Advertencia: Fanfiction Angst. Puede contener violencia implícita o explícita, abuso de drogas, alcohol, abuso físico y sexual.
XII
Cadenas.
9 DE ENERO, 9.43 HORAS, COMPLEJO DE STARK INDUSTRIES, NUEVA YORK.
— Eso tendría sentido —puntualizó Rhodes —pero no encontramos drogas en el pethouse.
Murdock suspiró, mientras Jones removía dentro de su bolso.
— La conexión no parece ser…
La detective silenció al moreno al arrojar una bolsa plástica de evidencia ruidosamente sobre la mesa. Aún tenía la ficha de codificación usada por la policía para archivarla. Contenía un pequeño cilindro metálico con algunas cuantas manchas de sangre seca, más parecido a un cigarrillo electrónico. Murdock apretó sus labios en una línea fina, casi como si pudiera ver lo que Jones acababa de dejar caer entre ellos. Rhodes volvió a apuntar eso en su lista negra sobre estas personas.
— Creo que no deberías tener eso.
— Y esto no debería contener tecnología Stark que aún no sale al mercado —refutó ella, chistando.
Rhodes articuló para rebatir, pero ella continuó.
—Y ya descarté a los empleados del área de investigación de Stark Industries —resolvió fácilmente antes de beber de a su café. Rhodes de verdad quería creer que era café y no había nada extraño en el ligero hedor a alcohol proveniente del vaso — ésta tecnología en particular ni siquiera pinta en sus jueguitos científicos actuales.
El abogado negó con sutileza, como un padre avergonzado de la conducta de su hijo.
— Entonces, ¿cómo sabes que viene de Stark Industries para comenzar? —cuestionó el coronel.
Jones parpadeó lentamente, como si observara a un niño pequeño preguntar el color del cielo. Dejó su vaso sobre la mesa antes de sacar el pequeño cilindro de la bolsa de evidencia.
— Creo que no deberías tocar…
— Una mierda —masculló ella mientras desarmaba sin ceremonias el dispositivo. La observó hacerlo en menos de 15 segundos. No era la primera vez que lo hacía al parecer.
— Es evidencia, lo sabe —lanzó con un suspiro el abogado.
Rhodes lo observó de reojo. No entendía en absoluto la abnegación férrea del abogado por seguir cuidando la espalda de alguien a quien claramente le importaba un bledo su seguridad, auto conservación e incluso la legalidad de sus actos. Por un segundo tuvo que contener una risa amarga para sí mismo: era la misma estúpida abnegación que Rhodes profesaba por Tony. A veces el amor fraternal es una mierda.
— Aquí —espetó ella, lanzando un pequeño ganchillo que formaba parte de un minúsculo mecanismo de agujas casi microscópicas. Rhodes lo tomó entre sus dedos con miedo a romperlo. Y se sorprendió al ver un pequeño logotipo conocido para él, grabado de forma casi imposible.
— Cualquiera pudo poner la marca de Stark aquí —volvió a la carga Rhodes, devolviendo el fragmento de mecanismo.
Jones rodo los ojos.
— Supongo que fue el mismo que dejó el archivo del diseño de ese dispositivo codificado en el servidor personal de Stark al cual solo el jodido Tony Stark podría acceder—espetó con acidez ella —y el mismo que tuvo acceso a la máquina de grabado de nano-tecnología que sólo dispone Stark Industries para evitar la falsificación de sus patentes.
Jessica se echó para atrás en la silla, al parecer, disfrutando de la vista de un Coronel descolocado. El moreno lo reflexionó un segundo.
— Un servidor personal al cual solo Tony y tú podrían acceder —corrigió Rhodes —al parecer, no es infalible.
— Y capturaron mi trasero apenas entré… —resolvió ella, levantando sus palmas al aire —no hay forma que un maldito nerd acceda de forma remota sin ser notado, y si la hubiera, no pasaría ni una centésima de segundo antes que su jodida IA envíe su ubicación, número de seguridad social y signo zodiacal a todos los policías a 50 kilómetros a la redonda. Ya lo intenté.
— Tiraste una puerta de seguridad—agregó Murdock a su lado.
— Estaba atascada —bufó ella antes de darle un largo trago a su café.
— Tan sutil —masculló con una pequeña risa amarga el abogado.
Rhodes los señaló de manera alternada.
— No los entiendo —dijo más para sí mismo que para los visitantes —Y aún no nos has explicado como derrumbaste esa puerta. ¿Cómo puedo confiar en que todo esto es cierto?
Jessica rodó los ojos, mientras cruzaba los pies sobre la mesa.
— Tienes el maldito expediente, evidencia y un cuerpo frío en la morgue —resumió —Y un multimillonario secuestrado por, ¿quién?
— Tony tiene muchos enemigos y Ironman muchos más —resumió Rhodes —Y tú antecedentes.
— ¿Entonces porque borraba sus propias grabaciones de seguridad? —cuestionó Jessica entrecerrando los ojos sobre el Coronel e ignorando sus acusaciones.
El moreno suspiró, derrotado. Cuando habló por primera vez con la detective, él realmente quiso creer que todo lo que ella contaba era una historia fantástica originada por los delirios del alcohol o quizá de alguna droga. Las cosas comenzaron a cambiar cuando ella siguió aportando datos duros que sólo podría conocer el círculo más cercano a Tony. Esa mañana, de verdad buscaba un hueco frágil a su caso. Y quizá la conexión era débil, pero la huraña detective frente a él se encargó de sembrar las dudas en su mente. Luego, estaba el informe médico. Según el expediente del estado en el que encontraron a Tony durante Nochebuena sólo confirmaba su sospecha: había vuelto a las drogas. Y joder si eso le había dolido más que su secuestro. El acompaño a Tony al infierno y de vuelta para estar limpio hace años, y ahora parecía haber encontrado una forma de ir mucho más bajo esta vez.
Por lo que respecta a las drogas, parecían ser las mismas que, aparentemente, consumía el difunto novio del cliente de Jones. Las inusuales condiciones en que falleció eran terriblemente similares en las que Tony se encontraba al llegar a la bahía médica aquella noche. Evitó contarle ese detalle, claro está. Pero aún con esa conexión fuera de su conocimiento, Jones parecía tener más razones para ligar una red de tráfico de drogas de diseño bastante sofisticadas, junto a una serie de dispositivos que catalizaban sustancias legales en potentes drogas en unos segundos, con Tony. Y mientras no tenía forma de saber por dónde había estado pisando el genio en sus meses de aislamiento, no podía negar ni aceptar las teorías de Jones.
El agujero de incógnitas que lo aspiraba sólo duró unos segundos. El mensaje de Steve Rogers llegó más rápido que el resto de dudas que comenzaban a formarse en su mente:
Tenemos las grabaciones.
. . . . . . . . .
9 DE ENERO, 9.58 HORAS, NORTE DE NUEVA YORK.
Envolvió la pequeña USB en su mano, antes de volver a colocarla en la pequeña caja donde la transportaban. Natasha volvió su vista al asiento de copiloto, donde Steve mantenía la vista perdida en el horizonte. Su semblante lucía frío y distante. Le conocía lo suficiente para saber que su mente estaba muy lejos de allí en ese instante. Evitó preguntar, cómo fue que dio con la ubicación del respaldo de seguridad de Stark. Steve se lo diría eventualmente en el momento adecuado o ella lo averiguaría más tarde. Gajes del oficio. Ahora mismo, su energía estaba enfocada en regresar y analizar todo el material respaldado ahora, en la USB.
Realizó las llamadas necesarias a la torre de control del complejo para aterrizar, sin movimiento alguno de Steve. Con sólo el ruido del motor y el viento rompiéndose en el trayecto, lo vigiló de reojo hasta que consideró que el silencio entre ambos comenzaba a ser demasiado molesto.
— ¿Qué crees que encontremos? —lanzó de pronto ella, reconociendo el terreno.
Steve apenas se inmutó. Alzó las cejas con un desfase de unos segundos, como si su mente tuviera que regresar de un viaje lejano y tardara aun en regresar a su cuerpo.
— ¿Sobre…?
— Las grabaciones —añadió con suavidad, girando apenas unos segundos antes de volver su vista al frente.
El silencio volvió unos segundos o minutos quizá, sospechó Natasha, hasta que Steve murmuró, apenas en el volumen necesario para ser escuchado:
— No lo sé —suspiró él —Quizá no lo quiero saber.
Natasha no hizo ningún comentario adicional posteriormente. Lo que encontraron fueron hectáreas enteras de bóvedas subterráneas que almacenaban quizá solo una parte de los bienes de Stark Industries y de Tony Stark. Todos ellos, sellados con cierres de alta seguridad, no disponibles para nadie más que los usuarios autorizados. Natasha sabía de su existencia, y, entre los informes que encontró mientras suplanto a la asistente personal de Stark, tenía una imagen aproximada del contenido del mismo: armamento que se retiró del mercado, tecnología sin patentar de los proyectos personales del genio, automóviles de lujo blindados, aviones de todo tipo y mucho más. Nunca imaginó encontrar una bóveda con contenido que podría heredar a Steve en caso de su muerte. Ni siquiera que ella tuviese alguna con su nombre. Aún le sorprendía que Stark la considerara de esa forma. Como si tuviesen algún tipo de parentesco. Una especie de familia. Eso sonaba irrisorio aún para Natasha. Aun cuando ella misma admitía de vez en cuando, en silencio y sentada a la mesa con el resto de los Vengadores allí, que ese era su hogar.
Ambos evitaron entrar al otro par de bóvedas que les permitió acceso el sistema de Friday. La bóveda que contenía las grabaciones era amplia y almacenaba en VSH las copias del sistema de seguridad del genio. Correspondían solamente al último medio año, pero era suficiente para llenar estanterías enteras debido a la poca capacidad de metraje del formato.
Stark realmente se tornó paranoico.
Con la ayuda de la consola de la bóveda digitalizó todas las cintas posibles. No observó demasiado puesto que el sistema las reproducía a alta velocidad mientras las respaldaba digitalmente, pero tenía fragmentos en su mente que Steve no logró observar: secuencias rápidas del genio vaciando más botellas de las que un ser humano promedio debería tomar, algunas más con conductas extrañas como luchas contra entes invisibles o agazaparse durante horas tras los muebles. Conocía a suficientes veteranos de guerra para tener una idea bastante acertada de lo que quizá ocurría en la solitaria Torre.
— Tenemos autorización para aterrizar —musitó Steve, accionando los comandos para realizar la maniobra.
Ella asintió, realizando las maniobras necesarias para aterrizar. Los motores del quinjet se apagaron unos segundos después de que la nave aterrizara sobre la pista del complejo, desapareciendo el murmullo que llenaba el vacío entre ambos. El vacío sólo se llenó con un pequeño suspiro de Steve.
— Va a estar bien —juró Natasha en alto. Quizá un tanto para convencerse a ella misma y un poco más a Steve. Le vio asentir lentamente con la vista vacía, clavada en el panel de control. De verdad podía escuchar los pensamientos del soldado corriendo a millas por hora. Creía conocer a Steve para saber que tendría la madurez para sobrellevar la situación como lo era: un accidente, un suceso desafortunado que no es responsabilidad de nadie. Steve parecía mantener la cabeza enfocada aún en los peores escenarios y concentrarse en resolver el problema antes que en buscar culpables. Pero había algo en todo el tema de Stark que estaba descolocando a su amigo de una forma inusual. Como si estuviese perdiendo algún detalle en la ecuación. Algún elemento no tácito que en otra situación y momento hubiese detectado sin problema.
— ¿Steve… —Natasha llamó mientras observó incorporarse de su asiento al Capitán. Le vio dar un paso con determinación y un segundo tambaleante antes de resbalar hasta el suelo. Ella lo alcanzó de inmediato, apenas a un par de pasos desde su lugar. Steve gruñó con frustración mientras intentaba equilibrarse para incorporarse en vano, volviendo al suelo.
— Hey, Cap, ¿estás bien? —Natasha colocó su brazo por los hombros de Steve, proporcionándole equilibrio y soporte.
— ¿Hum? —gruñó él en respuesta, restregando sus ojos con los talones de sus manos.
— ¿Friday? —Cuestionó a la IA —Signos vitales de Rogers.
— Los niveles de glucosa en su sangre son más bajos de lo recomendado. Se recomienda administrar energéticos o perderá el conocimiento en los próximos minutos —musitó con paciencia la IA en su oído.
A su lado, el soldado gimió en protesta y apoyó sus palmas de lleno contra el suelo del quinjet, resignado a su propia debilidad. Podía leer el cansancio a través de la mirada hundida de Steve y su semblante pálido, y un ligero temblor apoderarse de su cuerpo. Natasha lo dejó unos segundos antes de volver con una botella de azul de electrolitos y una barra energética que reservaban para Bruce después de las misiones.
— Estoy bien —musitó con el semblante pálido.
— Ya lo creo —Natasha volvió a ofrecerle la comida —Sólo lo diré una vez más: come.
Steve ni siquiera dudo ante su filosa mirada. Sabía que ella realmente podía obligarlo si se lo proponía. Y a Natasha le provocaba cierto orgullo notarlo. Lo observó darle una apática mordida al trozo de barra y mascarla lentamente hasta que terminó con ella. Natasha asintió, satisfecha. Esperó unos momentos mientras su metabolismo mejorado procesaba todo y el soldado dejaba de temblar de a poco.
— Steve… —le susurró ella, en un tono imperativo.
El rubio enarcó una ceja, como inquiriendo algo. Natasha suspiró.
— ¿Qué ocurre? —soltó ella con lentitud, cómo si cada palabra pudiera golpearlo.
El soldado encogió los hombros, derrotado.
— Solo…es complicado.
La pelirroja ladeo su cabeza, escudriñándolo.
— Siempre lo ha sido —le recordó —Todo esto, éste equipo. Pero nunca ha sido complicado para ti.
— ¿Te parece? —insinuó él, con una sonrisa triste.
— Pero hablamos de Stark…
— Hablamos de Stark —repitió él como una especie de mantra personal.
— Debes de dejar de sentirte culpable de esto, Steve —Natasha le dirigió una mirada compasiva. Steve pareció estremecerse un poco, incómodo. Natasha podía ser una espía fría y calculadora, pero lo conocía bien y siempre lograba sacar a flote calidez tras su mirada dura y severa en tiempos difíciles.
— Yo no…
— ¿Entonces por qué de pronto has dejado de cuidarte y pareces estar a años luz de aquí? —le cuestionó casi con dolor.
— Yo…supongo…No lo noté, creo —concluyó, frotando sus ojos, como si la acción misma sacudiera el cansancio.
Natasha sonrió, aparentemente divertida.
— Pasaste demasiado tiempo con Stark.
— ¿Por qué lo dices?
Ella rodó los ojos.
— Sólo deja de culparte —repitió ella —Ninguno de nosotros vio venir todo esto, no hay forma de volver al pasado y evitarlo. Está hecho Steve. Pero lo resolveremos, y para eso te necesitamos. Y te necesitamos en una pieza.
Él asintió. De pronto su semblante volvió a tener un poco de su determinación marca Capitán América. Natasha lo observó, no satisfecha del todo. Pero funcionaría por el momento.
— Recuerda que tu metabolismo es un fórmula uno —le dijo, incorporándose y ofreciendo su mano para levantarle. Steve aceptó la ayuda mientras probaba, con reservas, su equilibrio de nuevo. Parecía estable, así que fue suficiente para la espía — Vamos a conseguirte comida de verdad.
— Las grabaciones…
— Si, haré eso también —ronroneó ella —Soy multitarea, ¿recuerdas?
. . . . . . . . .
— ¿Dinero o poder?
Su interlocutor se dibujó una sonrisa complaciente, mientras corta con paciencia el filete frente a él. A Tony le cuesta mucho concentrarse. Su estómago vacío se revuelve con punzadas dolorosas reclamando la falta de alimento, pero la mezcla de olor de la comida frente a él le provoca nauseas. Su mente burbujea con pensamientos que van y vienen sin formar ideas lógicas. Lucha a través de la pesadez de su cuerpo, el algodón que llena su cabeza y el dolor que parece venir de todas partes, intentando leer al hombre frente a él.
— Tengo suficiente de ambos —resuelve, antes de volver su vista hacia Tony. No puede leer su mirada, cubierta con gafas oscuras. Treinta y tantos, calcula él. A pesar de no ver todo su rostro, puede adivinar ciertos rasgos asiáticos. Intenta recordar con lo que puede leer, pero Tony no logra recordarle. Y su cabeza duele, como una maldita antesala a un episodio de migraña, pero no hay más que pueda hacer.
— ¿Qué es lo que quieres? —escupió Tony con acidez. Suena un poco más desesperado de lo que le gustaría.
El hombre sonríe, con timidez.
— Es un poco…más simple que eso —resuelve, dejando con cuidado los cubiertos al costado de su plato.
Tony frunce el ceño, repasando la lista de motivos por los cuales podría ser secuestrado: dinero, poder, diseño de armas, información clasificada, venganza…
— Hay cosas —puntualizó el hombre, con una calma inquebrantable, mientras se incorpora ceremonialmente de su silla y rodea la mesa caminando hacia él —que no pueden comprarse ni con toda mi fortuna —ronroneó mientras se detiene tras su silla.
El genio pudo sentir el calor que despide el cuerpo del hombre tras él. Escuchar su respiración sobre su hombro empeoró sus nauseas.
— Eres un hombre valioso, Tony —murmuró él, cerca de su oído —No puedes imaginar cuanto tiempo he esperado este momento.
Entonces, un par de manos que cayeron sobre sus hombros y descendieron sin prisas hacia su torso. Y se quedaron ahí, explorando sobre su ropa, frotándose con fuerza contra su pecho. El calor del aliento ajeno serpenteó por su cuello, húmedo y agobiante, llevándose todo el oxígeno que pudiera respirar. Y Tony se removió, dentro del poco margen que tenía para hacerlo, y los grilletes se volvieron más pesados, y su respiración se acortó. Y él necesitaba respirar, de verdad necesitaba hacerlo, pero ese par de manos parecían asfixiarlo y los labios húmedos que comenzaron a aspirar su cuello lo marean.
— No eres un chico fácil como dicen —murmuró el hombre contra su piel, antes de despegarse de su cuerpo.
Tony se recordó respirar. Una vez, hasta llenar sus pulmones. Y exhalar, en un intento por dejar fuera el olor del perfume del hombre tras él. Un tirón violento desde su muñeca lo envió al suelo. Su hombro derecho recibió el impacto, haciéndolo gemir mientras intenta reponerse. Si no estuviese tan débil, ésta hubiese sido su oportunidad de contraatacar –y rogar tener algún tipo de oportunidad frente a los guardias que aguardan tras la puerta- pero con su cabeza girando sin parar y sin poder predecir los movimientos de su atacante, las oportunidades son nulas. El rechinar de la silla sobre la cual se sentaba lo alarmó, antes de que la colocara tras él. En dos movimientos hábiles y precisos, el hombre tomó sus brazos y los echó hacia atrás, uniéndolos por las muñecas con los grilletes, que a su vez pegó como un bloque al respaldo tras la silla. Empujó cada tobillo, enseguida, en dirección a cada una de las patas del mueble tras él, dejándole de rodillas y atado a la pesada silla en una incómoda posición.
— Más fácil de lo que pensé… —murmuró él, sin inmutarse —Esperaría más resistencia de Ironman.
— Si te enorgullece ganarle a alguien atado que…—La rodilla del hombre impactó en su abdomen antes que pudiera terminar de hablar. El dolor llegó con un desfase de segundos antes que pudiera volver a respirar adecuadamente.
— Vamos a establecer algunas reglas, Tony —le masculló con un tono de falsa amabilidad mientras se inclinaba hacía él —Número uno: No abrirás la boca a menos que te lo pida.
— Vete al caraj…—el golpe en su abdomen llegó tan rápido nuevamente que Tony ni siquiera tuvo tiempo de procesarlo. Se dobló sobre sí mismo, tanto como sus restricciones le permitieron.
— Número dos: Harás lo que se te ordene cuando se te ordene.
Tony bufó, intentando contener un gemido de dolor frente a su atacante.
— Y número tres: Serás una perra dulce y amable con tu señor—recalcó el hombre, levantando el rostro del genio con un dedo. Tony giró su rostro en un intento de evitar sentir el aliento cálido de su captor — ¿Quedó claro? —Le murmuró tan cerca de su rostro que Tony juró que vomitaría sobre él.
Por un carajo, ojalá pudiera vomitar sobre él.
— Responde —ordenó.
Tony se aferró al poco libre albedrío que le quedaba y en medio de un acto de impotencia, le escupió de vuelta. Su captor se incorporó lentamente, sin inmutarse, limpiándose con el pañuelo de su abrigo. Tomó su tiempo para limpiar su rostro dignamente, para luego meter su mano en su impoluto abrigo blanco de donde extrajo un puño de acero que se colocó con delicadeza en su mano izquierda. Tony había sufrido la suficiente cantidad de secuestros y amenazas para saber lo que venía. Casi quiso reír por la forma en que comenzaba a volverse predecible.
— Si crees que vas a intimidarme con eso, siento decepcionarte —masculló Stark. Realmente no le asustaba el dolor. Lo conocía muy bien para temerle o doblegarse ante él. Su padre se había encargado de ello desde su infancia.
— No ordené que hablaras —cortó él —Hice una pregunta.
— No es mi primer secuestro —se jactó, aferrándose a la poca libertad que le quedaba. Podían golpearle hasta el cansancio, podían torturarlo de todas las formas imaginables, podían hacer lo que quisieran. Pero su mente y sus pensamientos le pertenecían. Y él es el jodido Tony Stark, libre o rehén, lo es.
Pero antes que su orgullo pueda seguir inflándose en su mente, el acero impacta con su magullado abdomen, logrando que botara sin ceremonias su propia sangre por su boca.
— Eres tan insolente como dicen —explicó él, cómo quien comenta el clima —pero aprenderás.
El segundo golpe de acero llegó con más fuerza que el primero. Tony no pudo reprimir el grito de dolor ésta vez. El esfuerzo instintivo por doblarse sobre sí mismo lastimó sus muñecas. Su cuerpo lo obligó a toser, enviándole punzadas de dolor a través de sus costillas. Un tercer y cuarto golpe impactó, dejándolo jadeando y con apenas la fuerza suficiente de sostenerse sobre sus rodillas. El hombre sonrió, satisfecho.
— Voy a repetir la pregunta, sólo porque es nuestra primera cita —musitó —No habrá más excepciones, ¿quedó claro?
Tony levantó la vista hacia su captor, y deseó poder partir al hombre en dos solo de verle. Aún tras el velo de confusión que cubría su mente, la ira burbujeó sin dificultad dentro de él. Sus opciones eran claras: podía ser orgulloso o podía ser inteligente. Su orgullo lo llevaría a sufrir más daño del que en ese momento se siente capaz de soportar y no le ayudaría a pensar con claridad su escape. O podía jugar su juego. Pretender que había sido doblegado por unos cuantos golpes y unas costillas astilladas, conocer el terreno y a su captor. Esperar a que su cuerpo se adapte a la mierda que sea que le estén dando para mantener su razonamiento nublado y esperar a pensar en frío. Conseguir algunas comodidades de por medio. Agua, en el mejor de los casos. El sabor a cobre en su boca le recordó que realmente necesitaba parar y dejar de probar su valentía. No era un súper humano mejorado. No fue entrenado como espía para soportar aquello. Sólo tenía a su mente ahora mismo. Y en el mejor de los casos, estaba funcionando en un 20%. Retuvo a su orgullo herido un momento.
— Sí —gruñó finalmente con hastío.
La respuesta dibujó una sonrisa altanera en la boca de su captor. Y Tony tuvo que guardarse la satisfacción de su pequeño triunfo y sostenerse de él para guardar esperanza. El hombre volvió a inclinarse sobre él, mientras guardaba ceremonialmente el puño de acero en el interior de su saco.
— Nos entenderemos —le murmuró, más cerca de su boca de lo que a Tony le gustaría —Odiaría tener que tocar tu rostro, Tony —añadió, paseando su dedo índice por su mandíbula hasta llegar a su boca. Detuvo el dedo allí, donde el rastro de sangre bajaba hasta su barbilla.
Sintió la mirada del hombre taladrar sus labios antes de alejarse.
Entonces las náuseas estaban allí, debajo de su adolorido abdomen. Y Tony realmente quería lavarse y quitarse la sensación de la piel de aquel hombre sobre la suya. El terror cruzando su espina dorsal casi quemándole le advertía de posibles desenlaces que aún quería ignorar.
Odiaba cuando su mente acertaba.
. . . . . . . . .
— ¿Podemos confiar en ellos?
El moreno encogió los hombros. Las bolsas bajo sus ojos seguían creciendo como medias lunas cada vez más profundas durante los últimos días. El aire enérgico del coronel parecía estar desapareciendo para darle paso a la versión más desgastada del hombre. Aguardo unos segundos, cómo si aún estuviera debatiendo dentro de sí la respuesta. Quizá ni siquiera estaba seguro de tenerla.
— Son raros —concluyó —Pero creo que podemos confiar en ellos.
Bruce deslizó sus lentes por el puente de su nariz, asintiendo.
— ¿Qué ganarían de todo esto? ¿Alguna recompensa?
— No son del tipo —aseguró Rhodes —Él es un abogado a un paso de la bancarrota. Está limpio. Creció en Hell's Kitchen, perdió la vista cuando aún era un niño y perdió a su padre tiempo después. Aun así consiguió una beca para estudiar leyes y se dedica a defender a inocentes que, en la mayoría de los casos, no tienen con qué pagar sus honorarios.
Bruce asintió, meditando la idea. Al otro lado de la mesa, Wanda y Visión escuchaban con atención al Coronel. Sólo habían escuchado a través de Natasha sobre los intrusos en la Torre Stark y parecían interesados en el tema.
— ¿Qué hay de ella? —cuestionó Wanda.
— Su historia es un poco más pintoresca. Sus padres murieron en un accidente, sólo ella sobrevivió. Fue enviada al sistema, con una buena familia, dentro de lo que parece. Incluso fue a ésta escuela para niños prodigio…
—Midtown High —puntualizó Natasha, leyendo el expediente en su tableta. Rhodes asintió.
— Pero de allí en más su historia es menos afortunada. En algún punto cayó en el alcoholismo, perdía empleos con frecuencia así que ahora se gana la vida como detective privada independiente. Tiene un par de cargos por sus problemas con el alcohol y ha aparecido de forma inconveniente en varias escenas del crimen. No es muy popular entre la policía local. Pero no hay nada más.
— Suena como alguien problemático —reclamó Hill.
— Parece comprometerse con su causa —indicó Rhodes, derrumbándose en la silla más cercana —Realmente cree que hay algo turbio tras el caso de su cliente.
— ¿Y tiene razón? —curioseó Wanda.
El coronel encogió los hombros.
— Suena bastante convincente —murmuró él, frotando sus ojos.
— El caso de su cliente parece estar bien conectado con Stark —concluyó Natasha —Podrá estar ebria, pero hay varias similitudes con el reporte médico de Tony.
— Las grabaciones nos ayudarán con eso —apostó Bruce —¿Cómo van con ello?
— FRIDAY está analizando todo el material —informó Natasha.
— ¿Qué hay de su filtración en la Torre? —cuestionó Wanda de vuelta, poco convencida de las buenas intenciones de Jones y Murdock.
Rhodes negó lentamente.
— Se niega a responder cómo fue que lo hizo.
— Coronel, creo que esa es razón suficiente para cuestionar sus motivos —concluyó Visión, junto a Wanda. La chica asintió, en apoyo al androide.
— Creo que había medios para que llegara a Stark sin invadir propiedad privada —terció Wanda.
— ¿Y hubiesen funcionado? —planteó Steve, hablando por primera vez desde que inició la reunión. El resto de los presentes giró hacia el Capitán, con la vista clavada sobre la mesa de juntas. Aún lucía un semblante gris y ojeroso. Había arribado con un emparedado en mano, que devoraba con desgana. Natasha y él hablaron poco de las circunstancias que los llevaron a dar con las grabaciones del penthouse. Steve se mantuvo al margen de la conversación desde el principio. Nadie le culpaba por lo ocurrido en el teatro aquella noche, pero todos sabían que era un error que tendrían que remediar.
— Pudo ir con la policía local o…
— Que fue lo que hizo —cortó Rhodes a Wanda, pensativo.
— Y le ignoraron, ¿no es así?
Rhodes asintió a Steve, en respuesta. El soldado suspiró, cansado. Hubo un tiempo en el que confiaba en el sistema y hubiese puesto las manos al fuego por él. Pero ahora sabía que podía haber mucha mierda en el engranaje de la justicia de su país.
— Estaba en una situación desesperada. Quizá la noticia del secuestro de… —Steve se detuvo antes de pronunciar su nombre —Quizá sólo conectó los puntos y le pareció importante. Ella desea resolver el caso de su cliente y nosotros un secuestro. Ambos ganamos.
— ¿Cuál es el juego del abogado aquí? — Hill analizó con frialdad. Era cierto. Era una extraña e incomprensible relación. Murdock no ganaba nada. Al contrario, Jones parecía ser el tipo de persona que metería en sus problemas a cualquiera sin importarle las consecuencias. Pero Jones era también el tipo de personas que pasaría sobre la ley si con ello podía hacer lo correcto.
— Quizá son pareja o… —intentó adivinar Rhodes.
— No lo creo —aseguro Natasha con una sonrisa cómplice.
— Creo que mientras vigilemos sus pasos pueden sernos útiles Cap —terció Hill —Necesitamos toda la ayuda que podamos obtener.
— Los vigilaremos de cerca —aseguró Natasha, volviendo su vista hacia Steve, que parecía perdido en algún punto de la mesa que aún observaba.
— Suerte con ello —le deseó Rhodes.
La puerta de la sala de juntas se abrió, interrumpiendo con un leve rechinido. Una agente joven, morena y con mirada insegura irrumpió la sala.
— Agente Hill —llamó ella. María se volvió hacía la recién llegada. Había un halo de pánico en la forma en que apretaba los puños a sus costados, cómo si el simple hecho de presentarse le fuera un gran reto.
La aludida levantó las cejas, esperando respuesta.
—Es sobre Stewart.
Hill se enderezó en su silla de golpe. Su postura rígida sugería que estaba contenido una sobre reacción.
— ¿Qué hay con Stewart?
Hubo una pausa. Natasha desvió su mirada de la agente, clavándola ahora en el paisaje blanco, como si supiera lo que ocurría. Bruce aguardó con atención, casi con pánico, la respuesta. Y Steve simplemente no parecía seguir lo que ocurría ahí.
— Él… —la agente vocalizó unos segundos, como si temiera continuar — Él no lo logró —dijo, finalmente.
Pudo ver el color de la cara de Hill desvanecerse en unos segundos, pero nunca perdió su postura firme. Asintió, con lentitud, antes de incorporarse y murmurar una disculpa nerviosa mientras cruzaba la puerta de la sala de juntas. La agente se congeló en la puerta unos segundos, antes de salir tras Hill. Bruce cubrió su rostro con sus manos, bufando con frustración.
— ¿Él era… —preguntó Wanda, anonadada.
Bruce asintió, aún sin verla. Steve tuvo que repasar la escena ante él, sintiendo como escapaba de sus manos lo que ocurría.
— ¿Qué sucede? —preguntó finalmente, unos segundos después, al percatarse que era el único que parecía ajeno a lo que ocurrió. Natasha se incorporó rápidamente, para volver su vista al ventanal tras ella.
— Perdimos al penúltimo sobreviviente al gas de esa noche —resolvió Bruce, finalmente.
— ¿Quién queda? —preguntó casi en un murmullo Steve. La sala guardó un incómodo silencio.
— Usted, Capitán —resolvió Visión con voz neutral.
Steve observó al androide que parecía impasible frente a la noticia. Había visto los cuerpos. Todos los vieron. Los agentes caídos tapizaban la alfombra del teatro esa noche. Steve tuvo suerte, el suero del súper soldado le ayudó a resistir los efectos dañinos del gas. Pero sabía de primera mano que muchos ni siquiera volvieron a despertarse. Apenas un puñado de agentes llegó con vida a urgencias y otro grupo más pequeño había sobrevivido aún inconsciente en la bahía médica.
— No hay forma que sobreviviera —musitó Wanda, captando la atención de Rhodes.
— Pero lo hizo, vimos el video —espetó el moreno casi con pánico. Wanda sólo de devolvió una mirada fría.
— Un humano promedio tendría el mismo destino que Stewart —lamentó Bruce, apoyando a Wanda. Ambos habían visto las estadísticas y simulaciones. La chica tenía razón.
— ¿Lo conocíamos? —preguntó Steve.
— Stewart y Hill tenían algunos meses saliendo —sentenció Natasha, aún con la vista clavada en el horizonte nevado. La sala se sumió en silencio de nuevo. Steve sabía que Hill era duramente profesional, siendo la mano derecha de Fury aprendió a serlo. Pero ahora que Natasha lo mencionaba, intentó ignorar su audición mejorada y el sollozo amortiguado que parecía no querer ceder ante el silencio del complejo. Hill no merecía esto.
Nadie en realidad lo hacía.
— ¿Algún avance sobre el gas? —preguntó Steve.
Bruce negó, mientras se retiraba las gafas para masajear sus ojos cansados.
— Es bastante ordinario. Un típico gas usado en guerrillas civiles por años —concluyó Bruce.
— Que destruye las vías respiratorias de quien lo inhale por más de un minuto —añadió Wanda.
— Lo sé —Steve lo sabía por experiencia propia. Recordó el par de días que permaneció mudo debido al gas.
— Tuviste suerte, en realidad —explicó Bruce, incorporándose de su silla para dar un paseo a través de la sala de juntas —es severamente agresivo a comparación de los convencionales.
— Ellos lo sabían, iban bien cubiertos —señaló Rhodes.
— Pero si su objetivo era Tony, ¿cuál era el punto de usarlo? —caviló Bruce. Por la forma en que lo dijo, Steve sospechó que no era la primera vez que se lo cuestionaba. Ahora que Bruce paseaba a través de la sala notó la tez grisácea en su piel y sus ojos rojizos. Se recordó enviarlo por una siesta obligatoria apenas terminar la junta.
— Con la cantidad y tiempo que inhaló el gas, las probabilidades de vida del Sr. Stark se reducirían muy por debajo incluso de las de Stewart —estableció Visión. Bruce parece observar al androide con un sesgo de rechazo que apenas duró unos segundos, antes de volver a perderse en sus propios pensamientos.
— No tiene sentido llevarlo sólo para dejarlo morir minutos después —Rhodes negó lentamente, aferrándose a la idea de Tony sobreviviendo al ataque.
— A menos que tuvieran un antídoto —mustió finalmente Natasha, girando de vuelta a ellos —de tal forma de asegurarse que no resultara dañado.
Las palabras de la espía detuvieron la caminata improvisada de Bruce.
— Posible, pero no probable —musitó él —El daño no es reversible, y al punto al que debió afectar a Tony, era imposible mejorar su estado en poco tiempo.
— O se aseguraron que fuera inmune al daño desde antes.
Bruce levantó su vista sobre sus lentes hacia Steve, que ahora miraba el muro blanco tras él con la mirada perdida.
— Todos vimos el vídeo, nunca lo protegieron del gas o usaron algún artefacto para aislarlo. Estaba a unos pasos de Stewart —recordó el Coronel, escéptico.
Bruce siguió sumido en el silencio, meditándolo.
— Steve viajó con Stark y estuvo con él horas antes del incidente —Wanda lo perforó con su mirada aguda —Habría visto algo.
Era cierto. Desearía ayudar, pero nadie interceptó a Tony desde su salida a la torre. Muchas personas hablaron con él esa noche, pero a plena vista. A menos qué…
— Los baños del teatro esa noche—recordó Steve —¿tenemos cámaras ahí?
Rodhes le miró como si hubiese perdido la razón.
— ¿Por qué las tendríamos?
— Porque necesitábamos cubrir todo el terreno —recordó Natasha —Las tenemos. Pero…
— Sólo hubo unos minutos de esa noche que no hemos visto. Yo perdí a…lo perdí de vista cuando escapó a los sanitarios.
Natasha asintió, abriendo su boca para reprochar al respecto cuando la voz suave de Friday la interrumpió.
— Análisis de grabaciones de seguridad terminado.
¿Lo siento?
Bethap
