Hermione no supo qué pensar a la mañana siguiente, cuando despertó y encontró la cabaña en el mismo estado que la noche anterior. Por lo visto, Draco no había regresado, o si lo había hecho, no se había molestado en despetarla.
Pero era evidente que no se había quedado, pues no estaba allí en esos momentos.
Como tampoco los enseres que había prometido.
Aquel imprevisto la mantuvo en ascuas durante horas, preguntándose por el motivo de aquel cambio de planes. No se le ocurría nada. Lo único que podía hacer era esperar. La noche anterior Draco había dejado claro que no quería que ella fuera a la casa, así que ni siquiera podía ir a buscarlo para averiguar qué ocurría.
Por fortuna tenía el cesto que le había preparado la señora Hershal y que no había tocado el día anterior.
Estaba hambrienta. En el interior encontró un plato con cuatro bollos envueltos en un paño de cocina, un bote de mermelada y un cuchillo.
Los bollos, que ya estaban duros, bien habrían podido reemplazar el desayuno del día anterior, pero hoy, y teniendo en cuenta que la noche pasada tampoco había cenado, sólo consiguieron contentar su estómago durante unas horas, y Hermione deseó haber dormido más en lugar de despertarse con las primeras luces del alba que se filtraban a través de las ventanas sin cortinas.
A mediodía estaba demasiado preocupada para hacer caso de la advertencia de Draco sobre los posibles rumores que despertaría su presencia. Ya no le importaba lo que hubiera pensado enviarle; era la comida lo que más le preocupaba, y también la falta de recursos para conseguirla. Draco no le había dejado dinero ni un medio de transporte. Si no regresaba pronto, tendría serios problemas. La clase de problemas que la habían empujado a venderse como amante.
Pero, naturalmente, Draco regresaría. No le cabía la menor duda. El problema era cuándo. Por lo visto había olvidado que no había alimentos en la cabaña. Por la tarde, al ver que el caballero no volvía, el hambre empujó a Hermione a desobedecer sus órdenes. No podía hacer otra cosa. Tenía que encontrarlo.
Pero en cuanto abrió la puerta encontró su carta. Estaba metida en la rendija de la puerta y cayó al suelo cuando la joven se disponía a salir. Desde luego,
Hermione no sabía de quién era hasta que rasgó el sobre y la leyó:
Querida Hermione:
Nada más entrar en la casa un mensajero de mi padre se abalanzó sobre mí. Al parecer, requieren mi presencia en Haverston con suma urgencia, lo que significa que debería haber estado allí ayer. No quiero perder un solo minuto,
por eso envío esta nota en lugar de acudir en persona.
Ignoro por qué me han enviado a buscar, pero debería estar de vuelta en un par de días. Si no fuera así, te lo haré saber. Confío en que te encuentres cómoda hasta que volvamos a vernos. Hasta entonces...
Saludos cordiales,
DRACO.
¿Confiaba en que estaría cómoda durante un par de días? ¿Cuándo se había marchado con tanta prisa que había olvidado enviarle las cosas más imprescindibles para adecentar la cabaña? ¿Cuánto tiempo tardaría en caer en la cuenta de que no había hecho los arreglos necesarios y en tomar medidas al respecto? Estaba preocupado por la llamada de su padre y sin duda pensaría más en eso que en ella. Podrían pasar días...
¡Qué desconsideración! ¡Qué negligencia! Hermione estaba ya tan hambrienta que perdió la cabeza y arrojó la carta al fuego, donde le habría gustado arrojar al propio Draco Malfoy.
Tardó casi media hora en localizar la casa, que era la más grande de la zona.
No era simplemente una casa de campo, como había supuesto Hermione, sino una auténtica finca, con cuadras, huertos y un ejército de criados.
Pidió hablar con el ama de llaves y le explicó que lord Malfoy le había alquilado la cabaña para unas breves vacaciones y que había prometido que estaría correctamente amueblada y bien provista de alimentos, cosa que no había resultado así. Un pequeño problema, fácil de resolver. O al menos eso esperaba.
Pero el ama de llaves no se lo puso tan fácil.
—Yo no me ocupo de los arrendatarios de lord Lucius... quiero decir lord Draco, señorita. Bastante tengo ya con atender esta enorme finca, considerando la poca ayuda con la que cuento. El capataz de lord Draco se ocupa de los inquilinos. Lo enviaré a la cabaña en cuanto regrese, al final de la semana. Estoy segura de que él solucionará sus problemas.
—No me ha entendido —dijo Hermione y procuró explicarse mejor—: Ya he pagado por el uso de la cabaña, y no he traído más que la ropa imprescindible para mi estancia aquí porque me aseguraron que en la cabaña habría comida,
ropa de cama y todo lo necesario.
El ama de llaves arrugó el entrecejo.
—Entonces permítame ver su contrato de arrendamiento. Yo debo responder por todo lo que sale de esta casa, incluida la comida. No puedo darle nada sin instrucciones expresas del señor, y él no me dio ninguna cuando estuvo aquí anoche.
Naturalmente, no había ningún contrato de arrendamiento. Y la única prueba que tenía Hermione de que conocía siquiera a Draco era la carta que había arroja do al fuego.
Razón por la cual, se vio forzada a decir:
—No se preocupe. Pediré crédito en Bridgewater, si usted me indica cómo llegar allí.
—Desde luego, señorita —dijo el ama de llaves, nuevamente amable ahora que sabía que no tendría que sacar nada de su despensa—. Llegará allí por el camino del este. —Señaló en esa dirección.
Hermione se alejó de la finca sintiéndose mortificada.
Si no hubiera mentido acerca del alquiler de la cabaña, quizá habría obtenido la ayuda que necesitaba. Pero había querido guardar su relación con Draco en secreto, tal como él deseaba, y ésa era su recompensa: un ama de llaves suspicaz, que ni siquiera le había ofrecido una taza de té con pastas.
Regresó a la cabana aún más descorazonada y hambrienta. No tenía forma de conseguir crédito en el pueblo, desde luego. Se imaginó a sí misma pidiendo un préstamo en su condición de amante de lord Malfoy.
El banquero se reiría de ella y la pondría de patitas en la calle.
Pero al menos le quedaba algún objeto que podía vender en el pueblo para comprar comida. Tenía un reloj de bolsillo, una bonita joya con dos diamantes que le habían regalado sus padres al cumplir catorce años.
También tenía aquel horrible vestido rojo. Detestaba la idea de vender el reloj, pero no tenía alternativa.
Puso el vestido en el cesto de la señora Hershal. pensando que lo necesitaría para traer la comida a su regreso, y se dispuso a emprender el largo viaje hacia el pueblo. La cabaña no reunía los requisitos mínimos para vivir en ella, pero al menos en la cocina había agua fresca en abundancia y en el cobertizo leña suficiente para mantenerse caliente. Tenía incluso un plato y un bote de mermelada.
Hermione comenzaba a sentirse algo mejor cuando llegó a Bridgewater a última hora de la tarde. Pero el pequeño sentimiento de optimismo que albergaba no duró mucho, pues ninguno de los joyeros con quienes habló demostró el menor interés por comprar su reloj.
Ya anochecía cuando se dio por vencida y decidió probar suerte con el vestido.
La costurera, una tal señora Lafleur, estaba a punto de cerrar su tienda cuando Hermione llegó y sacó el vestido rojo del cesto para enseñárselo. Cuando le dijo que quería venderlo fue casi como si la hubiera insultado.
—¿En mi tienda? —exclamó la mujer mirando el vestido como si Hermione hubiera dejado una serpiente sobre el mostrador—. No tengo esa clase de clientela, señorita, y nunca la tendré.
—Lo siento —se vio obligada a decir Hermione—. ¿Conoce a alguien que la tenga?
—Claro que no —gruñó la mujer—. Podría darle unas cuantas monedas por el lazo, si puede quitarlo sin estropearlo. Yo no tengo tiempo. La chica que me ayudaba se ha marchado y lady Ellen me ha encargado un vestuario nuevo para su hija, y tengo que entregarlo la semana próxima. Es mi mejor clienta y podría perderla si no termino a tiempo.
Hermione no quería oír los problemas de esa mujer teniendo tantos en su haber, pero al menos le dieron una idea.
—Le ayudaré con el encargo de lady Ellen si me compra el vestido por cinco libras... —sugirió— y si me paga algo más, desde luego.
—¡Cinco libras! ¿Por un vestido del que sólo podré aprovechar la cinta? Le daré una libra por el lazo y terminará tres vestidos... sin ningún pago adicional.
—¿Diez libras por dos vestidos?
La mujer se escandalizó, y su cara naturalmente rubicunda se puso aún más roja.
—¡Yo no pago esa cantidad ni por un mes de trabajo!
Hermione pasó una mano por la manga de su chaquetilla.
—Sé lo que vale la ropa de calidad, señora Lafleur. Y si usted no pagaba a su ayudante esa cantidad por mes, la estaba estafando.
Para desgracia de la joven, su estómago escogió aquel momento para proclamar su hambre con un sonoro gruñido. Al ver la reacción de la costurera,
Hermione supo que la mujer llevaba las de ganar.
Una vez más, se vio obligada a cambiar de táctica y dijo:
—Muy bien, diez libras por terminar tres vestidos. Y a propósito, soy una excelente costurera.
Ya era de noche cuando Hermione terminó de regatear con la mujer. Pero tenía una libra en el bolsillo y la promesa de recibir otras cuatro cuando terminara los vestidos que ahora llevaba en el cesto junto con agujas, hilo y tijeras. Por fortuna, la hija de lady Ellen aún no había cumplido los diez años, así que no habría tanto que coser.
Desgraciadamente, no encontró ninguna tienda abierta y se vio obligada a comer en una posada, lo que le costó tres veces más de lo que pensaba gastar.
Pero aún le quedaban algunas monedas para comprar comida a un precio normal al día siguiente. También necesitaría una vela para coser por la noche. Y al menos una olla decente, jabón y...
No había sido un día en absoluto agradable. Paradójicamente, se encontraba en la situación que quería evitar cuando había decidido venderse. Pero al menos tenía el estómago lleno. Y la esperanza de recibir más dinero cuando terminara la tarea que le habían encomendado.
Sobreviviría... al menos lo suficiente para asesinar a Draco Malfoy a su regreso.
Draco llevaba meses sin pisar su casa de Haverston. Como casi todos los jóvenes de su edad, prefería la diversión, la sofísticación y los entretenimientos que ofrecía una ciudad como Londres a la vida de campo. Las dos fincas que le habían legado todavía no eran su hogar, o no en la forma en que lo era Haverston.
Sospechaba que sus tíos —Edward, James y Anthony— compartían sus sentimientos, pues los tres se habían criado en Haverston. Su prima Pansy también había vivido allí después de la muerte de sus padres. De hecho, Pansy,
a quien llevaba sólo cuatro años, era como una hermana para él ya que habían crecido juntos en Haverston.
Draco había llegado en plena noche. En lugar de viajar en coche, había cogido un caballo de las cuadras para llegar antes. Y había estado tentado de despertar a su padre para preguntarle por qué lo había enviado a buscar. Pero la expresión horrorizada del mayordomo cuando le había preguntado si le importaría despertar al señor lo había convencido de que debía subir a su antigua habitación y aguardar a la mañana.
Y tras pensarlo con más tranquilidad llegó a la conclusión de que había hecho lo correcto. Al fin y al cabo, si había acudido a su casa para ver cómo el techo se derrumbaba sobre su cabeza, despertar a su padre en plena noche sólo conseguiría hacer que ese techo fuera más pesado todavía. Aunque no recordaba haber hecho nada en los últimos tiempos que justificara la ira de Lucius. En realidad, no se le ocurría una sola razón para explicar su llamada.
Naturalmente, Lucius Malfoy no necesitaba una razón para convocar a un miembro de su familia. Era el mayor de los Malfoy, lo que lo convertía en el cabeza de familia, y tenía la costumbre de enviar a buscar a sus parientes, en lugar de ir a verlos él mismo, ya fuera para hablar con ellos, para informarles de algún asunto...
o para derrumbar el techo sobre sus cabezas. El hecho de que Draco tuviera otros planes, en este caso una hermosa mujer esperándolo en la cama, no podría haber importado menos a su padre. Cuando Lucius requería la presencia de algún familiar, éste debía acudir de inmediato. Así de sencillo.
Así que Draco aguardó hasta la mañana. Pero bajó a buscar a su padre apenas una hora después del amanecer. Claro que antes se encontró con Cissy No era de extrañar. Cissy siempre parecía estar al tanto de sus visitas e invariablemente lo buscaba para darle la bienvenida. Era un hábito tan arraigado que si Draco no la veía en una de sus visitas sospechaba que algo iba mal.
Era una mujer madura de excepcional belleza, con cabello rubio ceniza y grandes ojos castaños. Había comenzado a trabajar en la casa como doncella y luego había ascendido gradualmente en la jerarquía de los criados hasta ocupar el puesto de honor:llevaba veinte años como ama de llaves de Haverston.
En el transcurso de esos años se había esforzado mucho para mejorar su educación, tanto que había conseguido librarse del acento vulgar que Draco aún recordaba de su infancia y había adquirido una serenidad digna de una santa.
Y como todas las mujeres de la casa, desde la cocinera hasta la lavandera,
Cissy siempre había tratado a Draco y a Pansy con un talante maternal,
aconsejándolos, regañándolos o preocupándose por ellos cuando lo consideraba oportuno.
Era una conducta natural teniendo en cuenta que ninguno de los dos niños había tenido una madre cerca cuando más la necesitaban. Lucius se había casado con su esposa. Francés, precisamente para darles una madre.
Pero por desgracia las cosas no habían salido como esperaba. Lady Francés era una mujer enfermiza que se pasaba la vida tomando los baños en Bath y rara vez estaba en casa. Draco la tenía por una buena mujer, quizá un tanto nerviosa,
pero lo cierto era que ningún miembro de la familia había llegado a intimar con ella.
A veces se preguntaba si el propio Lucius la conocía o incluso si tenía algún interés por hacerlo. Eran una pareja extraña: Francés tan delgada, pálida y nerviosa; Lucius tan corpulento, robusto y bravucón. Draco no los había visto intercambiar una sola palabra de ternura en todo el tiempo que llevaban juntos.
Claro que no era asunto suyo, pero siempre había compadecido a su padre por la desafortunada unión con Francés.
Cissy había aparecido silenciosamente a su espalda, mientras Draco asomaba la cabeza en el estudio vacío de su padre. Su «bienvenido a casa» le había dado un susto de muerte, pero se había vuelto hacia ella con una sonrisa amable.
—Buenos días, Cissy. Supongo que no sabrás dónde está mi padre a una hora tan temprana de la mañana,
¿no?
—Claro que lo sé —respondió ella.
En realidad, Cissy siempre sabía dónde estaban todos los habitantes de la casa a cualquier hora. Draco ignoraba cómo se las apañaba para saberlo, con lo grande que era la casa y el pequeño ejército de personas a su servicio, pero ella era así. Tal vez simplemente supiera dónde debía estar cada uno, y dado que controlaba con serenidad y firmeza todas las actividades domésticas, nadie se atrevía a estar en ningún otro sitio sin mantenerla informada.
—Está en el invernadero —prosiguió—. Vigilando los rosales y rabiando porque no florecen de acuerdo con sus planes... O eso dice el jardinero —añadió con una sonrisa.
Draco rió. La horticultura era una de las aficiones de su padre, y se la tomaba muy a pecho. Era capaz de hacer un viaje a Italia si se enteraba de que por allí había un nuevo espécimen digno de su jardín.
—¿Y por casualidad no sabrás por qué me ha enviado a buscar?
Cissy negó con la cabeza.
—¿Acaso me crees capaz de husmear en sus asuntos personales? —dijo con tono regañón. Luego le hizo un guiño cómplice y murmuró—: Pero puedo asegurarte que esta semana no ha montado en cólera por ningún asunto en particular... aparte de las rosas.
Draco sonrió, aliviado, y resistió la tentación de abrazarla... durante cinco segundos. La mujer protestó entre sus brazos y dijo:
—Eh, vamos, no querrás que los criados se hagan una falsa idea.
Draco rió y le dio una palmada en el trasero antes de alejarse por el pasillo,
gritando por encima del hombro para que cualquier criado pudiera oírlo en un radio de cinco habitaciones a la redonda:
—¡Pues yo habría jurado que todo el mundo estaba al tanto de que te amo con locura, Cissy! Pero si no es así, y ya que insistes, guardaré el secreto.
Las mejillas de Cissy se encendieron de rubor,aunque vio marchar a aquel bribonzuelo con una sonrisa tierna y los ojos castaños llenos de un amor más grande del previsible. Pero de inmediato contuvo sus sentimientos maternales y continuó con sus obligaciones matutinas.
Tras muchos años de estar lleno hasta los topes, el invernadero había sido trasladado fuera de la casa.
Situado detrás de las cuadras, era un edificio rectangular con techo de cristal, casi tan grande como la propia casa. Las dos paredes principales eran también en gran parte de cristal y estaban constantemente empañadas por la humedad producida por docenas de braseros que ardían día y noche en el interior.
Draco se quitó la chaqueta en cuanto entró. El olor a flores, tierra y fertilizantes era sofocante. Y no le resultaría fácil encontrar a su padre en un sitio tan amplio, donde casi siempre había por lo menos media docena de jardineros trabajando.
Pero finalmente localizó los rosales y a Lucius Malfoy inclinado sobre los delicados pimpollos blancos que trasplantaba en esos momentos. A un desconocido le habría resultado difícil creer que ése fuera el marqués de Haverston, con la camisa arremangada, los antebrazos cubiertos de tierra, algún terrón en la ropa —otra camisa blanca estropeada— y una mancha de barro en la frente, adonde se había llevado la mano distraídamente para enjugarse el sudor.
Como casi todos los Malfoy, era corpulento, rubio y de ojos grises. Sólo unos pocos elegidos habían heredado el cabello negro y los ojos azul cobalto de la bisabuela de Draco, por cuyas venas se decía que corría sangre gitana, aunque ni Lucius ni ninguno de sus hermanos habían confirmado nunca ese rumor.
Lucius estaba tan absorto en su tarea, que Draco tuvo que carraspear varias veces para anunciar su presencia. Pero cuando el grandullón se volvió por fin, su atractivo rostro se iluminó con una sonrisa y dio la impresión de que se proponía abrazar a su hijo.
Draco retrocedió un paso, alzó una mano y dijo con cara de susto: —Si no te importa, acabo de bañarme. Lucius se miró a sí mismo y respondió:
—Comprendo. Pero me alegro mucho de verte, hijo. Ya no vienes por aquí muy a menudo.
—Y tú tampoco vas a Londres —replicó Draco.
—Es verdad.
Lucius se encogió de hombros, se dirigió hacia una bomba de agua y hundió los brazos en la tina que había debajo, rodeada por docenas de regaderas. Las flores más cercanas recibieron una cuota adicional de agua cuando sacudió las manos.
—Los negocios y las bodas son los únicos motivos capaces de arrastrarme a una ciudad tan atestada de gente —añadió Lucius.
—A mí me gustan las multitudes —respondió Draco.
Lucius soltó un gruñido.
—Como a la mayoría de los jóvenes, te encandilan las diversiones que puedes encontrar en la ciudad. En ese aspecto has salido a mis hermanos James y Tony.
Esa observación encerraba una crítica, y a pesar de su sutileza Draco se alarmó.
—Pero ellos están casados —respondió con fingido horror—. Caray, espero no haber caído en esa trampa sin darme cuenta.
—Sabes muy bien lo que he querido decir —gruñó Lucius con expresión severa.
Lo mejor de ser hijo de aquel austero y sobrio jefe de familia era que uno no tenía que refrenar el deseo de provocarlo como el resto de los parientes.
Draco había aprendido de pequeño que pese a su apariencia severa, su padre era mejor ladrador que mordedor, al menos cuando se trataba de su hijo.
Draco sonrió. Al fin y al cabo, todo el mundo sabía que James y Anthony Malfoy habían sido los picaros más célebres de Londres y que no habían sentado la cabeza hasta bien entrados los treinta.
—Claro que lo sé —respondió Draco sin perder la sonrisa—. Y cuando tenga la edad de tus hermanos, es probable que ya te haya dado un par de nietos.
Pero falta mucho para eso y mientras tanto me gusta seguir sus pasos... sin crear los escándalos que los hicieron célebres, por supuesto.
Lucius suspiró. Había sacado el tema que le preocupaba y, como de costumbre, Draco lo había eludido.
De modo que se concentró en los asuntos más inmediatos.
—Te esperaba ayer.
—Ayer viajé a Bridgewater. Tu mensajero tuvo que seguirme hasta allí.
Casualmente llegó en el mismo momento que yo y no me dio tiempo ni para cenar antes de salir hacia aquí.
—¿Bridgewater, eh? Conque te estás ocupando de tus propiedades. Nadie lo hubiera dicho después de oír a Bainsworth. Recibí una carta de él donde decía que llevaba una semana buscándote infructuosamente. Dice que es un asunto urgente. Por eso te envié a buscar.
Draco frunció la frente. Era cierto que en los últimos días ni siquiera había abierto su correspondencia, pero estaban en plena temporada festiva y las montañas de cartas lo amilanaban. De cualquier modo, no le gustaba la idea de que Bainsworth se pusiera en contacto con Lucius al menor problema. Las propiedades que administraba Bainsworth le habían sido legadas a él y su padre ya no tenía relación con ellas.
—Puede que vaya siendo hora de que contrate a una secretaria. Aunque,
como bien sabes por experiencia, Bainsworth suele hacer una montaña de un grano de arena. ¿Mencionó acaso el asunto que considera tan urgente?
—Tiene que ver con una oferta para comprar el molino, con cierta limitación de tiempo, y por eso está ansioso por encontrarte.
Draco maldijo entre dientes.
—Tal vez sea hora de que contrate también a otro administrador. El molino no está en venta, y Bainsworth lo sabe.
—¿Ni siquiera por un buen precio?
—Ni siquiera por el doble de lo que vale —respondió Draco con énfasis—
Ni por ningún otro motivo.
No acepté hacerme cargo de mis propiedades para venderlas sin más.
Lucius sonrió y le dio una palmada en la espalda.
—Me alegra oír eso, muchacho. Para serte franco cuando el administrador se dirigió a mí, pensé que estarías al tanto de la oferta y no quise esperar a verte en la boda la semana entrante. Pero después de esta pequeña charla, la próxima vez sabré.a qué atenerme... Si hay una próxima vez.
—No la habrá —le aseguró Draco mientras se dirigían a la salida.
—Y hablando de bodas...
Draco rió.
—¿Hablábamos de bodas?
—Bueno, si no es así deberíamos hacerlo —gruñó Lucius—. La boda de Amy se celebrará dentro de cuatro días.
—¿Asistirá Francés?
El hecho de que Draco se refiriera a su madrastra por su nombre de pila no era una falta de respeto hacia ella. Sencillamente, siempre le había resultado difícil llamarla «madre» cuando apenas la conocía.
Lucius se encogió de hombros.
—Nadie sabe lo que va a hacer mi esposa. Yo al menos no lo sé —dijo con manifiesta indiferencia—. Pero,
¿sabes, hijo?, hace unos días estaba pensando que mi hermano Edward,
pese a ser más joven que yo, está a punto de casar a su tercer hijo, mientras que yo...
—Está a punto de casar a su tercera hija —se apresuró a aclarar Draco, que sabía perfectamente adonde quería llegar su padre—. Sus hijos varones aún no se han dejado atrapar. Y hay una gran diferencia, pues las mujeres se casan en cuanto acaban los estudios, pero los hombres no.
Lucius suspiró, consciente de que había perdido la batalla.
—Me pareció... bueno, algo injusto.
—Padre, tú sólo tienes un hijo. Estoy seguro de que si hubieras tenido más,
o alguna hija, ya habrías conseguido casarlos a todos. Pero no puedes compararte con el tío Edward, que tiene una prole de cinco.
—Ya lo sé.
Echaron a andar hacia la casa en silencio. Y sólo cuando llegaron al comedor dispuesto para el desayuno, donde les esperaban una variedad de platos calientes, la curiosidad de Draco se impuso.
—¿De verdad te gustaría ser abuelo tan pronto?
La pregunta sobresaltó a Lucius, pero tras meditar unos segundos respondió:
—Pues sí, me gustaría mucho.
Draco sonrió.
—Muy bien. Lo tendré en cuenta.
—Excelente, pero... Bueno, espero que no sigas los pasos de James también en ese sentido. La boda ha de llegar primero que los niños.
Draco rió, aunque no porque la hija de James Malfoy hubiera nacido antes de que se cumplieran los nueve meses de su boda, sino porque era extraño ver sonrojarse a su padre. Y sabía por qué se ruborizaba. Tras hacer su pequeña declaración, Lucius había advenido de inmediato su error. A fin de cuentas, Draco era hijo ilegítimo y todos los conocidos de la familia lo sabían.
Ahora Lucius parecía disgustado por la risa de su hijo, y como era su costumbre, volvió las tornas diciendo:
—A propósito, ¿quién es la chica que llevaste a la casa de Londres la otra noche?
Draco puso los ojos en blanco. No dejaba de sorprenderle la rapidez con que su padre se enteraba de cosas que, en teoría, no debían llegar a sus oídos.
—Sólo una mujer que necesitaba ayuda.
—Me han llegado informes contradictorios —gruñó Jason—. Según Hanley es una zorra; y según Hershal, una señora. ¿Quién está en lo cierto?
—En realidad, ninguno de los dos. Ha recibido una buena educación, quizá mejor que la de muchas damas, pero no pertenece a la nobleza.
—Una pequeña aventura, ¿eh?
No era precisamente pequeña, pero Draco prefería que su padre no se enterara, así que respondió:
—Si, algo asi.
—Y te cuidarás mucho de no volver a llevarla a nuestra casa, ¿de acuerdo?
—Desde luego. Admito que fue una imprudencia por mi parte. No tienes que preocuparte. No volverás a oír hablar de ella.
—Los que no deberían oír hablar de ella son los criados, ni los de Londres ni los de aquí. Esta familia ya ha provocado demasiados chismorrees, suficientes para vanas generaciones. No tenemos por qué seguir contribuyendo al entretenimiento público.
Draco asintió. Estaba de acuerdo. Con la sola excepción de las circunstancias de su nacimiento, siempre había mantenido sus asuntos en la más absoluta reserva, y nunca había dado lugar a un escándalo. Se enorgullecía de ello y se proponía seguir así.
