Capítulo 8
La casa de Londres era muy bonita, pero Hermione no dio por sentado que sería su nuevo hogar. Estaba cansada de dar las cosas por sentadas. Incluso si era cierto que viviría allí, el hecho de que la casa fuera agradable y estuviera amueblada con buen gusto no la tranquilizaba. No creía que nada pudiera tranquilizarla después de los espantosos cinco días que acababa de pasar.
El cochero de Draco había llegado a la cabaña a primera hora de la mañana,
cuando ella se disponía a emprender su caminata diaria hasta el pueblo. Hermione supuso que le traía un mensaje de Draco, pero no, el hombre le había dicho que estaba allí para llevarla a Londres. No le había dado ninguna explicación de por qué la había dejado librada a su suerte durante cinco interminables días. De hecho, el cochero no tenía ninguna otra información para ella. Sólo le habían dado instrucciones de recogerla y llevarla a Londres.
Hermione se había apresurado a empacar todo, incluidos los pocos artículos esenciales que se había visto obligado a comprar, por si volvían a llevarla a un sitio tan espartano como la cabaña. Pero le había pedido al cochero que antes la llevara a Bridgewater para entregar el último vestido que le habían encargado y que, por fortuna, había terminado de coser la noche anterior.
Había acabado con los cinco primeros vestidos en tres días, pese a que había pillado un molesto resfriado.
Sabía que no le darían más dinero hasta que terminara con el encargo. Pero la costurera había quedado tan conforme con su trabajo que le había encomendado el resto del pedido: otros tres vestidos por dos libras más.
Así que por lo menos no estaba sin un céntimo. Incluso había pagado por su propia comida al mediodía, cuando el cochero se había detenido en una posada,
y compró algo más de comida para llevar consigo por si acaso. Después del miedo que había pasado al sola encontrarse el primer día en la cabaña, tardaría un tiempo en dejar de preocuparse por su sustento.
Draco Malfoy le debía muchas ayudas, y Hermione esperaba ser capaz de mantener la calma el tiempo suficiente para oír lo que tenía que decir. Pero durante todo el viaje a Londres había estado hirviendo de rabia contenida, y cuando llegó a su destino, a última hora de la tarde, estaba tan tensa que le dolía todo el cuerpo.
Eso, sumado al resfriado, a la fiebre y al hecho de que en la casa no hubiera nadie para recibirla, no hizo más que aumentar su irritación.
Le quedará una hora de luz natural para explorar la casa. El cochero sólo había permanecido allí lo suficiente para encender el fuego. Y habia multiples lamparas y velas para alumbrar por la noche.
No era una casa grande para los cánones de la nobleza, pero las siete habitaciones eran agradables, cómodas y amplias, y la casa estaba situada en un barrio elegante, con un pequeño parque en el centro.
Había una pequeña cocina independiente con una habitación contigua para uno o dos criados —contenía dos camas estrechas—, un comedor con una mesa lo bastante grande para seis personas, un salón, un pequeño estudio y dos dormitorios en la planta alta.
El hecho de que estuviera completamente amueblado, incluso con una estantería llena de libros en el estudio, pinturas exquisitamente enmarcadas en las paredes, adornos sobre las mesas y la cocina bien surtida de alimentos no perecederos, la indujo a creer que era la vivienda habitual de alguien. Muchos caballeros alquilaban sus casas de la ciudad mientras pasaban una temporada en el continente o en sus fincas del interior. Pero ya estaba dando cosas por supuestas, y se había prometido no volver a hacerlo.
Junto al dormitorio más grande, que Hermione pensó sería el suyo si hubiera de permanecer allí, había un cuarto de baño completo y moderno. Cuando termine de inspeccionar la casa tomo un baño. La incómoda tina de la cabaña —con poca agua caliente, puesto que tenía que calentarla y cargarla hasta allí— no había sido en absoluto satisfactoria. Esta bañera sí era cómoda, aunque Hermione no se demoró, pues no sabía cuándo podía aparecer Draco.
En la cocina no había comida fresca, de modo que comió lo que había traído de la posada. Podría haber preparado algo con los alimentos no perecederos, pero no tenía ganas de cocinar. La fiebre le había subido varios grados, como ocurría cada noche. Esperaba poder curarse el resfriado ahora que estaba en Londres.
Las caminatas largas diarias hasta Bridgewater en el aire helado, y una vez bajo la lluvia, no le habían permitido reponerse.
La fiebre junto con la comida abundante, el baño callente y el fuego acogedor conspiraron todos para que se queden dormida en el sofá de la sala.
Pero despertó al oír la llave en la puerta principal y tuvo tiempo suficiente para sentarse antes de que Draco apareciera en el umbral, aunque no para parecer despierta.
Tenía los ojos entornados, los pasadores se habían caído de su pelo, dejando que éste cayera en cascada sobre los hombros, le goteaba la nariz, como de costumbre, y estaba a punto de sonar con el pañuelo que llevaba siempre consigo cuando lo vio. Caramba. Casi había olvidado lo guapo que era, sobre todo vestido con ropa formal, como en esa ocasión. A juzgar por su elegancia, la fiesta de la que venía, oa la que se dirigía, debía de ser muy especial.
—Hola, querida Hermione—dijo con una sonrisa afectuosa—. Aún es temprano para dormir. ¿Acaso te ha agotado el viaje?
Ella asintió y de inmediato negó con la cabeza. Demonios, aquél no era el mejor momento para tener la mente nublada por el sueño.
—Habría venido antes —prosiguió él mientras se acercaba—. Pero la boda a la que acabo de asistir congregó a toda mi familia, y es muy difícil escapar de ellos. ¿Qué te ha pasado en la nariz?
Hermione parpadeo. Se llevó la mano automáticamente a la nariz y el contacto con la piel despellejada le ocultó a qué se refería Draco. Estaba tan acostumbrada a no tener espejo en la cabaña que ni siquiera había recordado mirarse en alguno de los de la casa, aunque podía imaginar los estragos causados por el uso constante del pañuelo.
—Estoy constipada —comenzó, pero la sola mención de su estado aclaró su mente y desató su furia contenida—. Pillé un resfriado caminando hasta Bridgewater. Sin duda se preguntará por qué iba a hacer algo así con el tiempo tan frío. Bien, estaba muerto de hambre, y puesto que en la cabaña no había comida ni tenía esperanzas de que apareciera por obra y arte de magia, tuve que emplear el único medio de transporte que tenía, o sea mis pies, para ir a comprarla. Claro que tampoco tenía dinero, de modo que me vi obligado a buscar un trabajo para poder comer.
Su sarcasmo apareció a Draco, pero lo que más le alarmó fueron las últimas palabras: Hermione había tenido que buscar trabajo. Dio por supuesto que para alguien del oficio de la joven, trabajar equivalía a hacer una sola cosa, la que encontraría más sencilla y familiar, es decir, vender sus favores.
Y sus pensamientos se pusieron de manifiesto cuando preguntó con secuencia:
—¿Y qué clase de trabajo encontraste?
El hecho de que, después de todo lo que le había contado, sólo se interesara por ese punto hizo que Hermione respondiera airadamente:
—¡No el que usted piensa! Pero ¿y qué si lo hubiera sido? ¿Le parecería mejor que me hubiera muerto de hambre?
Era evidente que lo estaba acusando, de modo que Draco se puso a la defensiva.
—Que me aspen si sé de qué hablas —gruñó—. ¿Cómo ibas a morirte de hambre si ordené que te enviaran comida para varias semanas? Y mi cochero se quedó allí a tu disposición, de modo que no necesitabas ir andando a ningún sitio, a menos que quisieras hacerlo.
Hermione lo miró con incredulidad. O sufría algún tipo de alucinación o mentía. ¿Y qué sabía ella de él, después de todo, para creer que no era un mentiroso? Le había parecido agradable. Le habia pareado cortés.
Pero quizás todo hubiera sido una estratagema para que ella no sospechara que disfrutaba haciendo que la gente sufriera privaciones o pasara miedo. Si esto último era verdad, estaba en una situación más delicada de lo que había supuesto, atada a Draco por el contrato de compraventa hasta que él decidió poner fin a la relación.
La sola idea de que pudiera ser un hombre cruel la enfureció hasta tal punto que se puso en pie y comenzó a arrojarle todo lo que tenía al alcance de la mano,
mientras gritaba:
—¡Nadie me envió comida! ¡El cochero no apareció hasta esta mañana! ¡Y si piensa que va a engañarme y confundirme con sus embustes...!
No continuó porque Draco no permaneció inmóvil bajo la lluvia de proyectiles. Esquivó el primero con facilidad y el segundo pasó por encima de su cabeza mientras se abalanzaba sobre Hermione , la empujaba al sofá y caía encima de ella.
Cuando recuperó el aliento después del impacto, Hermione gritó:
—¡Quítese de encima, torpe!
—Mi querida niña, te aseguro que no cayó encima de ti por torpeza. La posición en que nos encontramos es intencionada, te lo aseguro.
—¡Pues quítese de encima de todos modos!
—¿Para que sigues con tu ataque? Pues no. La violencia no formará parte de nuestra relación. Juraría que ya lo había dejado claro.
—¿Y cómo llamaría a la forma en que me está aplastando?
—Pura y simple prudencia. —Hizo una pausa y sus ojos se volvieron cada vez más oscuros mientras la miraba—. Aunque también diría que es una posición muy agradable.
Hermione entornó los ojos.
—Si está pensando en besarme, le aconsejo que no lo haga —advirtió.
-¿No?
-No.
Draco suspiró.
—De acuerdo —dijo, pero una media sonrisa se asomó a sus labios cuando añadió—: Aunque yo no siempre sigo los buenos consejos.
Era imposible detenerlo en la posición en que se encontraron, sobre todo porque él le cogió la barbilla para evitar que girara la cabeza. Sus labios rozaron los de Hermione y se apartó, como si se hubiera quemado. De hecho, fue el calor de la fiebre lo que le hizo apartarse.
—Cielo santo, estás enferma. Estás ardiendo de fiebre. ¿Te ha visto un medico?
—¿Cómo quiere que pagara a un médico si las monedas que gané como costurera apenas me alcanzaron para comer?
Con la cara roja de rabia, Draco se levantó y exclamó:
—Explícate. ¿Te robaron? ¿Acaso se quemó la cabaña con todo lo que contenía? ¿Cómo es que no tenías comida, cuando ordené que te enviaran más que suficiente?
—Eso dice usted, pero como no llegó nada, yo dije que no es cierto.
Draco tensó los músculos.
—No me acuses de mentir, Hermione. No sé qué sucedió con las provisiones que envié a la cabaña, aunque lo averiguaré. Y es verdad que dejé instrucciones.
También dejé el coche y el cochero a tu disposición.
Parecía sincero. Hermione deseó tener la certeza absoluta de que lo era. Pero se limitó a concederle el beneficio de la duda hasta que tuviera pruebas de lo contrario.
—Si eso es cierto, le aseguro que no le vi el pelo al cochero hasta esta misma mañana.
—Tenía que pasar por la cabaña todos los días para preguntar si lo necesitarías. ¿Quieres decir que no lo hizo nunca?
—¿Cómo quiere que lo sepa, si casi nunca estuvo allí? ¿O no ha oído que cada mañana iba al pueblo a comprar comida?
Finalmente Draco comprendió por lo que había tenido que pasar la joven...
y sola.
—Dios santo, entonces no me extraña que te abalanzaras sobre mí. Ay, Hermione, lo siento muchísimo.
Crema. Si hubiera sabido que estabas tan incómoda en la cabaña, habría regresado de inmediato.
Parecía tan mortificado que Hermione sentía deseos de tranquilizarlo. En realidad, a pesar del miedo y la preocupación, la situación no hubiera sido tan terrible si no hubiera sido invierno y no hubiera pillado un resfriado. Y ahora que la ira la abandonaba, los sintomas del resfriado se hacian mas patentes.
Se reclinó en el sofá. Tras haber derrochado tanta energía en su rabieta, se sintió débil.
—Creo que me vendría bien un poco de descanso...
—Y un médico —agregó él mientras la levantaba en brazos y se dirigía al dormitorio.
—Puedo andar —protestó ella—. Y lo único que necesito es descansar,
ahora que no tengo que salir al aire frío.
Draco dio un respingo, aunque ella no lo notó. Comenzaba a marearse al ver que las paredes pasaban a su lado a una velocidad vertiginosa. ¿Acaso Draco corre escaleras arriba? No; se estaba desmayando y muy pronto perdio por completo el sentido.
-¿Mariquita?
Narcissa se despertó lentamente, pero cuando se volvió y vio a Lucius sentado en el borde de la cama, sonrió. No esperaba que regresara a Haverston esa noche.
Tenía planeado quedarse en la casa de Londres, pues la fiesta de boda de Amy acabaría muy tarde. Pero el que apareció en plena noche y en su habitación no era motivo de alarma, pues era bastante normal en él.
—Bienvenido a casa, amor mío.
Él era exactamente eso. Lucius Malfoy había sido su amante durante más de la mitad de su vida. A Cissy siempre le había costado creer que un hombre tan importante como el marqués de Haverston pudiera enamorarse de ella. Pero ya no dudaba de sus sentimientos.
Al principio, él había coqueteado con ella como haría cualquier joven caballero que descubre a una doncella bonita viviendo bajo su mismo techo. Él tenía veintidós años y estaba soltero. Ella acababa de cumplir los dieciocho y se había dejado fascinar por su belleza y su encanto, que pocas personas conocían.
Habían sido discretos, naturalmente —de hecho, muy sigilosos—, porque él aún vivía con sus dos hermanos menores y debía dar ejemplo. Había intentado romper la relación una vez, cuando uno de sus hermanos estuvo a punto de descubrirlos. Y había vuelto a intentarlo cuando pensó que estaba obligado a casarse.
Debería haberla enviado a otro sitio, pero después de las promesas que le había hecho, no se atrevía.
Sin embargo, se consolidará un apartado de ella durante casi un año.
Pero había salido a su encuentro en una ocasión, cuando ella estaba sola, y en un instante la pasión se había encendido como si no hubiera estado dormida durante todos aquellos meses. Y no lo había estado. La imposibilidad de tocarse cuando se necesitaban era físicamente dolorosa para ambos. Durante estas separaciones los dos sufrieron demasiado, de modo que después de la última, él juró no volver a abandonarla.
Y cumplió su palabra. Ella era una esposa para el en todos los sentidos,
menos en uno: el legal. Discutía sus decisiones y sus preocupaciones con ella. La colmaba de atenciones cuando estaban solos. Y pasaba con ella todas las noches cuando estaba en casa, sin temor a que los descubrieran, pues había hecho construir una puerta secreta que unía la habitación de Cissy con una pared falsa que ya existía en la suya.
Una casa tan antigua como Haverston tenía numerosas salidas secretas que habían sido de utilidad en los años de revueltas religiosas y políticas. La puerta secreta en el dormitorio del amo comunicaba con una serie de escaleras y pasadizos que acababan en el sótano, donde había otras dos salidas secretas, una que conducía al exterior y otra a las cuadras. Pero el pasadizo del sótano también pasaba por las habitaciones de servicio y había sido muy sencillo para Lucius hacer instalar otra puerta secreta en la habitación de Cissy, que habían usado desde entonces.
Como de costumbre, Lucius había llevado una lámpara consigo, pero de todos modos Cissy tardó varios minutos antes de advertir su preocupación.
Le acarició con dulzura la mandíbula tensa.
—¿Qué pasa?
—Francés quiere el divorcio.
Cissy previo en el acto las complicaciones de una decisión semejante. El divorcio era bastante común en las clases bajas, pero prácticamente insólito entre la nobleza. Que lady Francés, hija de un conde y esposa de un marqués, osara ni siquiera contemplar esa posibilidad...
—¿Se ha vuelto loca?
-No. Tiene una aventura con un idiota que conoció en Bath y quiere casarse con él.
Cissy parpadeó, atónita.
—¿Francés tiene un amante? ¿Tu Francés?
Lucius asintió con un gruñido.
Narcissa no podía creerlo. Francés Malfoy era una mujer muy tímida. Quizá ella la conoció mejor que su propio marido, pues pasaron mucho tiempo juntas cada vez que Francés se encontró en Haverston. Narcissa sabía que Lucius la asustaba. Cualquiera de sus rabietas, aunque no estuviera dirigida a ella, hacía que la pobre mujer se deshiciera en lágrimas. También sabía que Francés detestaba la corpulencia de Lucius —un hombre alto y fornido— porque aumentaba aún más su miedo.
Cissy siempre se había sentido incómoda, pues estaba obligada a tratar a Francés como la señora de la casa y al mismo tiempo debía escuchar sus confidencias, pese a ser la amante de Lucius. Por una parte, estaba agradecida de que Francés no amara a Lucius, pues de lo contrario sus propios sentimientos de culpa no la habrían dejado vivir. Por otra parte, le molestaba la costumbre de Francés de ridiculizar o despreciar a Lucius sin ninguna razón. Cissy no le encontré tacha alguna. Francés sólo le faltaban.
—Es... bueno, sorprendente, ¿no crees?
—¿Que me pida el divorcio?
—Bueno, eso también, pero me refería al hecho de que tenga un amante.
No es propio de ella. Hasta un idiota se habría dado cuenta de que no le gustan los hombres, o al menos ésa es la impresión que da cuando está con ellos. Como recordarás, ya hemos hablado de este tema. Incluso llegamos a la conclusión de que su aversión por los hombres se debía a un temor al sexo. Pero es evidente que nos equivocamos... o que ha superado su miedo.
—Vaya si lo ha superado —gruñó él—. ¡Y lo ha estado viendo a mis espaldas durante Dios sabe cuánto tiempo!
—¡Lucius Malfoy! No tienes derecho a levantarte en armas porque ella tiene una aventura con otro hombre, sobre todo cuando tú nunca la has tocado y has estado...
Lucius la interrumpió:
—Es una cuestión de principios y...
—¿Y? —replicó ella.
Lucius suspiró, relajándose un poco.
—Supongo que tienes razón. Debería alegrarme de que Francés haya conocido a otro hombre. Pero, maldita sea, no tiene por qué casarse.
Cissy sonrió.
—Doy por sentado que no piensas concederle el divorcio a causa del escándalo que provocaría, así que ¿por qué estás tan alterado?
—Lo sabe, Cissy.
La mujer se quedo paralizada. No necesita pedir explicaciones. Le bastó con mirar la expresión de Lucius para saber que no se refería a la relación de ambos. Siempre había sospechado que Francés estaba al tanto del adulterio de Lucius y que incluso se alegraba de él, pues era una forma de mantenerlo lejos de su cama.
Pero no; esto tenia que ver con otro secreto.
—No puede saberlo con certeza. Se lo habrá figurado.
—Es lo mismo, Cissy. Ha amenazado con decírselo a Draco y al resto de la familia. Y si el muchacho me lo pregunta directamente, sabes que no podré mentirle. Creíamos que sólo Amy conocía lo nuestro, porque nos descubrimos besándonos unas Navidades de hace muchos años. Aquel maldito ponche que preparó Anthony me afectó tanto que no podía quitarte las manos de encima.
—Pero hablaste con Amy y ella te prometió que no se lo contaría a nadie.
—Y estoy seguro de que no lo hizo.
Cissy comenzaba a asustarse. Había sido ella quien había insistido en mantener el secreto, y Lucius le había hecho caso porque la amaba. Pero desde el día en que él había decidido nombrar a Draco su heredero oficial, Cissy había vivido aterrorizada por la posibilidad de que el futuro marqués de Haverston descubriera que su madre era una simple criada. No quería que lo supiera. Ya era bastante deshonroso ser hijo ilegítimo, pero al menos creía que su madre había sido una mujer de noble cuna, aunque promiscua, y que había muerto poco después de su nacimiento.
Al no confesarle la verdad a Draco, renunció a su derecho de ocupar el lugar de una madre. No había sido una decisión fácil, pero al menos siempre había estado cerca para verlo crecer y seguiría a su lado.
Lucius le había prometido que nunca la enviaría a un sitio donde no pudiera ver a Draco.
Draco ya era un hombre y rara vez visitaba la casa, pero los sentimientos de Cissy no habían cambiado.
No quería que su hijo se avergonzara de su madre. Y lo haría. Era inevitable. Si ahora descubría que su madre no había muerto, que había sido la amante de su padre durante todos esos años...
—Le dijiste que le concederías el divorcio.
No era una pregunta. Era evidente que ante semejante riesgo habría accedido al divorcio.
—No —admitió él.
—¡Lucio!
—Cissy, escúchame, por favor. Draco ya es todo un hombre y confio en que sera capaz de afrontar la verdad. Yo no quería ocultársela, pero dejé que tú me convencieras. Una vez hecho, fue demasiado tarde para cambiar la historia,
al menos cuando era un niño. Pero ya no es un adolescente impresionante. ¿No cree que se alegraría de saber que su madre está viva?
—No, y tú mismo lo has reconocido. Si antes fue demasiado tarde para cambiar la historia, ahora lo es más.
Es probable que no lo conozca tan bien como tú, Lucius, pero lo conozca lo suficiente para saber que cuando se entere de que le hemos mentido se pondrá furioso, y no sólo conmigo, sino también contigo.
—Tonterías.
—Piénsalo, Lucius. Nunca se sintió privado de afecto. Siempre ha tenido una gran familia, un montón de hombros donde llorar cuando era niño. Nunca estuvo solo. Hasta tuvo una compañera de juegos, su prima Pansy, después de la muerte de tu hermana. Pero si descubre la verdad, creerá que sí lo privamos de afecto, ¿no lo ves? Ésa será la primera reacción. Luego surgirá la vergüenza y...
—¡Basta! Puede que esas tonterías tuvieran alguna importancia hace veinticinco años, pero los tiempos han cambiado, Cissy. El hombre corriente empieza a distinguirse en el mundo: en la literatura, en el arte, incluso en la política. Tú no tienes por qué avergonzarte de...
—Yo no me avergüenzo de lo que soy, Lucius Malfoy. Pero vosotros, los nobles, veis las cosas desde una perspectiva distinta. Siempre lo han hecho y siempre lo haréis. Y no queréis que vuestra sangre aristocrática y pura se mezcle con la del hombre corriente, al menos cuando se trate de vuestros herederos. Y tú eres el mejor ejemplo de lo que digo. ¿O acaso no corriste a casarte con la hija de un conde, con una mujer a la que ni siquiera soportóbas, sólo para darle una madre a Draco, cuando su propia madre dormía en tu cama?
Se arrepintió de sus palabras en cuanto acabó de pronunciarlas. Sabía que Lucius no podía casarse con ella.
Era impensable. Y nunca se lo había reprochado; siempre había aceptado lo que él podía darle, el lugar que él le había dejado ocupar en su vida. Se había jurado que Lucius nunca sabría cuánto había sufrido a causa de su boda con Francés. Y esperaba que nunca supiera tampoco que en ocasiones sintiera resentimiento por no poder ser su esposa. Pero después de esa estúpida e imprudente declaración...
Sin darle tiempo a responder, prosiguió, con la esperanza de distraerlo:
—Por lo visto, Francés está dispuesto a organizar un escándalo de cualquier modo, Lucius, y uno no es peor que el otro, así que deja lo bueno en paz, por favor. Francés y ustedes han vivido separados durante la mayor parte de su matrimonio. Todo el mundo lo sabe. ¿Crees que tu divorcio será una sorpresa?
Estoy seguro de que la mayoría de tus amigos te dirán: «Me extraña que no lo hayas hecho antes.» Dile que ha cambiado de opinión.
—No le di una respuesta definitiva —gruñó él—. Una cosa así requiere tiempo de reflexión.
Cissy suspiró aliviada. Conocía bien a su amado. Le bastaba con oír su tono para saber que ya lo había hecho entrar en razón. No sabía cuál de sus palabras había obrado el milagro, pero tampoco quería saberlo. Lo único que le importaba era que su secreto continuara siendo un secreto.
