Advertencia: Fanfiction Angst. Puede contener violencia implícita o explícita, abuso de drogas, alcohol, y/o prácticas sexuales riesgosas.
Cronología: Basada en el universo cinematográfico de los Vengadores. Puede contener referencias al cómic. Después de "Era de Ultrón"
VI
Recuerdos.
Un segundo misil impactó bajo el primer nivel de la mansión. El volado no tardó en colapsar hacia el mar. Se aferró a una columna cercana, en un intento perdido de elevarse a una zona estable. Estaba cayendo junto con el resto de la estructura. Insistió activar los propulsores de vuelo en vano: el Mark 42 aún no estaba listo. Ignoró a JARVIS y sus advertencias. Mientras sentía el peso de la armadura hundirse con el bajo el agua, se culpó por ser tan estúpido como para amenazar a un terrorista y esperar enfrentarle con una armadura prototipo. El resto de su mansión y posesiones comenzaron a enterrarle cada vez más profundo. Luchó contra los trozos de concreto armado y tensores de acero que lo cubrían. Era una batalla contra reloj. Cada segundo la presión sobre su cuerpo era mayor. Giró sobre sí mismo, intentando empujar una pieza más pequeña para usarlo como salida. Escuchó otro gran trozo de concreto caer justo encima de esa pieza y cuando dimensionó la situación, su brazo derecho y piernas se encontraban siendo aplastados con tanta presión que el traje comenzó a ceder. El agua entró en la armadura, agotando el poco oxígeno que quedaba.
– ¡Jarvis!
– Señor, perdemos energía. Los sistemas de…impulso…
La interfaz en su casco comenzó a parpadear hasta fundirse en la oscuridad.
– ¡JARVIS! – desgarró su garganta en un último gritó que se perdió en la profundidad del océano. Luchó inútilmente por respirar. Contuvo dentro de sus pulmones el oxígeno restante, pero no bastaría. Seguía atascado. Se removió con toda la fuerza que le quedaba. El ardor de sus pulmones implorando oxígeno, la angustia subiendo por su garganta…
Emergió de golpe, como si su instinto de conservación le hubiese dado un shock eléctrico que lo reanimó por completo. Fuera del agua, tomó una enorme bocanada de aire. Sentía su corazón palpitar aún con la adrenalina del impacto. Se deslizó con dificultad fuera de la bañera, cayendo de bruces sobre el suelo del baño. Su rostro fue el primero en recibir el impacto, y resbaló unas cuantas veces hasta sostenerse en el borde de la bañera. Un latigazo de calor en su pómulo le advirtió de la herida y por qué el piso se teñía de escarlata.
Con su corazón martillando dolorosamente en su pecho, se aferró a la estabilidad de la orilla. Las náuseas se agolparon hasta su garganta, girando tan pronto como pudo hacía el suelo de nuevo. Las arcadas le quemaban. Luchó en vano por controlar su respiración antes que la última arcada lanzara fuera una dosis de su propia sangre. Retrocedió para alejarse de aquel charco de su propia inmundicia, de los frutos de sus excesos. De pronto se sintió un imbécil.
Un completo imbécil.
El idiota que se desvivía por encontrar la salvación de la humanidad, y ni siquiera podía salvarse de sí mismo. El peso del presente lo abrumó.
La solitaria torre ignoró su llanto.
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Detalló las pequeñas ventanas del edificio. En una de ellas, colocó una figura oscura perfilándose a través del cristal. Dibujó una media sonrisa cuando terminó. Durante las tardes de verano, Bucky solía ir a la casa de campo de sus abuelos durante tres semanas. Era la parte complicada de sus veranos. Steve quedaba recluido –ya fuera porque Bucky no estaba en la ciudad o por alguna complicación de su débil condición física– en casa, observando desde su ventana a Brooklyn florecer. Era por ello que, las primeras semanas del verano, y apenas salir del instituto, Bucky iba a buscarle cada tarde para aprovechar todo el tiempo que tenía en la ciudad, juntos. Solía tirar piedrecillas a su ventana antes de salir corriendo antes que su madre lo sermoneara sobre sus modales.
Quizá su madre no creería donde terminó Buck, décadas después.
– Adelantaré tu Navidad ahora mismo Capitán – comentó la agente Hills, colándose a la sala de estar del cuartel de los Vengadores.
Steve se incorporó del sofá al verle entrar.
– Parece que estás aprovechando bien tu tiempo libre –añadió Maria, observando los bocetos del soldado esparcidos por la mesa de centro.
– Intento mantener la cordura –bromeó el rubio.
– Nadie puede mantenerla viviendo aquí –resolvió con frialdad, volviendo a su tableta portátil.
Steve dibujó una mueca incómoda, sintiéndose impulsado a devolver a su portafolio todos sus bocetos.
– Es hora de regresar al trabajo –comentó la agente, mientras transfería la información a una proyección holográfica a la mesa. Una serie de rostros ya conocidos para él se desplegaron, incluyendo localizaciones y un mapa de recorridos –nuestra gente encontró por fin una conexión de las transacciones con Nueva York. Un par de estos hombres descuidaron sus llamadas y localizamos a sus compradores.
El holograma desplegó nuevos rostros. Steve no reconocía ninguno.
– Un puñado de empresarios de la más alta cúpula de Nueva York –indicó Hill, al ver el desconcierto del soldado.
– ¿Ya solicitaron una orden de…
– No hay pruebas suficientes Capitán. Sus finanzas están bien cubiertas, hasta donde indagamos. Necesitamos evidencias más enérgicas.
– ¿Qué es lo que hay que hacer?
Hill conectó su mirada con la del rubio.
– No va a agradarle Capitán.
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– ¿Tony?
Pepper tomó la video-llamada al segundo timbre. La cámara del millonario se encontraba apagada.
"Revisé las actas, puedes continuar y firmar con Rand"
– Tony, hay cientos de cosas que hay que revisar sobre las cláusulas que indican… –la tos insistente del genio al otro lado de la línea la interrumpió – ¿estás bien?
"Encárgate tú. Confío en tu criterio" le devolvió con voz ronca, antes de cortar la llamada.
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– Deben estar bromeando.
– Necesitamos un distractor, y es la excusa perfecta. Nadie lo esperará.
– ¿Por qué no puede ir Romanoff? –intentó persuadir el soldado.
– Ya estuvo involucrada antes en su entorno, además, es bastante llamativa –terció la agente Hill.
Steve negó con la cabeza.
– ¿Wanda?
– Demasiado conocida.
– ¿No hay algún agente que…
– Capitán –lanzó con firmeza Hill, deteniendo sus excusas –Estamos hablando de una operación delicada. Si obtenemos evidencia mayor aquí, podemos comenzar a jalar la cadena en el resto de la red de operaciones. Si durante la transacción portan armas avanzadas, créame que ninguno de mis agentes podrá hacer frente a ellas mejor que su equipo y usted.
Steve suspiró. En retrospectiva, sus excusas eran infantiles. Sabía que terminaría acatando la orden como buen soldado dentro de una cadena de mando. Pero quizá el resto de involucrados, no.
– Enviaremos el informe después de Navidad –resumió la agente Hill.
– Espere… ¿qué pasará si no acepta?
Hill apenas elevó su vista sobre su tableta.
– Aceptará. Me aseguraré de ello.
– O saldré volando por la ventana otra vez… –le recordó
– Prepare a su equipo. Le daré más detalles después de Navidad –comentó María antes de irse, ignorando el comentario del Capitán.
– Genial –murmuró el soldado, rendido.
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El ascensor frenó con suavidad antes de abrirle las puertas. El vestíbulo privado de Stark se encontraba como de costumbre: impecable y solitario. La joven tras la enorme barra de mármol se irguió enseguida al escuchar el ascensor abrirse. Reconoció a Tina antes de siquiera acercarse. Era la única recepcionista en turno que no mostraba una sonrisa casi enfermiza a cada visitante en el sitio. Se tomaba muy seriamente su trabajo y Dylan sabía que ese era un problema para él. No bastaría jugar su papel de seductor como con la ingenua de Sophia. Tina era la única que contaba con entrenamiento militar –según los registros que encontró en Stark Industries- y no tenía experiencia alguna como recepcionista. La enfermedad crónica que aquejaba a su madre la había llevado a aceptar el trabajo con Stark aunque estuviese por debajo de sus capacidades. Era fácil leer su ambición en su rostro. Quería algo más, y si bien en su puesto era imperceptible, sabía que si cumplía bien al millonario, tendría mejores oportunidades en el área de seguridad del corporativo.
Así que no se la dejaría fácil.
– Buenas tardes Sr. Miller –le saludó de inmediato. Un tanto por cortesía protocolaria, y otro poco para hacerle saber que había echado un vistazo detallado a su informe durante su travesía en el ascensor.
Dylan dibujó una media sonrisa. No podía ser tan obvio con ella.
– Buenas tardes…Tina, ¿no es así?
La aludida no le devolvió la sonrisa. En cambio, lo escudriño con atención, clavando su vista en el pequeño maletín cromado en su mano.
– ¿En qué puedo ayudarlo Sr. Miller?
Dylan forzó una sonrisa con todo el encanto que pudo impregnar.
– Lo de siempre –encogió los hombros –buscaba al Sr. Stark…
– No recibe visitas sin previa…
– …¿Cita? – la mujer enarcó una ceja – Verás, tengo algo que entregarle y ya está informado. Lo hacemos todo el tiempo.
– Entonces puede dejarlo y lo entregaremos después del escaneo –informó sin rodeos.
El castaño soltó una risa juguetona.
– No hace falta…
– Es el protocolo Sr. Miller, supongo que si le es habitual entregar estos paquetes, conocerá muy bien cómo funcionan las cosas.
Dylan maldijo mentalmente mientras volvía a ensanchar su sonrisa.
– Lo sé. Pero me parece que al Sr. Stark suele molestarle que indaguen en sus asuntos personales, más si se trata de prototipos aun no patentados y desea la mayor privacidad posible.
El parpadeo nervioso en una fracción de segundo le indicó que lo había logrado. Ahora dudaba y pensaría dos veces antes de exponer su trabajo –y delicada fuente de ingreso en una situación tan agobiante como la salud de su madre- sólo por seguir el protocolo.
– Le informaré de su entrega –cortó, tomando el pequeño maletín y escondiéndole tras la barra –¿algo más en que pueda ayudarlo Sr. Miller?
El joven negó, con gesto petulante.
– Gracias por la atención –siseó con optimismo antes de alejarse para desaparecer tras el ascensor tras el cual llegó.
Tina lo observó con cuidado hasta perderlo de vista.
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24 DE DICIEMBRE, NUEVA YORK.
Observó más allá del cerco por cuarta vez. La fachada parecía sacada de un cuento navideño. Estaba decorada de forma tradicional. La silueta de un pequeño Santa Claus en su trineo se movía de forma repetitiva a través de la segunda ventana a la derecha de la puerta principal. El jardín tenía paletas de caramelo, cascanueces y esferas del tamaño de pelotas de playa dispersas. La ligera nevada las tiñó de blanco ligeramente, dándole el toque encantador que faltaba. Sabía que la Sra. Potts tenía especial cariño a la festividad y se encargaba de la decoración Navideña como si la vida le fuere de ello. Suspiró, cansado. Su parte racional le decía que no lo hiciera. Inhaló profundamente, antes de tomar la botella de Richebourg que reposaba en el asiento de copiloto para salir a tocar el timbre.
"No debería estar aquí"
Acortó la distancia entre él y el portal de la residencia. Al parecer había mucha actividad dentro y nadie notó el lujoso deportivo aparcado fuera.
– Allá voy –murmuró, tocando el timbre. Su mente comenzó a divagar en el hecho de que Potts aún no actualizaba su sistema de seguridad con los últimos lanzamientos de Stark Industries. Notó la cámara desactivada en la esquina del portal, de unos 5 años atrás. Al menos el cerrojo parecía ser de alta seguridad porque al abrir…
Oh.
– ¿Buenas noches? –la chica al otro lado del portal le preguntó con curiosidad. Rondaba los treinta, de tez trigueña y cabello azabache que caía al costado, ondulándose. Vestía un gran suéter tradicional con motivos navideños que a Tony le pareció familiar.
– Feliz Navidad –apenas alcanzó a musitar cuando su memoria hizo clic recordándole el regalo de la Navidad pasada de la madre de Potts: un suéter sumamente tradicional tejido a mano.
– Señor Stark ¿no? –indagó ella.
– Al parecer, si –le resolvió el genio –Y tú eres…
– Claire –aclaró ofreciendo su mano para saludar.
– Claire… –repitió Tony, estrechando su mano –Pep nunca mencionó que…
Claire soltó una sonrisa cansada.
– Es una larga historia –resumió –Además, Pepper no es del tipo de sale a tomar unas copas con sus amigas cada viernes así que, no nos vemos como quisiera.
Tony asintió, por primera vez pensando en la vida de la CEO de su compañía fuera del trabajo. No era algo que se tomaba la molesta en pensar con frecuencia. De pronto sentía que después de tantos años, no le conocía lo suficiente.
– Disculpe, no lo he invitado a pasar –aclaró Claire al notar como el millonario se perdía en sus pensamientos –que grosero de mi parte…
– La he pasado peor antes.
– Ya lo creo –soltó ella, sin dejarse intimidar por el genio. La diferencia de temperatura dentro del vestíbulo le devolvió el calor a sus extremidades. Tony recordó que tenía nariz y orejas.
– Llamaré a Pepper… –lanzó la mujer, tomando una copa que yacía abandonada en la mesita del vestíbulo y desaparecer al fondo del pasillo donde Tony sabía, se encontraba la sala de estar. Escuchó el bullicio de pronto cortarse en seco. Sólo la tibia sonata de Sinatra seguía flotando en el aire.
Oh si, sonaba al anuncio de su llegada.
Tony detectó un par de tacones acercarse. Era el compás de los pasos de la pelirroja. Los conocía tan bien. Detectó el ritmo que adoptaba cuando debía ir a encargarse de una situación incómoda. Y era justo lo que ocurría.
– Hola Tony –le saludó la pelirroja con una sonrisa tensa. Sus mejillas estaban sonrojadas. Vestía un suéter muy similar al de su amiga, y tenía aún algunas manchas de harina en sus jeans.
– Hola Pep– le devolvió con una media sonrisa –Pensé que pasar por aquí es mejor que solo enviarte un protocolario mensaje de Feliz Navidad corporativo y siendo que eres la CEO…
– Tony…
– …yo no…–detuvo su discurso levantando la botella que guardaba en su mano –es inoportuno, ¿cierto?
La sonrisa triste de la pelirroja le dijo todo.
Él asintió, asumiendo su derrota. Se dijo a sí mismo que respetaría la opinión de Potts. No sería él quien le arruinaría la noche. Sólo, tenía que intentarlo.
– Yo…–dudó un momento –…te traje esto –resolvió, ofreciéndole la botella.
– Gracias Tony –murmuró con timidez la pelirroja recibiendo el presente.
– Saluda a tu madre de mi parte –le recordó.
– Lo haré.
– De acuerdo –musitó él, girando para volver hacía la puerta, deteniéndose unos pasos antes de llegar –Feliz Navidad Pepper –murmuró con tristeza, girando hacía ella. La pelirroja dibujó una sonrisa ancha antes de alcanzarle y envolverlo en sus brazos. Tony aspiró el aroma a vainilla de Pepper mezclado con galletas recién horneadas que desprendía esa noche. Hizo un registro mental de aquella sensación acogedora de sentirse completo y seguro entre los brazos finos de la pelirroja. Entonces lo supo.
Era una despedida.
Nunca volvería a estar justo en esa posición. Junto al tibio cuerpo de Pepper, sintiendo su respiración sobre su hombro. No estaría más para él de esa manera. Creía que por ser el gran Tony Stark siempre tendría todo a su alcance, pero de nuevo se equivocó. Ya no podría tenerla más a ella. La había perdido y ésta vez era definitivo. Lo sabía por la forma en que su forma de abrazarlo se reservaba el cariño que solía poner cada vez que lo envolvía. Lo sabía también, por la rigidez de su cuerpo. Porque ella no lo quería más en su vida.
– Tu madre pregunta si sabes dónde está el…–la voz tras ellos enmudeció. A Tony le tomó unos segundos abrir sus ojos y romper el abrazo antes de que su mente conectara con aquella voz familiar –Disculpen, yo, no quería interrumpir…
– ¿Miller? –lanzó incrédulo Tony, observando como las mejillas del castaño se encendían al nombrarlo.
– Hey Tony… –respondió el chico, nervioso.
Pepper le dedicó una sonrisa nerviosa.
– Yo…
Tony se volvió con ella, desconcertado.
– Dylan y yo tenemos un tiempo saliendo y…
El resto del argumento se perdió en el registro de memoria de Tony. Ahora mismo su atención estaba enfocada en el chico que se encontraba a unos metros de él. Juró ver una sonrisa pedante en su rostro formarse para tornarse en una falsa preocupación.
– …no quería que ésta fuera la forma en que supieras esto.
Tony asintió, aturdido.
– Srita. Potts –dijo, adoptando ese tono impersonal que solía usar solamente con sus empleados – Me alegra la noticia. Pasen una excelente noche.
– ¿Tony?
Ignoró el llamado de Potts tras de sí, apresurando el paso para alejarse del sitio tan rápido como el fuese posible. Necesitaba alejarse lo más que pudiera de allí. De eso. El cambio brusco de temperatura le ayudo a focalizarse y olvidar el dolor punzante en su pecho.
– FRIDAY, el auto.
– Entendido Señor.
Frotó con desesperación el puente de su nariz, intentando borrar las vívidas imágenes que su cerebro se encargaba de elaborar sobre Potts y Miller.
– ¿Tony? –la voz de Miller lo trajo de vuelta a la realidad. La inicial frustración comenzó a burbujear en una creciente ira al escucharle de nuevo.
– ¿Qué carajos tienes que decir ahora? –le masculló girando hacía el chico.
– No sabía cómo decírtelo…
– ¿Decirme qué? –Masculló el genio – ¿Qué cogías conmigo a espaldas de Pepper? ¿O era al revés?
Dylan tensó su mandíbula ante el genio.
– Ya te divertiste suficiente –le escupió –Pero ni siquiera intentes jugar con ella, o yo mismo me encargaré de destruir hasta el último trozo de tu vida ¿quedó claro?
– Si –murmuró el castaño.
– Señor…
– Si, Sr. Stark –añadió, antes de ver al millonario subir a su deportivo y desaparecer tras el estruendo del motor rugiendo.
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– Capitán, pruebe las siguientes, por favor –insistió Visión, posando sobre la encimera con una exactitud calibrada la bandeja de galletas recién salidas del horno. Wanda se inclinó sobre la barra, sonriendo al ver que al menos no estaban quemadas como las anteriores. Steve tomó una, con reserva, y la observó a detalle. Fue entonces que lo notó: la joven se había tomado la molestia de decorar cada hombresillo de jengibre con los rasgos de cada vengador. Los detalles no estaban pulidos, así que la observó unos momentos más, descifrando a quién representaba.
– Es Stark –resolvió entre risillas Wanda.
Steve se dibujó una sonrisa triste cuando por fin lo notó: la barba que lo logró confundir con Thor, pero en el pecho un pequeño y deforme punto de cobertura que representaba el reactor.
– Son realmente lindas Wanda –felicitó el soldado, provocándole una sonrisa orgullosa a la chica –Y deliciosas –añadió después de devorarle una pierna a la galleta.
– ¿Me estoy perdiendo algo? –la voz de Sam capturó la atención de todos. Cruzando las puertas, aún en silla de ruedas y ataviado con un gorro de Santa, Sam les regaló una enorme sonrisa.
– No falsificaste tu alta, ¿cierto? –bromeó el rubio acercándose a saludarle.
– No aseguro nada pero… –Sam le guiñó el ojo a su amigo –…no podía dejarlos solos en Nochebuena. Alguien debe acabarse esas galletas.
– Bienvenido de vuelta –le recibió Wanda, acercándose, mientras Visión asentía con la cabeza, como un gesto protocolario de bienvenida.
El ex soldado barrió toda la habitación, como si esperara más compañía.
– ¿En serio somos los únicos que seguimos vivos?
Wanda y Steve rieron ante el comentario.
– La agente Romanoff se encuentra en una misión personal, y el coronel Rodhes cenaría con su familia ésta noche –informó el androide –por lo que respecta al doctor Banner, se nos unirá pronto. Thor no está en la tierra ahora mismo y por el Sr. Stark…
Visión le dirigió una corta y sutil mirada al Capitán.
– Renunció al club –completó Sam, rompiendo la pausa incómoda.
– Más comida para todos –murmuró Wanda.
– Mientras Thor no esté, siempre habrá más comida –señaló Sam.
El pequeño grupo rompió en una carcajada colectiva. De pronto la noche no parecía ir tan mal. Minutos después recibirían a un nervioso doctor Banner y a la agente Hill que cumplía su guardia esa noche. Steve los sorprendería a todos demostrándoles lo bien que le iba en la cocina –vivir como huérfano durante años tenía sus ventajas-, mientras Bruce les entregaba un pequeño obsequio a cada uno, envuelto torpemente de última hora, que contenía curiosas materias plasmáticas elaboradas por él mismo. Aunque nadie comprendió su explicación, todos le agradecieron el detalle.
Con un Visión programando la iluminación para seguir el ritmo de los villancicos y una Hill abriendo una botella de vino con una daga, Steve se alejó del grupo empujando a Sam fuera, justificando que querían tomar aire fresco en la terraza. La nieve caía un poco más furiosa y densa, complicando la visión a escasos metros. El solado volvió la vista hacía la escena dentro, en la sala de estar. Con una sonrisa triste recordó a quienes no estaban allí esa noche.
– Gran idea Cap –comentó Sam, mirando el paisaje –buena forma de congelarnos las bolas.
– Sam… –reprochó el soldado, con una sonrisa traviesa en los labios –es importante.
– Bien, estoy aquí –el semblante del rubio se ensombreció –es sobre él, ¿cierto?
Steve asintió.
– Nat encontró algo nuevo.
– ¿Lo encontró?
– Peor…
– ¡¿Lo asesinó?! –cuestionó Sam, sorprendido.
–Encontró un almacén que guardaba archivos sobre la Guerra Fría y algunos otros crímenes que no se le habían atribuido.
– No necesitamos que la lista crezca Cap –le recordó Sam –necesitamos rescatarlo del lavado de cerebro al que lo sometieron.
– El asesinato que Nat me mostró es importante.
– ¿Qué tan importante?
El soldado se cruzó de brazos y clavo su vista en el horizonte, como si pudiese ver más allá de la espesa tormenta.
– Stark –musitó, apenas audible –Los Stark.
Los ojos se Sam se abrieron como dos platos.
– Carajo, ¿estas bromeando?
Steve negó, cerrando los ojos. Podía ver, grabado en sus párpados, Bucky asestar el golpe de gracia una y otra vez. Era Howard. Era su amigo. El que le buscó durante años en el océano. Por un momento, se preguntó cómo estaría pasando esa noche el millonario, a unos kilómetros de allí. Si Howard y Maria no hubiesen muerto a manos de Bucky, el genio aún tendría con quien celebrar Navidad. Aún tendría una familia.
Pero no era más así.
Sabía bien que su relación con Potts había terminado, y fuera de Los Vengadores, su grupo de amigos era reducido. Quizá inexistente. Pero al genio no le faltaban pretextos para sus legendarias fiestas. Por un momento deseo que, al menos rodeado de desconocidos, Tony estuviese pasando una buena noche.
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No paró hasta que cada cristal existente en su taller estuviese reducido a añicos. Hasta que el dolor de sus manos lastimadas y la sangre perdida lo debilitó más que el licor que tenía en el estómago.
Idiota. Idiota. Idiota.
¿Cómo no pudo notarlo antes? El muy hijo de puta se acercó a él como un amigo. Cómo el único que quedaba. Y él volvió a confiar.
Potts. Su Potts.
– Eres un idiota –le dijo a su reflejo en un trozo de espejo que yacía en el suelo, para acto seguido, vaciar el resto del contenido de la botella de whisky en su boca. El líquido quemó su esófago, sensación que Tony encontró relajante. Lanzó la botella lejos, junto con el resto de destrucción que ahora era su taller. No se molestó en tomar ninguna herramienta. Continuó golpeando cada objeto que quedara a su pasó con las partes de su cuerpo que aún no estaban suficientemente magulladas. Quería sentir todo el dolor físico que pudiera lograr. Ignorar como su alma se fragmentaba en pedazos.
– ¿Señor? –le llamó su asistente virtual intentando parar el bucle de destrucción en el que su creador estaba envuelto.
– ¡Silencio! –rugió con voz ronca el comando que desactivaría a su asistente virtual. Vio como las pantallas de los ordenadores se oscurecieron, indicándole que su única y virtual compañía estaba ahora dormida.
La soledad lo abatió tan pronto como tomó conciencia de ella. Y dolió. Dolió como nunca antes, a pesar de estar acostumbrado a ella. Gracias a su don para alejar a las personas, a las que les importaba, para lastimarlas y ponerlas en su contra, la historia siempre se repetía. Esa noche, incluso su asistente virtual y su última compañía sufrieron las consecuencias. Y la idea cruzó por primera vez.
Auto sabotaje.
El principio detrás de cada acción en su vida. Justo cuando estaba por alcanzar la felicidad, encontraba una manera de arruinarla. Su vida con Potts, su lugar como Vengador. Cada acción errónea y consciente que llevaba a destruir las pocas cosas buenas que tenía en su vida. Como un castigo autoimpuesto. Una condena.
No eres digno de llamarte un Stark…
La voz fue tan clara como si estuviese escuchándole. Abrió los ojos como platos cuando reconoció el autor de aquella sentencia. No entendía como con una memoria fotográfica el recuerdo se perdió en el fondo de su mente. La figura de su padre, con el rostro enrojecido por el exceso de alcohol e ira, arrastrando cada palabra apenas comprensible, pronunciada lo suficientemente alto para no ser ignorada.
Pedazo de escoria, no puedes ni siquiera… ¡dejar de llorar!
El grito llegó tan nítido a su mente que cerró los ojos como acto reflejo, como si la figura de Howard estuviese frente y él volviera a tener siete.
– ¡Esto! – gritó Howard en su memoria, tomando una de las piezas de su primer motor en sus manos y lanzándola lejos – ¡No sirve! Deja de ser un completo inútil y repítelo.
– No –musitó recordando lo que ocurrió después.
Enfermo de ira, barrió hacía el suelo todos sus instrumentos que se encontraban en el escritorio de su habitación. Se recordó a si mismo retroceder hasta el muro más lejano a su padre.
– Funciona –gritó el pequeño Tony –Logré que funcionara yo…
Howard atravesó la habitación a zancadas para estirarlo hacía él.
– ¿Me estás llamando mentiroso? –le escupió cerca de su rostro.
– Yo… –la bofetada llegó antes que pudiera defenderse. Y el siguiente golpe antes que pudiera pedir disculpas. El resto del recuerdo eran solo sensaciones. La necesidad de cubrir, inútilmente, su cuerpo, de ocultarse. De sentir como su fallida huida lo provocó más. Sentir la punta de sus costosos zapatos clavarse una y otra vez en sus costillas. Su perfume mezclado con el aroma a whisky y cigarrillos. El calor de su piel lastimada. Su respiración entrecortándose por el llanto. El miedo enmudeciéndolo, sin poder suplicar por un poco de piedad.
Solo tenía siete.
Pero ya no estaba más allí.
Su memoria pareció destapar la caja de pandora. De pronto una montaña de recuerdos estaba volviendo frescos y nítidos, recuerdos que creyó no estaban allí. Pero existían. Y el miedo regresó, tan palpable como si su padre hubiese vuelto a la vida. La sensación de inutilidad y auto desprecio también. Las náuseas se agolparon en su garganta de nuevo. Se desplomó sobre sus rodillas, cubriendo su rostro y frotándolo con sus manos como si el mero acto limpiara su memoria.
Papá quiere matarme…
– No, no, no –se negó a sí mismo. Abrió los ojos y se obligó a regresar a su realidad. Aún con el alcohol distorsionando su visión, recordó donde estaba. Quién era ahora. Aunque no era del todo un consuelo. Su respiración continuaba agitada y su pulso acelerado como si estuviese corriendo una maratón, por lo que se apresuró a buscar la siguiente botella en su cava. Fue entonces cuando lo encontró: el maletín se encontraba sobre la barra del bar. Una nota breve se encontraba sobre él, la cual ignoró. Reconoció de inmediato el símbolo grabado en él. Sabía de quien era. Una parte de él quería arrojarlo lo más lejos de allí, como cualquier cosa proveniente de ese hijo de perra. Pero sus manos temblando, su respiración entrecortada y su mente nublada solo rogaban por paz. Y para su infortunio, allí dentro la encontraría.
Extrajo con urgencia las tres ampolletas que contenía el maletín, antes de arrojarlo fuera de su vista. Con la torpeza de sus manos magulladas introdujo una a una en su jeringuilla automática. Descubrió con urgencia su antebrazo, y sin preámbulo alguno inyectó la primera en su cuerpo. Una era suficiente para tumbarlo en el suelo, para desconectarlo de su realidad por más de doce horas. Sintiendo como la conciencia lo abandonaba se apresuró a inyectar la segunda, recibiendo otra descarga. Sus venas quemaron, quejándose del exceso de droga circulando en ellas. Apretó su mandíbula y tomó un poco más de aire. Para cuando ordenó a sus dedos accionar la jeringuilla por última vez, estos apenas respondieron.
Un par de segundos más, la oscuridad lo devoró por completo.
No odio a Tony. Lo juro.
En la víspera del estreno de Endgame, me permití un momento para terminar este capítulo. A todos los que me leen, muchísimas gracias. No respondo con frecuencia los reviews, pero decidí aprovechar este capítulo para hacerlo:
ShirayGaunt: Me gusta más Capiniñera, ¡Gracias por tu review!
Migeeh Trou: Muchísimas gracias por tu comentario, intento que quede lo más impecable posible, y aún así se ve van algunos detalles. Prometo no tardar tanto en actualizar.
ItzyLuk: Gracias por apreciar este fic y tus críticas constructivas, las estoy tomando en cuenta.
Reika S.R: Gracias por reseñar :D
Rinanya: La idea es seguir, claro, ¡gracias!
Kennyjean: La cosa es que Steve puede meter la pata aún cuando tenga todas las buenas intenciones del mundo. Creo que necesita meterse un poco más en la cabeza de Tony y comprender que a veces necesita ayuda en otro sentido.
Sawako'chann02: Muchísimas gracias por tu hermoso review. Incluiré solo detalles de los cómics y de los héroes menores (Defenders) por aquí, pero lo explicaré lo mejor que pueda. Es un gran honor para mí que sigas la historia.
Kagome-Black: Tony lleva mucho tiempo cayendo y no hay nadie más…además del Capi.
Alessandra Von Grey: Muchísimas gracias por la reseña, ya estaré actualizando. Igual no pierdas la pista dando Fav.
Epero que ninguno de ustedes llegue a spoilearse (yo me he mini spoileado ésta mañana).
Y recuerden, si no salvamos a Tony y al Cap, tengan por seguro que lo vengaremos.
¡Hasta la próxima!
Bethap
