atuendo. Cosa muy natural. Después de todo, no podía prever que Hermione apareciera vestida como una dama. Sin embargo, no era él a quien la joven debía impresionar o seducir, de modo que restó importancia al asunto.
Cuando la criada había anunciado que «el señor la esperaba», Hermione había dado por sentado que Theo había acudido a recogerla, pero el joven no estaba a la vista. Claro que era probable que la aguardara en el coche.
—Confío en que hayas dormido bien —dijo Draco con un tono ligeramente escéptico, como si en realidad no lo creyera posible.
—Sí, muy bien.
Ella misma se soprendía de que se hubiese quedado dormida nada más apoyar la cabeza en la almohada. El miedo y el nerviosismo del día anterior habían acabado por agotarla.
—Creo que esto es para ti.
No había reparado en la cesta que Draco sujetaba en una mano,
parcialmente oculta tras su cuerpo. Asintió con un gesto. Esperaba que la señora Hershal no se la hubiera entregado en persona o que, en caso afirmativo, no hubiera hecho ningún comentario. Pero no caería esa breva...
—Así que se me atribuye una buena acción que yo ni siquiera recuerdo.
Hermione se ruborizó. La habían pillado en una mentira.
—Lo siento, pero esta mañana su ama de llaves me apremió con sus preguntas, y supuse que no querría que supiera la verdad.
—Tienes razón, no es asunto suyo. ¿De verdad has dormido bien?
Le sorprendió que volviera a preguntárselo, y una vez más con tono de incredulidad.
—Sí. Por lo visto estaba exhausta. Ayer fue un día agotador.
—¿De veras? —Su desconfianza era inconfundible, pero sonrió—. Bueno,
esperemos que hoy sea mejor.¿Nos vamos? —Señaló la puerta.
Hermione suspiró y asintió. Aquel hombre se comportaba de una forma harto extraña, pero eso le tenía sin cuidado. Quizá no hubiera motivo para extrañarse y él fuera una persona naturalmente escéptica. Pero qué más daba, ya que probablemente no volviera a verlo en el futuro.
La ayudó a subir al coche, y cuando le cogió la mano, Hermione volvió a sentirse turbada. Sin embargo, no fue ésa la causa de que arrugara la frente mientras Draco se acomodaba a su lado, sino descubrir que el coche estaba vacío.
No pospuso la pregunta:
—¿Ahora recogeremos a su amigo Theo?
—¿Theo?
La perplejidad de Draco molestó a Hermione y se sumó a su propia perplejidad, pero repitió con calma:
—Si, Theo. ¿Lo recogeremos esta mañana?
—¿Para qué? —replicó él—. No necesitamos su compañia en el viaje a Bridgewater. —Entonces sonrió, y Hermione habría jurado que sus ojos eran grises otra vez—. Además, ésta es la ocasión perfecta para que nos conozcamos mejor.
No puedo esperar un minuto más.
Antes de que Hermione se diera cuenta, la cogió en brazos y la sentó en su regazo. Pero la reacción de la joven no se hizo esperar. Apenas Draco le hubo rozado los labios con los suyos, le dio una bofetada. Él la miró con desconcierto.
Y ella le devolvió una mirada de indignación.
Entonces, mientras la dejaba caer otra vez sobre el asiento, Draco dijo con brusquedad:
—No sé si debería pedirle perdón, señorita Grenger. Pero teniendo en cuenta el agujero que ayer dejó en mi bolsillo por el uso exclusivo de su dulce personita, creo que me debe una explicación. ¿O acaso se ha creído que soy uno de los pocos y selectos parroquianos de Pucey a los que les gusta combinar sexo con violencia? Porque le aseguro que no es el caso.
La boca de Hermione se abrió de asombro al tiempo que sus mejillas se encendían de rubor. La había comprado Draco, no Theo. Y ella había empezado la relación con una bofetada.
—Puedo... puedo explicárselo -dlijo con un nudo en el estómago.
—Eso espero, querida, porque de lo contrario pediré que me devuelvan el dinero.