Advertencia: Fanfiction Angst. Puede contener violencia implícita o explícita, abuso de drogas, alcohol, abuso físico y sexual. Este capítulo contiene fragmentos que podrían ser sensibles. Evítalo si te incomoda.


XV

Espejos.

21 DE ENERO, 11.40 HRS, NUEVA YORK.

— ¿Empresas Rand?

Steve observó desde el asiento de copiloto del auto el edificio frente a ellos. A diferencia del resto de las estructuras en Nueva York, ésta parecía ser reciente, con una fachada totalmente acristalada pero bastante ortogonal y conservadora. Distaba mucho del estilo futurista de la torre Stark. La leyenda corporativa se encontraba en la plaza de acceso al edificio.

— No son los únicos con amigos ricos —explicó Jones mientras descendía del auto. Steve le devolvió una mirada confusa a Natasha, que sólo arqueó una ceja como respuesta.

Accedieron al lobby detrás de Jones, mientras Steve guiaba a Murdock por el camino. La recepcionista saludó a Jones con un gesto de desdén. La detective intercambió unas palabras con ella, antes que levantara el teléfono para hacer una llamada y, con una mirada de incredulidad, permitirles pasar a uno de los elevadores.

Las puertas se abrieron en uno de los pisos finales. Frente a ellos, un pequeño lobby privado que conducía sólo a tres puertas dobles más, los recibió. Jones entró a la segunda, justo al costado izquierdo, sin previo aviso. Con la misma familiaridad de quien llega a casa. Natasha estudió las dos puertas cerradas tras ellas notando las leyendas sobre ellas. Eran las oficinas privadas de otros dos directivos de la corporación. "Joy Meachum" y "Ward Meachum", respectivamente. Junto a la puerta que Jones cruzó se leía "Daniel Rand".

Natasha se adentró con cautela al espacio. Era una oficina amplia. Un escritorio acristalado ocupaba únicamente la mitad del recinto, con la vista a la ciudad de fondo. El resto era ocupado por una sala de estar con espacio para nueve personas y una cava personal. Lo demás era la puerta que Natasha supuso, sería el baño y estanterías. Encontró con curiosidad una katana exhibiéndose en uno de ellos, y algunas pinturas que representaban a algún pueblo oriental. Natasha no logró identificar cual. Era un espacio más bien conservador, comparado con la excéntrica y futurista decoración del pethouse de Stark. En el estar, Jones hablaba en susurros con un hombre sentado en el reposa brazos del sillón. Rondaba los treinta años, cabello castaño claro rizado y una mirada desafiante. Escuchaba atentamente a Jones, cubriendo su boca con su mano en un gesto pensativo. Vestía saco y corbata, pero los combinaba con unos pantalones de chándal y zapatos deportivos. No parecía el personaje corporativo típico que ella esperaba. El hombre levantó la vista cuando la vio entrar y cambió su semblante a una sonrisa amable. La espía esperó por el escalofrío anticipado a una emboscada –porque ella nunca dejaría de desconfiar si se trataba del trabajo– pero no encontró nada que le advirtiera peligro.

— Señorita Romanoff —el hombre se acercó para ofrecer su mano como saludo —Señor Rogers —dijo, alcanzando al soldado —Murdock —saludó finalmente —Soy Daniel Rand, un viejo amigo de Matt y Jessica.

— Eso de viejo está demás —comentó la detective, acercándose a la cava y sirviéndose un trago con total comodidad.

— Jessica me habló de lo que sucede —añadió él, ignorando el comentario de Jones —Y quiero ayudarlos.

Natasha se tomó un momento para observarlo con atención. No parecía una trampa en absoluto. Rand era tan transparente que ella no guardó dudas de sus intenciones. Lo que logró leer camino allí era solamente una trágica historia del huérfano que creció lejos de su hogar y desconectado del mundo. Una pieza importante de la historia no estaba en su archivo, pero se prometió a si misma a descubrirla sobre la marcha.

— ¿Y cómo podría ayudarnos Sr. Rand?

A su lado, Steve se adelantó a la pregunta. El hombre ni siquiera dudó cuando les entregó una pila de gruesas carpetas que parecieron ser la respuesta a su pregunta. Intercambió una mirada rápida con ella, antes de tomar lo que Rand les entregaba.

— Hace un mes, mis socios consolidaron una alianza comercial con Stark Industries —explicó Daniel, con gesto afligido, echando un vistazo a su escritorio — Alianza de la cual no se me informó.

— Deberías considerar de vez en cuando venir a la oficina —añadió Jones distraída, bebiendo de su trago.

— Dios Jessica, son las 10 de la mañana —murmuró Murdock, claramente decepcionado de la actitud de la mujer.

— Y debí tener mi primer trago desde hace una hora —aclaró ella, hundiéndose en el sofá junto a él —Ahora bien, tus socios te sacaron del asunto, ¿no?

Rand suspiró, haciendo una pausa cautelosa antes de continuar.

— No he estado mucho por aquí últimamente.

— Correcto —confirmó Jones.

— Así que cuando regresé, descubrí que la alianza con Stark Industries llevaba casi un año cocinándose. Y yo solo tenía acceso a una pequeña parte de todo la información. El día que el Sr. Stark vino aquí a firmar el contrato, el trabajo estaba hecho. Fue entonces cuando logré acceder al acuerdo —recordó él —pero era demasiado…

— Anularon su participación en el acuerdo —aclaró sin rodeos Murdock —De esa forma lograban que Empresas Rand junto con Stark Industries se embarcaran en el mercado farmacéutico. Un giro en el cual Stark nunca había incursionado pero que, curiosamente, llevaba apenas unos cuantos meses trabajando en ello, desarrollando algunas patentes de tecnología médica.

— Pensé que esa área era cubierta por la Dra. Cho —murmuró Steve a Natasha.

— Biotecnología quirúrgica, no farmacéutica Steve —aclaró ella —las razones son obvias. No entiendo como Pepper accedió…

— Se manejó como una incursión en tecnología para la producción de medicamento de bajo costo para países en vías de desarrollo, algo que interesó a Stark Industries y su nuevo enfoque humanista —resumió Murdock —Lo que ocultaron fue que Empresas Rand podía operar en total confidencialidad sobre los avances del proyecto sin tener que rendir cuentas a Stark Industries pero aprovechando el potencial de la tecnología que pudieran brindarles. Todo esto en unas cuantas clausulas bien redactadas que el departamento legal de Stark pasó por alto.

— Espera, ¿estás diciendo que engañaron al equipo legal de Stark?

Murdock asintió lentamente. Natasha volvió con Steve, que parecía no comprender bien del todo hacia donde marchaban las cosas.

— No lo supe hasta semanas después, cuando Matt pudo leerlo —confesó Rand, visiblemente apenado.

— ¿Tony lo sabía? —insistió Steve. Confiaba en el criterio del genio y como era casi imposible que cayera en una trampa así.

— No lo sabemos —aclaró Murdock ahora, visiblemente decepcionado. —Queremos creer que confió demasiado en las personas equivocadas.

— ¿Potts? —indagó Steve, sentándose ahora cerca de Murdock.

Él negó.

— Miller.

Steve masajeó el puente de su nariz, agotado.

— ¿Por qué Miller? —preguntó él, casi murmurando, como una protesta.

— ¿Y por qué no Cap? —resolvió Jessica, dejando su vaso sobre la mesa de centro y echándose hacia delante en la conversación —El tipo tiene una empresa que se dedica al desarrollo de la tecnología que Stark Industries buscaba impulsar en su alianza con Rand —ella le dedicó una mirada severa a Rand antes de volver con Steve. —Además de tener bastante afinidad con Stark —agregó, con una sonrisa traviesa.

— Stark confiaba en él, y la alianza con Rand pautaba que Miller Enterprise llevaría a cabo la auditoría de los avances y supervisaría el proyecto en representación de Stark Industries —terminó exponiendo el abogado.

— Y adivinen quien terminó siendo el dealer de cabecera de Stark —añadió Jones, como si fuese obvio. —Además de la misma composición química que la jodida droga que consumía mi cliente.

Steve frunció el ceño, confundido.

— Pero Miller está limpio, Natasha lo interrogó.

A su lado, la espía suspiró.

— Algo no estaba bien con él Cap.

Jones intercambió una mirada significativa con Rand. Si Murdock no fuese invidente, Steve estaba seguro que también lo habría hecho.

— Si sobre eso…

Su nombre era Kevin Thompson, o como la mafia lo conocía, Killgrave. Apareció en la vida de Jessica Jones cuando aún era bastante joven. Ella no entró en detalles al respecto, pero la razón era evidente: el hombre poseía la habilidad de someter a control mental a las personas con sólo darles órdenes. Un escalofrío recorrió a Steve cuando la mujer habló respecto a ello. Ella fue una de sus víctimas años atrás. El hombre la obligó a vivir junto a él y la uso como arma. Fue cuando entonces, Steve hizo la pregunta adecuada:

— ¿Cómo es eso posible?

La pausa que siguió a aquella pregunta fue la más larga e incómoda que Natasha y Steve presenciaron desde la primera vez que se encontraron con ellos en la torre Stark. Hubo una conversación silenciosa entre los tres que no comprendió. Luego Murdock murmuró, luego de dibujarse una sonrisa burlona:

— Es tu momento de brillar, Jessica.

La mujer entrecerró los ojos hacia el hombre, irritada. Rand soltó una risilla por debajo, antes de que la detective se incorporara para acercarse a Steve, ofreciendo su mano para retarlo a pulsear (*Vencidas).

— Permítame explicarlo Capitán.

Steve la observó unos segundos, confundido.

— No creo que quieras hacerlo…

— En realidad sí que quiero —dijo ella, colocando su brazo sobre la mesa de centro. Steve observó a la pequeña mujer prepararse, esperándole con impaciencia. Giró hacia Natasha, que contemplaba divertida la escena, esperando algún tipo de respaldo que nunca llegó. Suspiró, resignado, sin entender el hilo de la idea. Era casi ridículo la diferencia de diámetro de sus brazos. El delgado brazo de Jones lucía frágil al lado de los súper desarrollados bíceps de Steve. Hasta podría decir que la mujer necesitaba ganar algo de peso. No estaba muy seguro de lo que lograría hasta que comenzó a aplicar fuerza con una cautela casi quirúrgica para no lastimarla, y se encontró con una férrea resistencia. Levantó la vista hacía la mujer, que lucía impasible. Aplicó un poco más de fuerza –la que usaría en un golpe de entrenamiento- sin ningún cambio. Fue cuando comenzó a sentir como la presión del brazo de Jones lo empujaba en sentido contrario. Y sólo entonces, Steve comenzó a utilizar su verdadera fuerza. Se sorprendió cuando aumentó la presión sin un cambio de posición en el brazo de Jones. Cuando ella empujó de vuelta, la mesa crujió bajo sus codos, y dos segundos después se fracturaba luego de un rápido movimiento donde su brazo se encontró totalmente vencido sobre la superficie.

—Odiaría pensar que me dejo ganar Capitán.

Steve admiraba la mesa destrozada bajo ellos y entonces recordó la puerta de la bóveda de Stark volando como hoja seca. Levantó la vista a la mujer, que volvía a tomar su lugar junto al abogado con total tranquilidad. La sonrisa complaciente de Murdock y el gesto divertido de Rand le explicaron el resto.

— Y cómo decía, me uso como arma —concluyó ella.

— ¿Lo sabías? —Steve se volvió con Natasha, que no podía esconder su sonrisa.

— Sólo quería saber quién vencería —le resolvió ella, encogiendo los hombros.

— ¿Algo más que deba saber? —añadió Steve, dándoles una mirada severa cómo quien reprende a un grupo de niños.

— Quizá en otro momento —sugirió Murdock, visiblemente incómodo. Steve no entendía que podía ocultar un abogado invidente, pero en éste punto, estaba más abierto a cualquier sorpresa que viniera de ellos. Quizá ahora entendía mejor porque se sentía tan cómodo involucrándolos en el caso: tenían convicciones. Quizá bajo las capas de alcohol y rebeldía, Jones ocultaba a una justiciera de tiempo completo. Por su lado, Rand y Murdock tendrían que dar más explicaciones.

— No hay tiempo ahora mismo —sentenció Natasha, sin levantar la vista de los documentos que Rand le entregó —Tenemos algunos lugares que visitar —dijo, colocando sobre los restos de la mesa unas cuantas hojas de los archivos —Son las nuevas instalaciones que Empresas Rand usaría para desarrollar su línea farmacéutica. Son dos locaciones distintas.

Steve echó un vistazo a los documentos, que tenían imágenes satelitales de las ubicaciones, así como planos de los conjuntos industriales. Una se ubicaba dentro del estado de Nueva York al norte, aislada, muy cerca de la frontera canadiense, en Jefferson. La segunda, en la zona industrial a las afueras de San Francisco. Dos extremos del país. Su estómago se contrajo, incómodo, al notar la cantidad de tiempo que estaban perdiendo ahora mismo. Era la pista más cercana que lograban conseguir en semanas. Necesitaban informar a Fury, reunir al equipo y armar un plan.

— Sé lo que estás pensando Cap, pero no podemos ir ahora mismo a derribar las puertas de estos dos sitios —le recordó Natasha. —Necesitamos una orden y un plan sólido. Es un mutante con quien tratamos.

— Uno que puede doblegar a cualquiera a su voluntad —les recordó Jones.

— Y quizá algunos más —sugirió Rand, rompiendo el silencio que guardaba.

— ¿A qué se refiere? —cuestionó Steve.

— Se llaman a sí mismos "La Mano" —explicó Rand. —Son una organización criminal milenaria que se remonta a mediados del siglo XVI. Están infiltrados en todas las esferas de poder en el mundo oriental y comienzan a echar raíces aquí. Son guerreros ninja altamente entrenados y eficientes. Practican magia oculta, y sospechamos que tienen entre sus filas a varios mutantes.

Steve levantó las cejas. Nunca dejaba de sorprenderse, pero tenía suficiente en su historial como para saber que la magia, los dioses y la ciencia avanzada existía. Bastaba con recordar a Thor, Loki o incluso la piedra que residía en la frente de Vision. Pero saberlo no evitaba que sintiera escalofríos de solo pensarlo.

— Killgrave tiene que estar entre sus filas ahora —aseguró Jones. — Y si está con ellos, necesitaremos ser cuidadosos.

— ¿Jessica Jones pidiendo ser cuidadosos? —soltó Rand, divertido, sólo para ser reprimido por una dura mirada de la detective.

— Si Miller está bajo sus órdenes, entrará en contacto con él en cualquier momento —recordó Natasha. —Si vamos directo a éstas instalaciones podríamos caer en una emboscada. Miller nos dará una ventaja.

— Fury necesita saberlo —recordó Steve.

— Ya lo sabe, él se encargará de los protocolos —le aseguró Natasha enfrascada en su móvil, y dios, Steve quería abrazarla allí mismo porque no sabía que haría sin ella.

— Yo iré tras Miller —se ofreció Jones —si va al encuentro de Killgrave, necesitarán cuidar bien sus espaldas. Conozco al hombre.

— Jessica…

— Tranquilo Rand, lo conozco —aseguró ella ante la mirada preocupada del hombre.

— Iré contigo —se ofreció Rand. Steve quería saber ahora cómo es que Daniel Rand podría ayudar, pero sabía que podía confiar y necesitaban más personal.

— Hill enviará agentes a San Francisco a vigilar las instalaciones, mientras tanto nosotros iremos por las de Jefferson —resolvió Natasha por su cuenta. De pronto, Steve notó como ella parecía estar dirigiendo las cosas no sólo en ese momento, sino durante las últimas semanas. Se preguntó si en realidad podía continuar siendo el líder ahora. Asintió de vuelta, apoyando el plan de la espía, antes de volverse con sus nuevos colegas.

— En cuanto tengan la pista de Killgrave iremos con ustedes —aseguró Steve —tenemos a las personas indicadas para darle algunos problemas.

Jessica sonrió, satisfecha.

— Nos vamos a divertir mucho juntos, Cap.

. . . . . . . . . . . . . . . .

— ¿Te siguieron? —la voz de Killgrave resonó en el solitario callejón. La lámpara sobre ellos apenas lograba iluminar la silueta del hombre. La luz amarillenta del viejo arbotante reveló el gesto impávido de Miller. Pasó de una expresión serena y despreocupada al horror.

— Por favor no…

— Responde mis preguntas y no te muevas —ordenó Killgrave, y Jessica pudo sentir como doblaba la voluntad de Miller a su gusto. — ¿Te siguieron?

— No —murmuró él hombre, con un gesto afligido. Su rostro ahora estaba contorsionado en la desesperación y dolor. Jessica lo entendía perfectamente. El chico apenas comenzaba a recuperar su voluntad cuando Killgrave lo encontró para perpetuar el control sobre su mente. Ahora mismo, el verdadero Miller rasguñaba el fondo de su autocontrol, y toda la desesperación sumada con el horror de saberse un títere cayó de golpe en su consciencia. Tuvo que poner de toda su endereza para continuar observando la escena sin intervenir. Una mano se posó en su hombro, como muestra de apoyo. A su lado, Rand le devolvió una mirada comprensiva y un asentimiento. Era lo correcto. Miller viviría otras cuantas horas más en contra de su voluntad como señuelo. Necesitaban que Miller siguiera funcionando bajo las órdenes de Killgrave para averiguar el paradero de Stark. Luego le liberarían.

— ¿Te han llamado a un interrogatorio? —continuó el hombre de purpura, rodeando a un indefenso Miller que apenas contenía unos silenciosos sollozos.

— Sí.

— ¿Quiénes?

Hubo una pausa. Jessica sabía que el chico estaba luchando. Pero el poder de Killgrave era demoledor.

— SHIELD.

— ¿Qué agentes?

— María Hill —murmuró él, luchando contra su propio cuerpo para desobedecer a Killgrave — Natasha Romanoff —continuó. —Un tal Phil Coulson, y otro agente, Fitz…

Killgrave asiente, conforme.

— ¿Algún otro más? ¿Un abogado ciego, o una detective alcohólica por allí?

A su lado, Daredevil respinga por debajo. Jessica lo observa, quieto como una gárgola, y entiende que Matt ya odia a este tipo con sólo escucharle. Abajo, en el callejón, Miller hace una pausa antes de continuar:

— No, no he visto a nadie así.

— ¿Estás seguro?

— Sí, lo estoy.

— ¿Estás siendo honesto? —presiona Killgrave.

— Sí, lo soy.

Killgrave rodea a Miller con lentitud, como un depredador acecha a su presa. El hombre sólo resopla con desesperación, inmóvil, contra su voluntad. Jessica no puede apreciar más detalles. A 4 pisos sobre la calle, solo son siluetas para ella.

— Prepara todo para la transferencia —indicó Killgrave, usando su voz imperiosa. —Estaremos listos para proceder en dos días. Te daré más información cuando llegue el momento. Vacía las arcas de Miller Enterprises y del fondo de Stark Industries para el proyecto. Extrae toda la información de patentes armamentistas, reactor ARC y tecnología Stark de la torre antes de la transacción. Y la localización del bunker.

El sollozo tímido de Miller llenó el callejón. Jessica sentía como se le helaba la sangre de oír aquellas ominosas órdenes.

— Cómo siempre, olvidarás mi nombre, éste encuentro y mi rostro —continuó Killgrave —regresarás a tu vida siendo tú mismo y…

Extrajo un objeto de su saco para entregárselo en la mano a Miller. Jessica no logró detectar lo que era. Daredevil maldijo por debajo pero, ni siquiera Rand logró verlo.

— Eliminarás a Virginia Potts antes de la transacción. Ahora, ¡vete!

. . . . . . . . . . . . . . . .

Informe Hill —el impasible rostro de Nick Fury se proyectó a través de la pantalla de la sala de juntas. A su lado, en una ventana contigua, la imagen de una agotada María Hill apareció. Lucía implacable como siempre, una mujer enfocada en su trabajo. Pero Steve notó como parecía reflejar un vacío extraño en su semblante que no era propio de la mujer.

Las instalaciones de San Francisco se encuentran en remodelación. El flujo de personal es operativo. Infiltramos algunos elementos que confirmaron que sólo se trata de instalaciones industriales —informó ella desde el otro lado de la pantalla.

Steve sintió el pinchazo doloroso en su pecho, y como comenzaba a inquietarle la noticia. Sólo quedaba por confirmar el estado de las instalaciones en Jefferson. La incertidumbre lo tomó por sorpresa. Si no encontraba ningún rastro de Tony allí, estaría de nuevo en un callejón sin salida. Ahora mismo esperaba las noticias de Jones para continuar.

Rogers, reúna a su equipo para vigilancia y asalto —ordenó Fury — Nos desplegaremos mañana por la tarde.

— Entendido Señor.

El hombre asintió de vuelta, antes de que su imagen desapareciera de la pantalla. Natasha se volvió con él con una mirada decidida.

— Lo encontraremos Steve —le prometió ella. —Estará bien.

Steve asintió, poco convencido.

— ¿Alguna noticia de Jones?

Natasha consultó su móvil. Su expresión se endureció con un rastro de preocupación. Steve aguardó unos instantes esperando la respuesta de la espía, quien solo articuló unos momentos antes de continuar.

— Murdock está en camino. Dice que es importante.

— ¿Ocurre algo?

— Jones y Rand están siguiendo a Miller, han pedido que resguardemos a Pepper.

— ¿Por qué Pepper?

— Miller —zanjó ella como si de pronto todo tuviese sentido, volviendo a teclear un mensaje con desesperación.

Steve asintió, inquieto de pronto.

— Friday, ¿tienes la ubicación de la señorita Potts?

La IA tardó unos segundos en responder a Steve.

Se encuentra en camino a Nueva York desde Whasington D.C., arribará en 40 minutos.

— Pepper está al tanto, un equipo de seguridad estará con ella en cuanto toque tierra —aseguró Natasha, soltado aire, aliviada.

— ¿Qué es lo que averiguó Jones? —murmuró Steve, más para sí mismo que para la espía. Ella lo observó, dudando unos segundos, antes de apresurarse a salir.

— Preguntémosle a Murdock.

Steve la siguió de inmediato, saliendo de la sala de juntas del complejo. Cruzaron los corredores principales hasta alcanzar el ala este, donde se encontraba el acceso. Ahora mismo el personal abarrotaba el área de comunicaciones, apoyando al equipo de asalto que se encontraba en San Francisco y montando la logística para el equipo que se dirigiría a Jefferson. Era solo gente de Fury y contactos más confiables de Hill, así que le tranquilizaba saber que la misión estaría en buenas manos. No podía permitirse otro error, no con esto. No ahora. No con Tony.

— Allí viene. —Natasha de adelantó hasta la puerta del complejo, donde a través del camino de acceso, un sedán de lujo se aproximaba. Cuando estuvo lo suficientemente cerca notó que las placas indicaban que el vehículo era de Rand. El hombre se puso a su disposición sin replicar. Steve tendría que agradecerles la ayuda después. El abogado descendió con tanta facilidad del vehículo que sorprendió a Steve. Tenía las piezas del rompecabezas sobre Murdock alineadas y a punto de hacer clic, pero su mente estaba tan agotada, gastando hasta su último ápice de energía en encontrar a Tony que guardó todas sus sospechas sobre el hombre en un rincón de su mente.

— Disculpen que llegue así, pero…

— ¿Qué ocurre con Potts? —se adelantó Steve.

El abogado endureció sus rasgos. Tras sus gafas oscuras, frunció el ceño con preocupación.

— Irá por ella.

— ¿Quién?

— Miller —Steve notó como el abogado tensó su mandíbula después de responder. Encontró en ello una reacción muy personal. Porque Murdock era el tipo de persona que odiaba las injusticias, estaba claro. Steve lo entendía perfectamente. Más cuando se trataba de alguien tan cercano a él. Steve no conocía mucho a Pepper, pero entendía porque era una persona tan apreciada por Tony. Amenazar su vida era un ataque directo a Tony mismo.

— La resguardaremos, estamos en ello —aseguró Natasha.

— ¿Qué hay de Jones y Rand? —Steve necesitaba tener un poco de esperanza ahora mismo.

Murdock dudó un momento, antes de responderle.

— Están tras Miller ahora mismo, salió de la ciudad, al parecer se dirige a Jefferson —indicó Murdock. —Jones consiguió su agenda, y tiene una reunión mañana temprano, así que sólo va de visita.

El corazón de Steve se aceleró al escucharlo. Natasha observó a su alrededor, antes de indicarle a Steve ir a otro sitio.

— Sr. Murdock, será mejor que lo hablemos en privado.

El hombre asintió y Steve lo tomó del brazo, ofreciéndose a guiarlo. Natasha lo observó con diversión antes de avanzar por delante. Cuando volvió con Murdock se encontró que el hombre también tenía una media sonrisa que compartía con la espía. De pronto se sintió fuera de lugar. Quizá lo estaba.

Natasha los guío de nuevo a la sala de juntas, donde Steve le ofreció una silla al abogado.

— Nuestro equipo planea un asaltó a Jefferson en las próximas 72 horas —informó ella apenas cerrar la puerta tras de sí.

El abogado la escuchó sin sorprenderse.

— ¿Están seguros que encontrarán a Stark allí? —cuestionó él.

El estómago de Steve se contrajo dolorosamente al pensar en la posibilidad de no encontrarle.

— El equipo tiene imágenes satelitales de la zona que comprueban una gran cantidad de movimiento de vehículos blindados estas últimas semanas. Una de ellas es de un convoy que llegó a las instalaciones unas horas después del incidente del teatro —resolvió Natasha.

— ¿Quién irá con Virginia Potts?

— Un equipo de protección de los nuestros —le respondió ella. El abogado meditó un momento.

— Si Potts se resguarda, Miller sabrá que lo hemos descubierto y perderemos cualquier oportunidad en Jefferson.

Steve y Natasha intercambiaron una mirada preocupada, cayendo en cuenta ahora, que la ventana de oportunidad era muy pequeña y corta.

— Potts debe mantener las cosas bajo control con Miller —sugirió él.

Natasha asintió, cómo si comprendiera todo de golpe.

— ¿Cuál es su plan, entonces? —Steve preguntó, inquieto.

El abogado suspiró, antes de volverse con ellos:

— Asaltar Jefferson ésta noche.

. . . . . . . . . . . . . . . .

Tropezó al dar el primer paso dentro. Su costado derecho recibió el golpe seco, desorientándolo. No es que tuviera la mayor claridad mental en ese momento. Su cerebro luchó para registrar lo que ocurría desde que le sacaron de su habitación. Los recuerdos eran apenas parpadeos. La rutina era la misma: ser desnudado, limpiado y vestido para luego ser llevado ante su captor. Pero su mente agotada y cansada ya no lograba aferrarse a la realidad por mucho tiempo.

Hasta que, tumbado en el suelo, levantó su vista y se encontró con un par de ojos que conocía.

— ¿Esa es la forma en que saludamos a nuestros invitados, Tony?

Ignoró el llamado de su captor y cómo el hecho de no responderle le causaba escalofríos. Miller le sonrió de vuelta, como si fuese un encuentro casual en un restaurante, un día cualquiera, y no estuviese secuestrado compartiendo la mesa con su captor. No pudo evitar que la ira comenzara a burbujear dentro de él.

Maldito traidor.

— Hola Tony —saludó él, con una sonrisa amplia.

Él no respondió de vuelta, enfocándose en intentar levantarse. Su cuerpo le pareció pesar toneladas, y sólo logró que su vista se nublara al cambiar de posición. Luego de un par de intentos, la sonrisa de su captor se borró. Tony, por su parte, dejó de luchar, mientras escuchaba a su captor acercarse. Ahora mismo se sentía completamente indefenso e inútil. Estaba tan débil que ni siquiera podía soportar su propio peso para impulsarse. El hombre lo tomó del brazo sin mucho cuidado, antes de jalarlo sin delicadeza hacía arriba.

— Deja los juegos para otro día Stark —le masculló en el oído, mientras el agarre alrededor de su brazo se volvía cada vez más fuerte, lastimándole. Miller observó con gesto encantado la interacción, antes de que su captor lo lanzara con violencia contra la silla. Tony logró aferrarse, evitando por poco caer de nuevo.

— Veo que se divierten —comentó Miller, dándole un sorbo a su copa. Su captor volvió a su lugar, cruzando las manos sobre la mesa.

— Recuerda que aún te queda mucho trabajo por hacer —le respondió el hombre a Miller.

— Estoy en ello —aseguró Miller. Tony intentó ponerse al corriente de la conversación, pero su cabeza comenzaba a palpitar dolorosamente en el inicio de lo que sería una larga migraña.

— Puedes traerle un recuerdo de Potts para Tony —comentó su captor —un regalo de despedida.

Su mente se agudizó de golpe, al escucharles nombrar a Pepper. Sintió el golpe de adrenalina que su cuerpo expidió junto con el golpeteo doloroso de su corazón en su pecho. Se enderezó sobre su silla, ignorando el dolor palpitante en el brazo con el cual le levantaron del suelo. Ahora mismo solo había dolor y más dolor todo el maldito tiempo, y Tony comenzaba a acostumbrarse. Podían meterse con él cuanto quisieran. Quizá lo merecía. Pero nadie tocaba a sus amigos.

Nadie.

— ¿Qué quieres de Pepper? —escupió Tony.

Miller encogió los hombros, desentendido.

— No quiero nada de ella —resolvió —Cumplió su función y ahora la eliminamos.

Tony observó unos segundos.

— Ni siquiera te atrevas, maldito bastardo —masculló, antes de saltar sobre el hombre. Ni siquiera lo planeo. Supo que tomó un cubierto de la mesa, porque aún continuaba en su mano cuando su captor lo envió de vuelta al piso. De alguna forma, barrió con parte de la mesa y el mantel que le cubría, y descubrió luego, que la sangre que manchaba el piso era la suya. Sólo recuerda ver la sonrisa pedante, casi divertida de Miller, mientras su captor impactaba su puño en su abdomen repetidamente hasta doblegarlo. Sus guardias entraron para arrastrarle fuera, rápidamente, casi con piedad. Quizá porque ellos mismos podían sentir la ira incontrolada de su jefe en cada golpe contra Tony, y cómo no parecía planear detenerse. El dolor le aturdió hasta después de varios minutos de ser abandonado de vuelta a su habitáculo. Su cabeza no paraba de girar entre el dolor y el olor a sangre, y la angustia trepando en cada extremidad suya hasta enloquecerlo.

Irían por Pepper.

Ellos matarían a Pepper.

. . . . . . . . . . . . . . . .

"Puedo escuchar tus pensamientos hasta aquí".

Steve tragó saliva con dificultad. En otra situación, Natasha le provocaría una sonrisa, pero no ahora. El viento chocó contra él, en una ráfaga helada, perdiendo algunos segundos valiosos de comunicación.

— Mantengan sus posiciones —ordenó él.

Fijo su vista en el complejo que se encontraba a unos 200 metros de él. Rodeado por un cercado electrificado. Encontraron tres torres de vigilancia a lo largo del lado norte del complejo. El equipo se desplegó en tres puntos de acceso distintos. Lograron tener una lectura superficial del complejo gracias a Friday, pero no la distribución interna. Así que acordaron infiltrarse hasta recorrer cada rincón hasta encontrar a Tony. Los hombres que custodiaban los accesos estaban armados, quizá dentro habría más. Steve odiaba la idea de saber que si no lograban encontrar a Stark, podrían perder tiempo y algunas vidas en el intento.

— Alguien está saliendo de allí —murmuró a su lado Murdock.

O Daredevil, como se hacía llamar.

No tuvo mucho tiempo para impresionarse. Decidió que tendría tiempo para asimilarlo después de rescatar a Tony. Tendría que acostumbrarse, sobre la marcha, a la idea de que el hombre que lucharía a su lado estaba completamente ciego, aunque poseía cuatro sentidos súper desarrollados que lo compensaban. Ataviado con un traje borgoña a prueba de balas y con los ojos completamente cubiertos, parecía todo, menos un abogado invidente de Hell's Kitchen.

— Si encuentras a Killgrave necesitarás alejarte —sugirió Murdock. Allí, camuflado en medio del bosque, no quedaba nada del hombre amable que Steve conocía. Incluso su porte era distinto, como si el traje le otorgara una personalidad diametralmente opuesta a su identidad como civil.

— ¿Tú lo harías?

El hombre sonrío, pero no contestó. A la distancia, un convoy parecía estar por salir del complejo.

"Tenemos un claro al suroeste" informó Rhodes.

— Avancen ahora —ordenó Steve. Unos segundos más tarde, los custodios que resguardaban el frente norte abandonaron sus posiciones. Escuchó el sonido de las armas y los gritos de ataque que provenían desde el otro lado.

— Ahora equipo 3 —ordenó, antes de saltar hacía el frente y correr hasta llegar al frente. Lanzó una granada eléctrica que revirtió la energía del cercado y abrió un hueco lo suficientemente grande para adentrarse en el complejo. Se dirigió hasta el segundo edificio, mientras consultaba el plano que Friday recopilaba en tiempo real basado en el avance de exploración del primer grupo de asalto. Echó un vistazo sobre su hombro para asegurarse que el hombre de rojo venía tras él. Le descubrió bastante cerca, corriendo hacia él y evadiendo obstáculos en el camino con tanta facilidad como si no estuviese ciego. Steve no pudo evitar sentirse estúpido al recordar que guio a ese hombre durante varios días como un perro lazarillo. Llegó hasta la puerta del segundo edificio, que tenía un cierre de seguridad biométrico. Steve golpeó el dispositivo con su escudo, sin resultado.

— Eso no fue una buena idea Cap —alegó Natasha apenas llegando, acercándose tras él. Colocó un dispositivo pequeño en la puerta, que no tardó más que un par de segundos en abrirse ante ellos.

Steve entró, con Natasha y Daredevil siguiéndole de cerca. Las instalaciones no eran otra cosa más que almacenes y maquinaría de diferente tipología embalada. Apenas avanzaron unos cuantos metros cuando se encontraron con el primer grupo de atacantes. Un grupo de ocho hombres se desplegó ante ellos, todos en posición de ataque. Daredevil se adelantó y comenzó el ataque. Steve tuvo que recordarse que estaba en medio de una pelea y tenía que responder. El abogado peleaba de forma impecable. Derrumbaba a sus adversarios sin mucho esfuerzo, valiéndose más de su técnica de pelea que de su fuerza. Era evidente que su fortaleza no iba más allá de la de un humano común, pero cuando le vio enfrentarse a tres hombres al mismo tiempo sin problema, sabía que poco tendría que preocuparse por él. A su lado, Natasha se quitaba a un par de encima. Steve lanzó su escudo contra otro que estaba en camino a atacarle por la espalda. Se encargó de noquear al resto de hombres de pie, antes de continuar adentrándose en el complejo.

— Vienen más en camino —advirtió el abogado — Una docena de ellos.

— Cap, tienes que buscar a Stark.

— No voy a dejarlos solos —negó él.

— Si está aquí dentro, se lo llevarán antes que terminemos con sus custodios —le aseguró Daredevil —busque a Stark, estaremos bien.

Steve abrió la boca para protestar, pero un par de pasos más desde la dirección contraria al grupo de asalto que se acercaba lo puso en guardia. Steve giró con rapidez esperando encontrar un ataque, pero solo descubrió la sonrisa de un confiado Clint Barton.

— No es nuestro primer rodeo Cap —aseguró, tomando aire —por cierto, hola.

— Barton, no es…

— Yo te cubro Cap, estaré bien —cortó el hombre de las flechas —solo necesito calentar un poco.

Steve asintió, antes de alejarse y dejar al trío solos. Confiaba en la dupla de Barton y Natasha. Tenían suficiente experiencia trabajando juntos. Y ahora mismo, necesitaba confiar en Murdock también. Steve se adentró en el complejo. Eran largos corredores con pocas puertas. Descubrió, abriendo una a una, que no era más que corredores técnicos que conectaban a una línea de producción industrial. En algunas descubrió oficinas vacías. Luego de un par de almacenes más, escuchó un grupo de hombres movilizándose por los corredores cercanos a él.

Steve decidió que debía evitarlos cuanto le fuera posible y no perder tiempo valioso, así que se detuvo un momento, dentro de un pequeño almacén que encontró, hasta escucharles pasar de largo. Hubo una pausa antes que el caos de gritos y armas disparándose comenzara, entonces supo que no estaban tras él. Salió de allí cuando se aseguró de estar sólo. Abrió un par de puertas más, que estaban más aseguradas que las anteriores, y encontró dos escenarios peculiares. Una de ellas tenía regaderas abiertas, como los baños comunes de los dormitorios en el ejército. Sin ningún acabado de lujo y austeras. La otra albergaba un vestidor único, que tenía un enorme tocador equipado con distintos utensilios de limpieza personal. Parecía de uso reciente. Sintió su corazón martillar, inquieto y desesperado, dentro de sí. Se quedó unos segundos admirando las extrañas instalaciones, antes de continuar.

La siguiente puerta que encontró no estaba asegurada con una cerradura convencional, sino que contaba con un panel de alarma digital muy parecido al que encontró en la entrada al edificio. Sintió su corazón latir con fuerza en sus oídos. Buscó entre sus reservas algún arma que pudiera ayudarle, pero no tenía nada. Fue cuando se dio cuenta que sus manos estaban temblando. Analizó las posibilidades, y decidió resolverlo a su manera.

Impactó con su cuerpo de lleno contra la puerta. Las bisagras se reventaron con el impacto y la puerta se desplomó hacia el interior. Hubo un chillido doloroso para sus oídos sensibles, que dio aviso que la puerta acababa de ser demolida. Por un momento, al darse cuenta de lo pesada que era, temió lastimarle –si es que se encontraba allí-. Se mordió la lengua para no maldecir, y dio un vistazo rápido al interior. Sin ventanas al exterior, totalmente sellada, la blanca habitación era excesivamente pequeña. Encontró un inodoro metálico empotrado al muro derecho y nada más. La iluminación era tan intensa que su vista mejorada resintió el cambio de temperatura de color de la luz. No había rastros de ser habitado, y apenas cuando giró para salir del lugar, fue que lo encontró.

Dolió solo verle.

Vestía un traje satinado blanco, muy distinto al que portaba la noche en el teatro. Estaba limpio. Impecable, en realidad: cabello bien estilizado y una barba bien afeitada. No era la imagen más tradicional del típico rehén: sucio, descuidado y maltrecho. Incluso debía admitir, lucía mejor arreglado que los últimos días que compartió con él en la torre. Pero sus ojos enrojecidos, llenos de un terror tan profundo y su tez grisácea adornada por un hematoma violáceo en su quijada no ocultaban sus días de enclaustramiento. Tampoco lo hacían los pronunciados pómulos. Saltaba a la vista además, una especie de grilletes en sus muñecas y cuello. Steve se preguntó el objetivo de esos grilletes en él, y prefirió evadir las ideas sobre sus posibles usos. Lo observó unos segundos, congelado, antes de acercarse con cuidado, como quién se acerca a un animal asustado.

A Tony le tomó unos segundos reconocerlo. Cómo si dudara de que su presencia fuera real. Aún agazapado contra la esquina, abrazándose a sí mismo, lucía tan frágil y asustado. Reconoció en él ese gesto desesperado de alguien que no tiene nada más para protegerse que su propio cuerpo. Listo para recibir la inevitable agresión de quien fuera que le visitara.

Tony no buscaba luchar, huir o esconderse.

Se estaba rindiendo ante la posibilidad de defenderse, contrario al Stark que conocía, quien hubiese aprovechado la oportunidad para intentar escapar. No. Era pasivo. Aceptaba resignado, el ataque inminente.

— ¿Tony? —su voz salió casi estrangulada por la angustia. Al moreno le tomó unos segundos reconocerlo, como si no confiara en sus sentidos.

"Cap, ¿lo encontraste?" cuestionó Rhodes a través del auricular.

— Si, lo tengo.

Tony relajó su mirada cuando le escuchó hablar por el auricular.

"¿Está bien Cap? Dios, tienes que sacarlo de aquí, ahora". La orden de Rhodes se cortó cuando escuchó los disparos al fondo. Se estaban acercando. Debía salir ahora mismo de allí. Sus piernas tambalearon cuando acortó la distancia entre él y Tony. Le ofreció su mano con cautela, como quien se acerca a un niño asustado.

— ¿Cómo sé que eres tú? —musitó él genio por primera vez. Su voz sonaba ronca y monótona; observaba con desconfianza su mano extendida.

Él suspiró, casi desesperado.

— Porque soy el único idiota que volvería a buscarte aún después que lo lanzaste por la ventana.

El semblante de Tony se ablando un poco. Lo observó unos segundos, cómo si analizara si era adecuado volver a confiar en alguien, antes de extender su brazo y tomar su mano. En otras condiciones, Steve hubiese sonreído ante todo aquello. Pero el sólo sentir su huesuda mano entre sus dedos apoyarse débilmente le volcó el estómago de angustia. Steve tiró con toda la delicadeza que pudo del genio para incorporarlo. Un escalofrío le recorrió cuando sintió lo ligero que se sentía y cómo dependió de casi por completo de su fuerza para levantarse. En cuanto dio el primer pasó lo notó. Su pierna derecha estaba atascada. Steve observó con cuidado: los tobillos de Tony estaban rodeados por una especie de grilletes sin cadenas, iguales a los de sus muñecas y cuello. Pero estaba completamente pegador al suelo. Cómo si escuchara la pregunta en su mente, Tony respondió:

— La habitación usa una especie de magnetismo —murmuró, casi asustado.

Steve se concentró en jalar con más fuerza la pierna de Tony, pero sin lograr liberarla. Se inclinó para jalar desde el grillete.

— Detente —murmuró agónico Tony, y Steve cayó en cuenta que le estaba lastimando. Pero no había más tiempo. El ruido de la pelea contra los custodios sonaba cada vez más cerca, y la alarma no paraba de sonar. En un acto de desesperación, Steve reventó el grillete con sus manos, liberando la pierna de Tony. Su tobillo quedó expuesto al rojo vivo, la marca de piel maltrecha bajo el grillete. Steve tuvo que contener su respiración para enfocarse. Se incorporó junto con Tony para salir. Sintió el cuerpo del genio tambalearse, débil, dar unos cuantos pasos hacía el frente. Steve tomó el brazo de Tony, sin encontrar resistencia, para pasarlo sobre sus hombros y servirle de apoyo.

— ¿Estás bien? —Steve observó con cuidado la respiración agitada del genio. Él sólo asintió de vuelta, recuperando el semblante aterrorizado unos segundos antes.

Fuera, los disparos se atenuaron unos segundos, antes de regresar con más frecuencia y cercanía. Tony se estremeció a su lado.

— Tendremos que correr un poco —le avisó. Él asintió, pasmado. Steve salió primero, asegurándose que el pasillo estuviese despejado. A su lado, Tony comenzó a correr, siguiéndole. Giraron en el primer corredor, tomando el camino de vuelta donde Steve llegó. Se detuvieron dos cruces más adelante, cuando escucharon los golpes secos de una pelea llevándose a cabo cerca. Steve aprovechó para apoyar al genio contra el muro y descansar un poco. No es que él lo necesitara. Pero Tony parecía especialmente agotado. El rubio se acercó con cuidado a la esquina del cruce de corredores. Logró ver, a cuatro metros de ellos, a Daredevil derribar a tres sujetos que le atacaban. Steve apenas podía creer que el sujeto tras la máscara estaba ciego. Con sus movimientos tan fluidos y certeros nadie lo adivinaría. Derribó en cuatro movimientos a sus enemigos, antes de pararse en seco e inclinar su rostro, como si escuchara con atención los sonidos a su alrededor.

— Despejado Capitán —confirmó Daredevil, adivinando su presencia cerca.

— Gracias —musitó casi en un susurró que supo, el hombre captó sin mucho esfuerzo. Cuando Steve volvió para con Tony, éste se encontraba derrumbado en el suelo, más pálido que cuando le encontró.

— ¿Todo en orden?

Tony solo asintió, pero su respiración agitada no era una buena señal.

— Aún nos faltan unos 80 metros hasta la salida, te cargaré hasta allá.

— No —él intentó incorporarse sin mucho éxito. Steve le ayudó a poder hacerlo.

— Por favor Tony…

— Puedo hacerlo —le aseguró. Steve decidió no discutir más. Escuchaba pasos acelerados acercándose. Necesitaba seguir. El equipo estaba dejando el pellejo por esto, no debía desaprovechar la oportunidad. Continuaron su camino tan rápido como les fue posible. Tony no estaba corriendo. Apenas era una caminata vigorosa, pero no le presionó. Era lo mejor que podrían hacer. No podía interrumpir a Rhodes y pedirle que fuera por Tony para sacarlo de allí. Algo dentro de él realmente no quería separarse de Tony en absoluto. No cometería ese error de nuevo. Ralentizaron su paso subiendo por la rampa que los llevaba hasta la salida. Pateó con fuerza la puerta, encontrándose casi desierto el patio de acceso. Había decenas de vigilantes noqueados sobre la espesa capa de nieve, pero nadie que pudiera impedirles huir. Apenas dieron unos cuantos pasos fuera, Tony cayó sobre sus rodillas. Estaba hiperventilando sonoramente.

— Llamaré al quinjet… ¿estás bien?

— Deja… de… preguntarlo —musitó con debilidad el hombre, antes de desplomarse sobre la nieve.

— ¿Tony?

El genio continuó jadeando, aun consciente. Estaba pálido, preocupantemente pálido. Sus labios lucían un tinte azulado enfermizo. Tony temblaba tan fuerte que no sabía definir si era solo el frío o estaba convulsionando.

— Romanoff, necesito el quinjet ahora —su voz salió más temblorosa de lo que imaginó.

"Dame un minuto", le vociferó ella.

— ¡No tengo un minuto! El quinjet, ahora mismo.

"Yo te cubro" Rhodes replicó, preocupado. Apenas unos segundos después, War Machine aterrizaba con eco metálico sobre la nieve. El casco se contrajo para revelar la mirada preocupada de Rhodes.

— ¡¿Tony?! —Rhodes se inclinó sobre su amigo, pero no recibió respuesta. Parecía estar demasiado consumido por su malestar físico para responder. Rhodes se volvió para con Steve, preocupado — ¿Está bien?

— No lo sé, necesitamos llevarlo al hospital.

Rhodes se acercó a Tony de nuevo, antes de colocar su dedo, cubierto por la armadura, sobre el pecho de Tony. El semblante del moreno se arrugó de preocupación.

— Su presión arterial es muy baja. Y tiene hipotermia.

La armadura del Coronel se abrió. Rhodes emergió de ella de inmediato.

— Pongámoslo en la armadura. Lo llevará hasta el hospital y lo mantendrá caliente.

Steve asintió. Levantar a Tony hasta colocarlo dentro del caparazón hueco de War Machine no fue ningún problema. Era tan ligero que se estremeció. Lucía tan pequeño y frágil dentro de la fría armadura, que tuvo que recordarse que era un traje súper avanzado que le daría el calor que necesitaba y no sólo duro metal. Le dio un último vistazo al genio: apenas sostenido por el metal, lucía desorientado. Sus ojos observaban atentamente a Rhodes y Steve pero no encontró reconocimiento en ellos. Finalmente la armadura se cerró, tragándose el cuerpo de Tony.

— Llévalo al hospital más cercano y envía su ubicación del quinjet —le ordenó a su armadura Rhodey.

El traje despegó del suelo apenas recibió la orden. Le vio desaparecer en el cielo, como cientos de veces lo vio hacerlo en su armadura de Iron Man. La noche aún era bastante fría, pero tenía que confiar que era la mejor decisión.

"Capitán, su carruaje está aquí". Steve giró a sus espaldas, donde el zumbido del quinjet atrajo su atención.

— ¿Cómo está el equipo?

"Wanda capturó al líder. Visión y ella lo aseguraron. Hill y el resto de agentes neutralizaron el ataque. Nuestros nuevos amigos están evacuando." Steve asintió, antes de caminar hacia la nave. Odiaba dejarlos allí. Siempre era el último en quedarse hasta asegurarse que todos estaban a salvo. Pero una parte de él se desprendió cuando Tony se alejó dentro de la armadura de War Machine.

— Yo me encargo ahora Cap —tranquilizó Rhodes al rubio, leyendo la culpabilidad en su rostro —Los alcanzaré en el hospital.

— Gracias Coronel.

Él asintió, antes echarse a correr de vuelta al complejo.

Steve arribó la nave. Apenas puso dos pies dentro, Natasha cerró la compuerta.

— ¿Cómo está Stark? —inquirió, sin despegar su vista de los paneles de control.

Steve suspiró, mientras tomaba su lugar como copiloto.

— Débil, pero estable.

— Estará bien —le aseguró ella, dedicándole una mirada tranquilizadora. Asintió, sin mucho ánimo.

— ¿Tienes la ubicación de la armadura?

— Desde hace cinco minutos. Estará entrando sobre el espacio aéreo de la metrópoli en 10 minutos. Seguiré su ubicación.

Steve ajustó los últimos parámetros antes de sentir la nave acelerar. El cielo rural de Nueva York quedó atrás en unos cuantos minutos. Frente a él la ciudad se desplegó, llena de torres con luces brillantes.

— Cambio de ruta.

Steve giró hacía la espía.

— ¿Perdón?

— No se dirige al hospital. Conozco esa ruta él… —escudriñó el mapa unos segundos más con el semblante confundido —…él va a su torre.

— Es imposible, Rhodes le ordenó a la armadura llevarlo al hospital.

— Y Tony literalmente diseñó esa armadura —le recordó ella —te llevaré hacia allá.

La ciudad se difuminó en un borrón cuando Natasha giró la dirección de quinjet. Steve reconoció, unos segundos después, la zona aledaña a la torre Stark. El tiempo pareció ralentizarse mientras Natasha se encargaba de aterrizar sobre el helipuerto que se encontraba en los pisos finales, justo a la altura del pethouse de Tony. Su respiración se volvió irregular cuando reconoció la armadura inmóvil de War Machine abierta sobre la terraza del pethouse.

— ¿Steve?

Él no respondió, apresurándose a desabrocharse el arnés de seguridad del asiento. La escuchó protestar algo que realmente no detectó. Los motores de la nave seguían en marcha cuando Steve bajó a la plataforma. Acortó en unos segundos la distancia entre el helipuerto y el pethouse. Ni siquiera notó como Friday le permitió el acceso sin ninguna restricción.

— ¿Tony? — esperó unos segundos esperando una respuesta que nunca llegó.

El Sr. Stark se encuentra en la ducha, Capitán.

Steve corrió hacia la habitación que el recordaba era de Tony. Reconoció el saco blanco que llevaba puesto cuando lo encontró a unos pasos de la puerta hacía el baño. Se detuvo frente a la puerta cerrada, desde donde podía escuchar el agua correr suavemente. Esperó unos segundos mientras su respiración se ralentizaba, sin saber muy bien que hacer. No quería presionarlo ahora mismo. Conocía a Tony y sabía que de ser así, terminaría encerrándose en sí mismo y quizá no tendría otra oportunidad de ayudarlo. Pero tampoco podía dejarle, menos ahora. Tony necesitaría más ayuda que la médica. Tony necesitaba a sus amigos. Ésta vez, no lo dejaría solo.

Y allí, frente a la puerta cerrada, apenas a unos metros de Tony, Steve decidió que ésta vez no le abandonaría.


Whoa!

He disfrutado muchísimo escribir esto. Deseaba tener a éste par de nuevo juntos.

En éste capítulo en definitiva deseaba atar todos los cabos que venía dejando sueltos hasta ahora. Espero no haya quedado muy apresurado. La Mano seguirá dando más problemas más adelante tal vez, pero por ahora tenemos mucho que trabajar con Steve y Tony.

Me apegué a la versión de Killgrave de la serie de Jessica Jones, ya que creo que es con la que pudieran estar más relacionados, además de que el fiction se basa en el MCU. Aquí Killgrave no segrega hormonas para controlar a otros como en el cómic, sino que da órdenes directas.

Y sobre el juego de vencidas entre Steve y Jessica, aun no estoy muy segura quien de los dos sería más fuerte, pero claro que ganaría Jessica porque Steve no estaba preparado para ello. Simplemente deseaba esa interacción y no podía dejarla fuera.

Espero seguir actualizando con frecuencia ésta temporada. Mi salud tiene altibajos últimamente y eso me deprime demasiado. Estoy luchando un poco por mantenerme de buen ánimo y no dejar las cosas que me agrada hacer.

Gracias infinitas a todos los que dejaron su review y buenos deseos: SetaToxica, Alessandra Von Grey, Fio Gonzlez, DarkSkity, ysiktovar, MisaoxMori.

Espero se encuentren bien, ustedes y sus seres queridos. No quiero que suene cliché, pero en estos tiempos no hay más que desearles que se mantengan seguros, sanos y en casa. Esperemos todo esto pase de la mejor manera para todos.

Cuidense. Hasta la próxima.

Bethap