18. 13 años. Mediados de Diciembre.
Diciembre. Se acercaban las Navidades, y eso quería decir que también se acercaban las vacaciones en Hogwarts.
Desde que Ginny y él se habían reconciliado, sus hijos preferían volver a casa a pasar las fiestas antes que quedarse en el colegio. Probablemente, porque podían disfrutar de lo que era la Navidad –una fiesta en familia–, cosa que no habían podido hacer desde que eran pequeños.
Y Harry no tenía fuerzas para negarse, dado que todavía se sentía bastante culpable por haberlos privado de ese tipo de cosas.
Tenían previstas varias comidas en La Madriguera –porque Molly se había opuesto rotundamente a que fuesen en otro sitio–, y planeaban juntarse todos los primos. Y Ted Lupin, que a esas alturas ya era casi como un primo más.
Pero, antes de eso, Harry tenía que ir a buscar a sus hijos a la estación. Y eso significaba, con alta probabilidad, encontrarse con Malfoy. Porque no es que tuviese por qué, pero había una relación bastante clara entre Albus volviendo a casa y Scorpius volviendo también. Así que Harry estaba prácticamente seguro de que iba a tener que cruzarse con Malfoy.
A menos que fuese Astoria quien fuese a por su hijo.
Cosa que, en realidad, nunca pasaba. Al menos, no sin Malfoy.
Pero, en serio. ¿Por qué tenía que ir Malfoy? ¿Por qué no podía irse Scorpius a casa solo? Ya era mayorcito, ¿no? Ignorando el hecho de que James era mayor que él y Albus de la misma edad y Harry todavía iba a buscarlos a la estación.
La culpa era toda de Malfoy. ¿Por qué había tenido que tener un hijo de la misma edad que Albus? Y encima se habían tenido que hacer mejores amigos de la muerte. ¿Y por qué, en nombre de Merlín, tenía que haber envejecido de esa manera? Hasta convertirse en un adulto maduro, con el que se podía mantener una conversación, gracioso. Y, lo peor de todo. Atractivo.
¡Maldito fuese Malfoy mil veces!
Harry no estaba contento. Había pasado varias semanas desde la última vez que había coincidido con Malfoy –un encontronazo en el Ministerio, cosa rara porque nunca se encontraban allí– desarrollando una ira bastante importante en su contra por haber vuelto a su vida, como si Malfoy fuese el único culpable de la situación por la que estaba pasando Harry. Y Harry sabía que no lo era, que Malfoy no tenía la culpa de haberse convertido en una persona agradable y de haber atraído su atención. Bueno, sí, sí tenía la culpa, pero mejor así que como niño mimado el resto de su vida. La cosa es que no era culpa de Malfoy que Harry hubiese acabado cogiéndole... cariño. Pero Harry tenía que encontrar un culpable, y Malfoy no estaba ahí para defenderse.
Aunque por mucho que se empeñase en echarle las culpas, lo cierto es que nada lo iba a librar de tener que ir a la estación a por sus hijos. O, en otras palabras, de meterse derechito y de cabeza en la boca del lobo.
Merlín. Quizás era hora de dejar de quejarse y salir de casa, por menos ganas que tuviese de hacerlo. Al fin y al cabo, no tenía otra opción. Sus hijos no iban a venirse solos a casa. O, si lo hacían, tenía la sensación de que Malfoy aparecería detrás de ellos, con alguna excusa tonta.
Maldito Malfoy.
Medio refunfuñando, y más enfurruñado de lo que nunca llegaría a admitir, Harry salió por la puerta de su casa hasta alcanzar el límite de las protecciones anti Aparición de la propiedad. Y, con un último suspiro resignado, se dirigió a King's Cross.
Así que ahí estaba ahora, sentado en un banco del andén nueve y tres cuartos, tratando de pasar lo más desapercibido posible, a la espera de que llegase el bendito Expreso de Hogwarts. Lo cierto era que tampoco había demasiada gente esperando con él. La mayor parte de los alumnos solía quedarse a pasar las navidades en el castillo, y se notaba. Los padres de los pocos afortunados que habían escogido volver a casa para las fiestas se paseaban de un lado a otro, probablemente intentando no morirse de frío.
Justo en el momento en el que estaba planteándose –de nuevo– las ventajas de darle un poco más de independencia a sus hijos y la posibilidad de volver por sí mismos a casa como muestra de confianza –ahá, claro–, se oyó un sonido a lo lejos, como un silbido. Y Harry se lo agradeció a Merlín y a todos los magos famosos de quienes no recordaba el nombre –nunca había prestado demasiada atención en clase de Historia de la Magia– porque, con un poquito de suerte, el ruido provendría del tren que estaba esperando él, y no de otro, o de su imaginación, que a esas alturas ya no se fiaba mucho.
Pero sí, afortunadamente no estaba teniendo alucinaciones auditivas, y el Expreso de Hogwarts estaba entrando en la estación en ese momento.
Y, como suerte añadida, todavía no había visto a Malfoy. Lo cual era a la vez fantástico –porque, sinceramente, no tenía ganas de lidiar con él en este momento– y extraño. Es decir, una de dos: o Scorpius no iba a volver por Navidades, y oh Merlín, no era posible que Scorpius y Al se separasen durante más de cuarenta y ocho horas seguidas, o Malfoy llegaba tarde.
¿Desde cuándo Malfoy llegaba tarde a ningún sitio?
Pero la segunda opción era la que parecía más acertada, porque el tren acababa de pararse, y si Harry no se equivocaba, el chico rubio y con el apellido Malfoy escrito en toda su cara –y en cada uno de sus aristocráticos gestos– que salió tras Albus era Scorpius. Y Harry no se equivocaba, no señor. Había visto las suficientes veces a ese muchacho como para distinguirlo hasta con los ojos cerrados. Incluso por el olor, si era necesario. Que esperaba que nunca lo fuese, porque igual eso era exagerar un poquito.
Pero ése no era el punto. ¿Dónde se había metido Malfoy, y por qué no estaba allí cuando tenía que estar? No es que Harry quisiese verlo –oh, no–, pero igual su hijo sí.
Con parsimonia, se levantó del banco en el que había estado sentado y caminó hacia el tren. Lily –quien acababa de prácticamente lanzarse desde uno de los vagones hacia el andén– fue la primera que lo vio y se acercó a él más corriendo que andando, abrazándolo con un gritito de alegría en cuanto lo tuvo al alcance. Eso pareció llamar la atención de sus dos hermanos mayores, que giraron la cabeza a la vez hacia el origen del sonido. Bueno, no se les podía negar que se preocupaban por su hermanita, pensó Harry.
Devolviéndole el abrazo a Lily –porque no podía hacer otra cosa, dado que la niña se había colgado literalmente de él, y si la soltaba corría el riesgo de que se estampase contra el suelo–, esbozó una sonrisa y saludó a sus hijos –que se habían acercado también– como pudo con un movimiento de cabeza. Y a Scorpius Malfoy ya de paso, que había seguido a Albus.
Y Malfoy padre seguía sin dar muestras de vida.
- Hey, chicos. ¿Qué tal el viaje?
- Muy aburrido, papá. ¿Sabes que todos mis amigos se han quedado en Hogwarts?
- En realidad, me he dormido todo el viaje...
- ¡Bien! ¿Y sabes que...?
A pesar de que con el coro de voces –todas hablando a la vez, cómo no– Harry no se había enterado de absolutamente nada de lo que le estaban diciendo sus hijos, esbozó una sonrisa y asintió como si le estuviesen contando la historia más entretenida del mundo. Hasta que se dio cuenta de que Scorpius lo estaba mirando con el ceño fruncido. La misma cara que ponía su padre cuando estaba pensando si decirle o no decirle algo. Así que Harry le devolvió la mirada, sin más, esperando a que hablase. Eso siempre le había funcionado con Malfoy, así que por qué no iba a funcionar con su hijo.
- Señor Potter. –Ah, si es que de tal palo, tal astilla–. Mi padre me mandó una lechuza diciéndome que era posible que no pudiese llegar a tiempo a buscarme y que, en ese caso, me fuese a casa de Albus, que él iría allí a por mí. Espero no ser una molestia, pero...
Bueno, una molestia... El niño en sí no iba a serlo, porque además estaba seguro de que Albus se iba a encargar él solito de mantenerlo entretenido. La molestia era su padre. Seguramente le había surgido algo en el trabajo, o cualquier otro tipo de problema, y no había podido escaquearse para ir a la estación a buscar a Scorp. Eso, o lo había planeado todo para así tener una excusa e ir a su casa a seguir torturándolo.
Maldito Malfoy.
Aunque había que decir que no era muy probable que fuese la segunda opción. Es decir, no era necesario tanto para colarse en casa de Harry. Al fin y al cabo, Albus y Scorpius eran mejores amigos. Malfoy podía invitarse a sí mismo a tomar un té con toda su cara –y qué cara–, y Harry no tendría manera amable de negarse. No, si no quería un Albus de morros durante el resto de las vacaciones. Cosa que no quería, la verdad sea dicha.
Pero el saber que –racionalmente– sus teorías no tenían sentido, no hacía que su enfado disminuyese. Porque Malfoy seguía siendo Malfoy, y era el culpable de que Harry estuviese replanteándose muchas cosas que había dado por sentadas en su vida hasta ese momento.
Claro que pensándolo fríamente, su hijo no tenía nada que ver con eso.
- Oh, claro, Scorpius, no te preocupes. Puedes venirte a casa, no vas a quedarte aquí solo esperando hasta que venga tu...
Justo estaba a punto de terminar la frase cuando un ruido extraño le hizo levantar la cabeza. Algo así como pasos. Apresurados. Más bien a la carrera.
Lo primero de lo que se dio cuenta al mirar a su alrededor era de que ya no quedaba nadie más en el andén aparte de ellos. Cosa entendible, por otra parte, porque hacía un frío que pelaba, y dudaba que nadie con dos dedos de frente se pusiese a charlar con sus hijos ahí, teniendo la opción de guarecerse en algún lugar calentito, con una chimenea prendida al lado y una buena comida recién hecha, y... Uf, bien. Hacía frío, sí.
Lo segundo que vio –todo en unas décimas de segundo– fue a alguien que corría directamente hacia ellos. Bueno, eso explicaba el ruido de pasos. La persona en concreto era rubia, un hombre y oh, Merlín, maldito Malfoy, que hasta sus formas de correr eran elegantes.
¿Qué había hecho Harry para merecerse eso?
- ¡Scorp!
Cualquier otra persona en su situación –corriendo por un andén vacío, sin aire ya ni para respirar y vociferando– habría sonado como un idiota. Y más teniendo en cuenta que corría hacia ellos y gritaba como con miedo de que se fuesen a ir de un segundo a otro, y nada más lejos de la realidad. Se habían apalancado en una zona medianamente resguardada donde no había corriente y no tenían pensado moverse próximamente. Cualquier persona habría parecido un idiota, sí, pero no así Draco Malfoy. Harry no sabía si era algo genético que venía implícito con el apellido, una habilidad que se adquiría con el paso de los años o que él mismo tenía una visión bastante eh... Digamos distorsionada de Malfoy, pero lo cierto es que, hasta así, Malfoy era digno de ver.
Por enésima vez ese día, Harry maldijo a Malfoy.
Eso sí, el grito distrajo a Scorpius, quien se giró inmediatamente al distinguir la voz de su padre, y corrió hacia él hasta fundirse en un abrazo a medio camino. Un reencuentro muy a lo Heidi, y bastante innecesario, si le preguntaban a Harry.
Cuando Malfoy padre e hijo terminaron con el abrazo y se separaron –probablemente algo avergonzados–, ambos se dirigieron hacia el grupo formado por los Potter. Scorpius disimulando, como si no acabase de reencontrarse muy emotivamente con su padre tras unos meses en Hogwarts, y Malfoy, por su parte, sonriendo. Gracias a Merlín, no era una sonrisa dirigida hacia Harry.
- Chicos, ¿cómo va eso?
Sus hijos le devolvieron el saludo de igual manera, sobre todo Lily. Oh, Lily. Harry estaba seguro de que Malfoy tenía conquistada a su hija pequeña con esa sonrisa suya, no había más que ver la cara de la niña en ese momento. Y quién podía culparla, desde luego Harry no. No, con esa sonrisa que tenía Malfoy que... Oh. El horror. Esa sonrisa que tenía Malfoy que estaba dirigiendo en ese preciso instante directamente hacia Harry, con toda su esplendidez y ugh. Harry tuvo que recordarse a sí mismo que estaba enfadado con Malfoy, muy enfadado, y que gran parte de la culpa de ese enfado la tenía esa sonrisa de la que estaba haciendo gala en ese preciso instante. Todo para no devolvérsela y sonreír en respuesta.
Pero Malfoy no se amilanó, no señor. Siguió sonriendo a Harry como si fuese lo más normal del mundo.
Y Harry se vio obligado a replantearse su plan de acción. Lo primero, porque tanta sonrisa estaba empezando a derretirlo un poco por dentro y le estaban dando ganas de mandar su enfado lejos, muy lejos. Lo segundo, porque precisamente ésa era la razón de su ira. Que Malfoy llegase y con una sonrisa le descabalase todos los planes, las ideas y hasta los sentimientos. Que dejase a Harry sin palabras y con la mente en blanco, incapaz de seguir pensando coherentemente. Que hiciese con su sola presencia que el mundo que Harry había estado construyendo desde el momento en el que salió de Hogwarts se tambalease por completo. Y se derrumbase.
Harry estaba harto, y Malfoy tenía la culpa.
- Bien, Scorpius. Como tu padre ya ha llegado, supongo que no necesitas venirte a casa con nosotros, así que será mejor que nos vayamos antes de que nos congelemos.
Eso sí que pareció borrarle la sonrisa del rostro a Malfoy. Probablemente porque se esperaba, al menos, un saludo, por muy escueto que fuese. Pero Harry ni siquiera lo había saludado. Ya ni por cortesía.
Harry sabía que sus hijos lo estaban mirando raro, y que, seguramente, Lily lo estaría mirando mal. Lo sabía, pero le daba igual. No estaba de humor para aguantar a Malfoy, así que lo mejor que podía hacer era irse a casa en ese preciso instante y evitar una pelea.
Por un momento –un momento muy cortito– Harry se preguntó si alguna de las peleas que había tenido durante su época en el colegio con el mismo hombre que estaba frente a él no habrían tenido algo que ver con el tipo de pelea que estaba evitando ahora.
Con un movimiento de cabeza, Harry se despidió de ambos Malfoy. Malfoy padre le devolvió el gesto, todavía más confundido que otra cosa. Y, tras unos minutos en los que sus hijos se despidieron como es debido –porque Harry podía estar enfadado y ser por ello un poco maleducado, pero no se le podía negar que había criado bien a sus retoños–, Harry se alejó caminando de los Malfoy, seguido por James, Albus y Lily, quienes todavía estaban preguntándose qué era lo que acababa de pasar.
Un momento antes de salir de andén, Harry se atrevió a mirar hacia atrás. Mal hecho. Muy mal hecho. Malfoy seguía mirando en su dirección, con una expresión que, si le hubiesen preguntado a Harry en cualquier otro momento, habría dicho que era absolutamente descorazonadora. Si hubiese estado un poquito más cerca de Malfoy, habría podido apreciar lo devastado que parecía.
Pero no lo estaba, y no iba a acercarse. Y seguía enfadado. Así que volvió a girarse y siguió caminando hacia delante, intentando ignorar el pequeño nudo en la boca del estómago que se le acababa de formar.
Hacía horas que Harry había vuelto de la estación y todavía sentía el nudo en el estómago. Había probado con todo. Se había tomado varios tés. Un té normal, otro con leche, otro con limón y el último –en honor al causante del problema y a su té sorpresa especial de la casa– con un chorrito de ron. No había ayudado. Ni siquiera el ron. También se había hecho una manzanilla, por si acaso lo que en realidad tenía era dolor de estómago. Tampoco había funcionado. Había comido, por si era sólo hambre. Pero no, no era hambre. Al final había llegado a la conclusión de que se había comportado como un auténtico imbécil, a la que lo habían ayudado a llegar sus propios hijos, con sus comentarios en plan "papá, ¡has sido un maleducado!". Sí, ese comentario era de Lily, pero tenía toda la razón.
Había sido un soberano maleducado.
Después de un rato pensando y analizando toda la situación mentalmente, una vez tras otra, había llegado siempre al mismo punto. Era un idiota.
Todavía tenía la cara de decepción de Malfoy grabada a fuego en la memoria.
Tenía que disculparse con él. Tenía que hacerlo. Pero, ¿cómo? No podía ir y presentarse en su casa, así sin más, y pedirle disculpas por haber sido un absoluto imbécil. Es decir, era una gran opción, pero Malfoy le preguntaría que por qué lo había sido, y Harry no tenía ninguna excusa, y, definitivamente, no iba a decirle la verdad.
"Oh, nada, Malfoy, es que resulta que estaba enfadado porque cada vez que te veo me entran ganas de besarte y hasta me olvido de que eres un hombre y de que nunca me había sentido atraído por uno. Es normal que me enfade, dado que con treinta y ocho años, un matrimonio a mis espaldas y tres hijos, es la primera vez que me planteo que pueda ser bisexual, al menos. Y es todo culpa de tu maldita sonrisa. Y de tu cara. Y de tu cuerpo. Y de tu personalidad. Oh, a la mierda". Y ahí sería el momento en el que Harry besaría a Malfoy. En un mundo ideal en el que Harry le contase todo a Malfoy, Malfoy le correspondiese y los dos fuesen felices y comiesen perdices.
Cosa que no iba a pasar.
Nop.
¿Y si le mandaba una carta? Así no tendría que mirarlo directamente a la cara. Porque podía llamarlo por Flu, o por teléfono, incluso, pero no se fiaba de sí mismo y de su reacción al verlo o al escucharlo. Y un mensaje de texto era ya demasiado impersonal.
Podía mandarle una carta. Seguro que si le explicaba a su vieja lechuza la situación, lo ayudaría. Las lechuzas eran animales sabios, sabios y raros de narices, pero sabios ante todo.
Estaba tan concentrado dándole vueltas a la forma de pedirle perdón a Malfoy sin tener que entrar en contacto directo con él, que no se dio cuenta de que alguien había entrado en la cocina. No fue hasta que Albus se sentó en la silla que quedaba justo frente a la suya en la mesa que Harry se percató de su presencia. Y casi pegó un bote por el susto, también.
- Al. ¿Qué ocurre?
Habitualmente, cuando Harry quería pensar, se iba a la cocina. Solía ser el lugar más seguro, aparte de su dormitorio. Pero, a diferencia de éste, en la cocina tenía provisiones ilimitadas de té, cosa que ayudaba bastante. Sus hijos no iban a la cocina a menudo, sólo cuando tenían hambre. Entonces, Harry los echaba con un "espera a la cena", ellos se iban y todos tan contentos. No era normal que uno de sus hijos se sentase con él en la mesa. Y mucho menos, que lo mirase de esa manera.
- No, papá, eso te lo debería preguntar yo a ti.
Bueno, no estaba muy seguro de a lo que se refería Albus, pero podía hacerse una idea. Albus siempre había sido, de sus tres hijos, el que más le había recordado a sí mismo. No sólo en el aspecto –que también– sino en la personalidad. Sobre todo desde que había empezado en Hogwarts, comenzando por su miedo a ir a Slytherin. Miedo que había olvidado, porque al final había entrado en esa casa por la puerta grande, prácticamente de la mano de Scorpius. Unos meses después, le había confesado a Harry que el Sombrero Seleccionador no lo había tenido nada claro y que, finalmente y tras mucho dudar, lo había enviado a Slytherin. Claro que Harry sospechaba que el hecho de que Scorpius ya hubiese sido elegido para esa casa había pesado bastante en la elección. Albus había tenido que soportar todos los comentarios de James acerca de lo decepcionado que se iba a sentir Harry por tener un hijo Slytherin, hasta que se había hartado de sus bromas y le había soltado un "tú sí que te vas a sentir decepcionado cuando papá se una a mi equipo de Slytherins y os demos una paliza". Y James se había callado –posiblemente porque no sabía a qué se refería su hermano pequeño–. Aunque Harry no se acababa de fiar mucho de esa información, dado que eran retazos que había ido consiguiendo de James, Albus e incluso de Rose, a través de Ron y Hermione.
La cosa es que Albus siempre había sido el más parecido a él. Así que tenía lógica que fuese el primero en darse cuenta de que algo no iba del todo bien dentro de la vida –y la mente– de su padre.
- ¿A qué te refieres, Al?
- No lo sé, papá. Quizás a lo raro que te has portado en la estación. ¿Te ha hecho algo el señor Malfoy?
Si no hubiese sido porque hacía ya un rato que Harry había dejado de intentar ahogar el nudo de su estómago en infusiones, se habría atragantado con alguna de ellas. Su hijo, el mismo que tenía trece años y no debería ser más que un niño con las hormonas por las nubes y muy poco juicio, acababa de demostrar que no era tonto. Es decir, Harry se sentía orgulloso y todo eso, pero... ¿Por qué en ese justo momento?
- ¿Cómo...?
- He estado hablando con Scorp. Dice que su padre ha estado así como triste desde que volvieron a casa, y que le ha preguntado a su madre y le ha dicho que antes estaba normal.
Harry tragó saliva. Si no tuviese el estómago lleno de té, se haría otro, aunque sólo fuese por tener las manos ocupadas con algo. Porque no era posible que se estuviese sintiendo todavía más culpable que antes.
- Papá... –Albus esperó hasta que Harry se sintió con fuerzas para mirarlo directamente a la cara, y con el ceño fruncido en una expresión de confusión, continuó–. ¿Os habéis peleado el señor Malfoy y tú? ¿O es porque no querías que Scorp viniese a casa a esperar a su padre?
Bueno, Albus podía ser bastante maduro para su edad, pero los niños siguen siendo niños, especialistas en quitarle hierro a los problemas de los adultos, y convertirlos en cosas absurdas y sin importancia.
- No... Claro que no es eso, Al. No me hubiese enfadado si Scorp hubiese venido a casa.
- ¿No...? –Parecía que ése era el mayor problema de Al, porque al ver a Harry negar en respuesta, respiró tranquilo–. Menos mal, papá.
¿Menos mal? Entendía que a Al le preocupase que estuviese enfadado con el padre de su mejor amigo, o que se enfadase si éste venía a casa, pero... ¿Menos mal?
- ¿Menos mal por qué, Al?
Ahí Albus tuvo la decencia de parecer culpable. Se mordió el labio inferior y desvió la mirada, como disimulando. Pero Harry continuó mirándolo fijamente, alzando una ceja. Un gesto que había aprendido de Malfoy, sí, pero muy útil en esas ocasiones.
- Porque ah... Había pensado en invitar a Scorp a comer en casa de los abuelos en Navidad. Me dijo que en su casa sólo serán ellos tres, porque su abuela no iba a venir por no sé qué de Regulación de no sé cuál y jolín, papá, ¿no crees que es muy triste comer sólo tres en Navidad? –Albus estaba hablando muy rápido y todo seguido, poniendo esa expresión de cachorrito abandonado que tan bien se le daba y que siempre conseguía que Harry se ablandase. Y Harry, sin embargo, cada vez se estaba alarmando más–. Y entonces le conté que claro, nosotros nos vamos a juntar todos, que vamos a ser muchos, y tendrías que haber visto su cara, papá, así que le dije...
- ¿Qué fue lo que le dijiste, Albus?
Harry estaba empezando a temerse lo peor. Lo peor de lo peor. Sólo esperaba que Albus no dijese lo que se estaba imaginando, porque no sabía cómo iba a poder...
- Le dije que se viniese a comer con nosotros. Y como me dijo que no podía venir sin sus padres, le dije que viniesen ellos también.
El horror de los horrores. Su hijo Albus había invitado a la familia Malfoy a una comida familiar en el bendito día de Navidad en La Madriguera, con Weasleys por todos lados.
- Oh, Albus...
- ¡Lo siento, papá! Pero es que... No pude evitarlo. La Navidad es una fiesta en familia, ¿no?
Harry no podía negar eso. Y si no hubiese sido por la situación –Malfoys invitados a una comida de Weasleys, por Merlín–, se habría sentido muy orgulloso de su hijo. Pero tampoco podía enfadarse, al fin y al cabo, Albus lo había hecho de buena voluntad.
- Pero... ¿Le has pedido permiso a la abuela Molly? ¿Le has dicho que va a tener que cocinar para tres más, eh?
- No... Pero papá, la abuela Molly siempre cocina para tres más. Y para trescientos más.
Harry estaba a punto de sonreír porque, definitivamente, Albus no era tonto. Pero ése no era el punto. Porque se iba a desatar la tercera guerra mágica, y Harry sabía exactamente dónde y cuándo. El día veinticinco de diciembre, en la Madriguera.
- Bueno, Albus... Entiendo tus motivos, pero... ¿Te has parado a pensar si quieren ellos venir o no? O si tu abuela quiere invitarlos. O cualquiera más de la familia, vamos.
Eso pareció hacer pensar a Albus, que bajó la cabeza, dirigiendo la mirada hacia la mesa. Estuvo así unos instantes, dándole vueltas a las cosas, y finalmente volvió a mirar a Harry.
- Estoy seguro de que Scorp quiere venir. Y no había tenido dudas de si el señor Malfoy iba a querer hacerlo hasta ahora. Yo pensaba que erais amigos.
Eso le dolió a Harry más que cualquier otra cosa que pudiese haber dicho su hijo. Le dolió porque, en ese momento, Harry tampoco sabía si Malfoy iba a querer ir a la comida. Porque sí, Harry también creía que eran amigos. Pero ahora, por culpa de su estupidez, no sabía si lo seguían siendo. Y, por mucho que Malfoy estuviese desmontando una a una todas las ideas de Harry, era un buen amigo. Y Harry no quería perderlo.
Así que con un golpe de las palmas contra la mesa y una pequeña sonrisa, Harry se levantó de la silla, asustando un poco a su hijo por lo repentino del movimiento. Pero había tomado una decisión, e iba a llevarla a cabo. Tenía que hacerlo antes de que se le pasase la motivación.
- De acuerdo, Al. Vamos a hacer una cosa, ¿te parece? –Albus sólo asintió varias veces en respuesta, con rapidez–. Nos vamos a dividir el trabajo. Como has sido tú quien nos ha metido en este lío, te va a tocar ayudar. Vas a ir a hablar con tu abuela y le vas a decir que has invitado a Scorp y a sus padres a la comida de Navidad. ¿De acuerdo? Y vas a hacer que acepte.
Albus asintió una vez más, poniéndose serio de repente, como concentrándose para llevar a cabo su tarea.
- ¿Y tú qué vas a hacer, papá?
- Yo... Voy a ir ahora mismo a ver al señor y a la señora Malfoy, y los voy a convencer para que vengan.
- ¿En serio?
Albus parecía emocionado ante la perspectiva de que Harry fuese a ayudarlo en su causa de conseguir que los Malfoy comiesen con ellos, y Harry no pudo evitar preguntarse si todo eso no habría sido un retorcido plan ideado por dos Slytherins que no querían separarse ni siquiera en vacaciones.
Si lo era, lo cierto es que iba a salir bien, porque Harry no pensaba salir de Malfoy Manor sin un sí por parte de Malfoy y de Astoria. Aunque tuviese que rogar por él.
- En serio. Para la cena tiene que estar todo arreglado, Al, a ver cómo te lo montas.
Con un chillido feliz, Al salió corriendo de la cocina, probablemente en dirección al salón para irse por Flu a La Madriguera a hablar con Molly. Y Harry, sin poder evitar la sonrisa, suspiró. Era sencillo decir que todo tenía que estar arreglado para la hora de la cena, pero se preguntaba cómo de fácil se lo iba a poner Malfoy.
Bueno, Harry no sería un Gryffindor si no estuviese dispuesto a intentarlo. Y había sido muy poco Gryffindor últimamente, escondiéndose de Malfoy y negando las cosas en vez de afrontarlas, así que... Tenía que demostrar por qué el sombrero lo había puesto al final donde lo había puesto.
Con mucha determinación y sólo un poquito de miedo, Harry salió al jardín, hasta alejarse lo suficiente de las protecciones de la casa para poder Aparecerse. En dirección a Malfoy Manor.
Lo cierto es que la Mansión Malfoy nunca había impuesto tanto a Harry. Bueno, no desde que había acabado la guerra, pero ese tipo de recuerdos eran unos que prefería dejar enterrados, muchas gracias.
Pero la visión de esa casa enorme, con todo el trecho de jardín que le quedaba hasta la puerta y el no saber si iba a ser bien recibido... Estaba poniendo nervioso a Harry. Y más todavía si pensaba en lo que había ido a hacer.
Su pequeño nudo del estómago se estaba convirtiendo en uno bastante más grande.
Así que Harry inspiró profundamente, se llenó los pulmones con una mezcla de aire y valentía y atravesó las puertas que daban acceso a la propiedad. Las mismas puertas que llevaban cinco minutos abiertas para él, esperando a que se decidiese a entrar. Malfoy iba a pensar que era idiota.
Bueno, a decir verdad, para eso ya no había remedio. Era muy probable que Malfoy ya pensase que Harry era un idiota, sobre todo después de lo ocurrido en la estación. Al menos, él lo pensaba. Así que el hecho de que se hubiese quedado paralizado a las puertas de su casa, mirando al infinito, sólo iba a aumentar un poco el grado de idiotez que ya ostentaba Harry.
Pues nada, pensó. Iba a demostrarle lo estúpido que podía llegar a ser un Gryffindor en estado puro.
A paso lento, pero seguro, Harry alcanzó la puerta de entrada de la casa. Y el hecho de que nadie hubiese salido a buscarlo, o de que no hubiese nadie en la puerta esperando por él no le agradó demasiado. No empezaba con muy buen pie. Pero qué se le iba a hacer, era algo que se esperaba.
Así que, sacando fuerzas de flaqueza, Harry llamó al timbre y esperó.
Y siguió esperando.
Cuando estaba ya empezando a pensar que nadie lo había oído –y mira que en esa casa tenían un arsenal de elfos domésticos, todos con esas orejas maravillosas y esa buena audición tan característica de los de su especie– y que iba a tener que llamar de nuevo, oyó pasos y voces procedentes del interior. Más nervioso de lo que le hubiese gustado, se pasó una mano por el pelo, en un intento desesperado de peinarse un poco y estar algo más decente. Ni qué decir tiene que no lo consiguió. Y entonces, se abrió la puerta.
- ¿Astoria?
Era Astoria, sin lugar a dudas. Nada de pelo rubio, ni de facciones afiladas. Ni de complexión de hombre, qué bobada. Era Astoria, y la mirada que le estaba dirigiendo en ese momento, con una mezcla de lástima, confusión y turbación lo dejó completamente paralizado en el sitio.
Una cosa es que se esperase una reacción parecida, pero otra era vivirlo en primera persona.
Y de Astoria, ni más ni menos.
- Harry, querido... Buenas tardes.
- Astoria... Espero no molestar.
Astoria se mordió el labio inferior mientras lo observaba, y Harry sabía perfectamente bien lo que estaba pensando. ¿Cuál iba a ser la mejor manera de decirle que sí que estaba molestando? Chananán, hagan sus apuestas.
Menos mal que Harry no apostó nada, porque nunca se hubiese imaginado la respuesta de Astoria. La mujer, tras unos segundos más de cavilación, abrió la puerta del todo y se apartó, dejándole paso a Harry.
- De hecho, no. Creo que no molestas.
Y Harry –más por inercia que por propia voluntad– entró en la casa, sin dejar de mirar a Astoria ni un solo segundo, por si cambiaba de opinión y decidía echarlo de una patada. O de un portazo en la cara, que todavía era posible.
- He venido a...
- Draco está en su despacho. –Astoria lo interrumpió justo cuando tenía pensado decir que iba a disculparse. Como si supiese perfectamente a lo que venía Harry, cosa que no le extrañaría, sinceramente–. Pero igual debería... Ven, acompáñame, Harry.
Y sin esperar a nada más, Astoria se giró y comenzó a caminar hacia el interior de la casa. Un poco torpemente, Harry cerró la puerta intentando hacer el menor ruido posible, y salió tras ella.
Astoria lo guio –sin lugar a dudas– hasta el despacho de Malfoy, directamente y por el camino más corto. No sabía si la mujer quería que arreglase las cosas con su marido, o simplemente echarlo a los leones lo más pronto posible y deshacerse de él. Cualquiera de las dos opciones era válida, pero en ese momento, justo delante de la puerta del despacho de Malfoy, a Harry se le olvidó lo que estaba pensando.
Nunca había visto esa puerta cerrada. No desde fuera, al menos. Tal vez, porque siempre había ido a esa sala acompañado por Malfoy, que era quien ostentaba el derecho a abrir y cerrar la puerta, como dueño y señor del despacho que era.
Harry estaba haciendo una montaña de un grano de arena, pero qué le iba a hacer. Estaba extremadamente nervioso. Tanto que casi salta en el sitio cuando Astoria –después de mirarlo de reojo para comprobar que seguía vivo– llamó a la puerta con los nudillos, en un par de golpes suaves.
- No estoy.
La respuesta de Malfoy casi logra sacarle una sonrisa a Harry, y estaba seguro de que sí que lo había conseguido con Astoria. Malfoy sonaba, a pesar de escucharse amortiguado a través de la puerta, como un niño pequeño totalmente enfurruñado.
- Draco... Soy yo.
- Sé lo que estás intentando, Astoria. Y no voy a picar.
Bueno, ahí estaba. Malfoy sabía que Harry estaba ahí –y Harry no se esperaba otra cosa, la verdad–, y no quería dejarlo pasar. Había contado con eso desde que había decidido ir a Malfoy Manor, pero no por eso dolía menos.
Pero Astoria –bendita Astoria– no se rindió tan fácilmente. Frunció el ceño, cruzó los brazos bajo el pecho y observó fijamente la puerta. Como si estuviese matando con la mirada a su marido a través de ella.
- Draco, abre la puerta.
- No.
- ¡Merlín! –El suspiro de exasperación que dejó escapar Astoria sobresaltó a Harry. Siempre la había visto comportarse como la dama de clase alta que era, y ni siquiera se había planteado cómo sería en plena disputa doméstica. Pero ahí estaba, en carne y hueso y en primera persona, disfrutando del espectáculo–. A veces eres peor que un niño pequeño, ¿lo sabías?
No se oyó respuesta alguna a través de la puerta, y Harry no puedo evitar imaginarse la cara que Malfoy enfurruñado debía de haber puesto ante ese comentario. Y tuvo que recordarse que no era un buen momento para reírse. Y ah, que era su culpa que Malfoy estuviese en ese estado, sip.
- Muy bien, como quieras. Pero me parece que te has olvidado de algún pequeño detalle. Como que desde que me casé contigo, soy una Malfoy también.
Astoria se sacó la varita de la manga –literalmente– y apuntó con ella a la cerradura de la puerta que, con un ruido metálico, se abrió inmediatamente. A Harry sólo le dio tiempo a pensar que debía de ser algún tipo de hechizo familiar para cerrar puertas –o algo así– antes de que Astoria lo cogiese del brazo, abriese la puerta del todo y lo empujase dentro del despacho, sin ningún tipo de consideración ni miramiento. Luego cerró la puerta con un sonoro portazo, demostrando que estaba todavía más molesta de lo que aparentaba.
- Y ahora, habláis y arregláis las cosas. ¡Harry ha venido a verte, Draco! Demuestra que no eres tan idiota como estás pareciendo ahora mismo.
Bueno, se notaba que Astoria era su mujer y que había convivido con él durante los suficientes años como para haberle perdido el miedo a insultarlo, porque dudaba que hubiese otra persona en el mundo que se atreviese a decirle a Draco Malfoy lo que acababa de decir ella.
- ¡Astoria!
- El primero que salga por esta puerta sin arreglarlo, se va a llevar un hechizo. Y creedme que tengo repertorio suficiente como para que estéis asustados.
Harry tragó saliva. Él no quería ningún hechizo de regalo, muchas gracias. Él sólo quería arreglarlo e irse a su casa echando leches. Así que despacio y un poco asustado, se giró hacia el escritorio, donde suponía que estaba Malfoy. Y sí, ahí estaba, pero no como se había imaginado.
Malfoy lo estaba observando con el ceño fruncido, recostado sobre la silla y con las piernas cruzadas apoyadas sobre la superficie de la mesa, con un vaso en la mano, ya más vacío que lleno. Una posición muy poco afortunada, si le preguntaban a Harry, porque estaba haciendo que se imaginase cosas que no, no iba a pensar.
Tras unos segundos mirándose mutuamente, sin decir una palabra, se escuchó un sonido al otro lado de la puerta. Así como un golpe, y no muy bienintencionado.
- ¡No os oigo arreglar nada!
Malfoy sonrió. El muy maldito sonrió, y Harry estaba empezando a asustarse porque se había metido en una casa de locos y seguro que ahora Malfoy lo mataba, lo descuartizaba y lo echaba como cena a los pavos reales.
Pero eso nunca pasó. Malfoy bajó las piernas del escritorio, apoyó el vaso sobre la mesa y se levantó de la silla, caminando hacia uno de los armarios que había contra las paredes, donde Harry sabía que guardaba las bebidas. Con parsimonia, abrió la puerta, cogió un vaso y una botella de whisky de fuego y llenó un tercio de él con el líquido. Harry estaba casi seguro de que Malfoy iba a abrir la puerta y darle la bebida a su mujer para que se calmase un poco –aun a costa de poder ser recibido con un hechizo poco agradable–, por eso se sorprendió cuando el hombre le tendió el vaso a él, cogiéndolo más por reflejo que por voluntad.
- Tranquila, Astoria, no te sulfures. Mujer impaciente.
El resoplido que se escuchó a través de la puerta dejó bastante claro lo que opinaba Astoria al respecto, pero no dijo nada más.
Malfoy, por su parte, volvió a rodear la mesa hasta alcanzar de nuevo su silla y se dejó caer sobre ella, señalándole con un gesto de la mano a Harry la que estaba frente a él, invitándolo a sentarse. Como si fuesen a hacer negocios, o algo.
Harry lo hizo. Y bebió un buen trago de whisky de fuego, que le bajó abrasando por la garganta. Esperaba que así se deshiciese el nudo de su estómago, porque algo más fuerte que eso no iba a probar.
- ¿Y bien?
Bueno, Harry podía asegurar que Malfoy parecía enfadado. O al menos molesto. En condiciones normales, ya habría sonreído y habría dicho varias veces su nombre. Más bien, lo habría llamado Potter. En serio, ¿qué le pasaba a Malfoy con su apellido? Ahora que lo pensaba, siempre lo repetía mucho. Como si quisiese que Harry se diese cuenta de que sabía perfectamente que estaba hablando con él. O como para que viese que se estaba centrando por completo en su conversación. No sabía por qué, pero lo decía todo el rato... Potter, con esa voz que tenía, que a veces parecía que estaba medio ronroneando y todo, tan diferente de como lo había pronunciado en el colegio, y ugh... Mierda. Potter, no sigas por ahí.
Pero ni sonrisas, ni Potter con voz sexy, ni nada. Malfoy lo estaba mirando con una ceja alzada y oh, Harry conocía esa técnica para hacer hablar a la gente, porque él mismo la utilizaba. Y lo hacía porque sabía que funcionaba.
- Pueees... –Y ahora por dónde narices empezaba. Había sido muy fácil llegar hasta aquí –no tanto, la verdad–, pero no se había planteado cómo podía comenzar la conversación con Malfoy. Sí señor, Harry era un buen Gryffindor. Sin pensar hasta el final–. Hola, Malfoy.
Así se hace, Harry. Empezar, se empieza por el principio, por el saludo.
Aunque a Malfoy no le debió de parecer tan acertado como a Harry, porque frunció el ceño sin apartar la mirada de él, intentando verle el sentido a lo que acababa de decir.
Pero pensándolo fríamente, tenía sentido. Tenía todo el sentido del mundo, dado que la mitad del problema era que Harry ni siquiera había saludado a Malfoy en la estación. Sí, es verdad que el problema no había sido el saludo en sí, sino el hecho de que Harry lo hubiese ignorado abiertamente. Y el enfado que había llevado encima en esos momentos también jugaba su parte de culpa. Pero como forma de empezar a arreglar las cosas, no estaba nada mal.
O eso es lo que pensó Harry, porque Malfoy no debió de seguir el mismo hilo de pensamiento.
- Sí, hola. ¿Es lo único que quieres decir? ¿Te has arriesgado a que Astoria te arranque un brazo de un mordisco sólo para decirme hola?
- ¡Te he oído!
La voz de Astoria a través de la puerta sobresaltó a Harry, que ya casi se había olvidado de que la mujer estaba ahí fuera, amenazando con su presencia. Y escuchando la conversación de cabo a rabo.
- Sí, precisamente. He venido a saludarte, Malfoy.
Malfoy sólo lo miró. Lo miró, y lo siguió mirando durante tanto tiempo, que Harry ya no supo cuánto había sido. Se llevó el vaso a los labios y le dio un sorbito a la bebida, tratando de hacer la espera más corta. Hasta que Malfoy sonrió, y a Harry casi le da un pequeño infartito.
- Potter, ¿sabías que eres un idiota?
- Lo sé, ya sabes. Cosas de Gryffindor, somos impulsivos...
- E irremediablemente estúpidos.
- Sí, eso también. Forma parte de nuestro carácter.
Malfoy rio entre dientes y Harry no pudo evitar sonreír, porque Malfoy había entendido –de alguna manera– que Harry se estaba disculpando.
- También tenéis el tiempo de reacción de un bobotubérculo. Así como veinte horas de latencia.
- Gracias a Merlín que no somos los dos Gryffindor.
Ups. No sabía a qué había venido eso, y había sonado demasiado a... intento de flirteo, sip. Él sólo había querido aprovechar, ya que estaban hablando de su maravilloso lado Gryffindor, para halagar el lado Slytherin de Malfoy, con su astucia y esas cosas tan Slytherin. Y le había salido una frase que prácticamente gritaba "hola, Malfoy, sé que soy un lento, pero tú no lo eres, así que... Guiño, guiño". Con los guiños como parte importante.
Sólo esperaba que Malfoy no lo entendiese de esa manera.
- Sí, gracias a Merlín...
Malfoy lo estaba mirando extraño. Raro. Oh, mierda. Malfoy sospechaba. No podía haberse mantenido calladito, sin revelar nada acerca de su inoportuna atracción hacia Malfoy, no. Tenía que hacer comentarios ambiguos que diesen qué pensar y que consiguiesen que Malfoy se diese cuenta de sus sentim... ¡Atracción, había dicho! Pura y dura atracción, en el sentido más físico de la palabra.
- ¿Estás bien, Potter? Pareces alterado.
- Sí, sí. Fantástico. –Y de golpe, se tomó todo lo que le quedaba de whisky en el vaso. Y hubiese necesitado al menos un par de tragos más. O media botella–. Todo perfecto.
Malfoy lo seguía mirando extraño, aunque probablemente tuviese que ver con el comportamiento tan raro que estaba teniendo. Rápido, Harry, piensa algo, algo...
- ¡Oh! ¿Os ha dicho algo Scorpius? Porque, al parecer, Albus lo ha invitado a la comida de Navidad en la Madriguera. –Buen cambio de tema, Harry. Luego se daría a sí mismo un par de palmaditas en la espalda, bien merecidas–. Bueno, a él y a Astoria y a ti, también.
- ¿En serio? –Malfoy parecía extrañado, cosa que no lo sorprendía. Es decir, claro que Al y Scorp se llevaban bien, pero esto ya llegaba a un nuevo nivel de amistad–. Entiendo que no pidió permiso antes de hacerlo, ¿no es así?
Harry asintió. No podía dudar que Malfoy conocía a Albus, igual que él, a estas alturas, ya conocía a Scorpius perfectamente.
- Bueno, en ese caso... Comprendo que quieras retirar la invitación, no es un problema...
- ¿Qué? –Malfoy y su astucia Slytherin habían entendido todo al revés, definitivamente. Aunque igual era su suspicacia la que estaba hablando en ese momento–. No, Malfoy. Aparte de venir a saludarte, también tenía intención de confirmar vuestra asistencia.
Silencio.
Malfoy lo miraba como si hubiese perdido la cabeza en algún punto de la conversación, y Harry sólo pudo sonreír en respuesta. Más que nada, porque era verdad que había perdido la cabeza hacía bastante tiempo, más o menos cuando se hizo amigo del hombre que estaba ante él.
- ¿Pero te has vuelto loco? ¿La comida de Navidad, en La Madriguera? ¿Rodeados de Weasleys?
A cada pregunta, Harry respondía con un movimiento afirmativo de la cabeza, ampliando poco a poco la sonrisa. Esto estaba valiendo la pena, aunque sólo fuese por ver la cara de estupefacción de Malfoy.
- ¿Esto es alguna broma pesada, o...? No lo puedes estar diciendo en serio, Potter.
Harry se rio. De verdad, Malfoy negando lo evidente era la cosa más graciosa que había visto últimamente. Se preguntaba si también él había sido así de gracioso al negar que –evidentemente– le gustaba Malfoy.
Mejor dejar de pensar en eso.
- No te estoy engañando, Malfoy. Scorpius, Astoria y tú estáis invitados a comer a...
- ¿Y esto lo sabe la señora Weasley, o es una sorpresa? ¿O algún tipo de regalo de Navidad muy raro?
- Bueno, supongo que ahora ya lo sabe, puesto que mandé a Albus a decírselo.
Malfoy lo miró fijamente, y Harry solamente sonrió. Vamos, no podía negarse, no podía...
- Tu hijo hace oposiciones a Gryffindor. O eso, o es más Slytherin de lo que me gustaría admitir.
- ¿Eso es un sí?
Justo en ese momento, se abrió la puerta del despacho y una muy apresurada Astoria entró por ella, caminando hasta colocarse tras su marido, pasándole un brazo sobre los hombros en una especie de abrazo. Todo eso, sin dejar de sonreír a Harry como si no hubiese un mañana.
- ¡Por supuesto que es un sí! No nos lo perderíamos por nada en el mundo, ¿verdad, Draco?
Malfoy se encogió de hombros, sonriendo porque total, no tenía mucha más opción.
- Es un sí, Potter.
Harry sonrió, sin poder evitarlo, notando cómo el nudo de su estómago se deshacía un poco.
Y decidió que Astoria le daba un pelín de miedo, la verdad.
N/A: Hola hola. Sé que he tardado más de la cuenta en aparecer, pero me ha sido imposible hacerlo antes ):. Estoy hasta arriba, en pleno periodo de exámenes, y encima los capítulos ahora son más largos y tengo menos tiempo y ugh. Espero que el capítulo más largo compense por la espera.
Gracias a todos los que dejáis reviews y a todos los que leéis, en general. Y gracias a mi beta, que un día me va a lanzar los capítulos a la cabeza como los siga alargando cada vez más.
Mani: Si en realidad Draco es listo, y consigue sacar a Harry y tener una cita con él sin que se dé ni siquiera cuenta... Jajajaj. A ver si este capítulo también te gusta, que también es larguete :). Y espero no haberte hecho esperar demasiado ):. ¡Un saludo!
Lalala: Harry no sabe ni lo que quiere, pero bien que le toquetea con el pie... tsh. os abandono, aunque ahora voy a actualizar menos a menudo, me da a mí... Pero a cambio, serán capítulos más largos :).
Karen: ¡Muchas gracias! :D. La historia iba a ser mucho más corta, en plan oneshot, más que nada porque soy nula para los longfic, o se me olvida actualizar, o lo abandono por completo... Pero dije "va, que yo puedo" y aquí estoy, orgullosa y todo :D. Así que me alegro mucho de que te guste :D.
Y eso es todo. El próximo capítulo tardará un poquito, ya sabéis, pero está en el horno, así que no os preocupéis, que vendrá :).
Recordad que cuanto antes hagáis las cosas, antes tendréis tiempo libre :D. Y eso me incluye, así que me voy a charlar con mis apuntes ahora mismo para tener tiempo libre más tarde.
MayaT
