Advertencia: Fanfiction Angst. Puede contener violencia implícita o explícita, abuso de drogas, alcohol, abuso físico y sexual.
XIV
Químicos.
— No puedo creer que estemos haciendo esto.
El ascensor se deslizaba con tanta suavidad que el movimiento era casi imperceptible. No había música dentro de él. El silencio era abrumador ahora mismo. Debían ser alrededor de las 2 de la madrugada. Steve perdió la noción del tiempo en cuanto salieron del complejo. Frente a él, Rhodes seguía observando con los brazos cruzados, casi conmocionado, el plafón del ascensor.
— No puedo creerlo.
El coronel negó para sí mismo. Quiso decir algo para tranquilizarle, porque realmente sentía que debía hacerlo, pero no encontró las palabras. Ni siquiera la energía. Era como funcionar en piloto automático ahora: los pasos se daban uno tras otro, pero ni siquiera se planificaban, solo inercia y nada más.
— ¿Crees que Jones y Murdock son buena idea ahora?
Hubo una pausa larga. Quizá más de lo debido.
— No lo sé Cap, yo…
Steve suspiró. Rhodes tenía un derecho histórico sobre esta situación: el derecho a conmocionarse, a enfurecerse, a congelarse. Pepper y Tony eran sus amigos desde hace años. Desde hace más tiempo del que quizá él imaginaría. Existía una historia de vida tras esa relación de amistad –casi hermandad– entre ellos que ni siquiera entendía. Una parte de ello le provocaba un extraño sabor a envidia. Sabía que a pesar de ser un hombre sensato, por otro lado, la información obtenida sobre Miller lo encendería. Podría ir tras él y cometer una tontería. Steve prefirió no enviarlo con Natasha y mantenerlo cerca de él. Podía ver a través de los nudillos pálidos del Coronel, la furia que sentía. La forma en que su mandíbula se tensaba a cada momento, y el cómo su nariz se ensanchaba cuando tomaba aire para tranquilizarse. Pepper es su amiga. Tony su hermano. Rhodes tenía el derecho a sentirse impotente y furioso.
Pero Steve no.
Era un completo extraño que se robaba la indignación de quienes sí tenían el derecho a sentirla. Si Tony lo observara ahora mismo, seguro tendría unas cuantas palabras burlonas para él. Ni siquiera eran amigos, ¿no? Entonces, ¿por qué era tan complicado?
— No creo que debas tocar…oh dios —la voz de Sam rebotó haciendo eco cuando las puertas del elevador se abrieron.
— Los adictos guardan su mierda en los rincones más extraños —el brazo de Jones desaparecía casi por completo dentro de un jarrón que adornaba una de las esquinas del penthouse. Sam suspiró, derrotado, observando la escena de pie, ayudándose de sus muletas. Steve le aseguró que se las arreglarían sin él, pero el ex soldado rechazó quedar fuera en medio de una crisis de ese tamaño. Así que le dejaron supervisar a Jones y Murdock, cuyas buenas intenciones aún estaban bajo el rígido escrutinio de Rhodes. Steve estaba seguro que escondían algo muy grande, pero su intuición le decía que podía confiar en ellos sin problemas. Las cosas no podían complicarse más y algo de ayuda extra no les venía mal, ¿cierto?
— La señorita Jones tiene razón. El Sr. Stark es muy ingenioso —confirmó Visión, materializándose a través del muro. La detective se sobresaltó al escucharle a su lado, pero el abogado se mantuvo impasible.
— Debe ser muy fácil para usted acostumbrarse a la presencia de Visión, Sr. Murdock —comentó Rhodes acercándose, con un deje de acidez en la frase.
— Aún hay muchas cosas que pueden sorprenderme Coronel —Murdock le devolvió una sonrisa cálida, cómo si respondiera ese tipo de comentarios todo el tiempo.
— Como digas —bufó Jessica, escudriñando el perímetro del plafón hasta llegar a la sala de estar.
— ¿Alguna novedad? —inquirió Steve, rompiendo la tensión entre Rhodes y el abogado.
— En realidad, sí —respondió la detective desde el otro lado. —La cosa aquí es que, Stark tiene un gusto excelente para los licores —dijo, acercando su nariz a la botella que destapaba.— Siendo un excéntrico, pensaría que le gustaría esos licores raros y asquerosos que beben los ricos todo el tiempo.
— ¿Cómo podrías saber qué tipo de vinos beben los ricos, Jessica? —murmuró Murdock, más como un comentario burlón disfrazado de cortesía y curiosidad.
Steve ignoró el comentario del abogado, observándola olisquear varias botellas del bar.
— Además de ser un hombre que se esfuerza demasiado en ocultar lo rutinario que es, a decir verdad —los ojos oscuros de la detective se entrecerraron recorriendo la barra del bar. — Claro que sí. —Murmuró para sí misma.
Elevó con su mano un pisa papeles decorativo que adornaba la barra. Lo observó con un gesto desconfiado y comenzó a agitarla, presionando todas las caras, hasta que una de ellas botó con un clic. Una especie de cajón delgado retráctil se abrió, soltando una memoria USB minúscula.
— Estoy cerca —abandonó el bar para seguir su recorrido, sin antes pasar junto a Steve y entregarle lo encontrado. —Un obsequio de cortesía, Capitán.
— ¿Cómo es que los abogados de Tony no están olfateando sobre nuestras nucas hoy? —cuestionó Rhodes, comenzando la búsqueda en los entrepaños decorativos del genio.
— Fueron notificados, pero lamentablemente, no se encontraban en la ciudad —Murdock respondió dibujándose una sonrisa satisfecha.
Rhodes giró hacia él, incómodo.
— ¿Podemos estar aquí?
El abogado meditó unos segundos.
— La Srita. Potts firmó la autorización para que un grupo de empleados de Stark Industries realizara una reparación correctiva a las instalaciones, lo cual no requiere la supervisión del equipo legal del Sr. Stark conforme lo dicta su normativa de privacidad —Murdock giró su mano mostrándole un gafete que portaba su nombre y fotografía.
— Espera un momento, ¿qué nosotros que…?
Steve encogió los hombros, mostrándole el suyo. Sam hizo lo mismo con su identificación de Stark Industries.
— Era la vía más rápida.
— No lo creería de ti Cap —espetó Rhodes, sorprendido.
— Ni yo —Desde el otro lado de la sala, la detective barría cada rincón del espacio sin descanso —pero al parecer Murdock y el Señor América también sabe jugar sucio.
El rostro de Steve se encendió en un rojo con el comentario de Jones, recibiendo un guiño de ella como respuesta.
— Y gracias a eso Stark Industries estará en mi currículo de ahora en adelante. —Jones se volvió a ellos con una sonrisa petulante, mientras se reunía con ellos en el centro de la sala de estar. — ¿Van a ayudar o pedimos la cena primero?
Rhodes asintió con pesar, antes de regresar a la estantería que revisaba. Si había alguien que conocía a Tony por el suficiente tiempo para hacer conclusiones más cercanas a la realidad, ese era Rhodes. Steve no estaba dispuesto a presionarlo más de lo que ya lo hizo al traerle hasta allí. El Coronel tenía demasiado ya en su plato con su propio trabajo para además agregarle el caso de Tony. Pero posiblemente, al igual que él, su trabajo no significaba nada si no podía traer de regreso a casa a su mejor amigo.
— Debes conocer muy bien el pethouse —Steve se acercó a la estantería para ayudar a Rhodes. Tras ellos, la detective volteaba los sofás ruidosamente. Rhodes se detuvo a observarla, con cautela.
— No lo suficiente, al parecer —se lamentó. — Ninguno de nosotros lo conocía bien estos últimos meses —terminó, casi en un susurro.
Steve se detuvo a capturar el gesto vacío de Rhodes observando la estantería de su mejor amigo. Podía entender la posición del Coronel ahora mismo, parado en medio del estar de Tony pero sintiéndose completamente ajeno a la vida de quien lo habitaba. Era como perder a alguien, una versión de una persona que cambio a tal grado que no la reconoces. Una pérdida dolorosa y compleja, porque el cuerpo de esa persona sigue allí, pero aquel que solía ser tu amigo, no. Ahora luchaban por siquiera regresarlo, sin importar que versión de persona era ahora.
— No fue tu culpa —susurró sin pensarlo demasiado. Le tomó unos segundos a Rhodes procesar las palabras de Steve antes de salir de sus propias divagaciones.
— Nunca lo es con Tony —aseguró él, sin dejar de mirar la estantería de su amigo con una sonrisa triste—pero siempre se siente así.
Steve conocía el sentimiento. Tony podía ir de patán con todos y llevarlos hasta el límite por mera diversión: una especie de juego soberbio que le gustaba ejecutar una y otra vez con todos a su alrededor como una muestra de su poder sobre los demás. Era molesto e irritante y más de una vez lo llevó a cruzar el borde, pero sabía que era parte de eso, un juego. Una forma de intimar con los demás y mostrar de una forma poco convencional, su afecto. Steve lo averiguó con el tiempo. El genio era capaz de resolver una infinidad de problemáticas, pero cuando se trataba de acercarse a los demás, sólo le quedaba su ácido humor. Una forma de mostrar afecto sin bajar la guardia. Pero, al menos hasta donde ahora mismo sabía, Tony nunca lo haría con la intención de atormentarles. No de la forma voluntaria y consciente en que la maldad podría orillar a lastimar a los otros. No sería su intención. Así que si ahora mismo Rhodes sufría un nivel de culpa similar a la que Steve manejaba últimamente, no era por voluntad de Tony.
Quizá de verdad lo jodieron ésta vez.
Quizá de verdad lo abandonaron.
Continuaron la siguiente hora removiendo entre las posesiones del millonario. Visión recorrió los rincones del taller, mientras Sam desde la estancia, supervisaba a Jones, que parecía dispuesta a romper cada cosa que le pareciera sospechosa. Rhodes se encargó de las habitaciones y vestidores, mientras Steve recorrió la cocina y bar. Descubrió para su sorpresa, lo vacías que se encontraban las alacenas y almacén. Recordó un poco de su estadía, cuando estaban repletas de alimento para más habitantes de lo que el pethouse podía albergar. Incluso cuando solo él y Stark habitaban el departamento. Ahora, parecía que el millonario se enfocaba solo en mantener bien abastecida su cava en lugar de su nevera.
Regresó a unirse con Sam y Jones después de registrar cada rincón, sin suerte. El abogado esperaba sentado en la sala junto a Sam. Jessica descansaba sobre la alfombra, visiblemente decepcionada.
— ¿Alguna novedad? —Steve se desplomó en uno de los sillones. Su cabeza comenzaba a pesar de cansancio. Del otro lado del cristal del ventanal, la ciudad estaba sumida en oscuridad, con algunas luces encendidas apenas.
Sam negó en silencio.
Lograba detectar el sonido del movimiento ligero de objetos desde el taller, donde Visión continuaba su búsqueda. Aun siendo un súper soldado, Steve necesitaba descanso. Quizá un poco menos que el resto del equipo, del cual siempre se tenía que recordar, poseían una capacidad más limitada. Visión parecía ser ahora, el único en pie. Era momento de ir por un descanso, por más que a Steve le molestara tomarlo. Cada segundo era valioso ahora mismo.
— ¿Alguien sabe si esto siempre ha estado aquí? —Luego de un largo rato en silencio, Jones regresó a la conciencia a Steve. La mujer apuntaba con su dedo a la lámpara de arco que caía sobre el centro de la sala de estar, sostenida por una base de mármol sólida en una de las esquinas del espacio. El resto le observó con gesto cansado.
— Supongo —mustió Rhodes, cansado.
— Tomaré eso como un sí.
Le vio acercarse y tomar espacio para darle una patada a la base de la lámpara. No tenían mucho de qué preocuparse, la base era piedra sólida y parecía enorme al lado de la detective. Algo dentro hizo un clic que sólo Steve pareció detectar.
— Allí estás —Jones se giró levantando sobre su hombro una pequeña bolsita plástica que contenía algunas píldoras. Hexagonales. Las reconoció enseguida. — ¿Le echaron un ojo a esto la última vez?
— No probamos destruyendo el mobiliario —canturreó Rhodes, asombrado.
— Coinciden con la píldora que ingirió el Señor Stark la noche en el teatro. —Visión se materializó a través del muro perimetral, con el rostro impasible y ligeramente inclinado, como si no le sorprendiera el hallazgo en absoluto.
— ¿Stark estaba drogado cuando lo secuestraron? —de pronto Jones parecía molesta.
— Vis, eso era del expediente —dijo Rodhes, masajeando el puente de su nariz. El androide solo parpadeó, impasible, hacía él.
— Pensé que lo buscaban para seguir una huella química.
— Eso es correcto…también —aclaró Steve.
— Steve…
Evadió la reprimenda en la mirada de Rhodes. Steve odiaba las mentiras por omisión. Odiaba los secretos, los dobles motivos. Su estómago se revolvió entonces, recordando aquella cinta que descubrió en la cabaña abandonada, junto a Natasha. Demasiados secretos en su historial, recordó.
— Necesitamos más cabezas en esto —terció él, ante la mirada desaprobatoria del Coronel.
— Entonces Stark estaba divirtiéndose esa noche —Jones estrechó sus ojos, digiriendo la nueva información.
— No. Él…era todo lo contrario, en realidad. —Aclaró Steve, en un inusitado intento de defenderle.
— Y es importante, ¿por qué?
— Existe la teoría de que la metabolización de la droga que consumió el Sr. Stark esa noche funcionara como un inhibidor del daño pulmonar provocado por el gas usado en el teatro —explicó sin rodeos el androide.
— ¿No quieres entregarles también una copia del expediente clasificado? —ironizó Rhodes, visiblemente irritado.
Visión parpadeó perplejo.
— No sería necesario. Lo tengo almacenado por si requieren algún dato adicional —resolvió con amabilidad Visión.
— Entonces si esto funciona como un antídoto al gas, estaríamos frente a una conexión entre el fabricante de esta mierda y el secuestro de Stark, ¿cierto? —indagó Jones.
— En teoría — corroboró Sam. —De cualquier forma, necesitamos comprobarlo. El vídeo de la noche en el teatro tiene lagunas y no sabemos si quizá le colocaron alguna máscara a Tony antes de llevárselo.
— Ya veo —dijo Jones, dirigiéndose al bar.
— Necesitamos llevarle éstas a Bruce para que pueda hacer una simulación con…¿Jones? —Rhodes se incorporó hacia donde la detective terminaba un vaso de licor que recién se sirvió.
— Buen whisky —aseguró ella. —Veamos si es tan buena.
— ¿Jessica? —el abogado rompió el silencio. Por primera vez, desde que lo conoció, Steve percibió un tinte de pánico en su voz. Intentó alcanzarlo para ayudarlo cuando vio a Murdock incorporarse para ir tras la mujer.
— Prometan que no venderán mis órganos —dijo ella caminando hacía el acceso, y tomado la muestra de la lata de gas que llevaban con ellos.
— ¡Jessica! —Murdock gritó, siguiéndola tan rápido como se lo permitió, pero llegó apenas una fracción de segundo después de que las puertas de cristal del taller de Tony se cerraran — ¡Jessica! —llamó de nuevo el abogado en vano, golpeando la puerta.
— Viernes, abre la puerta —ordenó Steve, acercándose tras él.
— El sistema de ventilación detectó la liberación de una sustancia aeróbica peligrosa. El cierre hermético es irreversible —resolvió la IA con sencillez.
— ¡Jones! ¡Sal de allí ahora mismo!— rugió Rhodes. Del otro lado de la puerta, Jessica levantó su pulgar. "Estoy bien", vocalizó ella.
— ¡Visión! Anula el código de Viernes, necesitamos sacar a Jones de allí —ordenó Steve.
— Si lo hacemos, el aire invadirá el penthouse y el sistema de ventilación general de la Torre. Estaremos inconscientes antes de que el servicio médico llegue —determinó Visión. Steve sabía que el androide optaría por el bien de la mayoría. Siempre sería así.
— ¡Jessica! —rugió de nuevo Murdock golpeando las puertas para llamar la atención de la detective.
— "¡Estaré bien, cuernitos!" —vocalizó ella, desde el fondo. La niebla comenzaba a invadir el taller. La figura de Jones desapareció unos segundos más tarde tras ella. El resto observó en silencio, como era tragada por el gas. El silencio era tan aterrador, apenas roto por la errática y temblorosa respiración del abogado. Steve le vio tensarse cuando escuchó como Jones comenzaba a toser dolorosamente.
— Viernes, ¿detectas señal de Jones? —probó Rhodes.
La IA tardó un momento en responder.
— La temperatura corporal de la señorita Jones cayó a 36°C. Aún se encuentra consciente.
Rhodes contuvo el aliento, en espera.
A su lado, Murdock aguardaba, inmóvil, por alguna señal de Jones. Steve le vio inclinar la cabeza, como si intentara captar algún sonido que le indicase la situación. Con la vista totalmente bloqueada por el gas, entendió que era la única alternativa, además de los sensores de Friday. Steve agudizó su audición mejorada, pero el aislamiento del taller era tan eficaz que no lograba percibir nada más allá que la respiración del resto del equipo y en viento chocando fuera de la torre.
— ¿Friday? —cuestionó Rhodes luego de unos minutos de silencio.
— La lectura de la temperatura corporal de la señorita Jones es visible, pero mis sensores no pueden detectar movimiento. La composición del gas interfiere —aclaró la IA.
— Debemos sacarla de ahí —sugirió Sam.
Murdock elevó su mano, como una solicitud de silencio. Steve lo observó. Su rostro ya no reflejaba preocupación, sino curiosidad. El abogado embozó una sonrisa apenas unos segundos antes de que la mano de Jones impactara al otro lado del cristal.
"¿Asustados?" vocalizó del otro lado del cristal, apareciendo entre la niebla. El suspiro de Murdock rompió la tensión acumulada.
— Bien Jones, probaste tu punto, ahora, fuera —ordenó Rhodes, irritado.
— El nivel del gas aún es bastante alto para revertir el cierre hermético —observó Visión.
Steve suspiró, estresado.
— ¿Y cuál es tu idea? ¿Dejarla allí? —Sam parecía cansado.
El androide meditó un momento. Observó a Jones vagar erráticamente dentro del taller de Tony unos momentos, antes de responder.
— No —replicó. —Necesitamos a Wanda.
. . . . . . . . . . .
— ¿Secuelas?
— Ninguna. La hipotermia provocada por la droga pasará en un par de horas más. Su presión arterial se estabilizará una vez que su cuerpo sintetice el alcohol —aseguró Rhodes.
— Banner quiere estudiarla y realizar más simulaciones —recordó Natasha, dejando la taza de café en la mesa.
Steve solo atinó a asentir lentamente. Aún estaba molesto por lo sucedido en el pethouse de Stark. Rhodes se tomó su tiempo, unos momentos antes, en dejarle en claro que involucrar a Jones y a Murdock no era la mejor idea. Arriesgar a un civil en tales condiciones solo empeoraría la situación frente a los abogados de Stark y entorpecería la investigación, sin mencionar los problemas que le acarrearía a Rhodes y al mismo Steve. Entendía que realizar operaciones sin autorización no era el procedimiento que el Coronel apreciaba más. Pero ahora mismo era el más rápido y eficiente.
— ¿Qué hay de Miller? —recordó de pronto Steve. Natasha buscó la mirada del soldado, que aún parecía demasiado abstraído.
— Está limpio —explicó ella.
— ¿A qué te refieres? —Rhodes detuvo su caminata alrededor de la sala en seco.
Natasha intercambió una mirada rápida con Steve. Rhodes sabía del historial de visitas de Miller durante el último medio año a la torre, pero se reservaron el contenido de las grabaciones. Rhodes no merecía cargar con más ahora, y sólo lo desenfocaría del objetivo.
— He interrogado a espías con años de entrenamiento y encontrado grietas en sus testimonios. Mentir en algún momento luce demasiado pulido. Siempre hay un gesto, un detalle. Algo se resbala. Pero Miller no tienen nada. Él no está mintiendo —aseguró Natasha.
Rhodes levantó sus manos, deteniendo el argumento de la espía.
— ¿Quieres decir que todo esto sólo sirvió para saber que Tony sobrevivió al ataque? —inquirió, escéptico.
— Tenemos una huella química, podemos tirar de los hilos que Jones tiene y encontrar algunos cabos sueltos —recomendó Natasha, volviendo con el Coronel.
— No. No quiero la nariz de Jones en esto.
— Es la única línea que queda —le recordó Steve, espabilando.
Rhodes suspiró.
— Arriesgamos suficiente anoche. No volverá a ocurrir. —Sentenció el moreno antes de salir de la sala de conferencias.
Natasha guardó unos minutos de silencio. No necesitaba demasiado para deducir lo ocurrido unas horas atrás. Tenía suficiente en su plato con seguir los pasos de Miller, pero Steve era como un libro abierto para ella y no era complicado imaginar la situación.
— Steve…
— Lo sé.
El aire golpeó con fuerza contra el ventanal. Steve clavo su mirada en él, totalmente ajeno a la presencia de Natasha. Ella deseaba más que nunca darle un respiro a Steve, aunque siempre pensó que era la última persona que lo necesitaba. El hombre siempre estaba allí para todos cuando tenían un día especialmente malo, inyectándoles esa dosis de entusiasmo y buena voluntad de su fuente inagotable de nobleza. Pero era extraño ver su otra faceta, con el entrecejo arrugado por la preocupación y sus ojos hundidos en inusuales ojeras. Tan inmóvil y silencioso. Si bien Steve siempre fue reservado, siempre hablaba en el momento adecuado y con las opiniones correctas. Era parte de su temple. Pero ahora, parecía dejar que cualquier miembro del equipo le retachara sin siquiera tomar su derecho a réplica. Cómo si simplemente no le importara. Natasha estuvo con él cuando el Soldado del Invierno apareció y sacudió los cimientos de Steve. Pero esto era distinto. Y, por más que le costara admitirlo, le dolía verle así. Nunca supo cómo demostrar el aprecio hacia los demás, y ahora mismo se odiaba un poco por ello. No era el momento más adecuado para darle un descanso y ayudarlo a reencontrarse. Stark seguía desaparecido y con un rastro muy débil tras él. Ya habría tiempo para reponerse.
— Wanda lo vio.
La mirada del rubio volvió en sí con un desfase de unos segundos.
— ¿A qué te refieres?
Natasha tocó su sien con su índice un par de veces. Los ojos de Steve se agrandaron de sorpresa.
— Pero Fury…
— Él estuvo de acuerdo, sin embargo.
— ¿Hay algo más? —Preguntó él con cautela, volviéndose con Natasha.
— No está mintiendo Steve. Él nunca ha buscado dañar a Tony de ninguna manera. —Afirmó, tomando otro largo sorbo a su café.
— ¿Qué hay de las grabaciones?
—Wanda asegura que su mente está intervenida. Es como si alguien hubiese entrado a ella y bloqueado recuerdos específicos —explicó Natasha. —Sus memorias no tienen un orden orgánico. Hay lagunas completas. Están allí y alguien los bloqueó.
Steve lo meditó un momento, irguiéndose en su propia silla hacía ella.
— ¿Cómo puede alguien hacer eso?
Ella encogió los hombros.
— Condicionamiento psicológico. Al menos es la opción más realista, pero le tomaría tiempo a quién lo realizó, y es muy complicado ser tan selectivo con los recuerdos.
Hubo una pausa demasiado larga para ser cómoda. Steve volvió a clavar su vista en algún punto en el horizonte nevado frente a él. Finalmente habló, casi en un susurro.
— ¿A qué nos estamos enfrentando Nat?
Ella articuló, pero se detuvo justo antes de iniciar. Poseía la justa información para crear conjeturas coherentes y realistas pero, no era lo que Steve necesitaba escuchar ahora mismo.
— Tenemos a Jones. Ella y Murdock aún tienen mucha información entre manos —le aseguró.
— ¿Cómo lo sabes?
Natasha le dirigió una mirada incrédula. Casi pudo reír.
— Sólo…lo sé, soy una espía Cap, ¿recuerdas?
Steve dibujó una sonrisa triste, pero no aparto la vista del panorama vacío frente a él.
— Déjame esto a mí.
Asintió levemente, sin mirarle.
— ¿Steve?
El rubio tardo varios segundos en volver hacía ella.
— ¿Por qué Stark?
Él levantó las cejas, confundido. Sintió como de pronto su rostro inexplicablemente se teñía de rojo.
— ¿A qué te refieres?
Natasha de pronto sonrió, divertida.
— Oh por dios, ¿cómo no lo noté? —murmuró para sí misma.
— No entiendo Natasha.
— No sé cómo no lo noté antes —murmuró de nuevo, negando lentamente, con los ojos bien abiertos ahora, como si estuviera decepcionada de sí misma.
— ¿Nat?
Ella suspiró y se volvió a él.
— Solo, ten cuidado Steve. Stark es la última persona en la que cualquiera debería interesarse. Es demasiado complicado.
Steve articuló, mientras la observaba, confuso.
— ¿De qué estamos hablando?
Ella le sonrió de vuelta.
— Iré a ver a Jones.
La puerta se cerró tras ella, dejando a Steve solo y confundido.
. . . . . . . . . . .
— Sr. Shishido.
— Hazlo pasar —su voz salió ronca y monótona. El hombre junto a la puerta lo reverenció brevemente, aunque su jefe ni siquiera podía verle. — Y envía una manta a Stark de mi parte.
— Entendido señor.
La puerta se cerró sólo unos segundos para volver a abrirse con un lento rechinido de bisagras. Los pasos ligeros se acercaron hasta el hombre, que aún contemplaba con cierto placer el fuego de la chimenea.
— ¿Te has estado divirtiendo? —preguntó el recién llegado.
Hubo una pausa.
— Mucho más de lo que imaginas.
Su invitado soltó una carcajada entre dientes.
— Es más dócil de lo que cuentan —continuó Shishido, dando la vuelta hacia él.
— Nunca entenderé la debilidad de todo el mundo por Stark —aseguró el hombre, barriendo con sus ojos la habitación.
— Es muy similar a la tuya con esa chica, Jones —concluyó el hombre, ajustando sus gafas oscuras.
La sonrisa del invitado se borró de golpe.
— Ella podría partir mi cráneo en dos, sin embargo Stark… ¿siquiera puede caminar? —argumentó él con acidez en respuesta a Shishido.
— No desde hace un par de noches, Killgrave —respondió él, con una sonrisa lobuna en la boca.
Killgrave levantó sus cejas, sorprendido.
— No has perdido el tiempo.
— Nunca lo hago —aclaró Shishido con seriedad.
Killgrave asintió, acomodando su abrigo, como un gesto nervioso.
— Borra tus huellas —ordenó Shishido de vuelta.
— Nuestro acuerdo era que no te meterías en mi cabeza si yo no lo hacía en la tuya.
— Tus pensamientos están gritándome. Eres más nervioso de lo que aparentas —resolvió él, volviéndose al fuego.
— Miller es una caja fuerte. No lograrán encontrar nada —aseguró Killgrave.
— Con tu chica merodeando con los Vengadores no estoy tan seguro.
La sonrisa del hombre se congeló, incrédulo.
— La conozco lo suficiente para saber que su arrogancia la llevará a un callejón sin salida, si no es que antes termina por acabar con la confianza de sus nuevos amigos superhéroes —aseguró Killgrave, dando un pequeño paseo por la blanca habitación —Yo me encargo de los míos. Sólo ten cuidado de no acabar con Stark en el proceso.
Shishido se mantuvo en silencio ante la chimenea, inmóvil, hasta que por fin explicó:
— Es más probable que Stark acabe consigo mismo sin mi ayuda, a que yo lo haga.
— Vi las imágenes del teatro —recordó Killgrave, —luce como un desahuciado. ¿Eso no te quita las ganas de…?
— No. —Cortó Shishido.
Killgrave arqueó las cejas, soprendido.
— No juzgaré eso.
— Lo estás haciendo.
— Bien. Dejaré de hacerlo. Pero, si no lo tratas bien, va a despertar frío un día de estos y perderemos nuestra oportunidad.
Shishido no respondió. Killgrave tomó eso como la respuesta que necesitaba.
— Bien. Tengo otro par de paradas más esta noche. Mantén presente nuestro acuerdo.
El hombre no respondió cuando Killgrave salió por su puerta. Su mirada impasible continuó observando con insistencia el fuego que crepitaba violentamente en su chimenea durante mucho tiempo más.
. . . . . . . . . . .
Cuando la puerta de su habitáculo se volvió a abrir, su corazón comenzó a latir, desembocado, dentro de su pecho. Espero a que los guardias se acercaran hasta él para llevarlo sin resistencia alguna hasta la habitación del aseo. Su estómago se revolvió de solo pensar en otro encuentro con ese bastardo. La puerta, sin embargo, volvió a cerrarse de inmediato. Durante los minutos posteriores, Tony resistió el impulso de observar. Apenas unas horas atrás –o minutos quizá, no lo sabía– recibió su "cena". O porción de comida. Sonaba más coherente en este punto. Así que, si no era para llevarlo ante su captor, no había motivos para recibir visita. Echó un vistazo sobre su hombro con cautela. Junto a la puerta se encontraba un rollo afelpado blanco. Dudó durante varios minutos hasta que decidió que no era una trampa y fue por ello, casi con desesperación. Al desdoblarla notó, que era lo suficientemente gruesa y grande para cubrirle. El cuerpo de Tony se estremeció prematuramente. Se acostumbró con rapidez a la sensación de entumecimiento y dolor corporal que ahora le acompañaba todo el tiempo. La temperatura promedio del compartimiento donde se encontraba era lo suficientemente baja como para ver su propio aliento. Abrigado siempre con no más que su impoluto traje blanco, que era cambiado cada vez que era llevado ante su captor, no contaba con otra capa más de abrigo.
Su cuerpo dolía.
Todo el maldito tiempo.
Entre el dolor por el hambre, los calambres por deshidratación y las migrañas por la abstinencia, cualquier daño físico que su captor podría provocarle eran solo rasguños. Rasguños con forma de hematomas en sus brazos y en su torso. Rasguños en forma de dolor palpitante en su trasero. Rasguños, nada más. Y sin embargo, el frío agonizante seguía siendo lo peor entre todo. Ese frío que le entumecía y rigidizaba. Que no le dejaba ni siquiera dormir, por más cansado que se encontrara. Además del inodoro, no gozaba de ninguna otra comodidad. Metió su cuerpo en el interior del doblez que formó con la longitud del cobertor, dejando la mitad de la manta bajo su cuerpo y otra sobre él. Casi podía llorar de lo bien que se sentía. Así fueran apenas unos centímetros de amortiguamiento entre sus huesos y el suelo, ayudaban muchísimo más de lo que pensó. Ocultó su rostro en su capullo. Sus ojos y jaqueca agradecieron la disminución de luz artificial. Se abrazó así mismo, y de pronto se dio cuenta –por sus mejillas húmedas y sus espasmos rítmicos- que estaba llorando.
Tony estaba cansado.
Tony no estaba preparado para otro secuestro.
No es que alguien logre estarlo. Nadie debería ser secuestrado y mucho menos, abusado. Pero si Afganistán lo tomó por sorpresa en un 6 mentalmente, esto debía estar alrededor de un 1. Unos días antes de su secuestro ni siquiera estaba lo suficientemente entero como para salir de la cama o tomar comidas suficientes. Se mantenía en pie a base de cócteles coloridos de medicamentos, suplementos y su maldito orgullo. Hasta ahora, el orgullo era lo último que quedaba en su lista. Y no podría mantenerlo durante más tiempo si su maldito secuestrador continuaba metiéndose entre sus piernas sin su consentimiento. En algún punto próximo en su futuro, su orgullo se desplomaría o su cuerpo fallaría. Por la forma en que sus brazos daban la vuelta con tanta facilidad a su torso y los huesos de su cadera eran cada vez más prominentes, podía apostar por el segundo.
Y quizá por esa razón, motivada aún más por su nula esperanza en un rescate, es que comenzó a pensar en cómo partir. Si lo pensaba fríamente, era su mejor salida. Su captor no ganaría y nadie tendría que arriesgarse para ir a rescatarlo.
Si es que alguien siquiera lo estuviese intentando.
Quizá Rhodes. El hombre que siempre soportaría toda su mierda sin marcharse. O Pepper. No, Pepper no. Ésta vez era definitivo lo suyo. Estaría bien, porque demonios, era Pepper Potts y se las arreglaría sin él. Y Happy, él estaría bien junto a Pepper. Cuidaría de ella y le partiría la cara a Miller si llegara a cruzar la línea. Los Vengadores eran historia aparte desde hace meses. Ellos le dejaron tan fácil como llegaron.
Con esa idea en mente y el calor embriagante que comenzaba a generar, cayó dormido más rápido que nunca antes.
Alguien, observando su imagen a través de un monitor, sonrió.
. . . . . . . . . . .
— Es lo que tenemos hasta ahora —Natasha cruzó los brazos, recargándose contra el muro tras ella. Una vieja costumbre de espía. Mantén en tu rango de visión todos los frentes y cubre tu espalda. — Ahora es su parte.
Jessica articuló, pero volvió al silencio. Murdock, desde el sofá, mantenía la cabeza baja y ligeramente inclinada a un costado, como un gesto de atención de un ciego. Su semblante apenas cambió durante la conversación. Natasha sabía que ellos sabían algo más. Vio las piezas ensamblarse en sus miradas cuando reveló los detalles del caso que Rhodes prefería mantener ocultos. Pero ésta era su última oportunidad. Y no se equivocó al apostar por ellos.
— Me temo que sus enemigos son amigos de nuestros enemigos —concluyó finalmente Murdock.
Natasha sonrió satisfecha.
— Explíqueme entonces, Sr. Murdock…
De acuerdo. Éste último tardó un poco más.
Qué año tan más caótico, ¿no les parece? He sufrido algunos problemas de salud desde inicio del año que me han alejado demasiado. Aún no tengo un diagnóstico, pero espero obtenerlo. Ya he pasado por muchos exámenes médicos y seguramente me quedan algunos más por delante. Y con todo el caos mundial ahora mismo, la atención médica está saturada. Así que, al menos me ocuparé en mantener mi mente en asuntos menos trágicos (o más trágicos pero ficticios).
¿Tendremos rescate?
Sí queridos. Tendremos rescate. Y un par por reencontrarse.
Mientras tanto, cuiden de ustedes y los suyos.
¡Hasta la próxima!
Bethap
