Teniendo en cuenta que el plan original de Draco era hacer unos cuantos recados que no exigían contacto social alguno, se estaba encontrando con muchos conocidos. Primero con Francés y ahora, en la tienda de su sastre, con su primo Marshall.

Sin embargo, este segundo encuentro no le preocupó, pues Hermione estaba en el coche y él pronto dejó a Marshall en la sastrería... o eso creía. Al parecer,
Marshall estaba ansioso por ponerlo al tanto de los últimos chismorreos y lo siguió hasta el coche. Y allí vio a Hermione, aunque la joven hizo lo posible para ocultarse en un rincón del asiento. Lo que con aquel maldito traje naranja era una empresa imposible, desde luego.

Marshall era el hijo mayor de Edward, aunque tenía tres años menos que Draco. Y no iba a dejarse amedrentar por la presencia de Hermione. Marshall no preguntó quién era la joven ni qué hacía allí, y Draco tampoco le proporcionó la información voluntariamente. Pero en ese momento aparecieron dos amigos de Marshall y sir William, el más locuaz de los dos, tras cinco minutos de mirar a Hermione con expresión insinuante, tocó un tema que ya empezaba a ser habitual:

—¿Es pariente de lord Granger, el conde asesinado por su esposa?
Y por lo visto, no estaba dispuesto a conformarse con un simple no.

—¿Entonces quién es? —insistió.

—Soy una bruja, sir William —respondió la propia Hermione antes de que Draco pudiera hacerlo—. Y lord Draco me ha contratado para hacer un maleficio. ¿Es ésta nuestra víctima, Draco?

Draco parpadeó, sorprendido, pero William palideció. Su expresión de horror era tan cómica que Draco no pudo contener la risa. Y Hermione se limitó a mirarlo con cara de inocente.

—Eh, a mí no me causa ninguna gracia, Draco—dijo Marshall.

—Bueno, es evidente que no te proponías hacerle un maleficio a William —dijo con sensatez el otro acompañante de Marshall—. Pero ¿quién es el desafortunado?

Marshall, que había pillado enseguida las intenciones de Hermione, puso los ojos en blanco. Pero Draco tuvo otro ataque de risa, y era evidente que no iba a contestar por algún tiempo, de modo que Hermione dijo con calma:

—Sin duda habréis advertido que estaba bromeando, caballeros. No soy ninguna bruja... que yo sepa, al menos.

—Sólo una hechicera —dijo Draco obsequiándole con una sonrisa tierna que provocó el inevitable rubor en Hermione.

Pronto consiguió desembarazarse de su primo y sus amigos sin que volviera a tocarse el tema de la identidad de Hermione. De camino a la siguiente parada,
Draco la felicitó por su ingenio.

—Caray, fue una salida brillante, querida —dijo apretándole la mano—.
Una broma en lugar de una mentira. Me alegro de que se te haya ocurrido.

—¿Y qué mentira habrías escogido tú esta vez? ¿La de la viuda o la de la prima?

Draco dio un respingo.

—Lo que acaba de suceder fue totalmente imprevisto, Hermione. Marshall estaba en casa del sastre, y no me lo esperaba, pero lo cierto es que me despedí de él tres veces. Decía que no recordaba qué más quería decirme y me detuvo varias veces, la última cuando subía al coche.

Hermione le sonrió, reconociendo que no era culpa suya. Al menos esta vez.
Además, disfrutaba mucho de su compañía, pese a que estaba la mayor parte del tiempo esperándolo en el coche.
De modo que se contentó con decir:

—Haremos todo lo posible para que no vuelva a suceder, ¿de acuerdo?

—Por supuesto —le aseguró él.

Sin embargo al llegar a la cristalería, donde Draco esperaba encontrar un regalo para su prima, le pidió a Hermione que bajara para ayudarlo a elegir. Y allí se toparon con otro conocido. Aunque esta vez no hubo necesidad de hacer las presentaciones. Era alguien a quien ambos conocían y a quien deseaban no haber conocido nunca.

Fue sin duda una desafortunada coincidencia que Tom Riddle se encontrara en esa tienda a esa hora del día y también que, literalmente, se tropezaran con él. Se disponía a marcharse cuando se giró un instante sin reparar en que alguien entraba por el pequeño pasillo, a su espalda.

Entonces chocó con Draco, que tuvo que soltar la mano de Hermione para atajar el impacto.

Riddle se sobresaltó con la colisión, pero sus ojos azules se entornaron al reconocer al hombre que estaba frente a él.

—Vaya, si es el buen samaritano —dijo con tono burlón—. El liberador de damiselas afligidas. ¿Nunca se le ha ocurrido pensar, Malfoy, que algunas de esas damiselas disfrutan con el sufrimiento?

La desfachatez de ese comentario enfureció a Draco.

—¿Y a usted nunca se le ha ocurrido pensar, lord Riddle que está enfermo?

—La verdad es que gozo de una estupenda salud.

—Me refería a su mente.

—¡Ja! —rió Riddle—. Ya le gustaría, pero estoy perfectamente cuerdo. Y también tengo una memoria excelente. Le aseguro que se arrepentirá de haberme robado a esta preciosidad.

—Oh, dudo que así sea —respondió Draco con fingida indiferencia—.
Además, yo no le robé nada. Era una subasta. Podía haber seguido pujando.

—¿Cuando todo el mundo conoce la magnitud de la fortuna de los Malfoy?
No sea ridículo. Pero llegará el día en que lamente haberme hecho enfadar.

Draco se encogió de hombros.

—Si me arrepiento de algo, Riddle, es de permitir que siga vivo, cuando la escoria como usted debería arrojarse a la basura en el mismo momento de su nacimiento.

El hombre tensó los músculos y su cara enrojeció. Draco deseó haberlo batido a duelo, pero por otra parte conocía a ese hombre: un cobarde que sólo se sentía poderoso ante los débiles e indefensos.

—También recordaré estas palabras —dijo Riddle y de inmediato miró a Hermione con un brillo gélido en los ojos—. Aguardaré a que se canse de tí y entonces pagarás por haberme hecho esperar, bonita. Sí, te aseguro que pagarás...

Mientras pronunciaba esas palabras señalaba a Hermione con un dedo y la habría tocado con él en el pecho si Draco no le hubiera arrebatado la mano.
Riddle soltó un gemido de dolor cuando el joven le rompió el dedo, pero Draco no había terminado. No le preocupaban las amenazas contra su persona, pero su furia creció al oír que también amenazaba a Hermione.

—¡Me ha roto...! —gritaba Riddle pero un rápido puñetazo en la boca lo interrumpió.

Draco atajó a Riddle antes de que cayera al suelo y sin soltarlo dijo con furia:

—¿Cree que no voy a romperle la crisma aquí, porque estamos rodeados de artículos de cristal? Pues quítese esa idea de la cabeza, Riddle, porque no me importa lo que destruya mientras lo destruya a usted también.

El hombre palideció, pero en ese momento intervino el propietario de la tienda.

—No quiero perder mi negocio a causa de su pequeño altercado, caballeros —dijo con preocupación— ¿Les importaría continuar con su discusión en otro sitio?

Y Hermione susurró:

—No permitas que te provoque y te obligue a hacer un escándalo.

Era acaso demasiado tarde para esa advertencia. Draco miró alrededor y no vio ningún cliente, sólo el propietario de la tienda estrujándose las manos.
Draco hizo un breve gesto de asentimiento y soltó a Riddle, pero esta vez fue él quien agitó el dedo.

—Hablando de arrepentimiento, permítame decirle que usted no llegará a arrepentirse si vuelve a acercarse a ella, y tampoco tendrá que preocuparse de su memoria porque no le quedarán recuerdos, ni siquiera aliento para contaminar el aire de esta ciudad. Porque dejará de existir.

De una estantería que estaba a su lado cogió un florero, y sin mirarlo siquiera, se lo entregó al propietario.

—Me llevo esto.

—Desde luego, señor. Si tiene la bondad de acompañarme —dijo el hombre y caminó presuroso hacia el mostrador situado en el fondo de la tienda.

Draco cogió a Hermione por el brazo y siguió al propietario, sin volver a mirar a Riddle. Instantes después, oyeron la puerta que se abría y se cerraba.
Hermione dejó escapar un suspiro de alivio. El propietario dejó escapar un suspiro de alivio. Pero Draco aún estaba demasiado alterado para sentir algo más que furia. Debería haber vuelto a dejar sin sentido a Riddle sin preocuparse del escándalo. Tenía la impresión de que se arrepentiría por no haberlo hecho.
Enfadado consigo mismo por no haber sabido aprovechar la oportunidad y la provocación, arrojó al propietario de la tienda un fajo de billetes y dijo:

_Guárdese el cambio y olvide este desafortunado incidente.

_¿Qué incidente? —preguntó el propietario con una sonrisa, ahora que sus artículos estaban a salvo y sus bolsillos llenos.

Con su rebelde melena rubia y sus encantadoras sonrisas, Draco Malfoy tenía un aire infantil que la hacía parecer inofensivo. Pero aquel día Hermione había descubierto que las apariencias engañan. Se había quedado paralizada al volver a ver a lord Riddle y evocar la terrible experiencia de la subasta. Pero Draco se había convertido en un hombre distinto, y ella se alegraba de que no fuera tan inofensico como parecía.

Ni mucho menos. Le había roto el dedo a ese hombre; deliberadamente. Y estaba segura de que la habría roto alguna cosa más si no le hubieran recordado que provocaría un escándalo.

Se lo había dicho porque sabía lo que Draco pensaba de los escándalos y quería detenerlo. Lo había conseguido. Pero ignoraba por qué quería detenerlo.
Quizá porque no deseaba verlo en una situación violenta, o porque el propietario de la tienda estaba preocupado por sus artículos. O tal vez porque Draco le despertaba un instinto de protección y no quería que más tarde se arrepintiera de sus actos. Esta última causa era preocupante.

Desde el principio, Hermione se había propuesto adoptar una actitud lo más impersonal posible, como correspondía a una amante. Pero cada vez le resultaba más difícil mantener esa actitud. Draco le gustaba; le gustaba estar con él, hacer el amor con él, todo lo que tenía que ver con él. Y estaba convencida de que esos sentimientos se intensificarían, a menos que él hiciera algo muy drástico para cambiar las cosas.

Era una idea aterradora. No quería amar a Draco. No quería sufrir pensando en el día en que le diría que ya no necesitaba sus servicios. Ese día llegaría inevitablemente, y cuando llegara, Hermione quería suspirar de alivio, no llorar con el corazón destrozado.

Sabía que había tenido otra amante con anterioridad, de modo que tenía motivos para preocuparse. En una de las conversaciones con Gregory y Theo, alguien había mencionado que esa relación había durado meses, no años.

La exorbitante suma que había gastado en Hermione no tenía mayor importancia para él, pues su familia era muy rica. Así que no podía contar con que tuviera en cuenta ese punto. No; cuando decidiera aventurarse por un nuevo camino, la abandonaría sin importarle lo que ella sintiera. Y Hermione no sabía cómo prepararse para sobrevivir a ese día, sobre todo cuando había cometido el estúpido error de enamorarse de él.

Draco estaba rumiando el incidente con Riddle, pero le había rodeado los hombros con actitud protectora y le acariciaba distraídamente el brazo. Puesto que Hermione también estaba enfrascada en sus pensamientos, continuaron el viaje en silencio.

Cuando llegaron a la siguiente parada, Hermione no quiso bajar del coche.
Draco tampoco se lo pidió, pero regresó pronto. Y al regresar le entregó un paquete.

—Es para ti —dijo—. Ábrelo.

La joven miró la pequeña caja con expresión cautelosa. Conocía el motivo de ese regalo, pues Draco no podía disimular su sentimiento de culpa. Abrió la caja y vio una medalla en forma de corazón cubierta de pequeños diamantes y rubíes, colgando de una fina cadena de oro que le llegaría justo debajo del cuello. Muy sencillo, muy elegante, muy caro.

—No tenías por qué hacerlo —dijo sin apartar la vista de la medalla.

—Claro que sí —respondió él—. Ahora mismo me siento tan culpable que si no me dices que me perdonas me echaré a llorar.

Hermione alzó los ojos, abiertos como platos, pensando que hablaba en serio,
pero cuando vio la expresión de Draco supo que no era así. Rió, pero apenas un instante. Lo del llanto no iba en serio, pero era obvio que se sentía culpable.

—Hoy ha sido un día desastroso, ¿verdad? —dijo él con una sonrisa triste.

—No del todo —respondió ella y el rubor delató sus pensamientos.

—Bueno, no me refería a eso —convino él con una sonrisa—, sino al resto.
Lamento mucho que hayas tenido que encontrarte en la misma habitación que el bastardo de Riddle y mucho más que tuvieras que presenciar ese desagradable incidente.

Hermione se estremeció.

—Es un hombre ruin, ¿verdad? Vi la crueldad reflejada en sus ojos el día de la subasta y hoy otra vez.

—Es peor de lo que imaginas —dijo Draco y le habló de su locura. Le contó todos los detalles sobre él, al menos de manera indirecta, para que Hermione tomara en serio sus advertencias—. Si vuelves a toparte con él cuando yo no esté contigo, márchate de inmediato... Siempre que no corras mayores riesgos,
desde luego.

Hermione estaba pálida y sentía náuseas.

—¿Riesgos?

—Quiero decir, siempre que tengas la seguridad de que no te sigue. Bajo ningún concepto debes quedarte a sólas con él, Hermione. Si es necesario pide ayuda a cualquier desconocido, grita, pero hagas lo que hagas, no permitas que ese hombre vuelva a acercarse a ti.

—No, claro que no —le aseguró ella—. Con suerte, no volveré a cruzarme con él. Pero si lo hago, y si yo lo veo primero, él no me verá a mí, te lo prometo.

—Bien, y ahora dime que me perdonas.

—Te perdono —respondió con una sonrisa—,aunque no hay nada que perdonar. Anda, llévate esto y pide que te devuelvan el dinero. No tienes por qué comprarme joyas.

Draco rió.

—Hermione, cariño, esa forma de hablar no es propia de una amante. Y no pienso devolverlo. Quiero que te lo quedes. Irá de maravilla con tu vestido color lavanda.

Y con media docena de vestidos más que recibiré pronto, podría haber añadido ella, pero no lo hizo.
Suspiró.

—Bueno, supongo que sería una grosera si no te diera las gracias.

—Sí, muy grosera.

Hermione sonrió.

—Muchas gracias.

—De nada, cariño.

Ésa había sido la última parada. Después Draco la llevó a casa y se quedó a cenar... y a dormir.

No lo había planeado. Siempre que Lucius estaba en la ciudad y se quedaba a pasar la noche, Draco iba a cenar con él. Ignoraba cuándo se proponía volver su padre al campo, de modo que no sabía si tendría ocasión de verlo al día siguiente.

Pero por muy impaciente que estuviera por hablar con su padre del divorcio y de la amante que había conseguido mantener en secreto durante tanto tiempo, su deseo de estar con Hermione pudo más.
Sabía que la joven se había quedado impresionada por el encuentro. Pero él estaba aun más preocupado por ella.

Por extraño que pareciera, Riddle la había tratado como si fuera una propiedad suya que estaba temporalmente en otras manos. Sus comentarios también indicaban que, cuando la recuperara, le haría pagar a Hermione por haberse dejado robar. Y parecía muy seguro de que iba a recuperarla. Vaya a saber los planes que podía llegar a urdir su mente enferma.

Draco no podía estar siempre con ella. Hermione salía sola para ir a la modista,
de compras y demás. Tampoco podía pedirle que no lo hiciera, pues sus temores estaban fundados en meras amenazas.

Al día siguiente iría a visitar al tío James para pedir le consejo. Quizá se estuviera preocupando sin motivo, pero esa noche no pensaba perder de vista a Hermione.