Capítulo 5
Hermione se sintió consternada. No sabía cómo explicar lo que acababa de hacer. Y no lo sabía porque no podía pensar con claridad bajo la severa mirada de Draco. Lo único que tenía claro era que él la había comprado. Él, el hombre que tanto la turbaba. El que menos esperaba.
Y ahora comprendía por qué no había deseado que fuera él. La turbaba tanto que no podía pensar.
—Estoy esperando, señorita Granger.
¿Esperando qué? ¿Qué? ah sí, que le explicará por qué lo había abofeteado.
—Usted me sobresaltó —respondió.
—¿La sobresalta?
-Si. No esperaba que me atacara de ese modo.
—¿Atacarla?
Hermione se encogió ante el tono de su voz. Estaba hecha un lio. ¿Cómo comprender lo ocurrido sin admitir su necesidad? ¿Por qué no había preguntado quién la había comprado en un primer momento?
debería haberlo hecho. Aunque, en honor a la verdad, alguien tenga que haberlo dicho. No podía adivinarlo.
—Él escogió mal las palabras —concedió—. Pero no estoy acostumbrada a que un hombre me siente en su regazo y... en fin, como ya me dijo sobresalté y reaccioné sin pensar...
No habia terminado. Él seguía mirándola ceñudo y se había quedado sin excusas. No tenía otro remedio que confesar la verdad.
—Muy bien, si quiere saberlo, ayer no alcancé a ver cuál de ustedes tres había pujado por mí. Sólo oí el nombre de lord Malfoy, y cuando alguien llamó de ese modo a Theo creí...
—¡Caray! ¿Creíste que te había comprado mi primo? —No podía ocultar su sorpresa. Hermione volvió a sonrojarse y asintió con un gesto—. ¿Incluso después de que te lleves a mi casa? —Quería aclarar ese punto.
Hermione volvió a asentir con la cabeza. Aunque esta vez agregó:
—Usted dijo que era un arreglo temporal. Teniendo en cuenta la edad de Theo, supuse que todavía viviría con sus padres y que le habría pedido que me alojara por una noche. ¿Por qué, si no, iba a preguntar si lo recogeríamos esta mañana?
La sonrisa de él la confundió aún más.
—En realidad, querida, comenzaba a temer que te hubieras quedado prendada de ese bribón. No sería la primera vez. Pese a su corta edad suele despertar ardores entre las mujeres.
—Sí, es inusualmente apuesto —concedió ella, aunque enseguida se arrepintió de sus palabras. La sonrisa de Draco se desvaneció.
—Supongo que te quedarás decepcionada ahora que sabes que debes quedarte conmigo, ¿no?
Fue una pregunta desafortunada. La verdad estaba escrita en la cara de Hermione, aunque mintiera para tranquilizarlo:
—No, claro que no.
La expresión de Draco proclamó que no la creía, pero ella no quiso complicar las cosas con explicaciones.
La belleza de Theo la había impresionado,pero este caballero le despertaba sensaciones que no alcanzaba a comprender. Por supuesto había que con Theo todo sería bastante simple. Y estaba convencida de que nada sería simple con este hombre. Era natural entonces que prefiriera quedarse con Theo. Pues daba por sentado que la relación con él no seria tan complicada.
Cuando Draco no respondió y siguió mirándola con expresión dubitativa,
Hermione se defendió diciendo.
-Lord Malfoy puedo asegurarle que lo encuentro infinitamente superior a los otros dos caballeros que pujaron por mí. Sin embargo, nunca sospeche que mis preferencias tuvieran alguna relevancia en una transacción de esta naturaleza. Nadie me preguntó si usted me gustó. Eso no entraba en los términos del contrato.
- Acaso hubiera querido que fuera asi?
Draco sonrió al ver volverse las tornas, aunque la sonrisa no llegó a sus ojos. Y su tono fue seguramente seco cuando respondió:
-Buena respuesta, querida. Quiza debiéramos volver a empezar. acércate;
procuraré hacerte olvidar que no es Theo quien está sentado aquí. Y tu procurarás hacerme creer que lo ha olvidado.
Hermione miró la mano tendida. No podía rechazarla. Pero su estómago volvía a contraerse con extrañas sensaciones, y cuando por fin cogió la mano, la corriente ascendió con tal intensidad por su cuerpo que casi dio un respingo.
-Mucho mejor -dijo Draco mientras volvía a sentarla en su regazo.
Hermione esperó el beso con las mejillas ardientes.
Pero él no la besó. La movió ligeramente hacia un lado. luego hacia el otro,
y cuando sus brazos la rodearon por fin, lo oyó suspirar.
-Tranquilízate, querida -dijo con leve sarcasmo—. Apoya la cabeza donde quieras. Creo que me limitaré a abrazarte durante un rato para que te acostumbres.
Hermione se sorprendió, pero parte de la tensión se desvaneció al oírlo.
—¿No peso demasiado?
—En absoluto —respondió él con una risita.
El coche continuó traqueteando por las calles de la ciudad, que a esas horas de la mañana estaba congestionada de carros, coches y ciudadanos de camino al trabajo. Cuando llegaron a las afueras, Hermione estaba ya lo bastante tranquila para apoyar la cabeza en el pecho de él. Entonces Draco le acarició la cabeza,
rozándole la cara con el pulgar, cosa que no disgustó en absoluto a la joven.
Despedía una fragancia agradable, fresca y especiada, que también le gustó.
—¿Cuánto tardaremos en llegar a Bridgewater? — preguntó tras una pausa.
—Como nos de tendremos a comer por el camino, es muy probable que el viaje dure todo el día.
—¿Y qué hay en Bridgewater?
—Tengo una finca cerca de allí. Pensaba ir en estos días. En las proximidades hay una cabaña deshabitada en estos momentos y donde espero te encuentres cómoda durante un par de semanas, mientras busco un sitio apropiado para ti en Londres.
—Estoy seguro de que estaré a gusto.
Guardaron silencio durante la hora siguiente. Hermione estaba cómoda,
abrigada ya punto de quedarse dormida cuando oyó:
—¿Hermione?
—¿Mmmm?
—¿Por qué permitiste que te vendieran?
—Era la única manera de... —comenzó, pero se detuvo súbitamente. Tan tranquila y segura se sintio que habia estado a punto de confesar la verdad. Pero se apresuró a corregir su error—. Si no le importa, preteriría no hablar de ese tema.
Él le levantó la barbilla y la miró a los ojos. Definitivamente, los de él eran grises, llenos de curiosidad y de algo más que no atinaba a precisar.
_Aceptaré esa respuesta por el momento, cariño, pero no sé si podrás conformarme con ella la próxima vez—dijo con dulzura.
Entonces inclinó la cabeza y le rozó los labios con los suyos. No fue un gesto amenazador ni alarmante, apenas una suave caricia. Hermione suspiró,
aliviada. No había estado tan mal, y desde luego no parecía haber motivos para asustarse.
En Kettering la habían cortado varios jóvenes, pero ninguno se había atrevido a besarla. Como correspondía, su madre no les quitaba los ojos de encima. Pero ese beso habia sido muy agradable. Ahora no vio la razón para que los padres privaran a sus hijas de aquel recreo. .
El pulgar de Draco seguía acariciándole la mejilla. Sin embargo, después de unos instantes se desplazó a la comisura de la boca y se abrió paso con suavidad entre los labios entornados. Enseguida su lengua recorrió los labios, abriéndolos más, luego los dientes y por fin más allá.
Esto no era en absoluto reconfortante. De hecho, sintió una rebelión de curiosas sensaciones en las entrañas, pero a medida que el beso se prolongaba,
Hermione comprendió que esas sensaciones no eran desagradables. Ni mucho menos. Nunca había experimentado nada igual.
Procuró recordar los consejos de May: «No te quedes inmóvil como una manta empapada. Acaricialo siempre que se presente la ocasión. Hazle creer que lo deseas constantemente, tanto si es verdad como si no.»
Hermione no sabía cómo hacerle creer a Draco que lo deseaba, pero quizás bastara con acariciarlo... siempre que pudiera olvidar sus propias sensaciones y concentración en lo que debía hacer. Le tocó la mejilla y deslizo los dedos entre su pelo, suave y fresco comparado con la calidez de su boca...
Su boca. Estaba obrando magia en la de ella, impidiéndole concentrada en lo que hacía. Le así el pelo casi sin darse cuenta, mientras los dedos de la otra mano se hundían en su espalda, tirando de él, como si fuera posible acercarlo aún más de lo que ya estaba. Y tenia tanto calor que temió perder el conocimiento.
Pero la boca de Draco abandonó la suya repentinamente. Hermione creyó oír un gemido, aunque no habría podido asegurar de qué boca procedió.
Entonces, antes de que acabara de despenar de su ensueño y abriera los ojos, le oyó decir con voz crispada:
—Muy bien, creo que no ha sido una buena idea.
No entendió el sentido de las palabras, pero él volvió a dejarla sobre el asiento y sus manos se apartaron rápidamente de su cuerpo, así que dio por sentado que su peso tiene algo que ver. Apenas se atrevía a mirarlo mientras se esforzaba por recuperar la compostura y luchaba contra el rubor que le teñía las mejillas.
Cuando por fin alzó la vista, se observó que Draco tampoco parecía sereno. Se aflojaba el corbatín y se removía en el asiento, como si sus uñas se hubieran quedado enganchadas en la tapicería de terciopelo.
Cuando sus miradas se encontraron, el joven pareció advertir su confusión y procuró explicarse:
—Hermione, cuando decida hacerte el amor, lo haremos en una cama, como corresponde, y no dando tumbos en un coche en marcha.
—¿Estábamos a punto de hacer el amor?
—Sí, sin lugar a dudas.
—Comprendo.
Pero no lo comprendía. Estaban completamente vestidos. May le había explicado con tono burlón que algunos hombres hacían el amor a sus mujeres en la oscuridad y sin quitarse la ropa de noche, pero para hacerlo con sus amantes siempre se desnudaban.
Sin embargo, supuso que debía dar crédito a las palabras de Draco y convenir que, en este caso, habían estado a punto de hacer el amor. Sólo esperaba que los consejos y advertencias que había recibido le sirvieran de algo cuando por fin llegara el momento. Mientras tanto, todo se le antojaba demasiado confuso.
Se detuvieron en Newbury para almorzar en una modesta posada que Draco frecuentaba desde que había heredado la propiedad de Bridgewater. Sabia que el sitio era mas limpio que la mayoria y que la comida era excelente. Más aún,
brindarán un comedor privado a aquellos que no querían codearse con los parroquianos. Era un servicio bastante caro como para que solo pudieran disfrutarlo las clases acomodadas, y puesto que Draco aún no conocía las costumbres de , Hermione no quería arriesgarse a descubrir que carecía de buenos modales a la vista de todos los comensales.
Sin embargo, los modales de la joven eran impecables. No tendría que temer que lo avergonzara si por casualidad comían con otros conocidos. Y no vi razón para mantenerla escondida cuando se mudaran a Londres. A fin de cuentas, en la ciudad había muchos sitios donde uno podía llevar a una amante sin correr el riesgo de encontrarse con señoras que se sentirían agraviadas por la presencia de alguien de la clase y la profesión de Harmonione.
En el coche la había estudiado durante largo rato sin que ella lo advirtiera.
Sentada con recato y decoro y vestida con ropa que, sin ser cara, era perfectamente adecuada para una dama, bien podría haber pasado por la hija de un duque.
Su ropa le había sorprendido. Incluso a esa hora de la mañana, no esperaba verla con un atuendo tan insólito para una amante. Si eso era lo mejor que había encontrado en su maleta, tendría que comprarle algo más apropiado.
También le desconcertaba su forma de hablar. Su dicción era mejor que la de muchas personas de clase alta que, como él, tendían a chapucear las frases.
Pero Hermione a la luz del día era una revelación. Mucho mas bonita que la noche anterior, cuando parecia tan rígida y aturdida a causa de los nervios. Tenía un cutis impecable, de un suave tono crema que hacía que su rubor resultara aún más atractivo. Sus cejas finas y arqueadas realzaban unos ojos almendrados que parecían incluso más grandes gracias a las tupidas pestañas negras que los delineaban. Los pómulos destacados eran el marco ideal para una nariz pequeña y una barbilla delicada.
Su cabello castaño era naturalmente rizado, de modo que necesitaba pocos arreglos para parecer bien peinado. Lo llevaba recogido en una trenza por encima de la cabeza, y las finas y delicadas ondas que caían junto a las orejas le favorecían mucho. Y esos ojos, del más claro tono marron, tan expresivos cuando se llenaban de inocencia, enfado o simple confusión. Tendría que descubrir cuánto de lo que vieron en ellos era verdad, y cuánto un astuto artificio.
La encontré fascinante; de eso no cabía duda. La noche anterior había tardado siglos en conciliar el sueño sabiendo que estaba bajo el mismo techo,
mientras que ella había dormido como un ángel. Eso le habia molestado. La joven no había permanecido despierta, esperando su visita, porque ignoraba que estaba en la casa del hombre que la había comprado. Había pensado que ese hombre era Theo.
Draco aún no comprende su propia reacción ante el malentendido. Apenas conocía a esa chica. El solo hecho de haberla comprado no justificaba sus celos... al menos por el momento. ¿Y celos de Theo?
Claro que su primo no había disimulado su deseo de comprarla. Y ella había sabido que lo estaba apuesto. Naturalmente, si hubiera dicho lo contrario jamás la habría creído. Todas las mujeres encontré a Theo excepcionalmente atractivo. Y desde luego no se había dejado engañar cuando ella había asegurado que lo prefería a él. Era más que evidente que mentía.
Pero no debería preocuparse por esas cosas. Al fin y al cabo, no tenía el menor deseo de que se enamorara de él y empezara a fantasear con un hogar e hijos propios. Ningún hombre quería una cosa así de su amante.
Y ahora, después de lo que había pasado en el coche, sabía que la deseaba con todo su ser.
La falta de sutileza de la chica se había sumado a su propia pasión para formar una extraña mezcla que había desbordado su deseo. Todavía no podía creer cuánto la había deseado en el coche y cuánto tiempo había necesitado para recuperar la compostura.
Lujuria.
Debía reconocer que era el sentimiento más adecuado y conveniente que uno podía abrigar por una amante, de modo que no estaba disgustado. Puede que Hermione hubiera preferido a Theo en lugar de a él, pero su reacción había sido más que satisfactoria.
Todavía absorto en los mismos pensamientos, cuando acabaron de comer Draco dijo, aunque más para sí que para ella:
—Estoy tentado de alquilar una habitación aquí mismo; vaya si lo estoy.
Pero tengo la impresión de que la primera vez que hagamos el amor tardaremos varias horas, y en tal caso llegaríamos demasiado tarde a Bridgewater... ¿Por qué te sonrojas?
—No estoy acostumbrada a esta clase de conversación.
Draco rió. Su fingida inocencia le resultó divertida. Se preguntaba cómo pensaban mantener la farsa cuando por fin llegara el momento decisivo. Pero lo descubriría esa misma noche, ¿no? Y esa perspectiva lo hacia muy feliz.
—No te preocupes, querida. Pronto te acostumbrarás.
—Eso espero —respondió ella—. De lo contrario necesitaré aligerarme de ropa. Estos rubores constantes me dan calor.
Draco soltó una carcajada.
—Pues yo esperaba ocuparme de ese detalle.
-¿Amar? —dijo ella mientras se abanicaba con la mano la cara nuevamente encendida—. Estoy tanto calor pasando como si estuviéramos en verano.
—Supongo que cuando llegue el verano será difícil hacerte ruborizar —
respondió Draco, aunque sospechaba que nada cambiaría puesto que la joven parecía capaz de sonrojarse a voluntad. Sin embargo, no tenía intenciones de terminar con una farsa que por el momento le resultó divertido—. Ahora será mejor que nos vayamos antes de que cambie de idea y alquile una habitación.
Lo cierto es que la chica no brincó de la silla y corrió hacia la puerta, pero estaba claro que luchaba contra su deseo de hacer exactamente eso. Draco cabeceó mientras la seguía hacia la puerta. Extraña muchacha.
Si hubiera podido dar crédito a las apariencias, se habría sentido verdaderamente confundido. Pero había conocido demasiadas mujeres sofisticadas para saber que todo formaba parte del juego de seducción: esos pequeños artificios estaban destinados a divertir a los hombres, más que a engañarlos o a crear una falsa impresión.
Faltaba quizás una hora para que se pusiera el sol cuando llegaron a la cabaña para campesinos de la finca de Draco. La casa tenía una habitación con una cocina en un extremo, una mesa en el centro y una pequeña zona en el otro extremo que, a juez por la presencia de un canapé grande y mullido, debía hacer las veces de sala de estar, en el fondo había un dormitorio y un minúsculo cuarto de baño con una tina redonda en lugar de una bañera. Allí no habían llegado los adelantos de la vida moderna.
Los escasos muebles cubiertos de polvo atestiguaban que el lugar había estado deshabitado durante mucho tiempo. Había unas cuantas ollas colgadas de la pared encima del fregadero, una mesa pequeña con dos sillas, el amplio canapé cubierto con una manta y, en la alcoba, una sola cama sin sábanas.
Tampoco había armario. Pero la cabaña estaba en buen estado; la madera de las paredes no estaba podrida ni habia grietas que dejaran pasar el aire. Con una buena limpieza y unos cuantos artículos básicos quedaría acogedora.
Tras echar un vistazo al lugar, Draco fue a buscar leña a un cobertizo situado detrás de la casa y encendió el fuego. Cuando terminó, se sacudió el polvo de las manos y se volvió hacia Hermione.
—Tengo que ir a la casa para avisar que llegó —dijo—. Preferiría que nadie supiera quién eres y qué haces aquí, así que cuanto menos te dejes ver,
mejor.
Nunca he traído a una mujer a este sitio, ¿sabes? Si te vieran, te convertirías en la comidilla de los criados y la noticia llegaría pronto a los oídos de mi padre,
cosa que preferiría evitar. Pero haré que te traigan sábanas y algunas otras cosas esenciales y regresaré pronto. ¿No te importa quedarte sola un rato?
—Claro que no —respondió Hermione.
Draco la obsequió con una amplia sonrisa, aparentemente complacido al ver que ella no se quejaba de las condiciones del lugar.
— Estupendo. Y tal vez podamos cenar en el pueblo cuando regresemos. Está a apenas un kilómetro y medio de aquí y creo recordar que hay algunas fondas excelentes. —Mientras hablaba se acercaba a Hermione, que estaba sentada a la mesa,
y se inclinó para besarla frecuentemente en los labios—. No veo la hora de que llegue esta noche, querida. Y espero que compartas mi impaciencia.
Hermione se ruborizó otra vez, pero Draco ya no estaba allí para verlo.
Cuando la puerta se cerró tras él, la joven suspiró. ¿Esta noche? No. No estaba impaciente.
Para evitar pensar en ello, decidió adecentar un poco el lugar. Descubrió un par de cajas en el cobertizo del fondo: una estaba llena de platos rotos y en la otra había trapos y un cubo.
Usó los trapos para quitar el polvo de los exiguos muebles y para limpiar las ventanas y los armarios vacíos de la cocina. Pero no podía hacer mucho más sin jabón y sin escoba. De modo que poco después se sentó a esperar la llegada de Draco y de las cosas necesarias para convertir la cabaña en un lugar habitable.
Sin embargo, pronto anocheció y el cansancio de un largo día de trajín le pasó factura. En el coche, Hermione se había sentido más cómoda durante los breves momentos que había permanecido sentada sobre el regazo de Draco que durante el tiempo que había estado frente a él, bajo su atenta mirada que parecía querer leer sus pensamientos. Había sido una experiencia agotada. Así que antes de que llegara nadie se durmió en el canapé, abrigada por la manta y el calor del fuego.
