Advertencia: Fanfiction Angst. Puede contener violencia implícita o explícita, abuso de drogas, alcohol, y/o prácticas sexuales riesgosas.
Cronología: Basada en el universo cinematográfico de los Vengadores. Puede contener referencias al cómic. Después de "Era de Ultrón"
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Pesadilla.
6 DE ENERO, 18:57 HORAS, TORRE STARK, NUEVA YORK.
— Espero que esto realmente sea de ayuda —dijo Rhodes, mientras le entregaba a Natasha una carpeta forrada en piel —Cobré varios favores para conseguirla.
— Gracias Coronel —musitó Steve, mirándole a los ojos. Podía ver la preocupación marcada en el semblante del moreno —Lo será.
Con el helicóptero a sus espaldas, se alejaron hasta llegar al acceso de la torre desde el helipuerto. Con la ciudad casi paralizada por la tormenta invernal, el arribo en helicóptero era más seguro. La odisea de Rhodes concluyó una hora antes, cuando el juez autorizó el cateo de la torre Stark. A pesar de la ayuda de Potts para agilizar el proceso, apenas mover un dedo, el ejército de abogados de Stark apareció. El genio se ocupó –quizá, por el incidente ocurrido con el Capitán América medio año atrás– de que nadie pusiera las manos en sus posesiones, aún si contaban con una orden judicial de por medio. Era clara su voluntad y al parecer, apenas una semana antes, Stark les contactó nuevamente para añadir una clausula más: su orden dejaba fuera a Rhodes, Potts y Happy, las únicas personas que medio año atrás, podrían revisar en caso de su ausencia, todas sus posesiones y material personal. Steve podía leer a través del ceño fruncido de Rhodes, la impotencia y el dolor que sólo el perder la confianza de su íntimo amigo le provocaba. Nadie del resto del equipo se atrevió a preguntar a Rhodes por qué Stark haría algo así en contra de las personas más cercanas a sí mismo. Pero aún en aquel silencio instalado en el momento en que fueron informados de tal decisión, Steve creía sentir el mismo dolor que el Coronel padecía.
De alguna forma, ambos le habían fallado a Tony.
— Buenas tardes Señores —recibió dentro del pethouse con una sonrisa fría una mujer de mediana edad. Su cabello caía en una oscura melena al hombro. Steve fijó su vista en su identificación:
"Tina Thurman – Recepcionista"
Steve volvió su vista por segunda vez sobre la mujer. No lucía como el tipo de recepcionista que solía tener Stark: curvilíneas, de porte perfecto, programadas para nunca dejar de sonreír y con una corta lista de diálogos posibles. Thurman no portaba una cortísima falda ni dos kilos de maquillaje encima. Su mirada lucía afilada, como si estuviera buscando apenas una grieta en los demás para lanzarse sobre ellos.
— ¿Me permite, Capitán? —solicitó extendiendo su mano. Steve tardó unos segundos en procesar la orden, antes de entregarle la carpeta. Junto a ella, un hombre de traje, que ocultaba su boca tras un espeso bigote, analizó la orden con avidez a través del cristal de sus gruesas gafas. A su lado, Tina parecía engullir los puntos importantes del documento. Ambos se volvieron hacia la delegación de Vengadores recién llegada.
— La orden autorizada excluye de cateo los pisos de investigación y desarrollo de prototipos —anunció el abogado —así como las áreas de oficinas administrativas dentro de la torre y todo material corporativo sensible.
— Estamos al tanto —cortó Rhodes.
— Además…—el hombre carraspeó, elevando su voz —se especifica que en todo momento debe estar acompañado del personal a cargo del Señor Stark, así como evitar el extraer posesiones u objetos personales fuera de la Torre, a menos que se determine que son indispensables para la investigación.
— La cláusula que determina ese punto es muy ambigua —terció Rhodes —podría entorpecer la investigación y retrasar nuestro trabajo si nos apegamos a su interpretación.
— Estoy aquí para manifestar y defender la voluntad sobre la propiedad del Señor Stark, Coronel —le dijo él —Sólo sigo instrucciones.
Rhodes apretó su mandíbula, pero asintió. No perdería tiempo allí. El reloj continuaba corriendo y sin solicitud de rescate, su probabilidad de sobrevivencia disminuía.
— De acuerdo —dijo el Capitán —comenzaremos aquí.
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
La recepcionista tecleó un código de activación en el panel de control de la puerta del taller. La pequeña pantalla arrojó una fotografía suya y un rayo de escaneo la barrió. Dos segundos después, las puertas se deslizaron. Tras ella, Natasha y Steve se observaron de reojo.
— Adelante —ofreció ella.
El taller lucía como debía esperarse de Stark: un collage de piezas de armadura y herramientas en cada mesa de trabajo. Un escalofrío recorrió a Steve: era el santuario de Tony. La última vez que estuvo dentro, Tony limpiaba su nariz cada dos segundos y padecía una fuerte gripe. Casi sonríe al recordar al genio intentar echarlo fuera de allí. Intentó evocar los detalles de aquella noche. Steve no solía entrar demasiado, era su espacio vital, algo tan personal como su propia cama. Por lo tanto no podría definir si aquella configuración de los objetos dentro del laboratorio clasificaban como normales.
— ¿Tienes el acceso a los portátiles del Sr. Stark? —inquirió Natasha, deduciendo que aportaría más pistas y más rápidamente cualquier dato de algún prototipo en el cual estuviese trabajando.
— El acceso a los ordenadores y servidores centrales del Señor Stark no están incluidos dentro de la orden judicial —recitó monótonamente la recepcionista —y aunque estuviesen incluidos, no podría ayudarles con ello.
— Pero sí con el acceso a su taller —terció Rogers.
— Una excepción —concluyó ella.
Natasha y Steve intercambiaron miradas.
— ¿Una excepción para las recepcionistas? —indagó Natasha.
Ella les devolvió una sonrisa tensa.
— Es información que preferiría reservarme —dijo.
— Srita. Thurman —carraspeó Steve —No somos enemigos de Tony.
— Ni tampoco sus amigos —recalcó ella —por la última información que obtuve —reparó, ante el sonrojo del soldado.
— Al igual que usted, queremos al Sr. Stark de vuelta, sano y salvo —retomó Natasha —si preguntamos es porque realmente necesitamos saber lo más que podamos de lo ocurrido aquí el último medio año de su aislamiento.
Thurman los analizó a ambos, como si pudiera leer a través de ellos si hablaban honestamente. Unos segundos después, suspiró.
— No todas las recepcionistas tienen el código de seguridad de su taller —pronunció lentamente, bajando la voz. Giró discretamente hacia la sala de estar, donde se supone estaría Rhodes con el abogado.
— ¿Y por qué usted si lo tiene? —inquirió Steve.
Ella le devolvió una mueca incómoda.
— Digamos que, a raíz de ciertas situaciones, el Sr. Stark probó mi lealtad.
Natasha entrecerró los ojos hacia ella. Steve de pronto se sintió decepcionado. Sabía de la fama casanova de Stark, pero creía que eso había quedado en el pasado.
— Oh, no, no, no —soltó de pronto Thurman, interpretando sus miradas —No es lo que están pensando.
— Lo siento, solo que Stark tiene una reputación… —explicó Steve.
— Se los diré, sólo si prometen que el Señor Stark no sabrá que salió de mi boca —negoció ella, susurrando.
— No es nuestra intención poner en riesgo su trabajo, Srita. Thurman —musitó Steve, devolviéndole una mirada bondadosa. Quizá, un poco dentro de sí, sabía que casi nadie se negaba a confiar en él. Era como el símbolo nacional de la honestidad. Casi nadie. La excepción seguía siendo Tony.
Tina se acercó lentamente hacía ellos, simulando revisar las piezas y prototipos sobre las mesas de trabajo.
— Fue durante Nochebuena —susurró ella, continuando su caminata dentro del taller —estaba de guardia esa noche. El resto de las chicas rechazaron por obvias razones ese turno, así que yo acepté cubrirlo. Creo que necesito más el empleo que ellas —se dibujó una pequeña sonrisa triste —así que fui yo quien recibió la llamada.
— ¿Quién llamó? —preguntó la pelirroja.
— FRIDAY.
El estómago de Steve se removió dolorosamente, como si su instinto de pronto le recordara algo que quizá sospechaba.
— Supongo que su asistente virtual tiene algún algoritmo que detecta el peligro potencial de muerte para su creador y sólo así, le es permitido ejecutar acciones sin una orden directa —dedujo ella, tomando una pequeña tarjeta de microcircuitos y observándola como si fuese lo más fascinante del mundo —Así que cuando subí hasta acá, encontré justo lo que FRIDAY advirtió.
Natasha desvió su mirada, como si fuera difícil recrear las imágenes en su mente.
— El taller estaba en pedazos y varias secciones del departamento también —continuó Tina —pensé que alguien había entrado a atacarle, que FRIDAY se equivocaba, pero cuando lo encontré…
La mujer llevó su mano hasta sus ojos, como si con el acto borrara la escena de su mente.
— Había botellas rotas por todos lados y descubrí de donde venía el rastro de sangre en su taller —murmuró ella —Lo encontré inconsciente, cerca de la barra del bar. Al parecer había gastado las últimas horas de la noche intentando terminar con su cava entera. Honestamente, tenía meses sin verle. Puedes pasar años trabajando aquí y nunca cruzarte con él, según dicen. Era la segunda vez que lo veía en persona, y su aspecto era…Dios, era tan distinto a la primera vez, realmente me asustó. Sus signos vitales eran tan débiles que pensé…— Hizo una pausa, suspirando —Aún sigo sin entender cómo es que una persona puede provocar tal nivel de destrucción sólo con sus manos.
— ¿Tina? —ella levantó la mirada hacía el Capitán — ¿Qué había ocurrido?
"No lo sé", artículo. Su rostro reflejaba la impresión que aún llevaba de aquel suceso. Steve no había escuchado de aquello. De pronto se preguntó si Rhodes lo sabría. O Pepper. Y luego recordó su Nochebuena. Las risas invadiendo el cálido comedor en el Centro de los Vengadores. Tony debía estar allí, no ahogándose en alcohol. Eso le hizo sentirse terriblemente egoísta. Los Vengadores también eran su familia.
— Después llamé al equipo médico —retomó Tina, aclarando su voz —por suerte, el Dr. Aldrich seguía en la torre. Su hija pasaría por él, pero se retrasó. Si hubiésemos tenido que pedir una ambulancia, ahora mismo ni siquiera tendríamos ésta conversación.
Steve suspiró sonoramente. Sentía que el camino a seguir para dar con el paradero del soplón era más grande y se había triplicado en un segundo. Quizá investigar lo que ocurrió esa noche no aportaría en absoluto a sus propósitos ahora, pero necesitaba saber lo que ocurrió. Todo lo que estaba pasando dentro de esa Torre mientras él no estaba allí.
— El doctor, ¿dónde lo encontramos? —solicitó Natasha, siguiendo la línea de pensamientos de Steve.
— Piso 55 —Tina sacó su móvil y tecleó algunas ordenes —Es su día de suerte, está en turno.
— Gracias Srita. Thurman —dijo con honestidad Steve, pero no por atreverse a hablar del suceso. Sino por salvarle la vida a Stark.
— ¿Nos acompaña? —preguntó Natasha, mientras la recepcionista sacaba su móvil de su bolsillo. Su tez palideció ligeramente.
— Creo que tendrán que ir solos esta vez —se disculpó —tenemos una crisis de seguridad.
— ¿Ha ocurrido algo? —inquirió Steve.
Ella los observó, pensativa.
— Alguien intentó colarse al área de servidores.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El área estaba ubicada en los primeros niveles de la Torre. Resguardaba físicamente todo el hardware que constituía la estructura física de la IA de Stark, así como los registros de la compañía, datos personales e incluso grabaciones de seguridad. Estaba bien resguardada y era casi imposible acceder sin una odisea de autorizaciones y análisis, tras varios muros con aleaciones de metales para asegurar su aislamiento y posible extracción de datos de forma remota. Por lo que, cuando la primera puerta de titanio de 80 kilos salió volando, todas las alarmas saltaron. Cuando el equipo de respuesta de seguridad llegó, esperaba encontrarse con humo y restos de algún dispositivo explosivo de activación remota. Quizá un grupo de hombres fornidos, armados hasta los dientes, esperándoles.
No a una chica de cincuenta y pocos kilos.
El gas y el descenso de oxígeno, diseñado para frenar a cualquier intruso indeseado, la noqueó con rapidez. El equipo llevó a la chica al área de detención, mientras llamaban a la policía para dar aviso del caso. En sus bolsillos solo había un par de dólares arrugados, unos tickets de licor barato y un cupón de descuento vencido para comida china. Nada que arrojara más sobre ella. Del otro lado del cristal oculto en la sala de detención, Natasha la analizaba con expresión impasible. Volvió a repetir el vídeo de seguridad. La puerta se desplomó, y la chica accedió al área sin más. La cámara que cubría el otro ángulo había sido desconectada justo unos segundos antes que la chica arribara al pasillo. No lucía como alguien experimentado para infiltrarse. Apenas había cubierto su rostro con su bufanda. De ahí en más, no tenía nada que indicara preparación para dicha operación. Vestía unos vaqueros rotos, botines y una cazadora de cuero. Lucía como alguien que buscaba problemas por los barrios bajos de Manhattan.
— ¿Qué crees que buscaba? —murmuró Steve, junto a ella.
— No ha dicho ni una palabra, es difícil saberlo —resolvió la espía —No lleva consigo una identificación oficial, ni siquiera un ticket del metro. Lo único que sabemos es que al parecer, adora el whisky barato.
— ¿Cómo lo sabes?
— La olí.
Tras ellos, la puerta se abrió de golpe.
— Jessica Jones —espetó —Investigadora privada. El reconocimiento facial coincidió y su abogado lo confirmó.
— ¿Abogado? —preguntó la pelirroja.
— Acaba de llegar al lobby hace 5 minutos.
Steve entrecerró su mirada, confundido.
— ¿Cómo sabía que estaba aquí?
Tina encogió los hombros.
— Va a ser interesante averiguarlo —obvio Natasha.
— No está dentro de sus competencias —sugirió tras ellos el abogado de Stark —Son asuntos internos de la compañía.
— Y nosotros somos agentes federales —cortó Rhodey, arribando junto con él —En lo particular, yo soy un Coronel.
— No es su división —espetó con acidez el abogado.
— La de ellos si —le devolvió el Coronel —están aquí por la investigación del secuestro del Sr. Stark. Interrogar a la intrusa no está vetado por la orden del juez. Y obstruir una investigación es delito.
El abogado bufó, molesto, antes de murmurar por debajo y salir de la habitación.
— Te extrañamos —le dijo Steve.
— No me dejen atrás la próxima vez —les recordó él —¿Qué tenemos?
Natasha le mostró la grabación de seguridad y lo puso al tanto.
— ¿La has visto antes?
Rhodes negó.
— Lo sabría apenas verla, nunca olvido un rostro —dijo, acercándose al cristal oculto que los separaba de la sala de detención —Pero Tony conoce demasiada gente….
— ¿El abogado ya viene? —inquirió Steve.
— Acaba de arribar al ascensor. Iré a traerlo, necesito registrarlo —explicó Tina —soy sólo la recepcionista.
— Al parecer es un poco más que eso —insinuó Natasha, luego de que la mujer saliera de la habitación y de esperar un tiempo prudente para no ser escuchada accidentalmente.
— ¿A qué te refieres? —preguntó el coronel.
— Está registrada en la base de datos del pentágono, pero no tengo acceso a su historial —terció Natasha, intentando acceder desde su móvil.
— ¿Sospechas de ella?
— Creo que debemos sospechar de todos ahora mismo Steve —concluyó la espía —Coronel, ¿podrías…
Rhodes tomó el móvil de la pelirroja, tecleó su usuario y contraseña de acceso, y posteriormente repitió unas cuantas palabras clave de verificación de identidad por voz. Un sonido suave de alarma le indicó que había accedido a la base de datos del pentágono con éxito. Tecleó el nombre de la recepcionista, arqueando las cejas antes de cederle el móvil a Natasha.
— Es una ex marine —sopesó Rhodes —La dieron de baja hace tres años, ¿qué diablos hace en la recepción de Stark?
Los ojos de Natasha se movían con rapidez a través del expediente virtual.
— Le dieron de baja por mala conducta —murmuró Natasha.
— ¿Cómo dices? —preguntó Rhodes, tomando el móvil para leerlo por él mismo.
— Tenía problemas con el alcohol —explicó ella —se presentó en estado de ebriedad al servicio. Al parecer el problema explotó hasta que terminó chocando un vehículo de la marina.
— No habría forma que Tony la contratara sabiendo esto —espetó Rhodes.
— Lo sabía —terció Natasha —lleva dos años sobria. Luego de ser despedida del ejército, los problemas de salud de su madre se agravaron y sin un seguro médico, tuvo que buscar lo primero que le prometiera cobertura médica. Stark Industries ofrece las mejores prestaciones para sus empleados a nivel mundial. Incluso para trabajadores de bajo rango como una recepcionista.
— Eso explica por qué Stark confío en ella como para darle la clave de acceso a su taller —concluyó Steve —Es una sobreviviente.
— Ahora ni siquiera yo cuento con eso —se lamentó Rhodes.
Natasha volvió su vista al moreno —¿Por qué te dejaría sin tu acceso?
El coronel bajó la vista, taciturno —Los últimos meses Tony comenzó a volverse más hermético, él…cambio demasiado. Estaba volviendo a pasarse con el alcohol y…
Para ser honestos, no necesitaba mencionarlo. Si bien ninguno de ellos estuvo cerca, era más que evidente que la constante cadena de acciones que ejecutó durante su aislamiento era resultado de grandes cambios en su psique. Y en cuanto al aislamiento se refería, Stark era experto en descarrilarse con rapidez en cuanto más tiempo pasara en él.
— Y terminó con una congestión alcohólica.
Rhodes levantó la vista hacia Steve, extrañado.
— ¿Qué dices?
— Según Thurman, Tony tuvo que ser llevado de emergencia al área médica de la Torre en Nochebuena, le encontró inconsciente —explicó Romanoff, con pesar.
Rhodes maldijo por debajo.
— ¿Sabías algo?
— No, yo…
El moreno cubrió su rostro con sus manos, suspirando sonoramente.
— Lo visité un par de días después de Navidad, él estaba…
La voz de Rhodes se ahogó.
— Oh, dios…debí suponerlo —murmuró finalmente.
— Rhodey, no es culpa tuya —calmó Natasha —Tony puede ser demasiado evasivo y terco cuando se lo propone.
— No supe verlo Nat —se lamentó él.
Steve prefirió guardarse sus comentarios. El panorama que seguía trazando en su mente seguía oscureciéndose más y más. Sólo quería salir de ahí y buscar, calle por calle, al millonario. Una idea totalmente absurda, pero era todo lo que tenían. Visión le prometió llamar en cuanto los captores hicieran contacto. Potts esperaba cualquier llamada desde el complejo de Stark Industries, pero parecía no llegar. Las estadísticas eran bastante negativas respecto a ello: el porcentaje de sobrevivencia de la víctima caía casi por los suelos. Tony no era ni de cerca, una víctima de secuestro común. A saber que no era su primer secuestro, y que su vida era una moneda de cambio demasiado valiosa, era obvio esperar por un rescate. Uno realmente jugoso. No entendía por qué si un grupo delincuente tuvo las agallas para secuestrar al mismísimo Ironman, no parecía ser capaz de demandar un rescate como debía. Quizá esperaban algo. Un movimiento de parte del gobierno, los Vengadores, quizá…
— Buenas noches —saludó el recién llegado. La puerta se abrió, dejando pasar a un hombre joven, rondado sus 30 años. Vestía traje completo, aunque su corbata estaba desajustada. El bastón en su mano y las gafas oscuras sobre sus ojos eran respuesta suficiente al hecho de que Tina lo acompañara, sujetando su brazo.
— El señor Murdock es el abogado de la Srita. Jones —aclaró Tina.
— Buenas noches —replicó educadamente Natasha— soy la agente Romanoff. Es admirable el tiempo de respuesta para su cliente.
La sonrisa de Murdock pareció tensarse, pero no desapareció de su rostro.
— Es curioso, me encontraba en la comisaria atendiendo otro caso con mi socio y escuché sin querer el radio de la estación —explicó Murdock, como si ese tipo de casualidades le pasaran todo el tiempo.
— Que conveniente… —espetó Natasha, incrédula —Pero me parece excelente que se anticipe a la llegada de la policía. Al parecer apenas están arribando al lobby…
El abogado solo le devolvió una sonrisa amable, pero menos amplia.
— Conozco a la Srita. Jones desde hace tiempo, y sé que estaba trabajando en un caso. Me consultó sobre una pista que lo conectaba con Stark, pero sugerí solicitar la información por medios más…ortodoxos. Al parecer, ignoró mi consejo —resolvió él, girando su cabeza una fracción de segundo hacia el rincón donde permanecía Steve, en silencio, quién había preferido no revelar su presencia.
— Disculpe, ¿cree que pueda hablar con ella antes que…
— No es el protocolo —aclaró Rhodey —Coronel James Rhodes, mucho gusto Sr. Murdock.
El moreno se adelantó a tomar la mano del abogado cuando la extendió hacia el frente, esperando el saludo.
— Sé que no es el protocolo, pero me gustaría cooperar con ustedes para encontrar la forma de remediar el daño que la señorita Jones ha provocado —terció él.
— Créanos que lo último que queremos es otro problema, ahora mismo —aclaró Nat.
— Siento mucho lo ocurrido con el Señor Stark —lamentó el abogado.
— Dijo que la señorita Jones tenía un caso que parecía conectarse con Stark —retomó Rhodes.
— Si, al menos, ella cree eso. En mi opinión, no es más que una corazonada —dijo Murdock.
Natasha intercambió una mirada significativa con Steve.
— ¿Cree que podría contárnoslo? —pidió Natasha.
— Tendría que consultar con Jones —resolvió él — ¿Cree que sea posible?
Rhodes le asintió a Natasha en silencio. Steve estaba de acuerdo. Él podía escuchar su conversación y saber si realmente era honesto o tramaban algo más. Si aportaba al caso de Stark, debían tomar la oportunidad.
— Les daremos unos minutos pero —aclaró Rhodes— es todo lo que podemos hacer por ustedes. Ella aún está un poco desorientada pero, creo que podrá hablar.
— Gracias Coronel —replicó Murdock, mientras Tina salía con él, guiándole a la sala de detención. El grupo se movió hasta el pasillo que conectaba con la sala. Observaron a Murdock acceder a la sala, hacer un gesto hacia Tina indicando que estaría bien. Ella se aseguró de cerrar la puerta tras él, antes de unirse al grupo.
— Tengo que ir a recibir a la policía —informó, antes de marcharse nuevamente.
— ¿Le creen? —cuestionó Rhodes.
— Ya lo averiguaremos —murmuró Steve, concentrando su oído en lo que ocurría tras la puerta. Gracias al suero del súper soldado, era más sensible a los sonidos lejanos o débiles. Eso siempre le ayudó a estar por delante en las operaciones sorpresa o para el espionaje. Ahora sólo debía esperar que la conversación fluyera. Ni el abogado ni Jones advirtieron su presencia.
Una silla se deslizó dentro. Chilló un poco cuando recibió el peso de una persona sobre ella. Hubo un silencio prolongado, el sonido metálico de las esposas y otra silla deslizándose.
— ¿Qué estabas pensando Jessica? —masculló Murdock. El tono amable y educado con el que había arribado ya no estaba. Parecía irritado, como si estuviera a un paso de perder el control.
— Te dije que seguiría la pista —habló por primera vez la mujer. Arrastraba las palabras, con pereza.
— ¿Violando la ley?
— Vamos Murdock, no soy la única aquí que lo hace cuando quiere conseguir lo que necesita.
Hubo una pausa. Alguien suspiró.
— La Torre Stark, ¿no encontraste peor lugar para meter tus narices?
— Recuérdame no pagar tus honorarios cuando esto termine.
— Nunca me pagas.
— Touché. Puedes irte.
Un tenso silencio detuvo la conversación. Luego, el abogado gruñó por debajo.
— Cuando Stark se entere, ni Hogarth podrá sacarte de ésta.
— ¿No has visto las noticias? Lo secuestraron —espetó Jones, como quien comenta el clima.
— Si no lo hace él, lo hará Virginia Potts.
Alguien bufó.
— ¿Sabes que podría interesarles cómo una pista de un caso me trajo hasta aquí?
— Tendrías posibilidades si tan solo no hubieras entrado por la puerta trasera y sin autorización.
— No estoy pidiendo tu consentimiento.
— Soy tu abogado.
— No lo eres.
— Ahora sí.
— Sabes que tengo razón, Murdock.
— ¿Estás ebria?
— Ojalá lo estuviera.
Hubo otra pausa. Alguien golpeteaba la mesa con los dedos.
— ¿Tienes un cigarrillo?
— ¿Es en serio Jessica?
La silla se deslizó de nuevo. Alguien comenzó a caminar por la habitación. Aunque ese alguien solo podría ser el abogado, ya que las esposas de Jessica estaban atadas a la mesa. Algo no cuadraba para Steve. El abogado caminaba, pero su bastón no golpeteaba contra el suelo, algo que un invidente nunca debía dejar de hacer si no quería irse contra el suelo.
— Stark. Hablamos de Stark.
— Sé leer, gracias.
— Al parecer no sabes lo que ocurre.
— No Murdock, eres tú el que no lo sabe: mientras estamos aquí jugando, estos tipos están metiendo porquerías a las calles de Nueva York, no precisamente dulces. Y de alguna forma lograron meter las cuatro patas de Stark en esto.
— Y tú caíste completamente en su juego —dijo él, levantando la voz sin querer. Lo escuchó gruñir, para luego continuar en un murmullo de nuevo —Esto no es el departamento de policía de Hell's Kitchen. Esto son las grandes ligas. Afuera están los Vengadores Jessica, no el jefe de policía ni tu amiga periodista. Los Vengadores. Y te apareciste justo cuando están de cacería. ¿Acaso no ves el problema?
— Puedes irte cuando desees —le espetó Jessica, molesta.
— ¿Y eso a quién le ayudaría?
— A mí —resolvió ella.
— ¿Piensas escaparte? —murmuró aún más bajo Murdock.
— Mejor aún —susurró Jones —Pienso unirme.
Murdock soltó una risa burlesca.
— Estás ebria Jessica —una silla se movió.
Los pasos avanzaron firmes, acercándose. Cuando la puerta se abrió, ellos simularon una conversación inexistente.
— Ella cooperará —prometió el abogado, de vuelta con ellos.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Su cuerpo pesaba. Más de lo normal. Pero Tony sabía perfectamente que no era así. Porque los últimos meses su ropa parecía estar más grande de lo que recordaba, y no ajustaba como acostumbraba. Pero su cuerpo pesaba. Toneladas, quizá. Cada uno de sus párpados parecía estar atado a un peso surrealista. Sus pulmones luchaban por inflarse, cómo si la gravedad de la Tierra hubiera incrementado diez veces.
Todo pesaba, pero su mente no.
Era difícil definir el límite de la consciencia. Si las sensaciones eran parte de otra vívida pesadilla o eran reales. Su cabeza dolía. Realmente dolía. Aferrarse a la realidad, si es que todo en sí era real, era más duro de lo que recordaba. Incluso más que en esas mañanas de resaca. Incluso más que aquella mañana. Tony no recordaba cuando había sido la última vez que despertar no fuera doloroso. Y si su cabeza dolía, su cuello gritó apenas logró moverse un poco. Le siguió cada parte de su cuerpo, hasta que todo cayó como una lluvia inevitable de sensaciones desagradables. Entonces, su corazón fue el primero en caer en cuenta de ello.
Demasiada luz. Demasiado blanco. Demasiado frío.
El peso extra de grilletes anchos en sus tobillos y muñecas. Pero no había cadenas. Ni ataduras extrañas. Sólo los grilletes y un extraño collar metálico rígido. Y un dolor instalado en la parte trasera de su cuello.
Secuestro.
La palabra le era familiar. Su cerebro luchó contra la confusión y resumió los últimos acontecimientos conscientes a esa definición. Tony sabía que la privación de su libertad no era algo nuevo. Su primer secuestro fue a los 6. Fue violento y rápido. La angustia lo colapsó en su primera noche en cautiverio. Jarvis se mudó a su habitación luego, pues sufrió de pesadillas durante mucho tiempo después. El segundo fue a los 17. Sólo le costó un par de horas a la policía dar con su paradero, y lo tomó mejor de lo que esperaba. Sin embargo, duró meses observando sobre su hombro después de aquello. El tercero, fue a sus 37.
Afganistán.
El resto era historia.
Tony tenía experiencia en el área, en definitiva. Entonces, ¿por qué su corazón parecía querer salir de su pecho, justo ahora? ¿Por qué era tan difícil respirar? Se focalizó en dos prioridades: respirar correctamente, e identificar el entorno. La habitación era un cubo perfecto de apenas cuatro metros cuadrados. Las paredes pintadas de blanco, con una puerta de bisagra oculta, y sólo luz artificial y sin abertura alguna al exterior, para desorientar al inquilino. Sus captores se habían preocupado por los detalles, por mantenerlo aislado y disociado del factor tiempo. Los artículos a su disposición eran nulos: con sólo un inodoro seco, y sin siquiera una colchoneta como cama. Nada que él pudiera transformar en algo útil. Los grilletes eran pesados, le dificultaban moverse. Y por último el collar. No podía saber a ciencia cierta su utilidad. Pero, dedujo, se trataría de algo más que una pieza del conjunto. La palpó con paciencia, esperando encontrar una grieta, hasta llegar a la parte trasera. Allí detectó un ligero cambió en su circunferencia.
Y luego un zumbido.
Su cuerpo se derrumbó contra el suelo. El dolor recorrió su columna vertebral, paralizándolo. Y una voz electrónica le ordenó.
"QUIETO"
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6 DE ENERO, 22:07 HORAS, PISO 55, TORRE STARK, NUEVA YORK.
— Es aquí —señaló Nat. Steve le siguió. No porque estuviera prestando atención a los letreros en las puertas, sino porque confiaba en Nat. Su cabeza se había quedado en la sala de detención, dónde un muy avergonzado abogado intentaba inútilmente reparar la situación mientras la verborragia de Jones sólo oscurecía más el panorama. Su caso parecía ser cómo otro más sobre drogas y pandillas: el novio de su cliente era adicto, con deudas con su proveedor, termina siendo atacado y muere en extrañas condiciones. La cuestión no eran las drogas, o deudas. Era porqué había tecnología Stark en uno de los dispositivos encontrados en entre las pertenencias del difunto novio de su cliente. Y porque los médicos no pudieron detener el sangrado de sus heridas, llevándolo a la muerte. Eran pistas difusas y con poco peso. La tecnología Stark estaba en todos lados, pero Jones insistía que la que encontró específicamente, aún no había sido lanzada al mercado. Las condiciones de la muerte de la pareja de su cliente bien podían deberse a cuestiones médicas extrañas no determinadas. Natasha fue clara al decírselo. Pero Steve no podía mantenerse con la cabeza fría. Realmente estaba intentándolo. Pero apenas el nombre de Stark salía a flote y parecía ver respuestas y conjeturas en todas partes.
Luego de casi una hora debatiendo los puntos, Steve rogó a puerta cerrada considerar la ayuda de Jones ofrecida para el caso Stark. Rhodes no parecía convencido, pero acepto sólo si el mismo supervisaba sus acciones. Preferían esa información en sus manos, que en la CIA o FBI. Murdock se ofreció también, aunque Stark ya tenía abogados de sobra y en este momento, no era lo que necesitaban.
— ¿Doctor Aldrich? —llamó Nat.
Un hombre de cabello cano levantó su vista a través de sus gafas de media luna. Su escritorio estaba forrado en expedientes en los cuales realizaba anotaciones a mano. Había un ordenador a su izquierda, apagado. Steve se solidarizó con él de inmediato: también prefería las cosas a la vieja escuela.
— Buenas noches —saludó él, incorporándose en su asiento —Adelante.
— Agente Romanoff y…
— Steve Rogers —terminó el médico —los recuerdo. Quizá ustedes a mí no, pero solía saber de ustedes cuando habitaban unos cuantos pisos arriba de aquí.
La espía articuló, sin poder añadir más. Recordaba las ocasiones que terminó en el ala médica, pero nunca los rostros de quienes le atendieron.
— Disculpe que lo interrumpamos —espetó Rogers— Pero estamos aquí por el caso del Señor Stark.
El médico se paralizó ante sus palabras.
— Más específicamente, sobre la noche en que Stark pasó en este piso —indicó Romanoff —Estamos al tanto que usted fue quién lo atendió.
— Todo el expediente médico del Sr. Stark está clasificado —recordó.
Natasha le deslizó sobre el escritorio la orden del juez con sutileza. El médico la tomó y leyó durante varios minutos. Cuando la cerró, la resignación se había instalado en su rostro. El doctor Aldrich posó su vista en Steve, como si compartiera un secreto con él –aunque en definitiva no era así-, antes de incorporarse de su asiento nuevamente. En silencio, extrajo con un cuidado casi ceremonial una gruesa carpeta roja del estante a la derecha del escritorio. La dejó caer en seco sobre el resto de expedientes que ya cubrían su escritorio. Se desplomó sobre su silla, como si de pronto hubiese perdido la energía por completo.
El doctor lo observó sobre sus gafas, antes de tomar una bocanada de aire. Abrió un grueso expediente y extrajo un par de hojas de él.
— El Sr. Stark llegó aquí con un paro cardio-respiratorio, y un evidente caso de congestión alcohólica —señaló, leyendo el informe, como si no recordase todos los detalles —presentaba heridas graves en todas sus extremidades. Sus manos se encontraban totalmente hinchadas y con contusiones y cortes profundos. Era claro que había perdido mucha sangre y tenía varios minutos presentando dicho sangrado.
Steve articuló intentando, conmocionado, preguntar sobre cómo había llegado en ese estado, pero el historial aún no terminaba.
—Hasta ahí el diagnóstico urgente —señaló.
— ¿Qué quiere decir con urgente? —preguntó Steve, girando hacía la espía, que parecía comprender bien el léxico del médico.
— Me refiero a las condiciones que lo llevaron a su estado crítico —resolvió— luego de atender las situaciones urgentes, realicé un diagnóstico extendido.
— ¿Por qué lo hizo? —cuestionó con frialdad Natasha.
— Romanoff …
— Las cláusulas de confidencialidad médica de Stark indican que todo análisis médico, así fuera solo una gota de sangre, debe ser con previa autorización de él mismo. Dudo que estuviese consciente para dar su consentimiento —declaró ella sin despegar su vista del viejo médico.
El semblante del médico decayó.
— Sé que lo que voy a contarles pone en peligro no solo mi trabajo, sino mi licencia —concluyó, con tristeza, incorporándose de su silla para cerrar la puerta de la pequeña sala. El agente fuera observó al Capitán con confusión, y él asintió, comunicándole que todo estaba bien. — Pero mi deber ético es velar por el bienestar de mis pacientes.
Natasha no le quitó el ojo de encima, desconfiando.
— El Señor Stark presentaba ciertas… anomalías en su estado.
— ¿Qué quiere decir con anomalías? —inquirió el soldado.
— La primera cosa que me lo advirtió fue el sangrado en sus diversas heridas, además de las que nosotros realizamos para salvarle la vida. Las limpiamos, suturamos y vendamos pero no dejaban de sangrar. No estaba coagulando. Tuvimos que cambiar los vendajes en continuas ocasiones, hasta que su estado nos permitió administrarle un coagulante de forma segura. Está por demás decir que realizamos transfusiones para recuperar el volumen que perdió.
— ¿Había algo más en su condición? —indagó la pelirroja, confundida. Parecía que había decidido confiar ya en la palabra del médico.
El cuestionado suspiró sonoramente.
— Mucho más. No necesitaba mi título universitario para notarlo. Aun ignorando el estado en el que lo ingresamos, era fácil detectar por deteriorado aspecto que algo no andaba bien. Realicé pruebas de sangre. El Señor Stark padecía una severa anemia. Su grado de desnutrición era preocupante. Además, descubrimos diversas úlceras en su estómago y esófago. El desgaste en el esmalte de su dentadura nos indicó también que sufría de vómitos continuamente, lo cual no es raro con su consumo desmedido de alcohol. Y debido a su consumo de alcohol, no era raro tampoco encontrarnos con su páncreas inflamado, daño en el hígado y en el músculo cardíaco.
Steve soltó el aire dentro de sus pulmones. No notó que estaba conteniendo la respiración. O que estaba rascando de forma insistente el dorso de su mano hasta lastimarse. Cada palabra caía como una pesada losa en su espalda. ¿Cómo demonios habían dejado que llegara hasta ese punto?
— Y por último…
— ¿Aún hay más? —preguntó, derrotado, el soldado.
— Así es Sr. Rogers —se lamentó el hombre— creo que debo mencionar todas mis sospechas. Esto es a partir de mi experiencia y quizá no tengo forma de comprobarlo, pero, en mi opinión profesional, la cantidad de alcohol ingerida por el señor Stark no era suficiente para provocarle el estado en que llegó.
— ¿Está diciendo que quizá no fue auto inducido?
El médico negó.
—Estoy diciendo que hay un factor furtivo que evadió todos los exámenes y evaluaciones que realizamos. Por la forma en que se presentó, sospecho que hay una poderosa droga detrás del colapso del organismo del señor Stark.
— Pero la evaluación toxicológica… —comenzó a debatir la espía.
— También la realicé —añadió, desplumando sus hombros, como si estuviese hundiéndose a sí mismo —No había más que alcohol en su sistema. Ningún rastro de drogas.
Algo de eso último sonaba familiar para Steve. Muy familiar.
— ¿No mencionó Jones algo sobre su cliente? —Murmuró Steve a su compañera —Sobre…
—…un paro cardio-respiratorio sin presencia de alguna droga…—citó Natasha a la detective
—Sus heridas nunca dejaron de sangrar—recordó el rubio.
—¿Crees que debamos…
Steve afirmó.
—Espero haberlos ayudado —concluyó el médico, cabizbajo.
—Lo hizo —agradeció el Capitán.
— Y sobre los análisis no autorizados —añadió Natasha, provocando que el semblante del médico palideciera —Nosotros nos encargaremos que no se proceda de ninguna manera en su contra.
El hombre les devolvió una sonrisa triste.
—Gracias Srita Romanoff.
Natasha le devolvió la sonrisa.
—Andando, tenemos pistas que seguir —animó Steve, levantándose junto con la espía del sofá.
—Esperen —detuvo el médico antes de que cruzaran la puerta —Olvidé algo —señaló, leyendo su expediente.
— ¿Qué ocurre?
—Agua —dijo el médico —había agua en sus pulmones.
—Pero, ¿cómo…
—Stark no ha salido de la ciudad en meses —mencionó Natasha, recordando que el registro indicaba que el millonario se mantuvo recluido en su torre los últimos meses.
— ¿No tiene una enorme bañera en su…—Steve enmudeció.
La espía se llevó la mano a la oreja, activando su comunicador.
—Necesitamos que Visión des encripte todas las grabaciones del pethouse lo antes posible.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Rescate.
El pensamiento lo sacó del sueño ligero que logró conciliar.
Rescate.
Sus captores no le habían usado para solicitar uno.
Rescate.
Eso significaba, que simplemente, no era lo que querían. Entonces, ¿qué…
"Y ésta noche cuidaré tu espalda."
Tony no sabía si fue esa revelación, o la agonía de una promesa fallida, lo que le arrastró de nuevo al fondo de sus pesadillas.
Reitero: No odio a Tony. Amo el angst y él estaba allí cuando pasó cerca. En todos los capítulos he advertido cierto contenido que pudiesen encontrar (quizá no al principio), pero la historia abordará varias conductas y situaciones no saludables.
Siento no tener de nuevo a este par juntos, pero, ya vendrá a su tiempo.
Gracias por sus reviews a:
Fio Gonzlez, Jacky, Alessandra Von Grey, Alexandrina Romanov, MisaoxMori y a Sawako'chann02 (y sus enormes y hermosos reviews).
Intentaré actualizar con más frecuencia. Hasta la próxima c:
Bethap
