Advertencia: Fanfiction Angst. Puede contener violencia implícita o explícita, abuso de drogas, alcohol, abuso físico y sexual.


XXI

Chocolates y bombones.

14 DE FEBRERO, TORRE STARK, NUEVA YORK.

El Hulkbuster se cerró sobre su armadura.

Bien todos, ¡retírense!

Hulk rugió frente a él, y no pudo negar que algo dentro de sí se estremeció. La ciudad está abarrotada, e intenta concentrarse en soluciones para salvaguardar a las personas a su alrededor en lugar de aferrarse a su propio terror. Los cuerpos de emergencia comienzan a amotinarse alrededor, pero no tendrían oportunidad frente al hombre verde. Él tiene una armadura. Una doble.

Estará bien.

Escúchame, esa brujita manipuló tu mente. Eres más fuerte y listo que ella. ¡Eres Bruce Banner! Hulk rugió furioso como respuesta —Bien, bien, no menciono al débil Banner.

Un automóvil salió volando hacia él. Lo detiene a medio vuelo, mientras lo usa como escudo. Dos segundos después Hulk lo golpea y lanza hacia atrás. Levantó el vuelo de vuelta, regresando hacia Bruce, tomándolo por la cabeza antes de impactarlo contra el pavimento. Hulk se lo quitó de encima con una patada mientras aún seguía siendo arrastrado por el asfalto. Tony se incorporó, más lento de lo que le gustaría. El impacto es inevitable. Lo observó acercarse rápidamente, rugiendo, antes de desviarlo e intentar neutralizarlo con un rayo. El hombre verde chocó contra una camioneta de paquetería. No logra caminar dos pasos más allá, cuando Hulk vuelve y lo golpea en las costillas y lo lanza contra un edificio. El terror comienza a apoderarse de sus instintos cuando escucha la armadura cimbrarse ante el choque. Volvió a la pelea volando y se estabilizó. Apenas tocó el piso, de pie, Hulk lo atacó por la espalda con un poste.

¿En la espalda? Que golpe tan bajo.

Siente como pierde conexión con la extremidad y el monitor le indica que ha perdido la pieza totalmente. Necesitará gastar su primer refuerzo de Verónica. Pero Banner continuaba sobre él, arrancando con furia trozo a trozo, capa a capa, su caparazón de metal.

Verónica, ¡ayúdame!

Tony espera con paciencia unos segundos, mientras expulsa la pieza dañada, en espera de la refacción.

¿Verónica? —la pieza no llega. El daño se está profundizando. — ¿Jarvis?

Señor, el punto de anclaje de la articulación está demasiado dañado para recibir…

Un crujido agudo detiene a la IA.

¿Qué fue eso?

Perdimos el brazo derecho también, Señor. La integridad de la armadura está comprometida.

Observó con terror el monitor, mientras el temblor del ataque y el rugido sobre su espalda solo aumentaba.

Señor, sugiero que abandone el…

La voz de Jarvis se cortó. Su cuerpo está elevándose contra su voluntad. Un par de manos verdes y enormes rodearon su caja torácica cubierta ahora, solo por su traje de Iron Man. Lanzó un rayo contra el rostro de Banner, provocando que suelte el rugido más miserable que ha escuchado de su amigo. Pero no le suelta. El agarre solo empeoró cada vez más.

Jarvis está gritando algo que no logró comprender.

Escucha sus huesos crujir.

Oh dios, Banner lo va a matar.

No puede respirar.

. . .

. . .

Abre los ojos apenas su cuerpo conecta a su estado consciente de nuevo. Está sudando. Siente como su pijama está pegada a su pecho y espalda. El mundo gira a su alrededor y está hiperventilando, como si acabara de correr 5 millas. Pero está en casa, en su habitación, en su cama.

Está a salvo.

Echa sus piernas fuera de la cama para sentarse en ella, tomando su cabeza entre sus manos. Necesita estabilizarse. Su visión se oscurece unos segundos mientras su cuerpo se acostumbra al cambio de posición. Aún está temblando, pero se recuerda que fue solo un sueño. No fue real. Está a salvo. Bruce no lo mató.

No aún.

Las náuseas se amotinan en la boca de su estómago, y lo envían dando trompicones hasta el baño. Sus rodillas arden cuando golpean contra el suelo frío mientras se dobla sobre el inodoro. El abdomen se contrae, dolorido, forzando las arcadas. El líquido quema su garganta, pero no deja de convulsionar hasta que siente que ha sacado hasta el último ápice de ácido gástrico, terror y angustia alojados en su estómago. Se sienta de nuevo en el suelo, con la espalda contra la pared, esperando pacientemente a que el chillido en sus oídos disminuya. No es peor que una resaca. Él ha tenido muchas de esas antes. El recuerdo casi logra torcer las comisuras de sus labios en una sonrisa hueca.

¿Señor?

— Hum…

El Capitán Rogers pregunta por usted.

— Oh…

Hay una pausa larga. Una gotera insistente en el lavabo rompe el silencio.

El Capitán Rogers espera una respuesta.

Asiente, cansado.

— Claro.

¿Requiere ayuda Señor?

Suspira.

— No. —Ni ayuda, ni compasión, ¿cierto? —Estoy bien —escupe. Él solo necesita respirar. Un segundo para que su cabeza pare de dar vueltas. El sudor se ha enfriado y ha pegado la ropa a su piel. Es asqueroso. Quizá necesite una ducha.

Pero está cansado.

No se detenía a pensar suficiente en el asunto, pero muy en el fondo sabía que estaba llegando a su límite. Ese que creyó nunca tocaría. Está cansado. No, no está solo cansando. Corrección: está harto. De las pesadillas persiguiéndole sin tregua, la maldita medicina, cada jodida pastilla que ha tenido que meter en su cuerpo, no solo ahora, sino por años. Como si nunca más pudiera estar bien sin ellas, porque está demasiado roto. Está harto de las reprimendas de Rhodey, de Pepper y hasta de Happy. De los reproches de Fury, Natasha o incluso de Steve. De no poder nunca, por mucho que lo intente y se desgaste en ello, cumplir las expectativas que tienen de él. Porque podrá ser un cabrón pretendiendo que no le importa, pero, por un carajo, le importa y mucho. Lo único que continúa moviéndolo fuera de su cama ahora es la presión de saber que hay ojos sobre él, juzgándolo, esperando a que se rompa. Esperando que falle. Es el miedo el que lo mueve, el miedo a que todos descubran que en realidad es un fracaso. Un hombre roto que podría quedarse allí, tumbado en el sucio piso de su baño por el resto de su vida.

¿Requiere ayuda Señor? —insiste la IA.

— Carajo Fri, no necesitas preguntarlo cada dos minutos si…

Lo pregunté hace una hora con cuarenta minutos.

— ¿Perdón?

El corazón de Tony se detiene, y parpadea. Intenta mover sus piernas, y el hormigueo invade sus extremidades adormecidas. Empuja su peso hacía arriba con dificultad.

Señor, en vista del tiempo que lleva en reposo y su presión sanguínea, le recomendaría que…

— Silencio —Su vista se nubla por completo unos segundos, así que espera contra el muro mientras se estabiliza. Toma la primera bata que encuentra colgada en el baño y se cubre con ella. Agradece haberlo hecho, dos segundos después, cuando abre la puerta y se encuentra con el rostro consternado de Steve.

— ¿Tony?

Un sonido hueco, parecido a un quejido sale de su boca. No es voluntario, en absoluto. Es un intento de vocalización que queda corto cuando su cerebro procesa las arrugas que se arremolinan en la frente del rubio y la mirada preocupada que parece barrerlo de pies a cabeza.

— Me preguntaba si… —lleva su mano a su cabello, revolviéndolo de esa forma nerviosa que Tony conoce.

— Me gusta negro, sin azúcar. —Murmura, porque ahora mismo no puede responder de forma coherente y no quiere que el hombre termine preguntándole como está. Porque si alguien vuelve a hacerle esa pregunta, jura que va a romperle la nariz. Y honestamente el adora la nariz de Steve así que sería una lástima romperla…

¿Está pensando en la nariz del Capitán América?

— Lo sé —dice él, dibujándose una tímida sonrisa. —Pero me preguntaba si te gustaría acompañarlo con algo más sustancial.

Tony tiene que repasar la oración en su mente hasta que tenga sentido. Al parecer, Rogers está invitándolo a desayunar. Eso rompe la pequeña rutina del batido de vainilla aburrido que llega puntualmente a su taller cada mañana y cada noche. Encoge los hombros, indiferente. Su estómago recién vaciado está revolviéndose ante la idea, pero no encuentra apetito suficiente para aceptar la invitación. De igual forma, sabe que odiaría ser grosero con el hombre que ha tolerado sus cada vez más insoportables cambios de humor y lo último que desea es joder otra relación personal.

Si es que existe alguna de por medio entre Steve y él.

— No veo porque no.

Porque podrías devolverlo de inmediato, piensa.

Steve sonríe de una manera que le hace saber que ha hecho algo de lo que se arrepentirá.

— Es un buen lugar. Lo descubrí hace unos años cuando volví del hielo, es… algo anticuado pero supongo que por ello me gustó.

Oh, eso es…

— Te refieres a… ¿salir?

La sonrisa brillante se esfuma en cuanto lo pregunta.

— Entiendo si no te sientes cómodo….

Tony cruza los brazos en su pecho de forma protectora. Puede sentir como sus nervios se arremolinan en el fondo de su estómago y de pronto reconoce que hay algo nuevo allí. Justo ahora: no ha salido de su torre desde el rescate. Es extraño pensar en salir, cómo solía hacerlo en algún punto de su vida pasada. Aún más si esa salida es con el Capitán América. Ellos nunca salieron de esa forma. Como amigos. Todo siempre fue la camaradería en las cenas cuando todos coincidían en la Torre o una que otra sesión de entrenamiento en equipo en sus tiempos libres. Ni siquiera puede imaginar que el hombre tiene una vida real fuera, cuando se quita de encima el traje brillante de barras y estrellas. Pero suena lógico que la tenga. Tony solía tener una, con Pepper y Rhodey. Parece que fue hace mil años. Siendo honesto, no está precisamente interesado en volver a tenerla. La fortaleza solitaria que construyó, en un principio dolorosa, es ahora segura y cómoda para él. La gente le es cada vez más insoportable. Es cada vez más agotador interactuar con otros seres humanos. Y por otro lado…

Shishido está allí afuera. Podría ir tras él. Quizá lo hará. No importa que el mismísimo Capitán América esté junto a él. Dios, el terror comienza a crecer en su pecho porque quizá el maldito está esperando este momento para capturarlo de nuevo. Tendrá a su gente lista y ésta vez no lo encontrarán, y será mejor acabar consigo mismo antes de que Shishido vuelva a meterse en sus pantalones. Las náuseas están arremolinándose de nuevo en su garganta, a pesar de que su estómago está más vacío que nunca.

— ¿Tony?

Gira hacia Steve, que parece esperar una respuesta, y la imagen del hombre lo devuelve a la realidad, fuera del pozo del terror y ansiedad. Es ridículo, simplemente ridículo. Frota sus ojos con los talones de sus manos, intentando despejarse. No puede dejar que ese hombre lo acorrale dentro de su Torre. Él puede hacerlo. Puede salir a tomar un estúpido desayuno. Y algunos paparazis en el camino, claro. Intenta disminuir el ritmo de su respiración, antes de asentir. Steve vuelve a sonreír, pero la preocupación no desaparece de su mirada.

— No hay problema, solo necesito unos minutos para…

— Está bien. Esperaré afuera. Lo siento yo…por entrar, antes. —aclara. Y Tony ahora nota que el soldado está dentro de su habitación, muy por seguro, como un acto impulsivo ante su nula respuesta. Igual que el día del laboratorio, con ese gesto de terror y transpirando preocupación. Como si necesitara asegurarse que Tony está bien. Así que irrumpió sin permiso, claro, debería estar molesto por ello, ¿no?

No lo está.

Asiente, antes de volver dentro del baño. Al parecer, acaba de aceptar salir con Steve Rogers.


Observa tras el cristal oscurecido del auto, la fachada desgastada del negocio. Están ahora en una de las zonas más viejas de Manhattan. En exceso tradicional y doméstica para su gusto. Entiende porque Steve lo encuentra atractivo. Suspira por debajo, mientras espera que el soldado apague el motor del auto. Como novedad, su licencia fue congelada cortesía de su mejor amigo. Viajar en la motocicleta de Steve por otro lado, no era una opción.

Frota sus manos, maldiciendo por olvidar los guantes. No preguntó por el destino. Sin embargo, no necesita ser un genio para saber que la temperatura fuera aún es demasiado fría, como es natural en febrero. Lleva todas las capas de ropa disponible que lograron ajustarse apenas de forma decente a su escuálido cuerpo. Eso dio como resultado una combinación vergonzosa a su criterio, pero que sería todo un éxito del Street style neoyorkino. Ha estado peor. Incluso con el gorro cuff beanie, regalo de Pepper, y que juró nunca usar. Necesitaba toda la protección contra la intemperie ahora que sentía cualquier pequeña corriente como Siberia.

Reajusta los brazaletes, que conectan con su armadura y Friday, como un gesto nervioso. Sabe que Friday está vigilando la ubicación y el entorno. Tuvo que pedirle activara tres protocolos distintos antes de poner un pie fuera de la Torre. Es seguro. Estará bien. Está vez, está preparado. Vigilará amenazas a través de sus gafas, pero necesita sentir que los brazaletes siguen allí como un amuleto de buena suerte. Los suelta de inmediato cuando Steve aparece fuera y está a punto de abrir su puerta. Tony se asegura de adelantarse y no cooperar con el acto del caballero de los 40. Él no es su maldita cita. Sólo están desayunando fuera porque Tony estaba demasiado desorientado para rechazarlo.

— Puedo asegurar que no ha cambiado nada en los últimos 70 años.

Es casual, casi cotidiano. Como si se lo dijera a un viejo amigo y no al tipo que lo lanzó hace medio año desde una de las torres más altas de Nueva York. Lo hace sentir como un imbécil, en otras palabras.

— No lo dudo.

Se planta apenas cruza el portal. La campanilla anuncia su entrada, y Tony siente que acaba de regresar 70 años en el tiempo para ser exactos. Las condiciones del mobiliario son decentes para considerar que quizá llevan más de medio siglo en uso, en los casos más afortunados. Puede identificar cuáles han sido restaurados, como las mesas, con un barniz demasiado brillante e impecable para soportar el paso del tiempo. Pero en definitiva, las luminarias colgantes sobre cada mesa son las originales. La cereza del pastel está en la notable ausencia de electrónicos de nuevo siglo. No hay pantallas por ningún lado. La música que proviene detrás de la barra suena a algún reproductor muy antiguo, por la interferencia y la poca resolución.

Steve sonríe, espléndido, mientras espera con ansia su reacción.

— Interesante —alcanza a mencionar con suavidad. No quiere romper la magia. Hay algo conmovedor en la manera en que el rubio le muestra el lugar como su pequeño tesoro. Arrastra sus pasos hacia la mesa que el soldado elige, junto a la ventana. Tony maldice en silencio cuando siente como el frío es más notorio aquí, y lo desprotegido que se encuentra tan cerca de la calle.

— Steven, es bueno verte de nuevo. —Una mujer madura de piel oscura se acerca a su mesa de inmediato. Porta uno de esos uniformes de antaño, y entiende que de alguna manera es mesera. Tiene un aire maternal que le recuerda a la señora Rhodes. Es tan familiar. Tan íntimo. Tony oculta su mirada en el menú desgastado que está sobre la mesa, demasiado incómodo para observar.

— Regresaría todos los días si pudiera —es tan amable y dulce como solo Steve Rogers puede ser.

— Oh, cariño, te hemos echado de menos estos días —comenta ella. —Y has traído a un amigo.

Eleva la vista para no perderse el instante en que la sangre se acumula en las mejillas pálidas de Steve.

— No puedo ser tan egoísta y quedarme con todo ese pay de arándanos para mí solo —explica, removiendo su cabello de forma nerviosa con su mano.

— Siempre tendremos suficiente —la mujer gira hacia él con una sonrisa honesta. "Lena" se lee en su vieja insignia sobre su pecho. — ¿Qué van a tomar hoy?

Tony encoje los hombros. Nada en la lista es lo suficiente interesante para él.

— Lo que sea que él tome está bien para mí —murmura, distraído. —Sólo que en porciones humanas.

Steve alza las cejas, y puede ver algo de decepción allí mismo, pero retoma enseguida con entusiasmo el pedido.

— Bien, podrá probar mis favoritos.

Steve ordena un par de cosas que Tony está poco interesado en registrar. Su principal interés es que Friday analice el entorno y le envíe actualizaciones cada minuto. Una pareja de adultos mayores está en el otro extremo del local. No puede encontrar nada extraño, pero considera vigilarlos. Steve parece captar a donde dirige su atención de inmediato.

— ¿Ocurre algo?

Tony regresa, nervioso, su atención al soldado.

— Admiraba la peculiaridad de los lugares que frecuentas Cap —miente. Steve muerde la mentira, al parecer por su sonrisa brillante de vuelta.

— Lo dices como si te mostrara mi bar favorito.

— Oh, esto dice más que un bar. —Claro que lo es. Habla mucho de Steve. Le dice lo mucho que añora el pasado y se aferra a él. Tony no puede imaginar lo duro que debió ser despertar en otro siglo, a décadas de su vida. Pero nunca dimensionó cuan aferrado estaba, aun, a su pasado.

Al fondo del restaurante, la pareja de ancianos deciden comenzar a dar muestras de afecto que lo incomodan. Es un buen momento para buscar amenazas en otra parte.

— ¿Qué hacía la gente de tu tiempo para entretenerse mientras esperaban su orden? —comenta, intentando romper la evidente incomodidad de Steve.

— Charlar.

— Oh.

Sí, eso es incómodo.

— Soy más del tipo de cena para la primera cita —añade en broma, y de alguna manera, su claro comentario inocente enciende las mejillas de Steve en un tono rojizo potente que nunca había admirado antes. No es que Steve no se sonroje. Lo hace con mucha frecuencia, sobre todo cuando recibe explicaciones explícitas sobre sus dudas del siglo XXI. Pero se ha vuelto un hábito frecuente. Se divierte con la idea de Steve pensando en una cita con él, y decide terminar su tortura de cualquier forma. — No es que esto sea una cita, claro.

— Lo sé. —Y ahora está incómodo y lo sabe. Se maldice un poco por arruinar la cortesía del Capitán. No es que quiera joder cada pequeña cosa buena que llegue a su vida, pero tiene un talento innato para hacerlo. Sabe con exactitud porque están allí. Tiene que ver con la visita al Dr. Aldrich dos días atrás -donde por fin pudo deshacerse del maldito collar de metal alrededor de su cuello- y el sermón médico que recibió. No ayudó que Rhodes estuviera presente –porque claro que ahora es su maldito tutor y tiene que estar allí – ni mucho menos que Steve se empeñara en acompañarlo. Aún se siente un poco traicionado por Rhodey, así que Steve puede hacer las cosas más cómodas si está entre ellos. ¿En qué momento la presencia de Rogers hace más fáciles las cosas? Sea como sea, y siendo honesto, no le importa mucho si ambos meten su nariz en su historial médico. Ahora mismo debe ser ya lectura básica obligatoria para cualquier cadete en cualquier agencia de inteligencia. Casi ríe ante la idea. Todo en su vida es público, y al mismo tiempo hay tanto que sus expedientes no saben. Así que si su peso es algo bajo –preocupante fue la palabra –, y sí solo ha ganado con dificultad tres libras, no le importa demasiado. El término "alimentación por sonda" debería ser aterrorizante para él, por la forma en que el ceño de Rhodey se arrugó demasiado y el rostro de Steve palideció. También debería de preocuparle el resto de tonterías sobre daño al músculo cardíaco, inflamación del hígado, úlceras y demás. Pero es, de alguna forma casi irreal, irrelevante para él. No le importa. En conclusión, está más jodido que nunca y quizá deba ser hospitalizado durante Dios sabe cuánto tiempo, pero no le interesa. No tiene la intención de ser mejor, de estar mejor.

Lo ha intentado demasiado los últimos años.

Pero Steve no se dará por vencido. Y si eso implica empujar comida hacía él, lo hará. Hay algo dulce en la forma en que le está ofreciendo una parte de su mundo, una muy preciada, para ayudarlo a levantarse. Le está dando una parte de sí. Se siente horrible cuando recuerda que lo decepcionará cuando no pueda hacer nada más allá de mirar la comida. Decepcionar a las personas a su alrededor ya es bastante familiar. Suspira resignado entonces.

Veinte minutos después Tony se arrepiente de dejar su desayuno a decisión de Steve. Recibe un plato por fortuna, con porciones humanas, pero que supera con facilidad sus tazones de avena. Es más hogareño de lo que creyó: la tocineta que acompaña los huevos estrellados y los panqueques esponjosos bañados con jarabe. Cocinados y dispuestos a la perfección, Tony lamenta que no podrá justificar su inapetencia ahora.

— Tienes que darles una oportunidad. —Steve lo observa casi con esperanza y su corazón se retuerce porque no quiere que tenga expectativas sobre esto. Su estómago ruge, quejándose del vacío, pero va de inmediato por la taza de café que Lena le sirvió. Se siente seguro cuando Friday le brinda el siguiente reporte de que la zona está despejada, mientras observa al Capitán enterrar su tenedor en sus panqueques.

— ¿Era así cuando…? —Steve levanta la vista, curioso. — ¿antes de la guerra?

Encoge los hombros, como si no lo supiera.

— No es como si saliéramos a comer todos los días. Estábamos ajustados de dinero, así que nos acostumbramos a la avena. —Admite. Tony no recuerda nada más atrás de la historia de Steve antes de convertirse en súper soldado. Sólo que era enfermizo y menudo. Es difícil imaginar una infancia promedio, lejos de los reflectores. Él no tiene esos recuerdos familiares. Solo hay cenas solitarias y desayunos acompañado de Jarvis. Quizá su madre estuvo con él en algunas ocasiones. Pero nunca fueron ese tipo de familia, incluso si tenían suficiente dinero para hacerlo. — Además, durante la guerra no abundaba la comida. Las personas solían valorar más las cosas.

Claro que sí. No como él ahora mismo que continua jugando con su tocino. Toma un poco, mordisqueando apenas y lo prueba. Tiene que admitir que es bueno. No tan grasoso, pero cocinado en el punto justo para ser crujiente y jugoso. Puede escuchar la sonrisa de Steve brillar.

— ¿Entonces?

— Está perfecto —y a pesar de ello traga con dificultad y lo hace bajar con más café.

— Temía que con tu paladar tan experimentado no te gustaría. —Tony lo observa con curiosidad unos segundos antes de comenzar a reír. — ¿Dije algo malo?

— Oh, Capitán, mi paladar es tan exigente como Burguer King lo desee.

Sus cejas se enarcan.

— Quiero decir, tú viajas demasiado y…

— Y la mitad del tiempo no tengo tiempo para comer, mientras que la otra termino comiendo lo que sea que me vendan en un drive thru para llevar. —Eso es porque su responsabilidad son las relaciones públicas. Ha asistido a tantas cenas corporativas y no recuerda una sola donde allá ingerido algo más que alcohol.

— No creí que…

— Si crees que me divierto demasiado, entonces lo hice bien. La mayor parte del tiempo es sólo trabajo, besar traseros de empresarios estirados o políticos insoportables y esas mierdas a las que Pepper insiste en arrastrarme cada vez que puede. —Admite. Pocas ocasiones disfrutó de los placeres de su posición. Ni hablar después de Iron Man. Quizá lo intentó con Pepper. Darse un tiempo para realmente sentir. Pero eso no funcionó. Es vergonzoso admitir que lo mejor que ha probado en años es la pizza barata que Clint consiguió y que consumió en compañía del resto del equipo. Suena demasiado patético para un millonario que podría comer las estupideces más costosas que cualquiera podría imaginar.

— Deberías de probar con un suero de súper soldado, entonces —sugiere Steve. —Necesitarías porciones familiares para estar satisfecho al menos por un tiempo.

Tony asiente. Recuerda las cantidades de comida que Steve consume, y sabe que hay un metabolismo mejorado que lo respalda.

— Eso no debe ser muy práctico en acción —murmura, removiendo la comida en su plato. —Esas jornadas de días sin tiempo para comer y…

— Tengo una gran reserva —admite Steve. —Pero es demasiado desgastante al final, cuando tengo que compensarla. Así que prefiero no llegar a ese punto.

Tony se dibuja una sonrisa triste sin elevar la mirada de su plato. Claro que Steve es una persona funcional y razonable que cuida de sí mismo, con todos los inconvenientes que su condición mejorada podría acarrear. Tony no sabría que hacer bajo esas condiciones. Apenas se mantiene como un humano promedio, cubriendo sus necesidades básicas. Ahora mismo, no lo está haciendo muy bien. Así que fuerza otro bocado hacia abajo antes de levantar su mirada. En ocasiones se pregunta cómo es que ha llegado tan lejos. Ahora mismo, siente que la simple tarea levantarse de ahí y caminar al auto cuando terminen es una tarea titánica.

Está tan cansado.

Así que sonríe de vuelta a Steve, porque es lo único que aun parece hacer bien. Intenta meter cuanto puede de ese plato en su boca, hasta que su abdomen se siente hinchado y las náuseas comienzan a aparecer. Se detiene con un suspiro, cuando su plato aún está demasiado lleno y evade la mirada de Steve sobre él.

— Este desayuno merecía un mejor comensal, yo…

— Está bien Tony —allí está de nuevo. La compasión y bondad saliendo a borbotones de la mirada azul de Steve. Y él no la merece. No merece nada de esto.

— Lo siento. —Sí, está disculpándose por no terminar su plato y es absurdo, pero de alguna manera se siente como el fin del mundo porque alguien realmente intentaba hacer algo bueno por él y lo arruinó.

— Creo que yo me excedí, no pensé que… —la expresión de Steve está en blanco, y es tan incómodo como su estómago revolcándose en una inminente indigestión. —Pediré la cuenta.

— Bien. —Agradece un momento la salida fácil que le da. Así que murmura algo sobre ir al baño y deja su tarjeta de crédito sobre la mesa antes de que Steve pueda reprocharle algo más. Es lo mejor que puede hacer ahora mismo. Hay una sonrisa triste en su rostro pálido cuando el espejo le devuelve su reflejo, mientras limpia las comisuras de su boca con papel higiénico.


El auto se detiene cuando Steve lo estaciona con pulcritud sobre la acera. Tarda unos segundos en notar que se han detenido, antes de despegar su frente del cristal congelado de la ventana. Los árboles afuera están secos y desnudos. La gente transita con extrañas muecas felices en sus rostros. Tony gira de vuelta a Steve cuando comprende que éste no es en definitiva el garaje de la Torre Stark.

— ¿Te molestaría si…? —Steve le señala algo más adelante. No logra captarlo de inmediato, no es hasta que Friday realiza un acercamiento con el zoom de sus gafas a la mampara unos metros delante, sobre la acera. Una exposición de arte contemporáneo está instalada en éste parque. Friday le informa en silencio su ubicación actual en Fort Greene Park, aún dentro de Brooklyn, y le muestra una gráfica esperanzadora que le garantiza que el perímetro es seguro. Su cerebro tarda unos segundos en enlazar la idea del arte con Steve. Le parece extraña la idea cuando vuelve a su mente: Steve tomando con suavidad un lápiz para trazar un boceto con agilidad. Sabe con certeza su fascinación por el arte y está seguro que ésta es una buena manera de tranquilizar su conciencia luego de vaciar el desayuno en el inodoro.

Dios, es una terrible persona.

Ni siquiera pagó por esa comida porque, claro está, el restaurante sacado de una postal de los 40's no contaba con terminal. Sus piernas están temblando, se dice a sí mismo que es por el frío y no por una caída escandalosa de glucosa, pero debe hacerlo. Se lo debe a Steve.

— No es como si tuviera algo en mi agenda para esta tarde así que —encoge los hombros.

— Gracias Tony. —La sonrisa es cálida y dulce, pero no se siente como debería en su interior. La culpa está nublando su visión y considera este paseo en el crudo frío de Febrero con el estómago vacío, como una penitencia. Steve merece al menos esto de su parte: ser un poco menos idiota y agradecido con el hombre que lo sacó de las entrañas de su infierno personal.

Su voluntad de hierro tambalea cuando sale de la comodidad del interior climatizado del automóvil y su visión se oscurece mientras su cuerpo intenta adaptarse al cambio de temperatura.

— ¿Todo en orden? —El azul intenso lo recorre de pies a cabeza. Cruza los brazos sobre su pecho, para que su cuerpo recargado sobre el auto lo haga lucir casual y no moribundo.

— No recuerdo ésta zona de la ciudad —balbucea. —Una locura, ¿no?

El asentimiento tarda en llegar, y cuando lo hace, es lento y cauteloso.

— Es un buen día para descubrir algo nuevo —Steve se vuelve hacia el parque y deja su vista viajar por el perímetro. Tony lo alcanza con lentitud, comprobando sus pasos. El mareo podría ser peor. Fue operado sin anestesia en medio del desierto. Puede hacer esto.

La exposición no comienza sino hasta unos 100 metros por delante. El centro del parque está salpicado de mamparas que exhiben fotografías, bocetos y pinturas. Puede ver algunos nichos que albergan esculturas que forman parte de la exhibición. La temática parece rondar sobre el amor, las rupturas y la soledad. Tony piensa que es trillado, pero Steve sonríe cuando encuentra un boceto descuidado. Puede sentir la fascinación a través de las arrugas alrededor de sus ojos azules. Es silencioso, pacífico. Entonces entiende el poder que tiene en las personas, cuando lleva sus ojos a su alrededor, y encuentra miradas fascinadas y profundas. Tony acumuló arte durante años, pero nunca lo disfrutó. Era una carrera por coleccionar trofeos huecos que nunca admiró. Pero Steve hace que un boceto de un artista anónimo luzca como una obra maestra. Sus labios están ligeramente separados, y una pequeña ráfaga de vaho sale de ellos. Están curvados, con una sonrisa de satisfacción, y sus ojos recorren con cuidado cada trazo. Decide seguir su ejemplo, pero su mente no tiene la paciencia para admirar nada.

Sólo la sonrisa fría de Shishido que vuelve a su mente, y lo obliga a girar con horror sobre su espalda. Busca con su mirada cualquier indicio de amenaza, cómo un animal acorralado. El movimiento rápido lo marea, pero sigue con ansia los datos que Friday le da. No hay nada amenazante en el perímetro. Su respiración es demasiado rápida y ruidosa. El azul no tarda en volver sobre él, recorriéndolo con preocupación.

— ¿Pasa algo?

Tony niega con la cabeza. No puede hablar más ahora. Sonríe con dificultad y avanza para alejarse de Steve y su compasión. O quizá porque realmente necesita moverse porque Shishido podría estar allí afuera y tomarlo de nuevo. Joder, es un idiota por salir sin suficiente protección, y estar junto al Capitán América no lo protegerá ésta vez. No como la última vez. Tropieza con sus pasos, y la mano cálida de Steve rodea su antebrazo con gentileza en unos segundos. Él toque repentino los sobresalta, y no logra evitar mirar a Steve con terror.

— Quizá deberíamos descansar un poco —comenta Steve, aunque él no lo necesite. Es un súper soldado que debe sentarse en la banca más cercana porque el paseo ha sido demasiado para quien solía ser Iron Man. Es ridículo. Se siente ridículo, pero evita pensar demasiado en ello. Lo lamentará después. Por el momento, acepta la invitación y se desploma sobre la banca, esperando con paciencia que su mundo deje de girar. Esperando que todo vuelva sobre su eje.

No lo hace.

El frío llega a través de sus pantalones. El temblor se acentúa. Se deja llevar por el instinto que lo obliga a barrer con su mirada el entorno en busca de alguna amenaza que no puede ver, pero que su cerebro asegura, está allí. Juguetea con sus brazaletes, y se encuentra de nuevo con la expresión confundida de Steve frente a él.

— Hey —una mano cálida envuelve la suya. Y la seguridad está allí, en la piel áspera apretando con bondad su mano. —Está bien.

Se queda tan quieto como sus temblores se lo permiten esperando que el rubio no los note, observando su mano sobre él. La espera está allí. La expectativa de algo que Tony no entiende; entonces Steve retira su mano y el frío vuelve a invadir su cuerpo. Articula con su boca seca, pero, es demasiado íntimo para decir algo más.

— Yo…

— Conseguiré algo de tomar —informa Steve, incorporándose. Es incómodo. — ¿Está bien si…?

— Perfecto —le asegura, irguiéndose. Volviendo a su elemento con una mirada desafiante. —Tengo a Fri.

Steve asiente.

Parpadea un par de veces en cuanto desaparece de su vista. Su corazón aún está golpeando contra sus costillas más rápido de lo que debería. ¿Qué fue eso?

— Friday. ¿Tienes algo para mí?

La zona está despejada. No hay actividad sospechosa, señor.

— Gracias querida.

Señor, su presión arterial es…

— Lo sé.

Lo sabe. No necesita ser un genio. Frota sus dedos ligeramente azulados entre sí intentando generar un poco de calor.

¿Quiere que llame al alguien por usted en caso…?

— No.

Una pareja frente a él está besándose con la suficiente pasión para hacerlo incomodar. Gira su cabeza, y ruega que el mareo se vaya. Por fortuna, su estómago está vacío y no tiene más que devolver. Por desgracia, su estómago está vacío y su azúcar demasiado baja para continuar siendo funcional durante los siguientes minutos.

— Vas a odiarme por esto —Steve ha llegado, no sabe en qué momento, pero está sosteniendo un vaso de algo frente a él. Por la apariencia del envase, debería ser café.

— No creo que sea peor que un instantáneo —murmura, mientras lo toma con su mano, y espera que no note que tiembla demasiado. —Gracias.

Steve asiente y se sienta a su lado. Tony toma un sorbo cauteloso de la bebida caliente, como si estuviese desesperado por cualquier cosa que tenga un poco de azúcar –aunque en realidad lo tiene- y su paladar salta ante un golpe dulce. Muy dulce. No hay ese sabor amargo tostado que esperaba. Retira la tapa del vaso sólo para confirmar sus sospechas.

— ¿Me permitirás al menos decir unas últimas palabras? —Steve está observándolo, con gesto divertido.

— Nunca nadie se atrevió a tanto. —Musita con lentitud, pretendiendo estar molesto. —No creo que merezcas ese último deseo.

— En mi defensa, el tuyo tiene más bombones.

— ¿Es en serio Rogers? ¿Quieres comprar mi piedad con un puñado de bombones?

Steve ríe. Es ligero y fresco. Algo en su gesto reconforta su dolorido pecho.

— ¿De verdad nadie se atrevió nunca a cambiar tu café por una taza de chocolate caliente?

Tony enarca una ceja.

— Siendo el CEO de una empresa armamentista, no sería un movimiento inteligente.

Steve sonríe. Tony bebe un poco más y agradece el calor que comienza a viajar desde su estómago hasta la punta de sus dedos. El mundo comienza a estabilizarse poco a poco. Es abrumador reconocer lo débil que estaba. Fue un idiota.

Shishido podría venir tras de ti y no podrías ni siquiera aspirar a intentar contratacar.

— Lo siento. —dice Steve solemne, sin rodeos.

Tarda unos segundos en tomar sus palabras y procesarlas.

— No es para tanto Cap. Te perdonaré por el chocolate —asegura —Quizá no hoy.

— No me refiero a eso.

Tony se resiste a girar hacia él y encontrar esa mirada.

— Te juzgué antes, me dejé llevar por lo que los otros me decían sobre ti —continua. —Y me aferré de nuevo a la imagen del Tony que conocí en Alemania. Estaba equivocado. Ultrón fue…

— Mi culpa —lo interrumpe. —Lo sé.

— Todos nos equivocamos Tony —le recuerda Steve. Y si pudiera pedir un dólar por cada ocasión que lo ha escuchado en su vida, ya habría superado su propia herencia.

— Es mi don —admite.

— Tienes muchos dones Tony —y tiene que girar a verle porque no puede creer lo que el rubio le dice ahora. —Pero equivocarte no es uno de ellos.

Es tan bondadoso, que algo dentro de sí se estremece. El azul está ahora atormentado por un dolor que a Tony le cuesta reconocer.

— Lo siento, por juzgarte antes —insiste. — Y de verdad lo lamento por hoy.

Arquea las cejas.

— ¿Me perdí de algo?

— No debí presionarte para salir y arrastrarte a congelarte aquí fuera. No con tu estado…

Tony eleva una mano, frenando al soldado.

— No soy un maldito moribundo Rogers. Estoy bien. —Miente, pero no puede enfadarse cuando está tan ocupado en abrazar el alivio de saber que el soldado no le escuchó devolver su desayuno ni le notó híper-vigilar nervioso sobre sus hombros. Lo atormentaría aún más de lo que ya lo hace.

Steve asiente.

— Pero consideraré el perdón, si viene con una ofrenda de donas.

Recibe una mirada confundida, que se transforma en una sonrisa boba. No podría comer ninguna, de cualquier forma. Pero es divertido cuando tener al Capitán América suplicando por piedad. O sólo tener al Capitán América en exclusividad. Su ego está teniendo un banquete el día de hoy. Oculta su propia sonrisa de satisfacción, para después de terminar su bebida. La guardó aun cuando volvieron al auto, y se acurrucó contra el cristal de la ventana mientras permitía a su cuerpo entrar en calor con la calefacción. Se permitió sonreír hasta una hora después, en compañía de su fiel IA.


Ha sido un día particular, para ser honesto. Es tarde, por la noche, cuando algo en el ambiente de ese día, provocó las conexiones neuronales correctas. Entonces es cuando nota que se ha perdido algo. Algo grande y en extremo curioso.

— Friday.

¿Señor?

— ¿Qué día es hoy?

Domingo, febrero 14 —informa.

— ¿Disculpa?

Feliz San Valentín, señor.


¡Volví! Tenía este capítulo en proceso durante hace tiempo, pero no estaba del todo conforme con cómo se desenvolvía. Quería dar un respiro de tanto angst –aunque si hubo un poco, porque Tony no está del todo bien, y aún padece de ansiedad y TEPT- y avanzar un poco más en la relación de Steve y Tony. El próximo volverá con más acción (o quizá tengamos noticias de Shishido) y un paso más grande en la relación.

Gracias por seguir la historia y estar ahí.

Alessandra Von Grey: Espero que disfrutes de éste capítulo. Steve está dando pasos, pero Tony aún no logra entender lo que se cocina en el fondo de todo esto.

Queen-Mushroom: Steve es un osito cariñoso protector con Tony. Pero Tony es un rebelde que no se deja amar, ¡pero ocurrirá!

Ysiktovar: Estoy esperando llegar a esa parte también ;).

MisaoxMori: Los próximos veremos un poco más de avance entre ellos. ¡Ya es necesario!

Karen Jegase 19: ¡Gracias por tu review! Y bienvenida a bordo :)

Cuidense y manténgase a salvo. Y sobre todo, ¡Feliz Navidad!

¡Hasta la próxima!

Bethap