Advertencia: Fanfiction Angst. Puede contener violencia implícita o explícita, abuso de drogas, alcohol, abuso físico y sexual. A partir de este capítulo ciertos personajes pueden mostrar conductas autodestructivas, estrés post traumático y disociación suicida.


XI

Vacíos.

8 DE ENERO, 22:15 HORAS, COMPLEJO DE STARK INDUSTRIES, NUEVA YORK.

La pantalla parpadeaba de forma intermitente. No era más que FRIDAY filtrando las llamadas reales de las falsas alarmas. El número de contacto estaba en todos los canales de televisión abierta, en los anuncios de las grandes pantallas de publicidad por las calles e incluso en las redes sociales. La cuestión era simple: si alguien sospechaba haber visto a Tony Stark o saber de su paradero, debían contactarse. La línea se saturó la primera hora. La mayoría eran falsas. FRIDAY canalizaba a Pepper sólo aquella llamada que realmente considerara aportara algo real.

Los primeros dos días fueron 5 llamadas. Luego, ninguna. Pepper observaba, inmóvil, el teléfono sobre su escritorio, lista para atender el timbre. Había visto pasar las últimas 72 horas desde su oficina, en el complejo. Coordinaba toda la maquinaría de Stark Industries para asegurarse que las acciones no cayeran en picada con la noticia de la desaparición de Tony, mientras intentaba ayudar a que las ordenes que los Vengadores necesitaban para registrar la Torre Stark se movilizaran. Una hora atrás, una segunda orden se autorizaba: la necesaria para registrar las grabaciones del pethouse, así como los registros de visitas. La mala noticia llegó en seguida: aún con Visión, no les era posible desencriptar las grabaciones. Al parecer, simplemente no existían. Eran borradas de los servidores cada 24 horas, lo cual les comenzaba a dejar sin alternativas. Un callejón sin salida. El Dr. Banner, por su parte, seguía trabajando en el gas usado en el ataque al teatro, sin mucho éxito. La composición era similar a la de cualquier gas tóxico usado en guerrillas. Ninguna firma química que apuntara algo nuevo. El FBI y la CIA no lograban avance alguno. Sólo un puñado de detenciones que no terminaban de conectarse con el secuestro.

Ni siquiera una solicitud de rescate.

Pepper comenzaba a perder la paciencia. La última vez que le secuestraron, la petición de rescate llegó en menos de 24 horas. Aún le dolía recordar la imagen de un Tony mal herido. Pero estaba vivo. Tenían posibilidades. Esta vez era distinto.

— Traje la cena—anunció Miller, cruzando la puerta de la oficina. Pepper le dedicó una sonrisa cansada —Y mousse de vainilla, sin fresas —aclaró, levantando la bolsa que llevaba en su mano izquierda.

— No debiste molestarte —agradeció ella, pensando en lo reconfortante que era tener a alguien que se preocupara por sus necesidades.

— ¿Has tenido suerte? —indagó él, mientras depositaba las bolsas en la mesa de juntas de la oficina de la CEO.

Ella negó, suspirando.

— Visión descubrió que todas las grabaciones del penthouse están programadas para borrarse en un lapso de 24 horas, otra puerta cerrada. —Musitó, derrotada. Sus ojos apenas podían mantenerse abiertos. Su cuerpo se quejaba de las largas jornadas de trabajo extendidas los últimos días. Ser la CEO de Stark Industries era como correr un maratón todo el tiempo. Los 365 días del año. Entregar cuerpo y mente, despedirse de su vida social y sacrificar varias reuniones familiares. Pepper lo sabía, su trabajo era su vida. Sumar a eso, ir atrás del dueño mayoritario de la compañía apagando sus incendios mediáticos y control de daños cada vez que salía a jugar con los Vengadores.

Pepper aprendió a soportar toda esa presión sobre sus hombros.

El trabajo y su vida personal con Tony. Era como caminar sobre la cuerda floja mientras balanceaba dos pesos. Y todo ello, sin perder el porte y autocontrol. Ella había soportado Afganistán, su primera gran prueba. Y ella que pensaba que sacar a sus amantes por la mañana era incómodo. Luego, logró mantenerse junto al millonario después de Vanko, y toda la locura de un agonizante Stark. Vio a Tony ser tragado por un agujero de gusano sobre la ciudad, y el estrés post traumático que vino después. Incluso superó ser modificada con el Extremis. Después Ultrón y todos los daños colaterales que dejaba a su paso y que Tony insistía en reparar. Su historial parecía no querer terminar allí. Pero no podía culpar a Tony de esto. No era capaz de estar enfadada con él. Porque Tony Stark podría ser muchas cosas, podría ser un idiota, emocionalmente inestable y con una lista de defectos enorme, pero no era capaz de dañar a las personas de forma voluntaria y consciente.

No era ese tipo de persona.

— Oh, Pep… lo lamento —soltó con suavidad Miller.

— Dylan, tú no…sólo…gracias por estar aquí —concluyó —No deberías tener que pasar por todo esto.

— Pep…

— Creí que estaba acostumbrada, todos estos años junto a Tony pero nunca esperas…

Nunca esperas que las pesadillas se repitan, pensó.

— Pep, hey, está bien —resolvió él —Siempre has hecho todo lo que está en tus manos e incluso más.

Ella no coincidió con él. No ahora, no cuando sentía que estaba atada a ese escritorio sin poder salir a hacer algo. Ella no era Natasha o Steve, no era Rodhey. Sólo era la CEO y ex pareja de Tony. No podía dejar de sentirse culpable por no estar ahí. Por dejarle sólo a él y su jodida tendencia autodestructiva. Pero debía recordarse ser un poco egoísta y ver por su felicidad. Sabía perfectamente que las cosas ya no funcionaban para ella. Tony podía seguir alimentándose de su cariño y atenciones, pero no era lo que él estaba dispuesto a dar a cambio. Y eso minó su relación. Debía recordarse que el amor propio la movió a alejarse de allí. Que sobrevivió a ese tornado. Que debía agradecer al hombre que tenía frente a ella, que ahora le cuidaba y recordaba que era alérgica a las fresas. Al hombre que canceló su agenda para no dejarla sola los últimos tres días.

A alguien que estaba dispuesto a ceder un trozo de su vida por estar en la de alguien más. Algo que nunca podría tener con Tony.

—Lo único que puedo hacer es no alejarme de ese teléfono, como lo hice de Tony —Resumió con dureza.

Dylan negó levemente.

— ¿Podemos recordar ahora que eres la increíble CEO de Stark Industries? —Inquirió él, con una sonrisa tímida —Has hecho cosas increíbles desde que te sentaste en ese escritorio. Una empresa armamentista que dejó de fabricar armas, y sobrevivió al proceso. Si alguien me lo contara, pensaría que es un chiste. Pero tú lo lograste.

Pepper sintió como las comisuras de sus labios se levantaron un poco, como una pequeña sonrisa queriendo salir. Pero no ahora, no con la presión en el pecho que llevaba desde que se llevaron a Tony.

—Tony es… —hizo una pausa, como buscando la forma de resumirlo, cómo un niño pequeño cuando describe a su héroe— …él siempre será una leyenda. Pero tuvo la suerte de encontrar a la mujer perfecta para seguir construyendo su imperio. Pero es humano, al final del día. Al igual que tú, al igual que yo. De una forma muchísimo más genial que yo claro.

—Oh dios no…

—Yo sólo tuve una idea brillante para unas cuantas transacciones —recordó él —Pero él está cambiando al mundo. No es la primera vez que intentarán frenarlo, y ésta no será la primera vez que se dé por vencido. Sobrevivió a Afganistán. Sobrevivirá a esto. Lo arreglaremos Pep.

—De verdad quiero creer que será así —confesó, con su voz temblando un poco más de lo que le gustaría.

—Y sí él no lo hace, esos amigos suyos superhéroes lo harán —le recordó Dylan, tocando la punta de la nariz de Pepper cariñosamente —ahora, ¿puedes acompañarme a cenar?

Ella giró de vuelta al teléfono, donde Friday filtraba llamadas.

—Cariño, necesitas un descanso —concluyó, mientras tomaba su mano y la besaba.

—No sé si sea un buen momento…

—Tony odiaría que dejaras de hacerlo —murmuró él— Cuidarte, me refiero.

Ella no podía saber aquello. Pero tenía la certeza que siempre, procuraría su felicidad. Aunque no fuese junto a él.

. . . . . . . . . . . . . . . . . .

9 DE ENERO, 02:23 HORAS, COMPLEJO DE STARK INDUSTRIES, NUEVA YORK.

—Steve.

Se frotó los ojos, como si con ello se llevara el cansancio.

—Steve, necesitas descansar.

El giró hacia la entrada de la sala de juntas. La espía había regresado de su siesta, aunque su apariencia no lo reflejaba. El cansancio comenzaba a marcar surcos profundos bajo sus ojos y palidecer su rostro. Su cabello ahora estaba recogido en una coleta descuidada y podía percibir el aroma a café que aún desprendía. Al igual que él, no había parado desde la visita al pethouse de Tony.

—Estoy bien.

Bien. Tan bien como podía estar sin señal alguna de Tony. Tan jodidamente bien cómo se podía terminando en callejones sin salida. Tan bien como podía estar con un hueco en el pecho que quemaba y crecía cada maldito segundo.

—Ve a dormir un poco —insistió ella, sentándose en la silla junto a él.

Steve se forzó a dibujarse una sonrisa, agradeciendo su preocupación. Aunque lo que hizo era más bien parecido a una mueca amarga.

—No creo hacerlo, no así —explicó, señalando la tableta que sostenía en la mano. Repasó hasta el hartazgo la grabación del teatro, viendo a Tony luchar inútilmente contra sus captores. Contra hombres más fuertes que él. Más preparados que él. Más sanos que él. Y su estómago ardía de rabia porque era una pelea injusta. Porque él debió estar allí.

Él lo prometió.

—Tengo algunos somníferos… —sugirió ella.

—Oh no, no los usaré de nuevo —se lamentó, recordando el efecto que tuvieron sobre Stark.

Natasha asintió, triste. Estaba seguro que no era la primera persona en el complejo en rechazarlos. Bruce no había parado de analizar el gas usado en el teatro, junto a Wanda y Visión. Después de salir de la Torre Stark, perdieron la pista de Rhodes, pero, por los informes que seguían llegando al complejo, sabían que estaba demasiado ocupado para siquiera tomar un bocado. El complejo, que alguna vez llegó a considerar un hogar, con una verdadera familia, se sentía lúgubre. Todos caminaban de un lado a otro con la vista clavada en una tableta o un móvil. Todo estaba tan roto, desmoronándose. Cómo si toda la felicidad les hubiese sido arrebatada de golpe.

Aunque para Steve, eso había comenzado desde la renuncia de Tony.

Luchó inútilmente por reunir a todos, por darles un motivo para no decaer. Seguían siendo un equipo, una familia. Una que se reunía los jueves para ver las rídiculas comedias que le gustaban a Sam. Los que peleaban por las últimas rebanadas de pizza de la caja hasta que Bruce les amenazaba con Hulk si no se detenían. Los que cocinaban galletas en las noches frías de invierno, sólo porque a Wanda le gustaba que la cocina oliera a vainilla y canela. Esos que le robaban su omelette por las mañanas a Clint. O que peleaban por los lugares más cómodos de la sala. Los que hacían enfadar a Tony volcando el filtro de la cafetera en el triturador. Era una familia, nada común y severamente imperfecta, pero lo eran. Y habían tomado a uno de sus integrantes. Uno que se alejó, uno que se destruía a sí mismo en la soledad de su exilio. Un golpe que no esperaban ahora ni nunca.

Porque luego de descubrir el informe médico de Tony, todos sentían que fallaron. Le habían fallado a uno de ellos. Fallaron como familia a su anfitrión. A aquel que se preocupó en traer todas las especias raras que le gustaban a Wanda para que se sintiera en casa. Al que le construyó nidos en las alturas en cada rincón del complejo para cuando Clint quería huir y despejarse. Al que le dio a Natasha una habitación compartida con Clint, porque sabía que era la única forma que dormiría sin que sus pesadillas recurrentes volvieran. Al hombre que le consiguió una consola de acetatos, sólo porque Steve no podía lograr dominar su estéreo actual y extrañaba los de su época.

Le fallaron. Y una parte de sí mismo tenía miedo, terror de no volver a tener la oportunidad de remediar su falta. Era la misma parte que le gritaba que no podía parar, no ahora, no con Tony en quién sabe dónde. No, no podía comer, dormir ni descansar un solo segundo, sin saber si el genio estaba bien.

—No te hagas esto —le suplicó Natasha, viendo a través de su expresión.

—No debí dejar que se alejara Nat —musitó, cubriendo sus ojos con su mano. Sonaba un poco menos roto de lo que en verdad se sentía.

—Steve, no.

—Él…—dudó un momento. No podía si quiera pronunciar su nombre. Si lo decía temía partirse en dos.

— ¿Steve?

Tragó saliva, tomando una bocanada de aire.

—Él no dormía —admitió, con un hilo de voz — tenía pesadillas todo el tiempo…

—Bruce te lo contó, ¿no es así?

Steve negó lentamente.

—Yo lo vi Nat —aclaró, conectando su mirada con la espía— los meses en la Torre, con él, pude verlo yo mismo. Un día, al regresar de una misión, lo encontré en el laboratorio. En el suelo, dormido. Hablaba algunas cosas, se removía como si algo lo atormentara. El despertó alterado, no podía reconocerme.

— ¿Te dijo que sucedía?

—No, ya lo conoces. Llamé a los médicos pero él canceló la orden —musitó, derrotado —el resto de la noche pretendió que nada había pasado. Luego discutimos y…

— Sí, sé cómo termina la historia —lo interrumpió ella, evitando recordar esa noche.

—Yo…—Steve sintió como su garganta se cerró. Quizá porque si lo decía en voz alta sería real. Como una prevención inútil de disminuir el daño.

—Steve —recriminó Natasha –Stark suele ser muy terco, era imposible que tú lograras averiguar que pasaba por su mente sin su ayuda.

—Si tan sólo me hubiese quedado. Si lo hubiese convencido de regresar en lugar de ser un dolor de cabeza para él.

—Eres el líder y lamentablemente también eres quien debe corregir de vez en cuando —consoló Romanoff— Stark no podía hacer lo que quería ni como lo quería todo el tiempo.

—Le dije que si quería matarse, lo hiciera —admitió— Que a nadie le importaba, ¿recuerdas?

Natasha no respondió a aquello. Recordaba esa tarde, después de la misión en Tennessee. Recordaba, también, como Stark había logrado sacar de sus casillas al Capitán luego de poner en riesgo toda una misión por no acatar sus órdenes. Clint y Wanda estuvieron a punto de morir por su desacato. Tony también se habría llevado su parte del daño al rescatarlos. Su cabeza aun sangraba de forma abundante cuando Steve irrumpió la sala de control de la torre. Natasha nunca lo había visto tan furioso. Discutieron –como pasaba frecuentemente entre ellos- pero esa ocasión las cosas fueron demasiado lejos. Por regla general, Steve siempre terminaba cediendo o convenciendo a Stark de su error, haciendo las paces al finalizar las discusiones. Clint se divertía diciendo que solo les faltaban las argollas y su acta de matrimonio. Pero aquella ocasión fue diferente. Steve no midió sus palabras. Todos notaron lo mucho que hirió el ego del millonario con sus reprimendas.

"Si sólo peleas para ti, no tienes lugar entre nosotros"

"Si quieres matarte, hazlo. A nadie le interesa. Pero no arrastres a ninguno de nosotros contigo."

"Sólo causas más problemas de los que solucionas Stark."

"No eres un héroe"

Natasha recordaba todas y cada una de las sentencias del Capitán. Bruce tuvo que intervenir para que todo aquello se detuviera. Todos concluyeron, aquella tarde, que Steve se había pasado de la raya con Stark. Aunque luego, confiaron en que su enorme ego soportaría bien aquellas acusaciones.

Pero no fue así.

Stark se retiró sin contra atacar, con el semblante cargado de impotencia. Lo siguiente que supieron del genio es que envió su carta de renuncia, alegando que necesitaba un descanso y tiempo para dedicarle a su compañía. Fue un golpe duro para el equipo, pero todos crearon sus propias teorías. Creyeron que era por Potts, y no por Steve, que el genio había decidido abdicar. Ahora sabían que las cosas fueron más allá.

—Lo abandonamos Nat —Steve conectó su mirada con la de ella, con sus ojos cargados de culpabilidad.

Natasha clavó su vista en la mesa.

—No, no lo hicimos Steve —dijo, con la voz apagada.

Giró hacia ella. Su ceño estaba fruncido, pero sus ojos parecían vacíos, clavados en la mesa.

—Lo busqué —confesó, sin mirarle —en dos ocasiones, el año pasado.

— ¿Nat?

—Lo sé… debí, debí decirlo antes, creí que era solo Stark siendo Stark —se lamentó, ahora volviendo su mirada hacia el plafón, cómo si estuviese dando una confesión — La primera vez pensé que estaba de viaje. Pepper me dijo que tenía algunas semanas sin saber de él, y que quizá estaría viajando. Consideré que era lógico, ambos querían tomar su espacio después de su rompimiento. Decidí dejarlo para después. Así que la segunda vez que volví no esperé encontrar ese rechazo.

— ¿De qué hablas?

Ella soltó una risilla triste, que era más como un gemido incómodo, removiéndose en su silla.

—Me dejó pasar hasta él. Y estaba allí, con su cabeza metida en su cava. Estaba realmente ebrio —explicó— Pero no era por diversión, ¿sabes? Estuve junto a él cuando el paladio en su reactor lo estaba matando. Era su fiesta de despedida, y quería diversión. Pero esa noche, era distinto.

— ¿Cómo lo sabes?

Encogió los hombros —Quizá he visto demasiadas personas intentar matarse de formas poco obvias para saberlo.

Steve comprendió esa mirada triste en ella, cómo si se encontrara a varios años luz de allí. Era Natasha y había mucho sufrimiento en su historial. No importaba la forma, sabía que su pasado era algo doloroso aún ahora.

—Así que, si Stark estaba intentándolo de forma consciente, no lo sé, pero sé con certeza que lo intentaba —continuó lentamente, como si cada palabra pudiese detonar una bomba. Quizá sus palabras realmente lo harían: —Eso incluye alejar a las personas que pueden ayudarte. Y es un poco tonto porque, sabes que estando solo lograrás tu objetivo con más facilidad pero al mismo tiempo es…es como gritar…. gritarles a todos que todo se está yendo al carajo y no puedes más. Es cómo gritar por ayuda mientras atas la soga a tu cuello. Así que pensé…yo sólo pensé…que si Stark realmente quería hacerlo, si de verdad quería hacerlo, era demasiado listo para encontrar una forma efectiva e infalible.

Algo en la forma en que Natasha lo contaba, le decía que ese demonio estaba allí desde antes. En la forma inexcusable de descuidarse. O en la manera que parecía estar cayendo en un torbellino que lo acercaban más a la peor versión de sí mismo, incluso antes de Afganistán. Cuando sus fotografías desnudo superaban a las que aparecía vestido. Cuando su vida era placer y excesos. Ese Tony Stark que sólo conoció en revistas viejas y videos escandalosos de internet. Pensar en ello le provocaba naúseas.

—No lo entiendo —musitó, dejando caer sus manos sobre la mesa, derrotado, luego de un largo silencio entre ambos.

— ¿Qué es lo que no entiendes? —preguntó ella.

— ¿Por qué…por qué haría algo así?

Natasha le devolvió una mirada maternal y compasiva, cómo si todo estuviera allí, claro.

—Debes tener esa charla con Sam —le resolvió ella, palmeando cariñosamente su mano—No ahora, necesitas descansar.

Steve asintió, suspirando.

— ¿Aún está en pie lo del somnífero?

. . . . . . . . . . . . . . . . . .

Cuando la puerta se abrió, el sudor frío cubría su rostro. Las gotas deslizándose sobre sus párpados bloquearon su visión. Temblaba, como una solicitud errática de su cuerpo por la más miserable e insulsa gota de alcohol. Sólo necesitaba un trago. Dios, sólo una onza le bastaría.

O una píldora.

Si la privación de su libertad le parecía un problema hace unas horas –o días, realmente no lo sabía- los gestos amargos de su cuerpo por la abstinencia lo hacían lucir a Afganistán como un juego de niños. Abrió su boca, no supo si para gritar, amenazar o simplemente para ayudar a su entumecida mandíbula, y la resequedad en ella le recordó que su cuerpo, además, funcionaba con agua. El pensamiento fue tan ridículo que quiso reír.

"Arriba".

Chillando por los altavoces, la voz electrónica volvió a ordenarle. Era tan irrisorio, siendo que dudaba siquiera poder mantener sus párpados abiertos en ese momento. La conciencia era tan ligera y borrosa. Y luego estaba el dolor en sus pulmones y la sensación inherente que algo estaba pasando por debajo de su análisis escrupuloso de la situación. Era un idiota sí, porque todo lo que llevaba la última noche que recordaba, era su guantelete retráctil en su pulsera. Porque era el jodido Ironman y ahora no podía mover su trasero porque la abstinencia y malditos hábitos autodestructivos le tenían más débil que un niño de cinco años. Removió en el fondo de su memoria los consejos que aquel viejo detective, Stuart, que Howard contrató para él, le inculcó en caso de secuestro. Eran tan anticuados que con la tecnología que sabía le rodeaba, no lo lograría. Si siquiera pudiera mantener un pensamiento fijo en su mente por más de 5 minutos.

"Arriba".

Repitió la voz, provocándole una débil risilla amarga.

Idiota, idiota, idiota.

Entonces el golpe vino desde la base de su cuello, rompiendo en una línea de fuego a través de su espalda. Su cuerpo convulsionó ante el dolor. Abrió sus ojos tan rápido que la luz quemó sus pupilas. Absorbió una bocanada de aire que ahora era dolorosa. Sus pulmones se sentían como si respirara a través de púas ardientes. Y sintió, por un segundo, cómo si todo su cuerpo pudiese ser escaneado por Friday, cada golpe recibido en las últimas horas. Días. No lo sabe. Se tomó un par de minutos para recuperar su respiración forzada a través del dolor. La habitación seguía impecable, a excepción de las manchas de sangre seca en el suelo que adivinó, era suya.

"Arriba"

Repitió por tercera vez la voz, y entonces lo detectó. Un pillido por lo bajo que comenzaba a sonar cada vez más rápido, como un desfibrilador cargándose antes del siguiente golpe. Con la adrenalina fluyendo por su cuerpo, se incorporó, con sus piernas temblando por sostener su peso. Su visión se nubló en los bordes y su equilibrio flotaba. El pillido paró.

Entonces suspiró. Dos segundos de calma antes que la puerta de abriera y un par de figuras encubiertas lo tomaran y arrastraran a través de un túnel oscuro.

. . . . . . . . . . . . . . . . . .

El sol aún no salía cuando despertó. Tomó el somnífero más fuerte que Natasha pudo proporcionarle, pero su metabolismo lo quemó con rapidez. Juraría que escuchó sus huesos crujir cuando giro hacia al reloj de su mesita de noche. Solo eran apenas poco más de tres horas desde que se fue a la cama. Afortunadamente, también, gracias a su metabolismo, no necesitaba descansar demasiado para recuperarse. La opresión en el pecho regresó tan pronto su mente cargó la información de las últimas 48 horas. Y volvió a sentirse cansado, tan cansado y desesperado de nuevo. Era un súper soldado, sí, pero cargar con la impotencia y desesperación parecían drenarle la energía hasta la médula. Necesitaba paz y unas cuantas comidas extra. Su estómago dolía y entonces ahora, en reposo, recordó que había pasado bastante tiempo de su última comida.

— ¿Noticias Friday? —preguntó apenas se sentó a la orilla de la cama.

Hubo una pausa dolorosa antes de recibir la respuesta de la IA.

Me temo que ninguna por el momento, Capitán.

—Mantenme actualizado —ordenó, suspirando.

Entendido Capitán.

Se incorporó para dirigirse con pesadez a la ducha.

Allá fuera, la tormenta invernal comenzaba a ceder, dejando a la ciudad helada y aún paralizada con la desaparición del millonario. Pese a los esfuerzos del gobierno por mantener a raya la información que se difundía del caso, era imposible no contener a los comentaristas de finanzas que apuntaban con avidez la caída de SI en la bolsa y de cómo Potts luchaba por amortizarla. O a los programas de espectáculos y chismes que sólo sugerían su desaparición como una fachada para ocultar una grave enfermedad e incluso, los más escandalosos, su muerte. Y entre todos, aún había una pequeña fracción de ciudadanos que habían tomado una sección de Central Park para convertirlo en el corazón de un tributo al héroe desaparecido. Steve los había visto encender veladoras y cantarle al millonario, reunidos ante fotografías suyas, dibujos de niños y artículos alusivos al héroe, en medio del crudo invierno neoyorkino.

Y el corazón de Steve se encogía por ello.

Contuvo un suspiro antes de dejar que el agua tibia cayera sobre él. Sus músculos agotados agradecieron el gesto. Por un segundo podía imaginar que todo estaba bien. Que era una mañana como cualquier otra. Que bajaría al comedor y ahí estaría Tony chistando sobre el filtro del café mientras preparaba sus waffles libres de gluten. Un asomo de sonrisa casi se formó en su boca cuando recordó la expresión del genio cuando Steve le preguntó que era el gluten y porque era tan malo.

"Espabila Rogers" le regresó, ofendido "siglo XXI".

Siglo XXI, pensó. Nunca imaginó vivir en él.

Así como nunca imaginó volver a perder a otro amigo.

Y allí estaban, los ojos castaños de Bucky congelados de puro terror mientras caía del tren, clavados en el fondo de su mente. El hueco en su pecho, la impotencia partiéndole en dos. Su cuerpo aferrado al vagón, y el frío quemándole las mejillas. El golpe de su cuerpo estrellándose en el suelo. Luego abrió los ojos, para darse cuenta de que el golpe era en realidad, su puño abollando la pared de la ducha. Suspiró. Era el menor de sus problemas ahora.

Cerró las llaves y salió para vestirse tan pronto como se lo permitió. El complejo aún estaba sumido en un incómodo silencio. Todo el camino de su habitación hasta el comedor común fue iluminado apenas con la iluminación de cortesía programada para el horario nocturno. Aun así, el conjunto de habitaciones vecinas se encontraban vacías y oscuras, algo que no estaba muy acostumbrado a ver. Siempre esperaría escuchar el suave murmullo proveniente de la habitación de Wanda o los ronquidos puntuales desde la de Clint. La habitación de Tony, sin duda, seguía como siempre. Oscura y vacía.

Steve se detuvo frente a su puerta. Con tantos meses deshabitada, era prácticamente solo una recámara más de visitas. Se cuestionó por un minuto si todo aquello tenía sentido. Durante los últimos seis meses era sólo una puerta más, pero ahora mismo, algo le llamaba a entrar. Quizá su cerebro resolvía, agotado, que si buscaba a Tony Stark le encontraría en su habitación, como la respuesta más práctica a la ecuación. Cómo una salida rápida. O una válvula de alivio. Tomó el pomo con suavidad. Le sorprendió que le permitiera el acceso. Cada habitación estaba codificada para su húesped, y la de Stark no sería la excepción. El hueco en su pecho pareció agrandarse un poco más: en algún punto de su relación, Tony aún confiaba en él. La iluminación de cortesía se activó, revelando el interior vacío. Cada compartimiento estaba diseñado de forma similar y uniforme en cuanto a materiales y acabados, pero Tony había puesto especial empeño en detallar cada una para los distintos vengadores. La suya tenía un par de lámparas de pedestal que le recordaban a la casa de sus padres, en Brooklyn. En millonario, en cambio, tenía unos cuantos muebles de diseño contemporáneo que lucían –y con seguridad podría afirmar que también eran- costosos. No había adornos, ni fotografías familiares. En realidad no había nada que revelara un poco de su huésped. Más que un cobertor elegante y seguramente un armario lleno de trajes a medida.

Steve detectó el aroma a canela y caoba del perfume de Tony impregnado aún el espacio.

Se adentró un poco más, sintiéndose terriblemente culpable por inmiscuirse en el espacio privado del millonario, pero impulsado por una fascinación que nunca había tenido antes. Ahora podía apreciar, que su habitación tenía cortinas más gruesas que las del resto. Cuando la puerta se cerró con un suave clic tras su espalda, también detectó lo acústicamente aislada que era. El genio era terriblemente quisquilloso con el ruido, pero sabía que lo era por las terribles migrañas que lo llevaban a desaparecer hasta días enteros. Deslizó las yemas de los dedos sobre la superficie perfectamente alisada del cobertor de su cama. Eran increíblemente suaves y con un aroma a sándalo que luego recordó, envolvía al Tony que buscaba torpemente su café durante las mañanas que sabía, había usado su habitación. Eran los buenos tiempos, cuando aún no estaba de vuelta su obsesión por trabajar día y noche. Cuando sus pesadillas no estaban allí.

Debió saberlo, claro.

Sus pies se dirigieron a la mesita de noche del genio. Se detuvo justo antes de que el impulso de sentarse sobre su cama lo obligara a hacerlo. Observó con interés las gafas sobre la mesa. Tony las usaba todo el tiempo, luego de tener una mala noche. Eso era, todos los días durante los últimos meses de su estancia en el complejo. Steve también sabía que estaban equipadas con algún tipo de tecnología adicional enlazada con Friday.

Entonces, sin pensarlo demasiado, lo hizo.

Su visión se bañó en un barrido azulado a través de la lentilla tintada, antes de que su visión fuera bloqueada en una fracción de segundo por un parpadeo, antes que una serie de hologramas flotantes se desplegaran en su campo visual.

"Lectura de iris autorizada" pronunció suavemente la voz de FRIDAY a través de su auricular inalámbrico. Los hologramas se agruparon en una barra lateral de funciones y cada rincón de la vacía habitación tenía pequeñas etiquetas de leyenda. "Bienvenido Capitán"

— Fri…¿Friday? ¿Qué es…

Es un sistema de seguridad táctico de realidad aumentada, Capitán.

Steve arqueó sus cejas, como siempre lo hacía cuando recibía una explicación intrincada de tecnología.

Un prototipo del Señor Stark de defensa y detección de amenazas que interconecta y cruza información de lecturas satelitales, servidores del Pentágono, FBI, Interpol, SHIELD, Stark Industries y otras 300 agencias de seguridad internacionales, así como las lecturas de actividad de la NASA, conexión a todos los servicios de emergencia y servicio a domicilio de Burguer King.

— ¿Qué?

Aún está en construcción, Capitán. El Señor Stark pensó que sería prudente delegar un acceso opcional a un par de usuarios más en caso de su deceso.

Steve detectó exactamente cómo cada mililitro de su sangre cayó hasta sus pies. Realmente, ¿lo hizo? Tony tenía meses pensando en su propia muerte. Pensaba en ello, quizá, aún en medio de los desayunos colectivos dominicales, donde todos estaban demasiado exhaustos para hablar. Pensaba en su muerte también durante las noches de ocio con Sam o mientras probaba las galletas de Wanda. Pensaba en ello mientras bromeaba con Clint.

Él realmente lo pensaba.

¿Capitán? Su SI-Watch* me indica una caída considerable en su presión sanguínea.

— Yo…

¿Gusta llamar al equipo médico?

Steve se recordó a sí mismo volver a respirar, dejándose caer sobre la cama.

— No, yo…¿hay algo más que To-Stark planificó en caso de…ausencia? —preguntó con un hilo de voz. La mitad dentro de sí quería salir de allí sin escuchar la respuesta. La otra, aguardaba por algo.

Esperanza, pensó.

Una serie de comandos se desplegaron frente a él. Eran como decenas de retratos pequeños que representaban ubicaciones y personas. Unos cuantos estaban completamente sombreados: un bloqueo de lo que pensó, eran protocolos a los que él no debía tener acceso.

El protocolo No-Tony-No-Paradise se compone de una serie de comandos a ejecutar a partir de la confirmación legal del deceso del Sr. Stark, el cual aún no ha sido confirmado mediante un acta de defunción o restos mortales que comprueben la veracidad del suceso. Mientras tanto, sólo puede ver una previsualización de los principales benefactores de su testamento, así como las bóvedas de seguridad designadas para uso exclusivamente personal.

Steve masajeó sus sienes, intentando relajarse ante el flujo de información. No necesitaba ahora pensar en una declaración oficial de su muerte.

— Friday, yo…

Hizo una pausa. La IA esperó tranquilamente en un silencio reconfortante a la espera de más órdenes. Steve aprovechó la oportunidad para pasear su vista por la habitación vacía. Entonces, lo vio. Casi imperceptible, como una esfera de aluminio pulido flotando desde la esquina a su izquierda. El ojo de Friday. Escuchó a Tony llamarlo así cuando Steve le preguntó por uno similar en su taller, en la Torre. Tony se limitó a darle una explicación que concluyó con un "es el maldito ojo de Friday" cuando Steve le dio esa mirada desentendida a su explicación altamente tecnológica. Y entonces hizo clic más rápido que un parpadeo.

— ¿Friday?

Sí, Capitán.

— Puedo yo desde éste…sistema de seguridad de Stark, tener acceso a todas las cámaras de vigilancia del complejo, ¿cierto?

Efectivamente, Capitán.

— Eso incluye también, ¿el complejo de Stark Industries?

Exacto. El sistema de seguridad compila la información de todas las locaciones propiedad del Sr. Stark, así como las cámaras de seguridad del gobierno y de cualquier sitio en el planeta que esté monitoreado con un sistema de vigilancia digital e interconectado a la red.

Steve tragó, nervioso. Era demasiado poder en un solo par de manos. Se consoló con la idea, de que aquellas manos eran las de Tony y no las de algún funcionario de gobierno de ética cuestionable. Incluso sólo con su acceso ilimitado a todas las cámaras de seguridad disponibles, y excluyendo su acceso a las bases de datos codificadas de las agencias de seguridad nacionales e internacionales, el poder de dicho sistema era bestial. Si caía en las manos equivocadas, podía destruir la frágil paz mundial. Entonces entendió, porque su uso estaba codificado para un puñado de personas que podía contarse con una sola mano.

— Eso incluye la Torre Stark, ¿correcto?

Los dos segundos entre su pregunta y la respuesta de la IA parecieron eternos.

Correcto Capitán.

Steve tomó una bocanada de aire cuando sintió su corazón lanzarse disparado dentro de su pecho. Su boca se sentía pastosa cuando vocalizó su siguiente pregunta.

— ¿Podría acceder a las grabaciones del Pethouse de la Torre Stark?

Hay una pausa, y cree que puede detectar la duda de la IA en el aire. Inmediatamente después, se pregunta si es que una IA puede dudar.

El protocolo de acceso remoto digital es exclusivamente para las últimas 24 horas.

El estómago de Steve vuelve a caer pesado. No era algo que Vision no supiera.

El archivo muerto de las grabaciones es de acceso análogo.

Steve gira a la esfera que cuelga, inmóvil, desde la esquina de la habitación, como si pudiera leer a través de ella.

— Creí que eran eliminadas…

La memoria digital de respaldo de las cámaras de seguridad del pethouse son eliminadas luego de ser transferidas de incógnito a un respaldo análogo. El Sr. Stark determinó dicho formato puesto que, al ser tecnología obsoleta, era prácticamente incorruptible e inmune a su robo de forma remota.

— ¿Puedo visualizarlas ahora mismo? —preguntó ansioso, Steve, incorporándose hacia la esfera, como si fuese su intercomunicador.

Es imposible acceder a ellos de forma digital. La única manera de acceder a ellos es ir a su ubicación de resguardo física y reproducirlos desde allí.

Stark. Una sonrisa surgió fugazmente en su boca. Era Stark, siendo Stark. Y odiaba que fuera un maldito genio con un trasero arrogante, pero finalmente era un genio y siempre encontraría la forma de ayudar. Incluso estando ausente.

— Envía las coordenadas de la ubicación física del archivo de las grabaciones al quinjet y llama a agente Romanoff para que se prepare para despegar en 10 minutos.

Entendido Capitán.

Haciendo una breve súplica silenciosa a un ser invisible a sus ojos, el soldado abandonó la habitación de Tony.

. . . . . . . . . . . . . . . . . .

— Entonces, Sr. Stark…

La voz hizo eco en la amplia estancia. Sólo un par de ventanas en los laterales de la habitación revelaban jardines íntimos interiores que no decían más del paisaje, o de su tentativa ubicación. Sabía que seguía suficientemente al norte para ver la nieve caer. Y aún dentro del país, deseó. Habiendo realizado todo su camino hasta ese punto en total inconciencia, Tony no podía asegurar a ciencia cierta que medios usaron para llevarlo hasta ahí, lo cual complicaba su orientación.

Forzó con muy poca insistencia su cuello hacía la voz que resonó tras él. Los grilletes en su cuello y extremidades lo forzaban a mantener su posición en la silla que ocupaba. Ahora entendía un poco aquello que portaba: una versión moderna de esposas que respondían a una fuerza de atracción –magnetismo, quizá- que se activaba y desactivaba en muros, pisos e inclusive muebles. Aún aquella silla que al verla, pensó, era una intachable pieza de diseño contemporáneo finlandés, parecía interactuar con sus grilletes. Dedujo así, que todo aquello no era una simple estancia pulcra y sofisticada, como cada rincón delicadamente diseñado mostraba: una chimenea central flotante, un par de sillones Barcelona blancos y una alfombra blanca inmaculada, todos perfectamente alineados a las dimensiones del piso reluciente bajo ellos y los muros impecablemente blancos. Si no estuviera esposado ahora mismo, con unos ventanales más y un poco menos de invierno fuera, Tony juraría estar sentado en medio del Pabellón de Van Der Rohe.

Sin embargo, su función era más macabra que una exposición de arquitectura de finales de los 20's del siglo pasado. Parecía estar pensado para trabajar en función a los grilletes que ahora portaba. Si la ducha de antes no hubiese sido con él desnudo contra un muro descascarado por el tiempo y un chorro a presión de agua fría golpeando sus costillas, podría, quizá realmente podría ser éste, su secuestro más surrealista. No esperaba el traje blanco a dos piezas con el que sustituyeron sus prendas y que, sorprendentemente, se ajustaba tan bien a él. Algo que, con todo el peso que había perdido los últimos meses, ni siquiera su basto armario lograba. Tampoco a aquellas figuras sin rostro que le prepararon ceremonialmente arreglando su barba y cabello con tanta mesura. Ni la esencia perfumada que ahora lo mareaba y volvía borrosos los bordes de su visión cada vez que luchaba por concentrarse.

Porque algo pasaba con su mente que no parecía ir como debería.

Su cuerpo magullado y el cansancio eran sensaciones aturdidas tras un velo de una extraña inhibición de sus sentidos. Incluso el hambre o su radícula necesidad por un trago, parecían quedarse muy atrás en su mente. Su frente aún se sentía húmeda y su cuerpo débil, pero el aroma de ese perfume parecía llenar su cabeza de algodón y mandar su sentido analítico lejos.

Muy lejos.

Entonces, no notó que todos los sujetos con los que interactuó llevaban largas sotanas y máscaras indescifrables. Tampoco interpretó como algo alarmante la bien dispuesta mesa llena de alimentos frente a él.

Y definitivamente no le alarmó cómo su entrenamiento ante secuestros le instruyó, que la persona que ahora se colocaba frente a él, no cubría su rostro.

— Es un placer conocerlo...


Lo sé. Tarde demasiado con este capítulo. Pero quedé atascada en un post FFH y mucho Irondad, y perdí el hilo de cómo iba a ir este capítulo (eso pasa por sobrecargarme de información).

Pero ahora le di vuelta a la tuerca y creo que está en el punto donde quería llegar. Necesitaba atar el punto B con el C y éste capítulo lo era. Espero, de verdad, el próximo llegue más rápido que éste.
Éste capítulo tuvo más de un mes casí completo, pero no podía hacerlo quedar como quería.

Y de nuevo, lo sé.

Stony. Allí vamos.

Un poco de ansgt antes, ¿por qué no?

Espero sus comentarios. Gracias por seguir aquí.

Bethap

Notas:

(*) SI-Watch: Es como un reloj inteligente (muy a la Apple Watch) pero obviamente marca Stark Industries (SI). No ganaría un premio de mercadotecnia, lo sé.