Advertencia: Fanfiction Angst. Puede contener violencia implícita o explícita, abuso de drogas, alcohol, y/o prácticas sexuales riesgosas.
Cronología: Basada en el universo cinematográfico de los Vengadores. Puede contener referencias al cómic. Después de "Era de Ultrón"
V
Secretos.
DICIEMBRE, TORRE STARK, NUEVA YORK.
– Llamada entrante de la Señorita Potts – Repitió FRIDAY por quinta vez, haciendo sonar una fuerte alarma que sobresaltó a Tony.
Su cuerpo reaccionó como si un shock eléctrico le hubiese golpeado. Sus músculos acalambrados le reclamaron el repentino movimiento, y fue consiente de la oleada de aire gélido a su alrededor.
– Toma la llamada… –ordenó a FRIDAY antes de resbalar hacía el suelo, derribando consigo todas las copas dispersas en el perímetro.
"¿Tony?" la voz familiar de Pepper saltó en los altavoces. Intentó ponerse de pie, pero su cuerpo parecía reaccionar con una lentitud poco familiar. Sus articulaciones dolían. Dolían en serio. Sentía como si hubiese terminado de correr una maratón, cuando apenas y recién se levantaba del sofá.
"¡¿Tony?!" Insistió Potts, con ese tono de pánico que solía provocar.
– Pep…Pepper –alcanzó a contestar, desorientado.
"¿Te encuentras bien?"
– Eh… – observó a su alrededor. Siendo honesto, el piso entero no parecía como si todo estuviese "bien" –… teóricamente, sí.
"¿A qué te refieres con eso?"
"No lo sé" pensó. Intentó recordar la última vez que su conciencia estuvo lúcida, pero no encontraba más que una laguna extraña de recuerdos.
– ¿Ocurre algo? –inquirió. Su cabeza pesada demasiado y no estaba en condiciones de otra conversación sobre responsabilidades marca Pepper Potts.
"El personal de mantenimiento reportó a los bomberos una falla en el aire acondicionado, ¿seguro que no estás haciendo algunas pruebas?" le explicó. Sus palabras llegaron como un montón de nimiedades.
– ¿El aire qué…?– balbuceó. Su cerebro estaba tan embotado que ni siquiera se molestó en una mentira más elaborada –Oh si, el aire acondicionado. No en realidad, no hay pruebas…lo que quiero decir, si, no son pruebas es más bien… un análisis de…funciona…de factibilidad.
Se incorporó sobre el sofá. El frío lo entumeció. Realmente hacía frío. Pepper dijo algo del aire acondicionado ¿no? Pero, ¿Dónde demonios estaba su camisa? Su dorso desnudo tenía varios rasguños frescos. Y el piso estaba tan congelado. Quizá era cierto. Enmudeció la llamada.
– FRIDAY, reporte del aire acondicionado.
– Cuatro grados bajo cero y bajando, justo como indicó Señor.
– Justo como ¿indique?
"¿Tony?"
– Necesitaba probar algunas cosas, sí –resolvió volviendo a la llamada con Pepper.
"¿Todo en orden?"
–Perfecto –mintió. La escuchó suspirar mientras accedía a las grabaciones de las últimas horas.
"Recuerda que mañana por la tarde tenemos una cita con Empresas Rand, y debemos ser puntuales"
– De acuerdo –ni siquiera se molestó en escucharla. Friday tomaría nota. En ese momento las grabaciones del piso durante las últimas horas le parecían vitales.
"Cualquier cosa…estoy aquí, ¿vale?"
– Entendido.
"Cuídate Tony" se despidió Potts, con un tono de melancolía.
– Siempre –lanzó, antes de cortar la llamada, sus ojos fijos en las grabaciones. Se observaba a él mismo caminar por todo el apartamento, enseguida cubrirse con su armadura y volar dentro del departamento, beber algunas copas, luego horas y más horas durmiendo. Intentaba concentrarse en las imágenes frente a sus ojos, pero algo le molestaba. Había ocurrido algo, pero no lograba notar qué. Se observó a sí mismo incorporarse del sofá un par de horas antes, luchando contra alguien invisible, lanzando cosas, agazapándose tras el sofá, arañándose y golpear su cabeza varias veces contra la pared. Dirigió una mano hacía su cabeza, aún con sangre fresca entre su cabello. Fue entonces que la revelación llegó a él de golpe.
Era la primera vez que hablaba con Pepper desde su aniversario. Toda comunicación anterior a ese momento fue escrita o a través de FRIDAY. Y se comportó como un idiota. Se frotó el puente de la nariz, intentando asimilar la idea. Quizá si el próximo mes incendiaba la torre, Pepper le volvería a llamar.
Debía anotar eso.
La grabación llegó a sus últimos quince minutos antes de la llamada de Potts. Bailaba sin sentido sobre el sofá, se quitó su camisa. Y allí fue cuando la temperatura, al parecer a bajo sus órdenes, comenzó a descender.
– FRIDAY, establece la temperatura –ordenó, ignorando como castañeaban sus dientes. Se incorporó con lentitud. La debilidad lo asoló. La conciencia se sentía extraña, como si fuese irreal. Caminó hacia su congelado dormitorio en busca de su cobertor, en el que envolvió su cuerpo mientras el piso lentamente volvía a su temperatura habitual. Tomó su móvil de su mesita de noche y telefoneó un número, que se encontraba en su registro telefónico de forma repetitiva.
El timbre sonó solo un par de veces.
– Miller.
– ¿Qué mierda me diste Dylan?
– ¿Stark? Buenas noches –contestó con entusiasmo su interlocutor.
– Mi departamento está hecho un asco, ¿no se suponía que me relajaría?
– No es una suposición, es un hecho. ¿Cuánto te metiste?
– Lo que me diste, idiota. –Escuchó reir divertido a su interlocutor –¿Qué te parece divertido?
– Y ahí lo tienes. Eran tres dosis Tony.
El genio cerró sus ojos lentamente, suspirando. Tenía razón.
– Parecían pequeñas –se justificó –confíe en tu calidad.
– Y haces bien. Sólo, no te aceleres. ¿Acabas de despertar?
Tony dudó un poco.
– Algo así.
– ¡Estás demente! ¿Desde el martes?
Su cabeza comenzaba a palpitar de forma dolorosa al intentar recordar. La cita con Rand era un viernes, entonces.
– Tengo citas de trabajo que no puedo perder, y si Pepper se entera…
– Ya, te daré de a una. No te preocupes. ¿Tienes tiempo mañana?
Tony sopesó su día. Su agenda se limitaba a estar presentable ante Pepper a las 2 de la tarde, tendría una junta con la mesa directiva de Empresas Rand y algunos socios de Stark Industries. Justo el tipo de actividad que más detestaba. Una cita para comer sería la excusa perfecta para salir corriendo de allí si las cosas llegaban a alargarse.
– ¿Te veo para comer?
– Perfecto. Tengo algunas modificaciones que mostrarte.
Algo dentro de sí se removió dolorosamente. El ritmo de confianza entre Dylan y él comenzaba a incomodarle. Sabía que estaba perdiéndose dentro de ese bucle tentador e irresistible para sus tendencias naturales autodestructivas. Le recordaba un tanto a la universidad. Solo que ésta vez Howard no estaba allí para recriminarle sus excesos.
En realidad no había nadie que le recriminara nada, o que siquiera se preocupara por él. Y sabía que no iba a terminar bien.
Pero, ¿cuándo terminaba bien para Tony Stark?
– Veámoslas entonces.
La voz del otro lado del auricular soltó una carcajada amena.
– Eres imparable Tony. Te veo mañana.
Cortó la llamada en seco, para devolver sus extremidades al capullo de su cobertor. Sus dientes castañeaban aún. La temperatura tardaría unos 20 minutos más en llegar a un punto decente. Se vio dormir durante horas según la grabación de seguridad pero, no parecía haber descansado. Sus músculos le reclamaban con espasmos involuntarios y el cansancio crecía exponencialmente cada minuto. De pronto no le pareció mala idea quedarse en cama, si no es que su estómago reclamó el vacío de horas –y posiblemente días, ya que no recordaba con exactitud la línea temporal de sus últimas 48 horas – sin probar bocado.
– ¿FRIDAY?
– Señor.
– Pide algo de comida.
– ¿Algo en específico Señor?
– Sorpréndeme.
– ¿Shawarma de cordero?
Stark contuvo la respiración un momento. La última vez que probó aquel platillo, venía acompañado por una nota:
Tony:
Cuídate, volveré pronto.
Steve.
– Mala idea FRIDAY, mejor llama al restaurant de comida indú que ama Barton.
– Entendido Señor.
. . .
El cielo neoyorkino pasó a teñirse de púrpura durante unos momentos, antes de que el sol comenzara a asomarse por el horizonte. Bebió el último trago mientras las luces de las torres vecinas se apagaban. Observó su vaso vacío. Eso sería todo por hoy. Al menos por las siguientes ocho horas.
Dormir había dejado de ser una opción para él. No recordaba la última vez que la acción le fuera tan cotidiana como cualquier otra. Cada infierno personal parecía encontrar espacio para regresar en sus sueños. Así que, a menos que estuviese lo suficientemente ebrio o drogado, era algo que acontecía de forma esporádica, si tenía suerte. Resolvió unas horas antes, dedicar su noche a detallar una nueva versión de su Mark XLI. Lamentaba que su versión anterior, destruida luego de la batalla con Killian, contaba con muchísimo más potencial del que entonces pensó. Además que ésta nueva versión era más ligera y menos voluminosa. Se adaptaba mejor a su estado físico actual, y era más veloz y compacta en muchos aspectos.
Sopesó de nuevo todas aquellas cosas a las que alguna vez renunció por alguien que amaba. Ahora mismo pensaba que ninguna de ellas valió la pena lo suficiente. Que no hizo lo suficiente. Perdió a Pepper por anteponerla a su ego. Perdió a los Vengadores por su orgullo. Quizá, después de todo, no era capaz de amar a alguien, más que a él mismo. El reflejo del ventanal de su laboratorio le devolvió un reflejo desgastado y roto. Su cabello estaba demasiado largo, y su rostro tenía varios cortes y moretones que aún no lograba recordar cómo fue que llegaron hasta ahí. Siendo honesto, ni siquiera le importaba lo suficiente. Seguía creyendo con firmeza que su labor era más grande que la de generar millones a base de toda la tecnología que pudiese crear.
Podía salvar vidas. Así que, ¿qué más si dejaba media vida en el proceso?
– La señorita Potts actualizó su hora de llegada, estará aquí a las 12 en punto –informó FRIDAY.
Suspiró cansado. Estaba comenzando a arrepentirse de aceptar esa cita.
– Necesito a Barry –ordenó a su asistente virtual –y con urgencia –recalcó, antes de salir directo a la ducha.
– Entendido Señor.
Escuchó los sinuosos pasos antes de terminar de vestirse. Era extraña la presencia de alguien más en su piso. Salió a recibirle apenas pudo. Su invitado analizaba cada rincón con gesto confuso.
– Si no te conociera diría que detestas la decoración.
– Para tu mala fortuna, me conoces –resolvió el moreno, girando hacía Stark, barriéndolo de inmediato con la mirada –Ahora entiendo por qué la urgencia.
– ¿Tan mal estoy? –Tony sabía que su estilista podía ser dramático en ocasiones. En un 87% de las ocasiones, para ser exactos.
– Cecil lleva meses mintiéndole a todos, diciendo que ahora es tu estilista personal, sabía que mentía –resolvió con delicadeza, dejando caer su abrigo con cuidado sobre el sofá. Barry era el tipo de persona que a Tony le agradaba. No particularmente brillante, pero era eficiente en su trabajo. No era el tipo que hacía muchas preguntas personales, y nunca metía su nariz donde no le importaba, lo cual era vital en su muy particular estilo de vida. Le conoció tiempo después de anexarse a los Vengadores, en uno de sus viajes a Corea del Sur, dónde desarrollaba los primeros contactos con el trabajo de la Dra. Helen Cho. Era el chico promesa del área de reconstrucción cosmética, el cual trasladó a Nueva York junto con el equipo de Cho. Era realmente útil cuando tenía sus legendarias noches de juerga y necesitaba lucir impecable para la prensa o reuniones ejecutivas. O cuando quería ocultarle a Pepper sus actividades extraoficiales como Iron Man.
– Así que todos hacen leña del árbol caído –lanzó Tony, tomando un buen trago de su taza de café.
El joven ajustó sus grandes anteojos sobre su nariz, escudriñando al millonario.
– Es la perfecta descripción de tu persona, Stark –sus ojos rasgados brillaron con cierta malicia – Caído.
El genio le dedicó una media sonrisa. Adoraba su honestidad.
. . .
– Buenas tardes Señorita Potts.
El cálido nuevo tono del asistente digital de Tony la recibió desde el ascensor. Detectó el rayo de identificación sobre su rostro unos segundos antes, una función particular del ascensor que la llevaría directo al piso del penthouse. Recordó la última ocasión en que tomó ese camino. Habían pasado 9 meses ya desde aquel día. Sabía a la perfección que cada celebración era gracias a los recordatorios de su asistente digital y no porque Tony fuera del tipo emotivo y guardara con cariño la fecha en un rincón de su habilidosa mente. No era la cita más romántica ni el mejor momento para Tony. Se sentía como un plan, fríamente elaborado, para lograr un objetivo ya propuesto. Como si Pepper fuese algún proyecto inconcluso al cual quería finiquitar para pasar al siguiente paso en su lista de pendientes. Pero eso fue apenas el inicio de aquella fatídica noche.
Suspiró sonoramente cuando el elevador se detuvo en el piso 122. Inhaló tanto hasta que sus pulmones no pudieran contener más oxígeno. Necesitaba esta cita. Buscó todos los medios legales para que algún socio le sustituyera como representante legal a Tony en la junta que se llevaría a cabo en una hora y media más tarde, pero fue imposible. Así que se armó con su mejor coraza y puso toda la madurez emocional para afrontar éste día.
"Cuestiones laborales" se recordó.
La vista del penthouse se develó tras la apertura del elevador. Un chico asiático, unos centímetros más bajo que ella, le dio una sonrisa rígida como saludo. Su cerebro hizo clic unas milésimas de segundos después. Era Barry Hyun, colega de la Dra. Cho. Tony solía utilizarle como estilista, puesto que había desarrollado avances en el área cosmética impresionantes, que dejaban a las cirugías estéticas como simples procedimientos primitivos. El chico acomodó el cuello de su gabardina antes de dar un paso dentro del elevador.
– Buen día, ¿Pepper Potts, no es así?
– Es correcto, señor Hyun. Me sorprende verle por aquí hoy.
– A mí también me sorprende –lanzó Hyun sin mucho interés. Potts sabía que era en sumo reservado y no obtendría demasiada información de su trabajo esa mañana ahí.
– Tony debe estar esperando –cortó Pepper, saliendo del ascensor– así que, un gusto verle– se despidió ella, recibiendo una ligera reverencia de su parte, mientras las puertas se cerraba delante de ella.
Pepper depositó su vista en las puertas por donde desapareció el joven. El acabado del metal pulido le devolvió su reflejo. Vestía un conjunto formal blanco de pies a cabeza, coordinado con su abrigo, que esperaba en su antebrazo ser usado. Había recortado su cabello hasta el hombro, y cayendo como una llama brillante escarlata. Lucía muy distinta sí, pero seguía siendo ella, en una pieza.
Sobreviviente a un tornado marca Stark.
– Buenas tardes.
Pepper cerró los ojos un par de segundos antes de girar para encontrarse con el millonario.
– Buenas tardes, Tony –respondió, escudriñándole. Lucía tan distinto, y no en el sentido positivo de la palabra: era claro que había perdido mucho peso. Toda su figura era más menuda que antes. Le estaba dedicando una sonrisa que no llegaba a su mirada: gris, pálida y rota. Estaba entallado en un traje gris Oxford bastante conservador, seguramente pensando que le ayudaría a verse más voluminoso, cosa que no lograba en absoluto. Su barba, cabello y cutis lucían perfectos. Barry era un artista, en definitiva. Un nudo se formó en su garganta; no quería imaginar lo mal que debería estar bajo esas capas de maquillaje. Conocía tanto al hombre que se encontraba frente a ella, como para saber que estaba ocultando un estado físico preocupante.
Tony asintió, como si lo tuviera planeado. Cruzaron miradas incómodas unos segundos.
– ¿Cómo estás? –preguntaron al unísono, provocando que ambos se sonrojaran. Tony levantó la mano, cediéndole la palabra.
– Bien, estoy bien –confirmó Pepper, más para sí misma que para su interlocutor – ¿Y tú?
Tony encogió los hombros.
– Ésta es la parte donde copio tu respuesta –resolvió –¿Gustas un café o…
– Estoy bien, yo solo…–hizo una pausa girando de nuevo al resto del lugar –Necesitamos revisar algunos detalles de la reunión para contextualizarte y…
El castaño asintió, sin mucho interés. Sabía, por su actitud, que ninguno de los dos tenía expectativas de más. Él no estaba en su papel del caballero encantador, y ella realmente no estaba interesada en darle otra oportunidad. Valoraba la paz que tanto le costó conseguir los últimos meses. Pero una pequeña parte dentro de ella, minúscula e insignificante, albergaba un ápice de esperanza que Tony luchara por lo que había entre ellos.
– De acuerdo, vamos a ello –dijo, cabizbajo. Era como si le hubiesen drenado la energía y vitalidad del cuerpo. Le observó caminar, de esa manera en la que arrastraba un poco el pie izquierdo y sus hombros ligeramente encorvados, que bien sabía era un indicador de una agotadora jornada y que pronto caería rendido. Pero eran las 12 del día, de un Tony aislado en su torre, sin misiones peligrosas junto a los Vengadores.
No tenía sentido alguno.
Ella se adentró lentamente, como quien prevé peligro. El olor en el aire le decía que no tenía mucho tiempo en que el personal de limpieza había entrado en acción. Varias partes de los muros se encontraban cubiertos por mantas. Conocía bien el por qué. Un tiempo atrás, con los Vengadores allí, era frecuente encontrar ese tipo de reparaciones por todas partes, resultado de accidentes por una excesiva presencia de fuerza. No se atrevió, sin embargo, a preguntar el origen del daño al inmueble, pero sabía muy bien que no era un buen indicio. El dolor en su pecho aumento, junto con sus pensamientos fatalistas que, en el caso del su excéntrico jefe, solían ser bastante acertados.
¿Quién era él y donde estaba el verdadero Tony Stark?
. . .
DICIEMBRE, ALGÚN PUNTO EN EL NORTE DE NUEVA YORK.
– Tu vista siempre en el horizonte, Cap –le recordó Page, su mentor de vuelo. Hace meses decidió tomar clases de vuelo en sus tiempos libres dentro del Centro de los Vengadores. Se codeaba con muchos pilotos experimentados, y ninguno de ellos iba a negarse a brindarle unas clases al legendario Capitán América. A veces ser una leyenda tenía sus ventajas.
Exhaló, relajando sus músculos, cuando notó que la nave se encontraba en perfecta alineación.
– Lo estás haciendo muy bien –le felicitó su mentor, a través del altavoz.
– Ya era hora –sonrió Steve, desde la nave. Encontraba relajante inmiscuirse en el cielo. El sonido de los motores de la nave y el rugido suave del viento rompiéndose, le ayudaban a despejar su mente. Disfrutaba el sonido del viento y sol invernal perezoso a sus espaldas. Agradeció que esa mañana el clima mostró mejoría suficiente para realizar una práctica corta.
Las vacaciones le sentaban pésimo.
Entre las actividades rutinarias de entrenamiento y sus sesiones de ejercicio, no había mucho que hacer dentro. Intentó persuadir a Hill de anexarse en algunas misiones sencillas. Incluso rogó por encargarse de un poco de papeleo –algo en sumo ridículo para él, dado sus habilidades– pero la agente no era conocida por ceder fácilmente. Así que se resignó a pasar sus tardes probando las recetas de repostería que Wanda y Visión cocinaban; un gesto que solía brindarle un aire un poco más hogareño al lugar. Con Nueva York bajo una terrible tormenta invernal, sus clases de vuelo, que eran la última salida que le quedaba, eran imposibles. Pero esa mañana el cielo se había despejado y los vientos eran favorables para las maniobras, así que salió disparado al exterior para poder desempolvarse un poco.
"Llamada entrante de…Desconocido" informó el asistente de la aeronave, provocándole un gesto de incredulidad. Todas las llamadas tenían un código de identificación interno legible solo entre las comunicaciones del sistema de los Vengadores. Una llamada desconocida era solo proveniente de un número privado civil.
Stark…
Se aferró al manubrio con fuerza al tiempo que inhalaba para relajar su respiración. Activó el micrófono de su diadema antes de aceptar la llamada desde el panel de control.
– Aquí Rogers.
La llamada entró, con una marcada ola de ruido ambiental. El viento parecía soplar directamente sobre el micrófono de su interlocutor. Steve tragó saliva.
– Repito, aquí Rogers.
"¿Línea privada?" inquirió una voz modificada de forma electrónica, ocultando a su verdadero interlocutor. Steve caviló unos segundos.
– Afirmativo.
La llamada se cortó, y en la pantalla del monitor central del Jet apareció un mensaje. Steve procedió a abrirlo. Era una ubicación de un punto en medio de la nada, a unos 15 km del Centro de los Vengadores. Una ubicación y una hora: sopesó sus opciones. Podría ser una trampa o…
Envío su ubicación a su móvil, y borro el registro de llamadas del jet.
– Torre de control, solicito autorización para aterrizar.
. . .
Lanzó los papeles junto a Pepper. Su cabeza dolía de forma palpitante, y la luz era un suplicio en sus ojos. Ni siquiera en la parte trasera del auto, Potts dejaba de torturarle con un montón de términos legales e información. Tony deseo que tuviera un botón de silencio. Buscó su móvil en su bolsillo en busca de alguna señal de vida fuera de esa burbuja corporativa a la cual Potts el arrastró.
– ¿Puedo pedirte que durante la reunión olvides tu móvil? –solicitó la pelirroja, amable.
– Hecho –acordó Tony, ajustando sus gafas de sol.
Happy abandonó la avenida para girar hacia el acceso al estacionamiento subterráneo de un edificio en la siguiente manzana. Tony lo observó de reojo, sin mucho entusiasmo: era el prototipo de edificio corporativo, sin mucha personalidad. Uno más del empaque, con una fachada acristalada, demasiado ortogonal y reservado. Agradeció cuando los luxes que recibían sus ojos descendieron al entrar al estacionamiento. Cuando Happy ubicó la entrada al asesor privado, cuatro hombres en traje les indicaron detenerse. El primero de ellos se acercó e intercambio palabras con Happy por debajo, antes de que los mismos abrieran las puertas del vehículo para ofrecerles la entrada.
– Señor Stark, Señorita Potts – saludó el hombre –Bienvenidos, estábamos esperándoles.
Tony rodó los ojos ante la formalidad en cuanto el hombre dio media vuelta junto con Pepper. Realmente detestaba regresar al ambiente corporativo. El ascensor detuvo su marcha excesivamente lento y angustiante. Rodeado de seis hombres –dos más que se unieron en el piso del lobby – Pepper y él se encontraban sofocados. Una rubia enfundada en una apretada falda tubular y un gafete profesional los recibió con una sonrisa forzada, dirigiéndoles hacia una sala de juntas central con una cortina de cristal ovalada, con una vista al resto de la isla de Manhattan.
– ¿De verdad quieres que haga esto? –le murmuró a Pepper por debajo.
– Vas a salir vivo, lo prometo –le devolvió sin borrar su expresión amable del rostro.
Un hombre de mediana edad los recibió al frente de la mesa de juntas. Su sonrisa lobuna de dibujó cuando barrió con su mirada a Pepper. A su lado, una mujer de una corta cabellera y mirada penetrante lo secundó con una sonrisa fría.
– Señorita Potts, Señor Stark, es un honor tenerlos aquí –vociferó ante la mesa, que reaccionó poniéndose de pie ante los visitantes –Ward Meachum –se presentó, acercándose a ellos y ofreciendo la mano. Tony asintió, evitando el contacto. El olor a aromatizante para alfombras comenzó a marearlo. Era ese tipo de situaciones por los cuales Pepper y no él, estaba a cargo.
La sesión comenzó con una pretensiosa presentación del crecimiento en el mercado de los diversos rubros de Empresas Rand. Potts asentía amablemente como si realmente estuviese sorprendida. Ella era muy convincente al hacerlo. Podría no estar en lo mínimo interesada, pero Tony sabía que era demasiado amable y educada, logrando que sus interlocutores se sintieran valorados al hablar con ella. La magia de Pepper Potts.
Por su parte, se limitaba a asentir y parpadear. Su cabeza y la dosis de presentación ejecutiva de finales de los noventas lo acribillaban con crueldad. Veinte minutos atrás, su corazón había decidido martillar con fuerza dentro de su pecho. Necesitaba salir de allí o una copa. Cualquiera que llegara primero, o ambos. No estaba escuchando palabra alguna que saliera de la boca de Meachum ni de cualquier otro socio. La voz de Pepper sonaba tan distante. Lo único que parecía tener espacio en su mente era el maldito timbre del teléfono de la secretaria, unos metros fuera de la sala de juntas. Recibió nueve llamadas en los últimos veinte minutos. Golpeteaba con sus uñas su escritorio mientras resolvía cada una de ellas. ¿Acaso no podía estar quieta un segundo? Si entraba otra llamada, juraba que se levantaría, iría hasta allá, y reventaría contra el suelo ese maldito…
– …eso nos dejaría como líderes en la zona suroeste, una idea bastante atractiva, ¿no le parece Sr. Stark? –mencionó Joy Meachum, la mujer que, junto a Ward, llevaba dominando la conversación.
Tony encogió los hombros y se reacomodó en su lugar.
– Me encanta como suena –mintió con todo el entusiasmo que pudo generar. El resto de los presentes se dejaron dibujar una sonrisa que no se habían permitido durante toda la reunión, expectantes ante su respuesta.
– Entonces, si les parece oportuno, podemos comenzar con leer las cláusulas de la alianza comercial que previamente la Srita. Potts ha autorizado…
– ¿Convocas a la junta directiva sin mí otra vez? –cortó una voz tras él. Todos los asistentes giraron hacia el recién llegado. Tony lo analizó con interés: rodeando treinta, un hombre de mediana estatura y una mata rizada de cabello rubio, observaba con el ceño fruncido a Ward. Su atuendo era apenas un traje mal ajustado sin corbata y un par de zapatillas deportivas. No parecía ser el tipo de empresario tradicional. Su llegada instaló un silencio incómodo en el lugar.
Vaya forma de animar el ambiente.
– Si los hace sentir mejor, yo he hecho cosas peores –lanzó Tony, rompiendo el silencio.
Ward forzó una sonrisa relajada ante el comentario de Tony, cruzando la sala para recibir al chico.
– Señorita Potts, Señor Stark, les presento a "Danny" Rand, socio mayoritario de Empresas Rand y heredero de nuestro querido amigo Wendell Rand.
Stark giró de inmediato con Pepper, levantando sus cejas.
– Creí que nuestro acuerdo era…
– Es un gusto tenerte por aquí –cortó Ward el mascullar de Rand –Creo que te alegrará saber que Stark Industries ha accedido a crear nuestra alianza comercial –complementó con una tensa amabilidad, mientras le diría a un asiento vacío en la mesa. Rand observó al resto de la junta directiva con el entrecejo fruncido y la desconfianza marcada en sus ojos.
– Danny se está integrando estos últimos meses a las actividades corporativas –explicó Joy –así que, ¿continuamos?
Pepper asintió con una sonrisa cortés, guardándose la incertidumbre. Tony, sin embargo, comenzó a poner atención por primera vez a lo que ocurría frente a él. Su intuición le decía que algo escondía aquella tensa relación entre Rand y los hermanos Meachum. El rubio parecía examinar con una desconfianza añeja a Pepper, como si nunca hubiese escuchado hablar de ella o de la compañía. Según palabras de la pelirroja, esa alianza llevaba meses negociándose, por lo que le parecía extraño que el socio mayoritario no estuviese enterado del dicho asunto. Fuera de la sala de juntas el maldito teléfono volvía a la batalla, pero ésta vez no era contestado. Giró discretamente en dirección al escritorio de la secretaria y la encontró enfrascada en una conversación incómoda con una chica de rasgos asiáticos, que portaba lo que le pareció, una katana en su espalda. Tony volvió enseguida con Potts, pero ella estaba demasiado enfrascada en su papel para notar el movimiento a su alrededor. Cuando su mirada cruzó con la de Rand, notó que éste estaba observándole cuando espiaba a la secretaria. Se ajustó en el asiento nuevamente y pretendió el resto de la junta, tener el mayor interés en el asunto.
– Tony Stark, ¿cierto? –el genio de detuvo un par de metros antes del elevador. La junta había terminado unos minutos antes y era el primero en salir corriendo por aire fresco. Giró para encontrarse con la mirada desconfiada de Daniel Rand. Agradeció que no estuviera ofreciendo la mano para estrecharla. Se encontraban cubiertas de un incómodo sudor frío que sería vergonzoso que su ahora socio lo detectara.
– Al parecer, si, lo soy –lanzó con un gesto despreocupado.
– No quiero que tome a mal lo de hace un rato, sólo…–hizo una pausa donde echó un vistazo rápido a Ward, aún dentro de la sala de juntas. Éste último aún hablaba con Potts y lanzaba miradas de reojo a donde Rand y él se encontraban –…sólo quiero asegurarme que la empresa ésta haciendo las cosas bien ésta vez.
Tony alzó una ceja, incrédulo.
– Sabes que no es buena idea hacer ese tipo de comentarios a tus socios, ¿cierto? –terció Tony, ganándose una mirada confundida del chico.
De acuerdo, ahora parecía comprender porque Ward lo mantenía lejos de los asuntos de la empresa.
– Deseo ser el contrapeso en las decisiones, así que estaré muy cerca de ésta nueva alianza –intentó arreglar el rubio.
– No tenemos nada que ocultar. Stark Industries está tomando un nuevo rumbo socialmente responsable, así que, Señor Rand, puede quedarse tranquilo –alegó en su tono más confiable, dándole unas palmadas en el hombro.
– Me aseguraré de ello –advirtió Danny.
– Me parece entonces que no sabes en realidad quién soy.
– ¿A qué se refiere con…
– ¿Tony? –le llamó Pepper – Señor Rand –saludó Pepper – Estamos listos para irnos. Quedaremos en contacto a través de nuestro equipo de jurídico para afinar detalles –informó al heredero, que no parecía entender mucho de lo que se hablaba alrededor. Detrás de ella, Ward ensanchó su sonrisa. Danny Rand desapareció tras el resto de socios que se acercaban a despedir a Stark.
– Interesante ¿no te parece? –le murmuró Tony a Pepper, una vez dentro del ascensor.
– ¿Te refieres a Rand? –inquirió ella, revisando en su tableta detalles del encuentro.
– Me pareció que algo no marcha bien con los Meachum –le confesó – ¿segura que revisaste bien los antecedentes comerciales de…
– Todo lo que podía legalmente ser registrado, sí –le aclaró, volviéndose con él –Danny Rand desapareció en el accidente aéreo que acabo con la vida de sus padres. Todos pensaron que él también había muerto, hasta que apareció hace unos años y reclamó su parte de la empresa. Todos estos años los Meachum se hicieron cargo. Es por eso que son bastante protectores con la empresa.
Tony almacenó la información al fondo de su mente, poco convencido.
Su dolor de cabeza le estaba matando.
. . .
– ¿Irás a alguna misión? –le preguntó Wanda, mordisqueando una galleta, tumbada en el sofá de la sala de estar. Estaba envuelta en una frazada, jugando una partida de ajedrez con Visión. El androide le dedicó una mirada penetrante. Steve odiaba admitir que el androide le ponía nervioso. Podría acostumbrarse a muchas cosas de la época en la que despertó, pero convivir con un ser de origen no humano que podía tener una conectividad casi ilimitada con todo el mundo a través de la red mundial, era sumamente escalofriante. Sintió el rubor delatándole. ¿Y si Visión sabía del mensaje que copió a su móvil desde la llamada en el jet?
– Iré a dar una vuelta –mintió –no me esperen para cenar.
Wanda asintió, sin mucho interés, pero la mirada del androide clavada en su espalda era insoportable.
. . .
Tony se sintió agradecido cuando arribó a su vestíbulo privado en la torre Stark. Un temblor generalizado comenzó a invadirlo durante el trayecto de vuelta. Evitó las preguntas incómodas de Pepper, a pesar que sentía como el sudor frío le resbalaba por la frente y apenas podía mirar hacia el exterior con sus ojos ultra sensibles. La necesidad imperante de salir corriendo en dirección opuesta a cualquier junta corporativa lo dominó durante los últimos minutos junto a Potts. Necesitaba un trago. Quizá muchísimo más que uno.
Arribó con urgencia al vestíbulo casi desierto. Una recepcionista que se alojaba tras una larga barra le dedicó una sonrisa con una amabilidad demente, que fue ignorada olímpicamente por Tony. Tenía tanto tiempo sin usar su vestíbulo privado que ni siquiera sabía quién era la chica en turno. Tras él Potts seguía parloteando sobre pendientes que debía realizar las próximas semanas y detalles que afinar con otro par de alianzas comerciales.
– Con que allí estás. – Un chico castaño, de alrededor de unos veinte años, se incorporó del sofá donde se encontraba, interrumpiendo el discurso de la CEO. Vestía de forma relajada, con un blazer que insinuaba darle un poco de formalidad a su aspecto. Justo como un empresario millenial principiante.
– Al parecer sobreviví –devolvió el genio con una media sonrisa.
Pepper se congeló un momento, observándoles con detenimiento.
– Oh, claro –reaccionó Tony –Pepper, él es Dylan Miller, el tipo que revolucionó las transacciones electrónicas –Tony invitó al aludido saludar a Pepper. Ella le devolvió su estandarizada sonrisa de cortesía que Tony conocía.
– Un placer Srita. Potts. He oído hablar muchísimo de usted –soltó Dylan, descubriendo su dentadura encantadora en una sonrisa –Y permítame decirle que admiro la diligencia en la dirección de Stark Industries, me parece realmente ingenioso y sensato el rumbo de la compañía en sus manos.
– Gracias Sr. Miller –le devolvió Pepper con una sonrisa que Tony sabía, era un "clic", lanzando una punzada dolorosa a su pecho.
– Si, que encantador –murmuró Tony –Lo que me recuerda que Dylan y yo tenemos asuntos urgentes que solucionar.
– Tony, es primordial definir los alcances que tendremos…
– Él puede videollamarte más tarde –sugirió con entusiasmo Miller. La pelirroja le observó de reojo. Tony encogió los hombros, dándole la razón.
– No tardes demasiado –accedió ella –necesitamos presentar un resolutivo mañana por la tarde, ¿de acuerdo?
Tony asintió, de pronto, sintiéndose tan cansado y derrotado al pensar que tenía que verla partir. Dylan se despidió cordialmente de ella –más cordial de lo que a él le gustaría ver – y le vio desaparecer tras las puertas del ascensor. Se tomó unos segundos para sentir el peso de su realidad volviendo a él. La necesitaba.
Pero ella a él no.
– Tengo unas cosas nuevas que mostrarte…–Dylan lo trajo a la realidad.
– Y yo necesito un trago –murmuró Tony, dirigiéndose al elevador.
Dylan examinó con curiosidad las mantas que cubrían ciertos rincones de la sala de estar del pethouse. No era la primera vez que se encontraba allí, pero le parecía curiosa la forma en que siempre parecía sufrir incidentes. Tony carraspeó ofreciéndole un trago de whisky.
– Parece que puedes armar un caos tú solo.
– Bueno, ya sabes, años de experiencia –alardeo Tony, bebiendo casi con urgencia hasta el fondo de su vaso para volver a recargar.
Dylan lo observó con un gesto preocupado.
– ¿Tan mal estuvo hoy con…
– No digas su nombre –cortó Tony. No era porque no quería escucharlo. Más bien, sentía que en boca de alguien más sonaba soez. Porque era su Pepper. Siempre sería su Pepper. Y no quería escuchar a otro hombre llamarla.
– ¿Así de mal?
Tony ladeo la cabeza, sin añadir más al tema. Era evidente que mientras él se había hundido durante meses castigándose mentalmente por el destino de su relación, ella había florecido y madurado tanto. Siguió con su vida y se hizo cargo de la empresa, mientras él se encargaba de vaciar todas las botellas de su cava. Mientras él intentaba crear un escudo para ella. Y allí estaba, carajo. Todo perdido.
Porque, ¿quién demonios era él para que las cosas le salieran bien?
– Que era eso que tenías que mostrarme –apresuró el genio, sentándose junto al chico en el sofá.
El castaño se dibujó una media sonrisa maliciosa. Sus ojos verdes parecieron oscurecerse un poco. Abrió su portafolio y extrajo un pequeño estuche metálico, con un enorme Omega inscrito en él. Lo colocó ceremonialmente sobre la mesa de la sala, digitó un código en la cara lateral del mismo, y éste se abrió. Tras un suave velo de vaho, tres ampolletas azules brillaban dentro.
– Sin efectos colaterales, sin dependencia, más potente y furtiva a cualquier prueba de dopaje –describió, mientras extraía una del maletín – Es diez veces más placentera que la heroína y tan suave que no recordarás ni tu nombre.
El ritmo con el que su nuevo compañero de parranda creaba y mejoraba la estructura de diversas drogas le comenzaba a preocupar. Debía admitir que era sumamente interesante desde un punto de vista científico: no era su área, pero sabía reconocer cuando alguien tenía un don. Desde la primera píldora que puso en su lengua, supo el por qué ese talento no podía desperdiciarse en incubadoras del gobierno. Tony tomó una de las ampolletas, observando su color vibrante a través de la luz.
– Le llamamos Centella –continúo –y es una primicia exclusiva, claro.
Dylan le dedicó una sonrisa traviesa, mientras observaba como Tony buscaba su jeringuilla automática –un pequeño regalo del mismo Miller– y colocaba dentro la ampolleta.
– Estás demente Stark.
El genio se dibujó una sonrisa triste.
– Ya me lo han dicho antes –murmuró mientras descubría su brazo izquierdo para colocar el dispositivo sobre él. Presionó el botón y sintió como la sustancia se deslizaba con un placentero ardor por sus venas. Se tumbó sobre el respaldo del sofá, permitiéndose disfrutar como su conciencia se soltaba poco a poco de la realidad. El rostro de Dylan apareció frente a él, acercándose sigilosamente como una serpiente asechando.
– Y agregamos un poco de esto –dijo Dylan, deslizando la yema de sus dedos por los labios del genio, para abrir apenas su boca y alojar una píldora dentro –…la experiencia será inolvidable –término susurrándole al oído, para regresar y sellar la boca del genio con un beso. Tony se rindió ante el lascivo contacto, a las manos que se enterraban en su cabello y bajaban recorriendo con violencia y una frívola urgencia el resto de su cuerpo.
Nada le importaba ya.
"Cuídate, volveré pronto."
. . .
Sus pies se hundían cada vez más profundo en la gruesa capa de nieve. El bosque era solo un laberinto de troncos secos y un manto blanco. Recordaba haber visitado esa reserva, años atrás, cuando recién despertó. Era finales de primavera y deseaba escapar de la vida de Nueva York. Necesitaba asimilar tantas cosas. Escapó un par de meses acampando en aquel lugar, ayudándole a procesar todo el tiempo que perdió. Todas las personas que dejó.
La alarma de su GPS chilló un poco más fuerte cuando estaba por llegar al punto más alto de una pequeña colina, indicando que el punto de encuentro estaba cerca. Aceleró el paso, sintiendo el sudor resbalar por su rostro con más rapidez. Tomo una gran bocanada cuando vio emerger colina abajo, una pequeña cabaña abandonada. Debía ser de quizá, unas tres piezas, como máximo. El tejado lucía daños profundos que estaban colando nieve en el interior. En el porche, una mecedora rota se alojaba, olvidada y podrida. Steve comenzaba a ponerse nervioso. Si alguien le había puesto una trampa, debía quitar el modo furtivo a su móvil para, al menos, dejar un pequeño rastro de su localización. Sopesó sus opciones. Si esto era una "cita" extra oficial de la cual el pentágono no debería enterarse, debía arriesgarse un poco más. Inhaló hasta llenar sus pulmones antes de avanzar colina abajo.
La madera se quejó cuando el Capitán subió al porche, rescatando su escudo de su espalda, mientras cruzaba el portal lentamente. La chapa rota le dio acceso a una envejecida sala de estar. El sillón apestaba a moho y al fondo, un televisor viejo se mantenía encendido, mostrando solo estática. La poca luz que se filtraba por las ventanas, a través de las rasgadas cortinas y el televisor olvidado arrojando luz azul, no eran suficientes para leer todo el espacio. Agudizó sus oídos cuando detectó un par de pasos a su costado acercándose. En un movimiento reflejo, lanzó un par de golpes al aire, que fueron esquivados sin problema.
– Hola Steve –murmuró con voz risueña Natasha. El nudo dentro de su estómago se relajó, para dar paso a una sensación de decepción – ¿Esperabas a alguien más? –agregó, levantando una ceja, divertida. Su cabello estaba oculto tras un pañuelo oscuro y la mitad de su rostro cubierta por una gruesa bufanda.
– Pensé que estabas en una misión –soltó Steve, reacomodando su escudo en su espalda.
– Estoy en ello –resolvió – ¿Vienes en modo furtivo?
Steve asintió.
– De acuerdo –Natasha se retiró la bufanda que cubría su nariz y boca. Su labio inferior lucía inflamado y con un corte profundo. Un par de grandes hematomas ubicados en su cuello fueron descubiertos.
– Dios, Nat, ¿estás bien?
Ella torció la cabeza, sin darle importancia.
– Gajes del oficio.
Se arrodilló frente al televisor. Fue hasta que ella estaba allí, que notó un pequeño aparato ubicado en un entrepaño del mueble que albergaba el televisor. Natasha introdujo lo que parecía una caja rectangular negra dentro de él. Steve lo había visto en fotografías, nunca en vivo. La tecnología había avanzado tanto cuando despertó que nunca logró ver uno en vivo. El VSH comenzó a reproducirse.
– Necesito que veas esto –informó la espía –Mi misión me llevó hasta un lote de archivo muerto en Ucrania. Había mucha información sobre el soldado del invierno allí.
Steve se tensó al escuchar hablar de ello. Bucky se encontraba desaparecido, y era una misión personal seguir su paradero. Natasha se unió, junto con Sam, a su búsqueda, pero tras meses sin siquiera una pista, esto venía como un gran avance dentro de su investigación. El vídeo comenzó a correr con una pantalla negra con una serie de datos ilegibles para Steve. Ignoraba el idioma en que se encontraban. Luego, apareció una fecha: 16 de diciembre de 1991.
La pelirroja pausó la grabación.
– Steve, antes de que veas esto… –ella desvió la mirada hacia el suelo –…quiero que entiendas que en ésta cinta quien actúa es el Soldado del Invierno, no Bucky.
El soldado asintió, sintiendo su garganta cerrarse. Sabía lo que venía a continuación. Un asesinato más en manos de su amigo, siendo manipulado por HYDRA. La grabación continúo. La cámara enfocaba una carretera solitaria, iluminada por un arbotante cercano, que bañaba todo con una luz perezosa. Segundos después, aun auto impactó de frente contra un elemento no visible desde la toma. Un sujeto, arriba de una enorme motocicleta aparece en el cuadro del lado izquierdo, donde el automóvil soltaba humo resultado del impacto. Una figura emerge de la puerta del conductor y se arrastra débilmente fuera del vehículo. Steve siente nauseas cuando logra reconocerlo: Howard Stark. El soldado del invierno desciende de su motocicleta y toma por la cabeza al maltrecho Stark. Dos golpes secos contra su rostro y un cuerpo cae inerte. Steve siente que su mundo se mueve bajo sus pies. Siente como todo se derrumba. Natasha lo toma por el brazo, recordándole que sigue allí. Observa a la figura oscura arrastrar el cuerpo para devolverlo al asiento del conductor, mientras una voz femenina grita, de forma apenas audible. El verdugo camina con una frialdad calculada rodeando el automóvil hasta la puerta del copiloto. Se detiene ahí unos segundos y vuelve hasta posicionarse frente a la cámara. La mirada vacía de Bucky parece taladrarle hasta los huesos. Apunta con su arma a la cámara y el vídeo termina allí.
Dos minutos.
Dos minutos le habían costado a James Barnes para terminar con la vida de los Stark.
Les debía una actualización desde hace tiempo, pero éste capítulo se ha alargado más de lo que planeaba. Realmente era necesario, aunque la historia no parezca avanzar mucho entre nuestro par. Había que cerrar algunos ciclos y plantear temas que son importantes entre ambos personajes. Sobre los personajes nuevos, juro que no serán Gary Sue, son complementos a la historia.
Las cosas comenzarán a ir más rápido en el siguiente.
Muchísimas gracias a todos los que se toman la molestia de dejar increíbles reviews, me alegra mucho llegar a ustedes.
¡Hasta la próxima!
Bethap
