19. 13 años. 25 de diciembre.
Oh, Merlín. Harry estaba nervioso, muy nervioso. Le temblaban las manos y todo. Sin embargo, Albus estaba feliz. Pletórico. Lleno de energía y vitalidad. Lily también estaba bastante contenta, ciertamente. Y no hacía más que peinarse y volverse a peinar, como si esperase a alguien. Y James... James estaba bastante indiferente, ni fu ni fa.
Era 25 de diciembre. Y los cuatro estaban a punto de irse a La Madriguera, a celebrar la comida de Navidad. Comida a la que Albus había invitado a la familia Malfoy.
Por qué, en nombre de Merlín, por qué. Harry no dejaba de preguntárselo. Cuanto más se acercaba el día, más se lo preguntaba. Y al levantarse esa mañana, se había tapado la cara con ambas manos y había dejado escapar un gemido. Había llegado el momento.
Es verdad que sabía que no toda la culpa había sido de Albus. Al fin y al cabo, había sido él quien había ido a Malfoy Manor a convencer a los Malfoy para que acudiesen. Que no es que Scorpius necesitase mucho convencimiento, no señor. Ni Astoria, para qué engañarse. Pero Malfoy sí. De hecho, habían hablado un par de veces desde entonces y Harry le había tenido que asegurar por activa y por pasiva que no estaba engañándolos y que estaban invitados de verdad. Gracias a Merlín, contaba con la ayuda de Astoria en esa tarea. Bendita Astoria, iba a tener que hacerle un muy buen regalo por estar siempre de su lado.
Aunque lo cierto es que, en ese momento, no lo ayudaba tenerla de su parte, porque hubiese preferido que Malfoy se echase para atrás y no apareciese por la comida.
Se ahorraría varios problemas, la verdad. Como, por ejemplo, que Hermione lo mirase como tratando de leerle el pensamiento. O que Ron pusiese cara de estar entre divertido y al borde del vómito –que era la que ponía cada vez que salía el tema Malfoy en la conversación–. Eso era precisamente lo que los dos habían hecho cuando, por azares del destino, Molly les había dicho que serían tres invitados más. Por supuesto, delante de Harry, para que Harry no pudiese huir y dejarle el marrón a otro. No había sido uno de sus mejores momentos, no. Se había quedado un poco en shock, con la boca abierta y cara de tonto, pensando en cómo justificar el hecho de que Draco Malfoy y su familia estuviesen invitados a comer en La Madriguera. Les había dicho la verdad –que Albus había sido el único culpable– pero tenía la sospecha de que ellos no se lo habían creído del todo.
Lo que daría Harry por un par de días más, ¡un par de horas!, para poder asimilar que de verdad Draco Malfoy iba a comer con su familia. Como si fuese parte de ella.
Ojalá lo fuese. No, espera, borra eso de la mente.
- ¡Papá! –Un grito que provenía de escaleras abajo lo sacó de su ensimismamiento–. ¡Date prisa, vamos a llegar tarde!
Harry miró el reloj, y se dio cuenta de que la voz que gritaba –su hijo Albus, en realidad– tenía razón. Habían quedado con los Malfoy un rato antes de la hora de la comida, a las afueras de La Madriguera –para que no llegasen y se encontrasen con todo el tinglado ellos solos–, y lo cierto es que estaba a punto de ser la hora.
Oh, venga. ¿Ni siquiera unos minutos más? El tiempo no estaba a su favor, definitivamente.
Antes de que Albus volviese a gritar, y a ese grito se uniese Lily, Harry bajó por las escaleras para encontrarse a sus tres hijos bien arreglados y bastante impacientes. Les revolvió el pelo a modo de saludo –y para molestar, sobre todo a Lily, que llevaba horas peinándose y él lo sabía– y los empujó como pudo a los tres para hacerlos entrar en el salón, en dirección a la chimenea.
- De acuerdo, como vamos con el tiempo un poco justo, id yendo por Flu a casa de los abuelos, que yo me apareceré directamente para buscar a los Malfoy.
- Pero...
- ¿Pero qué? Si va a ser un momento. Aunque no los veáis llegar, los vais a ver luego. Vamos, vamos.
A pesar de que tanto Lily como Albus parecían a punto de continuar con las réplicas, parecieron pensárselo mejor y se callaron, siguiendo a su hermano mayor, quien ya había cogido los polvos Flu, ajeno a los dilemas de los otros dos. Cuando vio a James desaparecer por la chimenea tras decir "La Madriguera", dejó a sus dos hijos pequeños en el salón a punto de hacer lo mismo y caminó hacia el exterior de la casa, alejándose lo suficiente como para no estar dentro de las protecciones de la vivienda. Y se quedó parado, mirando al cielo gris de diciembre. Podía huir. Bueno, en realidad, huir era inviable. Pero podía fingir que le había ocurrido algo, y llegar más tarde. Un par de horas, qué iba a ser eso. Sólo necesitaba ese tiempo, nada más.
Y también alguien que le recordase que él era Gryffindor, al parecer.
Cerró los ojos, y se desapareció hacia las afueras de La Madriguera.
Cuando se Apareció, no había nadie todavía. Lo cual era bueno, porque una de dos: o no habían llegado –lo que significaba que Harry había llegado a tiempo, yuju– o no iban a aparecer. Cualquiera de las dos era una gran opción, sobre todo la segunda, y...
- No, Harry. Eres un maldito Gryffindor, demuéstralo y acéptalo.
Justamente en el momento en el que estaba terminando de regañarse a sí mismo, se escuchó un pequeño "pop" en algún sitio cercano. Girando la cabeza intentando adivinar el origen del ruido, descubrió a Astoria, Scorpius y a Malfoy mirándolo, a tan sólo unos pasos de distancia.
Oh. Es verdad. Que era eso por lo que se encontraba ahí.
Sólo esperaba que no hubiesen escuchado su conversación consigo mismo. No porque pudiesen pensar que estaba un poco tocado de la cabeza –que también–, sino porque sabía que, de haberlo oído, Malfoy no descansaría hasta saber qué era lo que Harry tenía que aceptar. Lo conocía lo suficiente como para tener eso claro. Y ah, no. Antes loco y encerrado en San Mungo que admitírselo a Malfoy. Si todavía no había sido capaz de aceptarlo –y le era imposible decirlo en voz alta sin sentirse horrorizado–, como para contárselo al causante de todo.
- Buenos días, Potter.
Yyyy Malfoy lo estaba mirando raro, como si estuviese un poco chalado. Bien. Definitivamente, se había distraído demasiado pensando. Aunque, dentro de lo malo, Astoria no lo miraba de ninguna manera extraña, sólo sonreía. Pero, ahora que lo pensaba, no tenía ni idea de por qué sonreía esa mujer, y eso le daba más miedo todavía que cuando conocía el motivo.
- Buenos días. Scorpius, Malfoy. –Con un movimiento de cabeza, dio por saludados a Malfoy padre e hijo, y se acercó a Astoria, quien estaba prácticamente abriendo los brazos para él, esperando un saludo en condiciones–. Astoria.
- ¡Harry, querido! –La mujer, sin esperar a nada más, se puso de puntillas y le plantó un beso en la mejilla a Harry, todo eso mientras lo apretaba en el abrazo más fuerte –y cariñoso– que alguien le había dado en meses. Después de eso, nunca más podría volver a dudar de que Astoria le tenía aprecio–. ¡Feliz Navidad!
Feliz Navidad. Cierto. Harry estaba tan entretenido él solo con sus propios pensamientos que incluso se le había olvidado qué era lo que traía a los Malfoy hasta ahí. Era Navidad.
- ¡Feliz Navidad!
Entonces, como salido de la nada, apareció Albus corriendo y gritando cosas que Harry no entendía, pero que, conociendo a su hijo, posiblemente eran muy similares a "Scoooorp, mira lo que he encontrado". Scorpius, como movido por un resorte, echó a correr hacia Albus, a que le dijese lo que le tuviese que decir, y a contarse qué regalos de Navidad había recibido cada uno. Harry estaba bastante seguro de eso.
- Será mejor que vayamos entrando nosotros también.
- ¡Vamos, vamos!
Desde luego, se notaba que Astoria estaba completamente emocionada. Por el contrario, Malfoy no parecía demasiado feliz con la perspectiva. A Harry no le extrañaba, al fin y al cabo, Malfoy no había sido nunca un gran fanático de la familia Weasley. Aun así, había seguido las indicaciones de Harry respecto a cómo acudir vestido a la comida, y eso que no había dejado de quejarse sobre "no me puedo creer que me esté dejando aconsejar por ti en cuestión de moda, Potter". Bromeando o no, se había quejado. Pero al final, ahí estaba. Con la ropa que Harry se hubiese puesto de tener el fondo de armario que Malfoy poseía –y de no ser porque comida Weasley navideña implicaba jersey de la señora Weasley–. Con un pequeño toque Malfoy, por supuesto –porque a Harry le gustaba un poco más de la cuenta el color rojo para el gusto del Slytherin–. Elegante –porque todo en Draco Malfoy era así–, pero familiar y hogareño.
Y al diablo, si no le quedaba bien ese maldito suéter muggle.
Oh, mierda. No acababa de pensar eso.
Cambia de tema rápido, Potter, rápido.
Qué guapa que estaba Astoria, ¿no?
Uf. Salvado. Más o menos, porque seguía pensando que ese suéter gris –que combinaba con el maldito color de sus ojos– le quedaba muy, pero que muy bien.
Subconsciente, vale ya.
Suerte que ya estaban llegando a la entrada de La Madriguera. No creía posible aguantar mucho más el estar mirando a Malfoy sin hincarle el diente.
Oh-oh. Por el amor a Merlín y a todo lo que es mágico, qué le estaba pasando. Alguien le tenía que haber envenenado la bebida, o algo así. Aunque no hubiese bebido nada, daba igual.
Por qué no había dejado a sus hijos encargarse de ir a buscar a los Malfoy, por qué. Él podría estar ahora felizmente sentado, manteniendo una charla amigable con su familia y amigos acerca de por qué la familia Malfoy estaba invitada a la comida... No, espera. Prefería ir a buscarlos, por mucha vergüenza que le diese.
- Muy bien, hemos llegado. ¡Adelante! Como si estuvieseis en vuestra casa.
Harry abrió la puerta de La Madriguera y se apartó para dejar pasar a Astoria y a Malfoy, como el caballero educado que era. Y suspiró tranquilo, porque ahora, al menos, no tendría el monopolio de Malfoy y dejaría de sentirse tan nervioso. Y tan estúpido.
Espera, Malfoy, ¿y ese culo?
Menos mal que Malfoy y Astoria ya habían entrado, porque si no, con la cara de horror que había puesto Harry, se habrían preocupado un poquito. O más bien bastante, porque parecía que le acababa de dar una apoplejía.
- ¡Oooh! ¡Señor y señora Malfoy! ¡Qué alegría que os hayáis decidido a uniros a nuestra comida familiar! Es todo un placer teneros aquí.
Y ahí estaba Molly, haciendo de anfitriona tan espectacularmente como sólo ella sabía. Y Harry estaba un poquitito –sólo un poquitito– preocupado por ver cómo se desarrollaban las cosas. Es decir, la última vez que había visto a Malfoy en compañía de la familia Weasley, no había sido la mejor de las fiestas.
Pero bueno, siempre estaba Astoria para arreglar las cosas, al parecer.
- ¡Señora Weasley! Estamos encantados de estar aquí, ¿verdad que sí, Draco? –Draco asintió con una sonrisa mientras se quitaba con un golpe de varita el hechizo calentador que llevaba –porque los abrigos están sobrevalorados, siendo mago–, y Harry tuvo que sonreír a su vez por lo ridículo de la escena. Astoria y Malfoy, cara a cara con Molly, estando encantados por ir a comer con un puñado de Weasleys. Oh, Harry iba a reírse bastante tiempo a costa de eso–. Me han hablado tan bien de sus dotes culinarias... ¡Estoy deseando probarlo todo! Pero, ay, llámeme Astoria, por favor.
Yyyy remata y gol. Buena jugada, Astoria. Alabar la comida de Molly era el camino más rápido y seguro al corazón de la matriarca Weasley. Ésta, demostrando lo evidente, sólo soltó una carcajada y abrió los brazos, metiendo a Astoria entre ellos, sin dejarla escapar –aunque la mujer parecía tan encantada que Harry dudaba que alguna vez quisiese irse de ahí–.
- Entonces espero que me llames Molly. –Y sí, era definitivo. Astoria había conquistado a la señora Weasley. Soltando finalmente a Astoria, Molly se giró hacia Draco, un poco más cohibida –y sin atreverse a darle el mismo tipo de abrazo machacahuesos que a su mujer–, pero todavía con una sonrisa en la cara–. Señor Malfoy.
- Draco para usted, señora Weasley. O Molly, mejor dicho. –Malfoy se corrigió al ver la expresión de regaño que acababa de poner la señora Weasley, y le guiñó un ojo a la mujer. Y Harry se iba a caer de culo en el sitio porque oh-mi-buen-dios, eso no se lo había esperado para nada–. Como ya ha dicho Astoria, es un placer...
- Oh, basta de formalidades. Todos estamos muy contentos por estar aquí hoy, ¿no es así? Pero ahora acompañadme dentro, con el resto de la familia. –La mujer, sin perder un ápice su sonrisa, agarró a Astoria y a Malfoy cada uno de una mano, y tiró de ellos como sólo una madre haría, en dirección al salón, girándose lo justo y necesario para mirar a Harry de reojo antes de seguir caminando–. Y no creas que te has librado de tu abrazo, Harry. No señor. ¡Ahora mismo vuelvo a por ti!
- No esperaba lo contrario, Molly.
Y con una carcajada, Harry salió tras la señora Weasley, Astoria y Malfoy. Iba a ser una comida muy interesante, definitivamente.
Todo estaba saliendo mucho mejor de lo que Harry había imaginado. Bueno, más bien, de lo que se había temido.
Los Weasley habían conseguido agrandar el salón. Harry no sabía muy bien cómo, pero era algo que agradecía profundamente, dado que con tantos invitados, la otra opción era comer al aire libre. Y el aire que corría a finales de diciembre en esa parte de Inglaterra era un poco frío, por muchos hechizos calentadores que pusiesen. Probablemente Hermione tuviese algo que ver con la reciente expansión del lugar. Luego tendría que agradecérselo.
También habían expandido la mesa. Ese hechizo era más conocido para Harry, y lo controlaba un poco mejor, pero no por eso dejaba de estar agradecido por ello. Eran como trescientos o así, no había forma humana de sentarlos a todos en la misma mesa. Pero mágica sí.
Cuando Molly entró en el salón acompañada por los Malfoy –padre y madre, dado que el hijo había desaparecido junto con Albus y no se sabía nada más de él hasta el momento– y seguida por Harry, todos los que estaban en el salón –toda la familia Weasley y algún acoplado más, como Ted Lupin– se quedaron en silencio. Y eso era mucho decir, porque había alrededor de treinta personas en la sala, de los cuales la mitad eran niños. Y ya se sabe que los niños son escandalosos por naturaleza. Hasta Lily –que tenía pinta de haber estado gritando hasta hacía tan sólo unos instantes– se había quedado callada. Claro, que la expresión con la que estaba mirando en dirección a los Malfoy decía más de lo que la niña hubiese admitido.
Se había hecho el silencio absoluto y Harry, desde su posición, podía ver perfectamente a todos los presentes mirando directamente hacia la pareja Malfoy. Harry pudo notar a Astoria removiéndose en el sitio un poco incómoda al tener toda la atención sobre ellos, pero la mujer, haciendo de tripas corazón, alzó una mano y saludó de esa manera. Antes de que a Astoria le diese tiempo a bajar la mano, se escuchó un carraspeo –carraspeo que Harry sabía que había sido de Molly, porque estaba justamente tras ella y la había oído perfectamente, con desaprobación y todo– y, de repente, todos se levantaron de donde estaban sentados y se acercaron a saludar en tropel, como si fuesen viejos amigos que hacía años que no se veían.
Harry se quedó un poco a cuadros, la verdad, pero tenía la ligera sospecha de que Molly había amenazado previamente de muerte al que se atreviese a estropear su comida de Navidad. Desde luego, no le extrañaría. Y, si hubiese estado en el lugar del resto de la familia Weasley, estaría preocupado. Y tratando de hacer que todo saliese lo mejor posible, también.
Después de esa entrada triunfal y por la puerta grande, Harry esperaba que las cosas fuesen al menos un poco más fluidas.
Molly, junto con Angelina, Ginny y Fleur, se fue a la cocina a terminar de preparar la comida. Por su parte, Astoria y Malfoy se acercaron al grupo de personas que esperaban en el interior del salón a que la comida estuviese lista del todo y comenzaron a hablar con ellos.
Ésa fue la primera señal de alarma para Harry. ¿Qué pasaría si ahora que no estaba Molly pendiente, los Weasley ni siquiera le dirigían la palabra a Astoria y a Malfoy? Era culpa de Harry que estuviesen allí, al fin y al cabo, los había invitado él. Tenía que ser él el que los cuidase. Más o menos.
Como quien no quiere la cosa, Harry caminó hasta colocarse a unos pasos de Malfoy, escuchando –a grandes rasgos– la conversación que estaba manteniendo en ese momento con Bill y Arthur, dejando que fuese él quien se integrase, pero atento por si en algún momento era necesaria su intervención. Pero la verdad es que no parecía que necesitase mucha ayuda. De hecho, Arthur y Bill parecían bastante contentos hablando con él, y Malfoy no tenía pinta de estar incómodo en esa situación.
Harry pudo volver a respirar tranquilo. Bueno, parecía que de momento la situación estaba salvada.
La siguiente señal de alarma apareció cuando se agotó la conversación entre Bill y Arthur y Malfoy. Malfoy se giró con toda la intención de seguir socializando con diferentes miembros de la familia y justamente se encontró, cara a cara, con Ron.
Ron lo miró fijamente y Malfoy le devolvió la mirada. Harry no estaba lo suficientemente cerca como para escuchar lo que se estaban diciendo –probablemente porque se lo estaban susurrando–, pero podía jurar que Ron había dicho algo que sonaba exactamente igual que la palabra "hurón". Y Malfoy le había contestado con algo que incluía la palabra "comadreja", sin lugar a dudas. Durante unos segundos muy tensos, Harry estuvo seguro de que iba a ocurrir una desgracia, y justamente estaba a punto de acercarse a poner tierra entre los dos antes de que llegasen a las varitas y todo aquello se transformase en algo más que palabras, cuando vio a Ron sonreír.
Ron sonriendo a Malfoy. Ver para creer. No era la sonrisa más amplia que le había visto al pelirrojo, pero era una maldita sonrisa dirigida hacia Draco Malfoy, y eso era algo que Harry no había esperado nunca llegar a ver en su vida.
Y ya, en el momento en el que Malfoy le ofreció la mano a Ron, Harry casi se cae de culo en el suelo, así sin más.
Ron miró la mano de Malfoy, luego lo miró a la cara y, finalmente, se la estrechó.
- Tregua.
Merlín. Una tregua entre Malfoy y Weasley. El mundo debía de estar a punto de explotar o algo parecido, porque eso no era normal.
Cualquiera diría que, a su edad, ambos habían madurado ya.
Con una sonrisa, Harry los observó mientras charlaban, más perdido en sus propios pensamientos que interesado por su conversación. ¿Hubiese sido eso posible en cualquier otra situación? ¿O Malfoy y Ron acababan de llegar a una tregua porque él era amigo de los dos?
De cualquiera de las maneras, se sentía orgulloso de ellos.
De repente, Harry notó que alguien se colocaba a su lado y con el susto, salió de golpe y porrazo de sus pensamientos acerca de la madurez mental de Ron y Malfoy, girando la cabeza para encontrarse con Hermione, quien miraba a ese par con una sonrisa.
- ¿Sabes? No hace falta que te preocupes tanto. Saldrá de ésta.
Harry sabía a lo que se refería Hermione, y sabía que tenía razón. Malfoy había cambiado desde el colegio, y ya no era ningún niñato malcriado y maleducado. Sabía que era más que capaz de socializar, siempre y cuando le diesen la oportunidad. Y, al parecer, los Weasley se la estaban dando.
Pero no podía evitar preocuparse todavía un poco. Sólo quería que todo fuese bien, que Malfoy y Astoria saliesen bien parados de esa comida y pudiesen llegar a hacerse amigos de los Weasley. Que se integrasen un poco en la familia.
Espera, ¿para qué quería incluir a Astoria y a Malfoy en su familia?
Oh, no.
- No estoy preocupado.
Hermione no le respondió con palabras, pero lo hizo con la expresión que puso. Lo miró con una cara que decía por todas partes "no puedes engañarme, Harry James Potter", y después de dedicarle una sonrisa misteriosa –que Harry no quería saber qué significaba, muchísimas gracias–, se despidió de él con un par de palmaditas en la espalda antes de salir por la puerta en dirección a la cocina, probablemente a ayudar con los toques finales de la comida.
La tercera señal de alarma ocurrió cuando Ginny, después de volver al salón, se había encontrado con Astoria. Harry estaba justamente pasando a su lado para dirigirse hacia la mesa y había escuchado la conversación que estaban manteniendo.
- Oh, ¿así que tú eres la exmujer de Harry? ¡Es un verdadero placer!
Harry estaba seguro de que no se había imaginado el énfasis que Astoria había puesto en "ex", como si quisiese dejarle claro a Ginny que ya no tenía más posibilidades con él. Y también estaba bastante seguro de que para ella, el placer no era tan verdadero como acababa de decir. Si Astoria supiese aunque sólo fuese la mitad de las cosas que Harry le había contado a su marido a lo largo de los años acerca de cómo Ginny lo estaba abandonando –a él y a sus hijos, que era peor–, odiaría a esa mujer. No podía culparla.
Sólo esperaba que no hiciese nada en consecuencia, porque si atentaba contra la vida de alguno de sus miembros, no creía que la familia Weasley se lo fuese a perdonar.
Con un suspiro –y deseando que no ocurriese ninguna desgracia– caminó alrededor de la mesa, buscando el sitio que le habían asignado para sentarse. Habitualmente, las comidas en casa de los Weasley se caracterizaban por ser un poco sálvese quien pueda, sin ley ni orden. Cada uno se sentaba donde le apetecía, y fin. Pero, al parecer, habían decidido no seguir ese método esta vez. Habían colocado pequeñas etiquetas dobladas en diversas formas sobre cada plato, con el nombre de la persona que tenía que sentarse ahí. Era de entender, sobre todo si querían evitar problemas con ciertos invitados. O, más que problemas, marginación.
Oh, ahí estaba. Por curiosidad, miró las etiquetas de sus vecinos en la mesa. Y cómo no, a su derecha estaba Malfoy. No esperaba otra cosa. Quizás que hubiesen colocado a Astoria, pero la verdad es que estando Hermione y su obsesión de "te gusta Draco, Harry. Admítelo, te gusta" de por medio, no había otra posibilidad. Tenía que ser Malfoy.
A su izquierda, habían colocado a Charlie. Cosa que no estaba tan mal, porque sabía que si se agobiaba demasiado con Malfoy al lado –cosa bastante probable, porque no podía huir de esa mesa, no al menos hasta que acabase la comida–, siempre podía girarse hacia el otro lado. Una buena vía de escape, sí señor.
- ¡A la mesa!
La potente voz de la señora Weasley lo sacó de su ensimismamiento, y tuvo el tiempo justo para verla aparecer por la puerta del salón, levitando varios platos y una fuente enorme –con el pavo más grande que Harry había visto nunca, y mira que había visto pavos grandes en esa casa– directamente hasta la mesa.
De repente, surgió el caos. Tras la llamada de Molly, cada miembro de la familia se puso a buscar su sitio en la mesa. Los niños gritaban y reían, todos hablaban, arrastraban sillas y, al final, cuando todo el mundo estuvo sentado en su silla, los niños –y no tan niños, si le preguntaban a Ted Lupin, por ejemplo– en un lado de la mesa y los mayores en el otro, volvió el silencio poco a poco.
Harry miró a Molly, que era la única que había quedado de pie. La mujer sonreía desde su sitio, pasando la mirada por cada uno de los presentes. Y Harry hizo lo mismo, y no pudo evitar una sonrisa. Era gracioso ver a todos con un jersey diferente, pero todos y cada uno de ellos hecho a mano por la mismísima Molly. No le extrañaba que la mujer estuviese sonriendo con orgullo al ver los frutos de su trabajo.
- Y ahora que ya estamos todos aquí… –La mujer sonrió inequívocamente en dirección a Malfoy y Astoria –quien estaba sentada a la derecha de su marido–, y con un movimiento de varita, hizo aparecer un par de paquetes envueltos en papel de regalo, que se acercaron levitando hasta el matrimonio Malfoy–. ¡Feliz Navidad!
Eso Harry sí que no se lo esperaba. ¿Que los Weasley aceptasen a los Malfoy en su mesa? Bueno, era posible. Los Weasley nunca habían sido del tipo intolerante, y eran de esas personas que dan segundas oportunidades a todo el mundo. Pero… ¿que además les hiciesen regalos de Navidad? Eso ya era surrealista.
Por lo visto, Malfoy opinaba lo mismo. Sólo había que ver la cara que estaba poniendo.
- ¡Oh! ¿Es un jersey? ¡A juego con los vuestros! –Astoria había abierto el paquete rasgando el papel de regalo sin ningún cuidado, y había desdoblado el jersey que había dentro, enseñándoselo al resto de los presentes. Con una risita, se puso en pie y de un solo movimiento fluido, se lo puso sobre el suéter que ya llevaba puesto–. ¡Muchísimas gracias, Molly! ¡Y a todos!
Harry estaba alucinando. Y Malfoy también, definitivamente. Estaba mirando a Astoria con los ojos como platos y la boca abierta, mientras ella lucía orgullosa su nuevo jersey color verde Slytherin. Que por cierto, tenía una serpiente muy adorable en la parte delantera, como adorno.
Era un shock, pero no se podía decir que no le pegase a la mujer.
Con una sonrisa, Harry le dio un codazo a Malfoy. No con mucha fuerza, sólo con la suficiente como para sacarlo de su ensimismamiento. El hombre se giró más confundido que otra cosa, y Harry solamente señaló el paquete que tenía entre las manos con un dedo.
- ¿No piensas abrir el tuyo, Malfoy?
En el fondo, se estaba divirtiendo. Ver sufrir de esa manera a Malfoy era divertido. Además, Harry tenía curiosidad por ver el jersey que la señora Weasley había tejido para él. Y por verlo en su cuerpo, ya que estaba.
Espera, eso se le había escapado.
Harry vio a Malfoy tomar aire y soltarlo en un sonoro suspiro, probablemente sacando fuerzas de flaqueza. Y, de repente, abrió el paquete de un sólo tirón y dejó ver un jersey de un color verde esmeralda, algo más oscuro que el de su mujer.
Y Harry se dio cuenta de que ahí, justamente delante de sus ojos, tenía una nueva señal de alarma. Si Malfoy no se ponía el bendito jersey, habría problemas. Pero no podía imaginarse a Malfoy poniéndose un jersey hecho a mano por una Weasley.
Claro que tampoco se imaginó nunca verlo sentado junto a él en la comida de Navidad. Ni se imaginó que podría ser su amigo.
Ni tampoco se había imaginado nunca que podía acabar gustándole un poquito más de la cuenta.
Pero había pasado.
Con lentitud, Malfoy arrastró la silla hacia atrás y se incorporó hasta quedar de pie. Harry no sabía muy bien qué iba a hacer. No sabía si iba a huir, si iba a sacar la varita y a hechizarlos a todos, o si iba a prenderle fuego al jersey ahí delante de todo el mundo. Así que, desde luego, no se esperó que Malfoy dejase el jersey de la discordia con todo el cuidado del mundo sobre la mesa.
Harry estaba observando expectante a Malfoy, al igual que el resto de los presentes. Y él, con una sonrisa, se llevó las manos al bajo del suéter gris al que Harry le había cogido tanto cariño –porque, en serio, no era normal que un suéter favoreciese tanto a nadie– y se lo quitó, levantándose un poco la camisa que llevaba debajo y despeinándose en el proceso.
Y ahí Harry se quedó pillado. Abrió los ojos más de la cuenta al ver la parte del abdomen de Malfoy que quedó descubierta y, en un intento de no quedarse mirando fijamente como un tonto, subió la mirada hacia su cara. Error. Porque bueno, Harry, a estas alturas de su atracción por Malfoy, ya tenía más que claro que le gustaba Malfoy despeinado. Le hacía pensar en cosas sucias, camas deshechas y noches sin dormir. No estaba orgulloso de ello y lo negaría si alguien se lo preguntase, pero era algo que no podía evitar. Ver a Malfoy despeinado le hacía desear haber sido él quien lo hubiese conseguido.
Y, sinceramente, no era un buen momento para desear ese tipo de cosas.
Con un carraspeo, Harry apartó la mirada de Malfoy mientras éste cogía el jersey verde y se lo ponía. Con un vistazo alrededor de la mesa, se dio cuenta de que todos estaban observando a Malfoy cumplir con el ritual familiar de llevar un jersey hecho a mano a la comida de Navidad, e incluso estaban animándolo. Hasta los niños. Algunos aplaudían y todo –Scorpius, principalmente, que parecía completamente encantado con la idea de ver a sus padres vestidos de Weasleys–. Todos menos Hermione, por supuesto, que lo estaba mirando con una sonrisita de "te lo dije". Sin querer admitir que su amiga tenía razón, Harry devolvió la vista a Malfoy, que sonreía a nadie en particular, mostrando su nueva adquisición: un jersey verde esmeralda, con una D –presumiblemente de Draco– en la parte delantera.
Harry no pudo evitar sonreír. De verdad que lo intentó, pero no pudo. Malfoy siempre acababa sorprendiéndolo.
Como en ese momento, que se había girado hacia él y lo estaba mirando con una expresión de niño con zapatos nuevos, estirando el jersey para que se viese perfectamente la D tejida en color gris plateado.
- ¿Te gusta? –Harry no se podía imaginar por qué le estaba preguntando eso a él, pero, todavía sin borrar del todo la sonrisa, asintió–. ¿Crees que me queda bien?
Harry tragó saliva. Y lo hizo otra vez. ¿Había alguna contestación buena a esa pregunta? Un "sí" lo delataría demasiado, y un "no" probablemente desilusionaría a Malfoy.
- Oh, ¿ahora no te importa dejarte aconsejar por mí?
Malfoy se rio, y Harry supo que había acertado con la contestación. Con un encogimiento de hombros, el hombre volvió a sentarse en la silla, mirándolo de reojo con un asomo de sonrisa en los labios.
- Bueno, Potter. A veces haces gala de buen gusto, y todo.
Ah, ahí tenía que darle la razón. Le gustaba él, después de todo.
- Y espero que todos tengáis mucha hambre. ¡A comer!
La voz de Molly destacó por encima del tumulto y, con un movimiento de su varita, comenzó a trinchar el pavo, dando la comida por iniciada.
Harry no podía probar ni un bocado más. Había sido una comida exquisita, y a pesar de que la señora Weasley era siempre una magnífica cocinera, esta vez se había superado.
Primero había sido el pavo acompañado de patatas asadas y distintos tipos de verduras. Harry había distinguido las coles de Bruselas, pero estaba bastante seguro de que también había pimiento, cebolla, y si no se equivocaba, zanahoria. Y probablemente algunas más cuyo sabor Harry no reconocía, realmente. No era un experto en cuestiones culinarias, para ser sincero. Luego habían aparecido unas especie de tartaletas rellenas de algún tipo de carne que, ciertamente, estaban deliciosas. Todo ello acompañado por litros y litros de zumo de calabaza.
Y ahora que tocaba el postre, Harry sabía que si comía algo más, explotaría.
- Potter, de verdad que tendrías que haberme dicho que la señora Weasley cocinaba tan bien. –La voz de Malfoy lo distrajo de sus pensamientos acerca de estómagos explotando y giró la cabeza hacia él, viéndolo en una posición muy similar a la que tenía él en ese momento, recostado sobre la silla y acariciándose la barriga–. No habría comido nada en los dos últimos días para dejar sitio y comerme todo lo que queda en la mesa.
Harry soltó una carcajada, y al instante deseó no haberlo hecho, porque reír le apretaba el estómago y lo hacía sentirse todavía más hinchado.
- No me hubieses creído, Malfoy, y habrías comido igualmente. Y luego habrías venido y me habrías echado la bronca por no insistir más y obligarte a creerme.
Ése fue el turno de Malfoy de reírse, soltando un quejidito al final porque bueno, Harry sabía cómo se sentía estar tan lleno, ya que estaba en la misma situación.
- Qué bien me conoces, Potter.
Harry sonrió en respuesta. Claro que lo conocía. Llevaba años hablando con el hombre, aprendiendo sus costumbres, y a esas alturas sabía tan bien como si se tratase de sí mismo las reacciones que podía tener Malfoy. O al menos, la inmensa mayoría de ellas.
Porque, por ejemplo, no tenía ni idea de dónde había salido la reacción que estaba teniendo en ese mismo instante al ver el postre.
- ¿Eso es pudin de Navidad? –Malfoy se incorporó inmediatamente en la silla al ver a Molly traer un pudin gigantesco, como si hace un momento no se hubiese estado quejando de que estaba demasiado lleno como para comer nada más.
- Oh, no.
Ésa era la voz de Astoria, pero a pesar de lo que estaba diciendo, se podía notar que estaba escondiendo una sonrisa.
- ¿Es casero?
La señora Weasley esbozó una amplia sonrisa y asintió en respuesta, con esa cara de orgullo maternal que sólo ella sabía poner.
- Por supuesto que es casero, querido.
Como si hubiese alguna posibilidad de que no lo fuese.
- Oh, me encanta.
Ver a Malfoy dando palmadas como si fuese un niño pequeño esperando por el postre –literalmente–, estaba empezando a ser más de lo que Harry podía soportar. Es decir, podía lidiar con un Malfoy elegante. Total, siempre era así. Podía pasar por uno inteligente, o por uno gracioso. Pero no podía con uno adorable. En serio, ¿era eso necesario?
Molly, por toda respuesta, partió un pedazo de ese pudin tan enorme –que supuestamente tenía que dar para todos, pero por la cara que estaba poniendo Malfoy, Harry dudaba que quedase para alguien más si lo dejaban a su alcance– y lo sirvió en el plato de Malfoy.
Y él, sin perder ni un solo segundo, cogió la cucharilla de postre y la clavó en el dulce, llevándosela a la boca con un trozo de éste.
- Hmmmm. Esto está delicioso, Molly.
Harry tenía que aprender a hacer pudin de Navidad. Le tenía que pedir la receta a Molly, o si hacía falta, la buscaba por internet. Pero necesitaba aprender a hacer ese pudin, porque la cara que estaba poniendo Malfoy al saborearlo era una expresión que Harry necesitaba ver más a menudo. Y con más a menudo, quería decir siempre. Cara de placer, de estar disfrutando totalmente.
Y oh, Merlín. La mente de Harry empezó a irse por otros derroteros muy poco apropiados para una comida familiar y más relacionados con todo lo que se podía hacer en una habitación. En concreto, sobre una cama. ¿Pondría Malfoy la misma expresión...?
Uf. Harry carraspeó tratando de olvidar lo que acababa de pensar. Que hubiese aceptado que se sentía atraído por Malfoy no quería decir que se sintiese cómodo teniendo ese tipo de pensamientos. Y menos delante de su familia y con el susodicho al lado.
El carraspeo atrajo la atención de la señora Weasley, que todavía estaba danzando por ahí con el pudin en la mano, repartiendo trozos a los que parecía que todavía no habían comido lo suficiente como para quedar en coma. En un momento, se colocó al lado de Harry, mirándolo con una sonrisa bonachona.
- Harry, cielo. Quieres un poco, ¿verdad?
Harry estuvo a punto de decir que no. Principalmente, porque estaba tan lleno que no creía tener más hueco en el estómago. Pero la cara de ilusión de Molly –y la necesidad de saber cómo sabía el pudin para haber hecho a Malfoy poner esa expresión– pudo con su sentido común.
- De acuerdo, pero sólo un troci...
Por supuesto, Molly no le hizo caso, y el trocito que le puso podría haber alimentado a una manada de ñus hambrientos en plena época de sequía. O eso es lo que Harry pensó viendo el pedazo enorme que le acababa de poner. Enorme para cualquiera que se hubiese zampado todo lo que había comido él antes, claro.
Pero tenía que probarlo, así que, ni corto ni perezoso, partió un trozo con la cuchara y se lo metió en la boca, saboreándolo.
No iba a negar que estaba rico. Estaba muy rico. Claro que siendo de Molly Weasley, no había esperado otra cosa. Y menos después del banquete que había organizado. Pero...
De reojo, Harry miró a Malfoy. Ya había acabado el pudin de su plato –algo elogiable, después de lo que había comido y lo grande que era su trozo– y ahora lo estaba mirando con una sonrisa, lamiéndose los labios. Como si quisiese más.
Por probar, Harry cogió otro poco del postre con la cuchara, y se lo llevó lentamente a la boca. Como había supuesto, la mirada de Malfoy siguió el recorrido del pudin desde el plato hasta que desapareció dentro de su boca, se quedó un par de segundos en sus labios y luego siguió ascendiendo hasta sus ojos. Con una nueva sonrisa.
Harry tragó saliva, y junto con ella, el pedazo de pudin. No podía seguir así, o tendría que levantarse de la mesa y huir, e intentar que nadie se percatase de la situación en la que se encontraba por el camino. Así que, soltando el aire por la nariz en un suspiro satisfecho, dejó la cucharilla sobre el plato, con el pudin prácticamente sin tocar.
- Qué desperdicio, Potter. ¿No piensas comer más?
Harry miró a Malfoy, y Malfoy miró a Harry. Harry tenía una ligera sospecha de las intenciones de Malfoy, y éste probablemente lo sabía.
- No puedo dar ni un bocado más. –Harry se deslizó por la silla hasta quedar nuevamente recostado sobre el respaldo, demasiado lleno como para mantenerse sentado como una persona normal y, con una pequeña sonrisa y una ceja levantada, miró a Malfoy–. ¿Por qué? ¿Crees que puedes acabarlo tú?
Malfoy se relamió, y Harry estaba bastante seguro de que lo había hecho de forma inconsciente. Con el ceño fruncido –y una expresión que a Harry le hacía pensar que estaba calculando sus opciones de comerse su trozo sin explotar en el intento–, Malfoy miró el pudin fijamente. Y, finalmente, levantó la mirada hasta la cara de Harry, aceptando el reto.
- Como parece ser que tú no eres capaz... Tendré que demostrarte cómo se hace.
Antes de que Harry pudiese siquiera quejarse –aunque sinceramente, no pensaba hacerlo–, Malfoy ya había cambiado el plato con el pudin por el suyo vacío. Y Harry no pudo evitar observarlo mientras se lo llevaba a la boca y lo saboreaba. Disfrutándolo. Y de veras que poner ese tipo de expresiones en público debería estar prohibido. Al menos, que las pusiese Draco Malfoy. Porque Harry no podía evitarlo y se quedaba mirando la cuchara que estaba utilizando, cómo lamía los restos de pudin de ella hasta dejarla limpia y uf, ya. No era ni el momento ni el lugar de pensar en Malfoy y en sus habilidades con la lengua.
Al parecer, el hecho de que Harry no apartase la mirada de Malfoy mientras comía terminó por atraer la atención de éste, que se paró con la cuchara a medio camino entre el plato y su boca, y se quedó mirándolo en silencio durante varios segundos. Hasta que pareció encontrarle sentido a algo.
- ¡Oh! –En vez de continuar con el recorrido plato-boca de Malfoy, la cuchara de éste apareció de repente delante de la cara de Harry, justamente a la altura de su boca. Obviamente, llevada por Malfoy, quien lo miraba directamente, con una media sonrisa–. ¿Quieres un poco de tu pudin?
Harry nunca sabría si fue por el tono con el que Malfoy dijo la palabra tu, por el reto implícito que había en el aire o por el hecho de que Malfoy estaba ofreciéndole un trozo del postre que estaba prácticamente poniéndolo cachondo –cosa en la que Harry no quería pensar, y mucho menos comprobar, gracias–, pero se olvidó por completo del momento, del lugar –y sobre todo de la compañía–, y acercó la cara lo suficiente a la cuchara para comerse el trozo de pudin en cuestión. Y cuando lo tragó y sonrió triunfante en dirección a Malfoy, se dio cuenta de su error.
Malfoy lo miraba con una sonrisa brillante, como si Harry acabase de superar algún tipo de prueba –o como si él sí que se hubiese dado cuenta del berenjenal en el que se acababa de meter–. Pero ése no era el problema. El problema era cómo lo estaba mirando el resto de la gente.
La mayoría de los presentes estaban observándolos con los ojos como platos y la boca abierta. Cosa que, ahora que lo pensaba, no le extrañaba. Luego estaba la otra parte –principalmente Hermione y probablemente Astoria, pero no iba a girarse a comprobarlo–, que lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Y, entre medias, la cara de shock-resignación y un toque de voy-a-potar de Ron.
Y, por supuesto, el silencio incómodo también era una pequeña parte del problema. Hasta la zona de los niños se había quedado silenciosa, aunque probablemente era más por la cara que estaban poniendo los adultos que porque se hubiesen dado cuenta de lo que estaba pasando.
Pero, cómo no, Astoria siempre estaba ahí para ayudar a Harry en ese tipo de situaciones. Y Harry le iba a dar un beso muy gordo al acabar la comida.
- ¿Puedo probar yo también, Draco? ¡Es que tiene una pinta deliciosa, pero no puedo con un trozo entero!
Y Malfoy, que no era tonto, cogió otro pedazo de pudin y lo acercó a la boca de Astoria de la misma manera que había hecho con Harry, consiguiendo desviar la atención del incidente de Malfoy-dando-de-comer-a-Harry.
Salvo la atención de Hermione, que siguió fija en Harry. Éste estaba seguro de que Hermione tenía una capacidad de concentración mucho superior a la media, pero también estaba seguro de que no era necesario que la mantuviese siempre sobre él, y mucho menos cuando Malfoy estaba delante para avergonzarlo. Así que, a pesar de que de reojo podía ver la sonrisa que la mujer le estaba poniendo, se dedicó a ignorarla de la forma más descarada posible, hasta que Hermione se cansó de levantarle las cejas a la nada y continuó con lo que estaba haciendo antes del momento de tensión del pudin –que era controlar que Ron no se comiese todo lo que quedaba sobre la mesa–.
No debería haberlo hecho. Eso era lo único en lo que podía pensar Harry. No debería haberse dejado llevar por el momento, y mucho menos teniendo en cuenta que era Malfoy de quien estaban hablando. Malfoy siempre conseguía que Harry se metiese en líos. Lo había hecho desde el momento en el que se conocieron, y seguía haciéndolo ahora, años después. No en el mismo tipo de líos, pero era innegable. Los mayores problemas de Harry en ese preciso momento eran Malfoy y su Malfoydad. Aunque tenía que admitir que quizás estaba haciendo una montaña de un grano de arena, así que tampoco se podía quitar mérito a sí mismo en eso de crearse problemas innecesarios. Pero, en serio, Malfoy. Si no fuese por él, nada de eso estaría pasando. Harry sería el perfecto marido feliz, padre de tres alegres muchachos, con el único problema de pensar qué regalarle a Ginny por su cumpleaños.
Bueno, no. Para qué mentirse. Ginny y él habrían acabado de la misma manera, eso no tenía nada que ver con Malfoy. Era simplemente cuestión de tiempo.
Pero el resto de sus problemas –resumidos en las palabras atracción por Malfoy– sí eran culpa de Malfoy y su reaparición en su vida. Harry podría ser un divorciado feliz con tres hijos y... A quién pretendía engañar.
A esas alturas, Malfoy ya formaba parte de su día a día. Él, y todos los problemas que generaba. Incluso las crisis de identidad sexual que llevaba provocándole desde el momento en el que se dio cuenta de que quizás le gustaba un poquito más de la cuenta, y no precisamente como amigo.
Ése fue el momento que Malfoy eligió para terminar el pudin y dejar la cuchara sobre el plato, llamando la atención de Harry con el sonido del cubierto. Malfoy parecía feliz tras haberse comido dos porciones del postre –y bastante grandes, la verdad–, y dejó escapar el aire por la nariz en un suspiro, esbozando una sonrisa.
- Una comida verdaderamente deliciosa, Molly. –Las palabras de Malfoy parecían sinceras, y la matriarca Weasley se hinchó de satisfacción. Probablemente, porque no todos los días tenía en su mesa a un orgulloso sangre pura criado en la más opulenta de las riquezas alabando su comida casera–. Ha sido un placer estar invitado a esta mesa.
- ¡Totalmente! –Astoria colocó una mano sobre el brazo de su marido, asintiendo varias veces con una sonrisa, dándole la razón–. Y el detalle de los jerséis ha sido adorable. ¡Luciré el mío orgullosa todas las Navidades!
Molly se rio y Harry se preocupó de verdad, porque si Astoria y Malfoy seguían así, la señora Weasley iba a acabar explotando de tanto orgullo. Pero había que admitir que iban por buen camino. Ron estaba sonriendo –todavía con un poco de cara de asco, pero Harry se imaginaba que él no se iba a olvidar tan fácilmente del incidente de Harry comiendo de la cuchara de Malfoy en sus propias narices–, Bill y Charlie estaban asintiendo, George parecía bastante satisfecho, y la sonrisa de Arthur no tenía nada que envidiarle a la que estaba poniendo su mujer. Y Ginny... Bueno, Ginny estaba mirando a Malfoy y a Astoria alternativamente, como si tuviesen dos cabezas, pero no parecía enfadada. En resumen, los Malfoy acababan de conquistar a los Weasley. Cosa increíble, por otra parte, pero había ocurrido. Un milagro de Navidad.
- Pero no pensaréis iros ya, ¿verdad? –La voz de Molly sonó alarmada, y se levantó de un salto de la silla, sacándose la varita de la manga –literalmente– y agitándola, haciendo que todos los platos sucios y las sobras saliesen volando de la mesa hacia la cocina en fila india. Las dotes mágicas de esa mujer en ese aspecto eran ciertamente admirables–. Es Navidad.
Y, como si con eso lo hubiese dicho todo, volvió a sentarse, mirando a los Malfoy con una expresión que no les dejaba mucha más opción aparte de quedarse. Malfoy y Astoria se miraron entre sí, y Malfoy abrió la boca para responder, pero fue interrumpido por una voz que destacó sobre el griterío cada vez mayor en la zona de los niños.
- Abuela, abuela, abuela. Ya hemos acabado de comer, y nos hemos portado muy bien, ¿podemos irnos?
Molly rio en respuesta a la pregunta de Hugo, y apenas le dio tiempo a asentir y darles permiso a sus nietos para irse de la mesa antes de que todos volasen prácticamente de sus asientos y la zona de los pequeños se quedase vacía por completo. Y, por supuesto, Scorpius había huido con ellos. Lo que hacía inevitable que Astoria y Malfoy se quedasen un rato más. A menos, claro, que quisiesen dedicarse a buscar a su hijo por las inmensidades de esa casa –que podía ser pequeña, pero era enorme si querías encontrar algo en alguno de sus recovecos– y pasar el tiempo que hubiesen pasados sentados con el resto de la familia intentando separar a Scorpius de sus amigos.
Así que, con un suspiro –y una enorme sonrisa por parte de Molly al ver conseguido su objetivo–, Malfoy habló.
- Nos quedaremos un poco más, pero tampoco queremos ser una molestia...
- Oh, no sois una molestia, de ninguna manera.
- Está bien ver caras diferentes en estas comidas, para variar.
- ¿Qué tipo de anfitriones seríamos si no os invitásemos a tomar un té tras la comida?
Harry tuvo que recordarse a sí mismo que mirar a la gente con la boca abierta no era la forma más educada de hacerlo, pero no podía evitarlo. Los Weasley habían aceptado que Draco Malfoy y familia se uniesen a su comida familiar de Navidad, les habían hecho regalos –jerséis de Molly, entre todas las cosas–, y ahora estaban animándolos a que se quedasen a tomar el té con ellos, como si no hubiesen pasado suficiente tiempo juntos.
Y, lo más sorprendente de todo, Malfoy acababa de aceptar con una sonrisa y un asentimiento de cabeza.
Bueno, Harry tenía todo el derecho a estar sorprendido, después de eso.
- Potter, ¿estás bien?
Harry salió de su ensimismamiento al escuchar la voz de Malfoy, y giró la cara para mirarlo. Lo estaba observando con una sonrisa divertida, probablemente porque la cara de Harry era algo que podría usar como material de burla durante el resto de la eternidad.
- Sí, claro... –Malfoy seguía mirándolo, todavía más divertido que antes, y Harry no sabía muy bien qué hacer ni qué decir para que apartase la mirada de él y dejase de prestarle tanta atención. Así que, de un salto, se levantó de la silla, paseando la vista por todos los presentes, quienes lo miraron al instante por lo repentino del movimiento–. ¿Quién quiere té?
Con la excusa, Harry pudo escaquearse a la cocina y poner a calentar agua para el té antes de que Molly apareciese y lo echase de nuevo hacia el comedor para que no "desatendiese a sus adorables invitados", según sus palabras. Claro, que considerar adorable a Malfoy después de lo que Harry estaba pasando por su culpa... No era la mejor de las definiciones. Era más bien malvado y una tortura con patas. Sí, probablemente ésa fuese la mejor forma de definir a Draco Malfoy. Tortura con patas, para perseguirte allá donde fueses.
Muy a su pesar, Harry tuvo que volver al comedor –y cualquiera no lo haría, con las miradas que le estaba dirigiendo Molly–, pero se las arregló para ser él quien llevase las tazas y las cucharas, y así poder entretenerse colocándolas, bajo la atenta mirada de Hermione –no sabía muy bien si era porque la mujer había decidido descubrir algo en su comportamiento, o porque temía por la integridad de las pobres piezas de vajilla que Harry estaba levitando y repartiendo de la forma más lenta posible–.
Pero todo lo bueno se acaba, y eso incluye las distracciones proporcionadas por los objetos de cocina al ser colocados, así que, tras ser echado de la cocina una vez más por la señora Weasley, Harry tuvo que volver a sentarse en su sitio, al lado de Malfoy. Quien lo volvió a observar con la misma mirada divertida de antes, como si supiese que Harry había huido de él de la primera forma que se le había ocurrido.
Gracias a Merlín, Molly apareció con el té en el momento justo en el que Malfoy abrió la boca para –seguramente– meterse con Harry, y lo que fuese a salir de ella nunca conoció la luz del sol.
- ¿Sabes qué me apetecería ahora? –Harry no pudo evitar decirlo una vez que ya estaba el té repartido, justo tras darle un sorbito al suyo, y antes de que pudiese retractarse de lo que había dicho, ya tenía la atención de Malfoy totalmente para él. De hecho, eso era cierto, dado que Malfoy había dejado incluso de remover su té para mirar a Harry. Un poco más nervioso de lo necesario, Harry continuó–. Uno de esos tés especiales de la casa. Hace años que no tomo ninguno.
- Bueno, sabes que puedes venir a tomarlo cuando te apetezca. Dotsy estaría encantada de hacer té para dos, dado que Astoria no quiere ni oír hablar de él.
- ¡Oh, no me lo puedo creer! ¿Así que al final has conseguido que a alguien le guste ese té? –La voz de Astoria interrumpió a Draco, y la mujer dejó escapar una risa suave, negando un par de veces con la cabeza a la vez que le echaba a Harry una mirada lejos de ser bienintencionada–. Por qué no me extraña.
- ¿Té especial de la casa...? –Molly se interesó, probablemente porque, como buena cocinera que era, le gustaba aprender recetas nuevas. Aunque fuesen de tés extraños que sólo bebía Malfoy.
- Sí, mira, es un té...
Eso llevó a una conversación acerca del bendito té y de lo malo que estaba –según Astoria– y lo sorprendente que era probar cada día uno diferente y saborearlo los días que la combinación había salido bien y estaba bueno, según Draco –lo que venía a decir que la mayor parte de los días estaba bastante malo, en otras palabras–.
Y también llevó a Malfoy invitando a los miembros de la familia Weasley a ir a probar el té a su casa para comprobarlo por sí mismos. Lo que era una invitación de un Malfoy a un Weasley a ir a Malfoy Manor.
Harry sabía que Lucius estaría ahora mismo revolviéndose en su tumba.
Llegó un momento en el que las tazas quedaron vacías y, durante unos instantes, el silencio se hizo en la sala. Eso fue hasta que Arthur, con un par de palmaditas sobre la mesa, dio la comida por finalizada. Con ayuda de su mujer –porque no había ninguna manera de que Molly no lo hubiese ayudado–, hizo volar todas las cosas de vuelta a la cocina, quedándose al final la mesa vacía. Y, con un par de palabras más, la mesa volvió a su tamaño habitual –es decir, para unas diez personas–. Todavía bastante grande.
- ¿Nos ponemos cómodos...?
A pesar de que estaban ya sentados, entendieron perfectamente lo que el señor Weasley quería decir. Todos se levantaron a la vez, y Malfoy y Astoria, al ver a los demás hacerlo, lo hicieron también. Con un nuevo movimiento de varita, Arthur transformó las sillas en las que habían estado sentados en sillones de aspecto confortable, que se movieron hasta colocarse formando una especie de círculo en la zona del salón más cercana a la chimenea. De una forma muy familiar y hogareña.
Cuando Arthur se dirigió hacia los sillones recién aparecidos, el resto de los presentes lo siguió, encontrando cada uno un sitio para sentarse y descolocando la organización inicial. Lo que significó que Astoria había quedado sentada entre Charlie y Hermione –con quien inició una conversación muy animada casi inmediatamente, para el terror de Harry– y Malfoy, casualidad de las casualidades, había quedado de nuevo a su lado, esta vez a la izquierda, con Angelina a su izquierda.
Harry estaba empezando a tener mucho miedo –porque Astoria y Hermione juntas era una cosa que definitivamente no quería ver–, pero, cómo no, Malfoy se encargó de distraerlo. Siempre lo hacía.
Con una maravillosa sonrisa capaz de embaucar al más pintado, Malfoy se giró hacia él con su expresión más encantadora.
- Y, Potter, cuéntame. ¿Qué tal la Navidad? El salvador del mundo mágico seguro que ha recibido muchos y buenos regalos.
Bueno, tras el intento de insulto –que Harry sabía que ni siquiera llegaba a eso y que Malfoy lo había dicho solamente por molestar–, se sintió más cómodo. Al menos, los insultos eran terreno conocido, y mucho más seguro que la sonrisa de Malfoy.
- Qué va. Si hace años que no recibo un regalo en Navidad.
La cara de Malfoy fue todo un poema, una mezcla de asombro, de pena y de indignación, como si nadie pudiese caer tan bajo como para quedarse sin regalos de Navidad, y Harry tuvo que reírse.
- ¿Y tú qué? ¿Alguna cosa extremadamente cara que nosotros, meros mortales, no alcancemos a comprender su valor?
- Oh, cállate, Potter. –La sonrisa estaba de vuelta en la cara de Malfoy, y tras darle a Harry un golpe sin fuerza en el hombro, puso cara de presumido –una expresión que se le daba especialmente bien, para qué engañarse– y asintió con orgullo–. Astoria y Scorpius se las han ingeniado para conseguirme una colección de los ingredientes para pociones más raros de todo el mundo. ¡Es increíble! Hay cosas que sólo había visto en fotografías, y ahora están en mis manos. Deberías verlo.
Harry sonrió sin poderlo evitar. Sabía que uno de los hobbies mejor guardados de Malfoy eran las pociones. No era un secreto, pero Malfoy casi nunca hablaba del tema, lo que lo convertía en un misterio para todo el mundo excepto para aquéllos que lo conociesen bien. Y, al parecer, Harry se encontraba entre ellos.
- Me encantaría. Tiene que ser alucinante.
La sonrisa que le devolvió Malfoy fue suficiente para que Harry casi se atragantase con su propia saliva. No era una sonrisa como la que le había dedicado unos minutos antes, todo encanto. Era una sonrisa totalmente sincera, de las que, por mucho que Malfoy sonriese a Harry, le dedicaba en pocas ocasiones. Una sonrisa sentida y desde el fondo. Una a la que Harry no pudo evitar sonreír en respuesta y de una manera muy similar, porque era la demostración de que, de alguna manera, Harry afectaba tanto a Malfoy como Malfoy lo afectaba a él.
El darse cuenta de eso hizo que a Harry se le retorciese el estómago un poco más de la cuenta. No estaba preparado para eso, y dudaba que en algún momento pudiese estarlo. Con una disculpa precipitada –y más absurda de lo que le hubiese gustado admitir–, Harry se levantó del sillón, caminando hacia una ventana por hacer algo, en un intento de distraerse mirando el paisaje. Ése fue su error. Ginny acababa de levantarse de su sillón y pasó a su lado, probablemente dirigiéndose hacia la cocina, dándole un golpecito cariñoso en el brazo como saludo, con una sonrisa de regalo. Sonrisa que desapareció de repente al mirar hacia el techo por alguna razón. Razón que Harry no tardó en descubrir.
- ¡Por fin! –Ése era George. Oh, Merlín, que George hablase nunca significaba nada bueno. Harry estaba empezando a sentirse muy asustado–. Alguien ha caído, ya era hora.
Harry se hacía una ligera idea de lo que acababa de ocurrir y no quería confirmarlo. Pero, muy a su pesar, tuvo que hacerlo. Dirigió la mirada hacia arriba y vio lo que se había temido. Un ramillo de muérdago balanceándose en el aire sobre sus cabezas. Mierda.
Ginny lo miró con una sonrisa nerviosa y Harry la miró a ella. No podía haber sido cualquier otra persona. Hasta Malfoy era una mejor opción, porque al menos Malfoy no era su ex mujer. Aunque fuese otra cosa que no quería definir en ese momento.
Que él le tenía cariño y aprecio a Ginny, por supuesto que sí. Tras muchos problemas –y bastantes años–, por fin habían logrado volver a la amistad que tenían antes de todo –más o menos–, y Ginny había vuelto a la vida de sus hijos. Pero eso no significaba que Harry quisiese besarla y recordar todas las cosas que prefería olvidar, y mucho menos delante de su familia. O delante de Malfoy.
Hablando de Malfoy, Harry lo miró de reojo. El hombre lo estaba observando con intensidad, fijamente, sin desviar un ápice su mirada. Y, por si quedaba alguna duda, con el ceño fruncido. Tuvo que dejar de mirarlo antes de que fuese demasiado evidente, pero podría haber jurado que estaba apretando los puños de una forma muy poco relajada.
El resto de los presentes también tenían expresiones que hablaban por sí mismas. Los miembros de la familia Weasley presentaban diferentes rangos de preocupación, desde la cara de Ron –que torcía el morro mientras los observaba– hasta la de Molly –que era la expresión de preocupación más cercana al horror que Harry había visto nunca–. Hermione –ahora también una Weasley, así que entraba dentro de la definición de miembros de esa familia– se estaba mordiendo el labio, y eso era algo que sólo hacía cuando estaba muy nerviosa. Hasta Astoria parecía en sintonía con el resto y compartía la misma preocupación que los había inundado a todos de repente.
Aunque Harry suponía que no todos tenían los mismos motivos para preocuparse.
Podía entender que la mitad de la familia Weasley creyese que iba a surgir el conflicto entre Ginny y él en ese momento. Al fin y al cabo, no era un secreto para nadie que la intimidad –y el contacto físico en general– entre los dos había desaparecido años antes de separarse, y de eso había pasado ya un tiempo bastante largo. Desde entonces, se habían dado algunos abrazos, pero no mucho más. Y, desde luego, nada como un beso.
La razón de Hermione –y quizás de Ron– estaba seguro de que tenía más que ver con el hecho de tener que besar a alguien que no fuese Malfoy –y mucho más teniendo en cuenta que se trataba de su ex mujer– justamente delante del hombre en cuestión. Suponía que ella pensaría que eso le cerraría puertas con Malfoy. Si es que había alguna.
Por otra parte, no tenía ni idea de por qué se preocupaba Astoria. ¿Quizás porque era Ginny y, como la mayoría de los Weasley, creía que podía iniciarse un problema con un simple beso?
Y ya lo de Malfoy estaba más allá de su entendimiento. Porque Malfoy no parecía preocupado. Es decir, sí. Pero aparte de eso –y era lo que más parecía, sinceramente– tenía pinta de estar enfadado. Molesto. A punto de levantarse del sillón y... ¿Y qué?
Harry volvió a mirar a Ginny y se percató de que ella, al igual que él había hecho, estaba paseando la mirada por todos los presentes, valorando sus reacciones. Y, si no se equivocaba, se quedó más tiempo del necesario mirando justamente hacia Malfoy. Probablemente porque la reacción de Malfoy era la más inexplicable de todas.
Finalmente, Ginny lo miró de nuevo y, con una pequeña sonrisa, llevó sus manos hasta las mejillas de Harry, haciendo que éste se agachase poco a poco.
Harry entró en pánico. ¡Él no quería besar a Ginny! Ginny era la madre de sus hijos y era una buena amiga pero, sobre todo, era pasado. Besar a Ginny era parte de un pasado al que Harry no quería volver, porque no había sido feliz. Sí, adoraba a sus hijos –que habían sido el resultado de aquello– y siempre los querría por encima de todo, pero con el tiempo, había encontrado otra cosa que lo hacía feliz sin llegar a dejarlos a ellos de lado.
De reojo, miró a Malfoy, y se sorprendió al descubrir que éste lo seguía mirando. Ya no con cara de enfado, sino... Más bien... ¿Decepción? ¿Miedo? ¿Qué le pasaba a ese hombre?
Y un segundo después –uno de los más largos de la vida de Harry Potter, el niño que vivió dos veces, y eso ya era decir mucho–, los labios de Ginny se posaron en un beso suave sobre su frente, soltando su cara un instante después, esbozando una sonrisa triste.
- Feliz Navidad, Harry.
Harry no se había esperado eso. Ginny había cambiado, había madurado. Ginny lo estaba mirando de una forma que dejaba muy claro que no era la misma persona con la que Harry había discutido noches enteras, la que había desaparecido de su vida. Ginny le estaba pidiendo perdón y diciendo "lo entiendo, Harry" todo a la vez en forma de sonrisa. Así que Harry la rodeó con ambos brazos y la estrechó entre ellos, dejando un beso en su mejilla.
- Feliz Navidad, Gin.
Cuando se separaron, todos –que habían estado observándolos atentamente por si tenían que intervenir– disimularon de la mejor manera que pudieron. Ginny continuó su escapada a la cocina como había querido hacer antes de encontrarse con el muérdago en su camino, y Harry volvió a su asiento, dejándose caer sobre él, más cansado de lo que había estado apenas unos minutos antes.
Por supuesto, Malfoy era la excepción a todas las reglas, y si los demás estaban disimulando y hablando de cualquier cosa –el tiempo era el tema preferido, lo cual sólo hacía la situación más sospechosa de ser poco espontánea–, Malfoy simplemente lo miró. No una mirada normal, sino esa mirada que usaba Malfoy que parecía que estaba viendo más allá de ti, o que te estaba leyendo la mente.
Eso hizo que Harry se pusiese nervioso. No le gustaba nada ser el receptor de esas miradas, y mucho menos por parte de Malfoy, al que le tenía que esconder más cosas que a nadie.
- ¿Todo bien?
Harry tenía que preguntar, porque si Malfoy no dejaba de mirarlo así, tendría que levantarse e irse para poder darse un respiro. Malfoy suspiro, negó con la cabeza y encogió los hombros a la vez, en un gesto muy poco orientativo.
- No lo sé.
Eso era extraño. ¿El seguro de sí mismo Draco Malfoy, no sabiendo siquiera si se encontraba bien? Pero Harry tampoco estaba muy en situación de ahondar más en el tema, así que, con un asentimiento de cabeza, lo dejó estar.
No pasó mucho más tiempo antes de que Astoria y Malfoy se despidiesen. Era ya media tarde, y en una de esas ocasiones en las que los niños pasaban corriendo por el salón, consiguieron atrapar a Scorpius y convencerlo para volver a casa. Harry sospechaba que la reciente escena del muérdago tenía algo que ver con su marcha, dado que desde ese momento, Malfoy había estado mucho más pensativo y menos participativo en la conversación. Había visto a Astoria hablar con Charlie de forma bastante entusiasta y susurrar varias cosas a Hermione –y Harry sentía escalofríos cada vez que lo recordaba–, pero finalmente, tras una mirada a su marido y una conversación sin palabras, ambos habían decidido dar la visita por concluida. Entonces –y tras la muy afortunada aparición de Scorpius por el salón– se habían despedido de todos con una sonrisa en los labios y un montón de palabras amables. Tras dedicarle al menos cinco minutos a alabar las dotes culinarias de Molly y su "magnífica comida de Navidad que los había hecho sentirse como en familia" –literalmente–, habían salido al exterior y habían desaparecido, tal y como habían venido. Eso sí, con múltiples invitaciones para diferentes eventos venideros en el clan Weasley. Y, probablemente, varios amigos más.
Harry tragó saliva en el momento en el que los Malfoy desaparecieron porque, de repente, toda la atención recayó sobre él. Gracias a Merlín, la mayor parte de las caras eran sonrientes, así que dio por hecho que los últimos invitados habían caído bien, a pesar de todo lo que hubiesen podido tener en su contra antes de esa comida.
Con una disculpa, se levantó del asiento que estaba ocupando y caminó hacia la cocina, en un intento de escapar de toda esa atención innecesaria y, por qué no, buscando algo de soledad para poder ordenar sus pensamientos,
Sabía que no iba a tener mucho tiempo para eso. En esa casa no eran del tipo de gente de dejar a alguien pensar a solas. Y, probablemente, en menos de medio minuto, Hermione estaría ahí para decirle lo evidente que había sido durante toda la comida que Harry estaba totalmente pillado por Malfoy. Y, con suerte, le diría algo muy evidente para ella pero que Harry no supiera. Como qué era lo que pasaba por la cabeza de Malfoy, por ejemplo.
Cuando escuchó pasos acercarse a la cocina, no se molestó ni siquiera en disimular. Se apoyó sobre una parte de la encimera, de espaldas a ella y con los brazos cruzados, y miró hacia la puerta igual que se mira al infinito. Más pendiente de sus propios pensamientos que de otra cosa.
Pero se había equivocado. No fue Hermione la que apareció por la puerta, sino Molly. Molly y su sonrisa de madre preocupada. Y Harry se dio cuenta de que necesitaba hablar con ella. Necesitaba darle las gracias.
- Molly... Gracias.
Harry se refería a mucho más de lo que acababa de pasar, a mucho más que la comida. Pero Molly, o no lo quiso entender, o hizo como que no lo había hecho –cosa mucho más probable–, y amplió la sonrisa.
- No es nada, Harry, querido.
Sí, sí era algo. Molly había aceptado a Malfoy en su mesa. Lo había hecho sin un ápice de duda a pesar de todo lo que sabía sobre su familia. A pesar del odio que todavía había en contra de ese apellido. A pesar de que sus propios hijos –e incluso Harry– lo habían odiado durante años. Había aceptado a Malfoy y a su familia en su comida familiar de Navidad, les había hecho regalos y los había hecho sentirse como en casa. Los había tratado como familia.
Harry estaba agradecido. No había esperado que eso fuese posible, y Molly lo había conseguido.
- No, de verdad. Gracias. Has hecho que un desastre seguro se convirtiese en una comida fantástica. Gracias por... Aceptarlos tan fácilmente.
Harry sabía que lo que estaba diciendo significaba mucho más de lo que le hubiese gustado. Porque agradeciéndoselo a Molly, estaba admitiendo que Malfoy y su familia eran muy importantes para él. Y Molly nunca había sido tonta, sólo tenía que sumar dos más dos. Aunque, en este caso, era más complicado, porque Astoria estaba en medio para estropear la suma. Al menos, desde el punto de vista de Molly.
- Cielo, si son importantes para ti, son importantes para mí. Las personas cambian y todo el mundo merece una segunda oportunidad, y esto sólo ha sido el ejemplo perfecto de eso. Han sido unos invitados perfectamente adorables. –Molly sonrió de una manera que a Harry le hizo pensar que sabía mucho más de lo que dejaba ver, y colocó ambas manos sobre sus hombros, apretándoselos de forma cariñosa–. Es difícil encontrar gente a la que considerar familia. Así que cuando lo haces, tienes que agarrarlos y no dejarlos marchar. Hacer todo lo posible por mantenerlos.
Harry no sabía muy bien a que se estaba refiriendo Molly, pero no le importó. Necesitaba darle a esa mujer que era como una madre para él un abrazo, y eso fue justamente lo que hizo. Abrazó a la madre que había encontrado con tanta fuerza, que ella dejó escapar un sonido mitad risa, mitad quejido.
- De veras, ha sido una comida muy agradable. –Tras unos segundos de silencio, Harry se vio obligado a continuar, porque si no lo decía, no se quedaría tranquilo–. Y... Gracias.
Quizás Molly pensase que se estaba repitiendo, pero Harry tenía la esperanza de que entendiese a lo que se refería, porque no se sentía capaz de dar más explicaciones en ese momento.
Porque la situación con Ginny no había sido la más agradable del mundo, ya desde el principio, y Harry no estaba seguro de que la hubiese podido superar de no haber sido por Molly. Molly diciéndole que tenía que seguir adelante, a pesar de tratarse de su propia hija. Molly animándolo a buscar a alguien, a otra persona.
Molly consiguiendo que Harry dejase de revolcarse en su propia auto compasión y se abriese a hacer algo más. Consiguiendo, de alguna manera, que Harry volviese a encontrarse con Malfoy.
Y que dejase pasar todo lo que había pasado hasta ese momento.
No sabía hasta dónde iba a llegar, ni siquiera sabía si iba a tener un final feliz. ¿Involucrándolos a Malfoy y a él? Eso era una bomba de relojería. Pero, aun así, la emoción, el nerviosismo, la alegría... Era, sin duda, algo que merecía la pena vivir. Y era algo que Harry estaba viviendo gracias a Molly.
El beso que le dio Molly en la mejilla le dejó claro a Harry que si no había entendido a lo que se estaba refiriendo, al menos se había hecho una idea bastante acertada.
- Para eso están las madres.
N/A: Yeeeeeah, por fin. Sé que me odiaréis un poquito por haber estado totalmente desaparecida durante tanto tiempo, pero de veras he hecho lo que he podido ):. Además, no os podréis quejar, que éste capítulo es largo, para compensar por la espera.
Como siempre, muchas gracias a todos los que leéis y dejáis comentarios, a los que agregáis a favoritos y a los que seguís la historia. ¡Me hacéis feliz! Y disculpas por haber tardado tanto, intentaré no volver a hacerlo ):. Y por supuesto, gracias a mi beta, que se vuelve loca con la mujer chunga que no sabe escribir y aun así me corrige los caps.
Lalala: Albus fue un liante, invitando a los Malfoy así como quien no quiere la cosa a comer... Psh, es todo un Slytherin, este chico... Después de una larga espera, aquí tienes la conti. Espero que te guste :).
Alexis: Bueno, todavía no está muy claro si va a haberla o no, estoy dándole vueltas... Pero bueno, son todavía demasiado pequeños, uf.
Mani: ¡Otro capítulo larguito! :). Harry se vuelve medio loco, dándole vueltas a las cosas, el pobre... Jajajaj. Espero no haberte hecho esperar demasiado, y ya sabes, para compensar, este capítulo es como tres juntos de largo, más o menos jajaja. ¡Un besote!
Sel: Aquí tienes el nuevo capítulo. Ha tardado un poco, pero ya está aquí :D. Espero no tardar tanto con los demás ):.
Y eso es todo, me vuelvo de nuevo a mi retiro forzoso, lejos de las garras de internet.
Y recordad, dormid bien por las noches, o perderéis la mayor parte del día.
MayaT
