Capitulo 7

Draco no regresó a Bridgewater. Pasó el resto del día con su padre en Haverston y a la mañana siguiente se marchó a Londres, donde revisó su correspondencia y leyó la larga carta de Bainsworth. Y ya que estaba allí,
comenzó a buscar una casa en alquiler para Hermione.

La búsqueda habría resultado más fácil si hubiera recurrido a su tío Edward.
Éste tenía casas en alquiler por todo Londres y sin duda le habría proporcionado lo que quería. Pero también le habría preguntado para qué quería la casa, y Draco no estaba dispuesto a confesar sus motivos al tío más apegado a su padre.

Los demás tíos no le habrían planteado problemas. Habrían comprendido perfectamente la situación, pues ellos mismos habían tenido numerosas amantes antes de casarse. Pero Edward era un hombre de familia y siempre lo había sido.
Por desgracia, sus tíos Tony y James no alquilaban propiedades en Londres,
o si lo hacían, dejaban que Edward se ocupara de ellas, como del resto de las inversiones de la familia. De modo que Draco se vio obligado a buscar por los cauces normales y recorrer toda la ciudad, visitando casas demasiado grandes,
caras o ruinosas. No encontró lo que buscaba hasta la víspera de la boda de su prima Amy, así que no tenía sentido ir a Bridgewater, sabiendo que tendría que regresar a Londres de inmediato.

Por otra parte, tampoco tenía sentido que Hermione siguiera en el campo cuando acababa de firmar el contrato de alquiler de una casa amueblada y lista para su ocupación. Lo único que necesitaba era una pequeña cuadrilla de criados,
pero Hermione debería ocuparse de contratarlos. De modo que envió una nota a su cochero para que fuera a buscarla.

En realidad, estaba demasiado impaciente por verla para esperar al día siguiente de la boda de Amy, cuando estaría libre para recogerla en persona. De este modo, la joven llegaría a la casa de Londres la noche siguiente y podrían iniciar una relación más íntima un día antes.

Eran muy raras las ocasiones en que toda la familia Malfoy se reunía bajo el mismo techo. Hasta los dos miembros más nuevos de la familia, Jacqueline, hija de James y Georgina, y Judith, hija de Anthony y Roslynn, dormían en un cuarto de la planta alta para que sus madres no tuvieran que correr a casa a darles de comer.
También estaba allí el hijo de Pansy, aunque éste ya tenía edad para comer solo.

Pansy contempló a su cada vez más amplia familia. El otro nuevo miembro era, naturalmente, el novio, Warren Anderson, ahora definitivamente atrapado después de la ceremonia a la que todos acababan de asistir.
Pansy sonrió con afecto a los recién casados. Eran una pareja perfecta:
Warren más alto que cualquiera de los Malfoy con su metro noventa de estatura,
de cabello castaño claro y ojos verde lima; Amy, la radiante novia vestida de blanco, de cabello negro y ojos azul cobalto.

La recepción se llevaba a cabo en la mansión de tío Edward, en Grosvenor Square. Corpulento, jovial y, a diferencia de sus hermanos, siempre de buen humor, Edward sonreía con orgullo mientras palmeaba la mano de su esposa Charlotte, que sollozaba en silencio a su lado. Charlotte no había parado de llorar durante la ceremonia, cosa comprensible, pues Amy era su hija menor.
Claro que, a decir verdad, la tía Charlotte lloraba en todas las bodas.

Su primo Draco, único hijo del tío Lucius, conversaba con el marido de Pansy, Blaise, y con los tíos Tony y James. Draco y Blaise eran amigos íntimos desde los tiempos del colegio, mucho antes de que Pansy conociera a Blaise y se enamorara perdidamente de él. Pero cuando sus tíos más jóvenes se acercaban a su marido, no podía evitar preocuparse.

Pansy suspiró, preguntándose si alguna vez se llevarían bien. No era muy probable. El tío Tony no pensaba que Blaise fuera un buen partido para ella, pues había sido un libertino. En el caso del tío James, bueno... su encono era algo más profundo, pues por desgracia Blaise se había enfrentado con él en alta mar en sus días de pirata. James había perdido la batalla y su hijo Theo había resultado herido, aunque no de gravedad.

Pero aquello había sido el punto de partida de innumerables enfrentamientos entre los dos.
Claro que ahora que Blaise pertenecía a la familia desde hacía varios años no intentaban matarse cada vez que se veían. Hasta era posible que se apreciaran, aunque ninguno de los dos lo reconociera y nadie que los oyera hablar pudiese sospecharlo. Cada vez que se encontraban, parecían enemigos acérrimos. Y Pansy no dudaba de que disfrutaban provocándose mutuamente.
Pero eso formaba parte de la tradición familiar, al menos en la rama masculina de la familia.

Todos sabían que los hermanos Malfoy no eran felices si no discutían entre ellos, aunque permanecían unidos ante cualquier dificultad externa.

Pansy se inquietó al ver que Draco había dejado a su marido solo con los tíos. Blaise se ponía de pésimo humor cuando cambiaba unas palabras con esa pareja, pues siempre terminaba aplastado por los sarcasmos de tío James. Estaba a punto de ir a rescatarlo cuando vio que se alejaba por voluntad propia. Y sonreía.

Pansy también sonrió. Por mucho que quisiera a sus dos tíos más jóvenes,
que siempre habían sido sus preferidos, quería más a su marido. Y si Blaise acababa de ganar unas de sus múltiples batallas verbales, se alegraba por él.

—¿Crees que la hará feliz? —preguntó Anthony a su hermano James ,sin apartar la vista de los recién casados.
—Aguardaré pacientemente el día en que deje de hacerlo.
Anthony rió.
—Detesto admitirlo, pero Blaise tenía razón. El gran afecto que sentimos por nuestras sobrinas nos ata de pies y manos a la hora de enfrentarnos con sus maridos.
—¿Verdad que sí? —James suspiró—. Aunque yo me guío por el principio de «ojos que no ven, corazón que no siente». Eso nos da cierto margen de maniobra.
—Mmm. Es cierto. Me pregunto si el yanqui tendrá ganas de continuar con sus lecciones de lucha libre.
—Yo pensaba preguntárselo personalmente.
Anthony rió, pero entonces notó la presencia de una recién llegada y dio un codazo a su hermano.
—¿Puedes creerlo? Ha venido Francés.
James siguió la vista de su hermano hasta la mujer delgada y menuda que estaba en el umbral de la puerta.
_¿Y eso te sorprende? —preguntó—.Cielos, ¿no querrás decir que Lucius y Francés aun no viven juntos?
—¿Acaso creíste que habían reparado esa valla cuando estabas en alta mar?
—Anthony negó con la cabeza—. En todo caso, la valla acabó de desmoronarse y la han cortado para leña. Ya ni siquiera se molestan en inventar excusas. Ella vive en la casa que compraron en Bath, y él en Haverston. De hecho, creo que es la primera vez en cinco años que los veo en la misma estancia.

James hizo una mueca de disgusto.
—Siempre pensé que era una tontería que Lucius se casara con ella por la razón que lo impulsó a hacerlo.
Anthony arqueó sus cejas morenas.
_¿De veras? A mí me pareció un acto de nobleza. Ya sabes, el sacrificio y todas esas patrañas tan propias de los ancianos.

«Los ancianos» era la expresión que estos dos picaros usaban para referirse a sus hermanos mayores, puesto que la diferencia de edad entre los dos pares era notable. Anthony sólo le llevaba un año a James y Lucius sólo un año a Edward,
pero entre James y Edward había nueve de diferencia. La única hermana,
Melissa, muerta cuando su hija Pansy contaba dos años, ocupaba el lugar intermedio.

—Los niños no necesitaban una madre, sobre todo teniendo en cuenta que los cuatro hermanos podríamos haber ayudado a criarlos. Además, Francés nunca les dedicó el tiempo suficiente para ocupar el lugar de una madre.
—Es verdad —convino Anthony—. Los planes de Lucius se troncharon. Es para compadecerlo, ¿no?
—¿Compadecer a Lucius? —gruñó James—. De eso nada.
—Eh, venga, hermano. Quieres tanto a los ancianos como yo. Puede que Lucius sea pomposo, tirano y gruñón, pero tiene buenas intenciones. Y ha hecho tal desastre de su vida privada que deberías compadecerlo, sobre todo teniendo en cuenta que tú y yo nos casamos con las mujeres más encantadoras, adorables y hermosas de este lado de la creación.
—Bueno, así planteado, supongo que podría sentir una pequeñísima migaja de compasión por él. Aunque si alguna vez se lo cuentas a ese cabeza de alcornoque...
—No te preocupes —dijo Anthony con una sonrisa—• A Ross le gusta mi cara tal cual es. Dice que tus puños no la favorecen. Y cambiando de tema, ¿qué te contaba Draco hace un momento?
James se encogió de hombros.
—Me ha dicho que necesita consejo, pero que éste no es el sitio adecuado para discutir el asunto.
—¿Crees que está metido en un lío? —especuló Anthony—. No me sorprendería, pues al parecer ha decidido seguir nuestros pasos.
—Y arrastrar a Theo con él —gruñó James.
Anthony rió.
—Eso sí tiene gracia. Tu joven heredero ya se corría sus propias juergas con tu tripulación cuando tenía no dieciséis años, o puede que antes. Draco no hace más que enseñarle la mejor forma de divertirse.
—O tal vez Theo le esté enseñando a él la peor. Maldita sea, me estás haciendo decir tonterías. No hay una mala manera de divertirse.

Al otro lado del salón, lady Francés se acercó a su marido. Estaba tan nerviosa que casi temblaba, pero no titubeó. Con la ayuda de su querido Oscar había tomado la decisión de confesarse ante Lucius. O al menos de contarle todo aquello que él no hubiera adivinado ya.

Era hora de que la farsa de su matrimonio terminara. En realidad, ella nunca había querido casarse con él; de hecho, la sola idea le causaba horror y en un principio se había negado en redondo. Al fin y al cabo, era un hombre fornido como un toro, severo, temperamental, con una repulsiva inclinación a los placeres de la carne... en fin, un hombre aterrador. Y Francés sabía muy bien que no estaban hechos el uno para el otro.

Pero su padre la había obligado a casarse porque deseaba emparentarse con los Malfoy, aunque no había vivido lo suficiente para disfrutar de la relación.
Los dieciocho años de matrimonio habían sido tan insoportables como Francés había sospechado. Cada vez que Lucius se le acercaba la embargaba una terrible aprensión. Jamás la había sometido a ninguna clase de violencia física,
pero el solo hecho de saber que era un hombre violento, propenso a los exabruptos, bastaba para mantenerla en vilo. Y Lucius siempre estaba protestando por algo que no le gustaba, ya se tratara de la actitud de alguno de sus hermanos,
de algún asunto político o sencillamente del clima. No era sorprendente que Francés buscara constantemente excusas para evitarlo.

Su principal excusa había sido la salud, lo que había inducido a Lucius a pensar que era una mujer enfermiza.
De hecho, toda la familia Malfoy lo creía así. Su constitución delgada y la extrema claridad de su piel, que podía pasar fácilmente por palidez, habían contribuido a cultivar esa imagen. Pero la verdad era que gozaba de una excelente salud. Uno podría incluso decir que era tan fuerte como un toro.
Aunque nunca había permitido que Lucius se enterara.

Pero estaba cansada de ocultar la verdad. Harta de estar casada con un hombre a quien no podía soportar, sobre todo ahora que había hallado a uno que le gustaba.

Oscar Adams era la antítesis de Lucius Malfoy. No era muy alto —más bien bajo— y no tenía un gramo de músculos. Era un hombrecillo tierno, encantador y refinado en el hablar, más interesado en los asuntos académicos que en la pasión física.
Tenían muchas cosas en común y habían descubierto que se amaban tres años antes. Francés había tardado todo ese tiempo en reunir el valor necesario para confesarle la verdad a Lucius. ¿Y qué mejor momento para romper un mal matrimonio que el mismo día en que comienza otro más feliz?

—¿Lucius?

Él no se había percatado de su llegada y estaba conversando con su hijo Draco. Los dos se volvieron y la saludaron con una sonrisa. La de Draco era sincera,pero no le cabía duda de que la de Lucius no. De hecho, a Francés no le cabía duda de que él deseaba su compañía tanto como ella la de él. Se alegraría por lo que iba a decirle. Y no pensaba retrasar la cuestión con un preámbulo intrascendente.

—¿Puedo hablar un momento contigo? En privado.
—Claro, Francés. ¿Te parece bien que vayamos al estudio de Edward?

Ella asintió con la cabeza y cruzó la estancia a su lado. Su nerviosismo creció. En realidad, no debería haber aceptado esa sugerencia. Tendría que haber hecho un aparte allí mismo y discutido el asunto en murmullos.
Nadie se habría enterado de nada, y la presencia de los demás le habría servido de protección contra la cólera de Lucius.
Pero ya era demasiado tarde. En ese preciso momento él cerraba la puerta del estudio de su hermano.

Lo mejor que podía hacer Francés era caminar hasta el otro extremo de la habitación para poner uno de los grandes sillones de la estancia entre los dos. Sin embargo, cuando lo miró, la expresión burlona de Lucius hizo que las palabras se le atragantaran. Y aunque sabía que él debería alegrarse por lo que tenía que decir, las reacciones de Lucius Malfoy eran siempre impredecibles.
Tuvo que respirar hondo para recuperar el habla.
—Quiero el divorcio.
—¿Qué?
Ella tensó los músculos.
—Me has oído muy bien. No pretendas que me repita sólo porque he conseguido sorprenderte, aunque sabe Dios que no deberías estar sorprendido.
No es como si alguna vez hubiéramos tenido un matrimonio normal.
—Lo que tengamos, señora mía, no viene al caso. Y lo que experimento no es sorpresa, sino total y absoluta incredulidad ante el hecho de que te atrevas siquiera a insinuar algo así.
Por lo menos no gritaba... todavía. Y su cara estaba apenas sonrojada.
—No era una insinuación —dijo ella mientras se preparaba para el estallido — sino una exigencia.
Lo había cogido con la guardia bajada por segunda vez. Por un instante,
Lucius se limitó a mirarla con incredulidad. Luego frunció el entrecejo en esa mueca inclemente que solía retorcerle las tripas a Francés. Y esta vez no fue una excepción —Sabes tan bien como yo que no podemos divorciarnos, Francés. Procedes de una buena familia y te consta que en nuestro círculo el divorcio es algo inconcebible...
_No lo es —contestó ella—; sólo escandaloso. Y no sería el primer escándalo en tu familia. Tus hermanos han provocado uno tras otro en el transcurso de los años desde que se marcharon a Londres. Tú mismo diste mucho que hablar cuando anunciaste que tu hijo ilegítimo se convertiría en tu heredero.
La cara de Lucius ya estaba más roja. No sabía encajar las críticas a su familia; nunca lo había hecho. Y, sin duda, decir que los Malfoy habían provocado muchos escándalos podía considerarse como una crítica.
—No habrá ningún divorcio. Francés. Puedes continuar escondiéndote de mí en Bath, si eso quieres, pero seguirás siendo mi esposa.
Esa reacción, tan típica de él, enfureció a Francés.
—Eres el hombre más desconsiderado que he tenido la desgracia de conocer, Lucius Malfoy. ¡Quiero rehacer mi vida! Pero a ti no te importa,
¿verdad? Tienes una amante viviendo bajo tu mismo techo, una mujer de clase baja con quien nunca podrías casarte, aunque estuvieras libre para hacerlo, sin provocar un escándalo aún mayor que un divorcio. Por eso no quieres que las cosas cambien... ¿Por qué pones esa cara?
¿Crees que no estoy al tanto de lo de Cissy?
—¿Esperabas que me mantuviera célibe cuando tú jamás has querido compartir mi cama?
La cara de Francés ardía, pero no estaba dispuesta a permitir que Lucius descargara toda la responsabilidad de su desastroso matrimonio sobre sus hombros.

—No necesitas excusarte, Lucius. Cissy era tu amante antes de que te casaras conmigo, y cuando nos casamos tenías toda la intención de mantenerla como amante, que es exactamente lo que has hecho. Y no pienses mal, pues eso nunca me importó. Todo lo contrario. Por mí, podía quedarse contigo.
—Eres muy generosa, querida.
—Tampoco es necesario que te pongas sarcástico. No te quiero y nunca te he querido. Y tú lo sabes bien.
—Eso nunca fue un requisito ni una expectativa en nuestro trato.
—No, claro que no —convino ella—. Para ti nuestro matrimonio nunca fue más que un trato. Pues bien, yo quiero romperlo. Me he enamorado de un hombre y deseo casarme con él. Y no me preguntes quién es.
Debería bastarte con saber que no se parece en nada a tí.

Había conseguido sorprenderlo otra vez. Hubiera preferido dejar a Osear fuera del asunto, pero su mención le confirmaría a Lucius que hablaba muy en serio.
Sin embargo, él aún no parecía dispuesto a mostrarse razonable. Claro que un hombre intransigente y obstinado como él nunca se mostraba razonable.
Todavía le quedaba otra baza por jugar. En el fondo, había deseado no tener que usarla. Al fin y al cabo, el soborno era una táctica muy desagradable. Pero tendría que haber adivinado que no convencería a Lucius por las buenas.
Y tan grande era su deseo de terminar con su matrimonio que estaba decidida a recurrir a cualquier medio incluido el soborno.

—Acabo de darte una excelente razón para divorciarte de mí —
señaló con serenidad.
—Creo que no me has escuchado...
—¡No! Eres tú quien no me escucha a mí. No pretendía caer en una bajeza semejante, pero tú me obligas.
Concédeme el divorcio o... Draco se enterará de que su madre no está muerta. Sabrá que está viva y que ha estado en Haverston todos estos años... y en tu cama. Si te niegas a ser razonable, todo el mundo conocerá por fin tu gran secreto, Lucius. Así pues, ¿qué escándalo prefieres ?