—Rayos y centellas.
Hermione había sonreído, dando por sentada que se trataba de un halago. Era lo único que había dicho Draco cuando había ido a recogerla, y eso después de mirarla en absoluto silencio después de unos veinte segundos.
La hizo sentir hermosa, y Hermione no estaba muy acostumbrada a esa sensación.
Sin embargo, cuando subieron al coche continuaron mirándola fijamente, como si el aspecto de Hermione le planteara un dilema. Finalmente, su mueca de preocupación la hizo sentir lo bastante incómodo para preguntar:
— ¿Pasa algo?
—¿Te das cuenta de que pareces una señorita a punto de presentarse en sociedad?
Hermione se sonrojó y se encogió en el asiento. Esperaba que Draco no hubiera reparado en eso, pero ahora que lo había hecho, lo más prudente era hacerle cambiar de opinión.
—¿Y qué parecía con el vestido rojo de la otra noche?
Tal como ella esperaba, el ceño de Draco se alisó ligeramente. Hasta suena con picardía, como si hubiera cogido la indirecta... o al menos eso creyó Hermione.
Sólo para asegurarse agregó:
-¿Ama? —continuó—. Es el efecto de la ropa, no de la mujer que la lleva. Por lo visto, éste era el único traje que podía arreglar con tan poco tiempo de aviso. Supongo que la señora Westbury demostró que querría cualquier modelo apropiado para la noche.
—Sí, le dije algo al respecto. Bueno, no importa. Sólo tendremos que cambiar de avión.
— ¿Qué aviones tenías?
—Pensé que podríamos cenar en algún sitio apartado, pero demonios, ahora que estás tan elegante, no puedo dejar pasar la oportunidad de lucirte.
Hermione se sonrojó otra vez. Los cumplidos de Draco eran muy agradables, y la conmovían. Pero de ningún modo quería contrariarlo.
—Por favor —dijo con sensatez—, no cambies tus aviones porque...
—No te preocupes, querida —interrumpió él—; de cualquier modo tenía intención de averiguar qué tal es el nuevo cocinero del Albany. Y luego podríamos ir a visitar los jardines Vauxhall para completar la velada.
Hasta Hermione había oído hablar de Vauxhall Pleasure Gardens, pues sus padres los habían mencionado en más de una ocasión. Durante el día, era un sitio respetable, con sus senderos flanqueados de árboles, vendedores ambulantes y conciertos. Pero por la noche, esos caminos estrechos con bancos eran el sitio ideal para los amantes, y ninguna dama respetable permitiría que la vieran allí después del atardecer. Razón por la cual Hermione suponía que era el lugar ideal para que un caballero llevara a su amante.
Pero Draco tenía más aviones. Como aún era demasiado pronto para cenar, visitaron varias tiendas más, y antes de que terminaran el coche estaba lleno de paquetes. Sombreros, zapatos, sombrillas para el verano y, naturalmente, más camisones que Draco se empeñó en elegir personalmente, avergonzando a Hermione.
Cuando por fin llegaron a Albany, que resultó ser un hotel en Picadilly, la joven estaba exhausta. Sin embargo, el comedor del hotel era muy bonito y comenzó a relajarse con la primera copa de vino. El único problema era que allí todo el mundo parecía conocer a Draco. Aunque era evidente que él se lo esperaba, pues cuando la presentó a los dos caballeros que se acercaron a saludarlo lo hizo como la viuda Granger.
Y el segundo caballero se sorprendió lo suficiente para decir:
—No será la viuda Granger que le disparó a su marido, ¿no?
Draco se vio obligado a explicar que la joven procedía de una familia distinta, y la mentira sonó mucho mejor de sus labios que de los de Hermione. Claro que el hecho de que él no supiera que mentía le daba mayor credibilidad.
Pero a mitad de la cena, que resultó ser excelente, Hermione se atrevió a preguntar:
—¿Por qué una viuda?
—Bueno, las viudas suelen hacer lo que les place, ¿sabes?, mientras que las jóvenes que acaban de presentarse en sociedad, cosa que tú pareces a primera,
segunda y tercera vista, necesitan una dama de compañía. Y que me aspen si parecezco una dama de compañía. Nadie que me conozca creerá que estoy vigilando.
Sonrio con descaro.
— ¿Y no será porque tienes más fama de seductor que de simple acompañante?
—Por supuesto —dijo él con un brillo sensual en los ojos.
Pero entonces lo interrumpió una pareja a la que no esperaba.
Cuando Theodore Malfoy y Gregory Goyle se sentaron a la mesa sin que nadie los invitara, Draco preguntó:
— ¿Cómo diablos me habéis encontrado?
Gregory miró con gula los platos y respondió:
—Este jovencito tenía que llevar una nota de su padre a tu tío Anthony. Y puesto que estábamos a la vuelta de la esquina, no es extraño que hayamos visto tu coche esperando fuera. A propósito, ¿qué tal es la comida? ¿Tan buena como dicen?
Draco parecía disgustado.
—Acaso no tenéis nada mejor que hacer esta noche?
—¿Mejor que cenar? —Gregory parecía sorprendido.
Theo río.
—Será mejor que llames al camarero, primo. No querrás privarnos de tan excelente compañía para cenar, cuando tú puedes gozar de ella en cualquier momento del día. Diez compasión.
—No nos ha dejado verla en toda la semana —añadió Gregory en lo que quiso ser un susurro, pero no lo fue—. Deberías tener la delicadeza de complacernos, amigo.
Súbitamente la mesa brincó cuando debajo de ella alguien dio un puntapié a alguien. Dado que Gregory y Theo cambiaban una mirada fulminante, no era difícil figurarse quién había pateado a quién.
Draco sospechó.
—Si vais a permanecer aquí, tendréis que comportaros.
Hermione tuvo que llevarse una mano a la boca para ocultar su sonrisa. Theo estaba radiante porque se había salido con la suya y le dedicó una sonrisa de oreja a oreja. La joven casi había olvidado que era increíblemente apuesto.
Durante algunos instantes lo miró embelesada hasta que él le preguntó:
—Dime, bonita, ¿qué tal te trata este zoquete?
Hermione se sonrojó, y no sólo porque el joven conseguía hechizarla, sino también porque había tocado un tema demasiado personal.
Pero respondió con tono neutral:
—Hoy mismo ha gastado muchísimo dinero en renovarme, es decir, en comprarme un vestuario nuevo.
Theo restó importancia a ese detalle con un ademán desdeñoso.
—No podía ser de otro modo, pero ¿cómo te trata? ¿Necesitas que te rescaten? —añadió esperanzado—. Yo estaría encantado de poder hacerlo, ¿sabes?
La mesa se movió otra vez, y en esta ocasión no pudo contener la risa, pues era evidente que Draco le había dado una patada a su primo. Y Theo no era tan circunspecto como Gregory. Gritó, atrayendo la atención de docenas de ojos.
También masculino:
—Caray, me habría bastado con un simple no.
Gregorio Río.
—Venga, Theo, ¿aún no has aprendido que si quieres robarle la compañía a un caballero no debes hacerlo delante de sus propias narices?
—Yo nunca le robaría nada a mi primo —gruñó Theo—. Él sabe que bromeaba, ¿verdad, Draco? —Al ver la expresión pétrea de Draco el joven añadió—: ¡No lo puedo creer! ¿Draco celoso? Pero si tú nunca te pones celoso.
—Será mejor que te cubras la otra rodilla, chico —advirtió Gregory con una sonrisa.
Theo retiró la silla bruscamente y estuvo a punto de volcarla. Luego, con expresión malhumorada, dijo:
—Ya estás bien. Cogí el mensaje la primera vez y el cardenal me durará toda la semana. No necesitas hacerlo por segunda vez.
Draco cabeceó y murmuró:
—Bribón incorregible.
Theo lo oyó y sonriendo.
—Desde luego. De lo contrario no sería divertido.
Hermione no recordaba haber reído ni divertido tanto en su vida como aquella noche que pasó con Draco y sus amigos. Las bromas y provocaciones se habían prolongado durante horas. Draco tenía razón al decir que Theo era un soborno incorregible, pero era obvio que le tenía mucho afecto y que el sentimiento era recíproco.
Era bueno que la familia se mantuviera unida. Hermione compartió esa idea y por eso estaba allí ahora. Su hermana Jean era responsabilidad suya y la quería con toda su alma.
También quería a la tía Elizabeth. En cuanto al tío Elliott... bueno, le había perdido el respeto, pero aplazaría su juicio hasta que le demostrara que podía volver a ser responsable. Y si no resultaba así, después del sacrificio que había hecho ella, quizás decidiera seguir el ejemplo de su madre y hacerse con una pistola.
Las risas no terminaron con la cena. Hermione había mencionado de pasada que después irían a Vauxhall y tanto Theo como Gregory juraron que tenían exactamente los mismos aviones. Era mentira, por supuesto, pero Draco finalmente se dio por vencido y se resignó a su compañía.
Quizás los dos jóvenes se arrepintieran de su obstinación por seguirlos cuando comenzaron a temblar de frío... aunque sus esfuerzos por conservar el calor resultaban muy cómicos. Draco llevaba un abrigo y Hermione su capa de terciopelo, que, sumada al calor del brazo de Draco sobre sus hombros, bastaba para mantenerla abrigada. Pero Theo y Gregory vestían prendas ligeras,
apropiadas para pasar del calor del coche al calor del interior, pero no para hacer una excursión al aire libre en pleno invierno.
Había sido un día largo y agradable... pero aún no había terminado. Cuando Draco la llevó a casa, la besó con ternura en el vestíbulo mientras el coche bajaba los paquetes. Le tendió la mano para subir las escaleras. En la mesa que había junto a la cama la señora Whipple les había dejado fruta, queso y vino antes de marcharse a su casa.
—Todo un detalle —observó Draco al ver los alimentos.
—Sí, la señora Whipple es muy competente —asintió Hermione. Alicia también había encendido el fuego, de modo que la habitación estaba caldeada.
—¿Quieres decir que se quedará?
—Sí, desde luego. Ya has probado una de sus cenas. Y te aseguro que se supera en el desayuno, como tuve ocasión de comprobar esta mañana.
—Me reservo mi opinión al respecto hasta mañana —dijo con voz ronca mientras se volvía a mirarla.
La voz de Hermione también sonó más grave cuando preguntó:
—Entonces... ¿te quedarás toda la noche?
—Claro que sí.
La respuesta de Draco estaba mucho más cargada de intención que la pregunta de Hermione. La joven se puso nerviosa, aunque no tanto como la noche anterior. En realidad, estaba deseando volver a hacer el amor con Draco para experimentar el placer que él le había prometido.
Cuando Draco le había rodeado los hombros con un brazo, en el parque,
había sentido un hormigueo en su interior. ¿Qué le había dicho May? Que advertiría cuándo deseaba a un hombre y que podía dar las gracias al cielo si aquel era el que la mantenía. ¿Era el deseo, entonces, lo que la hacía sentir como si se derritiera cada vez que Draco la miraba con una media sonrisa en los labios? ¿O cuando su pulso se aceleraba al más leve roce de su mano?
Su corazón latía desbocado, anticipando el placer que le guardaba, pero Draco no se le acercó de inmediato. Descorchó la botella de vino y sirvió una pequeña cantidad en cada copa. Cogió un racimo de uvas, se llevó una a la boca,
y volvió a mirar a Hermione mientras masticaba.
Con qué rapidez comenzaba a sentirse acalorada. A él debía de pasarle otro tanto, porque se quitó el abrigo y dijo:
—Ven aquí, deja que te quite la capa.
Hermione se acercó con paso vacilante. Los cálidos dedos de Draco le rozaron el cuello mientras desataba los cordones plateados de la capa, que enseguida se arrojó sobre una silla, junto con su abrigo. Luego sus manos se deslizaron sobre la nuca de Hermione, no para atraerla hacia él, sino para masajearle los músculos. Era una sensación deliciosa, y así se lo hizo saber el suspiro de la joven.
Cuando sintió que Draco le ponía la copa en la mano, bajó la vista y vio el vino. Lo apuró de un trago y Draco escuchando. Hermione comenzó a ponerse nerviosa otra vez.
—Me he divertido mucho esta noche... bueno, todo el día —dijo—. Gracias.
—No tienes nada que agradecer, cariño —respondió él—. Yo también me divertí.
Por extraño que pareciera, era la pura verdad. Draco aún estaba ansioso por hacerle el amor, lo había deseado durante todo el día, y sin embargo también disfrutaba de la compañía de Hermione. Cosa poco habitual en él. Por lo general pasaba poco tiempo con las mujeres fuera del dormitorio, a menos que ellas fueran miembros de su gran familia.
También le sorprendió cuánto le había molestado la intrusión de sus amigos en el Albany y cuánta razón había tenido Theo al decir que estaba celoso. Se había puesto furioso al ver que Hermione miraba a Theo con embeleso. Pero había dejado de mirarlo así enseguida, y era a él a quien sonreía, no a Theo.
Este último detalle había hecho que los celos se disiparan.
—Tus amigos son muy graciosos —observó.
—Más bien odiosos.
Hermione molesta.
—Tú también reiste mucho —le recordó.
—Supongo que sí —respondió Draco encogiéndose de hombros.
Volvió a coger el racimo de uvas, arrancó otra y se la ofreció a Hermione con la boca. Hermione la cogió, sonrojándose. Era dulce y cálida, como el vino.
—¿Un poco de queso? —preguntó él.
—Preferiría que me besaras.
Su rubor se extiende como un fuego incontrolado. No sabía de dónde habían salido esas palabras ni la audacia que la había empujado a decirlas. Pero a juzgar por su expresión, Draco estaba encantado. Dejó las copas y las uvas sobre la mesa.
—Esto me pasa por querer saborear el momento —dijo—. De todos modos,
la impaciencia me estaba matando.
¿Qué quería decir? Hermione dejó de especular en cuanto los labios de Draco tocaron los suyos. Se derretía por dentro. Le flaquearon las rodillas, pero no las necesitaba para sostenerse porque él la estrechaba con fuerza. De todas maneras le rodeó el cuello con los brazos simplemente porque le gustaba abrazarlo.
Comenzaba a acostumbrarse a los besos. Claro que Draco era un excelente maestro. Cuando Reunión valor para mover la lengua, como hacía él, Draco emitió un gemido de placer que acrecentó aún más su audacia.
La cama estaba convenientemente cerca. Draco se arrodillo sobre el colchón y la tendió con tanta suavidad que ella prácticamente no se dio cuenta de lo que hacía. Sí advirtió que la despojaba del vestido, y luego el calor de sus manos que la acariciaban desde el cuello a los muslos. Cerró las manos sobre los prominentes músculos de los brazos de Draco, sintió cómo se contraían en la espalda. Su piel era suave y firme al mismo tiempo.
Los labios de Draco comenzaron a recorrer su cuerpo, trazando un surco caliente desde las mejillas al cuello. La lengua se aleteó en el oído y Hermione tembló de placer. Luego descendió a los labios, y de ahí a los hombros, a un lado de un pecho, debajo de él y nuevamente arriba para capturar el pezón erecto y cubrirlo con el calor de la boca.
Las sensaciones se arremolinaban en el vientre de Hermione, y aún más abajo,
entre sus muslos, provocándole una tensión insoportable. Desaparecida la última de sus inhibiciones, Hermione arqueó el cuerpo en una súplica muda. Draco el atrajo hacia él, vientre contra vientre, pero aún no dejó escapar el pezón de su boca.
Las uñas de la joven se hundieron en la espalda masculina, dejando señales inadvertidamente.
Después de unos instantes que a Hermione se le hicieron eternos, Draco soltó un pezón para capturar al otro, y una nueva oleada de calor recorrió el cordón invisible que unía los pechos con el vientre y la entrepierna. La joven echaba humo y él parecía cocerse en su propio infierno. Cuando por fin Draco deslizó una mano entre sus muslos, Hermione gritó de placer.
Era insoportable, demasiado intenso. Pero él la besaba otra vez profunda,
ávidamente, y su cuerpo se estrechaba contra el suyo, aplastándola con suavidad.
Y luego ese miembro caliente se abrió paso, encontró la abertura con facilidad y se deslizó delicadamente hasta lo más profundo de las entrañas de Hermione.
La tensión se desvaneció en el acto y el placer se apoderó de ella,
extendiéndose como una corriente que llegaba incluso a los dedos de los pies. La sensación se repitió con la segunda y lenta embestida, con la tercera, hasta que surgió una nueva tensión, más poderosa, que se incrementó rápidamente hasta hacerla estallar en una oleada del más puro placer, del más puro éxtasis, que la envolvió durante un largo y dichoso momento.
Unos minutos después, cuando Draco la miró, Hermione sonreía. No podía evitarlo. Pero él también sonreía con expresión de orgullo.
— ¿Ha estado mejor esta vez? —preguntó en voz baja, aunque ya conocía la respuesta.
—Mejor es decir poco —respondió ella con un largo y lánguido suspiro.
La sonrisa de Draco se ensanchó.
—Sí, estoy de acuerdo. Pero lo mejor es que sólo acabamos de empezar.
Hermione parpadeó, atónita. Pero, para su satisfacción, Draco procedió a demostrarle que estaba en lo cierto.
