Advertencia: Fanfiction Angst. Puede contener violencia implícita o explícita, abuso de drogas, alcohol, y/o prácticas sexuales riesgosas.
Cronología: Basada en el universo cinematográfico de los Vengadores. Puede contener referencias al cómic. Después de "Era de Ultrón"
VIII
Noche de Ópera.
4 DE ENERO, SUBTERRANEO "A", TORRE STARK.
— ¿Rogers? —repitió Hill al altavoz.
— Estaremos ahí en un minuto —respondió Steve.
María Hill revisó con inquietud su reloj de pulsera. Habían pasado diez minutos desde que establecieron contacto. Comenzaba a pensar que realmente era una mala idea enviar a Rogers por Stark. Aún con desconfianza, revisó el localizador del Capitán. Suspiró aliviada al ver que lo ubicaba descendiendo por el elevador privado. Sobre Stark, no tenía forma de rastrearlo. Al ser un civil ajeno a la agencia necesitaría una orden de un juez para siquiera poder rastrearle. Giró a su derecha, donde un grupo de hombres uniformados esperaban en formación. Dio unas cuantas órdenes, indicando que prepararan el vehículo para su salida. La agente se alejó hasta el otro extremo del área del estacionamiento para subir a una vagoneta cerrada, desde donde se ubicaba el centro de mando móvil. Sentada como copiloto, observó como las puertas del elevador privado daban paso a la silueta enfundada en smoking blanco de Stark. Aún en la distancia, notó como ese no parecía el Stark que conocía: era demasiado menudo para lo que ella recordaba. Tras él, con una mirada impasible, le seguía quien sabía, era Rogers. Su barba ocultaba bien sus rasgos, pero era evidente –ahora, junto al resto del cuerpo de seguridad – que su proporción evidenciaba ser más gruesa y fuerte que sus colegas.
— Estamos listos Capitán —indicó la agente.
El grupo de seguridad del millonario se dividió para abordar a los vehículos vecinos. Hill revisó que la formación planeada se cumpliera. Contrario a lo acordado, Rogers abordó como copiloto en el vehículo destinado para Stark.
— Rogers —se comunicó de inmediato —está en el vehículo equivocado.
— Entendido Hill —respondió escuetamente él —Pero insisto.
La agente enarcó una ceja ante la respuesta. Steve era la última persona de la cual esperaría un acto de desacato.
— Tenemos órdenes y un plan —apuntó con acidez.
— Y yo prioridades —replicó el soldado antes de cortar la comunicación.
Hill soltó un bufido de exasperación. El agente a su lado la observó, extrañado.
— Inicien la operación —soltó, antes de perderse dentro de su tableta. No entendía nada de lo que ocurría a unos metros de ella, pero sin duda, le provocó un mal presentimiento. Rogers tendría problemas más tarde.
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4 DE ENERO, 20.45 HRS, OPERA DE NUEVA YORK, NY.
Aparcaron frente a la escalinata iluminada. Al fondo, más allá de la fuente circular central de la plaza de acceso, el inmueble se levantaba con una fachada con cinco arcos gigantes que dejaban ver su interior a través de los ventanales. Dos edificios de pórticos ortogonales lo flanqueaban. Steve apreció el detalle del edificio modernista. Pocos edificios de tal corriente llegaban a fascinarle, y éste era uno de ellos. La mezcla de elementos clásicos como los arcos de medio punto con ritmo y simetría, conjugados con la limpieza de los elementos, un toque más contemporáneo, brindaba el balance estético y compositivo perfecto. Esa noche, se instaló una alfombra roja que iniciaba en la escalinata, rodeando la fuente hasta llegar al acceso de la Ópera de Nueva York. A los costados de la alfombra, decenas de periodistas se agolpaban, luchando por conseguir el mejor encuadre de los invitados y una oportunidad de entrevista.
No era su mundo, en definitiva.
Luego de intercambiar unas cuantas órdenes con su intercomunicador, el chófer descendió del vehículo. Steve sabía que debía anunciar la llegada del multimillonario y asegurar el espacio suficiente en la alfombra para recibirle a él y su cuerpo de seguridad. Como vengador retirado, su posición como civil era vulnerable. Tony forjó una lista de enemigos, y el hecho que éstos conocieran su identidad lo hacía un blanco más fácil. Aunque sabía de antemano que el genio no estaba acostumbrado a tener un séquito de personas que cuidaran su integridad, ésta noche era más que necesario.
— ¿Por qué? —preguntó el genio, apenas el chófer les dejó solos dentro del vehículo, con su vista clavada en la alfombra roja.
Steve lo observó por el espejo retrovisor, sin entender su pregunta.
— ¿De qué hablas? —murmuró Steve, devolviendo su vista al entorno. Vio a la masa de periodistas abalanzarse hacía el inicio de la alfombra, un indicador inequívoco de que ya habían sido informados de la inesperada presencia del multimillonario en el evento.
— Eso, amotinarte contra Hill.
El soldado estuvo a punto de preguntar cómo lo sabía, hasta que recordó que Stark se encontraba informado de los por menores de su participación en la misión. Eso incluía nombres y posiciones de su equipo de seguridad. Sin olvidar su impecable capacidad deductiva y de observación.
— Hice una promesa —concluyó.
Pudo leer el desconcierto del genio aún detrás de sus gafas, antes que la puerta a su derecha se abriera para lanzarlo a la jungla del espectáculo. Steve apenas alcanzó a seguir su figura tras la lluvia de flashazos frente a él, como si de pronto una tormenta eléctrica hubiese azotado la ciudad. Descendió del vehículo cuando estuvo seguro que el millonario estaba ya unos diez metros lejos, y la atención no se dirigiría a él. En la lejanía, en medio de la algarabía de periodistas acosándole por una explicación a su pronunciada ausencia al medio público, logró vislumbrar como Stark volvía a su elemento. Sonreía con el encanto que le caracterizaba. Había gracia y elegancia en su andar, en sus ademanes, en sus modos, como la de un león que sabe que tiene el mundo a sus pies.
Y quizá, era así.
De pronto toda se movía a su alrededor, como si Tony fuese el centro de gravedad. Atraía como moscas a la luz a los periodistas y fotógrafos. El resto de invitados parecían buscar cruzar su camino, como una especie de imán, con el genio. Las mujeres –e incluso algunos hombres– le escudriñaban con recelo, entre gestos que iban de la admiración, al deseo y hasta la envidia.
Tony Stark era todo un acontecimiento de quien fuese digno de presenciarlo. Steve sonrió para sí mismo, por primera vez de forma consciente, por vivir para verlo.
— Cierra la boca o quedarás como un idiota —ronroneó Romanoff en su oído.
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Se despidió de Osborn apenas su acompañante llegó a interrumpirlos. Evadió a un par de empresarios más que se le acercaban con sonrisa lobuna. Dios, en momentos como esos extrañaba a Happy. Olvidaba lo tedioso que solía ser volver a ese ambiente, aunque estuviese tan acostumbrado a dominarlo. En cualquier punto de su vida hubiese sido pan comido. Otro sábado por la noche. Pero estar allí, en medio de tantas personas, hablar y dar explicaciones le estaba sofocando más de lo que hubiese imaginado. Era la segunda ocasión en que asistía al concierto de Año Nuevo de la Fundación Stark. La primera vez fue a sus 20, cuando sus padres la fundaron el evento como el más trascendental para la fundación, en un lejano 1990. El año siguiente, sus padres murieron. Y Tony nunca volvió más. La idea de la fundación, el corazón de aquel movimiento era Maria, su madre. Así que en términos prácticos, era la primera vez que asistía. Solo. Las personas lo sabían muy bien, por lo cual era todo un acontecimiento verle allí. Pero ésta vez era distinto. Y nada tenía que ver con su voluntad.
Aviso a su cuerpo de seguridad que se retiraría un momento a los sanitarios. Los vio dirigirse tras él para terminar flanqueando la puerta a los servicios, para, posteriormente, bloquearla. Tony irrumpió en los servicios, asegurándose primero si estaba solo, dando un vistazo rápido a los cubículos. Cuando estuvo seguro de tener el espacio para él, se apoyó contra la barra de los lavabos, agotado. Aflojó su corbata de moño, esperando que el oxígeno llegara con facilidad a sus pulmones. Fue hasta entonces, que notó sus ganas de salir corriendo de allí. De huir y regresar a refugiarse en la soledad de su torre. Agobiado por la idea, giró sobre sí mismo para encontrar su reflejo en el espejo. Su tez pálida delataba demasiado el pánico que comenzaba a asaltarlo y controlarle. Había apenas, una capa ligera de sudor frío en su frente, como si caminar del auto hasta el foyer del teatro le hubiese supuesto una maratón. Comenzaba a sentir el hormigueo en la punta de sus dedos y su garganta cerrándose.
— No otra vez —murmuró, de pronto angustiado ante la idea de terminar echo un ovillo en unos baños públicos, llamando la atención de los invitados. O peor aún.
Llamando a Rogers.
Cerró los ojos como si con el mero acto borrara lo ocurrido apenas unos momentos antes, en su torre. Aunque sabía con certeza que eso jamás ocurriría. Odiaba no poder controlar sus emociones y toda esa cascada de angustia y desesperación que le asaltaba cuando menos lo esperaba. Toda esa mierda de emociones atacándole, arrebatándole su racionalidad y dejándolo como un crío asustado y perdido. Pero lo que aún más odiaba, era que Rogers pudiera arreglarlo.
Con unas cuantas palabras. Con su piel entrando en contacto con la suya.
El jodido soldado tenía la convicción suficiente para persuadirlo de que todo iría bien, sólo por el mero hecho de encontrarse ahí allí. Sólo porque él lo decía. Porque, por un carajo, él era el puñetero Capitán América. Él podría decirle que las nubes son de azúcar y él le creería. ¿Quién no podría sentir que todo estaría bien sólo de tenerle cerca?
Joder, joder, joder.
No podía correr a sus brazos por segunda vez en la noche solo porque no podía controlar un pequeño evento social. No, no lo haría. Él era Tony Stark. Y no necesitaba a nadie. Así había sido siempre y no cambiaría solo porque un puñado de inadaptados con habilidades de pronto decidieron ser como una familia, y él, con la guardia baja, los había considerado como una. No, no era el día.
Rebuscó en el interior de su saco por algo que para su fortuna, había puesto un par de horas atrás. Lo encontró de inmediato, observándola casi con veneración. La bolsilla sólo contenía una píldora. Pero Tony sabía que era suficiente para esa noche. Sólo quería relajarse lo suficiente para soportar hora y media en su lugar sin armar un escándalo. Echó un último vistazo al espejo. Sabía que estaba mal. Estúpidamente mal. Había pasado apenas más de una semana que sus excesos lo llevaron más cerca de su muerte de lo que jamás hubiera estado antes. Diez días limpio. Pero tenía que controlarse. Lo necesitaba. Era eso, o refugiarse en los ejercitados brazos del Capitán América.
Y, sin pensarlo más, tragó la pastilla.
— Soy un idiota —se dijo a sí mismo, tomando una gran bocanada de aire, antes de salir a enfrentar el mundo.
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Lo perdió solo cuatro minutos. Hill le obligó a infiltrarse en los pasillos de servicio para asegurarse que la transacción de esa noche continuaba en marcha y tendrían posibilidades reales de una redada. Al volver, su pecho se estremeció dolorosamente cuando no le encontró. Desde muy temprano esa noche, Steve tenía una corazonada. Podría sonar absurdo, pero sabía que algo importante ocurriría y debía cumplir su promesa.
Stark no estaba bien.
El Capitán lo vio derrumbarse apenas un rato atrás. Conocía el esfuerzo que ponía el millonario para salir de su retiro voluntario y volver al ruedo. Era agotador para su estado actual. Su estómago se revolvió, ansioso.
— Posición del resguardo —ordenó por el canal de comunicación del cuerpo de seguridad de Stark.
— En servicios —respondió quien debía ser Smith. Steve desvió su camino hasta divisar al par de guaruras flanqueando la puerta de los servicios sanitarios, para unos segundos después, el genio cruzara dicha puerta. La mirada de Tony conectó por accidente –estaba seguro que no esperaba que Steve tuviera el ojo encima– con la suya, y por una fracción de segundo, pudo leer una mezcla de pánico y culpa. Como si le hubiese atrapado en medio de una mala movida suya y no saliendo simplemente del baño.
— Stark, necesito que me mantengas informado de tu posición—murmuró por el canal personal del millonario.
Hubo varios segundos de silencio de parte del millonario.
— No soy tu objetivo ésta noche —escupió con acidez el genio.
Mantuvo su mirada sobre él, mientras la corriente de personas que se dirigían a sus asientos le arrastraban. Comprendió entonces, escudriñándole en la distancia, cuán lejos se encontraba Stark de él. De los Vengadores. De sus amigos. Y de ser aquel Stark que conocía. Se alejaba, sólo, creando muros a su alrededor para que nadie pudiese tocarlo. O en una instancia menos afortunada, para que el instinto autodestructivo que le carcomía a pedazos no dañara a la gente que amaba. El pinchazo de culpa en su pecho regresó. Porque Steve creía que si aquella noche no hubiese vuelto a juzgar a su amigo como irresponsable e imprudente, las posibilidades de tenerlo de vuelta habrían sido mayores a las que tenían actualmente. Que podría haber extendido su mano y Tony la hubiese tomado sin rechazarle por viejos rencores. Por prejuicios que se instalaron en ambos y terminaron alejándolos. Sabía que Tony era el tipo de persona que extendía su mano sólo una vez, y no más. Que su vanidad, a pesar de parecer de hierro, era más frágil de lo que nadie imaginaría. Que ser rechazado calaba hondo en alguna herida que Steve aún no lograba determinar. Y que era lo suficientemente orgulloso para guardarse de quienes le hicieron daño y no volver atrás jamás.
Ese orgullo, le estaba matando.
De sobra sabía también que, si no fuera por su jodido orgullo, Stark podría sacar su mano, para pedir ayuda, antes que los problemas le asfixiaran. Pero ese no era su estilo. Steve había odiado, desde el primer segundo que le vio, su desdén y aires de grandeza. Y lo prejuzgó. Le escupió más de una vez que no era un héroe. Que sólo quería los aplausos y los reflectores sobre él. Eventualmente, se tragó sus palabras. Le vio tomar una bomba y estar dispuesto a sacrificarse. Le vio también, arriesgar su integridad, por su convicción férrea de crear un escudo para el mundo. De perder la credibilidad de sus amigos y echarse al mundo encima por ello. De pagar con su cuerpo y espíritu por los errores de su pasado. Ahora mismo, creía, el genio se encontraba en una encrucijada. Dando todo de sí y un poco más, por seguir sus convicciones, aunque eso le dejase en soledad y ruina.
— Rogers, a tu posición —indicó Hill, cuando el foyer se vació.
— Entendido —notificó, dirigiéndose al palco acordado.
Las luces generales ya estaban apagadas cuando Steve alcanzó su posición en uno de los palcos de la derecha del escenario, sólo un nivel por arriba del de Tony. El millonario tenía un palco reservado en la única área central de palcos en el primer nivel, que le proporcionaría una cómoda vista de frente al escenario. Steve sintió un poco de alivio al notar que, gracias a su posición, podría vigilar a sus objetivos y al millonario sin tener que obviar con movimientos muy marcados de cabeza. Gracias a su vista mejorada por el suero, podía apreciar detalles aún con la oscuridad del lugar sin forzarse. Distinguió la figura menuda de Tony sentándose en su butaca y un par de figuras tras él, quienes debían ser los dos elementos de seguridad más cercanos. El moreno había decidido colocarse sus gafas, esas que solía usar cuando quería ocultar la expresión de sus ojos, y que, Steve también sabía, le ayudaban a tener una mejor visión y análisis por parte de su asistente virtual. Su rostro era impasible, pero aún en la distancia percibió como movía su pierna con impaciencia en una especie de tic inconsciente.
Con las butacas terminando de ser ocupadas por los invitados, realizó un análisis rápido de la situación: vías de escape, posibles distracciones, puntos ciegos y rincones que servirían para protegerse. Era una maña que Steve desarrolló durante su vida de soldado y como agente de SHIELD. Aunque sabía perfectamente que la situación que esperaba no se desarrollaría en ese espacio, sino en el área de mantenimiento del edificio, pero nunca perdía la costumbre de crear un diagrama mental del sitio bajo ataque.
Suspiró con pesar, una vez más por esa noche. Desde su reencuentro con Tony sentía como si una pesada losa le presionara el pecho. Una cúspide de culpa y un tanto de desesperación. Culpa por haberle abandonado cuando era más que evidente que le necesitaba. Desesperación porque quería hacer todo lo que pudiera por ayudarle, pero el genio se resistía.
Además, estaba esa misión.
Odiaba no haber tenido las agallas de buscarle antes. Ahora tenía que esperar hasta la mañana siguiente –o quizá hasta el fin de semana próximo– para tener tiempo de volver a verle y hablar con él en paz. Lo que si había decidido antes siquiera de salir del elevador de la torre Stark, era que solicitaría de inmediato regresar. Si es que, claro, el genio le aceptaba de vuelta. No podría volver a dormir lejos del moreno sin saber que estaba haciendo algo para ayudarle. Y por primera vez, quizá como nunca antes, sentía la necesidad de abandonar su trabajo en ese instante e ir junto a Tony.
— Atento Cap —le sugirió la pelirroja en su oído. Al otro lado del público, ubicada en un palco en el ala izquierda del teatro, enfundada en un vestido negro que sólo lograba atraer aún más la atención sobre ella, Natasha le dedico una fugaz sonrisa — Stark te distrae demasiado.
El rubio sintió como su cara se encendía en rojo. Si no fuese por que usaba barba, seguro sería más evidente. ¿Acaso había estado mirando fijamente a Stark? ¿Cuánto tiempo? Giró hacia el genio, y aún en medio de la oscuridad y la poca luz proveniente del escenario, pudo conectar su mirada con la suya. Y de nuevo, sólo fue un par de segundos, y el genio se removió inquieto para volver a posar la vista en el escenario. Steve se sorprendió porque, estaba tan absorto en sí mismo que no había notado que el telón se abrió, ni a la audiencia aplaudir la apertura del espectáculo. Frotó sus ojos con sus dedos, recordándose enfocarse en la misión a seguir.
— Objetivo X1 en movimiento hacía el foyer —informó Hill justo cuando Steve se forzaba a sí mismo a concentrarse. Esperó a verle salir y que la vista de los presuntos socios no estuviese sobre él.
— Entendido —susurró. De reojo, detectó a Natasha disculpándose con su acompañante, otro agente encubierto, y saliendo de su palco.
Steve esperó pacientemente para que el otro par de empresarios abandonaran sus asientos para alejarse. Uno de ellos se encontraba en la tercera fila de la planta baja, muy cerca de Potts. Estaba informado de la presencia de la CEO esa noche, pero no había sido hasta ahora que la notaba. Giraba de cuando en cuando, de forma discreta, propia de Potts, hacia su derecha, regalándole sonrisas tímidas al joven a su lado. Entonces lo entendió. Su estómago se revolvió, incómodo, cómo si él fuese su ex pareja y no Stark. No pudo evitar de ninguna forma volver su mirada, sin procurar discreción alguna, al genio. Y allí estaba. La vista del multimillonario no estaba en el escenario, sino en la primera fila del mismo.
Y como si se tratase de él, la mezcla de rabia y despecho le invadió. Steve sabía, por habladurías que escuchaba en el complejo de los Vengadores y no porque lo hubiese preguntado de forma directa, que Tony y Potts ya no se encontraban juntos. Pero eso solía rayar en lo común en su relación, que Steve pensó que era cuestión de tiempo para que las cosas se arreglasen entre ellos. Pero por lo que veía a unos metros de él, la cosa estaba muy lejos de ser así.
— Se dirige al punto de encuentro —Hill había estado informando por el auricular los movimientos de su objetivo. Steve volvió su vista a su objetivo para encontrar la butaca vacía. Se maldijo mentalmente, antes de salir del palco para ir tras él.
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Corner hizo una parada en el baño. Gracias a una cámara oculta instalado un par de horas antes por un agente, Natasha siguió al empresario se encerraba en un cubículo, para posteriormente realizar una llamada. En ese instante, otro invitado dentro del teatro recibía un mensaje para luego salir. Sonrió para sí misma. Les tenían. Cerró el pequeño monitor portátil, simulado como si de un pequeño polvo compacto se tratara, justo cuando la puerta de los baños de mujeres se abriera para dejar pasar a una invitada que corría apurada a reacomodar su peinado. La espía simuló reacomodar su vestido y echar un vistazo a su atuendo, antes de salir al foyer de nuevo. Corner, un hombre de cabello cano, que rondaba sus cincuentas y era reconocido por su empresa líder en telecomunicaciones, pasó junto a la pelirroja sin inmutarse. Ella por su parte, simuló no verle, hasta avanzar escaleras arriba, lo suficiente para que él la perdiera de vista. Siguió por el pasillo que tenía frente y desapareció tras la puerta del aseo. Dentro del pequeño cubículo encontró de inmediato su atuendo de trabajo. Deslizó su vestido de noche rápidamente, antes de tomar su ya conocido traje negro. Con años haciéndolo, dominaba perfectamente el acto, que en apenas minuto y medio, se encontraba lista para salir. Echó un vistazo rápido a su monitor para asegurarse que el camino hasta el área de mantenimiento se encontraba vacía. Un segundo y tercer invitado caminaban por pasillos independientes hacia la misma área a donde Corner se había escabuido.
— Están en camino al punto de encuentro —susurró a Steve, que aún no le veía en camino —¿Steve?
— Estoy en ello —contestó de vuelta. Natasha suspiró. Iba atrasado, algo extraño en él. Desde que salió de la torre Stark, el soldado había cometido una serie de errores y desapego al plan. Desde su posición en la caravana que transportaba el millonario, decidiendo viajar en el mismo vehículo que el genio y no en el que le correspondía, hasta su evidente falta de concentración en la vigilancia de los objetivos. Odiaba tener que mantener en cintura a sus compañeros. Era un trabajo extra que le restaba calidad al suyo. Pero lejos de ser un extraño, era su amigo, y ella demasiado observadora para ignorar la razón por la cual Steve parecía tener la cabeza a kilómetros de allí.
Al principio creía que el tema de Stark era sólo la culpa sobre sus hombros. Cuando, con el tiempo, su interés en el multimillonario no hacía más que aumentar, Natasha supo que aquello era algo más. Debía darle la razón a Steve: sobre la alfombra roja, y aunque interpretó su papel a la perfección, Tony parecía ser otra persona. El desgaste físico era evidente, y podía jurar, iba a la par del mental. Se molestó un poco consigo misma por no fiarse de la preocupación de Steve, pues era evidente que el instinto autodestructivo de Stark se encontraba en una etapa en excesivamente agresiva. Le conocía incluso, antes que a Steve. Recordó su trabajo de espionaje cuando se integró como su asistente. Pero esto iba más allá de una simple mala racha. Así que, con esa situación a cuestas, y el inusual apego e interés que el rubio estaba desarrollando para con el genio, le tenían fuera de sí de una forma que la espía nunca había visto en él. Una idea concreta que respondía al porqué de ese apego seguía flotando en el fondo de su mente. La misma idea, de pronto, le provocó una sonrisa divertida. Era una locura.
El localizador de Steve parpadeo justo en el nivel del sótano. Natasha revisó la ocupación de los pasillos cercanos a ella, y descubrió con satisfacción que se encontraban vacíos. Perfecto. Emergió del aseo para dirigirse tras los pasos de Steve.
Hora de trabajar.
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Depositaron un par de maletines blindados sobre la mesa. Corner inspeccionó su contenido, antes de girar con un par de hombres en smoking y darles una señal. Ambos salieron por la puerta de servicio, que comunicaba a la calle trasera y menos glamurosa del complejo. Steve analizó al resto de hombres en la habitación. Todos portaban armas que, dentro lo que aparentaba, eran ordinarias. Un par de hombres más se les unieron: los empresarios neoyorkinos que Steve había identificado en los expedientes de Hill.
— Mantengan su posición —ordenó Hill. Steve sabía, que justo por encima de ellos, en un enorme ducto que cruzaba por el plafón, Natasha grababa toda la situación. Varios agentes comenzaban a posicionarse en edificios vecinos, para prevenir un posible escape, mientras Steve aguardaba, comprimido dentro del ducto de instalaciones del muro derecho, integrarse sólo si la situación lo requería. Podía escuchar el sonido del espectáculo continuando, y los aplausos indicando el final de un acto. Ahogó un suspiro. No pudo evitar pensarle. Realmente se sentía inquieto por dejarlo.
— Dos vehículos arribaron a la salida de servicio —informó Hill. Espero con atención a más información. Si la transacción se estaba realizando, no faltaría más que un par de minutos para que abrieran las cajas negras y procedieran. Escuchaba el murmullo de voces incomprensibles para él. Hablaban alguna variación de ruso, o ucraniano. Si fuese el primero, seguramente Natasha podría advertirles de cualquier cambio de planes.
Y de pronto, el murmullo se detuvo.
Afinó su audición pero no detectó nada. Un par de segundos después, los seguros de varias armas siendo desbloqueadas. Su corazón comenzó a golpetear, aterrorizado: Nat. Antes que siquiera pudiese prevenirlo, una lluvia de disparos llegó a sus oídos. Steve no esperó orden. Sabía lo que tenía que hacer. Derribó la puerta del ducto para lanzarse contra quienes dispararan.
Doce pares de ojos sobre él.
Los disparos continuaban.
Pero nadie se encontraba disparando.
— Steve no…—la advertencia de Romanoff llegó tarde. Las armas apuntaron hacia él, a la par que los gritos horrorizados de cientos de personas llegaban desde el interior del teatro.
Un par de gritos inteligibles. El plafón rompiéndose sobre ellos. Natasha cayó como una flama rojiza, noqueando y desarmando. Steve la siguió, mientras un par de agentes más exigían detenerse al resto de los involucrados. Desde el acceso de servicio, ingresaron más guaruras, ganándoles en mayoría. Steve se enfrentaba a cuatro de ellos cuando notó que los recién llegados buscaban ayudar a huir al trío de empresarios.
— ¡Romanoff! —gritó Steve. La pelirroja se quitó de encima a un par, antes de levantar su brazo para disparar inmovilizadores al grupo que se alejaba. Cuatro agentes más terminaron por detener al grupo que escapaba, sin dejar salida al trío de empresarios.
En la lejanía, los disparos y el grito de una multitud continuaban.
— Reporte Hill —solicitó Steve, agitado.
— Teatro bajo ataque —informó Hill, con voz entrecortada. Dedujo, se encontraría ya dentro del inmueble —civiles heridos.
Su mirada conectó con Natasha. No necesito explicarlo.
Stark.
— Rogers, mantén la custodia de los sospechosos —ordenó Hill, pero Steve ya se encontraba en camino.
— Envíen a Wanda y Vision —solicitó, camino de regreso a los palcos.
— Denegado Rogers —respondió Rhodes, desde otro canal. Steve gruñó, molesto. No era momento para descalificar al equipo por falta de entrenamiento. Las habilidades de ambos eran necesarias en esos momentos.
Steve se unió a la multitud que huía en pánico. Ayudó a varios que habían tropezado en la huida y eran aplastados por la multitud. Contracorriente, se abrió camino desde el foyer hasta el nivel de los palcos donde se encontraba Tony. Conforme se acercaba, encontró a civiles inconscientes en medio del camino. Se acercó a cada uno, tomando su pulso. Eran débiles, pero estaban vivos. Más adelante, una ligera niebla pululaba por debajo.
— ¿Alguien ha visto…
— ¡No lo aspiren! —ordenó con voz ronca Hill en su auricular.
Steve se detuvo en seco. La niebla se volvía más espesa conforme se acercaba a la entrada del palco donde se encontraba el genio.
— Repito, no lo aspiren —insistió Maria —lleven a los que puedan al exterior. Los servicios de emergencia están en camino.
Y fue entonces que les vio: a través de una espesa neblina, en el suelo, con el tiro de gracia. Smith y Jensen. Dos de los seis agentes a cargo de la seguridad de Tony. Las náuseas se agolparon en su garganta de pronto.
Tony no.
Continuó de frente hasta cruzar el acceso al palco.
Tony no, por favor.
Dentro del interior del teatro, la densa niebla contaminaba casi por completo el lugar. Entonces, cuando su garganta comenzó a quemar, lo entendió. Pero no había rastro alguno de Stark, al menos, en los pocos metros que alcanzó a recorrer, antes de perder la conciencia.
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— Está despertando —susurró alguien a su izquierda. Su cabeza parecía querer explotar por una insoportable migraña. La luz fría de la habitación lo desorientó. Lo primero que reconoció fue a la figura con cabellera de fuego frente a él. Natasha tenía el semblante preocupado. Un par de sombras habían aparecido bajo sus ojos. Giró a su izquierda, para encontrarse con Rodhes. El sonido mecánico que recordaba entre sueños venía de la mascarilla de oxígeno que cubría su boca y nariz. Sintiéndose incómodo, intentó quitarla, pero Rodhes le detuvo.
— No intentes hablar —le recomendó el Coronel —tu garganta está aún muy dañada.
Cerró los ojos, confundido. Como si el mero acto le ayudara a recordar sus últimos minutos de consciencia. Se sentía débil, como si hubiese tomado un poderoso somnífero y tuviese que luchar contra los efectos. Sentirse físicamente vulnerable le era ajeno. Cómo un recuerdo de otra vida. Forzó a su mente a permanecer alerta. Recordó, entonces, los disparos. Los gritos. La neblina. La mirada aterrorizada de Stark, fuera de los servicios.
Abrió los ojos, y reconoció por fin la habitación. No era un hospital común. Había estado allí antes, cuando Sam tuvo el accidente y le llevaron de emergencia. Todo un equipo médico estaba al servicio del complejo de los Vengadores. Eso les brindaba algo que difícilmente podrían encontrar en un hospital ordinario: privacidad. Sin periodistas agolpándose a las afueras ni médicos haciendo preguntas incómodas.
—Vas a necesitar el oxígeno durante un tiempo —informó Natasha —Aunque creemos que no será demasiado.
— Tu cuerpo se recupera más rápido que los demás —añadió el Coronel —estarás bien —informó, incorporándose de su lugar para retirarse —mantenme informado de su estado —solicitó a Natasha antes de salir.
Steve lo observó, con un montón de preguntas en su mirada.
— Hay mucho trabajo que hacer y poco personal —le explicó, entendiendo la pregunta en su mirada.
¿Mucho trabajo? ¿Qué había ocurrido?
— Hey, Steve, tienes que descansar, no te preocupes por ello ahora —le susurró la espía, acercándose a la cama.
Llevó una mano a sus ojos, frotándolos exasperado. Necesitaba preguntar. Necesitaba respuestas. No le era fácil quedarse quieto y esperar que el resto lo resolviera por él. No era su papel. Volvió la mirada con Natasha, y vocalizó el nombre de lo único que venía a su cabeza en ese momento.
Stark.
El rostro de su amiga permaneció impasible, pero aún con ese semblante tranquilo, logró detectar un ligero parpadeo nervioso. Natasha podría ser una espía, pero él era su amigo y le conocía lo suficiente para saber cuándo escondía algo.
— No es un buen momento —espetó la espía alejándose. Steve la detuvo, sosteniendo su antebrazo.
Stark
Volvió a vocalizar. Y no estaba dispuesto a soltarle hasta obtener respuestas. Natasha inclinó su cabeza, suspirando.
— No te darás por vencido, ¿cierto?
Él asintió.
— Van a matarme por esto —se dijo a sí misma, mientras caminaba hacia el ventanal para correr las cortinas —Rodhey me hizo prometer que no te informaría sobre la misión hasta que no te encontraras recuperado.
Steve clavó su mirada en ella, esperando respuesta.
— Necesito que estés tranquilo, o sabrán que fallé a mi promesa —murmuró, con una sonrisa triste. Él ladeo su cabeza, con un gesto comprensivo. Si algo había aprendido sobre Nat, era que podía arriesgarlo todo por ayudar a un amigo.
— ¿Recuerdas todo el ajetreo que interrumpió la transacción?
Asintió. Los recuerdos parecían borrosos y vagos ahora. Natasha hizo una pausa, pero mantuvo conectada su mirada a la suya mientras tomaba su mano y la envolvía entre las suyas. Las manos de la espía eran pequeñas y menudas. Steve se preguntó cómo es que podía noquear a hombres que le doblaban en tamaño con un cuerpo que aparentaba ser frágil.
— El concierto fue blanco de un ataque. Según los datos que tenemos hasta ahora, el grupo que lo llevó a cabo no tenía ninguna conexión con nuestros sospechosos.
Steve no lo esperaba. Pensaría que, quizá habían caído en un señuelo nuevamente, pero nunca sospecharía de la presencia de otro grupo delictivo del cual tuviesen que preocuparse más que del Círculo Dorado.
— Abrieron fuego contra todos los asistentes, y luego lanzaron lo que creemos, es algún tipo de arma biológica o gas altamente tóxico.
Su garganta ardiendo, era quizá, su prueba más evidente del hecho. Si eso le provocó a un ser humano modificado con un suero que potenciaba su resistencia y tiempo de recuperación, no imaginaba el impacto en un ser humano promedio. Eso dejaba a Stark…
"Stark", vocalizó de nuevo. Como si el solo pensarlo le doliera.
Observó a Natasha tensarse y suspirar sonoramente.
— Steve, el ataque tenía un objetivo.
¿Objetivo? ¿Había otro?
— De todos los que murieron anoche, sólo cuatro hombres fueron eliminados a quemarropa. Y esos hombres, eran cuatro de los seis elementos que custodiaban a Stark.
Steve contuvo la respiración, hasta que Natasha levantó su mirada para conectarla con la suya. Impotencia. Sólo había impotencia.
— Steve, han secuestrado a Tony.
No es que fuese planeado. Sólo que, fue coincidencia. Hoy es el cumpleaños del personaje ficticio más amado –al menos, del momento-: Tony Stark.
Lo amaremos 3000, siempre.
Bethap
