Era una prenda indecente, no por su transparencia, sino porque tenía dos tajos a los lados que llegaban hasta las caderas y dejaban al descubierto una superficie de sus piernas superior a la que nunca había enseñado a nadie. Estaba confeccionado en seda azul cielo, sin mangas, con un pronunciado escote en V y unas cintas a modo de tirantes que podían desatarse con facilidad.
Si no hubiera sido por la bata, jamás se habría atrevido a usarlo. Pero la bata le cubría las piernas y los brazos. Incluso con el cinturón atado enseñaba un poco el pecho, pero suponía que en aquellas circunstancias era lo más indicado.
Cuando Draco llamó a la puerta estaba de pie junto al fuego, cepillándose el pelo. Quiso invitarlo a entrar, pero las palabras se negaron a salir de su garganta,
aunque quedó claro que Draco no las creía necesarias porque abrió la puerta y se detuvo en el umbral. Sus ojos la estudiaron con detenimiento, primero se dilataron un poco y luego oscurecieron...
—Tendremos que hacer algo con esos rubores, Hermione —dijo con tono divertido.
Ella bajó los ojos, y el calor en sus mejillas se le antojó más ardiente que el del fuego que flameaba su espalda.
—Lo sé.
—Estás... preciosa.
Lo dijo como si ésa no fuera la palabra que quería usar, como si estuviera embelesado. Unos segundos después estaba delante de ella; le quitó el cepillo de la mano, lo dejó a un lado, se llevó un mechón del largo cabello de Hermione a la mejilla y enseguida dejó que volviera a caer hasta su cintura.
—Absolutamente preciosa —repitió.
Hermione alzó la vista, y la admiración en los ojos grises de Draco la sofocó todavía más. Pero su proximidad le producía otras sensaciones: un hormigueo en el vientre, una tensión en los pechos. Hasta su olor punzante excitaba sus sentidos. Y se sorprendió mirándole la boca, deseando que la besara, recordando cuánto mejor se había sentido antes mientras la besaba, cuando la timidez se había desvanecido y sus pensamientos habían volado, regalándole unos minutos de paz.
El cinturón de la bata se desató... con la ayuda de Draco. Hermione volvió a sonrojarse al sentir la fina seda cayendo a sus pies. Escuchó la respiración contenida de Draco, sintió sus ojos recorriendo lentamente su cuerpo.
Su voz sonó ronca cuando dijo:
—Tendremos que comprarte más de éstos. —Señaló el camisón—. Muchos más.
¿Es necesario? Hermione pensó que lo había dicho en voz alta, pero las palabras se negaban a salir de su boca.
Estaba demasiado tensa, aguardando... aguardando.
Las manos de Draco le cubrieron las mejillas con ternura.
—¿Sabes cuánto he deseado que llegara este momento? —preguntó con ternura.
Hermione no supo qué responder. Pero tampoco necesitó hacerlo, porque él había empezado a besarla con pasión, a separarle los labios, a hundir la lengua en su boca, peleando con la suya, saboreándola. Se acercó más. Ahora los senos de Hermione rozaban el pecho de Draco. La joven se sintió súbitamente débil y deseó apoyarse en él, hasta que al fin cedió a sus impulsos.
Draco gimió al advertir que había vencido su resistencia y la levantó en brazos, la llevó hasta la cama y la tendió con suavidad. Luego retrocedió para contemplarla mientras se quitaba la chaqueta y el corbatín. Los ojos de Hermione se encontraron con los de él y ya no pudieron volver a apartarse. Sus labios abiertos temblaban, pero no podía desviar la vista, pues la mirada de Draco, intensamente sensual, la tenía hechizada.
Hermione no había apagado las lámparas de la habitación y ahora deseaba haberlo hecho, pues se sentía avergonzada. También hubiera querido meterse bajo las mantas, pero no lo hizo. Recordó que May le había dicho que a los hombres les gustaba mirar a una mujer desnuda, y ya era como si lo estuviera,
pues en aquella posición la seda suave se pegaba a su piel y dejaba entrever con claridad los contornos de su cuerpo.
Pero era tan difícil permanecer allí tendida, esperando que él se reuniera con ella.
No podía imaginar cuan provocativa estaba, con el cabello castaño extendido sobre la almohada y las rodillas apenas flexionadas, enseñando una pierna delgada entre la seda azul. Con los gruesos labios entreabiertos parecía implorar el regreso de la boca de Draco. Y las pestañas oscuras, los turbulentos ojos cafes cargados de temor... o quizá no. Pero por alguna razón esos ojos hicieron que Draco se sintiera como un sangriento espartano a punto de violar a una doncella aldeana. Un sentimiento extraño, que no moderó en absoluto su ardiente deseo.
Desde el mismo momento en que había entrado en la habitación y la había visto con ese delicado atuendo, su miembro se había puesto grueso y duro.
Intentó pensar en otra cosa, pero no lo consiguió. La deseaba demasiado; ése era el problema. Y ni siquiera sabía por qué.
Se había acostado con mujeres más hermosas, pero Hermione tenía algo especial, quizá su fingida inocencia o esos ridículos rubores que podía controlar a voluntad, o quizá fuera el hecho de que la había comprado... No lo sabía, pero quería arrojarse encima de ella y saborearla lentamente al mismo tiempo, lo cual,
naturalmente, era imposible.
Era una elección difícil, y no se hizo más sencilla cuando se reunió en la cama con ella y volvió a tocarla.
Hermione era suave como la seda, tersa en los sitios precisos. Ya estaba casi desnudo cuando le desató los tirantes y bajó el corpino de seda para descubrir sus senos, que se tensaron de inmediato bajo su ardiente mirada. Una vez más, sintió la imperiosa necesidad de hundirse en ella de inmediato, y no se le ocurrió nada que pudiera enfriar su ardor aparte de un baño frío, cosa que habría sido ridicula en esas circunstancias.
Debería haber bebido más vino con la cena. No. Ella debería haber bebido más, entonces no le habría importado que la penetrara de inmediato. ¿Quizá le diera igual de todos modos? Demonios, a él sí le importaba. No era un adolescente sin experiencia, impulsivo, incapaz de controlarse. Se tomaría el tiempo necesario, aunque le costara la vida.
Comenzó a besarla otra vez, despacio, concentrándose en sus movimientos.
Pero no pudo evitar que sus manos se pasearan por el cuerpo de la joven. Sus pechos grandes y firmes le ocupaban toda la mano. No pasó mucho tiempo hasta que su boca se dirigió allí y el gemido de placer de Hermione fue como música celestial a sus oídos.
Le acariciaba todo el cuerpo. Hermione tuvo que recordarse que tenía derecho a hacerlo. Y las sensaciones que desataba su boca... Temió que volviera a subirle la fiebre.
La mano de Draco trató de separarle los muslos, pero ella los mantuvo apretados. Draco rió y volvió a besarla con tanta pasión que ella relajó los muslos y él deslizó una mano entre ellos. Hermione arqueó la espalda.
Nunca había imaginado nada tan sobrecogedor ni tan excitante como lo que él hacía con sus dedos.
Los pensamientos dejaron paso a las sensaciones, tan placenteras que no notó el anhelo que crecía en su interior hasta que se apoderó de ella. Dejó escapar un gemido desde lo más hondo de su garganta. Se arqueó hacia él. Tiró de él. No entendía lo que le pasaba.
Y en ese momento Draco perdió el control. Se movió entre las piernas de Hermione, las levantó, y un segundo después estaba dentro de ella. La penetración fue tan rápida que no tuvo tiempo de reparar en obstáculos.
Aunque notó vagamente uno, pero no acabó de tomar conciencia de él, no cuando estaba rodeado de tanta estrechez, tan agradable calor, tan instintivo placer. Era una sensación tan maravillosa que estuvo a punto de acabar con la primera embestida, aunque lo hizo en la segunda.
Cuando su mente nublada por el placer cedió nuevamente el paso a una semblanza de lucidez, Draco suspiró. Creía haber dejado atrás sus primeras experiencias patéticas y desesperadas de adolescente, en las que sólo le preocupaba su propio placer y no era dueño de sus acciones. Se regañó para sus adentros. Bonita demostración de autocontrol acababa de hacer.
Tan sumido estaba en sus propias sensaciones, que ni siquiera sabía si la querida joven había alcanzado su propio placer, pero no era prudente preguntar.
Naturalmente, si no lo había hecho, estaba más que dispuesto a rectificar. La sola idea volvió a endurecer su miembro. Sorprendente. Claro que ella lo envolvía con una vaina increíblemente estrecha...
—¿Puedes apartarte, por favor?
Su peso. Vaya tonto, tendido allí saboreando su placer mientras aplastaba a la pobre chica. Se incorporó para disculparse, apartándose del pecho de la joven,
aunque no del resto de su cuerpo. Pero se quedó sin habla cuando descubrió con horror sus lágrimas, su rostro compungido, y la certeza de que realmente había topado con un obstáculo que le había impedido penetrarla del todo. La barrera había cedido en un segundo, pero había estado allí.
—¡Por todos los santos, eras virgen! —exclamó Draco.
—Si no me equivoco, lo anunciaron en la subasta —respondió ella sonrojándose.
Draco la miró con incredulidad.
—Mi querida niña, nadie lo creyó. Al fin y al cabo, los proveedores de sexo son célebres por sus embustes.
Además, te vendieron en un prostíbulo. ¿Qué demonios iba hacer unavirgen en un prostíbulo?
—Ponerse a la venta, como es obvio —dijo ella con aspereza—. Y lamento que Pucey no se ocupara de desvirgarme antes de la venta. No sabía que pudiera ser una molestia.
—No seas ridicula —gruñó él—. Es sólo una sorpresa... un pequeño detalle que habrá que solucionar.
¿Un pequeño detalle? Todos aquellos rubores habían sido auténticos, no fingidos. Las miradas inocentes eran perfectamente lógicas.
Una virgen, la primera de Draco si no contaba aquella doncella de Haverston que había obsequiado con sus favores a todos los criados de la casa.
No era de extrañar que Riddle la deseara tanto y que se enfureciera al no poder comprarla... Un poco más de sangre para añadir a sus enfermizos placeres.
Una virgen. El significado de esa circunstancia desató en él un sentimiento de posesividad que no había experimentado antes. Era su primer amante, el único hombre que la había tocado; más aún, su dueño. Hermione le pertenecía.
Le dedicó una sonrisa radiante.
_.Lo ves? Ya está solucionado. —Tenía una nueva erección y estaba ansioso por volver a poseerla, pero se apartó lentamente—. Lo he hecho muy mal para ser tu primera vez. Te deseaba tanto, que me comporté como un jovenzuelo sin experiencia, y sin duda eso te lo habrá puesto más difícil. Cuando te recuperes, me encargaré de darte el mismo placer que tú me has dado a mí. Pero ahora mismo nos encargaremos de tus heridas.
Sin darle tiempo a protestar, la levantó en brazos y la llevó al cuarto de baño. La dejó allí, envuelta en una toalla, mientras abría el grifo para llenar la bañera, añadiendo sales y perfumes al agua. Hermione evitaba mirarlo, pues Draco había olvidado cubrirse y seguía completamente desnudo sin que eso pareciera turbarlo.
Cuando se inclinó para meterla en el agua, Hermione lo atajó con una mano.
—Ya puedo hacerlo sola.
_Tonterías. —Le quitó la toalla, volvió a levantarla en brazos y la sumergió con cuidado en el agua humeante—. Ya me he acostumbrado a bañarte, y te aseguro que es un hábito muy agradable.
Arrodillado a un lado de la bañera, la lavó por todas partes. La piel de Hermione permaneció rosada todo el tiempo, y no por el calor del agua. Luego volvió a levantarla en brazos, la secó y la llevó de vuelta a la cama, aunque esta vez la metió debajo de las mantas. Se acostó a su lado y la abrazó con fuerza.
Por fin Hermione podía relajarse, sabiendo que aquella noche ya no volvería a sentir dolor... ni placer. La desnudez de ambos ya no la turbaba, sencillamente aumentaba el calor que inducía el sueño.
Estaba casi dormida cuando oyó:
—Gracias, Hermione Granger, por obsequiarme tu virginidad.
Hermione no le recordó que no había tenido elección. Pero no había sido tan desagradable como podría haberlo sido con otro. Incluso había sentido placer...
antes del dolor.
Así que con el mismo tono solemne, aunque en medio de un bostezo, respondió:
—De nada, Draco Malfoy.
No lo vio sonreír, aunque sintió que la estrechaba con más fuerza. Su mano ascendió hasta detenerse en el pecho de Draco, primero titubeante, luego más relajada. Ahora podía tocarlo cuando quisiera. Después de esa noche, tenía el mismo derecho de acariciarlo que él de acariciarla a ella y, sorprendentemente,
se alegraba de que así fuera.
Quién lo iba a imaginar.
Cuando Hermione despertó a la mañana siguiente, estaba sola. Draco se había marchado en algún momento durante la noche. Era todo un detalle de su parte ahorrarle la vergüenza de encontrarlo en la cama, todavía desnudo. Se preguntó si siempre sería igual. Era posible que lo hubiera hecho por discreción. A fin de cuentas, la había instalado en un barrio elegante.
Y parecía preocupado por guardar las apariencias.
Debía de estar casado, sin duda, de ahí la necesidad de mantener el secreto. Qué idea tan espantosa. Pero era muy posible, incluso le habían advertido que sería así. Tendría que preguntárselo. Aunque no le gustara, prefería saberlo a especular constantemente al respecto.
Encontró una nota de Draco sobre la almohada. Su olor también seguía allí, y por alguna razón la hizo sonreír. La nota decía que la recogería por la tarde para ir de compras y a cenar. Hermione volvió a sonreír. Era una perspectiva divertida. Siempre le había gustado salir de compras, aunque esperaba que Draco no quisiera comprarle ropa llamativa, propia de una amante. Suspiró. Sin duda ésa era su intención. Bien, si debía ponerse esa ropa, lo haría, qué remedio.
Se sorprendió del alivio que sentía por haber dejado de ser virgen. Aunque algún día se arrepintiera, ya era irreversible. Era una auténtica amante. Se había acabado la angustia, el temor a lo desconocido. El dolor había desaparecido. No había sido una experiencia agradable, pero adivinaba que en el futuro sentiría placer.
Ya había recibido un anticipo y vislumbrado la promesa de mucho más. Y Draco no era sólo apuesto, sino también muy considerado. ¿Qué más podía pedir en esas circunstancias?
—Vaya, qué satisfecho se te ve —señaló Blaise Zabini cuando entró en el comedor de su casa y encontró allí a Draco, sentado a la mesa, como solía hacer antes de que se casara.
La sonrisa que lucía Draco mientras removía la comida con aire ausente cambió de forma casi imperceptible.
—¿Satisfecho? Si acabo de sentarme a comer.
Blaise rió.
—No me refería a la comida, amigo, sino a otra clase de satisfacción. Tu expresión te delata. Me recuerdas a un gallo en celo que acaba de encontrar el gallinero. ¿Tan apetitosa es?
Draco se ruborizaba en raras ocasiones, pero ésta fue una de ellas. Y era extraño, porque compartir los pecadillos con los amigos solía divertirle más que avergonzarlo. Quizá fuera porque había jurado no volver a tener una amante, y Blaise lo sabía. Sin embargo, estaba a punto de confesarle que tenía una nueva amante.
El día anterior, cuando había vuelto a casa a cambiarse de ropa, había encontrado una nota de Blaise diciendo que él y su esposa pasarían una semana en la ciudad para hacer compras y visitas, lo que en realidad significaba que Pansy quería hacer compras y visitas y que el pobre Blaise se había visto obligado a acompañarla. En los últimos tiempos, Draco no iba mucho por Silverly, donde Blaise tenía una finca y donde él y Pansy hibernaban, al menos durante la temporada de fiestas en Londres. Durante la recepción de boda de Amy, Draco no había tenido ocasión de hablar con su amigo, distraído como estaba pensando en una excusa para retirarse temprano y regresar con Hermione.
Lo más curioso es que tenía sentimientos encontrados: por un lado quería hablar de Hermione con Blaise, y por otro, no.
Los dos amigos tenían muchas cosas en común. Blaise le llevaba unos años, era un poco más alto, con el cabello oscuro y los ojos más ambarinos que castaños. Blaise era vizconde. Draco también lo era, pues había recibido el título junto con una de sus fincas, pero algún día se convertiría en el cuarto marqués de Haverston.
Los dos eran hijos ilegítimos, razón por la cual Blaise se había hecho amigo de Draco en sus años escolares, si bien esto era del dominio público en el caso de Draco y un secreto en el de Blaise. Ni siquiera Draco lo había sabido hasta después de que Blaise se casara con su prima Pansy.
Pero por lo menos Blaise sabía quién era su madre. La mujer a quien todos habían tomado por su madre, la esposa de su padre, lo despreciaba tanto como él a ella y le había hecho la vida imposible. La hermana de esta mujer, a quien el joven siempre había creído su tía, era su verdadera madre. Siempre había estado a su lado, pero Blaise no había descubierto su identidad hasta pocos años antes.
Los jóvenes veían su ilegitimidad de manera distinta. Cuando Blaise se había enterado, había sentido un profundo rencor, aunque sólo hasta que se había casado con Pansy, a quien estas tonterías le tenían sin cuidado. Draco lo había sabido siempre, pero no le había importado... demasiado. Al fin y al cabo, tenía una gran familia que lo aceptaba tal como era. Blaise había carecido de esa clase de apoyo. Pero a Draco le dolía no haber conocido a su madre y que nunca le hubieran dicho quién era. En las pocas ocasiones en que había interrogado a su padre al respecto, éste le había dicho que estaba muerta y que, por lo tanto, su identidad carecía de importancia.
Por fin Draco respondió a la observación de Blaise:
—En realidad, se trata de mi amante.
Blaise arqueó las cejas.
—Corrígeme si me equivoco, pero ¿no habías jurado que nunca volverías a tener una amante?
—Sí, pero esta vez las circunstancias son distintas —aseguró Draco.
—Eso pensamos todos durante una temporada —replicó Blaise con su habitual cinismo—. Pues disfrútala mientras puedas, porque tan pronto como pase la novedad comenzarás a husmear por ahí en busca de otra. A mí me ocurrió muchas veces... Bueno, hasta que conocí a tu prima.
Debería haber caído en la cuenta de que estaba enamorado en cuanto advertí que no podía quitármela de la cabeza.
—No, Blaise, te aseguro que esta vez las circunstancias son muy distintas. No sólo la mantengo, sino que... eh... la he comprado.
Blaise volvió a arquear las cejas.
—'¿Cómo has dicho?
—Que la he comprado —repitió Draco, y aclaró—: La vi en una subasta y la compré.
—¿Y se puede saber cuánto pagaste por ella?
—No creo que quieras saberlo.
—Caray, entonces será mejor que tu padre no se entere.
Draco se estremeció de sólo pensarlo.
—Lo sé. Pero no tiene forma de enterarse.
Blaise sacudió la cabeza.
—Doy por sentado que es tan guapa que no pudiste resistir la tentación.
—En realidad, ésa fue la reacción inicial de Theo. El muy bribón me pidió dinero prestado para comprarla. Estaba resuelto a hacerlo hasta que le recordé que no tenía dónde alojarla.
—Conque Theo también estaba allí.
—Y Gregory.
—¿Y dónde se llevó a cabo esa extraña subasta?¿En uno de nuestros... eh... vuestros cotos de caza habituales?
Draco sonrió. En un tiempo el trío estaba formado por Blaise, Gregory y él, pero eso había sido antes de que James se mudara a Londres con Theo y el pobre Blaise se dejara atrapar por Pansy.
—No —respondió Draco—. Fue en la nueva Casa de Eros, que se abrió después de que tú te retiraras de la buena vida, un antro donde atienden los caprichos de los pervertidos,
aunque entonces nosotros no lo sabíamos. Pasamos por allí porque una de las chicas favoritas de Theo se había mudado a la casa.
Blaise rió.
—¿Así que el muchacho te pidió dinero cuando tú superaste su puja? Se necesitan agallas, aunque tiene a quien salir, por supuesto.
—Eh, venga, no empieces a meterte con el tío James, que todos sabemos ya cuánto le quieres. —Draco esperó el previsible gruñido de respuesta, y en cuanto lo obtuvo, prosiguió—: Además, yo no estaba pujando y no tenía la menor intención de hacerlo.
—¿No? ¿Y entonces por qué lo hiciste?
—Porque había otra persona pujando. ¿Conoces a un tal Tom Riddle?
—No lo creo. ¿Por qué?
—Hace poco tiempo tuvimos una pelea con él, mientras estábamos de juerga cerca del río. Lo encontramos azotando con un látigo a una ramera que había atado a su cama. La zurró con tal brutalidad que la pobre desgraciada tendrá cicatrices durante el resto de su vida.
Y lo peor es que aquello era el preámbulo de sus relaciones sexuales. Si la mujer no hubiera conseguido quitarse la mordaza de la boca, nunca habríamos oído sus gritos.
Blaise dejó escapar un gruñido de disgusto.
—Ese tipo debería estar en un manicomio.
—Estoy completamente de acuerdo, pero por lo visto ha conseguido mantener sus repugnantes hábitos en secreto. Pocos saben de ellos, y paga muy bien a sus víctimas para que éstas no lo denuncien. Aquella noche lo dejé sin sentido. De hecho, estuve a pumo de matarlo. Supuse que con eso le habría hecho desistir, hasta la otra noche, cuando lo vi pujar por esta joven y me di cuenta de lo que se proponía hacer con ella. No podía dejarla librada a su suerte,
¿verdad?
—Yo lo habría invitado a salir y habría vuelto a pegarle hasta dejarlo sin sentido. Te habría salido más barato, puesto que tú no querías a la chica.
—De todos modos se habría quedado con ella, pues su puja era la última. El propietario del local lo habría esperado y le habría entregado la joven más tarde.
Además, no me arrepiento de haberla comprado.
Blaise rió.
—Es verdad. Había olvidado la expresión que tenías en la cara cuando entré.
Draco volvió a sonrojarse. Demonios, debía de habérselo contagiado Hermione.
—Ella no tiene nada que ver con la clase de mujer que uno encuentra habitualmente en un lugar así. Su madre era institutriz y ha recibido una excelente educación, mejor incluso que la de muchas de las damas que conocemos. Sus modales son impecables. Y aunque en la subasta se anunció que era virgen, cosa que ningún hombre razonable habría creído, resultó que de verdad lo era.
—¿Lo era? ¿Ya no lo es?
Draco titubeó un instante antes de asentir, porque sintió que el rubor volvía a teñirle las mejillas. Gruñó para sus adentros. Supuso que en el fondo no quería hablar de Hermione en esos términos, ni siquiera con su mejor amigo. Lo que no dejaba de ser una tontería, por supuesto; no era más que otra mujer con quien disfrutar del sexo. Sin duda Blaise tenía razón. Pronto pasaría la novedad y volvería al torbellino social en busca de otra joven capaz de despertar su interés.
—No me desagrada tenerla a mi lado. El gasto adicional no fue para cazarla a ella sino para desbaratar los planes de Riddle, y me alegro mucho de haberlo hecho. El problema es que se me hiela la sangre cuando pienso que he detenido a Riddle por una única vez y que seguirá encontrando rameras baratas a quienes maltratar a cambio de dinero. Sólo Dios sabe a quién más someterá al dolor y a la angustia de sus perversiones sexuales. No es cliente habitual de la Casa de Eros, que atiende a esta clase de hombres, pero sin llegar a las mismas cotas de brutalidad. Me gustaría detenerlo para siempre. ¿Alguna idea?
—¿Aparte de matarlo?
—Bueno, sí.
—¿Qué tal castrarlo?
—Mmm. ¿De verdad crees que eso lo detendría? —especuló Draco —. ¿Cuando parece disfrutar tanto causando dolor?
—Puede que sí y puede que no, pero se lo tendría bien merecido si lo que me cuentas es cierto.
—Claro que es cieno. Yo estaba algo trompa el día que lo encontré con la ramera, pero no vi visiones. Theo y Gregory estaban allí y quedaron tan asqueados como yo.
Blaise frunció la frente con aire pensativo.
—Doy por sentado que la mujer no atestiguará en su contra si lo denunciamos.
—No; aquella noche estaba demasiado dolorida para hablar con coherencia, pero fui a verla una semana después, cuando empezaba a recuperarse, y se negó en redondo a declarar contra Riddle.
—¿Porque es un caballero?
—Puede que eso influyera, pero lo fundamental es que él le había pagado muy bien, más de lo que la pobre podría llegar a ganar en dos o tres años de ejercer su oficio,, y temía que le obligara a devolverle el dinero. Aunque la cifra era una insignificancia para Riddle. Lo he comprobado.
Es lo bastante rico para hacer lo mismo varias veces a la semana sin necesidad de vaciar sus bolsillos.
—Supongo que le habrás ofrecido una suma igual o superior para que declarara contra él.
—Sí; desde luego. Fue la primera idea que se me ocurrió —admitió Draco —. Por desgracia, ella me confesó que sabía lo que Riddle se proponía y que de todos modos había aceptado acompañarlo. Claro que no podía imaginar hasta dónde llegaba su brutalidad ni tampoco que le iba a dejar cicatrices para el resto de su vida. Curiosamente, aún no había caído en la cuenta de las consecuencias que podrían tener esas cicatrices en su futuro profesional, y yo no tuve el valor de señalárselo.
Blaise suspiró.
—Estás ante un gran dilema, amigo. Pensaré en ello, pero de momento no se me ocurre ninguna solución, sobre todo teniendo en cuenta que ese individuo se está cubriendo las espaldas siendo sincero, o parcialmente sincero, con sus víctimas. Por desgracia, en esta ciudad encontrará una fuente inagotable de rameras baratas que harían cualquier cosa por unas libras, sin pensar en las consecuencias.
—Estoy de acuerdo —dijo Draco.
—Detesto hacerte esta sugerencia, pero, ¿sabes?, creo que deberías pedir consejo a tu tío James. Él... eh... tiene experiencia en este campo, ¿no es así?
Draco sonrió.
—Ya lo había pensado. Tengo una cita con él mañana por la mañana.
—Estupendo. Cuando uno se vincula con la peor escoria del mundo, como siempre ha hecho él, adquiere una perspectiva distinta de las cosas. Bien, ahora basta de hablar de cosas serias. Me alegro de que hayas venido a visitarme, así podrás hacerme compañía mientras Pansy va de compras.
—Estaré encantado... al menos durante lo que queda de la mañana. Tengo planes para la tarde.
—Muy bien, amigo. Me conformaré con el tiempo que puedas dedicarme. ¿Sabes?, te echo de menos desde que vivo en el campo. No te dejas ver con frecuencia. A propósito, he comprado otro caballo de carreras y me gustaría enseñártelo.
—Gregory también compró uno —dijo Draco—. Te morirás de envidia cuando lo veas.
Blaise rió.
—Ya lo he visto. ¿Quién crees que me vendió el mío? Conseguí covencerlo de que lo cambiara por otro.
